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Jacques
Lacan
Jacques
Lacan y los fundamentos del psicoanálisis [*]
Jean
Reboul
[*]
Publicado en Critique Nro 187, París, diciembre de 1962.
Elegimos una publicación antigüa para que realice la vana tarea
de una presentación. Vana tarea para los que ya lo conocen por haberlo
leído y vana tarea para aquéllos que no lo leerán por una pasión
que se los impide. Luego, un texto de antes de la recopilación de
sus trabajos editados en 1966 bajo el nombre de "Escritos"
es lo suficientemente específico y claro como para ejercer esa vana
tarea -hemos dicho- de la o las presentaciones. Es mucho mejor leerlo
-al autor- aunque hay ocasiones y situaciones que proponen esa amable
tarea de una introducción, que este texto sirva de gentil aproximación
a la palabra de alguien que ya forma parte de una cultura que es
la nuestra porque formamos parte de ella [S. R.].
La
demora en la publicación de la enseñanza acroamática de Jacques
Lacan confiere a los fascículos de La psychanalyse, desde
1956, una importancia que para los interesados tal vez sólo sea
comparable a la que tuvieron los Elementos de Bourbaki para
los matemáticos. Pero
nada más engañoso que querer asociar estos trabajos más allá de
su intento común de formalizar su objeto respectivo; primera posibilidad
de error que debe ser disipada inmediatamente: jalones de una experiencia
y un pensamiento subyugantes, que rehúyen menos la elipsis que la
reiteración, estos textos - inseparables de la enseñanza de los
seminarios de los miércoles en Sainte Anne- pueden parecer "difíciles"
a algunos, sobre todo cuando la preocupación por adherir
a las sinuosidades de una situación que no podría ser inefable,
ya que el psicoanálisis existe, los induce a apelar a cualquier
medio capaz de dar en el blanco de la comprensión: gráficos y dibujos,
por ejemplo. Pero si, puede ocurrir que los expertos en topologia
constituyan a veces un subconjunto vacío dentro del conjunto más
amplio de oyentes del gran anfiteatro, poco importa, puesto que
con el terreno conquistado se les entregan los instrumentos que
permitirán su cartografía. Si les agrada usarlos, encontrarán fácilmente
su modo de empleo. Lo importante es que
en Lacan la praxis precede y domina; el afán y el deber de
restituirla, de manera que todo clínico del psicoanálisis, para
comprenderla, encuentre en ella su propia experiencia, según la
evidencia revivida de las aserciones, justifica todos los rodeos
que apresarán, cada vez más, ese conocimiento siempre movedizo,
bastante común a los discípulos de Freud, y que sólo se adquiere
en la proximidad del paciente.
Y si las "matemáticas del hombre" son capaces de
vivificar las estructuras y la manifestatión de una metapsicología
a las que el encubrimiento de sus fuentes aletargaba poco a poco
en una rigidez escolástica, bien venidas sean, y bien venido también
el "gongorismo" intermitente, cuya chispa ilumina la noche.
Clínico
ante todo, y preocupado por transmitir y hacer compartir a costa
de un enorme esfuerzo el sentido de nuestra práctica (que es la
suya, puntillosamente ortodoxa), nada rechazaría tanto Lacan como
ser considerado autor de un sistema que organizara algún "lacanismo"
más o menos independiente de las lecciones del oficio.
Pero aunque siempre ocupado en fundar rigurosamente lo que enseña,
sobre todo cuando esta búsqueda parecía desbordar, prolongándolo
o interpretándolo más a fondo, el estricto dominio freudiano, con
la garantía de la experiencia, ocurrió que la mayor parte de los
que pretendieron criticar esta investigación se extraviaron.Estos
fundamentos,
no obstante, existen en la solidez de su clasicismo y en su ahondamiento
original. En la hora en que esta obra en movimiento vivifica tantos
estudios de calidad (ya sea que la reivindiquen o no, y sólo citaremos
los libros y artículos de Maurice Blanchot, de Michel
Foucault, de Serge Leclaire, de Jean Laplanche,
de René Girard, de Ortigues, etc.), es oportuno reparar
algunos olvidos y tratar de definir estructuras: la prolongación
de las líneas mayores de su pensamiento, que el autor no ha juzgado
urgente, permite hacerlo sin esfuerzo, aunque se corra el peligro,
que admitimos, de endurecer su carácter. Desde luego, estas opiniones
sólo nos comprometen a nosotros y las hacemos conocer con toda reserva.
