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Freud, la homosexualidad
masculina y los americanos
Henry Abelove
Traducido por Elbio Raúl Degracia.
Texto extraído de "Grafías de Eros
(Historia, género, e identidades sexuales)", editorial EDELP,
julio 2000, Buenos Aires, Argentina.
Cualquiera que investigue la actitud
de Freud con respecto a la homosexualidad masculina, es muy probable
que tropiece con una carta, hoy casi famosa, que escribió en 1935.
Publicada por primera vez en 1951, fue desde entonces varias veces
reimpresa. Es fácil de hallar, ya que figura en la biografía de
Freud, escrita por Ernest Jones. Freud la escribió en inglés, como
una forma de cortesía hacia su corresponsal, que era una madre angustiada
y perturbada por la homosexualidad de su hijo. Lo que la carta dice
es que en realidad ella no tiene motivos para perturbarse y, menos
aún de lo que piensa, para sentirse angustiada. "Deduzco" dice
Freud, “...que su hijo es homosexual. Me impresiona mucho el hecho
de que usted no menciona esta palabra en su información sobre él.
¿Puedo preguntarle por qué evita el uso de ese término?. La homosexualidad
no es una ventaja, pero tampoco es algo de lo que uno deba avergonzarse;
un vicio o una degradación, ni puede clasificarse como una enfermedad.
Nosotros la consideramos como una variante de la función sexual,
producto de una detención en el desarrollo sexual."
Continúa diciendo aún más:
Muchos individuos altamente respetables,
de tiempos antiguos y modernos, entre ellos varios de los más grandes
(Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, etc.) fueron homosexuales,
Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como un crimen
y es también una crueldad. Si Ud. no me cree a mí, lea los libros
de Havelock Ellis. Ud. me pregunta si puedo ayudarle, debo suponer
que lo que Ud. me pregunta es si puedo abolir la homosexualidad
y hacer ocupar su lugar por la heterosexualidad. La respuesta, en
términos generales, es que no podernos prometer semejante éxito.
En cierto número de casos conseguirnos desarrollar los marchitados
gérmenes de heterosexualidad presentes siempre en todo homosexual,
pero en la mayor parte de los casos eso ya no es posible. Ello depende
de la cualidad y la edad del individuo. No es posible predecir cual
será el resultado del tratamiento.
Lo que el psicoanálisis puede hacer por su hijo ya es
cosa diferente. Si es desdichado, neurótico, si vive desgarrado
por sus conflictos, inhibiciones en su vida social, el análisis
puede traerle armonía, tranquilidad mental, completa eficiencia,
ya sea que siga siendo homosexual o cambie. Si Ud. se decide a ello,
¡¡él podrá analizarse conmigo!! i¡ No creo que Ud. lo haga!! Tendría
que venir a Viena. No tengo intención alguna de salir de aquí. No
deje, sin embargo, de contestarme al respecto.
Sinceramente suyo y con los mejores deseos
Freud (1)
La madre americana dijo sentirse
muy agradecida por la carta, enviando eventualmente una copia al
investigador sexual Alfred Kinsey, diciéndole que Freud era un "grande
y buen hombre". Es de suponer que halló a esta carta muy alentadora,
quizá también reconfortante, aún cuando le mostraba sus temores
y prejuicios. Probablemente, Jones tenga razón al describrir esta
carta en su biografía como “llamativamente "bondadosa"
(2). Freud, después
de todo, no tenía ninguna relación previa con esta mujer. Incluso
ocupó su tiempo en escribirle estando mortalmente enfermo.
Pero la carta era algo más que solamente
"bondadosa". Era también una considerada expresión de
un punto de vista que Freud había sentido profundamente y sostenido
de manera tenaz durante mucho tiempo. Todo lo que dice en la carta
acerca de la homosexualidad, había sido objeto de convicción durante
más de treinta años. Resumiendo: la homosexualidad no es una ventaja.
Tampoco es una enfermedad. No debería ser perseguida como un crimen
ni considerada como una desgracia. Ningún homosexual necesita ser
tratado psicoanalíticamente, a no ser que también y de manera absolutamente
incidental, sea un neurótico. Freud ya se había expedido antes y
de manera frecuente sobre ese tema, y en alguna ocasión, públicamente
Mucho tiempo antes, en 1903, concedió
una entrevista al diario de Viena Diet Zeit, que estaba preparando
un artículo de fondo acerca de un escándalo local: un destacado
profesional vienés estaba en juicio, acusado de prácticas homosexuales.
Un periodista acudió a Freud para conocer su reacción, y Freud dijo:
Defiendo la postura de que el homosexual no es propiedad de un tribunal.
Además tengo la firme convicción de que tampoco los homosexuales
deben ser tratados como enfermos, ya que una orientación perversa
está lejos de ser una enfermedad. ¿ Eso acaso no nos obligaría a
caracterizar como enfermos a grandes pensadores e intelectuales
a quienes admiramos por su salud mental?.
Había enfatizado una idea repitiendo
"Las personas homosexuales no están enfermas, y tampoco
son propiedad de un tribunal.” Agregó para finalizar
y a modo de calificación, que sin embargo, si un homosexual llegara
a molestar a un niño por debajo de "la edad de consentimiento",
entonces sí debería ser acusado de la misma forma análoga. (3)
Freud habló nuevamente en Viena para
la prensa en l930 sobre el tema homosexualidad. Esta vez aparece
como co-firmante de una declaración dirigida a una comisión legal
de una junta austrogermana, que estaba considerando la revisión
del código penal. Entre los otros firmantes, también estaban: Artur
Schnitzler, Franz Werfel y Moritz Sclilick. La declaración señalaba
que la comisión había informado que la propuesta de rechazar las
leyes que penalizaban las relaciones homosexuales entre "hombres
adultos por mutuo consentimiento", quedaba en punto muerto
y que debía anularse. "Humanidad, justicia y razón" exigen
la derogación siendo algo sobre lo que se debería estar inmediatamente
de acuerdo. "La homosexualidad”, continuaba la declaración,
había "estado presente a lo largo de la historia y entre todos
los pueblos". Las leyes que la penalizaban representaban una
"extrema violación de los derechos humanos" porque negaban
“la sexual¡dad intrínseca" de los homosexuales. También dejaban
la puerta abierta al chantaje e indirectamente indujeron a algunos
homosexuales al suicidio. Existía aún otra consecuencia. Al estigmatizar
la homosexualidad como "criminal" empujaban a menudo a
los homosexuales hacia posturas y actitudes " antisociales".
