Mapa del sitio Quienes somos Comuníquese con nosotros Newsletter

NUCLEO EL DESIERTO Y EL LABERINTO

Presentación / El libro de arena / Desierto / Dos figuras del camino: el desierto y el laberinto / Desierto, Ethos, Abandono: Contribución a una topología de lo religioso / El desierto crece / Nota I: 'El desierto crece' / Nota II: El desierto / Nota III: Desierto / Nihilismo y desierto en Nietzsche / Idea del nihilismo / Laberinto: versiones del alma / El laberinto de Creta / El laberinto egipcio

Volver a Transdisciplina >>>

 

 

Presentación: El desierto y el laberinto

Sergio Rocchietti

 

 

Salar de Uyuni

Desierto: Salar de Uyuni (Bolivia)
Foto intervenida: S.R.

 

Creemos que elegimos. Creemos en el ‘libre albedrío’. Creemos. Pero muy pocas veces ‘elegimos’ algo. Verdaderamente. En ese extraño momento de consonancias que hacen mínimas las oposiciones, se nos impusieron dos imágenes con sus escenarios y sus sensaciones. Sabíamos de sus densidades y de sus espesores, quizás las dos frases en la cita que sigue sirvan para algo, para explicarnos algo. Lo que continúa a ellas es un despliegue de esos dos espacios, que se interrumpe por nuestras fatigas más que por otras razones. A veces es necesario detenerse en ‘los olvidos del desierto’.

 

“Nietzsche ha hablado proféticamente. «El desierto crece» escribía, narrando nuestra historia, la que para él era la historia venidera, «la historia de los dos próximos siglos». Y la historia es desierto no por falta de valores, sino por su presencia. El desierto de nuestra historia está creado por valores: eso nos ha dicho proféticamente Nietzsche.

Pero la imagen del desierto es mucho más antigua que el pensamiento de Nietzsche. Y no siempre ha tenido un valor negativo. Para comprender a Nietzsche, y por tanto nuestro presente, es oportuno entonces remontarse a esa imagen más antigua, incluso para explicar cómo ha surgido su valor negativo. Es decir, el primer significado ‑el más difundido y en el fondo el más banal‑ de nihilismo”.

Desierto, ethos, abandono - V. Vitiello

 

¿Qué es el desierto en el tiempo de las ciudades? ¿Qué es el desierto en el espacio de las ciudades?

Quizás un sueño. El sueño de alguien que espera estar sólo. O consigo mismo.
Nuestro hoy no nos favorece en esas posibilidades. El tiempo de las ciudades es el tiempo de las multitudes.
Quizás la palabra desierto, palabra pocas veces pronunciada en la actualidad, nos lleve a ese sitio deseado. Quizás sea ese sueño que soñamos despiertos cuando nos trasladamos de aquí para allá apretujados entre individuos desconocidos cuya denominación misma ha sido obtenida hace ya muchos años, allá por los principios del siglo XX. Estamos pensando en la palabra: masa. Sea en Ortega y Gasset, sea en Freud (De uno: “La rebelión de las masas”, al otro: “El malestar en la cultura”).

Los individuos apretujados hacen masa.

Nuestra salida: el desierto.

Quizás y sólo quizás nos atreviéramos a considerar que con la arena se hace el vidrio, si hacemos mucho fuego para tanta arena, el reflejo incandescente del sol sobre el suelo de ese espejo-arena, de ese espejo-suelo, se hace reflejo de nosotros mismos sin tanto alrededor, sin tanto ornamento. Allí nos reflejamos. Allí nos espejamos. Allí nos cautivamos. ¿Es que será nuestro destinar el que alcanzó a Narciso cautivado por el reflejo de sí mismo?

Es en ese encuentro que Narciso se hace mirada de Medusa, y el reflejo, se hace cautivo de la mirada que petrifica. Mirada que mortifica. Nuestro deseos están hechos de imágenes entre Narciso y Medusa. De cautiverios y mortificaciones (muertes).   

¿Y si rompemos el espejo?

¿O no es cada espejo un desierto? Si podemos no arrojar nuestro cuerpo a la reflexión de la luz, si podemos detener a Narciso, cada espejo se hace desierto.
Se hace vacío.

¿Podemos soportar el espejo vacío?
¿Podemos soportar el espejo sin reflejo?

