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El caso del señor Valdemar
Edgar Alan Poe (*)

Ilustración para The Facts in the Case of M. Valdemar a cargo de Harry Clarke, 1919
No pretenderé, naturalmente, opinar que no exista motivo alguno para asombrarse de que el caso extraordinario del señor Valdemar haya promovido una discusión. Sería un prodigio que no hubiera sucedido así, especialmente en tales circunstancias. El deseo de todas las partes interesadas en mantener el asunto oculto al público. Por lo menos, hasta el presente. 0 hasta que haya alguna mera oportunidad para otra investigación, y nuestros esfuerzos a ese efecto han dado pie a un relato mutilado o, cuando menos, exagerado, que se ha abierto camino entre la gente, y que llegará a ser el origen de muchas falsedades lamentables, originando un gran descrédito.
En este momento se ha hecho necesario que exponga los hechos, hasta donde los comprendo yo mismo. Helos sucintamente aquí:
Durante estos tres últimos años ha sido repetidamente atraída mi atención por el tema del mesmerismo o magnetismo animal, y hace nueve meses, poco más o menos, ocurriéseme de pronto que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una muy notable y muy inexplicable laguna: nadie había sido aún magnetizado in articulo mortis. Quedaba por ver, primero, si en tal estado existía en el paciente alguna sensibilidad a la influencia magnética; en segundo lugar, si, en caso afirmativo, resultaba atenuada o aumentada por ese estado; y por último, cuál es la extensión y por qué período de tiempo pueden ser detenidas las intrusiones de la muerte con ese procedimiento. Quedaban otros puntos por determinar; pero eran éstos los que más excitaban mi curiosidad; el último en particular, dado el carácter enormemente importante de sus consecuencias.
Buscando a mi alrededor algún sujeto por medio del cual pudiese comprobar esas particularidades, acabé por pensar en mi amigo el señor Ernesto Valdemar, compilador muy conocido de la Biblioteca Porénsica y autor (bajo el seudónimo de Issachar Marx) de las traducciones polacas de Wallenstein y de Gargantúa. Elseñor Valdemar, que había residido habitualmente en Harlem. (N. Y.), desde el año de 1839, es (o mejor, era) notable sobre todo por la extremada delgadez de su persona, sus piernas parecíanse mucho a las de John Randolph ‑y también por la blancura de sus cabellos, a causa de la cual se confundían de Ordinario con una peluca. Su temperamento marcadamente nervioso, le hacía ser un buen sujeto para las experiencias magnéticas. En dos o tres ocasiones le había yo dormido sin dificultad; pero me sentí defraudado en cuanto a otros resultados que su peculiar constitución me hablan hecho esperar. Su voluntad no quedaba en ningún momento positiva o enteramente bajo mi influencia, y respecto a la clarividencia, no pude realizar con él nada digno de mención. Había yo atribuído siempre mí fracaso a esas cuestiones relacionadas con la alteración de su salud. Algunos meses antes de conocerle, sus médicos le habían diagnosticado una tuberculosis comprobada. Era, en realidad, costumbre suya hablar con toda tranquilidad de su próximo fin como de una cuestión que no podía ni evitarse ni lamentarse.
Con relación a esas ideas a que he aludido antes, desde el principio las asocié a la persona del señor Valdemar. Conocía yo la firme filosofía de aquel hombre para temer cualquier clase de escrúpulos por su parte; además, no tenía él parientes en América que pudiesen probablemente intervenir. Le hablé con toda franqueza del asunto, y ante mi sorpresa, su interés pareció muy excitado. Digo ante mi sorpresa, pues aunque hubiese él cedido siempre su persona por libre albedrío para mis experimentos, no había mostrado, hasta entonces, simpatía por mis trabajos. Su enfermedad era de las que no admiten un cálculo exacto con respecto a la época de su término mortal. Quedó, por último, convenido entre ambos que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del período anunciado por sus médicos como el de su muerte.
Siete meses atrás recibí la siguiente esquela del propio señor Valdemar:
«Mi querido P***:
»Puede usted venir ahora. D*** y F*** están de acuerdo en que no llegaré a las doce de la noche de mañana y creo que han acertado con el plazo exacto o poco menos.