La declaración concluía con una "petición" para que los
homosexuales tuvieran los mismos "derechos" que todos
(4).
Estas eran las intervenciones
públicas de Freud; privadamente siguió la misma línea. Por ejemplo,
sostenía que no había buenas razones para que a los homosexuales
se les rechazara la solicitud como aspirantes a psicoanalistas.
Esta posición resultó ser objetable para la mayoría de sus asociados-
y se hizo evidente en 1920. La Asociación Holandesa de Psicoanálisis
recibió la solicitud para ser miembro de un médico conocido por
ser "manifiestamente homosexual". Ante la duda acerca
de una respuesta, pidieron consejo a uno de los miembros del círculo
más cercano a Freud, Ernest Jones, el mismo que escribiría más tarde
su biografía y quien mantuvo a Freud informado por carta. "Aconsejé
en contra" dijo Jones, "y ahora he escuchado .... que
éste hombre ha sido descubierto y condenado a prisión". Luego
preguntó si Freud pensaba que rechazar siempre solicitudes a aspirantes
homosexuales sería "una regla segura y general en base a la
cual proceder". Freud consultó con otro miembro de su círculo
íntimo y también amigo, Otto Rank. Luego ambos, conjuntamente, le
contestaron a Jones censurando sus normas:
Su pregunta, estimado Ernest,
concerniente a la posible calidad de miembros homosexuales, ha sido
considerada por nosotros y discrepamos con usted. En efecto, no
podernos excluir tales personas sin tener otras razones suficientes,
así como no estamos de acuerdo con su persecución legal. Sentimos
que en tales casos una decisión debería depender de un cuidadoso
examen de otras cualidades del candidato.
Freud y Rank escribieron por supuesto,
desde Viena. Cuando Jones recibió la carta, estaba en Londres. En
un mes las noticias de este intercambio llegaron a los analistas
de Berlín. Tres de ellos, Hans Sachs, Karl Abraham
y Max Eltington, alarmados, escribieron a Rank y a Freud criticando
la posición de ambos. La crítica era muy diplomática pero
firme: "todavía no hemos decidido" comenzaban diciendo,
"acerca de la cuestión de admitir analistas homosexuales en
nuestra sociedad...” Esto significaba sin ninguna duda querer hacer
recordar a Freud que la decisión, al menos en Berlín, era constitucionalmente
más bien de ellos y no de él. "Pero", continuaban, "tenemos
algunas ideas sobre este asunto". Sus "ideas" eran
que la "homosexualidad aparecía en muchas formas como parte
de una neurosis" y que en tales instancias "debería ser
analizada". Que los homosexuales neuróticos podrían, y a menudo
lo hacen negarse a permitir profundizar sus análisis. En caso de
ser así, sería muy difícil que llegaran a ser buenos analistas.
Luego, Sachs, Abraham y Eitington concluían diciendo: "Acordamos
que sólo aceptaríamos homosexuales en calidad de miembros, cuando
tengan otras cualidades a su favor". Conclusión que replanteaba
la posición Rank-Freud, modificándola sutilmente. La carta de ambos
estipulaba que la homosexualidad debía ser un factor neutral o un
no factor en la evaluación de los candidatos. Por otro lado la carta
de Berlín sugería que la homosexualidad podía jugar como presunción
en contra de un candidato, pero que a pesar de eso debía ser admitido
en caso que fuera juzgado suficientemente bueno. El estilo de ambas
cartas era, sin embargo, bastante parecido. Freud eligió o tuvo
que contentarse con la respuesta de Berlín (5).
Como clínico, rechazó tratar
homosexuales a no ser que los considerara también suficientemente
neuróticos. De otro modo, no había nada que tratar. No pensaba la
homosexualidad como una enfermedad, y cuando un miembro suponía
que en efecto era una enfermedad, trataban de derivar a los pacientes
homosexuales a Freud para su tratamiento, quien si ya sabía que
eran solamente homosexuales, no los atendía. Pero no siempre lo
sabía anticipadamente, por lo que hubo ocasiones que tuvo que darle
una sola sesión a un paciente homosexual y relativamente neurótico,
forzado a consultarlo a instancias de, un psiquiatra, de un médico
de familia, de un amigo o un pariente como la madre americana con
quien Freud se escribió en 1935. Sería interesante saber como manejó
a tales pacientes; pero no nos dejó ningún registro acerca de ese
proceder. Para él no eran casos, por lo que no había razón alguna
para escribir la historia de un caso. Pero sí existe el registro
de una sola sesión con Freud, escrita por un paciente que encaja
dentro de esa categoría. Es difícil estar totalmente seguro; el
registro es conmovedor como retrato de un psicoanalista, pero decepcionante
por lo escaso en lo referente a él mismo como paciente, cuyo nombre
era Bruno Goetz. Cuando consultó a Freud era estudiante en la Universidad
de Viena y tenía la aspiración a ser reconocido como poeta, era
pobre, sufría de problemas en los ojos, de fuertes jaquecas y por
lo visto, era sexualmente no convencional. Uno de sus profesores,
preocupado por Goetz, arregló una consulta con Freud y también le
envió algunos poemas del mismo. Goetz no quería ir, pero la autoridad
del profesor era suficiente como para que lo hiciera y así lo hizo.
Ya en el consultorio de Freud comenzó a sentirse inmediatamente
mejor. Las jaquecas desaparecieron y habló vehementemente acerca
de su vida y de sus amores. Habló acerca de la masturbación, de
la vez que amó a una mujer mayor que él, acerca de su fascinación
por el mar, de su atracción por los marineros, a quienes quería
besar, y de su soltería. Freud dijo, "¿Y la cuestión con los
marineros, nunca lo molestó?” Goetz contestó, "Nunca .... Estuve
muy enamorado. Y cuando usted está enamorado, todo está bien ¿verdad?”
Freud replicó, "Para usted ciertamente..." y rió. Luego
le preguntó, hacia el final de la consulta, cuándo había comido
un biftec por última vez. Goetz contestó que hacía cuatro semanas.
Luego Freud le entregó un sobre cerrado diciéndole que era una "prescripción"
y, con cierta timidez, dio por concluida la sesión, diciendo:
Por favor acepte este sobre
y permítame esta vez actuar como padre. Una pequeña retribución
por la alegría que me ha dispensa con sus poemas y la historia de
su juventud.
Cuando Goetz se fue y abrió el sobre,
se encontró con que contenía dinero, 100 kronen más que suficiente
para comprar un buen biftec para la cena (7).