Nos damos vuelta y ¿qué vemos? Como cuando en un camino, cualquiera, alejado, vemos caer a nuestra espalda, el último rayo de sol de ese día. Es nuestra espalda la que lo ve, es el reflejo el que se hace trizas como un espejo que cae lentamente y no podemos hacer nada para detener esa caída. Así el mundo es. Hecho de astillas y de reflejos. De acumulaciones insensatas. De seres, de vidas y de muertes. Así el mundo es.

Cada desierto un espejo.
Cada desierto un mundo despejado.
Un mundo, un desierto.
Un espejo, un mundo.

Asomarse al desierto es asomarse al abismo de uno mismo. Y uno nunca es ‘uno mismo’. Por eso para atravesar los desiertos existen los camellos que llevan su propia agua y los olvidos del desierto son los oasis. Y allí en ese verdor puedo encontrar el agua que se hace reflejo, que se hace espejo y si puedo eludir la cita de Medusa podré seguir camino. El desierto se olvida de ser desierto en los oasis así como yo me olvido de ser desierto para ser laberinto, pregunta que interroga y hace límite a mi ser porque lo determina en su límite, lo alberga y lo sacude. Lo obliga. A responder, a seguir o a silenciar.

Hay secretas simetrías que no serán visible pero serán audibles y por eso podrán ser visibles en ese juego finito-in-finito de correspondencias y colisiones. Una mano toma un puñado de arena de cualquier desierto del mundo. Experiencia de finito-in-finito y si pienso teniendo esa arena en mi puño en cuantas palabras están siendo escritas en un mismo instante tengo en mi mano arena que se hace escritura de El libro de arena (J.L.Borges). Por eso podemos decir que somos finitos e in-finitos, por hacer esas extrañas y ocasionales, azarosas y esplendorosas, vivencias (con los símbolos), palabras que se reúnen y dispersan, que crean espacios y disuelven espacios. Cosmos y vislumbres, oscuridades del silencio. Grietas que hacen pasar. Pesados aludes que impiden.    

La piedra se hace forma, quizás ha sido traída o ha caído, no importa. La piedra se hace forma de lo oculto. Y la mejor forma de ocultar es impedir llegar aquí. Ha nacido el laberinto. De una pasión monstruosa, castigo de los dioses, ha nacido el monstruo (el Minotauro). El hombre con su técnica intenta impedir que se vea, que se conozca, lo que ha sucedido. Quitemos la mitología que es una forma de decir del alma, de decir de lo humano, que es una forma de dar a leer (para nosotros), de cómo pensaron y sintieron y dijeron otros en otro tiempo, quizás lejano, quizás no tanto como creemos, está ese tiempo. Y esas cuestiones. Pero quitemos la mitología, el relato de esas acciones y queda el laberinto.

El laberinto es la forma de nuestro no salir. Medusa se hace piedra. Y su mirada no es más visible. Cada piedra es un espejo opaco que no nos ilumina.
El laberinto es la forma de nuestras pasiones y de nuestro ocultar. El laberinto es la forma de lo que no queremos alcanzar pero que nos alcanza siempre. El laberinto es la forma de nuestros miedos y nuestros horrores. De nuestros sueños y pesadillas. De nuestro vivir. De nuestro transcurrir.

En la amplitud o en la cerrazón.
Hemos dicho y volvemos a repetir: dos estados del alma (no dejemos de lado el sonido griego de esa palabra alma: psykhé; para no caer en las antiguas trampas de lo que esa palabra ‘alma’ ha ido juntando como propuesta, pensamiento y acción, a lo largo de los siglos. O podemos afirmar que desierto y laberinto son dos estados. Dos modos. Dos dimensiones. Dos entrecruzamientos, ya que laberinto y desierto se copertenecen por más que a veces parecen no acercarse. Uno en forma de piedra, el otro en la arena que se disgrega y se reúne. Piedra y arena. Están en nosotros. Y nos constituyen.

***

 

Narciso

Narciso

 

Anexo I: Narciso (Diccionario de mitología griega y romana, Pierre Grimal, editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1981).

