| Fernando
Pessoa: de la sublimación de la nada a la "heteronimia"
Silvye Le Poulichet
Nunca
fui más que la huella y el simulacro de mí mismo.
[...] De la vida, no deseo otra cosa que sentir que la pierdo.
F.P.
aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Aunque
contemporáneo de Kafka, Rilke, Apollinaire, Pirandello, Joyce, Valéry
y los surrealistas, entre muchos otros, no por ello el poeta portugués
Fernando Pessoa deja de mantenerse completamente aparte, si bien
está necesariamente marcado por esa época de renovación, tanto en
literatura como en las artes plásticas y la música.
Como
en el caso de Joyce, pero en un estilo muy diferente, veremos que
los textos de Pessoa "fabrican enigmas sin cesar" (1)
y efectúan insólitos anudamientos entre lo Imaginario, lo Real y
lo Simbólico. (2) Paralelamente,
al subvertir una forma común de división entre el afuera y el adentro
y restablecer por la constancia de su escritura el hilo de un sujeto
falto de ego, Pessoa sigue siendo sin duda el autor que recurrió
más directamente a los procesos de engendramiento de cuerpos
extraños.
La
problemática melancólica parece atravesar toda su vida y su obra,
pero su manera completamente singular de tratar "la nada",
al introducir en particular una multiplicidad de transformaciones
en otro, lo apartó aparentemente del miedo a la locura.
Aun
cuando "cae sin fin", "en
una caída que no sigue ninguna dirección, infinita, múltiple y vacía",(3)
Pessoa "enhebra las
palabras" que son para él "cuerpos palpables" y deja que "lo
mimen como si fuera un niño que llevan en sus brazos".(4)
Confiesa
que la sensualidad real no representa ningún interés para él, pero
que su "deseo se transmutó en lo que
es capaz de crear ritmos verbales (...). Cuando me expreso
bien me estremezco de placer", añade. (5)
En esa
transmutación, Pessoa parece haber recompuesto sus orígenes al convertirse
en varios heterónimos. ¿Pero qué aventuras con "la nada"
tuvo que atravesar para acercarse finalmente a las riberas de la
tranquilidad? En 1934, un año antes de su muerte, escribe, en efecto:
"Por fin me apaciguo. Todo lo que eran
vestigios y desechos desaparece de mi alma, como si nunca hubieran
existido". (6) ¿Esos
vestigios y desechos habrán ascendido a la superficie del "alma"
para inscribir en ella las huellas de lo que, al mismo tiempo, ingresaba
en la ausencia?
Esta
insólita odisea de las sensaciones, maltratada por los escollos
de la desconexión, la apatía y la "autoperdición", reinterroga
el destino de la escritura en sus relaciones con las fallas del
narcisismo. Entre la autobiografía sin destinatario real (7)
y la poética del des-ser, hay que atreverse aquí
a recorrer las huellas de esa odisea, recomponiendo la lógica de
la ilusión artística necesaria para la eclosión de verdades de un
sujeto llamado "Persona".(*)
1.
El abanico del yo y la división subjetiva
Por
sí solo, cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una proliferación
de sí mismo. (...). En la vasta colonia de nuestro ser hay seres
de especies bien diferentes, que piensan y sienten de diversas maneras.
(...). Y todo este universo mío, de gentes ajenas unas a otras,
proyecta, como una multitud abigarrada pero compacta, una sombra
única. (...). En un vasto movimiento de dispersión unificada,
me hago ubicuo en ellos, y creo y soy, en cada momento de nuestras
conversaciones, una multitud de seres, conscientes e inconscientes,
analizados y analíticos, que se unen en un abanico abierto en toda
su extensión.
Mi
alma es una orquesta oculta; no sé qué instrumentos toca y hace
resonar en mí, cuerdas y arpas, timbales y tambores. Sólo me conozco
como sinfonía. (8)
Desde
las primeras páginas del Libro del desasosiego, donde Pessoa
consigna su "autobiografía sin hechos" o su "historia
sin vida” de 1913 a 1934, se expresa esa sorprendente verdad referente
al estatus del yo. Con el nombre de Bemardo Soarés, que Pessoa define
como un semiheterónimo (puesto que "si
su personalidad no es la mía, sin embargo no difiere de ella o,
mejor, es una mera mutilación de ella: soy yo, menos el razonamiento
y la afectividad") el poeta no deja de denunciar el
embuste de la unidad del yo, como si justo antes de Freud y por
supuesto de Lacan hubiera elaborado sin saberlo una teoría de las
identificaciones imaginarias que lo constituyen. Pero esta conciencia
aguda de la alienación de un yo que entra en “formaciones de masas",
(9) "adopta los rasgos del objeto” (10) y
se sitúa "en una línea de ficción (...).
que sólo coincidirá asintóticamente con el devenir del sujeto",
(11) " justamente, no
pretende hacer teoría en Pessoa. Expresa más bien el "horror"
de ser pese a todo ese "yo mismo" capaz de desarrollar
una conciencia necesariamente mezquina, y por ello una vigilancia
que provoca un dolor intolerable. Pessoa
intentará desembarazarse sin cesar de su propio yo para intercambiarlo
por algún cuerpo extraño (objeto animado o inanimado), a fin de
deshacerse de esa conciencia de sí. El fragmento de
un poema del Cancionero, entre muchos otros a lo largo de
toda su obra, transmite esta obsesión:
Me
evadí
Desde
que nací
Me
encerraron en mí
Sí, pero pude huir. (...)
Ser uno es una cárcel
Ser yo es no ser.
(12)
¿Cómo
entender semejante repugnancia ante la investidura libidinal del
yo en un poeta cuyo apellido, en portugués, significa "persona"?
En principio, hay que recordar que en la época en que mueren sucesivamente
de tuberculosis su padre y uno de sus hermanos, Pessoa, que entonces
tiene cinco años, inventa un primer personaje, el "caballero
de Pas", con el cual construye una correspondencia. Desde ese
momento parece activarse un proceso de puesta en ficción y de transformación
en múltiple, gracias a la escritura y a un uso muy singular de la
negación. Simultáneamente parece haberse desarrollado la curiosa
aptitud de verse "desde afuera", sin posibilidad de adherir
a sí mismo. Por otra parte, Pessoa escribe al respecto como si se
hubiera tratado de un fenómeno en espejo: "A
los ojos de todo el mundo, siempre fui un intruso. Un extraño para
todo el mundo. Ya se tratara de mis padres o de mis amigos, siempre
me percibieron como alguien de afuera". (13)
Como
se verá, ese "alguien de afuera" pronto hará de ese afuera
"la sinfonía" de un adentro, inventando una "espiral
de Realidad" en la que se ejerce sin cesar la reversibilidad
del exterior y el interior.
Como
si muy precozmente hubiera adoptado por divisa "Más vale escribir que arriesgarse a vivir" (14)
o "Escribo como
alguien que duerme, y toda mi vida es un recibo sin firma"(15),
Pessoa instaura en sí una verdadera polifonía epistolar,
antes de la creación radical de sus heterónimos en 1914, a los cuales
atribuirá nombres, estados civiles, biografías y obras escritas
(publicadas en parte en vida del autor), donde
se expresan las tensiones y los acordes entre los diferentes heterónimos
y el mismo Pessoa, que se considera uno de ellos.
Antes
de seguir explorando el devenir de esos procesos, hay que interrogar
una vez más su origen, con los pocos elementos de que disponemos.
No es indiferente que el primer heterónimo de la infancia se denomine
"caballero de Pas" y que aparezca justo un año después
de la muerte de su padre. La ambigüedad del “Pas" (a la vez
lo que hace avanzar y la marca de la negación)(**) parece anunciar
el uso extremo que el poeta hará de la puesta en relación de los
contrarios en su escritura, adoptando las más de las veces la figura
sintáctica del oxímoron. (16) Ese
“Pas" evoca igualmente una forma de negación constituyente
que exige en Pessoa la práctica de la escritura, como si su ambigüedad
hubiera hecho las veces de Nombre-del-Padre: un padre en negativo
cuyo símbolo funda la dimensión de la ausencia. A lo largo de toda
su obra, Pessoa evoca su propia “inexistencia” y su incapacidad
de tejer un lazo sexual real con alguien, pero sostendrá hasta su
muerte el hilo de su pluma y renovará sin cesar la dimensión de
la ausencia que suscita la proliferación de huellas, en tanto restos
y símbolos de una realidad perdida. "Soy
en gran parte -escribe- la prosa
misma que escribo. Me desarrollo en períodos y párrafos, me siembro
de puntuaciones", (17) y también:
Me convertí tan bien en la ficción de mí mismo que todo sentimiento espontáneo
que pueda experimentar se modifica en el acto, desde el momento
de nacer, para convertirse en un sentimiento de la imaginación:
el recuerdo se transforma en sueño, el sueño en olvido del sueño,
y el conocimiento que tengo de mí en ausencia de todo pensamiento
sobre mí mismo. Me desvestí de mi propio ser a tal extremo que existir
es en primer lugar vestirse. Sólo soy yo mismo disfrazado. (18)
Así identificado con el cuerpo del escrito y despojado de los oropeles
del yo, Pessoa se convierte en ficción y luego pérdida, huella y
metamorfosis de la ficción. De tal modo, ésta, que hace las veces
de "yo", no puede subsistir más que gracias a una puesta
en juego simbólica de la ausencia. Podría decirse que lo Imaginario
y lo Simbólico se articulan aquí por medio del escrito, que altera
el "ser” al mismo tiempo que lo viste de ficciones.