Aunque
originado en la sustancia misma de la clínica, lo que intentaremos
nos conducirá a discusiones propiamente filosóficas
de las que surge cierta antropología,
cierta imagen del hombre psicoanalítico. Creemos que esto no carece
de interés. En todo caso, fueron estos puntos precisamente los que
recibieron críticas, a las que aún no se intentó responder. Y por
otro lado, esta escuela que reivindica, más allá de Freud,
sus lazos, entre otros, con Hegel (y que recurrió a las enseñanzas
de Hyppolite) no tiene por qué mostrarse más tímida ante
el tribunal de la filosofía que frente al álgebra moderna, por ejemplo.
Pero materia tan rica no puede ser agotada en este artículo. Deberemos
pasar en silencio puntos tan importantes como los de la fase del
espejo, la alteridad y el deseo, el simbolismo fálico, la identificación
y tantos otros, para acentuar por ahora los fundamentos lingüísticos
y los perfiles superiores de este pensamiento. Nos parece que su
punto de convergencia no está donde habitualmente se lo coloca,
sino más allá. En
efecto, que el inconsciente esté estructurado como un lenguaje y
que su clave sea retórica, que "el psiquismo entero" sea
lenguaje y "la neurosis, un solecismo" (1),
estas proposiciones observadas ya en La interpretación de los
sueños no son lo esencial del pensamiento de Lacan, que
a nuestro parecer reside en lo que sigue: existe
un formalismo que domina las conductas humanas y se realiza en ellas
sin que lo sepan:en lo formal que
se encuentra allí sin haber sido formalizado por nadie.
Este
enunciado, - nunca formulado explícitamente, pero que subtiende
toda la empresa, no escapó a la alarmada vigilancia de los neopositivistas
lógicos ni a la de los partidarios del materialismo histórico. La
crítica, casi siempre polémica, y que nos ayudará a comprender mejor
lo que está en cuestión, se esforzó por denunciar el peligro de
un retorno al idealismo. Pero el problema es muy distinto.
Y también veremos que la fenomenología no queda implicada. Pero
hay que decir que tales temores podían parecer justificados parcialmente
puesto que había un precedente: ya en el siglo pasado, pareció afirmarse
en una presunta "crisis" de las matemáticas una renovación
platónica. Las
Logische Untersuchungen de Husserl se fundaban en
la distinción entre dos dominios del ser: el del ser ideal y el
del ser real. La verdad era algo ideal, y la intuición de "objetos
ideales" era la condición de posibilidad de todos los conocimientos
que no se fundan en hechos. Dos mundos había, como en el mito de
la caverna, pero aquí esos dos mundos estaban invertidos: lo "real"
no era ya el mundo de las esencias, sino lo que pertenecía al orden
del hecho en su carácter de hecho; las idealidades se transformaban
en algo irreal, puras posibilidades, fenómenos liberados del ser
(2).Más
recientemente, Eddington, al tratar por medios deductivos
de derivar de los números enteros todas las leyes y constantes de
la psique, fue acusado de resucitar la mística pitagórica. Los trabajos
de Lautman parecen llegar a la comprobación de una insuficiencia
óntica de las ideas que hallan una insuficiencia ontológica del
conocimiento, determinando su doble movimiento el lugar de encuentro
del pensamiento y el ser (3).Por
eso, algunos se sintieron embarazados por las formulaciones de Lacan
que sitúan a ese "lugar del ser"
postulado por el wo Es war freudiano en el nivel - considerado
trascendente- del lenguaje en su función
de significante,
siendo el Es (entre otras cosas) el reflejo reactualizable de ese
significante. En
esta perspectiva, la cadena significante,
combinación de términos no organizada por la conciencia, mediatiza,
relativiza, ordena todos los pensamientos y acciones, todos los
comportamientos humanos. Pues nada para el hombre es accesible si
no está ya marcado por el sello del significante y de sus leyes.
