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El
dolor y el grito
Juan David Nasio
Freud
consideraba el dolor como un verdadero enigma. Veamos lo
que declaraba en una reunión de la Sociedad Psicoanalítica de Viena
en 1910, luego de una exposición sobre el masoquismo: "Una
fuente de la explicación insuficiente de la derivación del sadismo
y del masoquismo es nuestra ignorancia relativa a la naturaleza
del dolor en general, con sus factores determinantes a medias psíquicos
y a medias fisiológicos. El dolor tiene un carácter enigmático".
El propio Freud, por lo tanto, se confrontó con este misterio que
nosotros, a nuestra vez, nos formulamos como sigue: ¿qué es este
dolor inasimilable, vivido como si no estuviera en nosotros, y en
el que, sin embargo, se condensa lo que somos y lo que tenemos de
más íntimo? Y además, ¿qué es un dolor que no sería reconocido por
el que sufre? ¿Cómo puede decirse de un dolor que es inconsciente?
Henos aquí ubicados
frente a una doble dificultad: por una parte, hacer transmisibles
estas preguntas, es decir enunciarlas de manera tal que consigan
concernirnos personalmente sin ser consideraciones demasiado abstractas.
Y, por la otra, comprender cómo el psicoanalista puede aprehender
en su trabajo un objeto -el dolor- que se sustrae a los sentidos
y al pensamiento. Acaso debamos utilizar primero los conceptos y,
sin vacilar, olvidarlos enseguida. Es así como procederemos esta
noche. Por tanto, vamos a trabajar la teoría, pero trataremos luego
de aprehender el dolor de otro modo que con los conceptos.
No
podemos descubrir la esencia del dolor íntimo de manera inmediata
ni en teoría, ni siquiera con nuestros pacientes; jamás se presenta
bajo una forma manifiesta. La alcanzaríamos más bien operando de
una manera particular, la misma que Freud aconsejaba a Lou Andreas
Salomé en una carta del 25 de mayo de 1916: "Sé
que cuando escribo debo enceguecerme artificialmente para poder
concentrar toda la luz en un punto oscuro".
Frase notable, que podríamos traducir como sigue: para ver con claridad,
haced la noche en torno de vosotros. Sigamos traduciendo:
la esencia del dolor nos es invisible; forcemos pues la paradoja
hasta el final, y dejémonos conducir por lo que yace en el fondo
del dolor: el grito.
El
grito es una descarga motriz
El
grito está tan íntimamente ligado al dolor que la mayor parte de
los adjetivos que lo califican pertenecen al registro del espacio
sonoro: se habla de un "grito agudo" y de un "dolor
agudo", se dice "grito lancinante" y "dolor
lancinante". Pero, ¿qué es un grito?¿Estamos tan seguros
de que el grito sólo es un sonido? Vamos a volver a encontrar
aquí la misma dificultad que teníamos para aproximarnos al dolor,
y volveremos a encontrarnos ante una paradoja que marcará el límite
de nuestra reflexión. Partamos
de lo que Freud nos enseña sobre el grito. Se refiere a él
sobre todo en el "Proyecto", donde lo caracteriza
ante todo como una descarga motriz, un exutorio por donde se disiparía
el aumento vuelto intolerable de las excitaciones, es decir un exutorio
del dolor. Pero superemos esta idea según la cual el grito sería
una simple descarga motriz y preguntémonos: ¿por
qué no imaginar el grito como el flujo de energía que brota del
agujero de la boca considerada como un orificio erógeno?
Si admitimos que la boca es un orificio pulsional podemos pensar
que el flujo energético que la atraviesa en su centro es una fuerza
definida en relación con otro flujo, con otra fuerza que recorre
los labios. En otros términos habría una relación entre la energía
que pasa por el centro del agujero y la que circula en los bordes.
Esta relación entre el grito y los bordes erógenos de la boca, entre
el flujo que brota del agujero y el flujo circulante en el borde
del agujero, entre superficie (es decir el vacío del agujero) y
borde del orificio, esta relación está establecida en fisica electromagnética
por la teoría de Stocke. Apoyados en este teorema, podemos
concluir que el flujo que atraviesa el agujero es igual al que recorre
el borde del agujero.
Así habría una equivalencia entre la energía del grito y el placer
sexual de los labios erógenos.
