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Reflexiones sobre la mentira
Alexandre Koyré
Traducción:
Javier Navarro
El
siguiente texto fue publicado en Renaissance,
revista
de la Escuela Libre de Altos Estudios; Nueva York, 1943. En junio
de 1945 fue reimpreso en Contemporary Jewish Record
con el título de «The Political Function of the Modern Lie» [La
función política de la mentira moderna].Cincuenta años más tarde
fue reeditado en Francia por el Colegio Internacional de Filosofía,
París, noviembre 1993.
Leer
a Koyré nos hizo leer a otros, nos llevó a Derrida y Derrida nos
recordó a Nietzsche. A pie de página compartimos los enlaces.
En
víspera de elecciones le agradecemos a este gran filósofo sus palabras
siempre a tiempo.
V.G.
Nunca se ha mentido
tanto como en nuestros días. Ni de una manera tan vergonzosa, sistemática
y constante. Se nos dirá tal vez que eso no importa, que la mentira
es tan vieja como el mundo, o al menos como el hombre, mendax
ab initio [mendaz desde el principio]; que la mentira política
nació con la ciudad misma, así como, de manera excesiva, nos lo
enseña la historia; en fin, sin remontar el curso del tiempo, que
la avalancha de la Primera Guerra Mundial y la mentira electoral
de la época que la siguió alcanzaron niveles y establecieron marcas
que serán muy difíciles de superar.
Sin duda, todo esto es verdad. O casi. Es cierto que el hombre se
define por la palabra, que ésta acarrea la posibilidad de la mentira
y que ella no disgusta a Porfirio: el mentir, mucho más que el reír,
es lo propio del hombre. Es cierto, igualmente, que la mentira política
es de todos los tiempos, que las reglas y la técnica de lo que hace
mucho se llamaba "demagogia" y en nuestros días "propaganda"
fueron sistematizadas y codificadas hace miles de años (1)
; y que los productos de estas técnicas, la propaganda de los imperios
olvidados y vueltos polvo nos hablan, todavía hoy, desde los altos
muros de Karnak y de los peñascos de Ankara.
Es irrefutable
que el hombre siempre ha mentido. A sí mismo. A los otros. Por placer,
el placer de ejercer esta facultad asombrosa de "decir lo que
no es" y de crear, con su palabra, un mundo del cual es su
único responsable y autor.
Ha mentido también para defenderse: la mentira es un arma. El arma
preferida del inferior y del débil que, engañando al adversario,
se afirma y se venga de él (2).
Pero no
procederemos aquí al análisis fenomenológico de la mentira, al estudio
del lugar que ocupa en la estructura del ser humano: esto llenaría
un volumen. Quisiéramos mejor consagrar algunas reflexiones a la
mentira moderna, e incluso, más estrictamente, a la mentira política
moderna. Pues, a pesar de las críticas que se nos harán, y aquellas
que nos hacemos nosotros mismos, seguimos convencidos de que, en
este dominio, quo nihil antiquius, la época actual, o más
exactamente los regímenes totalitarios, han innovado poderosamente.
La innovación no es total, sin duda, y los regímenes totalitarios
no han hecho más que empujar hasta los límites tendencias, actitudes
y técnicas que existían mucho antes que ellos. Pero
nada es completamente nuevo en el mundo, todo tiene fuentes, raíces,
gérmenes, y todo fenómeno, toda noción, toda tendencia, llevados
hasta el límite, se alteran y se transforman en algo sensiblemente
diferente.
Reafirmamos,
pues, que nunca se ha mentido tanto como en nuestros días y que
nunca se ha mentido tan masiva y tan totalmente como ahora.
Nunca se ha mentido tanto... en efecto, día tras día, hora tras
hora, minuto tras minuto, oleadas de mentiras se vierten sobre el
mundo. La palabra, el escrito, el diario, la radio... todo el progreso
técnico está puesto al servicio de la mentira. El hombre moderno
-también ahí pensamos en el hombre totalitario- se baña en la mentira,
respira mentira, está sometido a la mentira en todos los instantes
de su vida (3).
En cuanto
a la calidad -queremos hablar de la calidad intelectual- de la mentira
moderna, ésta ha evolucionado en sentido inverso de su volumen.
Por lo demás, eso se comprende. La
mentira moderna -ésta es su cualidad distintiva- se fabrica en masa
y se dirige a la masa.
