Bajo el signo de Saturno
(Walter Benjamin)
Susan Sontag
Elegimos el siguiente ensayo de Susan Sontag escrito en 1978 para un acercamiento
a la vida y obra de Walter Benjamin (1892-1940), uno de los pensadores
más interesantes de la época de la pre-guerra.
Del libro Bajo el Signo de saturno, Edhasa 1987, Barcelona. Traducción Juan
Utrilla Trejo.
Agregamos al final del mismo la bibliografía general del autor y enlaces a textos
relacionados con el presente trabajo.
V.G.
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En
la mayor parte de sus retratos, tiene la mirada baja, la mano
derecha en el rostro. El más antiguo que conozco lo muestra en
1927 - tiene treinta y cinco años- con cabello oscuro ondulado,
sobre una frente alta y un bigote sobre el grueso labio inferior:
juvenil, casi guapo. Con la cabeza baja, sus hombros envueltos
en la chaqueta parecen empezar tras sus orejas, su pulgar se apoya
en la mandíbula; el resto de la mano, un cigarrillo entre el índice
y el dedo medio curvados, le cubre la barbilla- , la mirada baja
tras de sus gafas - la suave y soñadora mirada del miope parece
salir flotando hacia el extremo izquierdo inferior de la fotografía.
En
una foto de finales de los años treinta, el cabello ondulado
casi no ha retrocedido, pero no queda ni rastro de juventud ni
de guapeza; el rostro se ha ensanchado y la parte superior del
torso no sólo parece alta, sino maciza, enorme. El bigote más
grueso y la mano regordeta, doblada, con el pulgar hacia abajo,
le cubren la boca. La mirada es opaca, o sólo más absorta: podría
estar pensando, o escuchando. (“El que se esfuerza por escuchar
no ve” escribió Benjamin en su ensayo sobre Kafka.) Hay unos libros
tras su cabeza.
En
una fotografía tomada durante el verano de 1938, en la última
de las varias visitas que hizo a Brecht exiliado en Dinamarca
después de 1933, aparece de pie frente a la casa de Brecht, a
los cuarenta y seis años es un hombre viejo con camisa blanca,
corbata, pantalones con cadena de reloj: una figura suelta y corpulenta
que mira en forma truculenta a la cámara.
Otra
foto, de 1937, muestra a Benjamin en la Biblioteca Nacional de
París. Dos hombres, cuyas caras no pueden verse, comparten una
mesa a cierta distancia, detrás de él. Benjamin está sentado en
primer plano, a la derecha, probablemente tomando notas para el
libro sobre Baudelaire y el París del siglo XIX que llevaba escribiendo
ya todo un decenio. Consulta un volumen que mantiene abierto sobre
la mesa con la mano izquierda - no se ven sus ojos- , mirando,
al parecer, al margen inferior derecho de la fotografía.
Su
íntimo amigo Gershom Scholem ha descrito su primer atisbo de Benjamin
en Berlín en 1913, en una reunión conjunta de un grupo de la juventud
sionista y unos miembros judíos de la Asociación de Estudiantes
Libres Alemanes, cuyo líder era Benjamin, por entonces de veintiún
años. Habló “improvisando, sin dirigir siquiera una mirada a su
público, contemplando con los ojos fijos un rincón remoto del
techo, al que parecía arengar con gran intensidad, en un estilo
que, dicho sea de paso, hasta donde puedo recordar, estaba listo
para publicar”.
Benjamín
era lo que los franceses llaman un triste. En su juventud parecía
marcado por “una profunda tristeza”, escribió Scholem. Se consideraba
a sí mismo un melancólico, desdeñando las modernas etiquetas psicológicas
e invocando la tradicional etiqueta astrológica: “Yo vine al mundo
bajo el signo de Saturno: el astro de revolución más lenta, el
planeta de las desviaciones y demoras...”. Sus proyectos mayores,
el libro publicado en 1928 sobre el teatro barroco alemán (El
Trauerspiel- , literalmente, obra de dolor), y su nunca terminada
París, capital del siglo XIX, no pueden ser comprendidos
por completo a menos que captemos cuánto dependen de una teoría
de la melancolía.
Benjamin
se proyectaba a sí mismo, su temperamento, en todos sus grandes
temas, y su temperamento determinaba lo que elegía para escribir.
Era este temperamento lo que veía en los temas, como las obras
barrocas del siglo XVII (que dramatizan distintas facetas de la
“acedía saturnina”) y en los escritores sobre cuya obra escribió
él más brillantemente: Baudelaire, Proust, Kafka., Karl Kraus.
Hasta en Goethe encontró el elemento saturnino. Pues, pese a la
polémica en su gran ensayo (aún no traducido al inglés) sobre
Las afinidades electivas de Goethe, en contra de interpretar
la obra de un escritor por su vida, sí hizo un uso selectivo de
la vida en sus más profundas meditaciones sobre textos: información
que revelaba al melancólico, al solitario. (Así, describe la “soledad
de Proust, que hace que el mundo se encoja dentro de su vórtice”
explica cómo Kafka, al igual que Klee, era “esencialmente solitario”;
cita el horror de Robert Walser al triunfo en la vida”) No es
posible valerse de la vida para interpretar la obra. Pero si puede
emplear la obra para interpretar la vida.
Dos
breves libros de reminiscencias sobre su infancia en Berlín y
sus años de estudiante, escritos a comienzos de los años treinta
y no publicados durante su vida, contienen el más explícito autorretrato
de Benjamin. Al naciente melancólico, en la escuela y en los
paseos con su madre, “la soledad [le] parecía el único estado
apropiado para el hombre”. Benjamin no quiere decir la soledad
en una habitación - a menudo estuvo enfermo cuando niño- , sino
la soledad en la gran metrópoli, el ajetreo del paseante ocioso,
libre de soñar, observar, meditar, vagar. El espíritu que habría
de vincular, gran parte de la sensibilidad del siglo XIX a la
figura del flâneur, personificado por ese soberbiamente consciente
melancólico, Baudelaire, fue tomando mucha de su propia sensibilidad
de su relación fantasmagórica, profunda, sutil con las ciudades.
La
calle, el pasaje, la arcada, el laberinto son temas iterativos
en sus ensayos literarios y, especialmente, en el proyectado libro
sobre el París decimonónico, así como en sus piezas de viaje y
sus reminiscencias. (Robert Walser para quien andar fue el centro
de su recluida vida y sus maravillosos libros, es un escritor
a quien habríamos deseado particularmente que Benjamin hubiese
dedicado un ensayo más largo.) El único libro de una naturaleza
discretamente autobiográfica publicado durante su vida se intituló
Calle de un solo sentido. Las reminiscencias del yo son
reminiscencias de un lugar y de cómo se coloca en él, de cómo
navega en torno de él.