Pessoa sólo parece haber vivido en la lengua, o más bien en las lenguas (el inglés, el portugués y el francés); (19)
por otra parte, fracasó en casi todos sus emprendimientos
y no pudo convertirse en escritor profesional. Por eso se define
como la huella de una ausencia, una incertidumbre y un intervalo.
Parece obsesionado por ese hecho de estructura vinculado al estatus
del sujeto hablante, que Lacan denominará "división subjetiva":
"ese efecto, el sujeto, es el efecto intermedio entre lo que
caracteriza un significante y otro significante" (20)
Tampoco en este caso Pessoa estaba dispuesto a hacer una teoría
del descentramiento del sujeto, que nace dividido por el hecho "sino
de hacerlo con el significante;(21) ningún
significante es capaz de definir su “ser”, y lo único que puede
hacer es remitirlo al intervalo entre un significante y otro. Pero
Pessoa interroga sin cesar a ese sujeto que habla más allá del ego
y que se disuelve después de cada una de sus manifestaciones: ese
sujeto que es nadie (personne) y que sólo podría encontrar
una unidad en la imagen: (22) "Aun mi diálogo interior es división / Entre mi ser y yo",
escribe en el Cancionero. Y luego:
Ah, que no pueda tener en mí mismo conmigo
La perfecta concordancia,
El silencio interior liberado de las
distancias
Que me separan de lo que digo. (23)
En
efecto, entre el "yo" y lo “dicho” no es posible ninguna
concordancia, porque el primero se elabora a través de las identificaciones
con las imágenes, mientras que el segundo se desliza en la cadena
de los significantes. En cuanto al verdadero silencio interior que
desbarataría esta concordancia, no está al alcance del sujeto hablante.
Lejos de hacerlo callar, además, esta condición humana que parece
suscitar en Pessoa tamaña decepción lo lleva de hecho a asumir a
su manera un estatus de sujeto intervalario.
Así,
en el Libro del desasosiego vuelve a cuestionar: "¿Cuántos
soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es ese intervalo entre yo mismo y yo?"
(24) Una y otra vez se presenta
como "el intervalo entre lo que
soy y lo que no soy, entre lo que sueño y lo que la vida hizo de
mí... ", (25) o como
el intervalo "entre lo que siento
y lo que Soy”, (26) entre el ser y el pensamiento.
También escribe:
Quien crea ser él mismo se equivoca
Yo soy diverso y no me pertenezco.
Si las cosas son esquirlas
Del saber del universo,
Que al menos sea yo mis propios fragmentos,
Indeterminado al mismo tiempo que múltiple.
(27)
Contra
quienes vieron en Pessoa a un personaje delirante, disociado o un
mero mistificador, todos estos elementos nos inducen a pensar, antes
bien, que tuvo acceso a un saber fundamental relacionado con los
estatus del yo y el sujeto, y que se apoderó estéticamente de esta
verdad para forzarla a fondo. No sin sufrimiento y humor, pudo construir
su estilo artístico sobre las consecuencias de esa verdad, amplificándola
aun más a través de la creación de sus heterónimos.
Pessoa
fue sin duda un gran ilusionista, precisamente porque no se hacía
ilusiones o, mejor, como él mismo lo escribe:
En
arte no hay desilusión, porque la ilusión está admitida desde el
principio. (...) Propiamente hablando, el placer que nos ofrece
el arte no nos pertenece. (...) Mediante la palabra arte hay que
entender todo lo que es causa de placer sin que pese a ello nos
pertenezca: la huella de un pasaje. (...). Poseer es perder. (28)
Así,
pues, el placer de la ilusión sería aquí el privilegio de la desapropiación.
La actividad artística, en tanto "huella
de un pasaje", se asimilaría entonces parcialmente a
una elaboración del tiempo de la pérdida. Pero Pessoa, gracias a
su manejo de las ambigüedades, va aun más lejos, pues su proposición
"poseer es perder" puede entenderse de dos maneras:
paralelamente a su denuncia del embuste de la posesión, ¿no dice
también que sólo el ejercicio de la pérdida permitiría apropiarse
del placer del pasaje?
No
hay duda de que escribir y multiplicarse representaban las únicas
verdaderas aspiraciones de Pessoa, que era incapaz de "poseer"
entrando en el "nudo de servidumbre imaginaria" (29)
del amor, en el cual uno ama en el otro su propia
imagen ideal. ¿Cómo habría podido reconocer e investir en otro real
aquello de que probablemente jamás había dispuesto: una imagen ideal
unificada de sí mismo?
2.
La tentación de la nada
Pero
al acercarse demasiado a ciertas verdades, al denunciar sin cesar
la naturaleza ilusoria del yo, Pessoa parece inclinarse hacia una
forma de escrito melancólico. A fuerza de afirmar una forma de castración,
una sensación de desvitalización del mundo y de sí mismo, y de entrar
en un movimiento turbulento del pensamiento, en cierto modo termina
por identificarse con la nada: (30)
Esa es mi moral o mi metafísica; dicho de otra manera, ése soy yo: el Transeúnte
integral, de todo y de su propia alma; no pertenezco a nada, no
deseo nada, no soy nada -centro abstracto de sensaciones impersonales,
espejo sensible caído al azar y vuelto hacia la diversidad del mundo-.(31)
Como
lo veremos, es sin duda el desarrollo de ese "centro abstracto de sensaciones" lo que le permitirá
efectuar lo que llamaré una forma de sublimación de la nada.
Y la imagen del espejo caído al azar describe sutilmente el
acontecimiento psíquico de un estar abandonado por un Otro primordial,
acontecimiento que deja vacío el marco del espejo. (32)
No obstante, tanto el significante "nada"
como el significante "Pas" subsisten como las huellas
de un Otro que ha desaparecido, mientras el sujeto se debate en
una cadena simbólica desafectada. (33)
Pessoa,
que se pasaba la mayor parte del tiempo frente a su ventana, inmóvil
delante de ese marco a través del cual percibía los ruidos de la
vida y acechaba los cambios de la luz, parece aferrarse al marco
de ese espejo vacío. Escribe: "Entre
la vida y yo, un cristal delgado. Por más que la vea y la comprenda
con mucha nitidez, no puedo tocarla. (...) No importa cuánto me
hunda en mí mismo, todos los senderos del sueño
vuelven a llevarme a los claros de la angustia". (34)
Como
si no tuviera azogue, ese espejo no puede reflejar y dar acceso
al "tacto", sino que se transforma en cristal que separa
del mundo y de uno mismo. El "cristal delgado" parece
introducir una prohibición de tocar la vida: Pessoa no tendría
acceso más que a una vida en negativo, y no podría revelar
su propia imagen y la de ella sobre una misma superficie. Ese
"cristal delgado" también parece interponerse muy a menudo
entre él mismo y sus semejantes: a lo largo del Libro del desasosiego
repite que "la frecuentación
de los otros es un suplicio". (35)
Tenía sin embargo un amigo de verdad, Sá-Carneiro,
que se suicidó en París en 1916, lo que lo dejó aun más desilusionado
al borde de su ventana. No obstante, siguió intentando comprender
su des-ser y, entre otras, llegó a esta conclusión:
Hoy tuve súbitamente una impresión absurda y justa. Me di cuenta, en un relampagueo,
de que no soy nadie (personne), absolutamente nadie. (...).
Me robaron el poder de ser aun antes de que el mundo fuera. Si me
vi forzado a reencamarme, fue sin mí, sin que yo me reencarnara. (36)
En
efecto, al reencarnarse en sus ficciones, Pessoa les reconoce en
cierto modo el estatus de cuerpos extraños íntimos, mientras experimenta
la falta de un tiempo de recaptura, de recaptación, que pueda constituirlo
más sólidamente como sujeto. Así, al situarse en una "geometría
del abismo", se percibe como "esa
nada en torno de la cual gira este movimiento [el de sus
pensamientos], sin otra meta que girar" y dice no existir por
sí mismo, "sino por la razón de
que todo círculo tiene un centro". (37)
Esa
"nada", sin embargo, se asimila a un poder de lo negativo,
porque suscita el desarrollo de un movimiento vivo de los pensamientos.