Ahora bien, toda producción en masa, toda producción -toda producción
intelectual sobre todo- destinada a la masa, está obligada a bajar
sus estándares. Asimismo, si nada es más refinado que la técnica
de la propaganda moderna, nada es más grosero que el contenido de
sus afirmaciones, que revelan un desprecio absoluto y total por
la verdad. E incluso, por la simple verosimilitud. Desprecio sólo
igualado por el de las facultades mentales que asume en aquellos
a quienes se dirige. Se podría preguntar -y se ha preguntado efectivamente-
si hay derecho de hablar aquí de "mentira". En efecto,
la noción de "mentira" presupone la de la veracidad, cuyo
opuesto y negación ella es, así como la noción de lo falso presupone
la de lo verdadero. Ahora, los filósofos oficiales de los regímenes
totalitarios proclaman unánimemente que la concepción de la verdad
objetiva, una para todos, no tiene ningún sentido; y que el criterio
de la "Verdad" no es un valor universal, sino la conformidad
con el espíritu de la raza, de la nación o de la clase, su utilidad
racial, nacional o social. Prolongando y llevando hasta los límites
las teorías biologistas, pragmatistas y activistas, de la verdad,
y consumando así lo que se ha denominado con acierto "la traición
de los intelectuales", los filósofos oficiales de los regímenes
totalitarios niegan el valor propio del pensamiento que, para ellos,
no es una luz, sino un arma; su meta, su función, nos dicen, no
es revelarnos lo real, es decir, lo que es, sino ayudarnos a modificarlo,
a transformarlo guiándonos hacia lo que no es. Para eso, como se
lo ha reconocido desde hace mucho tiempo, el mito es preferible
a la ciencia, y la retórica que se dirige a las pasiones, a la demostración
que se dirige a la inteligencia.
También en sus publicaciones (incluso en las que se dicen científicas),
en sus discursos y, por supuesto, en su propaganda, los representantes
de los regímenes totalitarios se preocupan muy poco por la verdad
objetiva. Más fuertes que Dios, omnipotente él mismo, transforman
a su antojo el presente e incluso el pasado. Se podría concluir
-como se ha hecho a veces- que los regímenes totalitarios están
más allá de la verdad y de la mentira.
Por
nuestra parte, nosotros creemos que no es así. La distinción entre
la verdad y la mentira, entre lo imaginario y lo real, sigue siendo
muy válida en el interior mismo de las concepciones y de los regímenes
totalitarios. De alguna manera, los que se invierten son su lugar
y su papel: los regímenes totalitarios se fundan sobre la primacía
de la mentira.
El lugar
de la mentira en la vida humana es muy curioso. Los códigos de moral
religiosa, al menos en lo que concierne a las grandes religiones
universalistas, sobre todo aquellas que han nacido del monoteísmo
bíblico, condenan la mentira de una manera rigurosa y absoluta.
Esto se comprende: siendo su Dios el de la luz y el del ser, resulta
necesariamente que es también el de la verdad. Mentir, es decir,
afirmar lo que no es, deformar la verdad y velar el ser, es, por
tanto, un pecado; y hasta un pecado muy grave, pecado de orgullo
y pecado contra el espíritu, pecado que nos separa de Dios y nos
opone a Dios. La palabra de un justo, lo mismo que la palabra divina,
no puede y no debe ser otra que la de la verdad. Las morales filosóficas,
exceptuando algunos casos de rigorismo extremo como los de Kant
y Fichte, son, hablando en general, mucho más indulgentes. Más humanas.
Intransigentes en lo que concierne a la forma positiva y activa
de la mentira, suggestio falsi, lo son mucho menos en lo
que concierne a su forma negativa y pasiva: suppressio veri.
Saben que, según el proverbio, "no es buena toda verdad para
ser dicha". Al menos no siempre. Y no a todo el mundo.
Mucho más
que morales con bases puramente religiosas, las morales filosóficas
tienen en cuenta el hecho de que la mentira se expresa en palabras,
y que toda palabra se dirige a alguien (4).
No se miente "en el aire". Se miente -así como se dice
o no se dice la verdad- a alguien. Ahora bien, si la verdad es ciertamente
"el alimento del alma", lo es sobre todo el de las almas
fuertes (5).
Puede ser peligrosa para otros. Al menos, en su estado puro. Puede
incluso herirlos. Es preciso dosificarla, diluirla, vestirla. Además,
es preciso tener en cuenta las consecuencias por el uso que harán
de ella aquellos a quienes se dirá.
Generalmente hablando, no hay, pues, obligación moral de decir la
verdad a todo el mundo. Y no todo el mundo tiene el derecho de exigírnosla.
Las reglas de la moral social, de la moral real que se expresa en
nuestras costumbres y que gobierna, de hecho, nuestras acciones,
son mucho más laxas aún que las de la moral filosófica. Estas reglas,
hablando en general, condenan la mentira. Todo el mundo sabe que
es "feo" mentir. Pero esta condena está lejos de ser absoluta.
