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Las mil y una noches (*)

Jorge Luis Borges


las mil y una noches

 

Señoras, señores: Un acontecimiento capital de la historia de las naciones occidentales es el descubrimiento del Oriente. Pero quizás sería más exacto hablar de una consciencia ‑de una consciousness, como se dice en inglés‑, del Oriente, continua, algo así como la presencia de Persia en la historia griega. Pero además de esa consciencia del Oriente de algo vasto, magnífico, inmóvil y de algún modo incomprensible, hay algunos altos momentos y voy a enumerar algunos. Desde luego mi catálogo no será infinito, pero hay algunos momentos que debemos señalar si queremos entrar en este tema, en este tema que yo quiero tanto ‑que yo he querido desde la infancia‑ el tema del Libro de las Mil y Una Noches o como se llamó en la versión inglesa ‑en que yo primero lo leí‑ The Arabian Nights: Las Noches Árabes. No sin misterio también, aunque el título es menos bello que el de Libro de las Mil y Una Noches.

Bueno, voy a enumerar algunos hechos. Tenemos los nueve libros de Heródoto y en esos nueve libros Heródoto revela el Egipto, el lejano Egipto, a sus griegos. Digo el lejano Egipto porque ‑aunque en el mapa esté cerca‑ sin embargo, como el espacio se mide por el tiempo y las navegaciones eran azarosas, Egipto estaba lejos. El mundo egipcio era un mundo que se sentía como mayor, como misterioso; desde luego, ahí tendremos una primera revelación del Oriente, ya que se ha convenido que el Egipto es el Oriente.

Después vamos a examinar las palabras Oriente y Occidente, que son tan interesantes, que todos sentimos inmediatamente que, sin embargo, no podríamos definir. Pasa con ellas lo que decía San Agustín que pasaba con el tiempo: "¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, lo ignoro". ¿Qué es el Oriente y el Occidente? Si me lo preguntan, lo ignoro, pero buscaremos alguna aproximación, una respuesta siquiera aproximativa a esta pregunta y luego podemos tomar otros momentos.

Tenemos, desde luego, los encuentros; tenemos las guerras y, sobre todo, tenemos las campañas de Alejandro. Alejandro que conquista la Persia, que conquista la India y que muere, finalmente, en Babilonia, según se sabe. Y allí tenemos un primer encuentro con el Oriente, un encuentro que afectó tanto a Alejandro que luego renegó de ser griego y se hizo parcialmente persa. Y los persas ahora lo ven como personaje persa, Alejandro que dormía con la Ilíada y con la espada debajo de la almohada. Y vamos a volver a Alejandro más adelante pero, ya que mencionamos el nombre de Alejandro, quiero referirles una leyenda que amenizará esta conferencia, estoy seguro. Después, al fin de la conferencia, les diré de dónde procede esta leyenda de Alejandro.

Según esta leyenda, Alejandro no muere en Babilonia a los 22 años, como se creía. Alejandro se separa de su ejército y va vagando por desiertos y por selvas y luego ve una claridad. Esa claridad es la de un fuego y ve soldados alrededor de la fogata; y esos soldados son soldados de tez amarilla y ojos oblicuos. No lo conocen, lo acogen ‑él está muriéndose de hambre y sed‑ y luego, como su profesión es ser un soldado, participa en batallas, esas batallas por una geografía del todo desconocida para él. Pero en fin, él es un soldado: qué le importan las causas, él sabe pelear y está listo a morir. Y así pasan los años y él se ha olvidado de tantas cosas y llega un día en que paga a la tropa y entonces entre las monedas hay una que de algún modo lo conmueve. Alejandro la tiene en la palma de la mano y luego se dice: "Ya eres un hombre viejo; sí, ésta es la medalla que hice forjar, ésta es la medalla que yo hice acuñar cuando yo era Alejandro de Macedonia para ganar la Batalla de Arbellas, para celebrar la Victoria de Arbellas". Recuerda en ese momento su pasado y luego vuelve a ser un mercenario en un ejército tártaro o chino o lo que fuera. Bueno, después hablaremos sobre esta leyenda tan hermosa, sobre esta supuesta vejez de Alejandro, muchos años después de lo que se cree su muerte, a los veintidos años, en Babilonia. Además a Alejandro le había sido predicho el dominio del Oriente y del Occidente. En los países de Islam se le celebra aún bajo el nombre extraño de Alejandro Bicorne, porque dispone de los dos cuernos y señor del Oriente y el Occidente. Y aquí estamos otra vez en nuestro tema.

Pero antes veamos otro ejemplo de ese largo diálogo entre el Oriente y el Occidente. Ese diálogo no pocas veces sangriento y trágico. Podemos pensar en el joven Virgilio que está palpando y se siente muy conmovido porque tiene en sus manos una seda estampada, que le llega de un país lejano. El país de los chinos, del cual él sólo sabe que es un país lejano y pacífico, muy numeroso, que habita en los últimos confines del Oriente. Pues bien, Virgilio recuerda esa seda, esa seda inconsútil que él ha tocado, recuerda que está estampada, recuerda las extrañas imágenes como si fuesen en pagodas, en emperadores, en ríos, en puentes, en lagos ‑distintos de los que conocía Virgilio‑ y le recuerda las Geórgicas.