»Valdemar.»
Esta concisa carta llegó a rnís manos una media hora después de haber sido escrita, y a los quince minutos todo lo más, me hallaba en la habitación del moribundo. No le había visto en diez días, y me quedé aterrado de la espantosa alteración que en tan breve lapso se había producido en él. Su cara tenía un color plomizo, sus ojos estaban completamente apagados, y su delgadez era tan extremada, que los pómulos habían perforado la piel. Su expectoración era excesiva. El pulso, apenas perceptible. Conservaba, no obstante, de una manera muy notable sus facultades mentales y alguna fuerza física. Hablaba claramente, tomaba algunas medicinas calmantes sin ayuda de nadie, y cuando entré en la habitación, se ocupaba en escribir a lápiz unas notas en un cuadeinillo de bolsillo. Estaba incorporado en la cama gracias a unas almohadas. Los doctores D*** y F*** le prestaban asistencia. Estreché la mano del señor Valdemar, y a continuación llevé a aquellos caballeros a un rincón de la alcoba y obtuve un minucioso informe del estado del paciente. El pulmón izquierdo se hallaba desde hacía ocho meses en un estado semiéseo o cartilaginoso y era, por consiguiente, de todo punto inútil para cualquier función vital. El derecho, en su parte superior, estaba también parcial, si no totalmente osificado, mientras la región inferior era sólo una masa de tubérculos purulentos, conglomerados. Existían varias perforaciones extensivas, y en determinado punto había una adherencia permanente de las costillas. Estas manifestaciones en el lóbulo derecho eran de fecha relativamente reciente. La osificación había avanzado con una inusitada rapidez; no se había descubierto ningún signo un mes antes, y la adherencia no había sido observada hasta tres días antes. Independientemente de la tisis, se sospechaba un aneurisma de la aorta, en el paciente; aunque sobre este punto, los síntomas de osificación hacían imposible un diagnóstico exacto. A juicio de los dos médicos, el señor Valdemar moriría alrededor de medianoche del día siguiente (domingo). Eran entonces las siete de la noche del sábado.
Al separarse de la cabecera del doliente para hablar conmigo, los doctores D*** y F*** le dieron un supremo adiós. No tenían intención de volver; pero, a requerimiento mío, consintieron en venir a visitar de nuevo al paciente hacia las diez de la noche inmediata.
Una vez se alejaron, hablé libremente con el señor Valdemar sobre su cercana muerte, y especialmente del experimento proyectado. Se mostró decidido a ello con la .mejor voluntad, ansioso de efectuarlo, y me apremió para que comenzase en seguida. Estaban allí para asistirle un criado y una sirvienta; pero no me sentí bastante autorizado para comprometerme en una tarea de aquel carácter sin otros testimonios de mayor confianza que el que pudiesen aportar aquellas personas en caso de accidente repentino. Iba a aplazar, pues, la operación hasta las ocho de la noche siguiente, cuando la llegada de un estudiante de Medicina, con quien tenía yo cierta amistad (el señor Teodoro L***), me sacó por completo de apuros. Mi primera intención fué esperar a los médicos; pero me indujeron a actuar en seguida,,en primer lugar, los apremiantes ruegos del señor Valdemar, y en segundo lugar, mi convicción de que no podía perder un momento, pues aquel hombre se iba por la posta.
El señor L*** fué tan amable,que accedió a mi deseo de que tomase notas de todo cuanto ocurriese, y gracias a su memorándum, puede ahora relatarlo en su mayor parte, condensando o copiando al pie de la letra.
Faltarían unos cinco minutos para las ocho, cuando cogiendo la mano del paciente, le rogué que indicase al señor L***, lo más claramente que le permitiese su estado, que él (el señor Valdemar) tenía un firme deseo de que realizara yo el experimento de magnetización sobre su persona en aquel estado.
Replicó él, débilmente, pero de un modo muy audible:
‑Sí, deseo ser magnetizado‑y agregó a continuación‑: Temo que lo haya usted diferido excesivamente.