Freud era muy consistente sobre el
tema homosexualidad. Lo que le dijo a la madre americana en su carta
de 1935, que no era ni una ventaja, ni un crimen, ni una enfermedad,
ni desgracia alguna, era fruto de una prolongada creencia y de un
accionar acorde a la misma. Este punto de vista no era compartido
sinceramente por la mayoría de sus compañeros analistas, aunque
ninguno, en vida de Freud y hasta donde sé, lo haya rechazado o
confesado directamente. Pero sus colegas mostraron dudas y cierta
tensión al respecto. Los holandeses se preguntaban si un homosexual
podía o no ser admitido para la práctica analítica; Jones en Inglaterra
pensaba que no; los berlineses decían quizá si quizá no, pero estaban
probablemente más inclinados a decir que no. Algunos analistas derivaban
a Freud para tratamiento a aquellos homosexuales que no eran neuróticos
aunque él pensaba, por cierto, que no había ninguna necesidad. Jung
puede haber sentido más bien diferente que Freud sobre el tema homosexualidad.
Es difícil reconstruir totalmente su punto de vista mientras perteneció
a la asociación psicoanalítica, pero existe un comentario muy sugestivo
en una de sus cartas. Cuando se escribieron con Freud preguntándose
dónde publicar determinado ensayo de Freud, se mencionó el Zeitschrift
fur Sexualwiseenschaft, diario editado por un homosexual, Jung
recomendó no utilizarlo. "Si los 175º son los responsables,
eso será difícilmente una garantía de su actitud científica",
escribió Jung. Ciento setenta y cinco era el número de la cláusula
del código de ley alemán donde estaban especificadas las penas relativas
a la práctica homosexual.(8)
El término “175º” quería decir homosexuales y era derogatorio. El
comentario de Jung fue, por cierto, esencialmente prejuicioso. Freud
contestó diciendo que no había pensado en el Zeitschrift, ya
que podría llegar a ser la voz del movimiento de emancipación homosexual
en Alemania y, por ende, demasiado político. Dijo que había pensado
en el, Jahrbuch für Sexuelle Zwischenstufen, otro diario
editado por el mismo homosexual que editaba el Zeitschrift. Jung
no hizo más comentarios. Hasta donde sé, sólo tres analistas pueden
ser tentativamente identificados como compartiendo, quizá sin reservas,
el punto de vista de Freud sobre la homosexualidad. Primero Rank, cofirmante
de la carta a Jones pidiendo por la admisión en la práctica psicoanalítica
de homosexuales calificados; Isidor Sadger cuya
posición se deduce de algunos ensayos que publicó (10);y
Victor Tausk. Uno
de los colegas de Tausk le informó en 1914 acerca del tratamiento
de un determinado homosexual neurótico diciendo ésto: "...su
objetivo terapéutico para el paciente fue liberarlo de los sentimientos
de culpa en relación a su homosexualidad para que pudiera sentirse
libre de satisfacer sus necesidades homosexuales" (11).
Pero si bien Rank, Sadger y Tausk pertenecieron firmes junto a Freud,
fueron la excepción. La mayoría de los analistas pensaban de otra
manera. Sin embargo, era en América donde la posición de Freud en
relación a la homosexualidad era menos aceptada o quizá más resistida.
Jung, pudo en un descuido haber deslizado una observación prejuiciosa;
Jones, haber querido demarcar los límites en relación a tener colegas
homosexuales; alemanes y holandeses pueden haber compartido algunas
de las reservas de Jones; pero ya desde los comienzos del transplante
del psicoanálisis a estas costas, los analistas americanos tendieron
a considerar la homosexualidad con desaprobación y en realidad quisieron
desembarazarse de ella para siempre. Ya en 1916, cuando Freud todavía
estaba muy activo, Smith Ely Jeliffe, un destacado analista neoyorkino,
fundador de la Psychoanalytic Review, declaró que "instrucción
individual" y “educación" deberían controlar la tendencia
"homogénica" y "dirigirla" a una "normal
y bien adaptada vida sexual"; para que así no exista la homosexualidad
(12).
La declaración de Jeliffe
es típicamente americana; refleja un punto de vista que los historiadores
en general llaman moralista y que ha dominado desde siempre el pensamiento
psicoanalítico en este país. Es una actitud que Freud conocía, despreciaba
y a la que se oponía, pero que nunca logró vencerla ni mitigarla.
Por qué no pudo, requiere una explicación. Después de todo era un
líder dominante con poca paciencia ante cualquier desviación; y
podría haber terminado con los agraviantes analistas americanos,
así como lo hizo con algunos europeos, como en el caso de Adler
y Jung. Quizá tuvo miedo a que demasiada severidad pusiera en riesgo
el futuro del psicoanálisis en el frente americano. En los años
treinta, era claro que era en América dónde se produciría el mayor
crecimiento del movimiento psicoanalítico. También pudo haberse
mantenido al margen debido, en parte, a una especie de indiferencia.
Para él era más importante lo que decían y pensaban sus compañeros
europeos que los americanos. Finalmente creyó que la actitud de
los analistas americanos no era accidental sino necesaria, derivada
directamente de lo que él consideraba como las condiciones fundamentales
de la vida americana. Si eso era verdad, ¿cuál hubiera sido el beneficio
de dejar de lado a determinados analistas?
Aún así discutía con ellos al sentirse molestado, contrariado.
Su blanco más frecuente fue James Jackson
Putnam de Harvard, el analista americano que más le gustaba
o quizá el que le disgustaba menos. La correspondencia se prolongó
por un período de alrededor de siete años, existiendo por parte
de Freud un prolongado esfuerzo para conseguir que Putnam depusiera
su moralismo (era difícil que aparecieran en las cartas alusiones
específicas referidas a la homosexualidad, y por cierto a cualquier
sexualidad, ya que tan elevadas eran las ideas de Putnam como condescendiente
Freud como corresponsal); por parte de Putnam un prolongado rechazo.
Se encontraron en 1909, y en esa ocasión se le dijo aparentemente
de manera muy firme que no tratara de sostener ante los pacientes
en análisis ningún objetivo ético propio. "Todavía me parece",
escribió más tarde ese mismo año, "que... el método psicoanalítico
necesita ser complementado con métodos que busquen sostener ante
el paciente una meta por la que pueda esforzarse en alcanzar."