Su ambigüedad siempre está presente en Pessoa, y evoca en particular
la dimensión de "la Cosa" (das Ding), que Freud
designa en 1895 como un centro ajeno e inasimilable que se presenta
en el corazón del sujeto, como un primer exterior interno y desconocido
alrededor del cual van a girar las representaciones. Entre otros
aspectos, esta Cosa remite al estatus fundamental del objeto perdido:
el que causará el movimiento de una búsqueda sin fin debido al torbellino
de las representaciones en torno de esa Cosa ajena." (38)
Sin
embargo, Pessoa va a darle cuerpo a ésta a través de una forma de
novela autobiográfica. En efecto, luego de sus afirmaciones concernientes
a su no reencarnación, Pessoa-Soares afirma repentinamente: "Mi madre murió muy pronto, ni siquiera la conocí".
Ahora bien, Pessoa tenía 37 años al morir su madre y hacía cinco
que había vuelto a vivir con ella, luego de que ésta regresara a
Lisboa tras el fallecimiento de su segundo marido, con quien residía
en Africa del Sur. Por otra parte, a esta instalación en casa de
su madre la seguirán un episodio depresivo y una ruptura con la
única mujer a la que había cortejado... ¡de manera epistolar! En
otro pasaje de su Libro del desasosiego, Pessoa reitera esta
ficción autobiográfica y construye una especie de "novela"
de la madre muerta:
No me acuerdo de mi madre. Tenía un año cuando ella murió. Todo lo duro y disperso
de mi sensibilidad proviene de esa ausencia de calor y de la añoranza
inútil de unos besos que no recuerdo. Soy alguien postizo.
(39)
¿Esa
"novela" no expresa en definitiva una verdad esencial
en la historia de Pessoa? ¿No es una madre, muerta en el deseo para
él, quien lo dejó solo frente a un espejo vacío? Si se siguen los
planteamientos de Lacan sobre el "estadio del espejo",
así como las reflexiones de Winnicott acerca del papel precursor
del rostro de la madre en la elaboración de la imagen en él, (40)
queda de manifiesto la importancia de la mirada
del otro vuelta hacia el niño, a fin de que éste se descubra a su
turno gracias a los mismos ojos que lo identificaron una primera
vez. "Y por miedo a que éstos hayan atravesado al niño sin
verlo -agrega M.-C. Lambotte-, sin atribuirle los contornos que
inscriben el cuerpo en el espacio, el resultado será en él una fijación
mortífera en el mero marco vacío, el mero Ideal del Yo desesperadamente
inaccesible." `
La
falta parcial de una mirada y un deseo del Otro primordial sería
igualmente susceptible de instaurar en ese marco vacío un "cristal
delgado", que impidiera tocar y ser tocado.
En
esta hipótesis, lo que habría podido sellar de ese modo una verdadera
melancolía -y numerosos elementos de la vida de Pessoa pueden evocar
ese cuadro- se abre sin embargo a un devenir psíquico muy singular.
Es cierto, él se queja de una inhibición de la acción y una forma
de vaciamiento del yo, rechaza el mundo y afirma el sinsentido de
la vida, pero no parece haber desarrollado tentaciones suicidas
y carece de la insistencia de un rasgo esencial de la melancolía:
la exhibición de autorreproches o autoinjurias que signa de manera
radical la identificación inconsciente del yo con un objeto abandonado
que el superyó tortura hasta el agobio. No diremos aquí que “la
sombra del objeto cayó sobre el yo", (41)
sino que el yo vaciado se metamorfoseó fabricando cuerpos extraños imaginarios y
simbólicos.
Esa
"sombra", con todo, se cierne sobre su conciencia, pero
Pessoa parece impedir su enquistamiento gracias a los procesos puestos
en juego en la transformación en otro. Esto es lo que escribe a
propósito de la sombra:
Es sobre la sombra más íntima de mí mismo, en el exterior del interior de mi
alma, donde pegan pedazos de papel o clavan agujas. Soy parecido
al hombre que había vendido su sombra o, mejor, a la sombra de quien
la había vendido. (44)
"El
exterior del interior de mi alma" parece evocar la imagen
del objeto amado, odiado, perdido e introyectado, en la cual el
mismo Pessoa clavaría agujas. Ahora bien, esa parte otra de sí mismo
se convierte también en su propia imagen imposible de asumir. Ese
"exterior del interior" sufre precisamente una persecución,
a punto tal que hay que venderlo y que Pessoa debe además hacerse
sombra a sí mismo. ¿Pero cómo vendió su sombra?
3. El laboratorio de las sensaciones
Según
su expresión, Pessoa es ese "algo
yo" que, por el "análisis
perpetuo" de sus sensaciones, va a crear "una
nueva manera de sentir", (45) al situarse
de otro modo en el exterior de sí mismo. Así,
ese "yo" [ 'Je '] que se sitúa en el exterior de su yo
horadado por agujas se hará "centro
de sensaciones" y no de su ser supuesto. Y en cierto
modo Pessoa va a lograr "hacer puramente
literaria la receptividad de nuestros sentidos”, (46)
oponiendo lo que llama "la Realidad" a la
vida: "Tomar conciencia de todo
por primera vez, no apocalípticamente, como una revelación del Misterio,
sino directamente, como una floración de la Realidad".
(47) Desde el momento en que
recomienza a sentir las cosas con la banalidad de lo conocido, afirma
que "eso ya no es la Realidad: no
es más que la vida" .(48) La "floración
de realidad", muy lejos de las certezas de una conciencia,
tendrá la fuerza de una eclosión y un pasaje.
Pero esta vez debe obedecer a un método que permita resistir a lo
conocido de la vida y al aplastamiento de las sensaciones.
Para
tener acceso a esa Realidad, Pessoa debe construir con las palabras
una "espiral"(49)
para "sentir
todo de todas las maneras".(50) Una
sola "manera", sin duda,
no sería más que un manierismo que impediría que la "espiral"
girara y esculpiera la Realidad con palabras. "Sentir
todo" supone la puesta en movimiento del lenguaje en
las imágenes. Esta "tentativa de
arraigo del ser en el suelo de las sensaciones" implica
también la capacidad de ingresar en múltiples transformaciones
en otro y metamorfosear las relaciones del afuera y el adentro:
Cesar, existir de incógnito, exteriormente, ser el movimiento de las ramas en
las alamedas apartadas, una caída de hojas leves, más adivinada
que percibida. (...). Terminar, dejar por fin de ser, pero con una
supervivencia metafórica, ser la página de un libro, un mechón de
pelo al viento, etcétera. Cualquier cosa absurda, caótica, sofocada
incluso; cualquier cosa salvo la vida .(52)
En
un "adentro del afuera"(53) Pessoa
parece domesticar ese “espejo sensible
caído al azar y vuelto hacia la diversidad del mundo",
ese espejo que el Otro no habría vuelto hacia su propio rostro.
Así es como yo interpretaría especialmente la diferencia entre la
"Realidad" y la vida: la primera parece elaborarse en
el reflejo de un "adentro del afuera" que se invierte
en un "afuera del adentro", en tanto que Pessoa asociaría
la segunda con el no reflejo de su yo. La "espiral de la Realidad"
(en lugar de la vida) y el convertirse en otro (en lugar del "yo
mismo"), en efecto, inventan "supervivencias metafóricas",
que un espejo vuelto hacia la diversidad del mundo puede reflejar.
Pessoa se hace espejo en movimiento, lugar de transposición, de transferencia
de intensidades y de sustitución. De tal modo, por ejemplo,
dice experimentar sus momentos más felices cuando se siente un vegetal
o un animal:
Fui mosca cuando me comparé con la mosca. Me sentí mosca cuando me imaginé que
me sentía mosca. Y me sentí un alma del género mosca, dormí mosca,
me sentí encerrado mosca. Pero el mayor horror es que a la vez me
sentía yo mimo. (54)
No
sin humor, la necesidad de hacerse un cuerpo extraño permite en
cierta medida mantener a distancia el "yo mismo". Pues
éste, decididamente, no es más que una trampa para sensaciones inmóviles
y representa un espejo que mortifica. Enturbiando los límites del
afuera y el adentro, Pessoa, por ejemplo, interrumpe sus pensamientos
con el fragmento de un paisaje, que es "una
puerta por la que me escapo". (55)Al
respecto, añade irónicamente:
Ustedes juran que quien se fue era verdaderamente yo y no el paisaje; que fui
yo quien recorrió países situados en otra parte y no esos países
los que me recorrieron; no, yo no lo juraría. Yo, como no sé qué
es la vida, tampoco sé si soy yo quien la vive o si la que me vive
es ella. (56)
A
fin de apartar el "yo mismo", la "supervivencia metafórica"
ligada al convertirse en otro aparece así cada vez más indisociable
de un principio de reversibilidad entre el afuera y el adentro,
y también entre lo activo y lo pasivo.