En tanto hablaba así, comencé a dar los pases que sabía ya eran los más eficaces para domínarle. Estaba él, sin duda, influído por el primer pase lateral de mí mano de una parte a otra de su cabeza; pero, aunque ejercité todo mi poder, no se manifestó ningún efecto hasta unos minutos después de las diez, en que los doctores D*** y F*** llegaron, de acuerdo con la cita. Les expliqué en pocas palabras lo que me proponía hacer, y como ellos no opusieron ninguna objeción, alegando que el paciente estaba ya en la agonía, proseguí, sin vacilación, cambiando, no obstante, los pases laterales por otros hacia abajo, dirigiendo exclusivamente mi mirada a los ojos del paciente.
Durante ese rato era imperceptible su pulso, y su respiración estertorosa y con intervalos de medio minuto. Esta situación permaneció inalterable casi durante un cuarto de hora. Al termínar este tiempo, empero, se escapó del pecho del moribundo un suspiro natural, aunque muy profundo, y cesó la respiración estertorosa, es decir, no fué ya sensible aquel estertor; no disminuían los intervalos. Las extrernidades del paciente estaban frías como el hielo.
A las once menos cinco percibí signos inequívocos de la influencia magnética. El movimiento giratorio de los ojos vidriosos se convirtió en esa expresión de inquieto examen intimo que no se ve nunca más que en los casos de sonambulismo y que es inconfundible. Con unos pocos pases laterales rápidos hice estremecer sus párpados, como en un sueño incipiente, y con otros cuantos más se los hice cerrar. No estaba yo satisfecho con esto, a pesar de todo, por lo que proseguí mis manipulaciones de manera enérgica y con el más pleno esfuerzo de voluntad, hasta que hube dejado bien rígidos los miembros del durmiente, después de colocarlos en una postura cómoda, al parecer las piernas estiradas por completo; los brazos, casi lo mismo, descansando sobre el lecho a una distancia media de los riñones, la cabeza ligeramente levantada.
Cuando hube realizado esto habían dado ya las doce. Rogué a los caballeros allí presentes que examinasen el estado del señor Valdemar, y, después de varias pruebas reconocieron que se hallaba en un inusitado y perfecto estado de trance magnético. La exoectación. de ambos médicos era grande. El doctor D*** decidió en seguida permanecer con el paciente toda la noche, mientras el doctor F*** se despidió, prometiendo volver al clarear el día. El señor L*** y los criados quedáronse allí.
Nos apartamos del señor Valdemar dejándole completamente tranquilo hasta cerca de las tres de la madrugada: entonces me acerqué a él, y le encontré en el mismo estado que cuando el doctor F*** se marchó, es decir, tendido en la misma posición. Su pulso era imperceptible; la respiración, suave. (apenas sensible, excepto al aplicarle un espejo sobre la boca); los ojos estaban cerrados con naturalidad, y los miembros, tan rígidos y fríos como el mármol. Sin embargo, el aspecto general no era en modo alguno el de la muerte.
Aproximándome al señor Valdemar intenté con un suave esfuerzo que su brazo derecho siguiese al mío durante los movimientos que éste ejecutaba sobre uno y otro lado de su persona. En experimentos semejantes con el paciente ro había tenido nunca un éxito absoluto, y dudaba tenerlo ahora; pero, con gran sorpresa mía, su brazo siguió con la mayor facilidad, aunque débilmente todas las direcciones que le indiqué yo con el mío. Decidí arriesgar unas cuantas palabras de conversación.
‑Señor Valdemar‑dije‑, ¿duerme usted?
Aunque no respondió, percibí un temblor en sus labios y eso me indujo a repetir la pregunta una y otra vez. A la tercera, todo su ser se agitó con un ligero estremecimiento; los párpados se levantaron por sí mismos hasta descubrir una línea blanca del globo; los labios se movieron perezosamente, y por ellos, en un murmullo apenas audible, salieron estas palabras:
‑‑Sí,‑ duermo ahora. ¡No‑ me despierte! ... iDéjeme morir así!
Toqué sus miembros, y los encontré más rígídos que nunca. El brazo derecho, como antes, obedecía la dirección de mi mano... Pregunté al sonámbulo de nuevo:
‑ ¿Continúa usted sintiendo dolor en el pecho, señor Valdemar?