“No
orientarse en una ciudad es de poco interés -comienza su Una
infancia en Berlín durante el cambio de siglo, aún no traducida-.
Pero perderse en una ciudad, como puede perderse uno en un bosque,
requiere práctica... aprendí este arte ya avanzada mi vida: realicé
los sueños cuyas primeras huellas fueron los laberintos en los
secantes de mis libros de ejercicios.” Este pasaje también aparece
en Una crónica de Berlín, después de que Benjamin da a
entender que se necesita mucha práctica para perderse, dado un
sentido original de “impotencia ante la ciudad”. Su meta es llegar
a ser un competente lector de mapas de calles que sepa cómo perderse.
Y reubicarse, con mapas imaginarios. En otra parte de la Crónica
de Berlín, Benjamin relata que durante años coqueteó con la idea
de hacer un mapa de su vida. Para este mapa, que imaginaba gris,
había inventado un pintoresco sistema de señales que “claramente
marcaban las casas de mis amigos y mis amigas, los salones de
reunión de viejas cooperativas, desde las cámaras de debates del
Movimiento Juvenil hasta los lugares de reunión de la juventud
comunista, las habitaciones de hotel y de prostíbulos que conocí
durante una noche, los decisivos bancos del Tiergarten, los caminos
de las diferentes escuelas y las tumbas que vi llenar, los lugares
de prestigiosos cafés cuyos nombres, olvidados desde hacía mucho,
diariamente pasaban por nuestros labios”. Una vez, nos dice, aguardando
a alguien en el Café des Deux Magots, en París, logró dibujar
un diagrama de su vida: era como un laberinto, en que cada relación
importante figura como “una entrada al laberinto”.
Las
repetidas metáforas de mapas y diagramas, memorias y sueños, laberintos
y arcadas, vistas y panoramas, evocan cierta visión de las ciudades,
así como cierto modo de vida. París, escribe Benjamin, “me enseñó
el arte de extraviarme”. La revelación de la verdadera naturaleza
de la ciudad no surgió en Berlín sino en París - donde permaneció
frecuentemente durante los años de Weimar y donde vivió como refugiado
desde 1933 hasta su suicidio, cuando intentó escapar de Francia
en 1940; más exactamente, el París reimaginado en los relatos
surrealistas (Nadja, de Breton, Le Paysan de París, de Aragon).
Con estas metáforas, está indicando un problema general acerca
de la orientación, y estableciendo una norma de dificultad y complejidad
(un laberinto es un lugar donde uno se pierde). También está sugiriendo
una noción acerca de lo prohibido y de cómo tener acceso a ello:
mediante un acto del espíritu que es lo mismo que un acto físico.
“Redes enteras de calles fueron abiertas bajo los auspicios de
la prostitución”, escribe en Crónica de Berlín, que comienza
invocando a una Ariadna, la prostituta que condujo a este hijo
de padres ricos por primera vez a través “del umbral de la clase
social”. La metáfora del laberinto también sugiere la idea de
Benjamin de obstáculos levantados por su propio temperamento.
La
influencia de Saturno vuelve a la gente “apática, indecisa, lenta”,
escribe en El origen del Trauerspiel alemán (1928). La
lentitud es una característica del temperamento melancólico. El
desatino es otra, por observar demasiadas posibilidades, por no
notar la propia falta de sentido práctico. Y la terquedad, por
el anhelo de ser superior, en los propios términos de uno. Benjamin
recuerda su terquedad en los paseos de su infancia con su madre,
que convertía pautas insignificantes de conducta en pruebas de
su aptitud para la vida práctica, reforzando así lo que era inepto
(“mi incapacidad, aún hoy, de prepararme una taza de café”) y
soñadoramente recalcitrante en su naturaleza. “Mi hábito de parecer
más lento, más torpe, más estúpido de lo que soy, tuvo su origen
en tales paseos y tiene el gran peligro concomitante de hacerme
creer que soy más rápido, más diestro y más astuto de lo que en
realidad soy.” Y de esta terquedad proviene, “antes que cualquier
cosa, una mirada que parece no ver siquiera la tercera parte de
lo que abarca”.
Calle
de un solo sentido
destila las experiencias del escritor y del amante (está dedicada
a Asja Lacis, quien “la abrió a través del escritor”) (1)
experiencias que pueden adivinarse en las primeras palabras sobre
la situación del escritor, que tocan el tema del moralismo revolucionario,
y el final, «Al planetario», un himno al cortejo de la tecnología
hacia la naturaleza al éxtasis sexual. Benjamin podía escribir
acerca de sí mismo más directamente cuando partía de memorias,
no de experiencias contemporáneas: cuando escribe acerca de sí
mismo como niño. A esa distancia, la niñez, puede inspeccionar
su vida como un espacio que se puede trazar en mapas. La franqueza
y el brote de sentimientos dolorosos en Una infancia en Berlín
y Crónica de Berlín se vuelven posibles precisamente porque Benjamin
ha adoptado un modo completamente digerido y analítico de relatar
el pasado. Evoca acontecimientos a través de las reacciones a
los acontecimientos, lugares a través de las emociones que ha
depositado en los lugares, otras personas por el encuentro consigo
mismo, sentimientos y comportamientos como indicaciones de futuras
pasiones y fracasos contenidos en ellos. Fantasías de monstruos
sueltos en el gran apartamento, mientras sus padres atienden
a sus amigos, prefiguran, su repulsión contra su clase; el sueño
de que se le permita dormir todo lo que quiera, en lugar de tener
que levantarse temprano para ir a la escuela, se realizará cuando
- después de que su libro sobre el Trauerspiel no le valiera una
cátedra universitaria- se da cuenta de que “sus esperanzas de
una posición y un modo de vida seguro siempre han sido en vano”,
su modo de caminar con su madre, “con pedantesco cuidado” por
mantener un paso detrás de ella, prefigura su “sabotaje de la
verdadera existencia social”.
Benjamin
considera todo lo que decide recordar en su pasado como profético
del futuro, porque la labor de la memoria (la lectura de uno
mismo al revés, la llamó) anula el tiempo. No hay un ordenamiento
cronológico de sus reminiscencias, a las que niega el nombre
de autobiografía, porque el tiempo no tiene relevancia. (“La autobiografía
tiene que ver con el tiempo, con la secuencia y con lo que forma
el flujo continuo de la vida - escribe en Crónica de Berlin-
. Aquí, estoy hablando de un espacio, de momentos y discontinuidades”)
Benjamin, traductor de Proust, escribió fragmentos de un opus
que podría llamarse A la recher che des espaces perdus.
La memoria, el poner el pasado en un escenario, convierte el flujo
de los acontecimientos en tableaux. Benjamin no está tratando
de recobrar su pasado, sino de comprenderlo: condensarlo en sus
formas espaciales, en sus estructuras premonitorias.