Retornemos,
en su sentenciosa e inagotable concisión, la gran fórmula iniciática
de Freud, equilibrada como una sentencia china: Wo
Es war, soll Ich verden. Salta
a la vista que ella opone el ser al devenir, luego, la metafísica
a la dialéctica, planteando el wo inicial la cuestión, renovada
a partir de los griegos, sobre el lugar del ser. En Freud
no hay duda que la materia verbal, la materia significante y su
movimiento, sus estructuras de agrupamiento y de sustitución son
inmanentes al hombre. Freud se mantiene en el plano de la
dialéctica. Pero pudo parecer
que en Lacan se producía un salto hacia la metafísica, ya
que las relaciones del hombre con el lenguaje se transformaban en
las de una trascendencia en caída sobre la psique, y entre esos
dos términos existe una heterogeneidad radical. El
lugar del ser,
para Lacan (como igualmente para Lévi- Strauss), consiste en la
estructura simbólica inconsciente,
trascendente con relación al hombre; la separación entre aquélla
y éste es la de la cultura con relación a la naturaleza. En esas
estructuras algunas criticas quisieron a veces encontrar - muy erróneamente,
volveremos sobre ello- esencias objetivadas, que ninguna conciencia
intencional localizable hubiera despejado por vía de reducción,
noemas aparecidos sin su correlato noético, asimilables pues al
arquetipo y a su poder de coacción. Veremos que nada de esto es
cierto, que esas Gestalten no son el Logos del Cuarto
Evangelio - y veremos por qué- . Ellas son en cambio el lugar donde
el ente se abre al ser, el canal por donde recibimos una cierta
trascendencia. El ser es sin duda el
inconsciente
que se revela, oculto, a través del lenguaje, al mismo tiempo su
rebaño y su pastor, que sólo comprende un reducido número de combinaciones
posibles entre sus elementos. Y el lenguaje
está siempre ya allí, como un firmamento de formas trascendentes,
y no tiene que entrar en el hombre, es el hombre quien debe situarse
en él. En este punto, el de la trascendencia y la dominación del
lenguaje, Lacan
adhiere a la doctrina de Heidegger, quien escribe:
"El
hombre se comporta como si fuera el creador y el amo del lenguaje,
mientras que, por el contrario, éste es y sigue siendo su soberano
... Pues en el sentido propio de los términos, es el lenguaje quien
habla. El hombre habla por cuanto responde al lenguaje escuchando
lo que él le dice. El lenguaje señala, y es él quien, el primero
y el último, nos conduce así hacia el ser de una cosa" (4).
Para Lacan, en efecto, el sistema de enlaces intelectuales
no se constituye en contacto con la experiencia:"Es
el orden de la determinación significante el que permite situar
justamente el de una subjetividad que de ordinario y erróneamente
se confunde con su enlace con lo real"
(5).
Este orden es pre- vital y trans- biológico; no es colocando
su mano sobre la estufa como el niño aprende que el fuego quema,
sino después que esta propiedad le ha sido formulada por el discurso.
"No es el mundo quien nos instruye, es el lenguaje."
"Es el mundo de las palabras el que crea el mundo de las cosas."
(Observemos al pasar que Piaget, por su parte, pudo decir en
La formación de la idea de número, y sin alarmar a los "psicólogos"(6)
que lo que convence al niño es la experiencia hablada; "no
son hechos lo que se les debe poner ante los ojos, sino expresiones
contradictorias para que ellos alcancen un conocimiento que,
una vez asimilado, anticipe la percepción" (7).