Putnam. continuó para señalar que actualmente estaba tratando a
una "dama" que "sufría mucho debido a un estado de
inhibición y de vergüenza mórbidos" y que él estaba haciendo
"buenos progresos" en rastrear los orígenes de sus "síntomas",
pero se encontraba ante la "dificultad" de que la misma
había "perdido todo interés por la vida y en vivir". ¿Acaso
no debería, a modo de exhortación, tratar de proveerle tal interés?
Freud respondió que ningún analista podía- "compensar"
a un paciente dejando de lado una,"enfermedad". Pero que
eso no era culpa del analista.
¿Que tendríamos que hacer cuando una mujer se queja de
su frustrada vida, cuando con su juventud perdida se da cuenta que
fue privada de la alegría de amar debido a meras razones convencionales?
Ella tiene bastante razón, y nosotros nos quedamos imposibilitados
ante ella porque no podemos volverla joven otra vez. Pero el reconocimiento
de nuestras limitaciones terapéuticas refuerza nuestra determinación
en cambiar otros factores sociales para que tanto los hombres como
las mujeres no se sientan más forzados a situaciones sin esperanza.
Este era Freud en su mayor militancia política.
El moralismo americano siempre le produjo escozor; pero la militancia
no hizo aparentemente impacto alguno en Putnam, quien rápidamente
le
contestó que los pacientes necesitan "más
que simplemente aprender a conocerse a sí mismos", también
conocer las "razones de porqué deberían adoptar ideales más
elevados para sus obligaciones". Luego le volvió a escribir:
"Como estudio pacientes y trato de aliviarlos de sus síntomas,
me encuentro con que también debo mejorar su temperamento y carácter
morales." Inmediatamente después le relató a Freud
una de sus fantasías infantiles -de una vida familiar feliz-
y le pidió una interpretación. Este pedido le dio a Freud una oportunidad
que aceptó con regocijo:
En general veo que usted está sufriendo de un muy temprano
e intenso sadismo reprimido que se expresa a través de una bondad
excesiva y auto tortura. Detrás de la fantasía de una vida familiar
feliz usted debería descubrir las fantasías normales reprimidas
de una rica realización sexual.
Luego Freud respondió nuevamente con una nota menos
personal pero muy maliciosa, burlándose de la retórica cristiana
que yacía bajo la superficie de la carta de Putnam:
Parece que usted hace parecer al psicoanálisis mucho
mas noble y hermoso: en sus ropas domingueras escasamente reconozco
a la empleada que se desempeña en los quehaceres domésticos de mi
casa.
Luego impávido, Putnam le escribió para decirle que
quería hacer algo importante sobre el tema “sublimación”, haciendo
especial referencia “al trabajo de Dante y Emerson”.Freud contesto
que esperaba eso “con gran interés” Luego Putnam escribió más acerca
de su compromiso personal con la sublimación y de su tarea de conducir
a sus pacientes hacia el logro de la misma de manera satisfactoria.
Freud contestó con más amargura que ironía: “Tan pronto”, escribió,
como los analistas emprendan “la tarea de conducir al paciente hacia
la sublimación, más aceleran su salida de la ardua tarea psicoanalítica
para tomar deberes muchos mas cómodos, como el del maestro y del
dechado de virtudes.”
Finalmente Freud se volvió muy directo. Terminó con
las indirectas, cualquier tono menos candor, y en una de sus últimas
cartas a Putnam poco tiempo antes que la muerte de este último los
separara para siempre, ataco aún mas directamente su moralismo:
La moral sexual tal como la define la sociedad –y como
caso extremo la sociedad americana- me parece muy despreciable.
Me identifico con una vida sexual más libre.
Eso tampoco hizo aparentemente impacto
en Putnam, ya que en la siguiente carta ignoró completamente el
señalamiento de Freud acerca de América (13)
Si Freud pensó que la moral sexual
americana era despreciable, también pensó que conocía cómo llego
a ser de esa manera. Visitó América solo una vez, en el otoño de
1909, cuando vino a dar cinco conferencias de introducción al Psicoanálisis
en la Clarck University, frente a una audiencia en la en
la que estaban casualmente Williams James y Emma Goldman. Durante
su estadía pudo conocer New Cork, New Haven, Boston, Worcester y
las cataratas del Niágara; y también pasó algún tiempo en las Adirondacks.
Aunque el viaje fue breve y el itinerario limitado, sus conclusiones
fueron excepcionalmente positivas y firmes. No había dudas que antes
de comenzar el viaje ya se había hecho una idea al menos tentativa,
en gran parte sobre la base de sus lecturas y de sus contactos personales
con americanos y probablemente teniendo en cuenta un prejuicio muy
común contra América que siempre existió en los círculos intelectuales
europeos.
Ya en Viena, cuando se le preguntaba
que pensaba que estaba mal aquí, trataba la pregunta con poca seriedad,
respondiendo en forma ligera. Por ejemplo, que odiaba la comida
y le producía indigestión. O podía decir que odiaba el acento, y
que solamente los inglese sabían hablar correctamente el inglés.
Pero a veces tomaba la pregunta seriamente, contestando de acuerdo
a la misma. Y no hay ninguna dificultad en hacerse una composición
de lo que pensaba. Primero, que los americanos eran demasiado reprimidos.
Los hallaba sexualmente insulsos e insípidos. Así es como su colega
vienes Paul Federn informo con poco tacto años mas tarde, en 1947,
cuando hablo en ocasión de la inauguración de un busto de Freud
en la cede central de la sociedad psicoanalítica de New Cork, al
decir que Freud siempre sostuvo que en América no había “en realidad
suficiente libido como para ser encontrada y sentida por él” (14).
¿Por qué eran los americanos
tan nulos sexualmente? Porque sublimaban totalmente su energía sexual.
Por su despreciable moralismo. Esa era la lógica para la sublimación.
Y los objetivos para la sublimación americana, ¿eran la producción
de arte, ciencia, leyes, arquitectura, música, literatura? No, era
dinero, consumo, acumulación. Toda la energía que no se canalizaba
sexualmente era dirigida a hacer dinero y a muy poco más. Jones
en su autobiografía Free Associations lo expone sutilmente:
Freud tenia una “impresión desfavorable” de América. “Imagino”,
agrega Jones, “que la aversión tenía algo que ver con el sentimiento
de que el éxito comercial dominaba la escala de valores en los Estados
Unidos”…(15)
El planteo de Freud fue aún más sutil, pero no obstante
muy decidido, cuando habló frente a su auditorio americano en Clarck.