Para
los dramaturgos barrocos, escribe en El origen del Trauerspiel
alemán, ”el movimiento cronológico es captado y analizado
en una imagen espacial”. El libro sobre el Trauerspiel
no sólo es la primera explicación de Benjamin de lo que significa
convertir el tiempo en espacio: es donde explica más claramente
el sentimiento subyacente en este paso. Sumido en la melancólica
conciencia de “la crónica desconsolada de la historia universal”,
proceso de incesante descomposición, el dramaturgo barroco trata
de escapar de la historia y de restaurar la “intemporalidad” del
paraíso. La sensibilidad barroca del siglo XVII tiene una concepción
“panorámica” de la historia: “la historia se funde con el escenario”.
En Una infancia en Berlín y en Crónica de Berlín,
Benjamin funde su vida con el ambiente. La sucesora del escenario
barroco es la ciudad surrealista: el paisaje metafísico en cuyos
espacios, semejantes a sueños, la gente lleva “una existencia
breve, de sombras” como el poeta de diecinueve años cuyo suicidio,
el gran pesar de los años de estudiante de Benjamin, está condensado
en el recuerdo de habitaciones donde vivió el amigo muerto.
Los
temas iterativos de Benjamin son, característicamente, medios
de espacializar el mundo: por ejemplo, su noción de las ideas
y las experiencias como ruinas. Comprender algo es comprender
su topografía, saber cómo trazar su mapa. Y saber cómo perderse.
Para el personaje nacido bajo el signo de Saturno, el tiempo
es el medio de la coacción, de la inadecuación, de la repetición,
del mero cumplimiento. En el tiempo, se es sólo lo que se es:
lo que siempre se ha sido. En el espacio se puede ser otra persona.
El escaso sentido de la dirección de Benjamin y su incapacidad
de leer un mapa de calles se convierten en su amor a los viajes
y en su dominio del arte de extraviarse. El tiempo no nos da mucho
plazo: nos lanza desde atrás, sopla sobre nosotros y nos empuja
por el estrecho embudo del presente hacia el futuro. Pero el espacio
es ancho, lleno de posibilidades, posiciones intersecciones,
pa sajes, rodeos, vueltas en «U», callejones sin salida y
calles de un solo sentido. De hecho, demasiadas posibilidades.
Como el temperamento saturnino es lento, proclive a la indecisión,
a veces hay que abrirse paso con un cuchillo. A veces, terminamos
volviendo el cuchillo contra nosotros.
La
marca del temperamento saturnino es la relación autoconsciente
e implacable con el yo, que nunca puede darse por sentado. El
ego es un texto: hay que descifrarlo (Por ello, es un temperamento
idóneo para los intelectuales.) El ego es un proyecto, algo que
construir. (Por tanto, es un temperamento idóneo para artistas
y mártires, los que cortejan “la pureza y la hermosura de un fracaso”,
como dice Benjamin de Kafka.) Y el proceso de construir un ego
y sus obras siempre es demasiado lento. Siempre está uno atrasado
consigo mismo.
Las
cosas aparecen a cierta distancia, se acercan lentamente. En Una
infancia en Berlín, Benjamin habla de su “propensión a ver
todo lo que me importa acercárseme desde lejos”, de la misma manera
que, frecuentemente enfermo cuando niño, imaginaba que las horas
se aproximaban a su lecho. “Éste quizá sea el origen de lo que
otros llaman paciencia en mí, pero que en realidad no se parece
a ninguna virtud.” (Desde luego, otros sí lo experimentaban como
paciencia, como virtud. Scholem lo ha descrito como “el ser humano
más paciente que yo haya conocido”.)
Pero
se necesita algo que se parece a la paciencia para las labores
de desciframiento del melancólico. Proust, como nota Benjamin,
se entusiasmaba por el “lenguaje secreto de los salones”; Benjamin
fue atraído por códigos más compactos. Coleccionaba libros de
emblemas, le gustaba formar anagramas, jugaba con seudónimos.
Su afición a los seudónimos es muy anterior a sus necesidades
como refugiado judío alemán, que de 1933 a 1936 siguió publicando
reseñas en las revistas alemanas con el nombre de Detlev HoIz,
nombre que empleo para firmar el último libro suyo que apareció
durante su vida, Deutsche Menschen, publicado en Suiza
en 1936. En el asombroso texto escrito en Ibiza en 1933, “Agesilaus
Santander”, Benjamin habla de su fantasía de tener un nombre
secreto; el nombre de este texto –que gira en torno de la figura
del dibujo de Klee que él poseía, “Angelus Novus”- es, como lo
ha indicado Scholem, un anagrama de Der Angelus Santanas. Era
un grafólogo inquietante, informa Scholem, aunque “después tendió
a ocultar este don”
El
disimulo y el secreto parecen ser una necesidad para el melancólico.
Este tiene unas relaciones complejas, a menudo veladas, con los
demás. Los sentimientos de superioridad, de incapacidad, de frustrados
sentimientos, de no ser capaz de obtener lo que se quiere, o siquiera
de darle nombre apropiado (o consistente) ante uno mismo, pueden
ser, se siente que deben ser, ocultados por la amabilidad o por
la más escrupulosa manipulación. Utilizando una palabra que también
fue aplicada a Kafka por quienes le conocieron, Scholem habla
de “la cortesía casi china” que caracterizaba las relaciones de
Benjamin con la gente. Pero no nos sorprende enterarnos del hombre
que pudo justificar “las invectivas de Proust contra la amistad”,
que Benjamin también podía abandonar brutalmente a sus amigos,
así como abandonó a sus camaradas del movimiento Juvenil cuando
ya no le interesaban. Tampoco nos sorprendemos al saber que
este hombre puntilloso, intransigente, ferozmente serio, también
podía adular a personas a quienes no consideraba sus iguales,
que podía “morder el anzuelo” (sus propias palabras) y dejar que
Brecht se mostrara condescendiente con él en sus visitas a Dinamarca.
Este príncipe de la vida intelectual también podía ser un cortesano.
Benjamin
analizó ambos papeles en El origen del Trauerspiel alemán
mediante la teoría de la melancolía. Una característica del temperamento
saturnino es la lentitud: “El tirano cae por culpa de la morosidad
de sus emociones”.
“Otro
rasgo del predominio saturnino –dice Benjamin- es la infidelidad.”