Narciso era un hermoso joven que despreciaba el amor. Su leyenda es referida de distintas maneras según los autores. La versión más conocida es la de Ovidio en las ‘Metamorfosis’. En ella, Narciso es hijo del dios del Cefiso y de la ninfa Liríope. Al nacer, sus padres consultaron al adivino Tiresias, el cual les respondió que el niño  «viviría hasta viejo si no se contemplaba a sí mismo». Llegado a la edad viril, Narciso fue objeto de la pasión de numerosísimas doncellas y ninfas, pero siempre permanecía insensible. Finalmente, la ninfa Eco se enamoró de él, pero no consiguió más que las otras. Desesperada, se retiró a un lugar solitario, donde adelgazó tanto, que de toda su persona sólo quedó una voz lastimera. Las doncellas despreciadas por Narciso piden venganza al cielo. Némesis las escucha y hace que, en un día muy caluroso, después de una cacería, Narciso se incline sobre una fuente para  calmar la sed. Ve allí la imagen de su rostro, tan bello, que se enamora de él en el acto, e insensible ya al resto del mundo, se deja morir, inclinado sobre su imagen. Aun en el Éstige trata de contemplar los amados rasgos. En el lugar de su muerte, brotó una flor, a la que se dio su nombre: el narciso.

La versión beocia de la leyenda era sensiblemente distinta. En ella se decía que Narciso era un habitante de la ciudad de Tespias, no lejos del Helicón. Era joven y muy bello, pero despreciaba los placeres del amor. Estaba enamorado de él un joven llamado Aminias, pero él no le correspondía; lo rechazaba constantemente y acabó enviándole una espada como presente. Aminias, obediente, se suicidó con el arma ante la puerta de Narciso; pero al morir pidió la maldición de los dioses contra su cruel amado. Un día en que el joven se vio en una fuente, enamoróse de sí mismo y, desesperado ante su pasión, se suicidó. Los tespios tributaron un culto al Amor, cuyo poder quedaba patente en esta historia. En el lugar en que se había suicidado Narciso y donde la hierba había quedado impregnada con su sangre, nació una flor: el narciso.

Pausanias refiere que Narciso tenía una hermana gemela a la que se parecía en extremo; ambos erarí bellísimos. La muchacha murió, y Narciso, que la quería entrañablemente, experimentó gran dolor. Un día verse en una fuente, creyó por un instante contemplar a su hermana, y ello mitigó su pena. Aunque sabía claramente que no era su hermana a quien veía, se acostumbró a mirarse en las fuentes para consolarse de su pérdida. Ello -dice Pausanlas- ha dado origen a la leyenda tal como se  contaba de ordinario. Esta versión es un íntento de interpretación «racionalista» del mito preexistente.

Finalmente, existía una tradición oscura según la cual Narciso era oriundo de Eretria, Eubea. Habría sido muerto por un Épope (¿o Eupo?), y su sangre habría dado nacimiento a la flor homónima.

 

 

Templo de Artemis

Gorgona del frontón del templo de Artemis; Corfú, Grecia

 

Anexo II: Gorgona - Medusa (Diccionario de mitología griega y romana, Pierre Grimal, editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1981).

Había tres Gorgonas, llamadas Esteno, Euríale y Medusa, las tres hijas de dos divinidades marinas, Forcis y Ceto. Las dos primeras eran inmortales, y sólo la última, Medusa, era mortal. Generalmente se da el nombre de Gorgona a Medusa, considerada como la Gorgona por excelencia. Estos tres monstruos habitaban en el Occidente extremo, no lejos del reino de los muertos, del país de las Hespérides, de Geriones, etcétera. Su cabeza estaba rodeada de serpientes, tenían grandes colmillos, semejantes a los del jabalí, manos de bronce y alas de oro que le permitían volar. Sus ojos echaban chispas, y su mirada era tan penetrante, que el que la sufría quedaba convertido en piedra. Constituían un objeto de horror y espanto no sólo para los mortales, sino también para los inmortales. Sólo Posidón no temió unirse con Medusa, a la que dejó encinta.

En este momento, Perseo partió hacia Occidente para matar a Medusa. Obró así, dícese, ya por obedecer órdenes de Polidectes, tirano de Sérifos, ya por consejo de Atenea. Tras numerosas aventuras, Perseo logró encontrar la guarida de los monstruos y, finalmente, cortar la cabeza de Medusa, elevándose en el aire gracias a las sandalias aladas que le diera Hermes. Para no mirarla, utilizó como espejo su pulimentado escudo, con lo cual no hubo de temer la terrible mirada del monstruo. Dio muerte a la Gorgona mientras dormía, para mayor seguridad. Del cuello cercenado de Medusa salieron los dos seres engendrados por Posidón: Pegaso, el caballo alado, y Crisaor.

