Cuando el falo falta...
Jean Allouch
Una
adivinanza inapropiada
Si me lo permiten, empecemos con una adivinanza, inventada
especialmente para hoy: ¿Cuál es la diferencia entre un elefante
y el objeto petit a?
Tranquilícense, esta adivinanza no contiene la conocida
trampa que adoran los niños y que consiste, después de que el
interlocutor se ha devanado los sesos sin dar con la respuesta,
en decirle un tanto maliciosamente:”No hay diferencia, porque...”
Y en invocar de inmediato cualquier rasgo de similitud entre ambas
cosas aparentemente tan dispares. En la adivinanza que he planteado,
no hay tal golpe bajo, lo cual no quiere decir que no haya trampa.
Hay una trampa, pero la trampa en este caso, tiene de particular
que llega a destruir a la adivinanza misma.
¿Cúal
es la diferencia entonces entre un elefante y el objeto petit
a? Imagino que alguno de los aquí presentes han oido hablar
del objeto petit a, y que por lo tanto para ellos la pregunta
tiene un sentido. En cuanto a los demás, su ignorancia no es grave,
ya que precisamente he fabricado esta adivinanza para introducir
ante ellos el llamado “objeto petit a”
Para
ayudarlos a que respondan, puedo señalarles también que para el
elefante está aquí casi por casualidad. Hubiese podido ser cualquier
cosa, una mujer por ejemplo, a la que no evoco sino porque una
mujer, en todo caso en oriente, tiene una notoria relación con
el elefante. A decir verdad, escogí el elefante porque figura
en grandes dimensiones en la tapa de un seminario de Lacan, al
menos en la versión francesa publicada por Seuil. Figura allí,
porque se pretendió subrayar, Dios sabe por que, algo que Lacan
dice en ese seminario, lo que Hyppolite llama “una lógica hegeliana”,
es decir, esa función que tendría las palabras, los nombres, de
convocar las cosas, de hacerlas presentes:
“
Por otra parte, es evidente, basta con que hable de ellos, para
que gracias a la palabra elefante, no sea necesario que
estén aquí para que efectivamente estén aquí, y sean más reales
que los individuos elefantes contingentes”(1)
El
elefante está “verdaderamente allí” gracias a la nominación,
más presente que el que ustedes van a ver en el zoológico, con
mayores consecuencias para sus vidas, mientras que el del zoológico
se pasa el tiempo dormitando. ¿Lo han notado?¡Es increíble
el tiempo que los animales consagran al dormir! En las reservas
es más visible que en el zoológico, uno esperaría verlos como
en el cine, brincar, retozar, cazar, comer, copular, pero no:
duermen, o bien están ahí en su Dasein,
los ojos semicerrados, sin hacer nada durante horas y horas.
Sin duda que nosotros, en tanto mamíferos
humanos, somos una excepción e incluso, dada nuestra actividad,
algo completamente anormal. Bueno, no voy a proponerles
detener aquí esta exposición y que vayan a dormir la siesta,
los organizadores no estarían contentos y quien sabe, tal vez
tampoco ustedes.
Volvamos
entonces a nuestro elefante presente aquí mismo. Una historieta
del mismo orden le sucedió a Wittgenstein
al contestarle a Russel. En
su curso de Cambridge, Russel estaba diciendo, como una evidencia,
que no había rinocerontes en la sala de clases. Wittgenstein
era un alumno, lo que quiere decir que no le dejaba pasar nada
a su maestro, que no toleraba en aquél, la menor aserción que
no estuviera probada (nada que ver con los alumnos de lacan
que como lo decía recientemente Philippe sollers, habían encontrado
la solución para dormir durante el seminario, enchufaban sus
pequeños grabadores mediante los cuales odían dejar para más
tarde su comprensión de lo que decía Lacan y quizá ustedes lo
saben, todavía esperamos ese más tarde). Wittgenstein pues,
que no tenía grabador, se levantó para decir: “Pruebe que no
hay un rinoceronte en la sala!” Russel, entonces, invitó a todos
a que miraran debajo de los bancos, debajo del escritorio magistral,
a que abrieran los placares, pero no consiguió nada, ¡no logro
persuadir a Wittgenstein de que hubiese probado que no había
rinocerontes en la sala! Y todos al final de esa sesion memorable
salieron descontentos, al no haberse hallado ningún consenso,
un poco como la policía en “La carta robada” de Poe, descontenta
por no haber puesto las manos en la carta tras haber inspeccionado
sin embargo todo el lugar.
Lacan decía algo más que Wittgenstein
al enfrentar a Russel, no planteaba solamente que no estaba
probado que no hubiera un elefante en la sala, decía que había
uno desde el momento en que el nombre de “elefante” era articulado.