La respuesta, ahora inmediata, aunque menos audible que antes, fué:
‑No siento dolor... ¡Estoy muriendo!
Me pareció conveniente no molestarle más, por el momento, y no se dijo ni se hizo ya nada hasta la llegada del doctor F***, que precedió un poco a la salida del sol; manifestó su asombro sin límites al encontrar al paciente todavía vivo. Después de tomarle el pulso y de aplicar un espejo a sus labios, me rogó que hablase de nuevo al sonámbulo. Así lo hice, diciendo:
‑Señor Valdemar, ¿sigue usted dormido?
Igual que antes, pasaron algunos minutos hasta que llegó la respuesta, y durante ese intervalo el yacente pareció reunir sus energías para hablar. Al repetirle por cuarta vez la pregunta, dijo él muy débilmente, de un modo casi ininteligible:
‑‑Si, duermo aún... Muero.
Fué entonces opinión o más bien deseo de los médicos que se dejase al señor Valdemar permanecer sin molestarle en su estado actual y, al parecer, tranquilo estado, hasta que sobreviniese la muerte, lo cual debía de tener lugar, a juicio unánime de ambos, dentro de escasos minutos. Decidí, con todo, hablarle una vez más, repitiéndole simplemente mi pregunta anterior.
Simultáneamente se produjo un marcado cambio en la cara del sonámbulo. Lentamente los ojos giraron en sus órbitas, las pupilas desaparecieron hacia ariba, la piel tomó un tinte general cadavérico, pareciendo menos un pergamino que un papel blanco, y las manchas héticas circulares, que antes estaban muy marcadas en el centro de cada mejilla, se disiparon de súbito. Empleo esta expresión porque lo repentino de su desaparición me hizo pensar en una vela apagada de un soplo. El labio superior al mismo tiempo se retorció, alzándose sobre los dientes, que hacía un instante cubría por entero, mientras la mandibula inferior cayó en una sacudida perceptible, dejando la boca abierta por completo y al descubierto, a simple vista, la lengua hinchada y negruzca. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho mortuorio; pero el aspecto del señor Valdemar era en aquel momento tan espantoso y tan fuera de lo imaginable, que hubo un retroceso general alrededor del lecho.
Observo que he llegado a un punto de este relato en que todo lector, sobrecogido, me negará crédito. Es mi tarea, no obstante, proseguir haciéndolo.
No quedaba ya en el señor Valdemar el menor signo de vitalidad, y llegando a la conclusión de que había muerto, le dejábamos a cargo de los criados, cuando observamos un fuerte movimiento vibratorio en la lengua. Duró esto quizá un niinuto. Al transcurrir, de las separadas e inmóviles mandíbulas salió una voz tal, que sería locura intentar describirla. Hay, en puridad, dos o tres epítetos que podrían serle aplicados en cierto modo; puedo decir, por ejemplo, que aquel sonido era áspero, desgarrado y hueco; mas el espantoso conjunto era indescriptible, por la sencilla razón de que sonidos análogos no han hecho vibrar nunca el oído humano. Existfan, sin embargo, dos particularidades que ‑ así lo pensé entonces, y lo sigo pensando‑ podían ser tomadas justamente como características de la entonación, como apropiadas para dar una idea de su espantosa peculiaridad. En primer lugar la voz parecía llegar a nuestros oídos ‑por lo menos, a los míos ‑ desde uná gran distancia o desde alguna profunda caverna subterránea. En segundo lugar, me impresionó (temo realmente que me sea imposible hacerme comprender) como las materias gelatinosas o viscosas impresionan el sentido del tacto.
He hablado a la vez de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido era un silabeo claro, o aún más, asombrosa, espelumantemente claro. El señor Valdemar hablaba, sin duda, respondiendo a la pregunta que le había yo hecho minutos antes. Le había preguntando, como se recordará, si seguía dormido. Y él dijo ahora:
- Sí, no; he dormido.... y ahora..., ahora... estoy muerto.