La prohibición está lejos de ser total. Hay casos en los que la
mentira es tolerada, permitida, incluso recomendada.
Aquí también
un análisis preciso nos llevaría demasiado lejos. Grosso modo,
se puede constatar que la mentira es tolerada mientras no perjudique
el buen funcionamiento de las relaciones sociales, mientras no "haga
daño a nadie" (6);
se permite mientras no desgarre el lazo social que une al grupo,
es decir, mientras se ejerza no dentro del grupo, del "nosotros",
sino fuera de él, mientras no se engañe a los "suyos";
en cuanto a los otros... pues, eso, ¿no son justamente los "otros"?
La mentira es un arma. Por tanto, es lícito emplearla en la lucha.
Sería incluso estúpido no hacerlo. Con la condición de que no se
la emplee sino contra el adversario y de que no se la dirija contra
los amigos y aliados.
Se puede, pues, hablando en general, mentir al adversario, engañar
al enemigo. Hay pocas sociedades, como los maoríes, que sean caballerosas
hasta el punto de prohibirse las astucias de la guerra. Hay todavía
menos sociedades que, como los cuáqueros y los wahabitas, sean religiosas
hasta el punto de prohibirse toda mentira hacia el otro, el extranjero,
el adversario. Casi por todas partes se admite que el engaño está
permitido en la guerra.
Generalmente hablando, la mentira no se recomienda en las relaciones
pacíficas. Por eso (siendo el extranjero un enemigo potencial),
la veracidad no ha sido considerada nunca la cualidad principal
de los diplomáticos.
La mentira es, más o menos, admitida en el comercio: allí también
las costumbres nos imponen límites que tienen tendencia a volverse
cada vez más estrictos (7).
Sin embargo, las costumbres comerciales más rígidas toleran sin
chistar la mentira confesa de los anuncios.
La mentira
sigue siendo, pues, tolerada y admitida. Pero, justamente, sólo
es tolerada y admitida. En ciertos casos. Queda como excepción la
guerra, durante la cual, y únicamente, se vuelve bueno y justo hacer
uso de ella.
¿Pero si la guerra dejara de ser un estado excepcional, episódico
y se convirtiera en un estado perpetuo y normal? Es claro que la
mentira, de caso excepcional, se volvería también normal y que un
grupo social que se viera y se sintiera rodeado de enemigos no dudaría
jamás en emplear la mentira contra ellos. La verdad para los suyos,
la mentira para los otros se volvería la regla de conducta, entraría
en las costumbres del grupo en cuestión.
Vamos más lejos. Consumemos la ruptura entre "nosotros"
y los "otros". Transformemos la hostilidad de hecho en
una enemistad de alguna manera esencial, fundada en la naturaleza
misma de las cosas (8).
Volvamos amenazantes y poderosos a nuestros enemigos. Es claro que
todo grupo, ubicado así en medio de un mundo de adversarios irreductibles
e irreconciliables, vería abrirse un abismo entre éstos y él mismo;
un abismo que ningún lazo, ninguna obligación social podría ya franquear.
Parece evidente que en y para semejante grupo, la mentira -la mentira
a los "otros", por supuesto- no sería ni un acto simplemente
tolerado, ni incluso una simple administración de conducta social:
se volvería obligatoria, se transformaría en virtud. En cambio,
la veracidad mal ubicada, la incapacidad para mentir, lejos de ser
considerada un rasgo caballeresco, se volvería una tara, un signo
de debilidad y de incapacidad.
El análisis
muy somero y muy incompleto que acabamos de realizar no es -lejos
de ello- un simple ejercicio dialéctico, un estudio abstracto de
una posibilidad absolutamente teórica. Muy por el contrario: nada
es más concreto y real que las agrupaciones sociales cuya descripción
esquemática hemos esbozado. No sería difícil dar e incluso multiplicar
los ejemplos de sociedades cuya estructura mental presenta, en diversos
grados, los rasgos fundamentales, o si se prefiere, la perversión
fundamental que acabamos de indicar.
Estos grados, cuya escala ascendente hemos seguido, expresan, nos
parece, la acción de tres factores:
1. El grado de alejamiento y de oposición entre los grupos
en cuestión. Existe, más allá de la hostilidad natural por el extranjero,
enemigo potencial e incluso enemigo real, el odio sagrado que inspiran
los combatientes en una guerra religiosa. Y más allá de ésta, la
ferocidad biológica que anima a los partidarios de una guerra de
exterminio racial.
2. La relación de fuerzas, es decir, el grado de peligro
que amenaza al grupo estudiado por parte de sus vecinos-enemigos.