Atenea se sirvió de la cabeza de Medusa colocándola en su escudo, o en el centro de su égida. De este modo, sus enemigos quedaron convertidos en piedra con sólo ver a la diosa. Perseo recogió también la sangre que fluía de la herida, y que aparecía dotada de propiedades mágicas: la que había brotado de la vena izquierda era un veneno mortal, mientras que la procedente de la derecha era un remedio capaz de resucitar a los muertos. Además, presentar un solo rizo de sus cabellos a un ejército asaltante, era suficiente para ponerlo en fuga.

La leyenda de Medusa sufre una evolución desde sus orígenes hasta la época helenística. En un primer momento, la Gorgona es un monstruo, una de las divinidades primordiales, que pertenece a la generación preolímpica. Después se acabó por considerarla víctima de una metamorfosis, y se contaba que Gorgona había sido al principio una hermosa doncella que se había atrevido a rivalizar en hermosura con Atenea. Se sentía principalmente orgullosa del esplendor de su cabellera. Por eso, con el propósito de castigarla, Atenea transformó sus cabellos en otras tantas serpientes, También se cuenta que la cólera de la diosa se abatió sobre la joven por el hecho de haberla violado Posidón en un templo consagrado a ella. Medusa cargó con el castigo del sacrilegio.

Diodoro nos ha conservado una interpretación evemerista de la leyenda de las Gorgonas. Las Gorgonas -dice- constituían un pueblo belicoso comparable al de las Amazonas. Habitaban un país situado en los confines del de los Atlantes. Éstos, que habían,sido sometidos por las Amazonas, movieron a la reina Mirina a declarar la guerra a las Gorgonas, que se mostraban unas vecinas bastante molestas. Las Amazonas resultaron victoriosas, pero las Gorgonas se repusieron rápidamente de su derrota. Después fueron atacadas por Perseo, y aniquiladas definitivamente por Heracles.

 

Pasifae y el Minotauro niño

Pasifae y el Minotauro niño

 

Anexo III: Pasifae - Origen del Minotauro (Diccionario de mitología griega y romana, Pierre Grimal, editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1981).

La esposa de Minos, es hija de Helio y de Perseis. Sus hermanos son Perseo y Eetes, rey de Cólquide, y su hermana, la maga Circe.

La leyenda más célebre de Pasifae tiene Creta por escenario. Se refiere a sus amores monstruosos con un toro. Sobre este particular se contaba que Minos, al reclamar el trono de Creta, había pedido a los dioses un signo que pusiera de manifiesto su derecho al mismo. Al ofrecer un sacrificio a Posidón, había rogado al dios que hiciese salir un toro del mar, prometiéndole sacrificárselo. Pero cuando Posidón le hubo concedido lo que pedía, Minos se negó a cumplir su promesa. Como castigo, Posidón volvió furioso al toro y, más tarde, inspiró a Pasifae un amor irresistible por el animal. Se decía también que era un castigo que Afrodita había infligido a Pasifae porque ésta había despreciado el culto a la diosa, o bien que vengaba a la joven la ofensa recibida de Helio al revelar a Hefesto sus amores clandestinos con Ares.

No sabiendo cómo satisfacer su pasión, Pasifae pidió consejo al ingenioso Dédalo, el cual fabricó una ternera tan perfecta y tan semejante a un animal verdadero, que el toro se dejó engañar. Pasifae se había ocultado en el interior de¡ simulacro, y así pudo realizarse la monstruosa cópula. De estos amores nació un ser medio hombre medio toro, el Minotauro. Minos, al enterarse de la aventura, se irritó contra Dédalo, y le prohibió salir de Creta. Pero, según se dice, éste logró escapar con la complicidad de Pasífae.

Se atribuía a Pasifae un temperamento muy celoso, así como artes de hechicería. semejantes a las de su hermana Circe y de su sobrina Medea, hija de Ectes. Para impedir que Minos se uniese a otras mujeres, le dirigió una maldición en virtud de la cual todas las mujeres que amaba morían devoradas por serpientes que salían de su cuerpo. Procris lo curó de esta maldición.

Existía en Laconia un oráculo de Pasifae. Pero en realidad, de esta Pasifae se decía unas veces que era la Casandra troyana; otras, Dafne; otras, una hija de Atlante que, por Zeus, habría sido la madre de Amón, dios de Cirene (adorado con el nombre de Zeus-Amón).


Anexo IV: Desiertos del mundo

Fuente: http://www.voyagesphotosmanu.com/desiertos.html

  

desiertos en el mundo 

 

***  

Con-versiones diciembre 2011

 

      guardar   foro

 

copyright 2004 Con-versiones.com Todos los derechos reservados.