Y luego tenemos también las menciones del Oriente en aquel libro admirable (que deberíamos releer para nuestro placer) que se llama La Historia Natural, de Plinio. Ahí se habla también de los chinos, y se mencionan otros nombres: Bactriana, Persia, se habla de la India, del Rey Poro. Todo esto lo toca también. Y luego hay un fragmento de Juvenal, que yo habré leído hará más de cuarenta años y que, de pronto, me viene a la memoria. Para hablar de un lugar lejano, Juvenal dice: "Ultra Aurora et Ganges", "Más allá de la Aurora y del Ganges". Y en esos cuatro versos está el Oriente para nosotros, Te­nemos una expresión perfecta del Oriente, no una expresión poética inmediata. Quién sabe si Juvenal la sintió como la sentimos nosotros. Yo creo que sí; siempre el Oriente tiene que haber ejercido una suerte de fascinación sobre los hombres.

Luego podemos proseguir en la Historia y llegamos a un regalo, a un curioso regalo. Posiblemente no ocurrió nunca. Se trata también de una leyenda. Harún‑al-Raschid, Harún el Ortodoxo, envía a su colega Carlomagno un elefante. Se decía que era imposible haber mandado un elefante desde Bagdad hasta Francia pero eso no importa, nada nos cuesta creer en ese elefante. Ese elefante es un monstruo. (Pero recordemos que la palabra monstruo no significa algo horrible. La palabra monstruo significa algo digno de ser mostrado. A Lope de Vega lo llamaban "monstruo de la naturaleza". La palabra monstruo no se empleaba en el sentido peyorativo, antes, como se emplea ahora. Monstruoso era lo digno de ser admirado). Pues bien, tenemos ese elefante que tiene que haber sido tan extraño para los francos, y para aquel rey germano Carlomagno. (Es triste pensar que Carlomagno no pudo haber leído la Chanson de Roland, ya que él hablaría algún dialecto germánico y no el idioma francés que vino después).

Pues bien, le envían un elefante y esa palabra, "elefante", nos recuerda que Roland hace sonar el "Olifán" ‑la trompeta de marfil- que se llamó así, precisamente, porque procede del colmillo del elefante. Y ya que estamos hablando de etimologías, voy a recordar que la palabra "alfil", española, significa "el elefante” ‑en árabe‑ y tiene el mismo origen que marfil. En piezas de ajedrez, orientales, yo he visto un elefante con un castillo y un hombrecito. Esa pieza no era la torre, como podría pensarse por el castillo, sino el alfil: el elefante.

Bueno, tenemos esa presencia del Oriente, esa presencia abusada, a veces. Y luego tenemos las Cruzadas. En las Cruzadas los guerreros vuelven y traen memorias, traen memorias de leones, por ejemplo. Tenemos aquel famoso cruzado Ricardo Coeur de Lion, Richard of the Lion ‑ Heart, Ricardo Corazón de León. Y el león que ingresa en la heráldica europea es un animal del Oriente, también. Desde luego, esta lista no puede ser infinita, pero tenemos que recordar también a Marco Polo, que trae un libro que es una revelación del Oriente (durante mucho tiempo fue la mayor revelación) aquel libro que él dictó a un compañero de cárcel, después de una batalla en que los veneciados fueron vencidos por los genoveses. Pues bien, allí está una historia del Oriente y allí precisamente se habla del Kublai Khan, que reaparecerá después de un sueño de Coleridge, como veremos. Tendríamos, pues, otra revelación del Oriente en el libro de Marco Polo.

*

Y luego ‑ya estamos acercándonos a nuestro tema‑ ya estamos llegando al Siglo XV. En el Siglo XV se editan, se recogen en Alejandría ‑la ciudad de Alejandro Bicorne‑ una serie de fábulas. Esas fábulas tienen una extraña historia, según se supone. Fueron habladas al principio en la India, luego en Persia, luego en el Asia Menor y, finalmente, ya escritas en árabe, se compilan en Persia Y ese es el Libro de las Mil y Una Noches.

Quiero detenerme en el título: "Mil y Una Noches". Es uno de los títulos más hermosos del mundo, tan hermoso creo como aquel otro que cité la otra vez y tan distinto: "Un experimento con el tiempo", "An experiment with the time", de Dunne.

Este tiene otra belleza. Yo no creo que la belleza reside en el hecho de que para nosotros la palabra Mil es una palabra sinónima de infinito. Decir mil noches, es decir infinitas noches, las muchas noches, las innumerables noches: pero decir "mil y una noches" es agregar un día al infinito y aquí hay una expresión inglesa muy curiosa. A veces, en vez de decir "para siempre", "for ever", se dice "for ever and the day", "para siempre y un día". Se agrega un día a la palabra siempre. Y esto nos recuerda el epigrama ‑más bien triste‑ de Heme, que dice a una mujer: "Te amaré eternamente y aún después". Pero es la misma idea, la idea de agregar algo al infinito. Creo que la idea de infinito es una idea consustancial de Las Mil y Una Noches, no podemos prescindir del infinito. Luego ocurre algo el año 1704: la traducción de Las Mil y Una Noches y la publicación del primer volumen de esa obra de seis volúmenes por el orientalista francés Antonio Galland y esto ocurre en Normandía.

Tenemos, más adelante, el movimiento romántico y entonces ya el Oriente entra plenamente en la conciencia de Europa. Y básteme mencionar dos nombres, dos altos nombres: El de Byron, más alto por nuestra representación que por su obra y el de Hugo, alto de todos modos pero que no puede admirarse demasiado a este Víctor Hugo. Y luego vienen otras versiones de Las Mil y Una Noches y tenemos otra gran revelación de la India, otra gran revelación del Oriente. Es la revelación operada hacia mil ochocientos noventa y tantos por Rudyard Kipling: "si has oído llamar al Oriente, no oirás ninguna otra cosa".

