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Nota paso a paso
JAM (*)
§ 15. Derrida y el nudo
En homenaje a la memoria del filósofo, que fue uno de los maestros de mi juventud, daré más desarrollo a la explicación que requiere la mención, p. 142, del nombre de Derrida.
Lacan pensaba que Derrida había olvidado reconocer lo que la invención de la "gramatología" y de la "archiescritura" debían a la circulación de términos salidos de su enseñanza ("La psychanalyse. Raison d'un échec", AÉ, p. 346), y que esta invención misma era una falsificación universitaria de esta enseñanza, un "discurso confusional" ("Lituraterre", AÉ, p. 14, donde el nombre de Derrida, al que se apunta manifiestamente, no aparece), sin dejar de reconocer a veces, por lo menos de manera alusiva, que la actualidad que había cobrado el tema de la escritura en la coyuntura intelectual y literaria de la época se debía largamente a los primeros artículos de Derrida, reunidos en La escritura y la diferencia (Anthropos, 1989) y publicados por primera vez en francés en 1967.
Por su parte, en un artículo que se volvió famoso (El concepto de verdad en Lacan, Homo Sapiens, l977), (1) Derrida se había entregado en 1975 a una relectura minuciosa de "El seminario sobre La carta robada", de 1956 (El, pp. 5‑55), y del cuento de Poe, gracias a la cual dirigía objeciones fundamentales a la doctrina de la letra y a la “lógica del significante” en Lacan.
No se podría desconocer la importancia histórica de esta crítica, que tuvo por efecto tanto "azuzar" a Lacan respecto de los defensores de la deconstrucción, como alejar de la lectura de Derrida a los lacanianos, muchos de los cuales habían seguido en sus comienzos la elaboración con gran simpatía. Sin embargo, yo estimaba que la deuda que había contraído con el que había sido para mí, durante mis años en la Escuela Normal, un profesor, un maestro, un amigo, e incluso un confidente, como suelen serlo a menudo los llamados "caimanes" (2) de la ENS, me prohibía entrar en esta controversia llevando la bandera de Lacan, dado que yo estimaba no poder compartir el desprecio manifiesto de él por Derrida (véase por ejemplo el pasaje antes citado de "La psychanalyse. Raison d'un échec", de diciembre de 1967). Si bien me sentí libre de mencionar a veces este tema en mis cursos del Departamento de Psicoanálisis, me abstuve de todo comentario en el exterior.
Con esta idea, en enero de 1987, durante una mesa redonda del Colegio Internacional de Filosofía a la que estaba invitado con Derrida y Jean-Pierre Vernant a comentar la publicación del t. II de la Historia del psicoanálisis en Francia de Élisabeth Roudinesco, presente en la sala, deseché la invitación con la que el presidente de la sesión, René Major, me incitaba de manera repentina, para responder a las objeciones de El concepto de verdad en Lacan. Siempre con la misma idea, al publicar en la revista Ornicar? extractos del Seminario 23 me negué a imprimir un pasaje en el que Lacan trataba duramente a Derrida por su prefacio al Verbier de L’omme aux loups, de Nicolas Abraham y Maria Torok. Ocurrió, sin embargo, que Derrida no me perdonó esta omisión ("Por el amor de Lacan", conferencia pronunciada en el encuentro "Lacan con los filósofos" en mayo de 1992, retomada en Jacques Derrida, Resistencias del psicoanálisis, Paidós, 1997, pp. 63‑115). El malentendido me pareció irremediable, y tan sobredeterminado que justificarme con él no hubiera dejado de agrandar la cosa.