Aquí se impone la evocación del célebre mito freudiano del juego
del "¡Fort! ¡Da!").
Lacan, por último, escribe sin ambages:
"El orden del símbolo ya no puede ser concebido como constituido
por el hombre, sino como el constituyente"(8).
La
definición del orden es previa a los elementos sobre los que será
definido.
"Se
ve desprenderse de lo real una determinación simbólica que, por
ser la misma en que puede registrarse toda parcialidad de lo real,
le es preexistente".
La
historia humana y las manifestaciones del psiquismo humano son el
lugar del pasaje de lo posible a la existencia. Las cadenas de términos
desembocan en significaciones sin que el sujeto pueda ser consciente
de ello, dada su incapacidad esencial para comunicarse (en las condiciones
habituales) con el sujeto del inconsciente, promovido a la dignidad,
de ser del ente. El alcance del descubrimiento freudiano consiste
en que "a partir de él, el centro del ser humano ya no
está en el mismo lugar que le asignaba toda una tradición humanista".
El
hombre ya no está en el centro de si mismo. Lo importante es que
lo simbólico es capaz de crear una existencia afectiva. Por
ejemplo, la estructura simbólica de la castración, pivote del Edipo,
eje del intercambio y de la deuda (lo que nos remite a Marcel Mauss),
es la sustitución simbólica (luego, de hecho, "ficticia"),
por un legislador paternal y real, de un objeto imaginario cuya
ausencia es el modo de presentificación por un objeto simbólico,
también él, pero que en adelante obtendrá de esta armadura de identificación
su eficacia psíquica y aun biológica. El objeto conservará de este
origen al mismo tiempo los poderes y las servidumbres que lo marcarán
para siempre. Lo simbólico ha creado una existencia a través de
lo real, sin crear algo real: atascado entre lo simbólico y lo imaginario,
lo real no es más que el espacio de los fracasos de la simbolización,
de lo no reprimible, de un en- sí incapaz de transformarse en para-nosotros.
De
esta manera, el hombre parece apresado
entre dos niveles de realidad sobre los cuales no tiene poder, ya
que no puede reivindicar su paternidad. Un lenguaje constituyente,
el significante, con sus signos lábiles, siempre sustituibles y,
en el límite, indiferentes, que es el orden simbólico y propiamente
humano; y un lenguaje constituido, el Es,
el material de las cadenas y de las conductas ya en funcionamiento
y sometidas a la compulsión de repetición, donde el sujeto ausente
ya no está representado sino por los significantes en los que lo
alienó un trauma arcaico. En las condiciones habituales, no le es
dado al hombre hacer significar al es,
pero una técnica privilegiada puede permitirle reubicarlo correctamente
bajo el significante al que correspondió originalmente. Hay Es porque hubo desplazamientos,
permutaciones, condensaciones, metáforas y metonimias articuladas
fuera de la conciencia. El deseo cautivo habla allí una lengua que
no podría comprender (a la manera de Catherine Emmerich, discurriendo
en arameo), pues sabe tan poco lo que quiere como lo que dice.
En
todos estos problemas, la fidelidad de Lacan a Freud es permanente;
y, por supuesto, también en la clínica. Pero por más puramente freudianas
que fuesen, el llamado al orden que estas tesis anunciaban no podía
de primer intento convencer sin reticencias a aquellos a quienes
se dirigían. Algunos, que las aceptaron sin dificultad, no siempre
percibieron el radicalismo que implicaban necesariamente sus consecuencias.
Y entre aquellos que por sus aptitudes y su formación podían comprenderlas
muy bien hubo algunos que avanzaron no sin recelo por un camino
que temían los condujera, para comenzar, a la volatilización de
una cierta imagen humanista de sí mismos con la que los identificaba,
confortándolos, el ego cogito, mantra de su iniciación escolar
y contraseña frente a los jurados.
Pienso donde no soy, soy donde no pienso, había
escrito Lacan (9).