La mentira, ya lo hemos dicho, es un arma. Y sobre todo el arma
del más débil: no se emplea la astucia contra aquellos que se está
seguro poder aplastar sin grandes riesgos; por el contrario, se
empleará la astucia para escapar del peligro.
3. El grado de frecuencia de los contactos entre los grupos
hostiles y sus miembros. En efecto, si estos grupos, por hostiles
que sean, no entran nunca en contacto, o solamente en el campo de
batalla, si los miembros de un grupo no frecuentan nunca a otros,
tendrán -fuera de la astucia guerrera- muy rara vez la ocasión de
mentir a aquéllos. La mentira presupone el contacto; implica y exige
el comercio.
Esta última
observación nos obliga a llevar el análisis un poco más adelante.
Suprimamos la existencia autónoma de nuestro grupo. Sumerjámoslo
por completo en el mundo hostil de una agrupación extraña, en una
sociedad enemiga con la cual, sin embargo, permanece diariamente
en contacto: es claro que, en y para las agrupaciones en cuestión,
la facultad de mentir será tanto más necesaria, y la virtud de la
mentira tanto más apreciada, cuanto más crezca y aumente de intensidad
la presión exterior, la tensión entre "nosotros" y los
"otros", la enemistad de los "otros" para con
"nosotros" y la amenaza que estos "otros" hagan
pesar sobre "nosotros". Apuremos una vez más hasta el
límite la situación; incrementemos la agresividad hasta hacerla
absoluta y total. Es claro que el grupo social cuyos avatares estamos
siguiendo se verá obligado a desaparecer. Desaparecer de hecho,
o bien aplicando hasta el fondo la técnica y el arma de la mentira,
desaparecer de la vista de los otros, escapar de sus adversarios
y huir de su amenaza refugiándose en la noche de su secreto.
La
inversión de ahora en adelante es total: la mentira, para nuestro
grupo, vuelto grupo secreto (9),
será más que una virtud. Se habrá vuelto condición de existencia,
modo de ser habitual, fundamental y primero.
Por el hecho
mismo del secreto, ciertos rasgos característicos propios de todo
grupo social en tanto que tal se encontrarán acentuados y exagerados
más allá de la medida. Así, por ejemplo, toda agrupación erige una
barrera más o menos permeable y franqueable entre ella misma y las
otras; toda agrupación reserva para sus miembros un tratamiento
privilegiado, establece entre ellos cierto grado de unión, de solidaridad,
de "amistad"; toda agrupación atribuye una importancia
particular al mantenimiento de los límites de separación entre ella
y las "otras" y, por tanto, también a la preservación
de los elementos simbólicos que forman, de alguna manera, su contenido;
toda agrupación, al menos toda agrupación viva, considera la pertenencia
al grupo un privilegio y un honor (10)
, y ve en la fidelidad al grupo un deber para sus miembros; toda
agrupación, en fin, desde el momento en que se consolida y alcanza
cierta dimensión, conlleva cierta organización, cierta jerarquía.
Todos estos
rasgos se exacerban en la agrupación secreta: aunque la barrera
sigue siendo franqueable, se vuelve impermeable en ciertas condiciones
(11);
la adhesión al grupo se vuelve iniciación irrevocable; la solidaridad
se transforma en un apego apasionado y exclusivo; los símbolos adquieren
un valor sagrado; la fidelidad al grupo se vuelve deber supremo,
a veces incluso único, de sus miembros; en cuanto a la jerarquía,
al volverse secreta adquiere también un valor absoluto y sagrado;
la distancia entre sus grados aumenta, la autoridad se vuelve ilimitada
y la obediencia perinde ac cadaver la regla y la norma de
las relaciones entre el miembro y sus jefes.
Pero hay más. Toda agrupación secreta, ya sea una agrupación de
doctrina o un grupo de acción, una secta o una conspiración -por
otra parte, el límite entre las dos agrupaciones es difícil de trazar,
siendo el grupo de acción, o volviéndose casi siempre, una agrupación
de doctrina-, es un grupo de clave secreta o incluso de claves secretas.
Queremos decir que, aunque sea puro grupo de acción, como una banda
de gángsters o una conspiración de salón, y no posea ninguna doctrina
esotérica y secreta de tal manera que se vea obligado a salvaguardar
sus misterios ocultándolos a los ojos de los no iniciados, su propia
existencia estará indisolublemente ligada al mantenimiento de un
secreto e incluso de un doble secreto; a saber, el secreto de su
propia existencia, así como de los fines de su acción.