Por supuesto, a partir de
allí, ustedes pueden preguntar en dónde localizar entonces ese
famoso elefante, una pregunta muy natural, en la India, donde
funciona la noción de avatara, avatar. Las posibilidades
son numerosas; puede ser, por ejemplo, si hay aquí una pareja
heterosexual (como todavía se dirá por algún tiempo), el macho
de la hembra, basta para ello que ese macho se comporte
como el cristianismo pretende que lo haga, es decir que coja
a su hembra únicamente con el fin de tener niños. El cristianismo en efecto hizo de la sexualidad del elefante,
que solo copula una vez cada cinco años y únicamente para pocrear,
el modelo de la sexualidad humana.
Cual es entonces la diferencia
entre un elefante y el objeto petit a? Tal vez sospechen
ya que estoy a punto de destruir mi adivinanza. Volamos a formularla:
¿acaso lo que acabamos de decir sobre la presencia real del
elefante invocado por su nombre es igualmente válido para el
objeto petit a? Si fuera así, no habría diferencia, esa
sería la respuesta, “los habría pescado”, como se dice en los
curso de escuela primaria y ustedes estarían un poco disgustados
conmigo. Salvo que justamente no es así. Según Lacan en este
seminario, si digo “elefante”, lo hago presente (se ha llegado
a creer incluso que era re-presentado, a lo que Freud llama
Vorstellung); pero si digo “objeto petit a, ¿qué pasa?
Se presentan varios casos. Distingamos cuatro de ellos.
-Están aquellos que están
al corriente y para los cuales esas palabras evocarán un cúmulo
de cosas, horas y horas de trabajo sobre los textos de Lacan,
sesiones de análisis, experiencias personales, cualquier cosa,
ya que de todas maneras se hallarán tratando al objeto petit
a como al elefante y por eso, habrán pasado de largo ante
el objeto petit a.
-Estan
aquellos que escucharán estas palabras por primera vez y que
sin preocuparse por
lo que verdaderamente quieran decir concluirán que, sin duda,
otros lo saben. Su posición, mediante ese desfasaje, esa referencia
a un supuesto saber, no es esencialmente diferente de los primeros.
-Están
aquellos que se detendrán en las palabras mismas: “objeto” ,
“petit” (que plantea un temible problema de tradución en castellano
ya que pequeño no es adecuado, ni tampoco minúscula (si
se dijera “objeto a minúscula”refiriéndose a la letra)) y la
letra “a”. Podemos desearles mucho placer si intentan poner
todo eso junto. En verdad podrían consagrar sus vidas a ello,
no obtendrían nada bueno porque su mismo recorrido consistirá
en poner juntos tres elefantes, o tres rinocerontes, o un elefante,
un rinoceronte (para seguir con Ionesco) y una mujer, o tres
cosas cualesquiera porque de todas maneras sólo podrá tratarse
de representaciones, mediante las cuales ellos también dejarán
escapar el objeto petit a.
-¿Y entonces? Hallaremos una
salida, que sería el cuarto caso, diciendo que a diferencia
del elefante, el objeto petit a no representa nada?;
decir que proferir su nombre no hace presente nada en la sala
deja escapar también al objeto petit a puesto que esa
misma nada tampoco se sustrae a la representación.
Por
lo tanto, no hay mas que una sola manera de responder a la adivinanza,
y es destruyéndola, al igual que Wittgenstein decía que la mejor
manera de resolver una cuestión filosófica era encontrarse en
una posición tal que aquella no se planteara. Preguntarse
cuál es la diferencia entre el elefante y el objeto petit
a es introducir el objeto petit a en un juego de diferencias,
en un juego simbólico por lo tanto (recordarán a Saussure: “en
la lengua, no hay más que diferencias”) y es justamente lo que
no es posible.
Dicho
de otro modo, mi pequeña adivinanza, por el hecho mismo de ser
planteada, descarta, bloquea, impide toda posibilidad de respuesta.
No es por lo tanto una adivinanza, más vale tirarla a la basura
junto al papel en el que fue escrita.
Ustedes
pensarán: ¡Valía en verdad la pena que se molestara en inventar
una adivinanza y que nos la trajera como un regalo si, al final,
esa adivinanza estalla!