Ninguno de los presentes fingió nunca negar o intentó reprimir el indescriptible y estremecido horror que esas palabras, así proferidas, tan bien calculadas, le produjeron. El señor L*** (el estudiante) se desmayó. Los criados huyeron inmediatamente de la habitación, y no pudimos inducirles a volver a ella. No puedo intentar, siquiera, hacer llegar al lector mis propias impresiones. Durante una hora casi, nos afanamos todos, en silencio ‑sin proferir una palabra‑, nos esforzamos en hacer revivir al señor L***. Cuando volvió en sí proseguimos juntos de nuevo el examen del estado del señor Valdemar.
Continuaba bajo todos los aspectos tal como he descrito últimamente, a excepción de que el espejo no recogía ya señales de respiración. Una tentativa de sangría en el brazo falló. Debo mencionar también que ese miembro no estaba ya sujeto a mi voluntad. Me esforcé inútilmente por que siguiera la dirección de mi mano. La única señal real de influencia magnética, se manifestaba ahora en el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que yo dirigía una pregunta al señor Valdemar. Parecía él hacer un esfuerzo para contestar, pero no tenía ya la suficiente voluntad. A las preguntas que le hacía cualquier otra persona que no fuese yo, parecía absolutamente insensible, aunque procuré poner a cada miembro de aquella reunión en relación magnética con él. Creo que he relatado cuanto es necesario para hacer comprender el estado del somnámbulo en aquel período. Buscamos otros enfermeros, y a las diez salí de la casa en compañía de los dos médicos y del señor L***.
Cuando volvimos todos por la tarde a ver al paciente, su estado seguía siendo exactamente el mismo. Cambiamos impresiones sobre la conveniencia y la posibilidad de despertarle, pero nos costó poco trabajo ponernos de acuerdo en que no serviría de nada hacerlo. Era evidente que, hasta entonces, la muerte (o lo que suele designarse con este nombre) había sido detenida por la operación magnética. Nos pareció claro a todos que el despertar al señor Valdemar sería, sencillamente, asegurar su instantáneo o, por lo menos, su rápido final.
A partir de ese período hasta la terminación de la semana última, en un intervalo de casi siete meses, seguimos reuniéndonos todos los días en casa del señor Valdemar, de vez en cuando acompañados de médicos y otros amigos. Durante todo ese tiempo, el sonámbulo continuaba exactamente tal como he descrito ya. La vigilancia de los enfermeros era constante.
Fué el viernes último cuando decidimos, por fin, efectuar el experimento de despertarle, o por lo menos, intentarlo, y es acaso el deplorable resultado de este último experimento el que ha motivado tantas discusiones en los círculos privados, en muchas de las cuales no puedo por menos de ver una credulidad popular injustificable.
Con el fin de sacar al señor Valdemar del estado de trance magnético, utilicé los acostumbrados pases. En los primeros momentos resultaron infructuosos. La primera señal de su vuelta a la vida se manifestó por un descenso parcial del iris. Advertimos como algo especialmente notable que ese descenso de la pupila iba acompañado de un derrame abundante de un licor amarillento (por debajo de los párpados) con un olor acre muy desagradable.
Me sugirieron entonces que intentase influir sobre el brazo del paciente, como en los pasados días. Lo intenté y fracasé. El doctor F*** me pidió que le dirigiese una pregunta. Lo hice del modo siguiente:
‑Señor Valdemar, ¿puede usted explicarnos cuáles son ahora sus sensaciones o deseos?
Instantáneamente reaparecieron los círculos héticos sobre sus mejillas; la lengua se estremeció, o más bien se enrolló violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron tan rígidos como antes), y, por último, la misma horrenda voz que ya he descrito antes prorrumpió:
‑ ¡Por amor de Dios! ... De prisa... de prisa..., hágame dormir o despiérteme de prisa.... ¡de prisa! ... ¡Le digo que estoy muerto!
Sentíame acobardado en extremo, y durante un momento permanecí indeciso sobre lo que debla hacer. Intenté primero un esfuerzo para calmar al paciente, pero al fracasar, en vista de aquella total suspensión de la voluntad, cambié de sistema, y luché denodadamente por despertarle. Pronto vi que esta tentativa iba a tener un éxito completo, o, al menos, me imaginé que sería completo mi éxito, y estoy seguro de que todos los que permanecían en la habitación se preparaban a ver despertar al doliente.
