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El laberinto egipcio

Miguel Rivera Dorado

 

 

Laberinto oculto de Hawara

El laberinto de Hawara

 

Desde épocas muy tempranas de la historia dinástica del antiguo Egipto existen representaciones de recintos con forma más o menos laberíntica. Algunos sellos y paletas muestran curiosas construcciones a mitad de camino entre fortalezas y palacios, y, para mayor sorpresa, no son pocas las piezas que llevan también grabadas efigies de grandes toros u otros animales astados, entre ellas la famosa paleta de Narmer, perteneciente, como casi todos los restantes ejemplos, al Imperio Antiguo (1). Emblemas de los nomos, signos fúnebres o símbolos religiosos de otra índole, el caso es que esas expresiones plásticas sugieren auténticas necesidades constructivas, cuya plasmación ejemplar, sin duda, son los intrincados planos de las tumbas en las pirámides de faraones como Keops, Teti, Sesostris II o Amenemhat III. Si bien los recovecos, los desniveles, los falsos pasadizos, las entradas simuladas y todos los trompe‑l'oeil posibles en el ámbito mortuorio íntimo de los reyes poseen la suprema justificación de garantizar la inviolabilidad de la cámara y el sarcófago, no sucede lo mismo con los templos funerarios próximos al lugar del entierro, dotados también a menudo de trazas cuando menos complicadas, y verdaderamente tortuosas en el segundo edificio de Micerino, el de Neferirkare o el de Sesostris I. De entre todos los templos funerarios del valle del Nilo sólo uno, sin embargo, mereció de los viajeros griegos el calificativo de laberinto: el de Amenemhat III, erigido junto a su sepultura-pirámide de Hawara, en El Fayum.

El sucesor de Sesostris III, tercero también de los Amenemhat, es el sexto faraón de la XII dinastía, en el Imperio Medio, y gobierna desde 1840 hasta 1795 antes de Jesucristo aproximadamente. Su reinado es conocido por la colonización de El Fayuni, por las intensas relaciones comerciales con Creta (2)y por haber dedicado un gran esfuerzo a la construcción de dos pirámides, una en Dahshur y otra en Hawara, en el viejo distrito de Heracleopolis, al sudeste precisamente de la actual población de Medinet el‑Fayum, de las cuales la última acogería por fin su cadáver. También dicen los autores griegos que este faraón dispuso la creación del lago Moeris, y que la magna obra llevó la prosperidad a toda la región, leyenda que está relacionada con la predilección que Amenemhat sentía por el lugar y que concuerda con el desarrollo económico que impulsó allí y con el hecho de preferir Hawara para su descanso eterno.

Pero lo que verdaderamente admiró a los griegos fue el templo que hizo construir junto a su pirámide. Situado de manera excepcional frente a la cara sur del mausoleo, era tan vasto y de diseño tan enmarañado que mereció el apelativo de laberinto y la fama de ser el modelo que copió Dédalo en Creta, inspirando todas las demás edificaciones laberínticas posteriores. Hoy día no quedan apenas vestigios superficiales, sólo algunos fragmentos de columnas o grandes sillares caídos entre la arena, un paisaje de desolación que cuadra perfectamente bien con los versos que Shelley dedicó al faraón enterrado en Hawara, pero es posible tener una idea del monumento gracias a las descripciones que hacen Estrabón, Herodoto, Diodoro de Sicilia y Plinio, principalmente, las cuales han servido de base para los dibujos ideales realizados por el arqueólogo italiano Canina y por el hombre que en 1888 determinó definitivamente la exacta localización del célebre monumento, el egiptólogo sir Flinders Petrie. Los estudios de Petrie le permitieron concluir que el templo, de 200 por 170 metros de lado aproximadamente, contaba con un gran número de salas ordenadas en grupos de tres y de seis, precedidos por un patio porticado en sus cuatro lados. Las salas y los patios estaban yuxtapuestos en' sentido este‑oeste y se sucedían en tres hileras desde el sur hasta el norte, cada una de las cuales iba precedida a su vez por otro patio. El conjunto estaba rodeado por un deambulatorio cuyo techo descansaba en decenas de magníficas columnas. Petrie encontró fragmentos de estatuas del rey, del dios Sebek y de la diosa Hathor (3) y en las sepulturas alrededor de la pirámide los famosos «retratos de El Fayum», una suerte de máscaras pintadas, a menudo de excelente ejecución y realismo, que se sujetaban a las momias en la época romana.