¿Cuál era la objeción central de Derrida? La letra/carta' (3) sería en Lacan "intangible e indestructible", Iocalidad indivisible" (p. 43). Lacan asignaría a la letra/carta "un trayecto propio y circular", como testimoniaría la frase final del escrito: "Así, lo que quiere decir 'la carta robada', incluso ,en sufrimiento (4), es que una carta llega siempre a su destino". Ahora bien, sostiene Derrida, si la letra/carta es indestructible, es porque ella está de hecho elevada a la "idealidad de un sentido" (p. 84), y si vuelve de todo rodeo a su propio trayecto es porque se trata en realidad de una "reapropiación y readecuación trascendente". En suma, en Lacan, "el significante nunca debe correr el riesgo de perderse, de dividirse, de parcelarse sin remedio" (p. 43). A esta "ley del significante" Derrida opone victoriosamente la "diseminación", el "poder diseminador": "una carta siempre puede no llegar a destino", "su siempre posible reparto", "[la carta] puede fragmentarse para siempre", etc. (pp. 53 y 82).
Desde la lectura de su artículo en la revista Poétiquese me impuso la respuesta más simple a la objeción derrideana. Es inexacto que la letra/carta como tal sea en Lacan intangible, indestructible, indivisible, ideal. Los episodios memorables de destrucción de la letra/carta, desde el incendio de la Biblioteca de Alejandría al deseo de Kafka, y también el simple sentido común, vuelven muy improbable que Lacan haya mantenido tal concepción. Pero, además, hay un texto. Solamente un año y medio después de la redacción de "El seminario sobre La carta robada", terminado en agosto de 1956 (El, p. 35), Lacan escribía un artículo que debía publicar la revista Critiqueen su número de abril de 1958, con el título "Juventud de Gide o la letra y el deseo" (retomado en E2, pp. 739‑743). Las últimas siete páginas están dedicadas a un admirable análisis del "acto de Madeleine", el de quemar casi todas las cartas que había recibido de André, tan pronto como se enteró de su partida para Inglaterra con su joven amante, Marc Allégret.
Lacan reconoce en el acto de quemar estas cartas el acto mismo de Medea. En efecto, ella sacrifica así "lo más precioso que tenía" ‑dice ella‑ y, al mismo tiempo, se lo arranca también a Gide, que llora en ellas a "su h¡jo", "lo mejor de mí", "quizás no hubo jamás correspondencia tan hermosa". Él esperará la muerte de Madeleine para escribir su testimonio al respecto con el título virgiliano de Et nunc manet in te (publicado en 1947 y editado en español por Odisea, 2002). Solo entonces revela las páginas de su Diario dedicadas al episodio, que había suprimido del volumen anterior.
Lacan destaca el hecho de que estas cartas no tenían copia, lo que prueba según él "su naturaleza de fetiche", y las vuelve comparables a lo que esconde en su cofrecito el Harpagón de Moliére, ese objeto que actúa en el deseo que Lacan designará más tarde como la causa del deseo" (la expresión ya figura en "La significación del falo", E2, p. 67 1, que es de mayo de 1958; solo se establecerá en el Seminario 1962‑1963, La angustia, y desde entonces se volverá a encontrar en numerosos Seminarios y escritos). Aunque la palabra no se pronuncie, no cabe duda de que Lacan reconoce a estas cartas el estatuto del objeto a.
Pero no hay ninguna necesidad de penetrar en estos misterios para afirmar, sobre la base de este texto, que no es exacto que Lacan haya desconocido el carácter tangible, destructible, divisible, no ideal, sino bien material, de la letra. En cambio, uno no se explica que un lector tan minucioso como Derrida, tan cuidadoso con su información, tan pródigo en citas, que no duda en pasar por un tamiz el volumen de los Escritos para demostrarlo enteramente impregnado de la doctrina incorrecta que él descubre en "El seminario sobre La carta robada" ‑ él no se refiere a menos de catorce textos del libro, si contamos bien, y tampoco olvida las "publicaciones posteriores" (p. 78), de las que se citan dos ‑, que Derrida, entonces, pase por alto lo que se expone en seis páginas de "Juventud de Gide... ". La omisión es tanto más sorprendente cuanto que, entre los catorce textos que alisté, de este escrito figuran dos páginas, 722 y 732, citadas en las pp. 87 y 88 de El concepto de verdad en Lacan a propósito de la función de la ficción en literatura, pero sin mencionar el título del artículo del que están extraídas.