Y ahora volvamos a ese momento en que se traducen por primera vez Las Mil y Una Noches. Es un acontecimiento capital para todas las literaturas de Europa. Debemos pensar en la fecha: estamos en el año 1704 en Francia. Esa Francia es la del Gran Cielo, es la Francia en que la literatura está legislada por Boileau, quien muere en 1711 y no sospecha que toda su retórica ya está siendo amenazada por esa espléndida invasión oriental de Las Mil y Una Noches.

Pensemos en la retórica de Boileau, hecha de precauciones, de prohibiciones, pensemos en el culto de la razón, pensemos en aquella hermosa frase de Fenelón que dice: "La razón es lo más raro que hay en las operaciones del espíritu". Encontramos muchas cosas en las operaciones del espíritu: Imaginación, ensoñación, pero la razón es rara. Pues bien, Boileau quiere fundar la poesía en la razón.

Y ya que he hablado de Boileau, quiero hablar de Racine, que, de algún modo, fue su discípulo o en todo caso se sujetó a esas leyes de aquel verso admirable: "Dans l'Orient Désert quelle vanne a la nuit". Ese verso que, sin duda, significa algo para nosotros y no para Racine, porque lo dijo en el curso de una fábula que no nos importa, que hemos olvidado (que yo ‑en todo caso‑ he olvidado). En "Dans l’Orient Désert quelle vanne a la nuit", tenemos la palabra Orient. Y por una suerte de retórica no feliz, en la palabra Orient está la palabra oro. Luego tenemos Désert, ahí está el desierto; tenemos el oro y la arena, y luego la Nuit, el tedio: el tedio para significar algo intemporal, lo contrario a las vicisitudes del tiempo.

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Ahora me doy cuenta de que estamos hablando en Buenos Aires. Me doy cuenta de que el hecho que estemos hablando aquí de Las Mil y Una Noches y que estamos hablando en un ilustre dialecto del latín, que se llama lengua española, es también un episodio de esa nostalgia. De ese comercio amoroso y a veces –también- belicoso del Oriente y del Occidente, ya que si América fue descubierta, el descubrimiento de América fue un episodio del deseo de llegar a las indias Occidentales. Les llamamos indios a la gente de Moctezuma, a la gente de Atahualpa, a la gente de Catriel –también- por qué no. Precisamente debido a ese error, el hecho de que los españoles creían haber llegado a las Indias. Es decir que esta mínima conferencia mía también es parte de ese diálogo del Oriente y del Occidente. Tendríamos que definir ahora esas dos palabras.

En cuanto a la palabra Occidente, desde luego, sabemos el origen que tiene, ello no importa. Pero podríamos decir que la cul­tura occidental es impura en el sentido de que sólo es a medias occidental. Yo he dicho y lo repito ahora ‑y estoy convencido de ello- que hay dos naciones esencia­les para la historia de nuestra cultura. Esas dos naciones son Grecia, ya que Roma es como una extensión helenística, y la otra es Israel, que es un país oriental. Y las dos se juntan en lo que llamamos cultura occidental. Es decir: la cultura occidental es a medias oriental. Al hablar de las revelaciones del Oriente, debía haber recordado esa revelación continua que es la Sagrada Escritura, que es la Biblia. Desde luego el hecho es recíproco, también, ya que el Occidente influye en el Oriente. Hay, un libro de un escritor fran­cés que se titula "El Descubrimiento de Europa por los Chinos", y es un hecho real, que tiene que haber ocurrido tam­bién. Ese comercio recíproco debe ser como una suerte de comercio amoroso, también.

Luego tenemos el concepto de Oriente. Oriente, claro, significa el lugar en que sale el sol. Hay una hermosa palabra alemana que quiero recordar aquí, Morgenland ‑por Oriente‑ Morgenland: "Tierra de la mañana". Luego ‑por Occidente- Abendland: "Tierra de la tarde". Ustedes recordarán Der untergang des Abendlandes -de Spengler‑, es decir, "la ida hacia abajo de la tierra de la tarde", o como se traduce de un modo más prosaico: "la decadencia de Occidente". Pero tenemos traducida sajonalmente al inglés la palabra Morgenland por Morning Land: "Tierra de la Mañana", y es esto lo que significa.

Pero creo que no debemos renunciar a la palabra Oriente ‑una palabra tan hermosa- que ya en ella está, como lo he dicho, por una feliz casualidad, el oro. En la palabra Oriente sentimos la palabra, oro, ya que cuando amanece se ve el cielo de oro. Aquí vuelvo a recordar aquel ilustre verso de Dante "Dolce color d’oriental zafiro", es que la palabra Oriental tiene los dos sentidos: el zafiro Oriental, el zafiro que procede del Oriente, y es también el oro de la mañana, el oro de aquella primera mañana en el Purgatorio.