Resulta de ello que el deber supremo del miembro de una agrupación
secreta, el acto en el cual se expresan su apego y su fidelidad
a ésta, el acto por el cual afirma y confirma su pertenencia al
grupo, consiste, paradójicamente, en el ocultamiento de ese hecho
(12).
Disimular
lo que es, y para poder hacerlo, simular lo que no es: tal es el
modo de existencia que todo grupo secreto necesariamente impone
a sus miembros.
Disimular
lo que se es, simular lo que no se es... Evidentemente esto implica
que no se diga -nunca- lo que se piensa y lo que se cree; y también
que se diga -siempre- lo contrario. Para
todo miembro de un grupo secreto, la palabra no es, de hecho, sino
un medio para ocultar su pensamiento.
Así, pues,
todo lo que se dice es falso. Toda palabra, al menos toda palabra
pronunciada en público, es mentira. Sólo las cosas que no se dicen
o que, por lo menos, no se revelan sino a los "suyos"
son o pueden ser verdaderas.
La verdad es, pues, siempre, esotérica y oculta. Nunca accesible
al común, al vulgo, al profano. Tampoco a aquel que no está completamente
iniciado.
Todo miembro del grupo secreto, digno de su papel, tiene plena conciencia
de él. Asimismo, nunca creerá lo que oiga decir en público a un
miembro de su propia agrupación. Y sobre todo nunca admitirá como
verdadero algo que sea públicamente proclamado por su jefe. Pues
no es a él a quien se dirige su jefe, sino a los "otros",
a esos "otros" que tiene el deber de obnubilar, burlar,
engañar.
Así,
por una nueva paradoja, la confianza del miembro del grupo secreto
en su jefe se expresa al rehusar creer en lo que él dice y proclama.
Se nos podría
objetar que nuestro análisis, por justo que sea, se aparta del tema.
Los gobiernos totalitarios desgraciadamente son todo menos sociedades
secretas rodeadas de enemigos amenazantes y poderosos, y obligados,
por eso, a buscar la protección de la mentira, a ocultarse, a disimularse
(13).
Incluso, los "partidos únicos" que forman la armadura
de los regímenes totalitarios no pueden, se nos dirá, tener nada
en común con agrupaciones de conspiradores: operan a plena luz.
Además, muy lejos de querer encerrarse y de poner una barrera entre
ellos y los otros, su meta confesada y patente es justamente la
de absorber todos esos "otros", de englobarlos y abrazar
por completo a la nación (o la raza).
Por otra
parte, se podría refutar igualmente el lazo que pretendemos establecer
entre totalitarismo y mentira. Se podría destacar que, lejos de
ocultar y disimular las metas próximas y lejanas de sus acciones,
los gobiernos totalitarios las han proclamado siempre urbi et
orbe (lo que ningún gobierno democrático tuvo el coraje de hacer
nunca) y que es ridículo acusar de mentira a alguien que, como Hitler,
anunció públicamente (e incluso imprimió de modo palpable en Mein
Kampf) el programa que luego realizó punto por punto.
Todo esto es justo pero solamente en parte. Y por eso, las objeciones
que acabamos de formular no nos parecen de ninguna manera decisivas.
Es verdad que Hitler (así como los otros jefes de los países totalitarios)
anunció en público su programa de acción. Pero fue justamente porque
sabía que no sería creído por los "otros", que sus declaraciones
no serían tomadas en serio por los no iniciados; justamente, diciéndoles
la verdad estaba seguro de engañar y de adormecer a sus adversarios.
Es ésta una vieja técnica maquiavélica de la mentira en segundo
grado, técnica perversa entre todas y en la cual la verdad misma
se vuelve puro y simple instrumento de engaño. Parece claro que
esta "verdad" no tiene nada en común con la verdad.
Es
igualmente cierto que ni los Estados ni los partidos totalitarios
son sociedades secretas en el sentido preciso de este término, y
que actúan públicamente. E incluso con gran acompañamiento publicitario.
Justamente -y en eso consiste la innovación de la que hemos hablado
antes- son conspiraciones a plena luz.
Una conspiración
a plena luz -forma nueva y curiosa de grupo de acción, propio de
la época democrática, de la época de civilización de masas- no está
rodeada de amenazas y no tiene ninguna necesidad de disimularse;
muy por el contrario, al estar obligada a obrar sobre las masas,
a ganarse a las masas, a englobar y organizar a las masas, tiene
necesidad de aparecer a la luz e incluso de concentrar esta luz
sobre sí misma, y ante todo, sobre sus jefes. Los miembros de la
agrupación no tienen necesidad de ocultarse: por el contrario, pueden
ostentar su pertenencia a la agrupación, al "partido",
pueden hacerla visible y reconocible a los otros e incluso a los
suyos por medio de signos exteriores, de emblemas, de insignias,
brazaletes y uniformes, por gestos rituales realizados en público.