En efecto, la estrategia retórica
primaria más importante en esas cinco conferencias fue adular a
la audiencia con la esperanza de asegurarse un interés favorable
en la relación a lo que él debía decir concerniente al psicoanálisis.
Les dijo que pertenecían al “Nuevo mundo” , agregando que en el
viejo e ignorante mundo europeo existia un prejuicio irracional
contra el psicoanálisis e insinuó que en el “Nuevo Mundo” tal prejuicio
era poco probable. Dijo que originalmente
había planificado hablar principalmente de la Interpretación de
los sueños” pero que luego de considerarlo había rechazado esa idea:
Que le parecía un error hablar de los sueños en un país tan admirablemente
“devoto a los objetivos prácticos”.También que quizá la histeria”
podría se mejor comprendida como análoga a una especie de sobreimplicación
en la historia. Imaginen, dijo, a un “londinense” incapaz de vivir
con alegría en el presente a causa de no haber podido escapar de
las garras del pasado y que gastó todo su tiempo en duelo, en lugares
como “Charing Cross” o The Monument”, consagrados a antiguas pérdidas.
Al desarrollar ésta analogía estaba insinuando a grandes rasgos
y de manera muy falsa, que como los americanos tenían mucho menos
historia que, digamos, los londinenses, estaban en mejores condiciones.
Todo esto era adulación, adulación un tanto excesiva. Pero en medio
de ella, Freud se las ingenió para decir lo que pensaba. Tuvo la
oportunidad cuando explicó la interpretación psicoanalítica del
chiste. Primero dio un ejemplo:
Dos hombres de negocios poco escrupulosos
habían conseguido granjearse una enorme fortuna mediante una serie
de empresas harto osadas, y tras ello se empeñaron en ingresar en
la buena sociedad. Entre otros medios, les pareció adecuado hacerse
retratar por el pintor más famoso y más caro de la ciudad, cada
uno de cuyos cuadros se consideraba un acontecimiento. Quisieron
mostrarlos por primera vez durante una gran soirée y los dueños
de casa en persona condujeron al crítico y especialista en arte
más influyente hasta la pared del salón donde ambos retratos habían
ido colgados uno junto al otro; esperaban así arrancarle un juicio
admirativo. El crítico los contempló largamente, y al fin sacudió
la cabeza como si echara de menos algo; se limitó a preguntar señalando
el espacio libre que quedaba entre ambos cuadros: “And where
is the Saviour?” (“Y dónde está el Salvador?”)
El público rió. Freud continuó:
Comprenderemos
que el especialista en arte quiere decir: “Son ustedes un par de
pillos, como aquellos entre los cuales se crucificó al Salvador”.
Pero no se los dice; en lugar de ello, manifiesta alqo que a primera
vista parece raramente inapropiado... pero de inmediato lo discernimos
como una alusión al insulto por él intentado...
Luego de explicar la interpretación del chiste, Freud
preguntó:¿”Por qué” el crítico “no dice a los dos pillos directamente
lo que le gustaría?” ¿Por qué se los dice indirectamente a través
del chiste? Contestando su propia pregunta, dice que el crítico:
Junto a sus ganas de espetárselo
sin disfraz actúan en el eficaces motivos contrarios. No deja de
tener sus peligros ultrajar a a personas de quienes uno es huésped.
(16)
Basta un solo momento de reflexión para darse cuenta
que Freud era el invitado de honor en Clarck, que los americanos
eran sus anfitriones y que él mismo los estaba insultando indirectamente
a través del chiste. Eran hombres de negocios sin escrúpulos, eran
ladrones. Nunca cambio de opinión en cuanto a considerarlos o más
bien a considerarnos ladrones, como así también asexuales y moralistas
despreciables.
¿Qué les pasó a los homosexuales que estaban en tratamiento
con analistas americanos de a época de Putnam y Jeliffe? Putnam
pensaba que debía infundir a sus pacientes su propia visión ética.
Jeliffe pensaba que el sentimiento homosexual se debería controlar
a través de la instrucción y la educación y reformarlo en pro de
“una sexualidad normal y bien adaptada” En primer lugar esos pacientes
odían sentirse físicamente seguros; no corrían ningún riesgo en
ser castrados, en tanto y en cuanto estuvieran en manos de esos
analistas. Algunas veces este desastre atrapó a homosexuales en
tratamientos no psicoanalíticos. Los analistas sólo hablaban, no
se sabe exacta ni absolutamente acerca de qué. Ahora podemos saberlo
en forma parcial y fragmentada; pequeña muestra que concierne a
un homosexual llamado C.M.Otis, quien en 1911 realizó sucesivas
consultas con dos analistas de Boston llamados Isador Coriat y Louvill
Emerson. El segundo tomó notas que todavía existen. A través de
ellas sabemos cómo Otis se describía a sí mismo: como sin haber
tenido nunca relaciones sexuales con una mujer, pero sí con muchachos
y de manera poco casual, como habiéndose sentido perseguido por
ambas situaciones y seguro que nunca llegaría a ser heterosexual.
Emerson lo vio
seis veces en sesione de terapia. A la sexta sesión dio por terminada
la relacion. En sus notas figura la razón de ese tan decidido y
abrupto final: “el paciente muestra una reacción emocional no adecuada
a mis sugerencias”; pero no especifica cuales fueron las sugerencias
(17). Ocho años más tarde publica
en Psychoanalytyc Review una crítica a Freud breve y amable.
El eje de la misma era que Freud se equivocaba al tratar de excluir
la “ética” del psicoanálisis. Todos los analistas deben tratar de
decir cuales serían las relaciones sociales “justas” y “cuales no”
(18) Cualesquiera
hayan sido las sugerencias de Emerson y que Otis rechazo, podemos
concluir diciendo que evidentemente la experiencia de Otis con su
analista fue significativamente diferente a la de Goetz con el suyo.
Volviendo a la carta de Freud a la madre norteamericana,
podemos decir que lo que lo motivó a escribirla no fue de ningún
modo solo una actitud “bondadosa”, ni necesidad alguna de replantear
lo que había sostenido durante tanto tiempo. Quería también arremeter
contra nosotros, los americanos, contra nuestro moralismo y nuestro
abuso del psicoanálisis. Sabía muy bien que la carta sería tenida
en cuenta y tuvo esa intención. Fue una provocación deliberada,
en especial el pasaje donde termina diciendo:
Si usted se decide a ello, ¡¡ el podrá analizarse conmigo!!