¿Qué es el Oriente? Si lo definimos de un modo geográfico nos encontramos con algo bastante curioso, y es que parte del Oriente sería el Occidente o lo que para los griegos y romanos fue el Occidente, ya que se entiende que el Norte de Africa es el Oriente. Evidentemente, Egipto es el Oriente también y luego tenemos las tierras de Israel, tenemos el Asia Menor y luego Bactriana, Persia, la India, todos esos países que se extienden más allá y que tienen poco en común entre ellos. Así, por ejemplo, digamos Tartaria, la China, el Japón, todo eso es el Oriente para nosotros. Al decir Oriente, creo que todos pensamos, ante todo, en el Oriente Islámico y por extensión en el Oriente del Norte de la India o de parte de la India.

Ese es el primer sentido que tiene para nosotros y, se lo debemos a Las Mil y Una Noches. Es decir, hay algo que sentimos como el Oriente, que yo no he sentido en Israel y que he sentido en Granada y en Córdoba. He sentido la presencia del Oriente, y eso no sé si puede definirse; pero no sé si vale la pena definir algo que todos sentimos íntimamente. Todas las connotaciones de esa palabra se las debemos al Libro de Las Mil y Una Noches. Eso es lo que primero pensamos; sólo después podemos pensar en Marco Polo, por ejemplo; o podemos pensar en las leyendas del Presque Juan, en aquellos ríos de arena con peces de oro, todo eso viene después. En primer término pensamos en el Islam, pensamos en el Oriente Islámico y egipcio. Es lo primero que se nos viene a la mente.

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Y ahora veamos la historia de ese libro, y luego, algo sobre las traducciones. El origen del Libro está oculto. Podríamos pensar en las catedrales malamente lla­madas góticas, que son obras de generaciones de hombres. Pero hay una diferen­cia esencial y es que los artesanos, los artífices de las catedrales, sabían bien lo que hacían. En cambio, Las Mil y Una Noches surgen de un modo misterioso. Son obra de miles de autores yninguno de ellos pensó que estaba edificando un libro ilustre, uno de los libros más ilustres de todas las literaturas, más apreciado en el Occidente que en el Oriente, según me dicen.

Y aquí, una noticia curiosa que transcribe el barón von Hammer Purgstall, un orientalista citado con admiración por Lane y por Burton, los dos autores ingleses más famosos del Libro de las Mil y Una Noches. Habla de ciertos hombres que él llama "confabulatores nocturne"; es decir, hombres de la noche que refiere cuentos, hombres cuya profesión es contar cuentos durante la noche. Y cita un antiguo texto persa. En ese texto se dice que el primero que oyó recitar cuentos, que reunió hombres de la noche para contar cuentos y distrajeran su insomnio fue Alejandro de Macedonia. Esos cuentos tienen que haber sido fábulas, posiblemente, pero no podemos saber lo que eran. Y ya que he hablado de fábula querría decir que el encanto de las fábulas no fue ‑al principio‑ un encanto moral. Sin duda, lo que encantó a Esopo o a los fabulistas hindúes fue la idea de imaginar animales que fueran como hombrecitos y referirnos sus comedias y sus tragedias.

La idea del propósito moral fue agregada al fin; lo importante era el hecho que el lobo conversara con el cordero y buey conversara con el asno o el león conversara con un ruiseñor. Eso tiene quehaber sido lo importante para ellos. Pues bien, tenemos a Alejandro de Macedonia oyendo cuentos contados por esos anónimos hombres de la noche cuya profesión era referir cuentos, y esto parece que perduró durante mucho tiempo. Lane, en su libro Moral and Costumes of the modern Egyptians (Moral y costumbres los egipcios actuales), cuenta que hacia 1850 eran muy comunes los narradores de cuentos en El Cairo. Que había como un cincuenta y que muchas veces contaban los cuentos de Las Mil y Una Noches. De modo que tenemos una serie de cuentos y esa serie de cuentos pasa de la India, donde se forma el núcleo central, según Burton y según Cansinos‑Assens también autor de una admirable versión española. Pasan a Persia; luego, en Persia, los modifican. Ahí ya los cuentos son algo distintos; luego los arabizan y llegan finalmente a Egipto. Esto ocurre a fines del siglo XV. A fin del siglo XV se hace la primera compilación y esa compilación procedía de otra ‑según parece‑ persa, que se llama "Hazar Afsana": es decir, "Losmil cuentos".

¿Por qué mil y por qué, después, mil y una? Creo que hay dos razones. Hay una razón supersticiosa (y la superstición es importante en este caso) y dice que consideraba que las cifras pares eran de mal agüero. Entonces se buscó una cifra impar y felizmente se agregó Mil y Una. Si hubieran puesto novecientos noventa y nueve noches, pensaríamos que falta una noche; en cambio, así, sentirnos que nos dan algo infinito y que nos agregan todavía (una yapa, podríamos decirlo en criollo) una noche. Pues bien, ese texto es leído por el orientalista francés Galland y lo traduce. El libro aparece, según he dicho, en 1704. Pero antes veamos en qué consiste y de qué modo está el Oriente en ese texto. Está, ante todo, porque al leerlo nos sentimos en un país lejano a la historia.

He sabido que la cronología, la historia, existe; pero son, ante todo, averiguaciones occidentales. No hay historias de literatura persa o historia de la filosofía indostánica. Tampoco hay historias de la literatura en China, porque a lagente no le interesa la sucesión de los hechos. Es decir, se piensa que la literatura y la poesía son procesos eternos. Yo creo que, esencialmente, tienen razón. Creo, por ejemplo, que el título Libro de Las Mil y Una Noches -o como quiere Burton "Book of the thousand nights and a night" ‑"Libro de las mil noches y una noche", sería un hermoso título si hubiera sido inventado esta mañana. Si lo hiciéramos ahora pensaríamos qué lindo título; y es lindo, además, pues no sólo es hermoso (como puede ser hermoso, por ejemplo, Los Crepúsculos del Jardín, de Lugones o Quand les violons son parties, de Mauriac), sino que da ganas de leer el libro.