No obstante, es de todo punto imposible que ningún ser humano estuviera preparado para lo que ocurrió en realidad.
En el momento en que efectuaba yo los pases magnéticos, entre gritos de «¡Muerto! ¡Muerto!», que hacían por completo explosión sobre la lengua, y no sobre los labios del paciente, su cuerpo entero, de pronto, en el espacio de un solo minuto, o incluso en menos tiempo, se contrajo, se desmenuzó, se pudrió materialmente bajo mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, yacía una masa casi líquida de repugnante, de aborrecible podredumbre.
*
Nota I (S.R.):
La verdad sobre el caso del señor Valdemar (título original en inglés: The Facts in the Case of M. Valdemar), también conocido como El extraño caso del señor Valdemar o Los hechos en el caso del señor Valdemar, es un cuento del escritor estadounidense Edgar Allan Poe publicado por primera vez en diciembre de 1845 en la revista American Whig Review. Poe jugó con la ambigüedad del título hasta admitir que era un trabajo puramente imaginario de sus Marginalia. Es un excelente ejemplo de relato de suspense y terror.
El narrador, llamado P..., describe el interés creciente en el mesmerismo, una pseudociencia consistente en imbuir al paciente en un estado hipnótico mediante la influencia del magnetismo (el mesmerismo evolucionaría más adelante en la hipnosis). Señala que, hasta donde él sabe, nadie ha mesmerizado a un voluntario en el umbral de su muerte, y tiene curiosidad por conocer sus efectos en un moribundo.
Su amigo Valdemar, enfermo terminal de tuberculosis, consiente en realizar el experimento. Mientras Valdemar cae en trance, afirma primero que está muriendo, luego que está muerto. P... le deja en un estado mesmérico durante siete meses, durante los cuales carece de pulso y respiración perceptible, y su piel se aprecia pálida y fría.
P... finalmente trata de despertarlo, y en el transcurso de la operación todo el cuerpo de Valdemar degenera instantáneamente, según el relato, en una masa casi líquida de odiosa y repugnante descomposición.
La verdad sobre el caso del señor Valdemar fue publicado simultáneamente en el número de diciembre de 1845 de la American Review: A Whig Journal, y el de 20 de diciembre del mismo año del Broadway Journal. Muchos lectores, tanto en Londres como en Estados Unidos, llegaron a creer que la historia era en realidad un reportaje periodístico, según recoge el propio Poe en sus Marginalia. Robert Collyer, un sanador inglés de visita en Boston, escribió a Poe afirmando que él mismo había llevado a cabo un experimento semejante para reanimar a un hombre declarado difunto (aunque la verdad era que el hombre era un marinero borracho, el cual había revivido a resultas de un baño caliente). Otro inglés, llamado Thomas South, tomó nota de la historia para su libro Early Magnetism in its Higher Relations to Humanity, de 1846
En Inglaterra, la poetisa Elizabeth Barrett admiró, dentro de lo terrorífico del relato, la eficacia de la escritura, y un grupo de swedenborgianos (seguidores del escritor místico Emanuel Swedenborg), como se ha visto, creía que se trataba de hechos reales.
El poeta virginiano Philip Pendleton Cooke confesó a Poe que la historia le había aterrorizado; que era el más condenadamente verosímil, horrible, espeluznante, impactante e ingenioso capítulo de ficción que nadie pudiese concebir o llevar a cabo. ¡Esa voz humana gelatinosa y viscosa! Nunca se oyó nada igual.
El traductor de Poe al castellano, Julio Cortázar, en una reseña del cuento, afirma que en "La verdad..." se revela como en ninguna otra obra la influencia que tuvo sobre el autor la literatura efectista y con pretensiones científicas de la Blackwood's Magazine, revista inglesa famosa en su época, aunque, sigue Cortázar, de los cuentos del Blackwood a Valdemar hay exactamente la distancia del periodista al poeta.