Pero al igual que los miembros de una sociedad secreta -esto a pesar
de que, como acabamos de mencionarlo, la conspiración a plena luz
tiende necesariamente a volverse una organización de masas- conservarán
la distancia entre ellos mismos y los otros; la adopción de signos
exteriores de pertenencia al "partido" no hará más que
acentuar la oposición y volver más neta la barrera que los separa
de los de afuera; la fidelidad a la agrupación seguirá siendo la
virtud principal de sus miembros; la jerarquía interior del "partido"
tomará el aspecto y tendrá la estructura de una organización militar,
y la regla non servatur fides infidelibus no será sino más
escrupulosamente observada. Pues la conspiración a plena luz, si
no es una sociedad secreta, es de todas maneras una sociedad con
clave secreta. La victoria, es decir, el éxito de la conspiración,
no destruirá los rasgos que acabamos de mencionar; se limitará a
debilitar unos, intensificando otros y, muy particularmente, reforzando
el sentimiento de superioridad de la nueva clase dirigente, su convicción
de pertenecer a una élite, a una aristocracia completamente separada
de la masa (14).
Los regímenes
totalitarios no son otra cosa que conspiraciones como las descritas,
nacidas del odio, del miedo, de la envidia, alimentadas por deseos
de venganza, de dominación, de rapiña; conspiraciones que han tenido
éxito, o mejor -y éste es un punto importante-, conspiraciones que
han triunfado parcialmente, que lograron imponerse en su país, conquistar
el poder, apoderarse del Estado. Pero que no han logrado -todavía
no- realizar las metas que se propusieron y que por este mismo hecho
continúan conspirando. Podría preguntarse si la noción de conspiración
a plena luz no es una contradicción in adjecto. Una conspiración
implica misterio y secreto. ¿Cómo podría hacerse a plena luz?
No hay duda. Toda conspiración implica el secreto; secreto que concierne
precisamente a los propósitos de su acción; propósitos que debe
disimular justamente para poder alcanzarlos y que no son conocidos
sino por aquellos que están al corriente de ellos. Pero la conspiración
a plena luz no constituye en absoluto una excepción a esta regla,
pues así como acabamos de decirlo, al mismo tiempo que no es una
sociedad secreta es, sin embargo, una sociedad con clave secreta.
No obstante, ¿cómo podría guardar un secreto una sociedad de este
género, es decir, una sociedad que opera en la plaza pública, que
busca organizar a las masas y cuya propaganda se dirige a las masas?
La interrogación es completamente legítima. Pero la respuesta no
es tan difícil como parece de antemano. Incluso es bastante simple,
pues no hay más que un medio para guardar un secreto: no revelarlo;
o sólo revelarlo a aquellos de los que se está seguro, a una élite
de iniciados.
En la conspiración a plena luz, esta élite y sólo ella, los enterados
de las metas reales del complot, está, como es apenas natural, conformada
por los jefes, los miembros dirigentes del "partido".
Y como éste ejerce una acción pública, y sus jefes operan en público
y están obligados a exponer públicamente su doctrina, a hacer discursos
públicos y declaraciones públicas, se concluye que la preservación
del secreto implica la aplicación constante de la regla: toda afirmación
pública es un criptograma y una mentira; una afirmación doctrinal
tanto como una promesa política, la teoría o la fe oficial tanto
como una obligación contraída mediante un tratado.
La regla
suprema sigue siendo: Non servatur fides infidelibus. Los
iniciados lo saben. Los iniciados y los que son dignos de serlo.
Ellos comprenderán, descifrarán y percibirán el velo que enmascara
la verdad.
Los otros, los adversarios, la masa, la masa de adherentes comprendida
en el grupo, aceptarán como verdaderas las afirmaciones públicas
y, por eso mismo, se revelarán indignos de recibir la verdad secreta
y de hacer parte de la élite.
Los iniciados, los miembros de la élite, por una especie de saber
intuitivo y directo conocen el pensamiento íntimo y profundo del
jefe, conocen los fines secretos y reales del movimiento. Por eso,
no son perturbados de ninguna manera por las contradicciones y las
inconsistencias de las afirmaciones públicas: ellos saben que tienen
como meta engañar a la masa, a los adversarios, a los "otros"
y admiran al jefe que maneja y practica tan bien la mentira. En
cuanto a los demás, a los que creen, muestran por ese mismo hecho
que son insensibles a la contradicción, impermeables a la duda e
incapaces de pensar.