Esto queda representado por el personaje del cortesano en el drama
barroco, cuyo espíritu es “la fluctuación misma”. La manipulatividad
del cortesano es en parte una “falta de carácter”; en parte “refleja
una rendición inconsolable y desalentada a una conjunción impenetrable
de constelaciones nocivas (que) parecen haber tomado un cariz
masivo, casi como una cosa”. Tan sólo alguien que se identificara
con este sentido de catástrofe histórica, este grado de desaliento
habría explicado por qué el cortesano no debe despreciarse. Su
infidelidad a sus congéneres, explica Benjamin, corresponde a
la “fidelidad más profunda, más contemplativa”, que mantiene hacia
los emblemas materiales.
Lo
que Benjamin describe podría entenderse como simple patología:
la tendencia del temperamento melancólico a proyectar hacia fuera
su torpor interior, como la inmutabilidad del infortunio, experimentado
como “masivo, casi como una cosa”. Pero su argumento es más audaz:
percibe que las profundas transacciones entre el melancólico y
el mundo siempre ocurren con objetos (en lugar de personas). Y
que son transacciones genuinas, que revelan significados.
Precisamente
porque están obsesionados por la muerte, son los melancólicos
los que mejor saben cómo leer el mundo. 0, mejor dicho, el mundo
se abre al escrutinio del melancólico como ante nadie más. Cuanto
más inertes las cosas, más potente e ingenioso puede ser el espíritu
que las contempla.
Si este temperamento melancólico
es infiel a la gente, tiene buenas razones para ser fiel a las
cosas. La fidelidad reside en la acumulación de cosas, que aparecen,
en su mayor part e, en forma de fragmentos o ruinas. (“Es la
práctica común en la literatura barroca apilar fragmentos incesantemente”,
escribe Benjamin.) Tanto el barroco como el surrealismo, sensibilidades
con las que Benjamín sintió una fuerte afinidad, ven la realidad
como cosas. Benjamin describe al barroco como un mundo de cosas
(emblemas, ruinas) e ideas espacializadas (“Las alegorías son,
en el ámbito del pensamiento, lo que las ruinas son en el ámbito
de las cosas”). El genio del surrealismo estuvo en generalizar
con franqueza y ardor el culto barroco a las ruinas, en percibir
que las energías nihilistas de la época moderna hacen de todo
una ruina o un fragmento y, por tanto, algo coleccionable. Un
mundo cuyo pasado se ha vuelto caduco (por definición), y cuyo
presente produce antigüedades instantáneas, invita a los custodios,
a los descifradores, a los coleccionistas.
Siendo
él mismo una especie de coleccionista, Benjamin permaneció
fiel a las cosas, en tanto que cosas. Según Scholem, formar su
biblioteca, que incluía muchas primeras ediciones y libros raros,
fue “su pasión personal más duradera”.
Inerte frente al desastre
similar a una cosa, el temperamento melancólico es galvanizado
por las pasiones que provocan objetos privilegiados. Los libros
de Benjamín no sólo eran para su uso, instrumentos profesionales;
eran objetos de contemplación, estímulos para el ensueño. Su biblioteca
evoca “memorias de las ciudades en que encontré tantas cosas:
Riga, Nápoles, Munich, Danzig, Moscú, Florencia, Basilea, París...
memorias de las habitaciones donde habían estado alojados estos
libros ...”. La caza de libros, como la cacería sexual, aumenta
la geografía del placer, otra razón más para vagabundear por el
mundo. En la colección, Benjamín experimentaba lo que en él era
astuto, triunfante, inteligente, abiertamente apasionado. “Los
coleccionistas son gente con un instinto táctico”: como los cortesanos.
Aparte de primeras ediciones
y libros de emblemas barrocos, Benjamín se especializó en libros
para niños y en libros escritos por locos. “Las grandes obras
que tanto significaban para él - informa Scholem- estaban colocadas
en una disposición extraña junto a los escritos más insólitos
y las excentricidades mayores”. La rara disposición de la biblioteca
se asemeja a la estrategia de la obra de Benjamin, en lo que un
ojo inspirado por el surrealismo y capaz de ver tesoros de significado
en lo efímero, lo desacreditado y lo olvidado, a un tiempo trabajaba
en lealtad al canon tradicional del gusto cultivado.
Le
gustaba encontrar cosas donde nadie estaba buscando. Sacó del
oscuro y desdeñado drama barroco alemán elementos de la sensibilidad
moderna (es decir, la suya propia): el gusto por la alegoría,
efectos de choque surrealistas, el discurso discontinuo, el sentido
de la catástrofe histórica.
“Estas
piedras fueron el pan de mi imaginación”, escribió acerca de Marsella,
la más recalcitrante de las ciudades a esa imaginación, aun cuando
fuera ayudada por una dosis de hachís. Muchas referencias esperadas
están ausentes en la obra de Benjamin: no le gustaba leer lo que
todo el mundo estaba leyendo. Prefería la doctrina de los cuatro
temperamentos como teoría psicológica, por encima de Freud. Prefería
ser comunista, o tratar de serlo, sin leer a Marx. Este hombre
que leía virtualmente todo y que había pasado quince años simpatizando
con el comunismo revolucionario, apenas había echado una hojeada
a Marx hasta finales de los años treinta. (Estaba leyendo El Dieciocho
Brumario en su visita a Brecht en Dinamarca en el verano de 1938.)
Su
sentido de la estrategia era uno de sus puntos de identificación
con Kafka, similar táctico potencial, que “tomó precauciones contra
la interpretación de sus escritos”. Todo el asunto de los relatos
de Kafka, arguye Benjamin, es que no tienen un significado definitivo,
simbólico. Y quedó fascinado por el muy diferente sentido no judío
de la astucia practicado por Brecht , el anti-Kafka en su imaginación.
(Como
era de esperar, a Brecht le desagradó intensamente el gran ensayo
de Benjamin sobre Kafka.) Brecht, con el pequeño asno de madera
cerca de su escritorio, de cuyo cuello colgaba el letrero “También
yo debo entenderlo”, representó para Benjamin, admirador de textos
religiosos esotéricos, el ardid posiblemente más poderoso para
reducir la complejidad, para hacerlo todo claro. La relación “masoquista”
(la palabra es de Siegfried Kracauer) de Benjamin con Brecht,
que la mayoría de sus amigos deploraban, muestra hasta qué punto
quedó fascinado por esta posibilidad.
La propensión de Benjamin
consiste en ir contra la interpretación habitual. “Todos los
golpes decisivos son asestados con la izquierda”, como dice en
Calle de un solo sentido. Precisamente porque vio que
“todo el conocimiento humano toma la forma de interpretación”,
comprendió la importancia de ir contra la interpretación donde
sea obvia. Su estrategia más común es quitarles su simbolismo
a algunas cosas, como los relatos de Kafka o Las afinidades
electivas de Goethe (textos en que todo el mundo conviene
que allí está), y echarlo en otras, donde nadie sospecha su existencia
(como las obras barrocas alemanas, que Benjamin leía como alegorías
del pesimismo histórico). “Cada libro es una táctica”, escribió.
