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Presentación Núcleo: La palabra de Jorge Luis Borges
Sergio Rocchietti

J. L. B.
Nuestro intento es francamente inútil. Lo sabemos. Eso no nos exime de nada. Saber algo es un pobre intento de nuestra condición humana para seguir insistiendo. ¿No es la vida –esa que decimos propia- una insistencia? La vida considerada como un ciego impulso de seguir insistiendo en la vida. La insistencia de seguir intentando que algo suceda en ese milagroso encuentro entre las palabras y las personas. Alguien dijo: diseminación. Ese es el gesto: diseminar (1).
Haremos lo que no podemos hacer, traer la palabra de Borges a nuestro recuerdo para que podamos escuchar sus cadencias, sus tonalidades y sus inflexiones. No lo podemos hacer para otros, sí, para nosotros. No lo podemos hacer escuchar en sus textos. Esa voz en sus textos. Ese texto que se hace en su voz. Ese es un trabajo que cada uno hará si alguna vez tuvo la fortuna de escucharlo aunque sea en alguna pantalla. Si hemos sido afortunados no dejará de resonar en nosotros -cuando leamos- ese recuerdo. Esa voz. O si no, recurriremos a esos documentos visuales donde “el personaje Borges” se hace ver y escuchar.
Preferimos escuchar. Son dos cuestiones: una, escuchar “la palabra de” viéndolo ante nosotros. Es una dimensión, un escenario, un argumento donde estamos incluidos como participantes. Sintiendo emociones, recordando, pero básicamente siendo perceptivos. Nuestros escenarios son los del cuerpo superficie, cuerpo escenario. Nuestros argumentos son histórico – biográficos, bloques de recuerdos y sensaciones. Continuidades que producen continuidades. Esa es su consistencia.
Dos, escuchar “la palabra sin” la persona o el personaje de Borges. Cuando quitamos el personaje no aparece la esencia. No. Cuando quitamos el personaje aparece la ausencia. Y en ese lugar de la ausencia, no de Borges, sino la ausencia de lo que antes cuando teníamos enfrente al personaje Borges, se clausuraba. No está más su presencia – imagen ante la que me incluía en ese espacio mínimamente dual. Me enfrento a la ausencia de lo que es total. Por supuesto, ilusoriamente global. Pero la fuerza de esa ilusión es lo que sostiene la vida (humana). Allí se sostienen enteras regiones de nuestra existencia y la de nuestras sociedades. Pero Borges sabía que su personaje no era Borges. Y también incluso sabía que Borges no era Borges. Al respecto dos pequeñas citas: el sueño de Chuang Tzu (2) aquél en el cual un hombre sueña que era una mariposa y se despierta y piensa si él era el hombre que soñaba con la mariposa o era una mariposa que había soñado con ser hombre. Los lugares paradojales de la conciencia, podemos llamar así a esta cuestión. Y los lugares paradojales se pueden intercambiar. La conciencia nos provee de esos lugares paradojales porque no podemos tener certeza de nuestro existir desde allí, desde la conciencia. Y retornamos. La conciencia gira en redondo. Hombre que sueña mariposa o mariposa que sueña hombre. Cinta sin fin de la conciencia.
Nos quedaba otra cita: “nuestras nadas poco difieren” (3). Esto sólo se puede plantear cuando hemos atravesado las multiplicidades de las regiones que nos proveen de miles de imágenes perceptuales de todo tipo no sólo visuales. Abreviémos: llegar a la consideración de las existencias en sus aspectos de nadas hace al lugar de un más allá del cuerpo erótico. El cincel ha llegado al hueso. ¿Qué aparece cuando todos los velos caen? La nada. No la nada de nada, eso es ir hacia la metafísica. Lo cual no es desdeñable. Simplemente queremos destacar el trabajo de lo negativo y aquí hay que evitar la trampa hegeliana (o de sus continuadores, mejor planteado) de suponer un contínuo trabajo de lo negativo sobre lo positivo. La posibilidad de esa frase es su misma enunciación: “Yo digo que nuestra nadas poco difieren”. Allí, precisamente allí, es cuando aparece la eficacia del escuchar. El poder oír hace a nuestro escuchar. Y si podemos escuchar lo que allí “se dice”, esto es: que no nos lo dice Borges y nos lo dice Borges. En el momento de oír un enunciado: ‘nuestras nadas poco difieren’, decimos me lo dijo Borges, y cuando voy a alcanzar lo que allí “se dice” eso se escapa, huye y me alcanza en ese otro lugar que no es “mi conciencia”, algo me guía cual hilo de oro de Ariadna para que pueda alcanzar otras regiones de la existencia. Allí es donde está la labor de lo negativo. Ya no soy “yo el que piensa” sino que “algo se piensa en mí” y lo escucho. Claro está, o no está, que para lograr eso tengo que haber atravesado las regiones de lo usual. De lo que se usa usualmente y allí me quedo.
Por eso no es usual que nos digan lo siguiente:
Yo he sido profesor de literatura inglesa, durante veinte años, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Siempre les he dicho a mis estudiantes que tengan poca bibliografía, que no lean críticas, que lean directamente los libros; entenderán poco, quizá, pero siempre gozarán y estarán oyendo la voz de alguien. Yo diría que lo más importante de un autor es su entonación, lo más importante de un libro es la voz del autor, esa voz que llega a nosotros.
J. L. B.- Conferencia sobre el libro.
No es usual que un profesor no profese su fe. Su fe cognoscitiva podríamos decir. Como dirían los alumnos: “cada profesor tiene su manual” y habla desde allí, y repite desde allí y cree desde allí. Si hay algo que un profesor común no puede hacer es incluir su ignorancia en su enseñanza. Y ofrecerla como puente, como lugar impulsor para que ‘sus alumnos’ puedan reconocer las propias y salir de allí para encontrar otras más adelante. Es lo propio de la producción del saber pero hay muy pocas disciplinas que pueden incluirla. ¿O deberíamos precisar: muy pocos disciplinados logran aceptarlo?