¡¡No creo que usted lo haga!!. Tendría que venir a Viena. (19)
Freud no tenía necesidad de mas pacientes y esa mujer
era extranjera. Su objetivo fue decirle a ella y a todos que su
hijo podría no ser tratado adecuadamente en América.
Puede ser sorprendente, a la lis de lo que dice la carta,
encontrarse con un Freud que estuvo muy de punta con el movimiento
de emancipación homosexual pero así fue. Estaba inexorablemente
en desacuerdo con la línea que seguía el movimiento en relación
a un tema muy importante y expresó esta discrepancia en tres de
sus trabajos psicológicos.
El movimiento se fundó básicamente en Alemania, donde
nació a fines del siglo XIX. Su creador fue un abogado de Hannover
llamado Karl Heinrich Ulrichs quien en una serie de libros consideraba
que los homosexuales constituían un “tercer sexo” “un cuerpo masculino”
poseído por “un alma femenina”. El sucesor espiritual de Ulrichs
y primer gran líder del movimiento fue Magnus Hirschfeld (1868-1935),
médico judío de Berlin, quien como publicista, organizador, miembro
de un grupo de presión e investigador clínico, había trabajado durante
mucho tiempo y sin descanso a favor de la derogación de las leyes
que penalizaban la homosexualidad y por el reconocimiento de su
extensa incidencia. Hirschfeld, como Ulrichs, también pensó a los
homosexuales como un grupo biológica y psíquicamente distinto y
los llamó “intermedio sexuales” (20)
Como ya vimos, Freud respaldó
de buen grado los objetivos de reforma de ley por parte del movimiento
lo que rechazaba era la teoría del “tercer sexo”, de “intermedios
sexuales”. En tres ensayos de teoría sexual (1905) critica
a Ulrichs refiriéndose a él como “el portavoz de los varones invertidos”,
mencionando como para descartar la noción de “un cerebro femenino
en un cuerpo masculino” (21)
En Leonardo da Vinci (1910) se refiere nuevamente
a la línea del movimiento:
Los
varones homosexuales que en nuestros días han emprendido una enérgica
acción contra la limitación legal de sus prácticas gustan de presentarse,
por boca de sus portavoces teóricos, como una variedad sexual distinta
desde el comienzo, como un grado sexual intermedio, “un tercer sexo”.
Agregó que esta forma de presentarse debería ser considerada
con cierta reserva, porque no tenía en cuenta los descubrimientos
del psicoanálisis. Luego en la edición de 1919, añadió a pie de
página una observación muy dura: “... que los representantes de
los homosexuales en la ciencia no atinen a aprender nada de las
certificadas averiguaciones del psicoanálisis” (22)
Nuevamente en Lecciones Introductorias (1917), toca en gran
medida el mismo punto. Dice que los homosexuales “por boca de su
portavoz científico” estaban intentando”presentarse a sí mismos
como una variedad especial de la especie humana “un tercer sexo...”
Esta era una presentación equivocada el psicoanálisis la demostraba
como incorrecta. (23)
¿Pero cómo lo hacía? Freud pensaba que el
psicoanálisis mostraba que todo el mundo era capaz de hacer una
elección de objeto homosexual” y que todos” de hecho hacían una
en su inconciente” y que además
...los sentimientos libidinosos en vinculación con personas
del mismo sexo, no desempeñan escaso papel, como factores de la
vida sexual, y ese papel es mayor que el de los dirigidos al sexo
opuesto en cuanto motores de contracción de neurosis (24)
Teniendo en cuenta estos descubrimientos, difícilmente
podía aceptar que los homosexuales fueran “una especie sexual diferente”
o “una variedad especial de la especie humana” Por el contrario,
sostenía que toda la gente era psicológicamente como los llamados
homosexuales. Sin ninguna duda que los hombres homosexuales
Tendían en general a tener sexo con hombres, mientras
que los hombres no homosexuales en general tendían a tener sexo
con mujeres. Si bien esta diferencia tenía “significación práctica”
era de escasa significación “teórica” (25)
¿Qué era lo teóricamente significante? Lo que nunca debía
olvidarse, negarse o elidirse era que la sexualidad de todos era
en gran parte homosexual.
Freud insistía con que
los homosexuales no eran “excepcionales” y que el psicoanálisis
se oponía decididamente a separarlos “del resto de la humanidad
como un grupo de carácter especial” (26).
De ser así, había que rechazar y de hecho reprimir, la teoría psicoanalítica
de la sexualidad.
Así discutía Freud, pero el movimiento no estaba muy
interesado en la discusión. Nociones como la de “tercer sexo” o
echando una mirada por un instante a lo que en la América de hoy
llaman “gay”, pueden jugar un rol importante en habilitar el dogmatismo
homosexual. Es reforzar el pensarse a uno mismo como parte
de un grupo. Uno se siente menos raro, quizá menos vulnerable y
quizá incluso más orgulloso. Además, los grupos pueden organizarse
para promover los intereses comunes de sus miembros. En una cultura
parlamentaria, como era en alguna medida Alemania en la época de
Freud o como es la de la América de hoy,
la fuerza de un grupo organizativo puede muy a menudo traducirse
directamente en influencia política. Freud comprendía todo esto
y no puede haberse sentido sorprendido cuando el movimiento de emancipación
homosexual lo ignoró. Pero de todas maneras él mantuvo su posición,
tanto en contra de esa línea como del moralismo americano, y por
la misma razón: ambas eran, de hecho y tal como él veía las cosas,
represiones.
Freud murió en 1939, cuatro años después de haber escrito
la carta a la madre americana. Tan pronto como fue cremado, una
hueste de ensayos revisionistas comenzaron a rodar por la prensa
psicoanalítica, especialmente en América. LA homosexualidad fue
uno de los temas propuestos con mayor entusiasmo. Podemos examinar
aquí de manera breve y muy acotada qué dijeron los analistas americanos
acerca del tema cuando ya no estuvo Freud.
Sandor Rado (1890-1972) de la Columbia Psychoanalític
Clinic fue el primero en declararse en New York. En una serie de
artículos publicados en 1940, decía que la pareja hombre-mujer era
saludable, que era sobre todo el “modelo estándar” y que la homosexualidad
era una enfermedad basada en el miedo a la mujer, y que muy a menudo
podía curarse por la vía del psicoanálisis (27)
Irving Bieber (1908), siguiendo la
guía de Rado, condujo un importante estudio en 1950, cuyos resultados
fueron publicados en 1962. Decía que su propósito era establecer
la homosexualidad como una enfermedad. Todas las “teorías psicoanalíticas”
dijo, ignorando a Freud, “asumen que la homosexualidad es psicopatológica”.