En una carta a un amigo suyo, afirmó sólo parcialmente en broma,
que sus escritos tenían 49 niveles de significado. Para los modernos,
así como para los cabalistas, nada es directo. Todo es por lo
menos difícil. “La ambigüedad desplaza a la autenticidad en todas
las cosas” escribió en Calle de un solo sentido. Lo más
ajeno a Benjamin es todo aquello que se parezca a la ingenuidad:
«El ojo no velado, inocente, se ha vuelto mentira».
Gran parte de la originalidad de los argumentos de Benjamin
se debe a su mirada microscópica (como la llamó su amigo y discípulo
Theodor Adorno), combinada con su infatigable dominio de las perspectivas
teóricas. “Eran las cosas pequeñas las que más lo atraían”, escribe
Scholem. Le gustaban los juguetes viejos, las estampillas de correos,
las tarjetas postales y otras lúdicas miniaturizaciones de la
realidad, como el mundo invernal dentro de un globo de cristal,
en el que cae nieve cuando se lo sacude. Su propia escritura
era casi microscópica, y su ambición nunca realizada, dice Scholem,
era escribir cien renglones en una hoja de papel. (Esta ambición
fue realizada por Robert Walser quien solía transcribir los manuscritos
de sus relatos y novelas como microgramas, en una escritura verdaderamente
microscópica)
Scholem
relata que cuando visitó a Benjamin en París en agosto de 1927
(la primera vez que los dos amigos se encontraban después que
Scholem emigrara a Palestina en 1923), Benjamin lo llevó a una
exposición de objetos rituales judíos en el Musée Cluny para mostrarle
“dos granos de trigo en que un alma afín había inscrito toda la
Shema Israel (2).
Miniaturizar
es hacer portátil: la forma ideal de poseer cosas para un caminante
o un refugiado. Benjamin, desde luego, era al mismo tiempo un
caminante en camino y un coleccionista, abrumado por las cosas;
es decir, por pasiones. Miniaturizar es ocultar. Benjamin era
atraído por lo extremadamente pequeño, como por todo lo que
había que descifrar: emblemas, anagramas, escritos. Miniaturizar
significa hacer inútil. Pues lo que queda grotescamente reducido
es, en cierto sentido, liberado de su significado: la parvedad
es lo notable en él. Es al mismo tiempo un todo (es decir, completo)
y un fragmento (tan diminuto, la escala errada). Se vuelve objeto
de contemplación desinteresada o de ensueño. El amor a lo pequeño
es una emoción de niño, colonizada por el surrealismo. El París
de los surrealistas es “un mundo pequeño”, observa Benjamin, también
lo es la fotografía, que el gusto surrealista descubrió como un
objeto enigmático, hasta perverso y no simplemente inteligible
o bello, y acerca de la cual escribió Benjamin con tanta originalidad.
El melancólico siempre se siente amenazado por el dominio de la
cosa, pero el gusto surrealista se burla de estos terrores. El
gran presente del surrealismo a la sensibilidad consistió en volver
alegre la melancolía.
“El
único placer que el melancólico se permite, y es poderoso, es
la alegoría”, escribió Benjamin en El origen del Trauerspiel
alemán. En realidad, afirmó, la alegoría es la manera de leer
el mundo típica de los melancólicos, y citó a Baudelaire: “Para
mí, todo se convierte en alegoría”. El proceso que extrae un significado
de lo petrificado y lo insignificante, la alegoría, es el método
del drama barroco alemán y de Baudelaire, los temas principales
de Benjamin; y, transmutado en argumento filosófico y en análisis
micrológico de las cosas, es el método que el propio Benjamin
practicó.
El
melancólico ve al mundo propio convertido en cosa: refugio, solaz,
encantamiento. Poco antes de su muerte, Benjamin estaba planeando
un ensayo acerca de la miniaturización como recurso de la fantasía.
Parece haber sido la continuación de un viejo plan de escribir
sobre “La nueva Melusina” de Goethe (en Wilhelm Meister), que
trata de un hombre que se enamora de una mujer que en realidad
es una persona diminuta, a la que temporalmente se ha concedido
el tamaño normal; sin saberlo, él lleva consigo una caja que contiene
el reino en miniatura del cual ella es princesa. En el cuento
de Goethe, el mundo está reducido a una cosa coleccionable , a
un objeto, en el sentido más literal.
Como
la caja del cuento de Goethe, un libro no sólo es un fragmento
del mundo sino, en sí mismo, un pequeño mundo. El libro es una
miniaturización del mundo, que habita el lector. En Crónica
de Berlín, Benjamin evoca los arrobamientos de su infancia:
“No se leían los libros de punta a cabo, se quedaba uno habitando
entre sus líneas”. A la lectura, el delirio del niño, se vino
a añadir, a la postre, el escribir, la obsesión del adulto. La
manera más loable de adquirir libros es escribirlos, observa Benjamin
en un ensayo intitulado Desempacando mi biblioteca. Y la
mejor manera de entenderlos también consiste en meterse en su
espacio: nunca se entiende realmente un libro a menos que se
lo copie, dice en Calle de un solo sentido, así como nunca
entendemos un paisaje visto desde un avión, sino tan sólo caminando
por él.
“La cantidad de significado
está en proporción exacta a la presencia de la muerte y al poder
de la descomposición “escribe Benjamin en el libro sobre el Trauerspiel.
Esto es lo que hace posible encontrar significado en la propia
vida, en “los acontecimientos muertos del pasado que son eufemísticamente
conocidos como experiencia”. Sólo porque el pasado está muerto
podemos leerlo. Sólo porque la historia es fetichizada en objetos
físicos podemos entenderla. Sólo porque el libro es un mundo podemos
entrar en él. El libro fue para él otro espacio en el cual pasear.
Para el personaje nacido bajo el signo de Saturno, el verdadero
impulso cuando lo están mirando es bajar los ojos, y contemplar
un rincón. Mejor aun: se puede inclinar la cabeza sobre el libro
de notas. 0 colocar la cabeza tras la pared de un libro.
Es característico del temperamento saturnino culpar de
su profunda corriente de interiorización a la voluntad. Convencido
de que la voluntad es débil, el melancólico puede hacer extravagantes
esfuerzos para desarrollarla. Si estos esfuerzos triunfan, la
resultante hipertrofia de la voluntad habitualmente toma la forma
de una compulsiva dedicación al trabajo. Así Baudelaire, quien
sufrió constantemente de “acedía, la enfermedad de los monjes”,
terminaba muchas cartas y sus diarios íntimos con los más apasionados
votos de trabajar más, de trabajar ininterrumpidamente, de no
hacer otra cosa que trabajar. (La desesperación por “cada derrota
de la voluntad” - otra frase de Baudelaire es una queja característica
de los modernos artistas e intelectuales, particularmente de los
que son una y otra cosa.) Estamos condenados a trabajar; de otra
manera, podríamos no hacer absolutamente nada. Hasta el ensueño
del temperamento melancólico queda sujeto a trabajar; y el melancólico
acaso trate de cultivar estados fantasmagóricos, como los sueños,
o buscar el acceso a estados concentrados de atención, que ofrecen
las drogas. El surrealismo simplemente puso un acento positivo
en aquello que Baudelaire experimentó tan negativamente: no deplora
el debilitamiento de la voluntad, sino que lo eleva a un ideal,
proponiendo que se recurra a los estados de sueño para que proporcionen
todo el material necesario para el trabajo.