Uno tiene ganas de perderse en Las Mil y Una Noches; uno sabe que entrando en ese libro puede olvidarse de su pobre destino humano, uno puede entrar en un mundo, y ese mundo está hecho de unas cuantas figuras arquetípicas y además de individuos también.

Es decir, en el título de Las Mil y Una Noches ya tenemos algo muy importante, tenemos la idea de un libro infinito y, virtualmente, lo es. Los árabes dicen que nadie puede leer Las Mil y Una Noches hasta el fin, no por razones de tedio; el motivo es que se siente que el libro es infinito, y de hecho lo es.

Yo tengo en casa los diecisiete volúmenes de la versión de Burton. Sé que nunca los habré leído a todos pero sé que ahí están las noches esperándome. Que mi vida puede ser desdichada, mi vida puede tener sus altos y bajos como todas las vidas, pero ahí estarán los diecisiete volúmenes de Burton esperándome; allí estará ese mundo, esa especie de eternidad de Las Mil y Una Noches del Oriente.

*

¿Y cómo podríamos definir el Oriente? (No el Oriente real, porque el Oriente real no existe.) Yo diría que las nociones de Oriente y Occidente son generalizaciones pero que ningún individuo se siente oriental. Supongo que un hombre se siente persa, se siente hindú, se siente japonés, se siente malayo, no se siente oriental. Del mismo modo que nadie se siente latinoamericano: nos sentimos argentinos, chilenos, orientales; lo que fuere. Pero no importa, el concepto existe. Y ¿cuál es la base de ese concepto? Es ante todo el de un mundo de extremos: un mundo en el cual las personas son o muy desdichadas o muy felices. Además un mundo de extremos, desde el punto de vista económico. Un mundo de reyes, de reyes que no tienen por qué explicar lo que hacen. De reyes que son, digamos, irresponsables como dioses, de sultanes.

Y luego hay también la noción de tesoros escondidos; el hecho de que un hombre puede descubrir un tesoro, y, luego, otro hecho muy importante para Las Mil y Una Noches: el hecho de la magia, ¿Y qué es la magia? La magia es una causalidad distinta. Es suponer que, además de las relaciones causales que conocemos, hay otra relación causal. Esa relación causal puede deberse a accidentes, a un anillo, a una lámpara. Frotamos un anillo, frotamos una lámpara, y aparece el genio del anillo o de la lámpara. Ese genio es un esclavo que también es omnipotente, que también es todopoderoso, que juntará nuestra voluntad; y eso puede ocurrir en cualquier momento.

*

Quiero recordar aquella fábula que ustedes conocen, la historia del pescador y del genio. Se habla de un pescador que tiene cuatro hijos, es pobre. Todas las mañanas se acerca al borde de un mar y tiende su red. Ya la palabra un mar es una palabra mágica, porque ya nossitúa en un mundo de geografía indefinida. El pesca­dor no se acerca al mar, se acerca a "un mar" y ahí arroja su red. Una mañana él arroja su red y la saca tres veces: saca un asno muerto, saca cacharros rotos, saca ‑en fin- cosas inútiles. Luego arroja la cuarta vez (cada vez recita un poema) y la red está muy pesada. El espera que esté llena de peces, pero lo que saca es una jarra de cobre amarillo. Y esa jarra está sellada con el sello de Solimán (de Salo­món). Abre la jarra y sale un humo espeso. El piensa que puede vender la jarra a los candeleros. El humo llega hasta el cielo y luego se condensa y toma la figura de un genio.

¿Qué son esos genios? Pertenecen a una creación pre‑adamita (anterior a Adán) inferior a los hombres, que tienen menos categoría que los hombres, pero pueden ser gigantescos. Según los musulmanes, habitaban todo el espacio, es decir, esta sala en que estamos puede estar llena de genios, salvo que son invisibles e impalpables. El genio, entonces, que ha sido prisionero de la jarra durante tanto tiempo, dice: "Alabado sea Dios y Salomón su Apóstol" (Solimán su Apóstol). El pescador le dice: "¿Por qué hablas de Salomón? Salomón ha muerto hace tiempo". Y el apóstol ahora es Mahoma, y pregunta al otro por qué está encerrado en la botella. Y el otro le dice que fue uno de los chinos que se rebelaron contra Solimán, que Solimán lo encerró en la botella y lo arrojó al fondo de ese mar y puso el sello para que él no pudiera abrirla. El genio cuenta su historia que es un rasgo muy característico de Las Mil y Una Noches: estamos en un mundo fantástico, pero ese mundo ‑sin embargo- es un mundo hecho a imagen y semejanza del hombre. Entonces pasan cuatrocientos años y el genio dice: "A quien me libere yo le daré todo el oro del mundo", y luego no ocurre nada. Dice: "a quien me dé libertad yo le enseñaré, por ejemplo, el canto de los pájaros". No ocurre pues nada y así va multiplicando las promesas. Promete casi convertir en un Dios al hombre que lo liberte y en un momento en que ya está irritado dice: "Bueno, muy bien, al que me dé libertad lo mataré. Y tengo que cumplir mi juramento, prepárate a morir oh, mi bienhechor". Así que tenemos ese rasgo de mal humor en el genio que lo hace extrañamente humano y de algún modo querible. El pescador está aterrado, le pide al otro que no lo mate y luego finge descreer de esa historia y le dice: "Sí pero lo que me has contado no es cierto, ¿cómo tú, cuya cabeza toca el cielo y cuyos pies tocan la tierra, que eres tan vasto, tan gigantesco, puedes haber sido prisionero de este pequeño recipiente de cobre?". Y entonces, el otro le dice: "Hombre de poca fe, vas a ver". Se reduce, entra en la botella y entonces, naturalmente, el pescador la tapa otra vez y luego lo amenaza.