Del Discurso del método a La interpretación de los sueños,
ningún puente es pensable: hay que saltar; este salto es el
guardián y la prueba del umbral analítico. Entonces se vio nacer
intentos de dudosas amalgamas (que no se elevaban hasta la homogeneidad
vacilante de la condensación) con una fenomenología simplificada
pero providencial y que por añadidura gozaba del nihil obstat
académico.
En
su hermosa tesis sobre Hölderlin y la cuestión del Padre,(10)
Jean Laplanche nos entrega la total y patética sinceridad
de uno de esos dramas interiores, donde la tipografía canónica de
su texto dialoga con los caracteres minúsculos de sus notas al pie
de página.
"Si
el lenguaje es en primer lugar intencionalidad - escribe- , si sólo
a partir de esta intencionalidad se puede distinguir un significante
y un significado provistos de una cierta autonomía, la consideración
de un significante 'en cuanto tal' sólo representarla quizás un
momento extremo de la abstracción, al que la psicosis se aproxima
sin alcanzarlo nunca" (11).
El rechazo del realismo- estructural de la Spaltung saussureana
y freudiana hacia un imposible frente al cual la misma locura retrocede,
mientras que el menor lapsus nos confirrua su eficiencia, y nos
deja luchando con una batería de signos univocos, a lo Wittgenstein,
este rechazo, decimos, agravado por la reducción del lenguaje a
la intencionalidad, permite la pregunta decisiva, y se sabe cómo
la formula Lacan: "¿Quién habla a quién?".
Y
si Laplanche evita contestarla, ¿cómo ha podido firmar su ponencia
de Bonneval tan desembarazado de esos escrúpulos? (12)
[**]
Los
fenomenólogos se las ingeniaron para eludir la sentencia de Husserl,
"Retention eines unbewimsten Inhalts ist unmöglich",
"la retención de un contenido inconsciente es imposible"
(13).
Merleau- Ponty (14)
y A. de Waelhens (15)
se aferraron a los astutos desarrollos de Fink en
la Krisis acerca de una teoría intencional del inconsciente y de
una fungierende Intentionalität que son, a pesar de los retorcimientos
que se puedan infligir a la traducción del epíteto, una contradictio
in adjecto (para concluir, tanto uno como otro, que ignoramos
a la vez qué es el inconsciente y qué es la conciencia)" (16).
Y
Lacan replica, en circunstancias que confieren a la afirmación
una emotiva solemnidad:
"No
es el pensamiento, sino el sujeto, lo que yo subordino al significante;
y es el inconsciente, cuyo status demuestro cuando trato de hacer
concebir en él al sujeto como rechazado de la cadena significante,
el que, en ese momento, se constituye como reprimido primordial" (17).
A partir
de ahora veremos mejor por qué, a despecho de ciertas apariencias
muy superficiales, de ningún modo se puede tildar de idealista a
tal actitud; porque las formas significantes
de que se trata (y aun cuando, su esencia pueda preceder a la existencia)
son absolutamente vacías.
Estamos en una perspectiva en la que lo semántico se subordina
a lo sintáctico, y donde enfrentamos exactamente un realismo de
lo formal y un nominalismo de las significaciones. Las esencias,
complejos innatos preexistentes y afectados de una significación
fija, existen al nivel de los arquetipos jungianos, y es por eso
que fueron anatematizadas por Freud, hecho que se desconoce
con tanta frecuencia. Pero aquí no tenemos más que cáscaras vacías,
vacantes de todo significado
estable, y el significante
es lo que siempre puede ser obstruido y reemplazado por
otro significante
(lo que Saussure llamaba su carácter diacrítico). Así la metáfora
y la metonimia, soportes del desplazamiento y de la condensación,
inauguran el gran juego del simbolismo donde el hombre encuentra
su propio real y el camino de su ser.