El
grito es una acción que modifica el ambiente
Pero
retomemos a Freud. Tras haber postulado que el grito es una
descarga motriz, precisa inmediatamente que esta definición pertenece
al mero registro de la ficción. En efecto, si pensáramos que el
grito es un exutorio del dolor, significaría que todo dolor puede
resolverse por medio de un grito: ¡bastaría con gritar para dejar
de sufrir el dolor! Ahora bien, Freud subraya que la descarga motriz
no resuelve la tensión. Además, agrega, si por un lado se pone ese
grito en la boca de un lactante y si, por el otro, se coloca a la
madre, con el grito entre ellos dos, habrá sido introducido el principio
de realidad. ¿En qué consiste este principio? Su función consiste
en transformar la descarga motriz en energía orientada, en un índice
de realidad que permitirá al niño situarse en su ambiente. El lactante
grita para modificar su ambiente, para obtener, así, la satisfacción
de su necesidad. El grito, por lo tanto, no es ya una descarga,
pues cumple una función útil y adquiere un sentido definitivo. Freud
denomina "accion específica" a esta modificación apropiada
del entorno, así como todos los medios empleados por el lactante
para conseguir ese cambio y reducir sus tensiones internas. El grito-descarga
se
transforma entonces en grito-acción
específica.
Es una observación muy interesante para nuestro proyecto de estudio
del concepto de pasaje al acto, pues Freud
nos hace encarar el grito como la primera acción del ser hablante.
En este trabajo, deberemos articular este grito-acción con la noción
de pulsión de dominio y, más aún, resituar el grito en la relación
entre la pulsión de dominio y el sadismo en tanto agresividad.
EI
grito golpea los oídos de quien lo emite y se inscribe en su memoria
Pero,
¿en qué consiste la especificidad de esta emisión que es el grito?
Es doble. Por un lado, el grito es
una manera de dirigirse al Otro,
un llamado lanzado a la persona auxiliadora volveremos a ocuparnos
de esta función de llamado al final de esta lección. Y, por el otro,
el
grito es un sonido percibido también por el emisor mismo.
Por consiguiente el grito se dirige hacia el Otro; pero, en tanto
sonido, retorna a los oídos de quien lo ha proferido.
Interesémonos
primero en el grito-sonido
que nos retorna, antes de tratarlo como un llamado al Otro. En tanto
descarga sonora, el grito retorna, por lo tanto, al emisor como
un eco inédito que se inscrie sin que él lo sepa en el sistema de
las neuronas del recuerdo (neuronas "psi"). Quien pega
un grito lo recibe de retorno lo inscribe en su memoria. Pero el
grito, ¿memoria de qué es? Reservemos por un momento esta pregunta
y abordemos ahora la función de "marcador" del
grito. El sonido proferido por el que sufre representa no sólo su
dolor, sino que confiere al agente, causa de la herida, su carácter
de elemento peligroso y agresivo. Por consiguiente, el grito no
hace más que representar el dolor y al agente que lo provoca, signa
los caracteres intolerables del uno y los dañinos del otro. Lo cual
muestra bien a las claras que la esencia del dolor se realiza en
un grito. Por ende, el
grito sería no sólo la apariencia del dolor, sino la sustancia sonora
que le da al dolor su consistencia de afecto penoso.
¡He aquí abierto un inmenso interrogante! Verán ustedes que Freud
va más lejos aún y da un salto suplementario que habremos de seguir.
Pero detengámonos
un tramo más en el punto donde estamos. Afirmo que el hecho
de pensar que, más que representarlo, el grito encarna el dolor,
le comunica su naturaleza de afecto inaceptable lo sostiene y lo
funda, constituye una inmensa apertura. Nos vemos así llevados a
nuestra tesis de la última lección, según la cual el
grito es la apariencia del dolor.
Yo había establecido una relación
entre el grito como apariencia del dolor y el libreto perverso en
el masoquismo.
También habíamos definido al masoquista como un amo de la
apariencia-grito,
alguien que sabe gritar muy bien. AI respecto, asocio la noción
lacaniana de apariencia con los "simulacros" de Lucrecio.
En "De natura rerum" toma de su maestro Epicuro el
concepto de simulacro. Les aconsejo echar una mirada a ese libro.