Su propósito era más bien llegar a comprender la etiología de la
enfermedad; y argumentó su punto de vista diciendo que derivaba
primariamente de cierta clase de mala situación familiar: una madre
dominante y un padre frío. Fue también relativamente optimista acerca
de la cura. Charles Socarides fue más lejos que cualquier otro analista
americano. Dijo en una serie de artículos publicados en su mayoría
en los años sesenta, que la homosexualidad no sólo era una enfermedad,
sino una severa enfermedad acompañada frecuentemente de manifestaciones
psicóticas o de oscilaciones maníaco depresivas. Mientras la pareja
heterosexual podía conducir hacia “la cooperación, el consuelo,
la estimulación, el enriquecimiento, la competencia sana y logros,
la pareja homosexual solo podía brindar “destrucción, rechazo mutuo,
explotación del compañero y de sí mismo, incorporación oral-sadica,
ataques agresivos esfuerzos para aliviar la ansiedad y una pseudo
solución a las urgencias agresivas y libidinales que dominan y atormentan
al individuo." Socarides decía también que era posible la cura"
(28).
La American Psychiatric
Association, influenciada quizá por Rado, clasificó en 1952
la homosexualidad como una enfermedad. En los años sesenta, al
crecer y fortificarse el movimiento de liberación gay, esta clasificación
todavía vigente en los libros "llegó a ser el problema de mayor
importancia para sus adherentes, quienes dedicaron gran esfuerzo
para conseguir su anulación. Lo lograron a través de una mezcla
de agitación Y discusión. En 1973 la Association saca la homosexualidad
de la lista de enfermedades (30). Al anunciarlo, el presidente de
la Association dijo que esperaba que el resultado fuera "un
clima más satisfactorio de opinión para la minoría homosexual en
nuestro país...” (31)
. Aquí hay que remarcar el término minoría. Lo que el presidente
dio por supuesto fue que los homosexuales eran realmente una minoría,
un grupo de naturaleza especial. Lo hizo porque el movimiento de
liberación gay de manera previsible lo estaba diciendo así y sus
aliados psicoanalíticos acordaban a viva voz.
¿Aliados Psicoanalíticos? Sí, el movimiento tenía aliados
de los cuales el mas influyente eran Judd Marmor (1910) y Robert
Stoller (1924), quienes durante los años sesenta y setenta chocaron
frecuentemente contra la postura Bieber-Socarides. Tanto unos
como otros negaban que la homosexualidad fuera una enfermedad, la
describían a su vez como la orientación sexual de una minoría. Al describirla así, obviamente rechazaban la idea de que Freud
había pensado como teóricamente crucial, la idea de que la sexualidad
de todos era en gran parte homosexual.
Marmor manifestó su objeción con
mucho tacto: Freud sostenía que la homosexualidad era una "tendencia
universal." La idea no era "¡lógica" pero sí "no
operativa" y debería descartarse. Stoller dijo mucho de
lo mismo: al adherimos a la idea de Freud, nunca podíamos tener
claro los fundamentos para decir de cualquiera que no era homosexual.
Eso sería "problemático” Probablemente sería aconsejable volver
"a una definición menos complicada de la homosexualidad"
y pensarla como del dominio exclusivo de los homosexuales, "como el estado en
el cual las prácticas sexuales son realizadas preferentemente, en
la fantasía consciente o en la realidad, con una persona del mismo
sexo” (33). Así
tanto Marmor como Stoller veían a la homosexualidad sólo del lado
de los homosexuales, quienes por eso eran diferentes a todos los
demás y por lo tanto una minoría. Pero los homosexuales no eran
necesariamente más enfermos que lo que era cualquier otra minoría
como los negros, latinos y judíos, y le otorgaron el derecho de
ser libres del estigma por el cual la psiquiatría oficial los había
ubicados tan injustamente. Por supuesto que el corolario de la adscripción
humana del status minoría fue éste: la gente de afuera de la minoría
ya no necesita considerarse como también homosexual.
Las reuniones de la Association que
condujeron eventualmente a la decisión de no clasificar la homosexualidad
como enfermedad, estuvieron protagonizadas principalmente por psicoanalistas.
De un lado, Bieber y Socarides, del otro Marmor y Stoller. Extraño
espectáculo, dos grupos de psicoanalistas moralistas oponiéndose
mutuamente, reivindicando la tradición freudiana y a su vez defendiendo
una posición que el mismo Freud había rechazado por equivocada y
represiva. El freudismo en América continúa como comenzó.
NOTAS
1.Jones,
E.,Vida y obra de Sigmund Freud, Editorial Lumen-Hormé, Buenos Aires,1998,
Tomo III, p. 214-215. En el original la carta fue extraída del American
Journal of Psychiatry, Abril 1951, p. 786, donde figura una
fotocopia de la carta hológrafa.
2. Jones, E. ,
Vida y obra de Sigmund Freud, op. cit., T.3, p. 214.
3. Citado por Herb
Spiers y Michael Lynch, "The Gay Rights Freud", Body Politic,
Mayo 1977, p. 9
4.
Ibid. p. 9.
5.
Ibid. p. 9. Este juego de cartas es parte
de un grupo conocido como "Rundbriefe", preservado en
la Otto Rank Collection y depositado en la biblioteca de
la Columbia University. Agradezco a la biblioteca la autorización
para publicar las citas. Las traducciones utilizadas fueron preparadas
y amablemente facilitadas por el profesor James Steakley (Rank
Collection lla/238, lla/248). Probablemente la fuente más crucial
no publicada de la historia del pensamiento psicoanalítico, "Rundbriefe",
es todavía muy poco conocido. Ver Patrick Mahony, Freud as a
Writer New York: International Universities Press, 1982), p.p.
9798; M. Grotiabri, Notes on Reading the 'Rundbriefe'," Journal
of the Otto Rank Association 8 (1973-74), pp. 89-91.
6. Ver, por ejemplo,
la carta de Freud a Oscar Pfister, del 13 de Abril de 1919 Correspondencia
1909-1939, Sigmund Freud y Oscar Pfister, Fondo de Cultura Económica, México 1966, pp. 63, 64.