Al
caricaturizar el descentramiento del yo, hasta situarse en el exterior
de sí mismo en una "supervivencia metafórica", Pessoa
inventa un "afuera del adentro" y un "adentro del
afuera" reversibles que parecen arrancarlo a un proceso melancólico,
en el cual un objeto incorporado (amado, odiado y perdido) sufre
los ataques del superyó en una escena intrapsíquica.
Al
elaborar entonces su “laboratorio de las sensaciones" en cuanto
método poético, Pessoa experimenta al mismo tiempo curiosas paradojas:
Creé en mí diversas personalidades sin
descanso. Cada uno de mis sueños, desde que lo sueño, es infaliblemente
encarnado por algún otro, y es él y ya no yo quien empieza a soñarlo.
Para crearme me destruí; me exterioricé a tal punto afuera de
mí mismo que ya no existo sino exteriormente. Soy el escenario viviente
por donde pasan diversos actores que interpretan diversas piezas. (57)
Pessoa,
que se construye como un lugar de transposición, también es sin
duda un lugar de multiplicidades en ese "espejo
sensible caído por azar". Pero ese proceso, que introduce
la puesta en juego de diversas transformaciones en otro, lo mantiene
paradójicamente a distancia de toda forma de esquizofrenia, dado
que todo se representa en un escenario metafórico.
En
otra etapa de la elaboración de su “laboratorio
de las sensaciones", el proceso de exteriorización del
adentro que hace de él "un centro
abstracto de sensaciones" entraña igualmente la construcción
de un lugar de coexistencia de las que son contradictorias:
Luego, al pasar frente a casas, cottages y chalets, despliego en mí la
existencia de todas las personas que viven en ellos. Vivo a la vez
todas las vidas domésticas. Soy el padre, la madre y los hijos,
los primos, la criada y el primo de la criada, todo eso al mismo
tiempo, gracias a ese arte especial que me permite experimentar
simultáneamente diversas sensaciones distintas y vivir a la vez
-tanto desde afuera, al verlas, como desde adentro, al sentirlas
yo mismo- la vida de diversas personas.
(58)
Podemos
ver que la elaboración de un "adentro del afuera" que
se invierte en un "afuera del adentro" está acompañada
por un principio de simultaneidad, pues ese
tratamiento del espacio no funciona sin una experiencia temporal
singular. Ese “laboratorio de
las sensaciones", que se asimila a su método literario,
modela así una "Realidad", que sería por fin susceptible
de entrar en el marco de su espejo vacío, dado que Pessoa intenta
"sentir todo" y ser varios al mismo tiempo, al azar de
los encuentros. Pero esta experiencia no es suficiente. En la exposición
de su proyecto, Pessoa habla esta vez de "crear
un espacio real":
Y también, naturalmente, habrá que reducir el espíritu a una especie de materia
real, dotada de una suerte de espacio en que pueda existir. No hay
duda de que las sensaciones, llevadas lo más lejos posible, revelarán
o crearán en nosotros un espacio real, idéntico al que existe donde
se encuentran las cosas y que, por otra parte, en sí mismo es irreal
en cuanto cosa.
Incluso me pregunto si este espacio interior no será simplemente una nueva dimensión
del otro. (59)
En
una forma enigmática, por fin vemos surgir aquí la dimensión de
lo Real, que intenta anudarse con lo Imaginario (que se elabora
en la relación con la ficción) y lo Simbólico (puesto en juego en
la relación con la ausencia).
Así,
Pessoa quiere poner a punto un "instrumento de precisión"
que cree en él un "espacio real" y una "nueva dimensión
del otro", pero para utilizarlo es preciso, paradójicamente,
“soñar”, ¡soñar para introducir lo real! En el sentido que él le
da, soñar no se reduce a nuestra actividad onírica durante el dormir,
sino que implica la constitución de un "teatro íntimo"
en el que uno se multiplica y convierte las sensaciones en "cosas
ajenas a nosotros mismos, que podremos saborear como si nos llegaran
con la caída del día". (60)
Reconstruir una "materia real" soñándola: ése es, entre otras
cosas, el programa pessoano. Y esa experiencia debe conducir a la
elaboración de una "nueva dimensión del otro", que consiste
esta vez en "congelar toda la superficie de contacto con el
prójimo" para excluir probablemente toda forma de familiaridad
o confusión con un otro que tenga estatus de semejante. "Congelar toda la superficie de contacto con el prójimo”
(61) daría aquí el tiempo
necesario para aprehender la verdadera alteridad en el seno de una
“materia real". Veremos que
será finalmente la heteronimia misma la que produzca esta "nueva dimensión del otro".
De
hecho hay en este método un "primer
paso" que consiste en "sentir
las cosas más mínimas de manera extraordinaria y desmesurada",
(62) de modo que la "visión interior" o el "oído del sueño" se vuelvan receptivos como sentidos
volcados hacia el exterior. Las imágenes y las sensaciones siempre
pueden proliferar a partir de detalles ínfimos. Así, hay que aferrarse
a lo minúsculo, porque en general está al margen de las significaciones
preestablecidas y puede entrar en nuevas redes de asociaciones sin
fin.
En
este punto sentimos la tentación de hacer dialogar ficticiamente
a Freud y Pessoa: el "oído del sueño"
parece funcionar parcialmente como la escucha freudiana del sueño,
que se consagra a los detalles y no al mero relato de un "contenido
manifiesto" ni a unas imágenes ya fijadas por una "elaboración
secundaria" que recompone una forma de racionalidad. El "oído del sueño" permite entonces
aproximarse a lo real que sería muestra de lo inaudito o lo "no
reconocido" (en relación con el "Unerkannt" freudiano
que representaría el "ombligo del sueño"): una materia
"extraordinaria y desmesurada",
según Pessoa, que hay que intentar abordar gracias al acercamiento
a fragmentos mínimos.
En
otra etapa de su método, se trata de "hacer
que la sensación pase directamente a través de la inteligencia pura",
a fin de esculpirla con una forma literaria:
Si tomo una sensación cualquiera y la desarrollo hasta el momento en que, gracias
a ella, puedo tejerle la realidad que denomino el bosque del sueño,
o el Viaje incumplido, es sin duda para que esta prosa dé una completa
exterioridad a lo que es interior, para que realice así lo irrealizable,
conjugue los polos contradictorios y, al hacer exterior el sueño,
le otorgue su poder máximo de sueño en estado puro. (63)
Dar
una exterioridad (o una nueva "figurabilidad") a lo que
es interior y luego poner en acción un principio de no contradicción:
también hay aquí aspectos de la teoría freudiana del sueño que Pessoa,
probablemente sin conocerla, transforma estéticamente para tejer
su "bosque del sueño".
Pessoa
quiere realizar un "trabajo de sustitución
de lo visible": (64) hacer,
por ejemplo, que el paisaje provoque en él los mismos efectos que
la música. "Creo así un modo
interior del mundo exterior", añade. (65)
Para tejer esa "Realidad" y "esculpir"
la sensación en una forma literaria, se consagra así a los "detalles"
de las cosas vistas y los "superpone" a lo que sueña:
se trata entonces "de que lo real,
ya despojado de materia, haga intersección con una inmaterialidad
absoluta. De ahí proviene la habilidad que adquirí para seguir varias
ideas a la vez, observar las cosas en torno de mí y, al mismo tiempo,
soñar con temas totalmente diferentes- . (66)
Así
se efectúa el trenzado de lo real en el sueño: esa "intersección"
permite, en cierto modo, superponer o unir hojas de ideas heterogéneas
y multiplicar las sensaciones.
Si, como lo propone Freud en 1923, el yo es verdaderamente "la proyección
de una superficie", lo que vemos aquí es más bien la elaboración
de la proyección de una superficie del acontecer donde se
entrelazan un "adentro del afuera" y un "afuera del
adentro" en una estratificación de posibilidades. ¿Pessoa no
nos indica con ello uno de los destinos posibles del narcisismo
en la sublimación? Se trata precisamente de crear un "modo
interior del mundo exterior", donde se borre el "yo
mismo". El yo comprometido en convertirse en otros
puede ingresar entonces en el tiempo de las sustituciones y
transposiciones. Dicho de otra manera, se produce allí una transferencia
de la investidura libidinal del yo hacia el cultivo de un "modo interior del mundo exterior". En ese destino
del narcisismo en la sublimación interviene igualmente una multiplicación
de los tiempos y los espacios: el espejo refleja simultaneidades
y multiplicidades, como si no pudiera ya quedarse inmóvil y reflejar
la misma imagen. Todo ese proceso supone de hecho una capacidad
de vaciar previamente el yo afín de que el espejo sea susceptible
de revelar multiplicidades desfamiliarizadas o acoger "floraciones
de Realidad".