Verán ustedes que es absolutamente apasionante en el plano teórico,
por cierto, pero hay más que eso. Lean ustedes pues esas páginas
de Lucrecio sobre el simulacro, y después vayan a trabajar, siéntense
en sus sillones, y escuchen a sus pacientes... ¿Qué
nos dice Lucrecio? Que los simulacros son emanaciones
extrañas de objetos, unas especies de membranas ligeras, desprendidas
de la superficie de los cuerpos, que flotan en los aires y revolotean
en todos los sentidos. Añade que estas membranas a veces son imágenes,
y a veces no lo son, que en ocasiones son visibles, pero no siempre.
Imágenes a menudo impalpables, exhalaciones extrañas y, sobre todo,
irradiaciones rápidas que surgen, se expanden y mueren muy rápidamente.
Este texto de Lucrecio merecería que le dediquemos un seminario
sobre todo al concepto tan importante de "apariencia"
en la obra de Lacan, comparándolo con la noción epicúrea
de "simulacros". Ese seminario podría inspirarse
en la idea que se perfila ya en Lucrecio; la de una relación causal,
casi física, entre la cosa y su apariencia, entre el dolor y el
grito.
El
grito es una emanación del dolor, pero también el aliento que lo
azuza
Pero
volvamos a nuestra hipótesis de hace un momento, a saber, pensar
que el grito no es solamente un representante simbólico del dolor,
sino que también marca el dolor así como al agente que lo provoca,
con su carácter dañino y nocivo. Aquí, Freud opera un salto en el
pensamiento. Nos dice primero que el grito es un representante del
dolor, y además imprime al dolor su tonalidad penosa, y sobre todo
-es aquí donde da el salto- que el
grito es capaz de despertar el dolor.
Hasta ahora, decíamos a la inversa:
que el dolor produce el grito; ahora decimos que el grito produce
el dolor.
¿Cómo? Es aquí donde podemos responder a nuestra pregunta: ¿de qué
es memoria el grito? A semejanza de la campanilla de Pavlov capaz
por sí sola de despertar el hambre y hacer salivar al perro, el
grito es igualmente capaz de despertar el dolor así como el miedo
de ver reaparecer la causa de la agresión. Una vez emitido, el grito
sigue en la memoria asociado al agente nocivo y al dolor padecido.
En consecuencia, cada vez que un alarido seco golpea los oídos del
sujeto, ya sea un grito proferido por otro o un nuevo grito proferido
por él mismo, reaparece el dolor como un recuerdo en la carne. Al
escuchar los alaridos, sucede que el sujeto siente un dolor físico
inexplicable. EI grito por lo tanto, no es solamente una figura
del dolor; tambien puede ser, dado que es memoria, una excitación
que hace nacer una sensación dolorosa sin causa orgánica situable;
como si esa sensación fuera un dolor alucinado. El encadenamiento
de nuestro razonamiento sería, por ende, el siguiente: el grito
refleja el dolor, el grito refracta el dolor y además el grito desencadena
el dolor. Lo muestra, lo marca y lo engendra como una producción
alucinada. Al
leer estas páginas de Freud a la luz de lo que nos ha enseñado
Lacan, reconocemos claramente dos articulaciones importantes.
La primera es la siguiente: la relación
entre el grito y el dolor alucinado es
un ejemplo acabado de la relación
fundada entre el significante y el afecto.
Se le ha reprochado mucho al lacanismo su inclinación intelectualista
por el significante en detrimento del afecto. Pero basta con leer
a Freud con este reproche en la mente para comprobar que él mismo
se encarga de responder. No se trata de una interpretación de mi
parte; esto figura en los escritos freudianos. En realidad, la definición
psicoanalítica del afecto retoma la concepción darwiniana. Es Darwin
quien le susurró a Freud en el oído la tesis de que todo
afecto es una repetición, la repetición de un acontecimiento traumático
muy antiguo. Por esta misma razón, el afecto vivido hoy es la reminiscencia
de una experiencia pasada, más exactamente el símbolo de un trauma
original.
El afecto, por consiguiente, es un símbolo o, mejor aún, un significante.
¿Por qué? Porque es reproducible. Nuestra
idea de que el grito es un generador de un dolor alucinado ilustra
claramente un principio muy lacaniano: que el
significante "hace lugar".