Bueno, la historia sigue y llega un momento en que el protagonista no es el pescador, el protagonista es un rey, luego es otro rey, el Rey de las Islas Negras, y luego todo esto se junta al final. Es típico de Las Mil y Una Noches. Aquí podemos pensar en aquellos cofres chinos donde hay uno adentro del otro o en las muñecas rusas que, también, hay una muñeca adentro de la otra. Algo parecido encontramos en el Quijote, pero no llevado al extremo de Las Mil y Una Noches. Además todo esto está dentro de un vasto relato central que ustedes conocen: el del Sultán que ha sido engañado por su mujer y que resuelve no darle tiempo para que lo engañe más, y así se desposa con una mujer nueva cada noche y la hace ejecutar al alba. Hasta que una mujer ‑Scheherazada‑ resuelve salvar a las otras y entonces va entreteniéndolo con cuentos que siempre deja inconclusos. Hasta que sobre los dos han pasado Mil y Una Noches y ella le muestra su hijo. Es decir, tenemos cuentos adentro de cuentos, tenemos un efecto curioso así; un efecto, digamos, infinito, algo que produce como una suerte de vértigo y esto ha sido imitado por escritores muy posteriores. Tenemos, por ejemplo, los libros de Alicia de Lewis Carroll; tenemos esa novela: Sylvie and Bruno. Ahí también hay sueños adentro de sueños que se ramifican y que se multiplican: ése es otro rasgo de Las Mil y Una Noches.

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El tema de los sueños, por lo demás, es un tema preferido de Las Mil y Una Noches, y hay una historia de los dos que soñaron, y esa historia empieza en Alejandría. Un hombre sueña con una voz y la voz le dice que vaya a Persia y que encontrará un tesoro. Entonces el hombre se dispone al viaje, es un largo viaje, hay naturalmente bandoleros, naufragios, está a punto de morir de hambre en los desiertos que separan a Alejandría de Persia, pero al fin llega a una ciudad persa. Se tiende a dormir en el patio de una mezquita, entran ladrones, los arrestan a todos y los llevan ante el Calí, ante el juez, y le preguntan por qué está allí. El dice: "Yo soy nativo de Alejandría, la ciudad de Alejandro; he venido aquí porque una voz me dijo que si yo venía a Persia encontraría un tesoro". Entonces el Calí se ríe hasta que le duelen las muelas ‑según el texto‑ y le dice: "Hombre crédulo, yo también he soñado que si yo iba a Alejandría yo encontraría un tesoro allí, que lo encontraría en una casa en la que hay una higuera y un aljibe, pero yo no he creído en esas cosas". Entonces le hace dar cien azotes. El otro vuelve a Alejandría, ha reconocido en la casa que le describió el Calí a su propia casa, ahí está la higuera, ahí está el aljibe. Cava y encuentra el tesoro. Pero ha sido necesario que los dos sueñen para que el hombre tenga el tesoro, ha sido necesario que él emprenda el viaje para merecer el tesoro ya que la voz pudo haberle dicho hay un tesoro escondido en tu propia casa, pero hay esa prueba, también.

Tenemos, además, ecos del Occidente en Las Mil y Una Noches. Nos encontramos con las aventuras de Ulises, salvo que Ulises se llama Simbad el Marino. Pero las aventuras son las mismas. Ahí están las diversas aventuras de la historia de Polifemo, está contada de un modo distinto, pero encontramos que Joseph se llama Arnadi; todo eso está en Las Mil y Una Noches. Para erigir el Palacio de Las Mil y Una Noches se han necesitado generaciones de hombres y esos hombres son, de algún modo, nuestros bienhechores, ya que nos han legado ese libro inagotable; ese libro que toma, además, tantas formas; ese libro capaz de tantas metamorfosis. Digo tantas metamorfosis porque el primer texto, el de Galland, es un texto bastante sencillo y es quizás el de mayor encanto de todos, el que no exige ningún esfuerzo del lector, y sin ese primer texto, como dice muy bien el capitán Burton, no se hubieran efectuado las otras traducciones que vinieron después.

*

Galland publica ese libro, según he dicho, en el año 1704 y ese libro viene a ser una suerte de escándalo, pero al mismo tiempo de encanto para la razonable Francia del gran monarca. Es decir, cuando se habla del movimiento romántico se piensa en fechas muy posteriores pero podríamos decir que el movimiento romántico ya empieza en aquel instante en que alguien, en Normandía o en París, lee Las Mil y Una Noches. Ya ha salido del mundo legislado por Boileau, ya está entrando en otro mundo, el mundo de la libertad romántica.