Por
último, Pessoa nos ofrece la descripción de una extraña etapa de
su método, que aparece como otro aspecto del destino del narcisismo
en la sublimación: se trata de "evitar
el sufrimiento". Pero esta evitación consiste paradójicamente
en "extraer placer del dolor".
0 bien "crearse otro yo, que esté
encargado de sufrir en nosotros, de sufrir lo que sufrimos. A continuación,
crear un sadismo interior -completamente masoquista- capaz de gozar
con su propio sufrimiento como con el de otro- .(67)
Así puede "darse
a los sufrimientos el refinamiento de los placeres y hacer de nuestras
dudas y angustias un lecho mullido". (68)
Todo
sucede como si Pessoa construyera en su laboratorio estético una
forma de teoría de los procesos psíquicos. El, que dice practicar
el "autoanálisis", quiere adquirir así el dominio del
arte poética descomponiendo y dominando casi "metapsicológicamente"
esos procesos. Al subvertir particularmente el poder de un proceso
melancólico, en el cual el superyó ejerce su sadismo sobre un objeto
incorporado e identificado con una parte del yo, Pessoa intenta
erigirse en artífice de divisiones intrapsíquicas cuya lógica reconoce.
Y se propone claramente crearese "otro yo" encargado de
sufrir para gozar estéticamente con él sin sufrir él mismo, como
si intentara domeñar las pulsiones parciales para "esculpir”
también allí una realidad psíquica.
Pessoa
nos hace descubrir un aspecto muy particular del destino del narcisismo
en la sublimación, que trata de abordar estéticamente procesos psíquicos
y descomponerlos a fin de domesticarlos. Parecería que un reencuadramiento
del yo, traspuesto y multiplicado, quisiera canalizar las pulsiones
parciales de una nueva manera, y entremezclar al mismo tiempo las
pulsiones de vida y las de muerte.
De todo este método, que parece capaz de componer un nuevo anudamiento
entre lo Imaginario, lo Real y lo Simbólico, nace el movimiento
literario del "sensacionismo",
cuyos principales representantes no son otros que los heterónimos de Pessoa y él mismo: los sujetos encargados
de cumplir en estilos diferentes las diversas potencialidades de
ese "algo yo" pessoano.
4. Lo negativo del sueño y la sublimación de la nada
¿Cuál
puede ser la función del "soñar" y el "dormir"
en este poeta que afirma: "En efecto,
no soy sólo un soñador: soy exclusivamente un soñador? (69)
, y que añade que "el
dormir es el lento análisis de las sensaciones"? (70)
Esta
actividad parece representar el centro de todo su método poético
y su arte de vivir, en la medida en que es la que alimenta un proceso
fundamental de negación constituyente. Una vez más, es el Libro
del desasosiego el que da la clave de este proceso: "Duermo cuando sueño lo que no existe; estoy a punto de despertarme
cuando sueño lo que puede existir".(71)
En
Pessoa, el dormir y el soñar se definen esencialmente por la puesta
en acción de lo negativo y el engendramiento de lo imposible. (72)
Por ejemplo, siempre "en
sueños", donde se "compone"
y "recompone" largamente, la
mejor manera de ver un objeto es anularlo, pero pese a todo subsiste,
no sabría decir cómo, hecho de la materia misma de su negación y
su abolición; procedo así con partes enteras de mi ser real que,
una vez suprimidas en este retrato de mí mismo, me transfiguran
en mi realidad. (73)
Propongo la noción de negación constituyente para designar el proceso complejo
que atraviesa toda la obra de Pessoa.
Su "Realidad" tiene
el espesor de una exquisita ausencia: la "materia"
misma de la negación. ¡Como si un objeto o una parte de sí mismo
no fueran nunca tan consistentes como cuando se les impide ser!
"Todo está donde yo no estoy", escribe en el Cancionero.
(74) Y en el Libro
del desasosiego:
Siempre pertenecí a lo que no está donde yo estoy y a lo que jamás pude ser.
A m¡s ojos, todo lo que no es yo -por más vil que pueda ser- siempre
tuvo poesía. Nunca fui otra cosa que nada. Jamás deseé sino lo que
ni siquiera podía imaginar. (75)
Vemos
que esa "nada" con la que se identifica no es la fuente
de un mero negativismo mórbido, sino más bien el motor de una negatividad
esencial o el foco de engendramiento de una Realidad suspendida
"entre" él y él mismo: en un “intervalo”. Soñar es entonces habitar ese intervalo de la nada, que en esas condiciones
tal vez alcance la densidad del vacío. 0 también: para Pessoa, soñar
es perder. Como si lo que llama "dormir" y "soñar"
fueran los lugares privilegiados de la actividad simbólica, el trabajo
de lo negativo que se cumple en ellos parece producir cada día el
advenimiento de la ausencia que constituye el cauce de toda presencia.
No hay duda de que Pessoa no habría estado en desacuerdo con Freud
cuando éste presentaba "la creación del símbolo de la negación"
como el mecanismo de la -génesis del juicio. Además, "la aparición
del ser en la forma de no serlo" (77) parecía
constituir para Pessoa una evidencia que alimentó
sin cesar su prosa y su poesía.
No
podemos dejar de referimos aquí a las formulaciones de Lacan con
respecto a la negatividad, por ejemplo cuando sostiene que "el
símbolo se manifiesta en primer lugar como asesinato de la cosa,
y esta muerte constituye en el sujeto la eternización de su deseo"
(78) o que la realidad está
marcada de entrada por la nadificación simbólica". (79)
Pessoa, en efecto, no consideraba solamente que todo estaba donde
él no estaba: en su método, también necesitaba negar cualquier cosa
para hacerla reaparecer en una “floración de Realidad". Además, decía igualmente
de la vida que es una "espiral de
la Nada, que desea ardiente e infinitamente lo que no puede ser".
(80) Y su originalidad reside,
entre otras cosas, en haber puesto en práctica sistemáticamente
estas convicciones en su cotidianeidad y su escritura:
¡Viví tanto sin vivir jamás! i Pensé tanto sin pensar jamás! (...) Estoy saturado
de lo que nunca tuve y nunca tendré, excedido de dioses aún inexistentes.
Llevo en mí todas las cicatrices de todas las batallas que evité
librar. Mi cuerpo muscular está deslomado por el esfuerzo que ni
siquiera imaginé realizar. (...) Esta gran nostalgia que siento
no es de nada, no es nada, como ese cielo profundo que no veo y
que contemplo fija e impersonalmente. (81)
La
nostalgia de lo que no existe parece entonces espesar una cierta
voluptuosidad de la nada. Así, Pessoa no se contenta con observar
la negatividad del discurso, en tanto ésta hace que lo que no es
sea; redobla ese hecho de estructura mediante la invención de un
universo de lo negativo en el que "el
todo consiste en ser lo que no somos” (82)
y en consumar la alianza de los contrarios:
"Para realizar un sueño, es preciso
que lo olvidemos, que apartemos nuestra atención de él. Por eso
realizar es no realizar. La vida está tan llena de paradojas como
los rosales de espinas". (83) Y también:
"Lo que anhelo es esto: dormir la vida. La amo demasiado para
poder desearla vivida". (84)
Pessoa brinda indirectamente al psicoanálisis una teoría de la sublimación
de la nada. Una nada que, lejos de aspirar al sujeto hacia un
"agujero" desprovisto de representaciones, (85)
se convierte en generadora de sensaciones
paradójicas. Parafraseando a Lacan, que define la sublimación
como 1a elevación del objeto a la dignidad de la cosa", (86)
podríamos decir que en Pessoa la nada se
eleva a la dignidad del Nombre. Y también que ese “no a la vida"
hace de él un "caballero de Pas", cuyas aventuras se cumplen
todas en la letra. En Pessoa, el que da acceso al "Nombre"
es verdaderamente el "no". Y en ello hay un aspecto esencial
de su rumbo, que puede servir de inspiración a la clínica psicoanalítica
confrontada con formas aparentes de negativismo.
También
escribe: "Puedo imaginarme serlo
todo porque no soy nada. Si fuera una cosa cualquiera, ya no podría
imaginarme nada". (87)
A
través de su "laboratorio de las
sensaciones", hemos visto cómo hace de esa "nada"
la causa del despliegue de una "espiral
de Realidad" en que se revelan las multiplicidades del
sentir. Pessoa dice querer "tomar
simplemente la forma de la nada que circunda su ser".
