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NUCLEO LOCURA

Introducción: Nuevo elogio de la locura / De latines y chanzas. La moria de los tumores frontales

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Introducción (Nuevo Elogio de la locura)

Alberto Manguel

 

En el verano de 1509, con la intención de divertir a su amigo Tomás Moro, en cuya casa se alojaba, Erasmo redactó un breve ensayo donde se burlaba de la idiotez de su era. Haciendo un juego de palabras con el apellido de su amigo, lo tituló Moríae Encomium, «Elogio de la locura» (o «de Moro»), con la traducción al latín de los vocablos griegos como subtítulo: Stultitiae Laus. El delgado volumen tuvo un éxito inmenso, y en los años siguientes se hicieron diecinueve ediciones que divirtieron a toda clase de lectores exigentes, desde amigos humanistas como Colet, Agricola y Lefévre d'Étaples, hasta el cultísimo papa León X.

Para Erasmo, la Locura (que pronuncia su propio elogio) cumple una gran cantidad de funciones y tiene numerosos aspectos. Está presente en la creación y es capaz incluso de convertir en idiotas a los dioses cuando retozan en la cama, declarando ser el «principio y fuente de la vida». Desde la concepción hasta la tumba, la presencia halagadora de la Locura nos proporciona una vida agradable y libre de problemas, puesto que, según dice, citando a Sófocles, «la existencia más placentera consiste en no reflexionar».

La Locura enumera las muchas actividades insensatas en las que incurren los seres humanos. En primer lugar, la guerra, para la que «hacen falta hombres macizos y vigorosos, en los que haya un máximo de audacia y un mínimo de reflexión». A continuación, la política, puesto que

¿Habrá cosa más necia que el que un candidato servil halague al pueblo y compre su favor con propinas, soborne la adhesión de la masa, se deleite con sus aclamaciones, sea llevado en triunfo como una bandera venerable y se haga levantar una estatua de bronce en el foro?

Finalmente las artes, que con tanta facilidad se convierten en «alimento de los tontos».

El escritor que me pertenece ‑dice la Locuraes tanto más dichoso cuanto más disparatado es, porque sin lucubración alguna escribe todo lo que se le ocurre, todo lo que le viene a la mente, o todo lo que sueña, sin más gasto que un poco de papel, y no ignora que cuan mayores tonterías escriba, más aplaudido será de la mayoría, es decir, por los ignorantes y por los necios. ¿Qué le importa que tres sabios le desprecien si aciertan a leerlo? ¿Y qué representa el parecer de tan pocos ante tan inmensa muchedumbre que le aclama?

Hay, sin embargo, otro aspecto de la Locura que no debe olvidarse. Su naturaleza, según nos dice, es doble.

Una es la que las crueles furias lanzan desde los infiernos, como serpientes, para encender en los pechos de los mortales el ardor de la guerra, o insaciable sed de oro, o amor indigno y funesto, o el parricidio, el incesto, el sacrilegio o cualquier otra calamidad, y también cuando hacen sentirse al alma culpable y contrita enviando contra ella furias y fantasmas [...] Pero hay otra locura muy diferente de ésta, que mana directamente de mí y que es digna de ser deseada en grado sumo por todos. Se manifiesta por cierto alegre extravío de la razón, que libera al alma de cuidados angustiosos y la perfuma con múltiples voluptuosidades.

Aunque la Locura puede ser, y en muchos casos es, equivalente a la ignorancia y la brutalidad, nos recuerda que esa emoción también puede hacernos capaces de cierta insensatez heroica que nos libera de los grilletes del pensamiento escolástico y el comportamiento convencional. Esa característica le daba a la Locura (en tiempos de Erasmo) una suerte de cualidad privilegiada, casi sagrada. En el mejor de los casos, la Locura se presenta en determinados momentos de demencia sublime, en el acto de amor más profundo, cuando nos sentimos capaces de hacer cualquier cosa por el ser amado; el ejemplo más elevado de esta Locura divina es el sacrificio realizado por Nuestro Señor jesucristo.

En todas las épocas hubo locos, como señaló Erasmo, y tal vez los que son nuestros contemporáneos tienen para nosotros un peso más grande que aquellos que fueron locos en el pasado. Holbein, que ilustró el libro de Erasmo con grabados en madera, retrató a la Locura como una mujer tocada con una gorra con puntas de la que cuelgan varios cascabeles; esos cascabeles distinguían al bufón en las cortes medievales, al tonto sabio que enseñaba mediante la risa, como los antiguos cínicos griegos. Hoy, el traje del loco (menos reconocible que la gorra de Holbein) ha adquirido un aura de respetabilidad. La locura, degradada a mera torpeza, a una estupidez voluntaria que se hace evidente en casi todos nuestros actos cotidianos, ha adquirido prestigio universal y se ha convertido en motivo de jactancia. La locura sublime no inspira gran respeto, mucho menos se la alienta. Lo que importa es el poder y las ganancias adquiridas a través del poder. En nuestra época, la meta reconocida es ser percibido como un necio poderoso.

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Texto extraído del "Nuevo elogio de la locura", Alberto Manguel, págs. 13‑16, editorial Emecé, Buenos Aires, Argentina, 2006.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones diciembre 2007

 

 

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