Pareciera que hay pocos profesores que se atreven a renunciar al dominio que su cátedra otorga, por eso la voz de Borges resuena cuando recomienda: gozar al oír la voz de lo que alguien escribió. Se trata de leer sin aparatos (ideológicos, semiológicos, etc). Se trata de leer sin. Simplemente leer. Eso es dejarse llevar por la voces y sus resonancias. Eso es dejarse atravesar por múltiples hilos que nos traspasan con sus intensidades, formando figuras e ideas. No es simple hacerlo. Se trata de que el texto se imponga a las usuales consideraciones de: lo autoral, la crítica, el aparato crítico, el mercado, los medios, etc.
Por eso es de destacar la posición borgeana: lea. Entréguese al texto, a las cadencias, a los ritmos, a los sonidos, a sus significados y signos y que en ese despojamiento y en ese amontonamiento de cosa que entrechoca, surja algo claro y fuerte: una voz, hecha de voces.
Claro que alguien que logra enunciar con tanta precisión que:
En general, se supone erróneamente que el lenguaje corresponde a la realidad, esa cosa tan misteriosa que llamamos realidad. La verdad es que el lenguaje es otra cosa.
J. L. B. Conferencia sobre la poesía.
No es un hombre usual. Y no hablamos de extraordinario sino de literario (4). Un hombre que sabe que tiene un ‘destino literario’ no tiene porque ser un escritor, sino simplemente, un hombre que produce escritos. Que reflexiona sobre ellos, que reflexiona con ellos. Que participa de ellos con su vida. Y su vida participa con ellos. Y para eso no hay que vender libros. Se trata de sacar las consecuencias de la presencia del lenguaje. De cómo esa presencia nos hace. Y el lenguaje no es la realidad. El lenguaje es la trama sonora que nos permite el acceso a la realidad humana.
Por eso el que está advertido puede llegar a no confundir el lenguaje con la realidad, y puede llegar a decir:
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
El destino literario de un hombre encuentra su nombre, su mejor nombre: poeta.
*
Notas:
(1)Ese alguien tiene nombre ya no vida. Era Jacques Derrida en su texto “Diseminación”. Hay otra imagen también francesa, aunque J.D. era argelino hablaba francés y tantas otras lenguas conceptuales; esa otra imagen proviene de un diccionario francés, el Petit Larousse, cuyo lema es “Siembro para todos los vientos” con el dibujo de un sembrador que caminando toma un puñado de semillas de un bolso colgado de su hombro y las va esparciendo en un suelo roturado. Hermosa imagen, hermoso gesto, hermoso lema. Contrástemoslo con ese gesto para impresionar locura que tiene Odiseo en el fragmento de la tragedia de Sófocles (Odiseo loco) en la cual para no ir a Troya debe hacerse pasar por loco; sólo así se lo eximiría de su deber de concurrir. ¿Qué gesto? El mismo del diccionario pero en vez de sembrar con semillas lo hacía con sal. Potencia opuesta: sembrar semillas – sembrar sal. Odiseo no logra su cometido y gracias a su fracaso tenemos la segunda parte de la Ilíada, la Odisea, como libro fundador de Occidente. Hay otros pero no nos detendremos allí. Grecia y Occidente se yerguen sobre esos dos libros. Lo importante para nosotros es que los libros erigen territorios. Los trazan en sus límites y en sus tramas y una vez que los recorremos como vivientes estamos sometidos a ellos, y estamos libres de ellos, si podemos dar a germinar lo que esos mismos libros – territorios – signos – símbolos, llevan en sí mismos. Nuestras posibilidades y nuestras detenciones: el lenguaje como escena, los significados; los sentidos en el cuerpo bailando las danzas del placer, el sufrir y el gozar. Para lograr una pequeña caminata por aquí, por estos paisajes, acercarse a “El placer del texto” de R. Barthes. Es algo, es un inicio, luego hay que seguir, pero lo importante son las rupturas inerciales: pensaba así, ahora puedo agregar ésto. Breve esquema de sus pasos: antes, ruptura, agregado, nueva forma, ahora. En sucesión. O en reposo.
(2) Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.
(3) “Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor”. Así se abre Fervor de Buenos Aires.
(4) ¿Cómo no oír en ese destino literario el latín de literatura que llevan las letras en su etimología? Littera: letra. Cómo no pensar en esa frase inmejorable que nos dice que: hay un instante en la vida de todo hombre en el cual sabe para siempre quien es.
La reiteramos de memoria, podemos traicionar a J.L.B. en alguna inexactitud pero acordamos con él que es el lector el que construye, junto con el escritor, el texto. Entonces volvamos a reparar en esa tensión entre: ‘el instante y el para siempre’; en ‘el ser y todo hombre’. Y si agregamos el ser, está la presión del enigma. Decimos que en esta frase hay mucho para desplegar. Diremos nada más que hay muchos instantes para que uno sepa quien es, pero hay siempre ese instante en el que el hombre sabe para siempre que es hombre. Y aquí nos detenemos.
Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
Jorge Luis Borges, La cifra (El cómplice)
Un poeta lanza al mundo lo que todavía no ha llegado a ser. Y lo hace por su creación.
Por su atrevimiento. Por su valor de decir lo que no se dijo o no se dice. Un poeta no puede callar o hablar como los demás. Es su condena.
Un poeta lanza al mundo el desorden de los significados para darnos otros órdenes y otros significados.
Un poeta es un donador.
***
Buenos Aires, febrero 2012.
Con-versiones, marzo 2012
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