En efecto, no basta con decir que un significante representa al
sujeto por otro significante, ni que el significante es diferente
de los otros significantes que componen el sistema; no basta con
decir que un significante no es significante sino para otros significantes:
aún queda por decir que el significante es lo que hace lugar y por
lo tanto, Ia relación entre el significante y el afecto es que
el significante hace el afecto y
crea el lugar del afecto. He aquí
un principio indiscutiblemente lacaniano.
La segunda aproximación
que establecemos entre Lacan y el "Proyecto"
remite a este pasaje, donde Freud sostiene que el grito,
una vez emitido en tanto sonido, está registrado en la memoria al
asociarse a la sensación dolorosa que el sujeto está experimentando,
y a la percepción del agente que provoca la lesión. Emito el grito,
lo oigo, y se inscribe en mi memoria al atraer hacia él el dolor
y su causa. Freud observa, por otro lado, que el mismo fenómeno
se produce con el lenguaje. Las palabras oídas son las intermediarias
necesarias para que el pensamiento sea, gracias a la memoria del
lenguaje, un proceso constantemente activo. Si no hubiera producciones
verbales en el espacio sonoro no habría huella del pensamiento,
y por consiguiente no habría razonamiento posible. Esta
materialidad sonora del lenguaje, que lo hace apto para inscribirse
en nuestra memoria y para preservar el dinamismo del pensamiento
me evoca la concepción lacaniana del lenguaje, no como sistema simbólico,
sino comn órgano físico y real. Me explico. Cuando Deleuze y
Guattari lanzaron la tesis de Artaud del "cuerpo sin órganos"
Lacan replicó que el psicótico no estaba desprovisto de órgano,
ya que posee uno, fundamental, un órgano con el que cohabita y con
el cual cohabitamos todos: el lenguaje. Hay una torsión conceptual,
un cambio de perspectiva , generalmente, consideramos el lenguaje
como una estructura simbólica. Y es totalmente adecuado, no hace
falta cuestionar nada. En tanto red compuesta de elementos diferentes,
obediente a una lógica precisa, el lenguaje pertenece, en
efecto, al orden simbólico. Pero
no es exclusivamente simbólico, es también real, un real que revolotea
en torno de nosotros,
como escribía Lucrecio a propósito de los simulacros. Y
más aún: es un real que revolotea constantemente en la sesión de
análisis, en el consultorio analítico. El lenguaje, por lo
tanto, es un órgano, no en el sentido instrumental de un utensilio
eficaz -como lo cree Chomsky- , sino un órgano que prolonga y extiende
el cuerpo. Cuando pronuncio esta frase, inmediatamente se me ocurre
el mito de la laminilla, de la libido en tanto laminilla. Una
libido que se desprende del cuerpo como emanación de su fuerza vital
y va más allá de sus límites. Más que situar el lenguaje en su única
dimensión simbólica, nos conviene concebirlo igualmente en su dimensión
de órgano sonoro que desmultiplica nuestro cuerpo. Si subrayo este
aspecto real del lenguaje, es para mostrar bien que no sólo es materia
emitida por el sujeto, sino también almacenable en la memoria. Esto
es pues lo que teníamos para decir sobre
el grito como entidad física, sonora y almacenable.
El
grito es un llamado al Otro
Acerquémonos
ahora al grito como a un llamado al Otro. Para comenzar, prefiero
leerles una frase de Freud, muy importante para nosotros
esta noche. Está tomada del '"Proyecto". Se refiere al
grito y concluye el párrafo del modo siguiente: "Esta
vía de descarga [es
decir el grito] cobra
así la función secundaria, importante en extremo, del entendimiento..."
El
grito como descarga cumple entonces una función secundaria, la de
favorecer la comprensión mutua entre el lactante y su madre. Y prosigue
Freud con otra proposición más difícil:
" ... y el inicial desvalimiento
del ser humano es la fuente primordial de todos los motivos morales".
Pero, ¿qué es un grito, sino la expresión
más fiel de nuestra impotencia? Nuestros gritos aúllan siempre nuestra
rabia de estar sometidos a nuestros límites, y nuestra debilidad
para superarlos. En consecuencia, podemos decir que si el grito
expresa la impotencia original del ser humano, expresa asimismo
la fuente primera de todos los motivos morales. Pero preguntémonos
cuáles son esos motivos morales. En psicoanálisis, llevan un nombre
preciso: el superyó. Pues bien, la
fuente del superyó es la impotencia y el grito que la encarna.