Benjamin,
siempre trabajando, siempre intentando trabajar más, especuló
bastante sobre la existencia cotidiana del escritor. Calle
de un solo sentido tiene varios apartados que ofrecen recetas
para trabajar: las mejores condiciones, horas, utensilios. Parte
del ímpetu de la gran correspondencia que sostuvo consistió en
hacer la crónica, el informe, confirmar la existencia del trabajo.
Su instinto de coleccionista le fue útil. Aprender era una forma
de coleccionar, como en las citas y fragmentos de las lecturas
diarias que Benjamín acumulaba en los libros de notas que llevaba
por doquier y de los cuales leía en voz alta a sus amigos. Pensar
también era una forma de coleccionar, al menos en sus estadios
prelimimares. Concienzudamente anotaba ideas extraviadas; desarrollaba
miniensayos en cartas a sus amigos; reescribía planes para obras
futuras; anotaba sus sueños (varios son narrados en Calle de
un solo sentido); guardaba listas numeradas de todos los libros
que leía. (Scholem recuerda haber visto, en su segunda y última
visita a Benjamín en París, en 1938, un cuaderno de notas de sus
lecturas de entonces, en que El Dieciocho Brumario, de Marx, aparece
anotado como nro 1649.)
¿Cómo
llega a ser el melancólico un héroe de la voluntad? Mediante el
hecho de que el trabajo puede convertirse en una droga, una compulsión.
(“Pensar, que es un narcótico eminente”, escribió en el ensayo
sobre el surrealismo.) De hecho, los melancólicos hacen los mejores
adictos, pues la verdadera experiencia adictiva siempre es solitaria.
Las sesiones de hachís de finales de los años veinte, supervisadas
por un médico amigo suyo, fueron ejercicios prudentes, no actos
de rendición; material para el escritor, no escape de las exacciones
de la voluntad. (Benjamín consideraba el libro que deseaba escribir
sobre el hachís uno de sus proyectos más importantes.)
La
necesidad de estar solo - junto con la amargura por la propia
soledad- es característica del melancólico. Para llevar a cabo
el trabajo, hay que estar solo o, al menos, no comprometido en
ninguna relación permanente. Los sentimientos negativos de Benjamin
hacia el matrimonio aparecen claramente en el ensayo sobre Las
afinidades electivas de Goethe. Sus héroes - Kierkegaard,
Baudelaire, Proust, Kafka, Kraus- nunca se casaron; y Scholem
nos Informa que Benjamín llegó a considerar su propio matrimonio
(se casó en 1917, se separó de su mujer después de 1921, y se
divorció en 1930) “como fatal para él”. El mundo de la naturaleza,
y de las relaciones naturales, es percibido por el temperamento
melancólico como bastante menos que seductor. El autorretrato
de Una infancia en Berlín y Crónica de Berlín es
el de un hijo totalmente apartado; como marido y padre (tuvo un
hijo nacido en 1918, que emigró a Inglaterra con su ex esposa
de Benjamin a mediado de los años treinta) al parecer no supo,
simplemente, qué hacer con estas relaciones. Para el melancólico,
lo natural, en forma de nexos familiares, introduce lo falsamente
subjetivo, lo sentimental- es una sangría a la voluntad, a la
independencia, a la libertad de concentrarse en el trabajo. También
presenta un desafío a la propia humanidad, desafío que el melancólico
sabe, de antemano, que es superior a sus fuerzas.
El
estilo de trabajo del melancólico es la inmersión, la concentración
total. 0 bien está inmerso, o su atención se dispersa. Como escritor,
Benjamin era capaz de una concentración extraordinaria. También
fue capaz de investigar y de escribir El origen del Trauerspiel
alemán en dos años; parte del cual, se jacta en Crónica
de Berlín, fue escrita durante largas noches en un café, sentado
junto a una orquesta de Jazz. Pero aunque Benjamin escribió prolíficamente
- en algunos períodos, entregando trabajos cada semana para las
revistas y periódicos literarios de Alemania- resultó imposible
para él volver a escribir un libro de tamaño normal. En una carta
de 1935, Benjamin habla del “ritmo saturnino” de elaboración de
Paris, capital del siglo XIX, que había empezado en 1927,
y pensaba que podría terminar en dos años. Su forma característica
siguió siendo el ensayo. La intensidad y exhaustividad de la
atención del melancólico fijaban límites naturales a la extensión
con que Benjamin podía desarrollar sus ideas. Sus mayores ensayos
parecen terminar precisamente a tiempo, antes de que se autodestruyan.
Sus frases no parecen generadas en la forma habitual; no comunican
una con otra. Cada frase está escrita como si fuera la primera
o la última. (“Un escritor debe detenerse y comenzar con cada
nueva frase”, dice en el prólogo a El origen del Trauerspiel
alemán.) Procesos mentales e históricos son presentados como
cuadros conceptuales; las ideas son transcritas in extremis,
y las perspectivas intelectuales son vertiginosas. Su estilo de
pensar y de escribir, erróneamente llamado aforístico, mejor podría
llamarse barroco, de marco fijo. Era una tortura componer en este
estilo. Era como si cada frase tuviera que decirlo todo, antes
de que la mirada interior de total concentración disolviera el
tema ante sus ojos. Benjamin probablemente no estaba exagerando
cuando dijo a Adorno que cada idea de su libro sobre Baudelaire
y el París del siglo XIX “tuvo que ser arrancada de un reino
en el que yace la locura”. (3)
Algo
parecido al temor de ser interrumpido prematuramente apunta tras
estas frases, tan saturadas de ideas como llena está de movimiento
la superficie de una pintura barroca. En una carta a Adorno, en
1935, Benjamin describe sus transportes cuando leyó por primera
vez Le Paysan de Paris, de Aragon, el libro que inspiró Paris
capital del siglo XIX: “Nunca leía más de dos o tres páginas
en la cama en una noche, porque latía con tal fuerza mi corazón
que tenía que dejar caer el libro de mis manos. ¡Qué advertencia!”.