Y luego vendrán otros hechos: tenemos el descubrimiento francés de la novela picaresca por Lessage; luego tenemos las baladas escocesas e inglesas publicadas por Percy hacia 1750. Y luego, hacia 1798, el movimiento romántico empieza en Inglaterra con Coleridge, que sueña con Kublai Khan, el que protegió a Marco Polo. Vemos así lo admirable que es el mundo y lo entreveradas que están las cosas.

Y luego vienen las otras traducciones. Tenemos las traducciones de Lane que está acompañada por una enciclopedia sobre las costumbres de los musulmanes. Tenemos una traducción antropológica y obscena de Burton que está redactada en un curioso inglés parcialmente del siglo XIV; un inglés lleno de arcaismos y de neologismos, un inglés que tiene una gran belleza pero que, a veces, es de difícil lectura. Y luego tenemos la versión licenciosa, en ambos sentidos de la palabra, del Dr. Mardrus y tenemos una versión alemana literal pero sin ningún encanto literario, de Littmann, y ahora ‑felizmente‑ tenemos una versión española por quien fue mi amigo y mi maestro Rafael Cansinos Asséns.

Este libro ha sido publicado en México. Es, quizás, la mejor de todas las versiones; está acompañado también de notas como las otras. Ahora, hay un cuento que es el más famoso de los cuentos de Las Mil y Una Noches: Es la historia de Aladino y la lámpara maravillosa. Ese cuento no se encuentra en los textos originales. Ese cuento aparece en la versión de Galland y Burton buscó en vano una versión arábiga o persa de ese cuento. Hubo quien supuso que Galland habla falsificado ese cuento. Yo creo que la palabra "falsificar" es una palabra cruel, injusta. Además, por qué no suponer que Galland tenía tanto derecho a inventar un cuento como aquellos hombres de la noche, como aquellos confabulatores nocturne del principio. Por qué no suponer que él, después de haber traducido muchos cuentos, quiso inventar otro y lo hizo, en el mismo estilo.

Y ese cuento de Aladino no está detenido en el relato que nosotros leemos, ya que hay otro hecho que yo querría contarles a ustedes. De Quincey, en su autobiografía, dice que para él había un cuento en Las Mil y Una Noches superior a los otros y que ese cuento tan superior, incomparablemente superior, era la historia de Aladino. Y el habla de la circunstancia del Mago; aquel mago del Magreb que llega a la China porque sabe que en la China existe laúnica persona capaz de exhumar la lámpara maravillosa. Ahora, Galland dice en el texto que el mago era un antropólogo y que los astros le revelaron el hecho de que tenía que ir a la China y encontrar al chico ese Aladino para que exhumara la lámpara.

Pero De Quincey, que tiene una memoria inventiva admirable, recordaba un hecho del todo distinto. Según él, el mago habría aplicado su oído a la tierra y habría oído las innumerables pisadas de los hombres. Y habría distinguido, entre esas pisadas, las del chico predestinado a exhumar la lámpara. Y esto, dice De Quincey, me llevó a mí a la idea de que todo el mundo es un mundo de correspondencias. De que el mundo está lleno de espejos secretos, de espejos mágicos y que en las cosas más pequeñas está la cifra de las mayores del microcosmos y del macrocosmos. Pues bien, a esto no se encuentra en ninguno de los textos. Es una invención de De Quincey.

*

Y así, yo llegaría a lo que sería el fin de esta conversación con ustedes, y es el hecho de que Las Mil y Una Noches no han muerto. No debemos pensar en el Libro de Las Mil y Una noches. ¿Qué es un libro?, es una cosa entre las cosas. Debemos pensar en la traducción que le dio Galland, él lo tradujo: Le livre des mil et une nuit, es decir, Las Mil y Una Noches, o sea, el tiempo, el infinito tiempo.

El infinito tiempo de las Mil y Una Noches prosigue su camino. Vemos este hecho: a principios del siglo XVIII, se traduce el libro. A principios del siglo XIX ‑o fines del siglo XVIII‑ De Quincey lo recuerda de otro modo. ¿Y qué significa este falso recuerdo de De Quincey? Significa que las noches no han muerto, las noches tendrán otros traductores y cada traductor nos dará una versión distinta del libro. Casi podríamos hablar de muchos libros titulados Las Mil y Una Noches. Dos en francés, redactados por Galland y por Mardrus. Tres en inglés, por Burton, Lane y Paine, Tres alemanas: tendríamos el de Henning, el de Littmann y de Weil. Y ahora esta espléndida versión española. Cada uno de esos libros es distinto. ¿Por qué? Porque Las Mil y Una Noches siguen creciendo y ya que he hablado de De Quincey, ¿por qué no pensar en Stevenson, que publicó sus Nuevas mil y una noches? En las Nuevas mil y una noches tenemos un esquema que ya había sido utilizado en Las Mil y Una Noches: el de un príncipe disfrazado que recorre una ciudad, acompañado por su visir, y a quien le ocurren curiosas aventuras.

Pues bien, Stevenson tomó ese modelo, inventó un príncipe Floricel de Bohemia, su edecán, el coronel Geraldine, y los hizo recorrer Londres. Pero no el Londres real, sino un Londres parecido a Bagdad; no al Bagdad de la realidad, sino al Bagdad de Las Mil y Una Noches y escribió así su New Arabian Nights.