 

Retrato de El Fayum

Retrato de El Fayum

 

Pero antes que Petrie, el ilustre arqueólogo alemán Richard Lepsius había explorado concienzudamente la zona y de él provienen estas líneas escritas el 25 de junio de 1843: «Todavía existe un conjunto de cámaras y, en medio, la gran plaza donde estuvo el Aulae, cubierta con los restos de grandes pilares monolíticos de granito, y otros de dura caliza blanca reluciente casi como el mármol... Donde la expedición francesa buscó infructuosamente los aposentos, nosotros hemos encontrado literalmente cientos... con diminutos pilares, umbrales y nichos, y los vestigios de los sencillos bloques de piedra de los muros, conectados entre sí mediante corredores, de manera que las descripciones de Herodoto y Estrabón han quedado confirmadas a este respecto... Los fragmentos de columnas y arquitrabes que hemos extraído de la gran plaza, contenían cartuchos del sexto rey de la XII dinastía ... ». También de las publicaciones de Lepsius procede una espléndida «vista del Laberinto y la pirámide de El Fayum» debida al lápiz de Ernst Weidenbach, en la que se puede apreciar perfectamente que entre esos años de 1842 a 1844 quedaban todavía en pie bastantes paredes de lo que fue considerado en la Antigüedad una maravilla de la arquitectura, el mayor templo del mundo y un lugar de indudables virtudes y resonancias religiosas (4).

Que el lugar ha conservado hasta hoy un aura de especial sacralidad lo muestra el breve rito descrito por Neil Hew¡son, quien vio cómo tres jóvenes campesinas trepaban a la cima de la pirámide de Amenemhat llevando sobre su cabeza sendos ladrillos de barro de los utilizados en la misma construcción; una vez arriba danzaron lentamente en círculo manteniendo siempre en equilibrio los gruesos adobes. La modesta ceremonia parecía de tipo impetratorio, quizá relacionada con la salud o la fertilidad (5).

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Veamos ahora la descripción que hicieron los autores clásicos del laberinto egipcio. Herodoto de Halicarnaso escribe en el siglo v a. d. J.C.: «Compónese de doce palacios cubiertos, contiguos unos a otros y cercados todos por una pared exterior, con las puertas fronteras entre sí; seis de ellos miran al norte y seis al mediodía. Cada uno tiene duplicadas su piezas, unas subterráneas, otras en el primer piso, levantadas sobre los sótanos, y hay 1.500 de cada especie, que forman entre todas 3.000. De las del primer piso, que anduve recorriendo, hablaré como testigo de vista; a las subterráneas sólo las conozco de oídas, pues que los egipcios a cuyo cargo están se negaron siempre a enseñármelas, dándome por razón el hallarse abajo los sepulcros de los doce reyes fundadores y dueños del Laberinto y las sepulturas de los cocodrilos sagrados; y de tales estancias por lo mismo sólo hablaré por lo que me refirieron. En las piezas superiores, que cual obra más que humana por mis ojos estuve contemplando, admiraba atónito y confuso sus pasos y salidas entre sí, y las vueltas y rodeos tan varios de aquellas salas, pasando de los salones a las cámaras, de las cámaras a los retretes, de éstos a otras galerías, y después a otras cámaras y salones. El techo de estas piezas y sus paredes cubiertas de relieves y figuras son todos de mármol. Cada uno de los palacios está rodeado de un pórtico sostenido con columnas de mármol blanco perfectamente labrado y unido. Al extremo del Laberinto se ve pegada a uno de sus ángulos una pirámide de cuarenta orgías, esculpida de grandes animales, a la cual se va por un camino fabricado bajo tierra» (6). Importante nos parece que Herodoto utilice una palabra que se puede traducir por «palacio» para referirse al tipo particular de estructuras arquitectónicas que componían el laberinto. También que mencione el uso funerario a que se destinaban los recintos subterráneos.