7. Un pasaje del
relato de Goetz traducida al inglés está publicada en Freud as
We Knew Him, H. Ruitenbeek ed. (Detrit: Wayne State University
Press, 1973), pp. 264ff. Para el texto completo en alemán original, ver Bruno Goetz, "Erinnerungen
an Sigmund FreucI", Neue Schweizer Rundschau, mayo 1952,
pp. 3ff. Esta es una traducción del Dr. Ruitenbeek, levemente modificada
por mí.
8.
Ver Jurgen Baumann, Paragraph 175: Uber die Moglichkeit, die
einfache, nicht jugendgefahtdende und nicht offentliche Homosexualitat
unter Ervvachsenen straffrei zu lassen ( Berlín/Neuwied: Luchterhand,
1968).
9. The Freud-Jung
Letters: The Correspondence of Sigmund Freud and C.G.Jung, W.
McGuire, ed. (Princeton: Princeton University Press, 1974),pp. 97,
125 , 126. Pero tres años más tarde, en su correspondencia, Jung
deja deslizar otro prejuicio. Estaba escribiendo acerca de un hombre
llamado Romer, quien era homosexual, y dijo: "Él es como todos
los homosexuales, sin deficadeza". Ver Freud- Jung,
p. 423. Hay traducción al castellano de la correspondencia: Sigmund
Freud- Carl Gustav Jung. Correspondencia, Taurus Ediciones,
Madrid. 1979. Edición agotada hace ya varios años.
10. Ver por ejemplo,
Isidor Sadger, Ist die Kontrare Sexualempfindung heilbar?”, Zeitschriftfur
Sexualwissenschaft 1 (1908), pp. 712ff. Agradezco al profesor
Steakley por hacerme prestar atención a este ensayo.
11. El colega
fue el analista italiano Edoardo Weiss. Ver Edoardo Weiss, Sigmund
Freud as Consultant (New York: Intercontinental Medical Book
Corp., (1970), p. 9. Sobre Tausk y la relación con Freud, ver Paul
Roazen, Hermano Animal, editorial ACME-agalma, Buenos Aires,
1994; K.R. Eissler, Talent and Genius (New york: Grove, 1971);
y Neil Hertz, "Freud and the Sandman," Textual Strategies,
J. Harari ed. (lthaca: Cornell University Press, 1979), pp.
296-321
12. Citado por
Nathan Hale, Freud and the Americans: The beginning of Psychoanalysis
¡ti the United States, 1876-1971 (New York: Oxford University
Press), 1971), p. 339.
13. James
Jackson Putizam and Psichoanalysis N Hale ed. (Cambridge, Mass.:
Harvard University Press, 1971) pp. 87, 90, 91, 95, 117, 130, 137,
152, 153, 161,168,171,189.
14. Ruiteribeek,
p. 220.
15. Jones, E.,
FreeAssociations: Meinoirs o a psychoanalyst (London:
Hogarth, 1959), p. 190.
16. Sigmund Freud,
Cinco conferencias sobre psicoanálisis, Amorrortu editores,
Buenos Aires, 1997, vol. XI, pp. 7, 34, 35, 28, 29, 13, 14, 26,
27.
17. Martin Duberman,
"The Therapy of C. M. Otis: 191 l," Cliristoplier Street,
Noviembre 1977, p. 33ff.
18. Hale, Freud
and the Aniericans, p. 346...
19.
Ver nota 1.
20. Sigo a John
Lauritsen y David Thorstad, Tlie Early Homosexual Rights Movement,
1864-1935 (New York, Times Change, 1974); James Steakley, The
homosexual Emancipation Movement in Germany), (New York: Arno,
1975); y Timothy Roe Lyman, Homosexual Movementin in Perspective:
The Eniergence of homosexual Identit in Germany, 1900-1933”
(A. B. Honors Thesis, Harvard College, 1980). Agradezco a Timothy
Lyman por su amabilidad al permitirme leer su excelente tesis.
21. Sigmund Freud,
Tres ensayos de teoría sexual, Amorrortu editores, Buenos
Aires, 1996, vol. VII, pp.129-130.
22. Sigmund Freud,
Cinco conferencias sobre psicoanálisis, op. cit., pp. 91-92.
23. Sigmund Freud,
Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917), Amorrortu
editores, Buenos Aires, 1996, vol. XVI, pp. 278-280-281-282.
24. La referencia
al vol. XII, p. 145 es errónea. La cita corresponde a: Sigmund Freud,
Tres ensayos de teoría sexual, op. cit., p. 132 (agregado
en 1915).
25. Sigmund Freud,
Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917), op.
cit., pp. 281-282.
26.
Ibid, pp. 132-134.
27.
Citado por Ronald Bayer, Homosexuality and American Psychiatry:
Tlie Politics of Diagnosis (New York: Basic Books, 1981), pp.28,
29. En mis consideraciones acerca de Rado, Bieber y Socarides generalmente
sigo y con gratitud a Bayer. Quizá deba señalar que por otro lado
no sigo el tratamiento que él hace de Freud. Ahí, Bayer se equivoca.
Se inclina por aceptar que Freud creía lo que los analistas habían
dicho que él creía.
28. Bayer, pp.
30, 31, 34, 35, 36, 37.
29. Esta clasificación
también se reflejó en las actitudes de un sustancial número de americanos
profesionales de la salud. En 1971, sólo dos años antes que la clasificación
fuera anulada, un estudio de una muestra tomada al azar de W de
esos profesionales, en el área de San Francisco, (63 trabajadores
sociales, 50 psiquiatras y 50 psicólogos clínicos) mostró que sólo
el 64 por ciento de ellos estaban preparados para decir que la homosexualidad
no era una enfermedad. Ver Joel Fort, Claude Steiner y Florence
Conrad, "Attitudes of Mental Health Professionals teiward Homosexuality
and Its Treatment," Psychological Reports 29 (1971),
p. 349. Una manera de calcular la imperecedera fuerza del moralismo
americano puede ser comparar estos resultados con los de otro estudio
bastante similar hecho ese mismo año en Inglaterra. Una muestra
tornada al azar de 300 profesionales de la salud (150 médicos generalistas,
150 psiquiatras) mostró que el 94,3 por ciento estaba preparado
para decir que la homosexualidad no era una enfermedad. Ver Philip
A. Morris, "Doctors' Attitudes to Homosexuality", British
Journal of Psychiatry 72 (1973), p. 436.
30. Bayer, p.
136
31. Citado por
Bayer, p. 138.
32. Sexual
Inversion, J. Marmor (New York: Basic Books, 1965), pp. 2, 3,
4.
33.
Robert Stoller, Sex and Gender (New York: Science House,
1968), pp. 142, 143, 144.
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