La actitud espiritual
que acabamos de describir, actitud que es la de todos los regímenes
totalitarios y sobre todo, por supuesto, la del régimen totalitario
por excelencia, es decir, el régimen hitleriano, implica con toda
evidencia una concepción del hombre, una antropología. Pero por
ser opuesta a la antropología democrática o liberal, la antropología
totalitaria no consiste de ninguna manera en una inversión de los
valores que, rebajando el pensamiento, la inteligencia, la razón,
pondría en la cima del ser humano las fuerzas oscuras, "telúricas",
del instinto y de la sangre.
La antropología totalitaria insiste sobre la importancia, el papel
y la primacía de la acción. Pero no desprecia de ninguna manera
la razón. O, al menos, lo que ella desprecia, o más exactamente,
aborrece, no son sino las formas más altas, la inteligencia intuitiva,
el pensamiento teórico, el nous como lo llamaban los griegos.
En cuanto a la razón discursiva, la razón raciocinante y calculadora,
no desconoce de ninguna manera su valor. Muy por el contrario. La
pone tan arriba que la niega al común de los mortales. En
la antropología totalitaria el hombre no se define por el pensamiento,
la razón, el juicio, justamente porque, según ella, la inmensa mayoría
de los hombres están despojados de ellos. Por otra parte, ¿se puede
todavía hablar, en este caso, del hombre? De ninguna manera. Pues
la antropología totalitaria no admite la existencia de una esencia
humana única y común a todos (15).
Entre un hombre y "otro hombre" la diferencia no es, para
ella, una diferencia de grado, sino una diferencia de naturaleza.
La vieja definición griega, que determina al hombre como zoon
logicon, descansa sobre un equívoco: no hay ligazón necesaria
entre logos-razón y logos-palabra, así como tampoco hay común medida
entre el hombre animal razonable y el hombre animal hablante. Pues
el animal hablante es ante todo un animal crédulo, y el animal crédulo
es precisamente aquel que no piensa (16).
El pensamiento,
estima ella, es decir, la razón, discernimiento de lo verdadero
y de lo falso, decisión y juicio, es una cosa muy rara y muy poco
extendida en el mundo. Un asunto de la élite y no de la masa. En
cuanto a ésta, es guiada, o mejor, movida, por el instinto, la pasión,
por los sentimientos y los resentimientos. No sabe pensar. Ni querer.
No sabe más que obedecer y creer.
Cree todo lo que se le dice. Con tal de que se lo digan con bastante
insistencia. Con tal, también, de que se halaguen sus pasiones,
sus odios, sus temores. Es inútil buscar permanecer más acá de los
límites de la verosimilitud: por el contrario, en cuanto más se
miente grosera, masiva y crudamente, mejor se le creerá y se le
seguirá a uno. Igualmente, es inútil buscar evitar la contradicción:
la masa no la notará nunca; es inútil buscar coordinar lo que se
dice a unos con lo que se dice a otros: nadie creerá lo que se dice
a los otros y todo el mundo creerá lo que se le dice a él; es inútil
apuntar a la coherencia: la masa no tiene memoria; es inútil disimular
la verdad: es radicalmente incapaz de percibirla; inútil incluso
ocultarle que se la engaña: no comprenderá nunca que se trata de
ella, que tal es el modo como se la somete.
Esta antropología
sustenta la propaganda de los miembros de la conspiración a plena
luz: y el éxito mismo que trae consigo explica el desprecio literalmente
sobrehumano de los totalitarios -queremos decir de los miembros
de la élite que sabe- por la masa, tanto por la de sus adversarios
como por la de sus adherentes; por la masa, es decir, por todos
aquellos que les creen y los siguen; también por todos aquellos
que, sin seguirlos, les creen. No discutiremos si esta actitud está
bien fundada. A nosotros nos parece aceptablemente justificada.
Por otra parte, los representantes y los jefes de los regímenes
totalitarios están en buenas condiciones para juzgar el valor intelectual
y moral de sus adherentes, de sus crédulos.
Nos limitaremos simplemente a constatar que si el éxito de la conspiración
de los totalitarios puede ser considerado prueba experimental de
su doctrina antropológica y de la eficacia perfecta de sus métodos
de enseñanza y de educación fundados sobre ella, la prueba no vale
para sus propios países y sus propios pueblos. No vale sino para
los otros y, especialmente, para los países democráticos que, al
mismo tiempo que permanecen obstinadamente incrédulos, se muestran
refractarios a la propaganda totalitaria, pues, en estos países,
tal propaganda, aunque sostenida por conspiraciones locales, no
ha podido, a fin de cuentas, engañar más que a cierto partido de
la autodenominada "élite social". De este modo, por una
última paradoja -que en el fondo, no lo es-, son las masas populares
de los países democráticos, de estos países pretendidamente degenerados
y bastardos, las que según los principios mismos de la antropología
totalitaria se han confirmado como pertenecientes a la categoría
superior de la humanidad y estar compuestas de hombres pensantes
y, en cambio, son los pseudoaristócratas totalitarios los que representan
su categoría inferior, la del hombre crédulo que no piensa.