¿Por qué? Porque esta demanda innata, la más inarticulada de todas
las quejas, esta interjección que es el grito, ese enunciado ultrarreducido,
en fin, este llamado con el que el lactante clama su impotencia,
alcanza al Otro, a la madre, y suscita, a modo de retorno, una intervención
auxiliadora. ¿Qué tipo de intervención? Primeramente, la que consiste
en interpretar el grito del niño y otorgarle un sentido, y además,
sobre todo, nombrar en el lugar del niño lo que su grito designa.
De modo que el grito inarticulado del lactante se transforma, gracias
a la voz articulada del Otro, en una palabra. Una palabra recibida
por el niño como una voz imperativa, que más tarde será la voz interior
del superyó.
El grito al Otro se torna así la voz interior del superyó.
Recuerden
ustedes la insistencia de Freud en subrayar el origen acústico
del superyó. Con el grito, estamos en la raíz misma del superyó.
El surgimiento del superyó sólo es posible en el seno de la relación
con el prójimo, calificada por Freud como entendimiento mutuo. Una
comprensión en realidad muy limitada, ya que el niño no se comunica
sino con un aspecto del Otro. Expliquémonos.
En efecto, el Otro se presenta al
niño de dos maneras diferentes: como ser accesible y familiar, pero
también desconocido e impenetrable. Debo recordar aquí la
noción freudiana de "complejo perceptivo del otro". Según
esta noción, la madre o el adulto tutor se ofrece a los ojos del
lactante como un prójimo que vive, cambia y se desplaza, y, por
otro lado, como alguien que, pese a sus vaivenes, siempre es el
mismo, inalterable. Por lo tanto, el complejo perceptual
entraña dos partes: una donde el otro es cambio, y otra donde es
estable e inmutable. El Otro que cambia se presenta como
el prójimo cuyos rasgos me remiten a mis propios rasgos, los gestos
a mis propios gestos, y así sucesivamente, en un interminable ida
y vuelta. En estas remisiones permanentes hay todo un trabajo de
rememoración, pues sus gestos me recuerdan los mios y, cuando se
encoleriza, sus gritos me recuerdan mis propios gritos que me hacen
revivir mis primeras experiencias dolorosas. Es precisamente en
esta confrontación con la faz cambiante de la madre donde Freud
sitúa no sólo el surgimiento del superyó, sino también, y sobre
todo, el origen del juicio.
El
grito es un llamado al silencio del vacío
El
prójimo es la inminencia intolerable del goce.
Jacques Lacan
Empero,
nuestro interés recae también en la otra fracción del complejo
perceptivo del prójimo, a saber la faz inmutable y desconocida
del Otro. Este se ofrece entonces
ya no como ser semejante y humano, sino como una Cosa inaccesible
-das Ding-,
esa Cosa de la que Lacan ha hablado tanto. La Cosa es la
parte no asimilable del Otro, su presencia extraña e invariablemente
aquí el punto más importante de mi intervención de esta noche. Es
aquí, entre las dos fracciones del complejo del prójimo, entre la
percepción del Otro como un doble que me ayuda a reconocerme,
y su percepción como Cosa absoluta e impenetrable, donde
se instala el grito. El
grito retoma estas dos fracciones del Otro bajo la forma
de un grito de doble faz. Una, que acabamos de establecer, es la
que admitimos más fácilmente: el niño grita y la madre responde,
la madre grita y el niño recuerda sus gritos y sus dolores. Mientras
que la otra faz del grito, la que corresponde a la segunda fracción
del complejo del prójimo, no es más
comunicación con el
Otro,
sino llamado a la Cosa,
relámpago que la revela. Basta con un grito intenso y visceral para
ver levantarse ante nosotros, en el centro del vínculo con la madre,
la inmensidad silenciosa de das Ding, la Cosa absoluta e
inasimilable. Esta Cosa exterior a mí es, sin embargo, lo
más central e íntimo que tengo. Debería decir lo que nosotros
tenemos de más central e íntimo, ya que la
Cosa no es sino un vacío absoluto, impersonal y común a los dos
partenaires del lazo de amor y de deseo.
Lacan inventa un neologismo, "extimia", para nombrar
la Cosa, a la vez exterior e íntima. Pero esta
Cosa no resuena ni vibra, es silencio, puro silencio:yo
grito, él grita, y es el silencio de la Cosa lo que brota y se impone.