"Ningún sentido (pas de sens), es decir, la
verdad desnuda". El lugar de donde brota la desnudez
verídica es el vacío del pozo significante. Y "ningún sentido"
por sus posibilidades de ser llenado, abre "todos los sentidos"
convocados y propuestos por el desarrollo del discurso. La misma
transferencia, eje de la cura, es tanto metáfora como desplazamiento:
una palabra por otra, un objeto por otro.
Sólo
hay idealismo cuando se llena un significante supremo, no sustituible
(y ya no es entonces un significante... ) por el significado de
algún bien soberano. Y allí está el punto de unión de lo ideal,
en tanto forma eterna, consigo mismo, en tanto término del ascenso
dialéctico hacia la forma de las formas. Dios (para simplificar)
como invariante de las esencias formales. El verissimum reuniéndose
con el entissimum. A este sol blanco del platonismo y de
sus retoños responde aquí el lugar vacante de un sol negro que no
es más que el índice imposible de un ser obstruido, de una carencia
hipostasiada, tanto más motriz cuanto que es carencia más radical.
El
lenguaje, muerte de las cosas y voz de esta muerte, ahonda
indefinidamente esta vacancia. Esas nociones de vacío, de ausencia,
de laguna y de vacuola, de negatividad y de ex nihilo, están
en el centro de este pensamiento, que las coloca en el centro del
hombre. Ya no está el hombre en el centro de sí mismo, y el lugar
de su deseo es la vacancia de "la cosa" fuera de alcance,
prohibida y no verbalizable, cercada por las metáforas y las sublimacíones
que se agotan en estancarla o en ocultarla, sin llegar a algo mejor
que los últimos señuelos (entre ellos la belleza, privada de su
función de esplendor de lo verdadero) que velan, develándola, a
la pulsión de muerte.
Esta
pulsión de muerte
con la que tropiezan tantos freudianos "moderados"
nos parece que - y esto tanto para Lacan como para Freud- no debe
ser tomada por uno, de los términos de una pareja dialéctica orientada
hacia una superación mediatizadora. Precisamente, "esto no
puede arreglarse", e igualmente la muerte entrópica sigue siendo
el amo absoluto de toda vida individual. Ya Hegel había visto,
sin embargo, que puesta en juego desde el primer enfrentamiento,
la aceptación de su riesgo llevará, en su línea de evasión, al
deseo, que trasciende toda
vida animal, determinando el lugar de cada uno en el dominio o la
servidumbre. Decir que más allá del principio del placer está la
pulsión de muerte, es reconocer que la pulsión de muerte es el nombre
que toma, sin perder su identidad, el principio del placer, cuando
al término de su impulso lineal, irreversible, realiza, en el retorno
a lo inanimado, la reducción de las tensiones últimas. Apenas nace
el deseo, está implicada la muerte. Y en el plano del lenguaje,
ella no es más que la compulsión de repetición, en su indefinido
fracaso por simbolizar el "¡Fort!" para asegurarse el
"¡Da!".
Nos
acercamos aquí a las profundas intuiciones de Sade, de Nietzsche,
de Georges Bataille, sobre la muerte en la hybris, y la surgencia
terminal con que se corona la libido en la cumbre que lo
anula. Y también la extraordinaria fantasía erótica de Tristesse
d'été de Mallarmé, donde los amantes, entristecidos por
no poder convertirse en "una sola momia", suspiran por
"la insensibilidad del aire y de las piedras". Pero aquí
la negatividad de un lenguaje controlado se convierte para ellos
en negación de la negación: para el caso, en muerte de la muerte.
Debemos
limitarnos y pasar muy rápidamente sobre tantos otros puntos esenciales
(el falo, por ejemplo, significante- cero, metonimia de la relación
del sujeto al significante, metonimia de una ausencia, metonimia
última del deseo y del ser). Pero esta finitud y este vacío, este
desierto del campo, son también el lugar de llegada de Edipo que,
ciego, ha palpado los límites del espacio trágico, del entre- dos-
muertes (abandonado su yo a las alienaciones imaginarias, cebo y
trampa de un pueblo de espejos) donde su deseo, habiendo pagado
su precio, podrá formularse sin ilusión regresiva ni timidez a partir
de la nada en que todo comienza. De allí la afirmación de una ética
del deseo que no dejaría de relacionarse con el pesimismo dionisíaco
tal como Freud lo presentía en la enigmática pintura etrusca, que
no erige al Eros invicto sino en los muros de las necrópolis y sobre
las urnas funerarias, donde "la cosa", según su ley, se
oculta y calla.