El fin de la heterosexualidad
Felizmente,
no es exactamente así. Ya no estamos completamente al comienzo
de esta exposición. Digamos que ustedes ahora sospechan, al
menos eso espero, que Lacan pudo decir que su objeto petit
a no era un objeto, ¿un objeto representa nada? Tendríamos
otra respuesta a la adivinanza y, lacanianamete hablando, esa
respuesta sería la correcta. Salvo que hay un problema, que
esa “nada”, en tanto que nada, ya es algo, tal como ustedes
pueden palparlo cuando alguien les dice, la mayoría de las veces
quejándose: “No puedo hacer nada” No piensen que haraganea.
¡Hace esfuerzos para lograr no hacer nada, es decir hacer nada,
hacer la nada! Puesto que es como nosotros, no es como nuestros
primos mamíferos que, al parecer, no hacen nada sin ningún esfuerzo
especial. En una palabra, es en el sentido del Gegenstand,
de lo que se pone delante, pero tampoco una letra, no habiendo
sido la letra a minúscula tomada sino como la primer del alfabeto
y porque hacia falta una para poder
indicar algo de lo cual fundamentalmente no se puede hablar,
algo fuera del campo del lenguaje, algo que por lo tanto se
escapa desde el momento en que se intenta apresarlo con el lenguaje,
un poco, si ustedes quieren, aun cuando la metáfora por supuesto
tambien sea engañosa, como esos frescos romanos en las catacumbas,
que se borran apenas se deja se deja entrar aire y luz en las
cuevas para poder contemplarlos (eso esta en Roma de Fellini)
Lacan toma entonces esa letra a minúscula como la primera que
llega; la toma como una antorcha en el fuego, sabiendo que no
podrá sostenerla con la mano y que si estuviera la piel curtida
de un albañil y lograra agarrarla, y bien, eso sería aun más
errado.
En
una palabra ese objeto petit a no es un objeto, ni una
letra, ni una calificación tipográfica de esa letra, ni tampoco
“nada”. Vale decir, su nombre es
ya su perdida, nombrarlo ya es perderlo.
Imagino
la insatisfacción de ustedes: ¿en qué zona, a qué aguas turbias
y hasta qué místicas nos conduce, dirán ustedes, con su objeto
petit a que ni siquiera podemos llamar objeto petit
a? Por cierto que no está en mi poder calar esa insatisfacción,
pero al menos puedo aportar un remedio cuyo estatus sería paliativo
antes que verdaderamente farmacéutico. Puedo indicarle algo que hizo Lacan en 1963, que es una
operación de lo mas extraña, todavía ampliamente desatendida,
cuyas consecuencias no se ha terminado de medir: la destrucción,
de hecho, de la heterosexualidad.
Hay que decir que su público no se dio cuenta de nada y él mismo
no formuló la cosa tan explícitamente como yo se los digo..¿Y
cómo puedo yo, casi cuarenta años después, o apenas cuarenta
años después (lo que ustedes prefieran) ser tan claro? Es que
entre tanto sucedió algo, principalmente en los países anglosajones,
pero señalemos que proveniente de personas que, por una parte
veían calificada su sexualidad como fuera de lo normal, que
eran insultados, golpeados, condenados y a veces incluso asesinados
por ello y que, por otra parte eran lectores atentos de un determinado
número de intelectuales franceses: Foucault;
Derrida, Deleuze, Lyotard, Lacan.
Foucault,
sobre todo, era tenido en cuenta y todavía lo es. En especial
porque , como historiador levantaba una serie de maldición que
pesa particularmente sobre el sexo, pero también sobre el psicoanálisis
y que se llama esencialismo.
El psicoanálisis lacaniano fanfarronea gritando alto y claro
que no es una psicología; al hacerlo, sólo olvida una cosa y
es que también toma ampliamente de la psicología un esencialismo
casi incorregible. Con Freud comenzó ese prejuicio, si no esa creencia, según
la cual las cosas del alma, de la psyché, cualesquiera fueran,
serían las mismas “en todos los tiempos y en todos los lugares”.
La formula le pertenece a Charcot, quien creía que ese era el
caso de la gran crisis de histeria; esto ocurría en el momento
en que las histéricas se burlaban de él, ofreciéndole, en cada
presentación de enfermo, exactamente la crisis que el había
descripto y que su público mundano esperaba. Charcot (el de
la histeria) encarna perfectamente la formula de Lacan según
la cual “El maestro es un boludo” Felizmente la histeria, bajo
la forma de la historia, interviene en ese esencialismo,
un poco como un elefante en un bazar, ocasionando no pocos estropicios.
Ahora bien, Foucault llamó constructivismo a lo que resulta de tener en cuenta
variaciones que describe la historia allí donde se creía que
existían entidades estables, siempre idénticas. Y fue pues en
la línea de esa refutación constructivista del esencialismo
platónico que se percibió que términos como “homosexualidad”,
“perversión”, “heterosexualidad” no describían realidades eternas,
esencias (eidos), sino que habían sido fabricados en
una ocasión determinada, por determinadas personas y con determinados
fines que la sociedad entera adoptaba al adoptar el vocabulario
propuesto.