Hemos
partido de la interrogación siguiente: ¿cómo concebir un dolor que
no se siente? Como ustedes ven, no se trata del dolor físico ni
del dolor del fantasma sadomasoquista que hemos estudiado la última
vez; no se trata tampoco de diversas formas clínicas que adopta
este dolor, como la reacción terapéutica negativa. Ahora querría
ir más lejos, forzar la paradoja justo antes de que se rompa el
hilo. Nos habíamos referido al grito en tanto descarga motriz; estábamos
en suelo firme. Luego lo hemos definido como un grito de llamado
y después como un sonido inscripto en la memoria. Pero ahora nos
encontramos ante un nuevo umbral a franquear, ante un campo completamente
diferente: un grito que llama a la
Cosa y hace surgir el silencio.
Hemos operado una torsión y encontrado una paradoja:
un grito que engendra el silencio y un dolor que no se expresa.
Pero, ¿cómo
hacer manifiesto un grito que impone el silencio? ¿Cómo visualizar
ese fragmento de real? Pues bien, necesitamos un grito pintado,
la pintura de un grito. He traído esta noche el cuadro de un grito.
Hay un solo pintor, casi diría un solo cuadro, que me ha dado la
impresión de estar ante el grito que buscaba. Es el cuadro de un
artista célebre hoy, Francis Bacon.
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Velázquez |
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Bacon |
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Ha
sido pintado en 1949, según el retrato
de Inocencio X,
realizado en 1650 por Velázquez en un viaje que hizo a Italia.
Este lienzo de Bacon titulado Head IV ha sido
extensamente comentado en un memorable libro de entrevistas entre
el artista y el periodista David Sylvester. En él, el pintor evoca
su relación con el grito. Pero dejemos primero hablar a Bacon
antes de que yo les diga por qué este cuadro representa exactamente
lo que yo buscaba. David Sylvester se sorprende de que el pintor
haya realizado un grito proferido por un papa, y le pregunta si
hay alguna relación con el padre. Y Bacon le responde que jamás
estableció la menor relación entre el papa y el padre, pero que
siempre estuvo fascinado por la boca sonriente pintada por Velázquez,
boca que había tratado de reproducir miles de veces sin conseguirlo.
En la respuesta de Bacon se percibe una suerte de mezcla de nostalgia
y de modestia, cuando confiesa haber hecho una boca deforme porque
era incapaz de pintar una sonrisa o un estremecimiento de alegría
en los labios. Además explica que, finalmente, quiso representar
una boca que gritara a falta de una boca sonriente. Pero lo que
más me interesa es la continuación del testimonio. Confía lo siguiente:
"Usted podría decir que un grito es una imagen de horror;
en realidad quise pintar el grito más que el horror". Si
ustedes miran detenidamente el cuadro, verán que da la curiosa impresión
de que ninguna sonoridad sale de esa boca abierta, de que ningún
grito estridente parece figurar allí. Se trata de una cosa muy diferente.
¿No sienten ustedes con espanto que ese grito mudo y profundo es
en realidad no una aspiración violenta del aire sino una inspiración;
más aún, una aspiración violenta del aire precipitándose en la cabeza
para desgarrarla? Observen la cabeza de este personaje: es un cráneo
atomizado como si el silencio reinante en esta celda de vidrio estuviera
absorbido de un golpe por la boca aspirante, abierta, de este extraño
papa.
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Poussin |
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Lo que les describo
me ha sido confirmado por una paciente. En su momento, me sobrecogió.
Estaba preparando esta lección y buscaba obras que representaran
un grito. Al respecto, el propio Bacon nos indica que, para
él, el más bello grito figurado en pintura es el de Poussin
en la Massacre des innocents, que puede admirarse en el museo
de Chantilly. Fui a ver ese cuadro, pero no me produjo el mismo
efecto que el de Bacon. En ese momento tuvo lugar una sesión con
una paciente que tenía la particularidad de no poder refrenar sus
gritos, y que sufría mucho. Este síntoma se desvaneció después de
un embarazo. La secuencia es la siguiente: "Como usted ve,
dice, ahora ya no grito, la policía ya no viene en medio de la noche.