¿El hombre, entonces, no es nada? Entre
el yo, alienado y el yo excentrado con relación a su conciencia
tradicional, ¿no habrá más que la insignia del nihilismo? No,
porque su raíz, que es lenguaje, simbolización, continúa siendo
en él su esencia más profunda: el trabajo del sentido - sentido
de su historia y sentido de su deseo- que es trabajo de la verdad
y cumplimiento del ser.
NOTAS:
(1)
G. C. Granger, Pensée formelle et sciences de l'homme, Aubier,
1960, p. 32.
(2)
CL K. H. Volkmann, "Husserls Lehre von der Idealität der Bedeutung
als metaphysisches Problem", en Husserl et la pensée moderne,
Nijhoff, La Haya, 1959.
(3)
Sobre todos estos puntos se podrá consultar el muy documentado análisis
marxista de Samuel Cordon, "D'une conception idéaliste des
sciences, de l'homme" , en La Raison, Nro. 22, tercer
trimestre de 1958. Hemos recurrido ampliamente a él, tanto en la
coincidencia como en el desacuerdo.
(4)
"Dichterisch wohnt der Mensch", traducido por André Préau.
Les Cahiers du Sud, Nro. 334, 1957.
(5)
La psychanalyse, II. La letre volée, P.U.F., p. 7.
(6)
Estas comillas están dedicadas, con toda reverencia, a Canguilhem.
(7)
Ver C. G. Granger, loc. cit.
(8)
La letre volée, loc. cit.
(9)
"L' instance de le lettre dans l'inconsciene", La psychanalyse,
III, p. 70.
(10)
P.U.F., 1961.
(11)
Loc. cit.pp. 43- 44, notas.
(12)
"L' inconcient" (con Serge Leclaire),
Les Temps Modernes, VII, 1961. (Versión cast.: "El inconsciente:
un estudio psicoanalítico", en El inconsciente freudiano
y el psicoanálisis francés contemporáneo. Nueva Visión, Buenos
Aires, 1969).
[**]
Referencia a cierta fenomenología que Laplanche se ha negado a abandonar,
y que se manifestaba ya en el post- scriptum de la ponencia
de Bonneval que había firmado con Leclaire y donde se contraponía
la lingüística a la fenomenología. En la nota Laplanche cuestionaba,
al revés, el alcance de las nociones lingüísticas (que había empleado
siguiendo a Lacan) en el interior de la doctrina psicoanalítica
y en Lacan. Ver en esta misma colección, El inconsciente
freudiano y el psicoanálisis francés contemporáneo.
(13)
Vorlesungen zur Phänomenologie des inneren Zeitbewusstseing,
p. 107. (Versión castellana: Fenomenología de la conciencia
del tiempo inmanente, Nova, Buenos Aires, 1964).
(14)
Le philosophe et son ombre, Gallimard, p. 209. (Hay
traducción castellana: Incluido en Signos, Seix Barral,
Barcelona, 1963).
(15)
"Réflexions sur une problématique husserlienne de l'inconscient",
en Edmund Husserl, Nijhoff, La Haya, 1959, p. 222.
(16)
Merleau- Ponty, prefacio a A. Hesnard, L'oeuvre
de Freud, Payot, 1960.
(17)
Les Temps Modernes, número especial 184-
185, 1961, p. 251.
Texto
extraído de "Las formaciones del inconciente", J. Lacan,
ediciones Nueva Visión, págs. 51/64, Buenos Aires, Argentina, 1972.
Selección
y destacados: S.R.
Con-versiones junio 2004
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