Estas siete páginas de los Escritos, 737 a 743, son entonces como "la carta robada", o la equivocación de El concepto de verdad en Lacan. Primera equivocación, porque, cuando apareció El concepto..., ya hacía cuatro años que se había publicado "Lituraterre", y este texto tenía todo para captar la atención del filósofo.
En efecto, inicialmente había aparecido al comienzo del Nº 3 de la revista Littérature(Larousse, 1971, pp. 3‑ 10), donde figuraba (pp. 79‑85, con una introducción de Catherine Clément) la nota sobre Dora que Lacan menciona en la p. 103 del Sinthome, y cuyo autor era una amiga en común, ella misma joyceana, Héléne Cixous (aclaración: su obra Le Portrait de Dora se publicó en 1978 en las Éditions des Femmes).
Además, desde su primer ensayo publicado, Derrida (lo recuerdo en la librería de las Presses universitaires hojeando él mismo los primeros ejemplares del libro) había sabido dar a Joyce y a su intento de "repetir [...] la totalidad del equívoco" el lugar de "otro polo" respecto de la tentativa
husserliana de obtener una lengua unívoca y transparente. Se trataba allí de una verdadera "elección" (la palabra está dicha) hereje. Ya no se tiene idea de la manera en que esta orientación detonaba en el contexto filosófico de la época, y no fue indiferente al hecho de que entre todos los enseñantes de la Sorbona de entonces yo eligiera al joven Derrida para volverme su alumno (véase en Edmund Husserl, L'Origine de la géométrie, traducción e introducción por Jacques Derrida, PUF, 1962, las bellas páginas 104 y 105) (5).
Siento reanimar con estas líneas las guerras picrocholinas lacanoderrideanas, cuando la situación presente, caracterizada por el retorno de las ortodoxias, podría por el contrario llevar a sus alumnos a renovar antiguas alianzas. Lacan y Derrida, cada uno es grande en su género, solo se trata de saber cuál. Después de todo, Lacan comenzó, como recuerda en Le sinthome, p. 76, por "Écrits 'inspirés': schizographie", quizá todo está allí (este artículo se presenta como redactado en colaboración en los Annales médico‑psychologiques, 193 1, t. 11, p. 508‑5 22; será recogido en un volumen en preparación de la colección "Campo freudiano").
Hay ciertamente mucho que decir para explicar a Derrida por contraste con Lacan, y viceversa. Se puede, desde luego, defender más adelante la pertinencia de la perspectiva elegida en El concepto de verdad en Lacan, pero prefiero contar para eso con los numerosos practicantes de la deconstrucción, ya que ese texto me alejó de una obra cuya elaboración hasta ese momento yo seguía.
Lo que sé es que en El sinthome los nudos son una escritura y el nudo es una letra. Por otro lado, Lacan pensaba haber inaugurado "este asunto de la escritura" (p. 143) por el papel que hacía desempeñar, desde su Seminario 9, al "rasgo unario" (con el que traduce el einziger Zug de Freud, que figura en el capítulo VII de la Psicología de las masas, quinto párrafo, última línea; véase por ejemplo el Seminario 11, p. 264).
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Notas:
(*) El acrónimo refiere a Jacques Alain Miller y el número corresponde a las páginas del Seminario XXIII (edición castellana).
(1) El título original del artículo de Derrida (que se publicó por primera vez en 1975, en la revista Poétique Nº 21) es "Le facteur de la vérité", y juega con dos sentidos de la palabra facteur ‑que significa tanto "cartero" como "factor" ‑, que la versión castellana citada no tiene en cuenta. [N. de la T.]
(2) Nombre que se da a los directores de estudio en la Escuela Normal Superior [N. de la T.]
(3) Recuérdese que en francés lettre es tanto "letra" como "carta". [N. de la T.]
(4) La expresión francesa en souffrance (literalmente, "en sufrimiento") significa asimismo "en suspenso", "detenida". [N. de la T.]
(5) Existe una traducción española de la introducción de Derrida: Introducción a "El origen de la geometría" de Husserl, Buenos Aires, Manantial, 2000. [N. de la T.]
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