-¿Cómo se lo explica?, le pregunté. -No sé. -Pero, ¿qué era gritar
para usted? -¿Gritar? Cada vez que aullaba, sentía que el grito
se me subía a la cabeza y llenaba un vacio; como si gritara con
toda la cabeza o, si usted prefiere, como si la cabeza entera fuera
toda ella una boca. No sé." ¿No es acaso la mejor y más sensible
descripción de este cuadro? Es un grito sordo, un grito de silencio,
un grito que absorbe. No es un grito que espira, es un grito que
aspira y vacía el espacio. Ahora bien, cuando pronuncio esta palabra,
"aspiración", me acude a la mente la concepción freudiana
del dolor melancólico comprendido como una hemorragia interna provocada
por una aspiración violenta. Freud utiliza la expresión "sopapa"
y "bomba aspirante e impelente" para imaginar la fuerza
que aspira y vacía toda la libido. Justamente, es
la succión poderosa del interior lo que resulta doloroso.
Pues bien, este silencio, este grito ilustrado por Bacon
es un grito que absorbe el silencio, es un grito del mismo orden,
es una hemorragia hacia adentro. No
querría terminar sin decirles lo que significa para mí este acto
de introducir un cuadro en nuestro seminario. Mi gesto apunta a
otra cosa que a una simple ilustración de un saber teórico sobre
el grito. Es más que eso. Es una indicación de la posición que puede
adoptar el analista ante el dolor y el grito de sus pacientes. Me
explico. Tenemos la teoría que, a mi entender, no presenta más interés
que el de hacernos hacer las preguntas adecuadas. Ustedes podrán
leer miles de textos, pero lo único importante es que sepan hacerse
la pregunta pertinente. Para mí, la
relación de la teoría con la práctica pasa por las preguntas.
El savoir faire del analista es el saber interrogarse. Pero
estamos en otra parte, estamos en otro registro que el de saber
hacerse las preguntas adecuadas. Por cierto, hemos trabajado el
grito y el dolor según una aproximación teórica, hemos utilizado
conceptos, y hemos planteado preguntas apropiadas como por ejemplo:
¿qué es el dolor no sentido? Pero, insisto, la introducción de una
pintura en un seminario no apunta a ilustrar lo que sabemos en teoría
o lo que creemos saber. Para
formaciones psíquicas tales como el dolor y el grito, las reflexiones
y las preguntas no bastan. No, hace falta algo más: concentrarse,
"hacer la noche para sacar a la luz el punto oscuro",
polarizarse en el punto más opaco, y entonces ver, es decir visualizar
lo real, casi alucinarlo.
Estas palabras pueden parecer sorprendentes para aquellos que no
tienen práctica con pacientes. Pero pienso que los analistas que
ejercen la escucha o los analizantes que ya tienen un recorrido
analítico pueden entenderme. Sucede que los practicantes ya no se
satisfacen, en ciertos momentos, con su saber, y se sienten llamados
a visualizar o a alucinar los fantasmas que surgen en el seno de
la transferencia. Cuando escuché a esta paciente confiarme su dolor
de gritar, les confieso mi sorpresa pues, en el momento preciso
en que tenía ese cuadro en la mente, escuchaba la voz de alguien
que me lo describía sin haberlo visto jamás. No puedo transmitirles
mejor lo que es el deseo del psicoanalista.
Según
usted, ¿por qué el artista ha pintado el grito más que el horror?
Recuerde
usted la réplica de Bacon. Es una respuesta a su pregunta:
"Usted podría decir que un grito es una imagen del horror.
En realidad, he querido pintar el grito más que el horror."
Es justamente porque el pintor ha querido expresar el grito más
que el horror que la Cosa se revela. Creo que si hubiera querido
representar el horror, habría hecho una pintura figurativa del horror
y habríamos estado privados de esta emoción de un grito excepcional,
de un grito mudo. No pinta el horror, sino el grito, y hace surgir
el horror bajo la forma de un silencio absorbido. ¿El grito es
exclusivamente la expresión del dolor?