Estrabón reúne los materiales de su Geografía en los años inmediatamente anteriores al nacimiento de Jesucristo: «Encontramos además el Laberinto, obra igual a las pirámides, y, al extremo de ese monumento, la tumba del rey que lo hizo construir. Después de haber pasado la primera de las entradas del canal se ve, a la distancia de treinta o cuarenta estadios, un terreno llano como una mesa sobre el cual hay una aldea y un vasto palacio compuesto de tantos palacios [interiores] como nomos había antiguamente. Encierra un número igual de aulae rodeadas de columnas y contiguas unas a otras, todas sobre la misma línea, todas bordeadas por un mismo muro, de manera que se encuentran colocadas delante de una larga pared en cuyo lado opuesto están sus entradas respectivas.

Al atravesar las entradas se hallan numerosas criptas de bastante longitud, comunicadas entre sí por caminos tortuosos, hasta el punto que ningún extranjero sin guía sería capaz de recorrerlas, ni de salir una vez que hubiera entrado. Lo más sorprendente es que el techo de cada una de las cámaras es monolítico, y que las criptas, en toda su longitud, están igualmente cubiertas de lajas de una sola pieza, de tamaño desmesurado, sin mezcla de madera u otra materia. Cuando se asciende al techo, que no está muy elevado, pues el edificio tiene un solo piso, se ve una llanura formada por esas enormes piedras; al descender desde allí a las aulae se las ve colocadas en fila y sostenida cada una por veintisiete columnas monolíticas. Las piedras utilizadas en la construcción de los muros no tienen menores dimensiones.

En el extremo de este edificio, que ocupa más de un estadio, se eleva la tumba, pirámide cuadrada de cuatro pletros de lado e igual altura. Ismandes es el nombre de quien está ahí enterrado. Se dice que hizo construir tal número de estancias porque era costumbre que las delegaciones de todos los nomos vinieran a reunirse en este lugar, cada una con sus sacerdotes y sacerdotisas, para hacer sacrificios y discutir los asuntos más importantes. Estas delegaciones ocupaban cada una el aula destinada al nomo» (7).

Por último, Plinio redacta la Historia Naturalen el primer siglo de la Era cristiana: «No es posible describir con detalle las partes y sus articulaciones. Se subdivide en distritos llamados nomos, de los cuales veintiuno están atribuidos a otros tantos vastos edificios. Además, contiene los templos de todos los dioses egipcios, y Nemesis ha erigido en el interior cuarenta templetes y pirámides de cuarenta codos de altura y seis arourai de base. Es cuando se está ya cansado de caminar que se llega al más inextricable rodeo del recorrido, y allí hay también salas a las que se accede salvando un declive, luego de bajar por galerías que descienden noventa peldaños. En ellas se ven columnas de pórfido, estatuas de divinidades y de reyes, y figuras de monstruos. Algunas estancias están organizadas de modo tal que, cuando se abre la puerta, surge del interior un bramido terrible, y, cuando se atraviesan, la mayor parte del recorrido se hace entre tinieblas. Otras construcciones imponentes se encuentran extramuros del Laberinto, denominadas pteron. Finalmente, se alzan ahí unos aposentos a los que se llega atravesando pasadizos excavados en la tierra. Las únicas reformas, de poca entidad, las realizó Cheremón, un eunuco del rey Nectanebo, cincuenta años antes de Alejandro Magno; según recoge la tradición, habría colocado un armazón de vigas cocidas en aceite y bloques de piedra cuadrados» (8).

La descripción de Plinio no puede sustraerse a las impresiones típicas de todo itinerario laberíntico; hay partes subterráneas, efigies monstruosas y «pruebas» aparentes como los  ruidos extraordinarios y la oscuridad.