En este sentido, Poe utiliza descripciones especialmente detalladas e incluso altos niveles de horror gráfico (anticipando de alguna manera el actual cine gore). En determinado momento, por ejemplo, los ojos de Valdemar segregan un humor amarillento de olor fuertemente acre y nauseabundo; si bien la imaginación morbosa de Poe alcanza su cima expresiva en las líneas finales:
“todo su cuerpo a la vez, en el espacio de un solo minuto o incluso menos, se contrajo, se desmoronó absolutamente podrido entre mis manos, y sobre la cama, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de odiosa, de repugnante descomposición”.
Esta así que antes imágenes inspirarían posteriormente a muchos autores del género macabro, incluyendo a H. P. Lovecraft. El propio Lovecraft sitúa el relato, junto a Manuscrito hallado en una botella, La narración de Arthur Gordon Pym y algunos otros, entre los más intensos relatos de horror de tipo sobrenatural, los cuales confirieron a su autor un puesto inatacable como padre y fuente de toda la ficción diabólica moderna.
Para Hervey Allen, uno de los principales biógrafos de Poe, los cuentos precursores de la ciencia-ficción Von Kempelen y su descubrimiento, Revelación mesmérica y La verdad sobre el caso del señor Valdemar suponían más que nada una respuesta al gran interés que despertaban entre el público, en vida de Poe, los últimos descubrimientos relacionados con la ciencia y la pseudociencia, a los cuales el autor, sin embargo, no concedía mucho crédito, debido a su fe absoluta en la razón, su desprecio de las emociones vulgares y su confianza egotista en la propia capacidad de análisis. El gran poder de fascinación de estos relatos era debido a la maestría de su ejecución. En este sentido, Allen afirma que hoy en día cientos de iniciativas similares de aquel tiempo permanecen olvidadas en volúmenes polvorientos.
En castellano, "Valdemar" viene a significar "valle del mar". El nombre sugiere a la vez un estado sólido y líquido, lo que hace pensar en las líneas finales antes citadas.
La muerte de Valdemar por tuberculosis y los intentos de retrasarla lo más posible, pueden haber sido sugeridos al autor por el estado de su esposa, Virginia Clemm. En el momento de la publicación del relato, a ella no le quedaban más que dos años de vida; su muerte fue debida igualmente a la tuberculosis. Los detalles tan exactos que traza Poe, por lo tanto, podrían haber sido sugeridos por los sufrimientos a que estaba asistiendo en su propia casa. De igual modo, Poe podría haberse inspirado en el espiritualista y sanador Andrew Jackson Davis, a cuyas conferencias sobre mesmerismo había asistido.
(Fuente Wikipedia)
(*) Nota II S.R.:
La referencia lacaniana está incluida en la clase 18 del Seminario II de J. Lacan, editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1983. Traducción: Irene Agoff. Edición original: Du Seuil, París, 1978. Reproducimos el párrafo en el cual se incluyen las problemáticas tratadas:
“Edgar Alan Poe bordeó incesantemente el tema de las relaciones entre la vida y la muerte, y lo hizo de un modo no exento de alcance. Como eco a esta licuefacción de Edipo pondré la Historia del señor Valdemar.
Se trata de una experiencia sobre la sustentación del sujeto en la palabra por el camino de lo que entonces llaman magnetismo, forma de teorización de la hipnosis: alguien es hipnotizado in articulo mortis a fin de ver qué sucede. Es un hombre que se encuentra en el final de su vida; sólo le queda un pedacito de pulmón, en cualquier otra parte se está muriendo. Le han explicado que si quiere ser un héroe de la humanidad, no tiene más que hacérselo saber al hipnotizador. Si se pusiera manos a la obra en las horas precedentes a la exhalación de su último suspiro, podría verse lo que pasa. Es una bella imaginación de poeta, y llega mucho más lejos que nuestras tímidas imaginaciones médicas, aunque volquemos todo nuestro esfuerzo en esta vía.
En efecto, el sujeto pasa a mejor vida, y durante varios meses permanece en un estado de agregación suficiente para ser ano aceptable: un cadáver sobre un lecho que, de vez en cuando, habla para decir estoy muerto.