Por
supuesto que no. Todos sabemos hasta qué punto un grito puede expresar
la alegría y muchas otras emociones. Pero he preferido centrarme
en la relación del grito con el dolor. Así, su pregunta me recuerda
un texto de Hegel, escrito cuando era muy joven. En realidad,
son apuntes de viajes. Dedica una página al dolor, donde el grito
está definido como la expresión absoluta del dolor. El dolor -añade-,
que se expresa tan puramente por medio del grito, curiosamente puede
ser calmado por otro grito. Toma el ejemplo de las plañideras, que
cantan en los funerales el dolor de haber perdido al ser amado,
y se pregunta cómo explicar que este canto, que, finalmente, no
es otra cosa que un grito sublimado, pueda ser un bálsamo para el
sufrimiento. Ahora bien, leyendo estos apuntes se me ocurrió que
debe existir una relación de ritmo entre el dolor mudo sentido por
la persona enlutada y la queja de otro que le presta la voz. Pienso
que este acorde rítmico es lo que exorciza el dolor. Hemos dicho
que el grito representa el dolor, y que hace algo más que representarlo,
dándole su sustancia, y, por último, es capaz de engendrar un dolor
alucinado. Y he aquí que, gracias a las plañideras, descubrimos
que el grito también puede calmar el dolor. ¿El
grito podría tener alguna función terapéutica?
Voy
a tomar un ejemplo, el del autismo, donde, efectivamente,
se pueden plantear dos problemas. En primer lugar, ¿qué función
tendría el grito en el tratamiento de un autista? ¡Cuidado! ¡No
estoy diciendo que hay que hacer gritar a los niños autistas! Me
interrogo con prudencia acerca de la función del grito desde la
perspectiva de las palabras articuladas. En efecto, bastante ingenuamente,
se podría imaginar que el niño autista, que no articula palabra,
debería comenzar por gritar, como todos nosotros, que entramos a
la vida con un grito. Mi segunda observación atañe al problema de
la relación de la boca con el grito en el autista, o más bien de
la relación de la boca con las palabras. En el transcurso de una
supervisión, mientras el analista me refería algunas sílabas que
un niño autista conseguía pronunciar, se me ocurrió la idea de que,
finalmente, no había que tratar de que pronunciara palabras sino
que se trataba de disponerse, en tanto terapeuta, a ver surgir en
el nino ciertos ruidos, ciertos fonemas, que le constituyen una
boca. Supongo que un sonido incipiente dibuja la boca, crea una
boca. No es la boca la que se presta al sonido, es el sonido el
que cava la boca y la modela. Recuerden ustedes las palabras que
acabamos de ver acerca de la relación del grito en tanto flujo,
y del flujo alrededor de los labios. Habría que estudiar, a propósito
del autista, esta relación entre el sonido y la boca, entre
el grito, los fonemas y los bordes erógenos de la boca. Por qué
no pensar que, finalmente, en el autista, habría que crear una zona
erógena allí donde no la hay.
Retomo
lo que decíamos a propósito del cuadro de Bacon donde la
boca parece no tener tercera dimensión. Pues bien, es exactamente
la idea que deberíamos tener de la boca de un niño autista. Incitarlo
a emitir sonidos para crear el vacío erógeno de una boca con bordes.
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Eisenstein |
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Bacon |
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Notas [S.R.] :
El grito es una descarga motriz // El grito es una
acción que modifica el ambiente // EI grito golpea los oídos de
quien lo emite y se inscribe en su memoria // El grito es una emanación
del dolor, pero también el aliento que lo azuza // El grito es un
llamado al Otro // El grito es un llamado al silencio del vacío.
Sobre
el dolor como enigma: "Actas de la Sociedad Psicoanalítica
de Viena", Tomo III, 1910, editorial Paidós, Buenos Aires,
Argentina. Sobre
el dolor en Freud: "Proyecto de psicología científica"
y Manuscrito G, editorial Amorrortu, 1976. Sobre
los simulacros: "De la naturaleza de las cosas", Lucrecio,
Libro IV, editorial Bosch, Barcelona. Sobre
el cuerpo sin órganos: "El antiedipo" Deleuze y Guattari,
texto reproducido con destacados en Tema Cuerpo de esta misma revista:
"Cómo hacerse un cuerpo sin órganos". Ver también "Introducción
al cuerpo sin órganos", R. García. Sobre
el afecto como una repetición de un acontecimiento traumático muy
antiguo: "La expresión de las emociones en los animales y el
hombre", C. Darwin.
Sobre el grito
y el superyó: ver el concepto de superyó en "Enseñanza de siete
conceptos cruciales para el psicoanálisis", J. D. Nasio, editorial
Gedisa.
Texto extraído
del libro de Juan David Nasio "El libro del dolor y del amor",
Lección tres, Págs. 173/188, editorial Gedisa, Barcelona, España,
1998.
Selección, notas
y destacados: S.R.
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