Sociológicamente,
entonces, los gay and lesbian studies fueron los
primeros que, hace mas de veinte años, empezaron a demoler concepciones
que se creían sólidas como rocas. Y sin duda, si no hubiera
tomado conocimiento de estos trabajos, yo nunca hubiese podido
leer el seminario de La angustia
como lo voy a señalar ahora.
La
operación a la cual me voy a dedicar podrá parecer reivindicatoria
para los gays y la lesbianas que han inaugurado ese camino.
Si fueran a verlo así les ruego que me disculpen. Pero los textos
están allí, y no les digo que Lacan destruyó en 1963 el concepto
de heterosexualidad sino porque ustedes pueden verificarlo.
No podemos más que agradecer que los gay and lesbian studies
nos hayan permitido darnos cuenta de ello, actuando como
un revelador fotográfico sobre el texto de Lacan; tampoco dejamos
de agradecer que estos trabajos hayan alcanzado o estén por
alcanzar “los aparatos ideológicos”, como los llamaba Althusser,
mientras que la ruptura de Lacan en
1963 seguía siendo más bien confidencial. Pero ese hecho no
anula que, en La Angustia, se hay terminado con la heterosexualidad.
Para hacerlo palpable, tenemos que volver a nuestro innombrable
objeto petit a
El falo como objeto petit a
Les
decía que en La Angustia Lacan realiza algo bastante
extraordinario desde el doble punto de vista clínico y teórico.
Este emplazamiento se realiza, si no en dos tiempos, por lo
menos en dos movimientos que podemos distinguir, debido a que
no son de la misma hechura. Por una parte, subsume
bajo el termino de “objeto petit a” (que inventa en enero)
un determinado número de objetos un tanto particulares que ya
el psicoanálisis había señalado como puntos de focalización
del erotismo, de la libido, especialmente el seno, las heces,
la mirada (a los que él añade la voz); y por otra parte, segundo
movimiento, incluye en esa lista al falo; pero bajo una forma
particular, específica con relación a los demás objetos petit
a, ya que el falo accede al estatuto de objeto petit
a en tanto que falta.
Esto
no es en absoluto evidente. E incluso puede contrariar el sentido
común, la opinión según la cual no hay cogida si el falo falta.
Por cierto, eso no es falso. No hay cogida sin falóforo,
sin un portador del falo, ya sea ese portador anatómicamente
hombre o mujer (puesto que, como ustedes saben, el falo no es
solamente lo que se presenta, en su magnificencia, en la forma
del pene en erección, puede ser un látigo, un niño, mil cosas
más. Mediante las cuales una anatomía de mujer puede perfectamente
funcionar como falófora).
¿Cómo
se constituye el falóforo? Se convierte en ello al estar en
relación con un objeto que despierta su deseo. Y llamaremos
a ese objeto el castrador, puesto que desde Freud es
sabido que no hay deseante sino por la castración.
Hasta
ahí, estamos casi de acuerdo con el sentido común, salvo que
el sentido común imagina que el castrador le corta el falo al
falóforo, cuando lo que sucede es exactamente lo contrario,
al menos en ese momento llamado Vorlust , el goce preliminar.
Pero el coger no es simplemente eso: una simple co-presencia
del falóforo y el castrador. Uno y otro, cada uno en su lugar,
cada uno en su función, se dirige hacia algo que no basta con
llamar orgasmo porque hace falta decir también cómo y cuando
sobreviene ese orgasmo, por qué razón y con qué resultado.
Aquí
ingresamos en un terreno muy apropiado para justificar a Borges
cuando definía al psicoanálisis como “la rama erótica de la
ciencia ficción”.
Por
lo tanto, para llevar un poco mas lejos su teoría del coger
que allí donde se interrumpen las escenas de cogidas que nos
proponen el cine o Madame Bovary, Lacan
se basara en las primeras observaciones de Freud concernientes
a las neurosis actuales, y más especialmente la neurosis de
angustia. Freud vinculaba esa angustia con el coitus interruptus
dentro del campo de lo patológico, por el contrario, lo
generalizará, diciendo que siempre el falo desfallece, que el
falo nunca alcanza el goce del otro al coger, y que por lo tanto,
en el coger, no hay “conjunción orgásmica (3)
de los goces”.