Mucho más tarde, en el siglo XVII, el jesuita alemán Athanasius Kircher describe el laberinto en su obra Turris Babel, afirmando que supera en grandiosidad a las pirámides: «Por encima del nivel del suelo había unmausoleo basado en los planos zodiacales de Ismendi [el Ozymandias de Shelley (9)] y, debajo, un enorme conjunto arquitectónico del tamaño de una ciudad, dividido según los doce nomes de Egipto y sus divinidades tutelares. En este Laberinto habitaban solamente sacerdotes y se utilizaba para ceremonias mágicas y teúrgicas con el fin de atraer las influencias de estas divinidades». La reconstrucción del plano del edificio egipcio preparada y publicada por Kircher es muy interesante: un laberintocuadrado de tipo gráfico tradicional ocupa la parte central, y en torno a él se distribuyen doce casillas también cuadradas, todas con plantas complicadas y diferentes entre sí, y con la figura divina respectiva en su centro; una columnata constituye la franja exterior, y en cada uno de los doce huecos entre columnas aparece una figura de carácter religioso; por último, cuatro puertas arqueadas en las cuatro esquinas dan acceso al recinto" (10).

La destrucción sufrida por el laberinto después de la visita de Estrabón ha sido casi total; ya con los romanos y durante los siglos posteriores el lugar se convirtió en excelente cantera de material de construcción. Cuando las rutas turísticas por el país del Nilo se plasmaron en una de las primeras guías de Karl Baedeker, en 1878, se advertía a los viajeros que era muy poca cosa lo que alcanzarían a contemplar del famoso laberinto de Hawara (11), y en verdad apenas arena y muy escasas piedras labradas caídas y medio enterradas es todo lo que se ve hoy en el espacio un día ocupado por el inmenso edificio.

En tomo al laberinto de Amenernhat III han tejido los habitantes de la región, sobre todo a partir de la aculturación helénica, relatos que tienen a Caronte como protagonista. Muchos escritores antiguos han opinado que Caronte fue un poderoso príncipe egipcio, algunas de cuyas leyes tuvieron que ver con el uso de las sepulturas. Se dice que con los impuestos cobrados por las inhumaciones pudo hacer construir el laberinto, donde la creencia vulgar no tardó en colocar los infiernos. Según Noél los árabes llaman al templo de Hawara quellai Charon, edificio o palacio de Caronte, y dan también ese nombre al lago Moeris. La relación entre el lago Moeris y la laguna Estigia parece, por tanto, obvia. La leyenda narra que el tal Caronte era de humilde condición cuando se propuso obtener pingües beneficios del paso de cadáveres por los accidentes acuáticos de la depresión del Fayum, que eran llevados cerca de Menfis para la inhumación. Conocedor el rey de Egipto de las exacciones que efectuaba en el lago Moeris, y deseoso de participar en las ganancias, le confirmó en el oficio con toda su autoridad, con lo cual el avispado Caronte pudo finalmente ser lo bastante poderoso para asesinar al soberano y subir al trono en su lugar. Que los campesinos hayan mantenido hasta época reciente la vinculación entre Hawara y Moeris, dando a las ruinas una clara connotación palatina‑funeraria, es desde luego muy revelador (12).

También los mayas pensaban que después de la muerte los difuntos debían cruzar una extensión de agua, y el trayecto, según podemos colegir de los bellísimos grabados en hueso encontrados en la tumba 116 de Tikal, bajo la gran pirámide que sostenía el templo funerario del primero de los principales reyes del período Clásico Tardío (600‑900 d. J.C.), se realizaba en una barca o canoa conducida por remeros que eran sin duda divinidades del inframundo (13). Cierto que en el Mayab no hay noticias de un tributo a los barqueros infernales, pero sí era costumbre, al menos en tiempos tardíos, colocar en la boca de los muertos una cuenta de jade u otra piedra preciosa, al estilo del célebre óbolo de los griegos. El papel mítico de Caronte como guía, conductor, iniciador de los que viajan al Tártaro, no está tan alejado del de los hierofantes y mistagogos que en el mundo han sido. La relación de Caronte con el laberinto de Hawara es semejante a la de Ariadna con el laberinto de Creta. También los dioses mayas de las canoas fúnebres, como hemos sugerido, son señores de los dos mundos, intermediarios entre la luz y las tinieblas. Todos ellos procuran que los difuntos sigan el camino de la vida, de la vida después de la muerte, claro, pero el único camino de la esperanza, a fin de cuentas, según el modelo cosmológico del sol que muere y renace constantemente.