(88) La composición de una
"espiral de realidad" y la "creación de un modo interior del mundo exterior",
a partir de una experiencia de descentramiento del yo, ¿no son
nociones que podrían trasponerse al campo de la clínica psicoanalítica?
Como eco al trabajo de recomposición que puede cumplirse particularmente
en el fin del análisis, enriquecen la reflexión sobre los destinos
del narcisismo al término de un trayecto analítico.
5.
La heteronimia
Era el 8 de marzo de 1914; me acerqué
a una cómoda alta, tomé un papel y empecé a escribir, de pie, como
lo hacía todas las veces que podía. Escribí así treinta y tantos
poemas de un tirón, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no
sería capaz de definir. Fue el día triunfal de mi vida y jamás conoceré
otro semejante. Comencé con un título: El guardián del rebaño,
y lo que siguió fue la aparición en mí de alguien a quien di
enseguida el nombre de Alberto Caeiro. Perdóneme lo absurdo de la
frase: había surgido mi maestro. Esa fue mi sensación inmediata.
A tal punto que, una vez escritos esos treinta y tantos poemas,
me apoderé en el acto de otro papel en el que escribí, también de
un tirón, los seis poemas que constituyen Lluvia oblicua de
Fernado Pessoa. Inmediata e íntegra... Ese fue el retorno de Fernando
Pessoa Alberto Caeiro a Fernando Pessoa solo. 0, mejor aún, fue
la reacción de Fernando Pessoa contra su inexistencia en Alberto
Caeiro.
Una vez aparecido éste, busqué en seguida -instintiva y subconscientemente-
descubrirle discípulos. Arranqué a su falso paganismo el Ricardo
Reis latente y le encontré un nombre que se ajustaba a su medida,
porque en ese momento ya lo veía. Y repentinamente, de una fuente
impetuosa opuesta a la de Ricardo Reis, manó en mí tumultuosamente
un nuevo individuo. De un solo tirón surgió en la máquina de escribir,
sin interrupciones ni fallas, la Oda Triunfal de Alvaro de
Campos: la oda con ese título y el hombre con ese nombre. (89)
Es
así como Fernando Pessoa presenta la génesis de sus heterónimos,
en una carta de 1935 a Adolfo Casais Monteiro. De modo que los tres
principales heterónimos fueron concebidos juntos, en una especie
de éxtasis de un solo día. De entrada Pessoa se incluye como uno
de ellos, "el menos presente",
aclara, en lugar de situarse como su padre. El padre, el "maestro",
es precisamente quien acaba de surgir en él en el modo del futuro
anterior: Alberto Caeiro. En las señales de identidad que Pessoa
le atribuye, Caeiro nació el 16 de abril de 1889, es decir, un año
después que él; y murió en 1915, a los 26 años, como su mejor amigo,
Mario de Sá-Carneiro, que se suicidó en París en 1916. Caeiro era
tuberculoso como el padre de Pessoa y huérfano desde la más tierna
infancia como él mismo.
La
aparición inmediata de los nombres de los heterónimos, desde el
inicio inseparables de su escritura naciente, constituye un fenómeno
esencial. Pessoa engendra una "camarilla"
y fija la totalidad "en moldes de
realidad". (90) Escucha
ya “las discusiones y diferencias de
criterios” que se expresan entre ellos. Pero esa camarilla
pertenece ahora a "la nueva dimensión
del otro". Y Pessoa puede así co-existir con
semejantes (que a veces lo citan para criticarlo). Puede poner entonces
en acto sus propias teorías: "Tal
vez todo lo que existe existe porque otra cosa existe. Nada es,
todo coexiste". (91)
Si
con respecto a ese 8 de marzo de 1914 puede hablar de un "día triunfal de su vida", es sin duda, entre
otras cosas, en la medida en que por fin cumplió plenamente su convertirse
en otro, con lo que puede transformar la conciencia de la conciencia
de sí mismo. Los "moldes de realidad" probablemente pudieron formarse
gracias a los actos de nominación y a favor de una extraña especularización:
Pessoa "veía" inmediatamente a sus heterónimos nacientes
y dará de cada uno de ellos un retrato físico preciso. Esas capturas
de nombres, cuerpos y estilos poéticos trazan esta vez los marcos
de espejos consistentes. Estos no están vacíos, y los heterónimos
expresan fuertes personalidades, afirman aspectos a menudo contradictorios
de Pessoa.
Sin
embargo, aún debe cuestionarnos un extraño pasaje de su comentario
sobre la génesis de los heterónimos: se trata del "retorno de Fernando Pessoa Alberto Caeiro a Fernando Pessoa solo"
o la "reacción de Fernando Pessoa
contra su inexistencia en Alberto Caeiro". Como si hubiera
entrado en negación a causa de la aparición de Caeiro, Pessoa
"solo" puede surgir en lo sucesivo de una nueva manera,
en cuanto coexistente y heterónimo en una filiación. Su "retorno",
su "reacción", parecen
cumplirse gracias a un proceso heteronímico: como si se convirtiera
verdaderamente en “autor" en oportunidad de ese "retorno"
en calidad de hijo, Pessoa “solo" representa ahora una singularidad
entre los otros.
Así,
pues, en esta carta aparecen dos Fernando Pessoa: el que fija los
"moldes de realidad"
y el que se introduce en uno de ellos, el discípulo de Caeiro. De
tal modo, su propia negación en tanto Fernando Pessoa habrá entrañado
su proliferación en una “camarilla" en la que se cuenta como uno entre
los otros heterónimos. Dicho de otra manera, una forma de asunción
del "Yo" [ "Je "], sujeto de la enunciación,
realizada por la negación y la filiación mítica, permite contar
un "yo" entre semejantes: un yo que puede tomarse por
objeto. Cada "grupo de sensaciones
similares" y "perdurables",
según la expresión de Pessoa, constituirá en lo sucesivo un autor.
Vemos allí el surgimiento de una forma insólita de división del
sujeto: mediante un proceso de negación constituyente, Pessoa-Persona
se separa de Fernando Pessoa "solo", marcado de ahí en
adelante por un estilo literario identificable, diferente del de
sus heterónimos. Y esta división hace posibles todas las demás en
heterónimos que poseen sus propios estilos individuales.
Pessoa
asocia la heteronimia a "un drama
en personas, no en actos", (92) en
que al separarse de sí puede sentir lo que él mismo habría "olvidado
sentir". Los diferentes heterónimos son en sí mismos
"retornos" o "reacciones". De tal modo, pueden
considerarse como lugares de transferencia de intensidades y
engendramiento de lenguajes poéticos, más que como partes clivadas
del yo. En un inicio, Pessoa describía un yo "vaciado" y no clivado; y ese yo "vaciado" ya demostraba ser capaz de alteración,
es decir, susceptible de entrar en procesos conscientes de transformación
en otro. Con la heteronimia, la pluralidad de sujetos va a permitir
expresar, en particular, numerosas tendencias pulsionales y designar
"lo contradictorio como una terapéutica liberadora",
según lo señala Pessoa. ¿No es ésa una fórmula esencial, que indica
un aspecto fundamental del trabajo analítico? Yuxtaponer las contradicciones
y reconocerles el poder de expresar las diferentes fuerzas psíquicas
efectuaría un trabajo de conexión en la cura.
A
propósito de la multiplicidad y la función del espejo, existe una
preciosa "autointerpretación" de Pessoa, que debía incluirse
en un prefacio a los textos heteronímicos: "Me
siento múltiple. Soy como una habitación con muchos espejos fantásticos
que remiten a reflejos falsos una sola realidad ánterior que no
está en ninguno de ellos y se encuentra en todos".
Esos
"moldes de realidad" que son los heterónimos parecen representar
diferentes marcos de espejos no vacíos, que proyectan una "sola
realidad anterior". Paradójicamente, esta realidad se habría
unificado a posterior¡ con el estallido de los heterónimos.
No tener más que un solo espejo, "ser uno", como escribía
Pessoa, es "una prisión"
en que "nadie" (Personne)
se refleja; pero finalmente una multiplicidad de espejos de contornos
diferentes se demuestra capaz de reflejar "la realidad plural". "La realidad se nos manifiesta como directamente plural",
escribía el heterónimo filosófico Antonio Mora (94).
Esa "habitación" especular tendría en efecto
la capacidad de dar lugar simultáneamente a diferentes puntos de
vista; dicho de otra manera, a diferentes rasgos del ideal del yo
o a diversas posiciones u orientaciones de la mirada simbólica que
regla el juego de las imágenes. (95)
El
sueño, como lo había mostrado Freud, siempre puede afirmar una cosa
y su contrario y utiliza naturalmente procesos de inversión. ¿La "habitación"
especular de Pessoa no es entre otras cosas un "aparato
de soñar", en la medida en que genera la coexistencia
de múltiples puntos de vista y libera al yo de su corteza alienante?