Uno
de los argumentos capaces de sostener semejante declaración
es la equivalencia, que establece él también, entre angustia y orgasmo. Esa equivalencia le permite volver
a poner en juego el vínculo, advertido por Freud, entre angustia
y coitus interruptus.
Con
Lacan, ese vínculo se recobra pues como vínculo del orgasmo
y del desfallecimiento del falo al no alcanzar nunca el goce
del otro; tampoco el falóforo, por eso, tiene acceso a ello.
La angustia o el fin de la heterosexualidad
Ahora
es posible decirles por qué puedo afirmar que Lacan en La
Angustia, destruía la noción de heterosexualidad. Le hacía
falta una razón sólida para sostener que el falo, en el coger,
intervenía esencialmente como desfalleciente y por su desfalleciemiento.
¿Cuál? Esa razón se basa en a observación de que el sujeto deseante
sólo es deseante en tanto que apunta, no unicamente a gozar,
sino a hacer ingresar su goce en el lugar del Otro (5),
lugar donde se inscribe toda cosa que se inscribe. Y entonces
adquiere toda su importancia la identificación del falo como
objeto petit a.
Porque
justamente, en tanto objeto petit a, el falo no es inscribible,
como lo indicaba nuestra adivinanza. Es decir que en verdad
hay una alteridad en juego para el sujeto deseante, y por otra
parte, no se ve cómo podría ser de otro modo, solamente allí
se advierte que el goce llevado adelante por el deseo no lo
alcanza, haga lo que haga el deseo para inscribirlo.
Es
decir, queda excluido poner juntas una palabra que expresa alteridad,
como la palabra griega heteros, y una palabra que expresaría
goce, como la palabra “sexualidad”. Conclusión no hay heterosexualidad.
Lo
cual se demuestra también por el absurdo, como a veces lo hacen
los matemáticos. Si existiera una heterosexualidad, el Otro
sería sexuado, lo que a pesar de todo ningún psicoanalista,
ni siquiera lacaniano, se ha atrevido a decir. Hay que apelar
a Jung para intentarlo. A través de lo cual, por otra parte,
el psicoanálisis sería un pan-sexualismo, a lo que, como ustedes
saben, Freud se opuso claramente condenando a Jung.
Y
puesto que también estoy aquí para incrementar el interés de
ustedes, ya tan grande, por la cultura y la lengua francesa,
permítanme concluir con alguien a quien sin duda conocieron
desde la escuela primaria, a saber, nuestro La Fontaine nacional.
Ocasionalmente La Fontaine se sirvió de un uso curioso, aunque
válido, de la palabra empêcher (impedir) que, en ciertos casos,
quiere decir coger. Je suis empêché (literalmente: “estoy impedido”),
significa: “estoy cogiendo”. La Fontaine entonces, en dos alejandrinos,
le da la palabra a una mujer, sin duda una cortesana, que cogía
con un tipo mientras otro esperaba su turno (“Al siguiente”
cantaba Jacques Brel). En esa escena representada por estos
dos versos entenderán cómo el otro precisamente no es alcanzado
en el coger, cómo está en otra parte, cómo por lo tanto no podría
haber allí hetero-sexualidad. La cortesana, en efecto, declara:
Et
tandis que je suis avec l´un empêchée
Láutre attend sans mot dire et séndort souvent (4).
(Y
mientras estoy impedida (cogiendo) con uno
El
otro espera sin decir palabra y muy a menudo se duerme)
Eso
es todo. Solamente deseo no haberlos adormecido demasiado.
Conferencia
dictada en la universidad de Córdoba, Argentina; el 5 de abril
de 2000
Notas:
(1)
Jacques Lacan, Libro 1: Los escritos técnicos de
Freud; Editorial Paidos, 1981. Bs.As. P.264
(2)
“Una sala donde habla Lacan rápidamente se torna una asamble
de durmientes. Como terminaron dándose cuenta de que no entendían
nada, llevaron sus grabadores; los micrófonos cuelgan de los
altoparlantes como muletas. Esperan que algún día sus tímpanos
se abrirán (Philippe Sollers, Hommage á Lacan” Magazine Litteraire;
nro fuera de serie: Freud et ses hérities, I´aventure de
la psychanalyse, marzo de 2000)
(3)
¿Un neologismo de Lacan? ¿O bien un error de transcripción?
Al conservar la palabra, optamos por el neologismo.
(4)
J.Lacan: Lángoisse, sesión
del 13 de marzo de 1963. Seminario inédito
(5)
Citado por Julian Teppe; Vocabulaire de
la vie amoureuse, Paris, Roger Maria éd.;p.99.
Texto
extraído de "Grafías de Eros" Varios autores.
págs.
199/210
Edelp
Bs. As. 2000
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