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¿Hasta qué punto se puede discernir una verdadera influen­cia egipcia en la traza y sentido del palacio de Cnosos? Las relaciones de Creta con Egipto fueron constantes durante muchos siglos, pero se intensificaron a lo largo del segundo milenio antes de Jesucristo. Como ejemplo de los objetos hallados por los arqueólogos que prueban esos intercambios podemos citar las decenas de copas de plata cretenses descubiertas en Tód, al sur de Luxor, que datan del reinado del faraón Amenemhat II (1938‑1904 a. d. J.C.), y la jarra de alabastro con el nombre grabado del rey hicso de Avaris Khyan (ca. 1650 a. d. J.C.), que se encontró cerca de la entrada norte del palacio de Cnosos. Tales vínculos, principalmente comerciales, no presuponen trasvase paralelo de ideas religiosas, aunque la posibilidad existe y admitimos sin dificultad que junto a los mercaderes y navegantes viajaban costumbres, ritos y divinidades.

El Mediterráneo oriental era un pequeño lago interior ya en los inicios de la Edad del Bronce, y con la misma rapidez con que materias primas y productos manufacturados se movían entre Creta, Chipre, Siria, Palestina y Egipto, así iban y venían modas, descubrimientos técnicos o científicos y creencias. Pero la orientación básica de la cultura minoica, que incluye el modelo de relaciones sociales y está fuertemente condicionada por las expectativas económicas, se aleja lo suficiente del «genio egipcio» como para dudar que el laberinto de Amenemhat fuera imitado, si es que lo fue, con otras pretensiones que las del alarde arquitectónico.

Del palacio de Cnosos, de su organización, funciones y ornamentación, se desprende una suerte de aliento vital que está ausente de las descripciones del edificio de Hawara y de los restos conocidos. Este último es sobre todo conmemorativo y simbólico; el primero es además residencial, lugar de actividad diaria y de encuentro. No obstante, y a los efectos de la argumentación que tratamos de desarrollar en este libro, ambas construcciones, haya sido la una fuente de inspiración para la otra o no, están ineluctablemente unidas por un denominador común que trasciende sus rasgos superficiales: se adecuan al patrón laberíntico, y es ese hecho el que aquí nos interesa tener en cuenta. En el caso de Cnosos el predominio lo ejerce el mito, que se proyecta sobre el monumento dotándolo de significados que tal vez sin él no hubieran sido reconocidos o que habrían sido considerados de distinta manera; en el caso de Fayum es la evidente conexión con el mundo de ultratumba lo que incide, a nuestro parecer, en la fascinación que ejerce la traza de la estructura.

Sea como fuere, conviene poner de manifiesto de nuevo que ha sido el clamor de los propios testimonios de la Antigüedad el que nos ha llevado a seleccionar las tres construcciones: en todos ellos se menciona explícitamente el término laberinto y se alude a lo que el vocablo conceptualmente entraña.

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Notas:

(1) Véase C. N. Deedes, «The Labyrinth», en The Labyrinth (Ed. S. H. Hooke), Society for Promoting Christian Knowledge, Londres 1935, págs. 2-42, especialmente las páginas 4-9. También J. Vandier, Manuel darchéologie égyptienne, tomo I, Éditions A. et J. Picard, París 1952, págs. 590-599.