(96) En cuanto a los
"reflejos" emitidos por los espejos, si son necesariamente
"falsos", eso no les quita eficacia alguna; además, Pessoa,
que no puede adherir a la lógica de este tipo de dicotomía, siempre
subvirtió la oposición entre lo verdadero y lo falso. La multiplicidad
de los espejos genera más bien las ficciones necesarias para la
construcción de una "realidad plural", por añadidura "anterior”: constituye una producción de anterioridad.
Esos espejos múltiples son anacrónicos,
no inmovilizan las estatuas de evidencias instantáneas sino que
parecen reflejar en futuro anterior un real previamente no especularizable,
y "dar forma a la nada".
Los espejos orientados por diferentes nombres y diferentes ritmos
poéticos desbaratan así en Pessoa la trampa de un puro "vaciamiento
del yo" y un verdadero escrito melancólico. Esos espejos
son "tiempos-seres": no están en modo alguno inmovilizados,
ordenan temporalidades de sensaciones (97) y despliegan
nuevas multiplicidades.
Como
los mismos heterónimos desarrollan transformaciones en otro,
la obra de Pessoa desenvuelve entonces una "espiral"
ilimitada de "Realidad" que, entre otras cosas, efectúa
un trabajo de recomposición de los orígenes.
6.
La función del juicio en el análisis
Con
su laboratorio de las sensaciones, Pessoa supo dar una consistencia
original al proceso de negación constituyente, que tiene el poder
de recomponer las relaciones del afuera y el adentro. Y al parecer
ese trayecto pessoano permite reexaminar la función del juicio y
la negación en la cura analítica.
En
su artículo "La negación", de 1925, Freud señalaba que
por medio del "símbolo de la negación el pensamiento, se libera
de las limitaciones de la represión y se enriquece con contenidos
de los que no puede prescindir para su funcionamiento (seine
Leistung)” (98). Esta
"Leistung" designa un cumplimiento o un trabajo
particular: “Vie Leiste" significa "el reborde".
Aquí se trata sin duda de trazar o delimitar bordes. En el transcurso
de ese proceso, el "no" interviene según Freud en cuanto
"signo de marcación" (Merkzeichen) en la elaboración
del juicio de atribución y el juicio de existencia que modelan las
relaciones del afuera y el adentro. El juicio (Urteil) implica
un trabajo de separación (teilen). Freud aclara que la operación
del juicio sólo es posible gracias a la creación del símbolo de
la negación; esta negación que hace pensable la dimensión de la
ausencia exige, en una oposición recíproca, el acto simbólico de
afirmación (die Bejahung).
Sin
embargo, más allá de su análisis del "juego del fort-da"
en el niño y el mecanismo defensivo de la "denegación",
Freud no hace actuar la función positiva del símbolo de la negación
en la clínica psicoanalítica. El carácter constituyente de ese símbolo
marca no obstante el trabajo analítico, habida cuenta de que permite
elaborar simbólicamente "signos de marcación" y "rebordes"
que recomponen las relaciones del afuera y el adentro. La partición
simbólica de éstos no es idéntica a la oposición yo/ no yo, si se
considera este yo como una formación imaginaria que se construye
esencialmente gracias a la superposición de capas de identificación
con las imágenes de los otros.
Enlazar
el afuera y el adentro y separarlos simultáneamente sería en verdad
el resultado de juicios de atribución y juicios de existencia. Y
la creación de esos bordes, o su modificación, permitiría investir
objetos en esos marcos, abordándolos como una forma de "floración
de la realidad", en vez de repetir el mismo tipo de
lazo imaginario con los objetos. A este respecto, nuevos juicios
de atribución y de existencia (estos últimos introducen la posibilidad
de "reencontrar" simbólicamente lo que se perdió, como
lo muestra Freud en su artículo) son operaciones esenciales para
el trabajo analítico.
Tal
como el niño que, según Freud, tiene la capacidad de jugar como
un poeta "en la medida en que se crea un mundo propio disponiendo
las cosas de acuerdo con un nuevo orden” (99)
¿la cura no induce al analizante -al atravesar
su fantasma y despegar de su yo unas identificaciones imaginarias
alienantes- a apoyarse en nuevas particiones? Lejos de toda identificación
mortífera de un yo vaciado con la "nada", el modelado
de nuevos bordes (por medio de la negación y la afirmación) tendría
el poder de engendrar "moldes de realidad". Sin que pese
a ello sea necesario crear heterónimos, se trata de recrear en una
dimensión metafórica "un modo interior del mundo exterior".
Como Pessoa, que al término de su recorrido sentía que ya no
existían “los vestigios y desechos"
que estorbaban su alma, el Yo (Je) del analizante se vería
igualmente conducido al final de su trayecto a excluir/ incluir
y a hacer existir/ hacer inexistentes unos elementos de su mundo,
para recomponer su "espiral de realidad".
NOTAS:
(1)
J. Lacan, Seminario Le sinthome, sesión del
13 de abril de 1976, en Ornicar?, nro. 10, julio de 1977, p. 8.
(2)
Me refiero aquí, claro está, a las tres dimensiones que Lacan introdujo
y luego desarrolló y articuló progresivamente a lo largo de sus
seminarios, hasta explicitar la necesidad de su anudamiento a fin
de mantener una organización psíquica, en lo que llamó un "nudo
borromeo".
* "Personne" en el original francés, que no sólo significa "persona" sino también
"nadie" (N. del T.).
(3)
Fernando Pessoa, Le Livre de l'intranquillité,
París, Christian Bourgois, 1988, t. i, p. 36.
(4)
Ibid., P. 102.
(5)
Ibid., p. 101.
(6)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, París,
Christian Bourgois, 1992, t. II, p. 276.
(7)
Mucho después de su muerte, en un baúl abandonado
se encontraron los manuscritos dispersos de Pessoa, entre ellos
Le livre de l´ intranquillité [Libro del desasosiego], ese
extraño "diario" firmado por Bernardo Soares, que no parecía
destinado a la publicación.
(8)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op.
cit., t. 1, pp. 33-36.
(9)
S. Freud, "Psychologie des masses et analyse du moi" (1921),
en Essais de psychanalyse, op. cit., p. 180.
(10)
S. Freud, "Le moi et le ca", en ¡bid.,
p. 242.
(11)
J. Lacan, "Le stade du miroir en Écrits,
op. cit., p. 94.
(12)
F. Pessoa, Cancioneiro, París, Christian
Bourgois, 1988, p. 134.
**
Como se sabe, además de "paso", pas es en francés el adverbio
auxiliar necesario para construir la negación (N. del T.)
(13)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op.
cit., t. 11, p. 145.
(14)
Ibid., p. 31.
(15)
Ibid., t. 1, p. 113.
(16)
Como lo analizaron Roman Jakobson y Luciana Stegagno
Picchio en "Les oxymores dialectiques de Pessoa", en Questions
de poétique, París, Seuil, 1973, pp. 463-483.
(17)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op.
cit., t. 1, p. 114.
(18)
Ibid., t. 11, pp. 50-51.
(19)
En esencia, se ganó la vida trabajando como corresponsal
extranjero en algunas casas de comercio de Lisboa, donde redactaba
la correspondencia en francés e inglés.
(20)
J. Lacan, Le Séminaire. Livre xx. Encore, París,
Seuil, 1975, p. 48.
(21)
J. Lacan, Le Séminaire. Livre XI. Les quatre
concepts fondanientaux de la psychanalyse, París, Seuil, 1973,
p. 181.
(22)
J. Lacan, Le Séminaire. Livre II... op. cit., p. 72.
(23)
F. Pessoa, Cancioneiro, op. cit., p. 126.
(24)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op.
cit., t. 1, p. 34.
(25)
Ibid., p. 77.
(26)
F. Pessoa, Cancioneiro, op. cit., p. 106.
(27)
Ibid., p. 119.
(28)
F. Pessoa, Le livre de l’intranquillité, op. cit., t. 1,
p. 260.
(29) J. Lacan, "Le stade du miroir
en Écrits, op. cit., p. 100.
(30)
En el Seminario X sobre la angustia (inédito), Lacan evoca esta
-identificación con la nada" en la melancolía.
(31)
F. Pessoa, Le livre de I'intranquillité, op. cit., t. 1,
p. 124.
(32)
Siempre en el Seminario X sobre la angustia, Lacan precisa que en
la melancolía el espejo se reduce a un marco vacío detrás del cual
no hay nada.
(33)
Como lo muestra M.-C. Lambotte, el melancólico no entra en el campo
de la psicosis porque ha tenido acceso al mundo simbólico. Véase
Marie-Claude Lambotte, Le discours mélancolique. De la phénoménologie
á la métapsychologie, París, Anthropos, 1993.