Esta situación, merced a toda clase de artificios y golpes en los flancos para tranquilizarse, dura hasta el momento en que se procede al despertar, logrado mediante pases contrarios a los que adormecen; y del desdichado se obtienen algunos gritos: Dese prisa o vuelva a dormirme, haga algo pronto, es horrible.
Ya dijo hace seis meses que estaba muerto, pero cuando se lo despierta, el señor Valdemar no es más que una licuefacción repugnante, una cosa que no posee nombre en lengua alguna, la aparición desnuda, pura y simple, brutal, de ese rostro imposible de mirar de frente que está como trasfondo en todas las imaginaciones del destino humano, que está más allá de toda calificación y para la cual la palabra carroña es absolutamente insuficiente, la caída total de esa especie de hinchazón que es la vida, la burbuja se hunde y se disuelve en el purulento líquido inanimado.
(…)
La vida es eso: un rodeo, un rodeo obstinado, por sí mismo transitorio, caduco y desprovisto de significación. ¿Por qué razón en ese punto de sus manifestaciones llamado hombre, algo se produce que insiste a través de esa vida y que se llama sentido? Nosotros le decimos humano, pero, ¿es esto tan seguro? ¿Es tan humano el sentido? Un sentido es un orden, es decir, un surgimiento. Un sentido es un orden que surge. En él una vida insiste en entrar, pero él expresa quizás algo que está totalmente más allá de ella, pues cuando vamos a la raíz de esa vida y detrás del drama del paso a la existencia, sólo encontramos la vida unida a la muerte. A esto nos conduce la dialéctica freudiana.
La teoría freudiana puede parecer, hasta cierto punto, explicarlo todo, incluido lo vinculado con la muerte, dentro del marco de una economía libidinal cerrada, regulada por el principio del placer y el retorno al equilibrio, que supone relaciones de objeto definidas. La coalescencia de la libido con actividades que en apariencia le son contrarias, por ejemplo la agresividad es atribuida a la identificación imaginaria. En lugar de romperle la cabeza al otro que tiene delante, el sujeto se identifica y vuelve contra si mismo esa dulce agresividad, concebida como una relación libidinal de objeto y basada en lo que llaman instintos del yo, es decir, las necesidades de orden y armonía. Hay que comer: cuando la alacena está vacía, se embucha uno a su semejante. Aquí la aventura libidinal está objetivada en el orden viviente, y se supone que los comportamientos de los sujetos, su interagresividad, están condicionados y se explican por un deseo fundamentalmente adecuado a su objeto.
La significación de Más allá del principio del placer es que esto no alcanza. El masoquismo no es un sadismo invertido, el fenómeno de la agresividad no se explica simplemente en el plano de la identificación imaginaria. Freud nos enseña con el masoquismo primordial que la última palabra de la vida, cuando fue desposeída de su palabra, no puede ser sino la maldición última expresada al final de Edipo en Colono. La vida no quiere curarse. La reacción terapéutica negativa le es sustancial. Por lo demás, ¿qué es la curación? La realización del sujeto por una palabra que viene de otra parte y lo atraviesa.
La vida de la que estamos cautivos, vida esencialmente alienada, ex-sistente, vida en el otro, está como tal unida a la muerte, retorna siempre a la muerte, y sólo es llevada hacia circuitos cada vez más amplios y apartados, por eso que Freud llama elementos del mundo exterior.
La vida sólo piensa en descansar lo más posible mientras espera la muerte. Es lo que come el tiempo del lactante al comienzo de su existencia, por sectores horarios que no le dejan abrir sino apenas un ojo cada tanto. Traicioneramente hay que sacarlo de ahí para que alcance ese ritmo por el cual nos ponemos en concordancia con el mundo. Si el deseo sin nombre puede aparecer a nivel del deseo de dormir, del que usted, Valabrega, hablaba el otro día, ello se debe a que constituye un estado intermedio: el letargo es el estado vital más natural. La vida sólo sueña en morir. Morir, dormir, soñar quizá, como dijo cierto señor, precisamente en el momento en que de eso se trataba: to be or not to be. Este to be or not to be es un asunto completamente verbal”.
(…)
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RELACIONAR CON: El deseo, la vida, la muerte - J. Lacan >>>
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