(2) Las relaciones oficiales de Egipto con las ciudades minoicas y micénicas no sólo se prueban mediante los bienes de intercambio descubiertos en las excavaciones arqueológicas, por ejemplo, la cerámica cretense de Camares que aparece en contextos egipcios de Kahun, Harageh y Abydos, o el objeto de piedra con el nombre de un rey hicso descubierto en la isla mediterránea, sino que todavía más significativos son los relieves en la base de una estatua del templo funerario de Amenofis III (1391-1353 a. J.C.) en Tebas, donde aparecen en jeroglíficos, dentro de cartuchos dentados, famosos topónimos egeos como Cnosos y Faestos, acompañados por bustos de cautivos que representan las poblaciones de esos lugares. Véase Lawrence Berman, «Arnenophis III et son temps», en Amenophis III, le pharaom-Soleil, Réunion des Musées Nationaux, París 1993, pág. 48. Esos nombres tal vez constituyan el conjunto más antiguo conocido de topónimos europeos; cf. Jürgen Osing, Aspects de la culture pharaonique, Mémoires de L'Académie des Inscriptions et Belles Lettres, Nouvelle Série Tome XII, París 1992. Un vistazo crítico a las representaciones de gentes del Egeo en el arte egipcio, con la pertinente bibliografía y referencias a diversos materiales arqueológicos norteños hallados en el país del Nilo, en Shelley Wachsmann, Aegeans in the Theban Tombs, Orientalia Lovaniensia Analecta 20, Uitgeverij Peeters, Lovaina 1987. Por otro lado, a principios de siglo vio la luz un ensayo de comparación entre los laberintos de Hawara y Cnosos, y, paralelamente, de las respectivas culturas egipcia y cretense en la primera mitad del segundo milenio antes de Jesucristo; es el de H. R. Hall, «The Two Labyrinths», Journal of Hellenic Studies, vol. XXV, Londres 1905, págs. 320 337. El autor discute también ampliamente la razón de que ambas construcciones fueran denominadas con el término laberinto y el posible origen egipcio del vocablo; además, establece una interesante conexión entre la fundación del laberinto de El Fayum y la proximidad del lago Moeris, lo que nosotros podemos aprovechar para ratificar el valor funerario y cosmológico de los grandes depósitos de agua, símbolo vinculado universalmente, como es lógico, a los caminos que conducen al inframundo, y en tal sentido ciertas islas son el equivalente al centro de los laberintos, por ejemplo, seguramente, Naxos, donde fue abandonada Ariadna. En el Mediterráneo clásico existía la creencia de que las almas de los difuntos tenían una irresistible sed y que necesitaban agua abundante para calmarla.

(3) J. Vandier, Manuel d’archeologie égyptienne, tomo II, Éditions A. et J. Picard, París 1954, págs. 193-194.

(4) Véase: Richard Lepsius, Discoveries in Egypt, Ethiopia, and the Peninsula of Sinai, in the years 1842-1845, Londres 1853. La ilustración de Weidenbach en Richard Lepsius, Denkmüler aus Aegypten und Aethiopien, Berlín 1849-59. Ambas obras están citadas en Peter A. Clayton, The Rediscovery of Ancient Egypt. Artists and Travelers in the 19th Century, Portland House, Nueva York 1990, págs. 86-87. También, W. M. Flinders Petrie, G. A. Wainwright y E. Mackay, The Labyrinth, Gerze/t and Mazghuneh, British School of Archeology in Egypt, Bernard Quaritch, Londres 1912, págs. 28-37.

(5) R. Neil Hewison, The Fayoum. A Practical Guide, The American University in Cairo Press, El Cairo 1986, págs. 79-82.

(6) Herodoto, Los nueve libros de la Historia, Libro segundo (CXLVIII), tomo I, Edición de Bartolomé Pou, Editorial Iberia, Barcelona 1960, pág. 164. Otra edición muy popular en castellano es la de Carlos Schrader, de la Editorial Gredos (Madrid 1977). Ambas versiones son bastante semejantes, excepto que donde Pou traduce «doce palacios cubiertos», Schrader lee «doce patios cubiertos»; a pesar de que la redacción del jesuita es algo retórica, interpretacio nes como ésa nos han parecido convincentes. No obstante, es posible que los «grandes animales» esculpidos en la pirámide deban entenderse sólo como «figuras», bajorrelieves y jeroglíficos. Las cuarenta orgías, o brazas, son algo más de 71 metros. El «mármol blanco» de la traducción de Pou se queda única mente en «piedra blanca» en la de Schrader.