(34)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op. cit., t. 1,
p. 179.
(35)
Ibíd., t. 11, p. 142.
(36)
Ibíd., t. 1, p. 36.
(37)
Ibíd., p. 37.
(38)
Véase al respecto S. Freud, "Esquisse d'une psychologie scientifique"
(1895), en Naissance de la psychanalyse, París, PUF, 1979,
pp. 348-349, y J. Lacan, Le Séminaire. Livre VII..., op. cit.,
pp. 64-65.
(39) F. Pessoa, Le livre de l’intranquillité, op. cit.,
t. 11, pp. 124-125.
(40)
D. W. Winnicott, "Le róle du miroir de la mére et de la famille
dans le développement de l'enfant”, en Jeu et réalité ...
, op. cit., pp. 153-162.
(41) M.-C. Lambotte, "Mélancolie",
en Pierre Kaufrnann (dir.), L'apport freudien. Élétnents pour
une encyclopédie de la psychanalyse, París, Bordas, 1993, p.
233.
(42)
De acuerdo con la notable demostración de Freud en su texto de 1915,
"Deuil et mélancolie", en Métapsychologie, op. cit.
(43)
Ibíd., p. 158.
(44) F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op. cit.,
t. 1, p. 168.
(45)
Ibíd., t. II, p. 184.
(46)
Ibid., p. 186.
(47)
Ibid., t. I, p. 56.
(48)
Ibid., p. 57.
(49)
Ibid., p. 259.
(50)
Ibid., t. 11, p, 18.
(51)
Según la fórmula de Patrick Quillieren 'L’ interlude infini ou le
paganisme impossible", prefacio a F. Pessoa, Poémes païens,
París, Christian Bourgois, 1989,p. 7.
(52) F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op. cit.,
t. 1, p. 60.
(53)
De acuerdo con la expresión introducida por M.
Merleau-Ponty, que también imagina su inversión en un "afuera
del adentro" en Le visible et l' invisible, op. cit.
(54)
F. Pessoa, Le livre de l' intranquillité, op. cit., t. 1, p.
85.
(55)
Ibid., p.98
(56)
Ibid., p.207
(57)
Ibid., pp. 37-38.
(58)
Ibid., p. 227.
(59)
Ibid., p. 157.
(60)
Ibid., p. 106.
(61)
Ibíd., p. 159.
(62)
Ibíd., p. 15 8. José Gil analizó muy bien
este procedimiento de Pessoa en su obra Femando Pessoa ou la
métaphysique des sensations, París, Éd. de la Différence, 1988,
pp. 18-21.
(63)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op. cit., t. 1, p. 162.
(64)
Ibid., t.II, p. 226.
(65)
Ibid.
(66)
Ibid., t. 1, p. 194.
(67)
Ibid., p. 160.
(68)
Ibid., p. 161.
(69)
Ibid., p. 191.
(70)
Ibid., p. 152.
(71)
Ibíd., p. 41.
(72)
Escribe, por ejemplo: "Y es una
brisa nueva esta somnolencia en la que puedo avanzar, inclinado
hacia adelante en esta marcha hacia lo imposible", Ibíd.,
p. 46.
(73)
Ibíd., p. 193.
(74) F. Pessoa, Cancioneiro, op. cit., p. 70.
(75) F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité,
op. cit., t. II, p. 215.
(76)
S. Freud, "La négation" (1925), en Résultats,
idées, problémes II, París, PUF, 1985, p. 139.
(77)
J. Hyppolite, "Commentaire de Jean Hyppolite sur la Verneinung",
en J. Lacan, Écrits, op. cit., p. 887.
(78)
J. Lacan, "Fonction et champ de la parole et du langage",
en Écrits, op. cit., p. 319.
(79)
J. Lacan, Le Séminaire. Livre II, op. cit., p. 168.
(80)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op.
cit., t. II, p. 198.
(81)
Ibid., t. 1, p. 201.
(82)
F. Pessoa, Cancioneiro, op. cit., p. 112.
(83)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op. cit., t. II,
p. 272.
(84)
Ibíd., t. 1, p. 195.
(85)
Según la imagen presentada por Freud en 1895 en el "Manuscrit
G" sobre la melancolía, en Naissance de la psychanalyse,
op. cit., p. 97.
(86) J. Lacan, Le Séminaire. Livre VII, op. cit., p. 133.
(87)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op.
cit., t. II, p. 39.
(88)
F. Pessoa, Cancioneiro, op. cit., p. 205.
(89)
F. Pessoa, Sur les hétéronymes, Éditions Unes, 1985, pp.
25-26.
(90)
Ibíd., p.26
(91)
F. Pessoa, Le livre de l'intranquillité, op. cit., t. II,
p. 95.
(92)
Al respecto, véanse los planteos de José Augusto Seabra, en Femando
Pessoa ou le poétodrame, París, José Corti, 1988.
(93)
Citado en Ibíd., p. 37.
(94)
Ibíd., p. 24.
(95)
Me refiero aquí al esquema óptico presentado por
J. Lacan en "Remarque sur le rapport de Daniel Lagache",
en que el sujeto (S) está ubicado en el nivel del punto de vista
que permite dar pregnancia a la imagen del yo: i(a). Es posible
imaginar una transformación de ese esquema desde el momento en que
pone en acción una pluralidad de sujetos (véase Écrits, op. cit.,
pp. 647-684).
(96)
Véase el capítulo sobre "Le temps du reve"
en mi libro L' oeuvre du temps. Op. cit.
(97) Alberto Caeiro, el maestro, quiere atrapar la aparición
fulgurante de una realidad que nuestros sentidos captarían siempre
por primera vez. El tiempo es siempre nuevo, dado que las sensaciones
siempre son nacientes y las cosas nunca idénticas. Como lo señala
Maria Aliete Galhoz en su prefacio a los poemas de Alberto Caeiro:
"El mundo, para la mirada 'sensacionista', no tiene ni pasado
ni futuro, es el surgimiento de un instante como presente"
(en F. Pessoa, Poémes païens, op. cit., p. 21). Por eso Caeiro
utiliza con naturalidad un lenguaje tautológico que debe traducir
la inmediatez de la visión. Como la constancia de la sumisión a
una Ley, Caeiro plantea una afirmación absoluta de la existencia
a través del presente sensible. En esto, se opone de algún modo
a las afirmaciones del mismo Pessoa. Por otra parte, se burlaba
de éste, que procuraba comprender "el
misterio de las cosas" o "el
sentido íntimo del universo".
Ricardo
Reis es el poeta de la vida breve, "un epicúreo triste", según Pessoa. Reis desarrolla
muy particularmente el paganismo ("religión
del sensacionismo"), en que los dioses sólo están ahí
para asegurar la pluralidad de las maneras de sentir en un presente
inestable. Está habitado, como lo señala Octavio Paz, por un sentimiento
del tiempo "no como algo que pasa ante nosotros, sino que se
convierte en nosotros" (en F. Pessoa, Fragments d'un voyage
inmobile, París, Rivages, 1990, p. 37). La forma de su escritura
es la del epigrama, la oda y la elegía de los poetas neoclásicos.
Alvaro
de Campos critica los excesos del clasicismo de Reis y quiere "gozar
del mundo en una orgía de sensaciones fuertes e imágenes brillantes"
(Robert Bréchon, en el prefacio al Cancioneiro). Es el poeta
de la intensidad, el que expresa sin pudor sus tendencias homosexuales
y sus pulsiones sadomasoquistas. A menudo presenta aporías temporales
y sobresale en la producción fogosa de transformaciones en múltiple
y metamorfosis. Campos explora un universo de simultancidades;
en la"Oda marítima", por ejemplo, es a la vez el paquebote,
los piratas y todas las mujeres violadas por piratas, en una verdadera
explosión erótica.
En
cuanto a Pessoa -heterónimo-, se convierte especialmente en un poeta
esotérico que explora un "infinito interior" y para quien lo que hace Dios
no es otra cosa que la ausencia de Dios. Elabora relatos míticos,
en lo que son unas tentativas de recomposición de los orígenes;
la verdad del mito es, según Pessoa, "esa
nada que lo es todo".
(98)
S. Freud, "La négation", en Résultats,
idées.... op. cit., p. 136.
(99)
S. Freud, "Le créateur littéraire et la fantaisie" (1908),
en L'inquiétalite étrangeté..., op. cit., p. 34,
Texto
extraído de "El arte de vivir en peligro" (Del desamparo
a la creación)", Silvie Le Poulichet, cap. Cinco, págs. 99/132,
editorial Nueva Visión, Buenos Aires, Argentina, 1998.
Edición original: ed. Anthropos, 1996.
Selección y destacados: V.G.
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"El desconocido de
sí mismo" O. Paz
"Nota sobre
Pessoa" C. Soler
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