El paro cardíaco es el límite metafórico de los esfuerzos y pasiones
de Benjamin. (Padecía un mal del corazón.) Y la suficiencia cardiaca
es una metáfora que ofrece por la realización del escritor.
En
el ensayo en elogio de Karl Kraus, escribe Benjamin:
Si el estilo es el poder
de moverse libremente en la longitud y la anchura del pensamiento
lingüístico sin caer en la trivialidad, se lo alcanza principalmente
por la fuerza cardiaca de grandes pensamientos que impulsan la
sangre del lenguaje por los capilares de la sintaxis hasta los
miembros más remotos.
Pensar,
escribir, son en última Instancia cuestiones de vigor. El ser
melancólico, sintiendo que le hace falta voluntad, acaso tenga
la sensación de que necesita todas las energías destructivas que
puede reunir.
“La
verdad se resiste a ser proyectada al reino del conocimiento”,
escribe Benjamin en El origen del Trauerspiel alemán. Su
densa prosa registra esta resistencia y no deja espacio para atacar
a los que distribuyen mentiras. Benjamin consideraba que la polémica
estaba por debajo de la dignidad de un estilo verdaderamente filosófico
y buscaba, en cambio, la que llamaba “plenitud de la positividad
concentrada”; el ensayo sobre Las afinidades electivas de Goethe,
con su devastadora refutación del crítico y biógrafo de Goethe,
Friedrich Gundolf, es la única excepción a esta regla entre sus
escritos importantes. Pero su conciencia de la utilidad ética
de la polémica le hizo apreciar aquella institución pública vienesa
de un solo hombre, Karl Kraus, escritor cuya facilidad, estridencia,
amor al aforismo e infatigables energías polémicas lo hacían tan
distinto de Benjamin.
El
ensayo sobre Kraus es la defensa más apasionada y perversa hecha
por Benjamin de la vida del espíritu. “El pérfido reproche de
ser demasiado inteligente le obsesionó durante toda su vida”,
escribió Adorno. Benjamin se defendió de esta difamación filistea
levantando valientemente el estandarte de la “Inhumanidad” del
intelecto, cuando es empleado apropiadamente (es decir, éticamente).
“La vida de las letras es existencia bajo la égida del mero espíritu
así como la prostitución es existencia bajo la égida de la mera
sexualidad”, escribió. Esto es celebrar tanto la prostitución
(como hizo Kraus, porque la simple sexualidad era sexualidad en
estado puro) como la vida de las letras, como lo hizo Benjamin,
usando la sorprendente figura de Kraus, por causa de “la función
genuina y demoníaca del espíritu puro, de ser perturbador de la
paz”. La tarea ética del escritor moderno no es ser creador sino
destructor: destructor de la instrospección superficial, de la
idea consoladora de lo universalmente humano, de la creatividad
del diletante y de las frases vacías.
El
escritor como azote y destructor, retratado en la figura de Kraus,
fue bosquejado con concisión y aún mayor audacia en el alegórico
El carácter destructor, también escrito en 1931. Scholem
ha escrito que la primera de las varias veces que Benjamin pensó
en el suicidio fue en el verano de 1931. La segunda fue al verano
siguiente, cuando escribió Agesilaus Santander. El azote
apolíneo, al que Benjamin llama carácter destructivo,siempre está alegremente
en acción... tiene pocas necesidades... no tiene interés en ser
comprendido... es joven y alegre... y no siente que la vida es
digna de vivirse, sino que no vale la pena el suicidio.
Es
una especie de conjuración, un intento de Benjamin de sacar a
luz los elementos destructivos de su carácter saturnino de tal
manera que no sean autodestructivos.
Benjamin
no sólo se está refiriendo a su propia destructividad. Pensaba
que había una tentación peculiarmente moderna al suicidio. En
El París del Segundo Imperio en Baudelaire, escribió lo
siguiente:
La resistencia que la
modernidad ofrece al élan productivo natural de una persona está
fuera de proporción con sus fuerzas. Resulta comprensible si una
persona se cansa y se refugia en la muerte. La modernidad debe
estar bajo el signo del suicidio, acto que sella una voluntad
heroica... es la auténtica realización de la modernidad en el
ámbito de las pasiones...
El
suicidio es comprendido como una respuesta de la voluntad heroica
a la derrota de la voluntad. La única manera de evitar el suicidio,
sugiere Benjamin, consiste en estar más allá del heroísmo, más
allá de los esfuerzos de la voluntad. El carácter destructivo
no puede sentirse atrapado, porque “ve salidas por doquier”. Alegremente
empeñado en reducir lo que existe a escombros, “se coloca en las
encrucijadas”.
El
retrato que hace Benjamin del carácter destructivo evocaría una
especie de Sigfrido del espíritu - un bruto pueril, con gran espíritu,
bajo la protección de los dioses- si este pesimismo apocalíptico
no fuese moderado por la ironía siempre al alcance del temperamento
saturnino. Ironía es el nombre positivo que el melancólico da
a su soledad, a sus elecciones sociales. En Calle de un solo
sentido, Benjamin saludó la ironía que permite a los individuos
afirmar el derecho de llevar vidas independientes de la comunidad
como “la más europea de todas las realizaciones” y observó que
había desertado completamente de Alemania. El gusto de Benjamin
por lo irónico y el conocimiento de sí mismo le apartó de la mayor
parte de la cultura alemana reciente: detestaba a Wagner, despreciaba
a Heidegeer y se burlaba de los frenéticos movimientos de vanguardia
e la Alemania de Weimar, como el expresionismo.
Apasionada,
pero irónicamente, Benjamin se colocó en las encrucijadas. Era
importante para él mantener abiertas sus muchas “posiciones”:
la teológica, la surrealista/estética, la comunista. Una posición
corrige a otra; él las necesitaba todas. Desde luego, las decisiones
tendían a estropear el equilibrio de estas posiciones, la vacilación
lo mantenía todo en su lugar. La razón que dio de su retraso en
salir de Francia, cuando vio por última vez a Adorno a comienzos
de 1938 fue que “aún quedan aquí posiciones que defender”.
Benjamin
pensaba que el intelectual libre era, de todos modos, una especie
moribunda hecha no menos caduca por la sociedad capitalista que
por el comunismo revolucionario; en realidad sentía que estaba
viviendo en una época en que todo lo valioso era lo último de
su especie. Pensaba que el surrealismo era el último momento inteligente
de la intelligentsia europea, y una clase apropiadamente
destructiva y nihilista de inteligencia. En su ensayo sobre Kraus,
Benjamin pregunta retóricamente: ¿Está Kraus en la frontera de
una nueva época? “¡Ay, nada de eso!, pues se encuentra en el umbral
del juicio final.” Benjamin está pensando en sí mismo. En el
juicio final, el último intelectual - ese héroe saturnino de la
cultura moderna, con sus ruinas, sus visiones desafiantes, sus
ensueños, su insalvable melancolía, sus ojos bajos- explicará
que adoptó muchas “posiciones” y defendió hasta lo último la vida
del espíritu, tan justa e Inhumanamente como pudo.