(7) Strabon, Géographie, traduite du grec en français par A. Corai, tome IV seconde partie, L’ Imprimerie Royale, París 1816, págs. 405-411. El erudito comentarista de la obra incluye una larga nota sobre el sentido de la palabra utilzada por Estrabón para designar los espacios destinados a las asambleas de los nomos. Las doce divisiones del laberinto son consideradas finalmente «palacios» organizados en torno a aulae, atrios o patios peristilos. Esta cuestión incide en la de las diferencias que se aprecian en las versiones de Herodoto citadas en la nota anterior. El estadio griego equivale a 184,80 metros. El pletro es la sexta parte del estadio, o sea, 30,80 metros.

(8) Con el nombre Nemesis, Plinio debe referirse verosímilmente a Amenemhat III. Los arourai son cuadrados de 52,50 metros de lado. El término pteron designa con toda probabilidad la columnata que corría por el costado norte del laberinto propiamente dicho y bordeaba al sur la sección reservada a los templos con los respectivos patios. Véase la edición italiana de Plinio mencionada anteriormente, páginas 643-645, y las notas 1 del párrafo 87 y 2 del párrafo 88.

(9) Nota S.R.: Ozymandias, poema de  Percy Bysshe Shelley y publicado en 1818  (traducción del inglés es de Fernando G. Toledo).

“ A un viajero vi, de tierras remotas.
Me dijo: hay dos piernas en el desierto,
De piedra y sin tronco. A su lado cierto
Rostro en la arena yace: la faz rota,
Sus labios, su frío gesto tirano,
Nos dicen que el escultor ha podido
Salvar la pasión, que ha sobrevivido
Al que pudo tallarlo con su mano.
Algo ha sido escrito en el pedestal:
«Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad
Mi obra, poderosos! ¡Desesperad!:
La ruina es de un naufragio colosal.
A su lado, infinita y legendaria
Sólo queda la arena solitaria”.

 

(10) Véase Joscelyn Godwin, Athanasius Kircher. La búsqueda del saber de la antigüedad, Editorial Swan, San Lorenzo de El Escorial 1986, pág. 65 y lám. 20. Siendo Kircher uno de los precursores más notables de la moderna egiptología, y autor estimado de numerosas obras en las que se trata el antiguo Egipto, su visión de aquella cultura está, sin embargo, plagada de errores y de prejuicios -debido a su gusto por la doctrina hermética, por ejemplo-, algo muy en consonancia con el ambiente que se respiraba en el siglo XVII europeo en lo referente a pueblos pretéritos y exóticos. Véase como muestra la crítica de Champollion a los intentos del clérigo alemán para descifrar la escritura jeroglífica, en J. F. Champollion, Principes Généraux de l’ Écriture Sacrée Égyptienne, Institut d'Orient, París 1984, págs. VII-VIII.

(11) Baedekers Egypt 1929, David and Charles, Londres 1985, págs. 206-207.

(12) J. F. M. Noél, Diccionario de Mitología Universal, tomo I, Edicomunicación, Barcelona 1991, págs. 285-286.

(13)Véase, por ejemplo, Miguel Rivera, La religión maya, Alianza Editorial, Madrid 1986, págs. 189-196. También, Teresa Ramayo Lanz, «Interpretación de un grabado en hueso de la tumba 116 de Tikal», Analté, Nº 1, Universidad de Yucatán, Mérida 1976, págs. 5-24. Otra interpretación en el marco de los recientes avances en la investigación iconográfica y epigráfica se halla en el libro de Linda Schele y Mary Ellen Miller The Blood of Kings. Dinasty and Ritual in Maya Art, Kimbell Art Museum y George Braziller, Fort Worth 1986, págs. 270-271.

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Texto extraido de “Los laberintos de la antigüedad”, Miguel Rivera Dorado, págs. 47-59, editorial Alianza, Madrid, España, 1995.
Selección y destacados: S.R.

 

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