Y según se sabe hay otro escritor ‑que ustedes probablemente conocen‑ cuya obra debemos agradecer todos: Chesterton, y éste es heredero de Stevenson. Creo que es indudable que el Londres fantástico en el cual ocurren las aventuras del Padre Brown, por ejemplo, no existiría si él no hubiera leído a Stevenson. Y Stevenson no hubiera escrito sus Nuevas Mil y Una Noches si no hubiera leído Las Mil y Una Noches. Es decir, Las Mil y Una Noches no son algo que ha muerto. Es un libro tan vasto que no es necesario haberlo leído, ya es parte de nuestra memoria, es parte de la memoria de la humanidad y seguirá siéndolo y seguirá ramificándose para siempre.

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Nota:

(*) Ofrecemos hoy la versión literal de otra disertación del ciclo que está llevando a cabo Jorge Luis Borges en el teatro Coliseo. El 22 de junio último, el escritor se refirió al "Libro de las Mil y Una Noches".  Comenzó describiendo nuestra conciencia de un Oriente continuo, "vasto, magnífico, inmóvil", localizando distintos momentos de "encuentro", de un descubrimiento recíproco entre Oriente y Occidente. Habló, luego, del origen y del título, de las traducciones y de las influencias que esta obra monumental generó en Occidente: "es parte de la memoria de la humanidad –dijo- y seguirá ramificándose para siempre".

‘Una realidad universal que brota de leyendas y fábulas’
Martín Müller

El Libro de las Mil y Una Noches es para Borges, junto a sus relecturas de Stevenson y de Chesterton, la fuente más antigua y perdurable de sus cuentos.

"Yo tengo en casa ‑dijo el 22 de junio pasado, en el teatro Coliseo- los diecisiete volúmenes de la versión de Burton. Sé que nunca los habré leído a todos, pero sé que ahí están las noches esperándome. Que mi vida puede ser desdichada, mi vida puede tener sus altos y bajos como todas las vidas, pero ahí estarán los diecisiete volúmenes de Burton esperándome; ahí estará ese mundo, esa especie de eternidad de las mil y una noches del Oriente".

La influencia que estos cuentos ejercieron sobre los de Borges (tanto por el ambiente, la trama sorpresiva y el estilo) es notoria. Ya en 1935, entre los primeros relatos de Historia universal de la infamia, hay uno, dedicado a Angélica Ocampo, titulado "El tintorero enmascarado Hakim de Merv", donde leemos:

"Del fondo del desierto vertiginoso (cuyo Sol da la fiebre, así como su Luna da el pasmo) vieron adelantarse tres figuras, que les parecieron altísimas. Las tres eran humanas y la del medio tenía cabeza de toro. Cuando se aproximaron, vieron que éste usaba una máscara y que los otros dos eran ciegos. Alguien (como en los cuentos de las 1001 Noches) indagó la razón de esa maravilla. Están ciegos, declaró el hombre de la máscara, porque han visto mi rostro".

Este fragmento ejemplifica similitudes de atmósfera y de escritura. Más interesante es el recurso estético de combinar la realidad con la ficción, que Borges analiza en Historia de la eternidad ("Los traductores de las 1001 Noches"), publicada en 1936, donde se maravilla de "esa mezcla poética": "¿No es portentoso que en la noche 602 el rey Shahriar oiga de boca de la reina su propia historia?"
Borges se contesta al comentar la traducción de Burton: "Recorrer las 1001 noches en la traslación de Sir Richard no es menos creíble que recorrerlas vertidas literalmente del árabe y comentadas por Simbad el Marino".

Hace diez años, John Barth se refirió en The Atlantic Monthly a esa magistral capacidad de Borges para fusionar su fantasía con la realidad. Tomando como ejemplo esa noche 602 de Las mil y Una Noches, que Borges destaca en su ensayo sobre sus traductores, Barth confiesa:

"Sospecho que Borges inventó todo este episodio: el asunto que menciona no aparece en ninguna edición de Las mil y Una Noches que he podido consultar. No aparece todavía, de todas maneras: después de leer Tlön Uqbar Orbis Tertius, uno se siente inclinado a revisar el texto cada semestre más o menos".

El lector recordará que este cuento se origina en una edición apócrifa ‑inexistente‑ de la Enciclopedia Británica.
Actualmente, Las mil y Una Noches es un libro tan real corno la Enciclopedia Británica, pero su origen remoto, oral, sus múltiples versiones y traducciones han logrado ‑según Borges- ­incorporarlo a la memoria de todos, aun de los que no lo leyeron. Esa es, al menos, la vigencia que le adjudica a una obra creada y difundida por muchedumbres, a lo largo de numerosos siglos y generaciones.
En esta reflexión sobre Las mil y Una Noches, Borges les permitió a sus oyentes tomar conciencia de lo Oriental, de una realidad universal, metafísica ‑plasmada en leyendas y fábulas‑ que trasciende las contingencias del tiempo y del espacio.
Igual que cuando lo leemos, escuchándolo recibimos también ‑acaso más vívidamente‑ la poética hondura de sus ideas.

Lo ha dicho, con síntesis y veracidad, John Updike: "Con Borges, avanza­mos más allá de la psicología, más allá de lo humano, y su obra nos confronta con un mundo atomizado y vacante. Quizá  desde Lucrecio no ha habido poeta que sintiera de manera tan definitiva que los hombres son meros incidentes en el espacio".

Copyright La Opinión, 1977.


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Texto extraido del diario “La Opinión”, Buenos Aires, Argentina, 27 de julio 1977.  
Corrección del texto: Cecilia Falco.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones marzo 2012

 

        

 

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