Notas:
1- Asja Lacis y Benjainin se conocieron en Capri en el
verano de 1924. Ella era una revolucionaria comunista letona y
directora de teatro, ayudante de Brecht y de Piscator, con quien
Benjamin escribió «Nápoles» en 1925 y para quien escribió
«Programa para un teatro de niños proletarios» en 1928.
Fue Lacis la que consiguió a Benjamin una invitación a Moscú en
el invierno de 1926- 1927 y quien lo presentó a Brecht en 1929.
Benjamin esperaba casarse con ella cuando él mismo y su esposa
finalmente se divorciaron en 1930. Pero Asja Lacis volvió a Riga
y después pasó diez años en un campo de concentración soviético.
2-
Scholem sostiene que el amor de Benjamin por las miniaturas subyace
en su amor a las expresiones literarias breves evidente en Calle
de un solo sentido. Quizás; pero los libros de esta índole
eran comunes durante los años veinte, y fue en un estilo de montaje
específicamente surrealista como estos breves textos independientes
fueron presentados. Calle de un solo sentido fue publicada
por Ernst Rowohlt, en Berlín, en forma de folleto con una tipografía
que intentaba evocar los efectos de choque de la publicidad; la
cubierta era un montaje fotográfico de frases agresivas en letras
mayúsculas, tomadas de anuncios de periódicos y letreros oficiales
y raros. El pasaje inicial, en que Benjamin saluda al “lenguaje
impulsivo” y denuncia “el gesto pretencioso y universal del libro”,
no tiene mucho sentido a menos que sepamos qué clase de libro
pretendía ser Calle de un solo sentido.
3-
En una carta de Adorno a Benjamin, escrita desde Nueva York el
10 de noviembre de 1938. Benjamin y Adorno se conocieron en 1923
(Adorno tenía veinte años) y en 1935 Benjamín empezó a recibir
un pequeño estipendio del Institut für Sozialforschung, de Max
Horkheimer, del que era miembro Adorno.
Enlaces
-
Franz Kafka>>> Walter Benjamin
- Robert Walser o los manotazos del instante >>>
V. Guerra
http://www.infoamerica.org/teoria/benjamin4.htm
(Textos de W. Benjamin)
Bibliografia de Walter
Benjamin
-Angelus Novus, traducción de H. A. Murena, prólogo de Ignacio de Solá-Morales,
Edhasa, Barcelona 1971. Contiene: Sobre algunos temas en Baudelaire,
Tesis de filosofía de la historia, Franz Kafka, La tarea del traductor,
Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres,
Sobre la facultad mimética, Para la crítica de la violencia, Destino
y carácter, con bibliografía.
-Art i Literatura. Tria
de textos, traducció i introducció d' Antoni Tous, Vic: EUMO/Reduccions,
1984.
-Berlín demónico, Barcelona, Icaria, 1988.
-Correspondencia 1933-1940 Walter Benjamin/Gershom
Scholem, Madrid, Taurus, 1987.
-Diario de Moscú;. Madrid, Taurus. 1988.
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Prólogo, traducción y notas de Jesús Aguirre, Taurus, Madrid,
1973. Contiene: La Obra de Arte en la época de su reproductibilidad
técnica, Pequeña historia de la fotografía, Fuchs, Sombras Breves,
El carácter destructivo, Experiencia y Pobreza, Tesis, Fragmento
teológico-político.
-Dos ensayos sobre Goethe.
Gedisa, Barcelona, 1996. Traducción de Graciela Calderón y Griselda
Mársico de Goethes Wahlverwandtschaften y de Enzyklopädieartikel
-El concepto de crítica en el Romanticismo alemán. Traducción y prólogo de J.F. Yvars y Vicente Jarque.
-El origen del drama barroco alemán. Versión de José Muñoz Millanes, Taurus Madrid, 1990.
-Ensayos escogidos, traducción de H. A. Murena, Ed. Sur,
Buenos Aires, 1967. Contiene: Sobre algunos temas en Baudelaire.
Tesis de la filosofía de la historia, Franz Kafka, Potemkim, Un
retrato de infancia, El hombrecito jorobado, Sancho Panza. La
tarea del traductor, sobre el lenguaje..., Sobre la Facultad mimética,
Para una crítica de la violencia. Destino y carácter.
-Escritos autobiográficos.
Alianza Editorial, Madrid, 1996. Versión española de Teresa Rocha
Barco. Introducción y bibliografía de Concha Fernández Martorell.
-Haschisch, versión de Jesús Aguirre, Taurus, 1974.
-Iluminaciones I. Prólogo, traducción y notas de Jesús Aguirre. Taurus, Madrid,
1971. Contiene: Una imagen de Proust, El Surrealismo, Sobre la
situación del escritor, Tres iluminaciones sobre Green, Dos iluminaciones
sobre Gide, El problema de la sociología del lenguaje, Dos iluminaciones
sobre Kafka.
-Iluminaciones II. Prólogo y traducción de Jesús Aguirre, Taurus Madrid, 1972. Contiene:
El Paris del Segundo Imperio en Baudelaire, Sobre algunos temas
en Baudelaire, Paris, capital del Siglo XIX.
-Iluminaciones III, Taurus, Madrid, 1975.
-Infancia en Berlin hacia 1900.
Traducción de Klaus Wagner, Madrid, Alfaguara, 1982.
-La metafísica de la juventud.
Paidós Ibérica, Barcelona, 1993. Versión de Luis Martínez de Velasco
de una selección de los escritos de juventud de WB.
-Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Traducción de Roberto Blatt, selección e introducción
de Eduardo Subirats, Taurus, Madrid, 1991. Contiene Para una crítica
de la violencia, Teorías del fascismo alemán, sobre el lenguaje
en general..., Sobre el programa de la filosofía venidera, La
enseñanza de lo semejante, Dos poemas de Hölderlin, El narrador;
Franz Kafka.
-Sobre el programa de la filosofía futura y
otros ensayos, traducción de Roberto J. Vernengo, Monte Avila,
Montevideo, 1971. Contiene: Die Wahlverwandtschaften de Goethe,
Sobre algunos temas en Baudelaire, París capital del siglo XIX,
Sobre el lenguaje..., Robert Walser, Karl Krauss, hombre universal;
El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nicolai Leskov,
Franz Kafka. En el décimo aniversario de su muerte; Para una imagen
de Proust.
Enlaces:
Una imagen
de Proust>>> Walter Benjamin
Selección: Vanesa Guerra
Con-versiones,
noviembre 2004