Notas:
(1)
Se encuentra ya en los diálogos de Platón, y sobre todo en la Retórica
de Aristóteles, un análisis magistral de la estructura psicológica,
y por tanto, de la técnica, de la propaganda.
(2)
Engañar es también humillar, lo que explica la mentira a menudo
gratuita de las mujeres y de los esclavos.
(3)
El régimen totalitario está ligado esencialmente a la mentira. Asimismo,
no se ha mentido nunca tanto en Francia como desde el día en que,
inaugurando la marcha hacia un régimen totalitario, el mariscal
Pétain proclamó: "Odio la mentira".
(4)
Las morales religiosas hacen de la verdad una obligación hacia Dios
y no hacia los hombres. Prohíben mentir "ante Dios" y
"a los hombres".
(5)
Esta consideración está presente, a veces, incluso en las morales
religiosas. Leche para los niños, vino para los adultos, dice San
Pablo.
(6)
La hipocresía de las formas convencionales del comportamiento social
(urbanidad, cortesía, etc.) no es "mentira".
(7)
Comerciante y mentiroso fueron, en otros tiempos, sinónimos. "El
que no engaña no vende", dice un viejo proverbio eslavo. Actualmente
se admite que para el comerciante, honesty is the best policy.
(8)
El mejor medio de llevar la oposición hasta sus límites es volviéndola
biológica. No es un azar que el fascismo se haya vuelto racismo.
(9)
El estudio de la agrupación secreta ha sido singularmente descuidado
por la sociología. Conocemos, sin duda, relativamente bien, las
sociedades secretas del África ecuatorial; en cambio, ignoramos
todo, o casi todo, de las que han existido y existen en Europa.
O, si a veces conocemos su historia, ignoramos la estructura tipológica
de esas agrupaciones, cuya importancia sólo reconoció Simmel.
(10)
Hay grupos -los grupos de parias- que consideran la pertenencia
al propio grupo como una desgracia o un deshonor. Esta clase de
grupos terminan por desaparecer. Pero en tanto existen, consideran
toda evasión como una traición.
(11)
El grupo clásico de agrupación secreta es el grupo al cual se accede
por una iniciación que, generalmente, implica grados; asimismo existen
grupos secretos hereditarios, pero son muy raros y, además, estos
grupos implican, también ellos, iniciaciones. En el fondo, en estas
agrupaciones la iniciación es hereditaria o hereditariamente reservada.
(12)
Sucede de una manera completamente distinta con una agrupación de
propaganda religiosa o política abierta, cuyos miembros aceptan
o buscan el martirio en testimonio de su fe, para que el martirio
constituya un medio de propaganda y de acción.
(13)
Sin embargo, se sabe hasta qué punto los regímenes totalitarios
cultivan en sus adherentes y en sus pueblos la psicología del justo
perseguido, del pueblo elegido rodeado de un mundo de enemigos que
lesionan sus derechos y amenazan su existencia. Inversión característica
de la situación real, que alimenta el sobresalto de inferioridad
de los totalitarios.
(14)
Se podría llamar "la aristocracia de la mentira" si estos
términos no chocaran entre sí. En efecto, una élite de la mentira
es, necesariamente, una élite mentirosa, una cacocracia y no una
aristocracia.
(15)
Entre los miembros de la "élite" y el resto de la humanidad,
el homo sapiens y el homo credulus, hay para la antropología totalitaria
tanta diferencia como la que hay para la antropología gnóstica entre
los hilozoístas y los pneumáticos o en la antropología aristotélica
entre el hombre libre y el esclavo.
(16)
El animal pensante busca la intelección; el animal crédulo, la certeza.
Enlace a nucleo Versiones: Politica y Mentira
Fábula del mundo verdadero>>>
F. Nietzsche
Historia de la Mentira>>>
J. Derrida
Sobre la mentira en Política>>>
J. Derrida/Antoine Spire
Metafísica libro quinto · Δ · 1013b-1025a
XXIX: Falso>>Aristóteles
Enlaces
propuestos :V.G.
Texto extraído de: www.elmalpensante.com/49_reflexiones.asp
Selección
y subrayados: V.G.
Con-versiones octubre 2005
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