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(Des) encuentro entre Heidegger y Celan

Ana Victoria Catania

 

Martin Heidegger

Martin Heidegger


“El poema puede ser (…) una botella mensajera,
arrojada en la creencia (…) de que en alguna
parte, en algún momento, podría ser depositada
en tierra, tal vez en tierra cordial. Los poemas
están en camino también de esta manera: se dirigen
hacia algo. ¿Hacia dónde? Hacia algo que está abierto”
(Paul Celan, Alocución de Bremen)

 

A lo largo de mis estudios en filosofía siempre me sentí particularmente atraída por la relación entre ésta y la literatura, en especial la poesía. Si volvemos nuestra mirada a los presocráticos descubriremos con gran asombro y placer –quizás algunos con extrañeza- que filosofía y poesía eran lo mismo en tanto las argumentaciones cosmológicas y metafísicas eran expuestas en verso; recordemos el poema de Parménides o los versos de Heráclito que más tarde inspirarían a Nietzsche y a Heidegger. Luego llegó Platón quien dividió las aguas entre las verdaderas funciones del discurso filosófico y pedagógico con las ficciones propias de la poesía y la rapsodia. Es que el poeta, a diferencia del filósofo, está en estado de “enthusiasmos”, (lleno de dios): su discurso no es claro ni lógico, confunde y oscurece ya que se encuentra en trance, fuera de sí mismo.

No puedo evitar pensar en la imagen que elige el poeta rumano Paul Celan tomada del  Lenz de Büchner para caracterizar al poeta como aquel “que camina sobre su cabeza” y que por lo tanto  “tiene el cielo como abismo”.

Precisamente en el contexto del siglo XX, el encuentro más fascinante y productivo entre la filosofía y la poesía es el que se dio entre Paul Celan (1920-1970) y Martin Heidegger (1889-1976).  En un texto de 1943 –el epílogo a Qué es Metafísica– el filósofo alemán nos invita a reflexionar acerca de la relación o vecindad, mejor dicho, entre pensar y poetizar, insistiendo en la necesidad del diálogo entre pensadores y poetas a partir del ámbito común a ellos que no es sino el Decir inicial u original, aquel que “dice el ser” o “nombra lo sagrado”. A este tipo de decir llama Heidegger “pensar poetizante” (denkerisch-dichterisch). Imaginemos lo siguiente – con permiso de Hölderlin, de quien Heidegger toma esta imagen–: poetizar y pensar son dos troncos vecinos que se yerguen enfrentados, separados por una delicada y, a la vez, luminosa diferencia, que al enfrentarse se entrecruzan, siendo dicho cruce el trazo que abre a ambos a su mutua vecindad. Ahora bien, escuchar lo que esta vecindad tiene para decirnos –en tiempos donde el discurso científico-técnico oscurece la auténtica relación entre el hombre y el Ser – requiere de paciencia e incluso de esperanza. Por ello mismo el eco de las palabras de Hölderlin resuenan en la entrevista que le hiciera la revista Der Spiegelal filósofo de Messkirch en 1976: “Sólo un dios podrá salvarnos”. Heidegger –meditando en su cabaña de Todtnauberg en medio de la Selva Negra–  se entrega, pues, al más puro y prístino silencio.

Mientras tanto, en París, un poeta genial, atormentado por su pasado, escribe en la lengua de quienes durante la segunda guerra mundial habían aniquilado a su familia en los campos de exterminio. No nos debería asombrar que la orgullosa convicción heideggeriana de que el alemán  –la lengua de los grandes poetas románticos– podía por sí sola (junto con el griego antiguo) exponer y transmitir auténticamente dicho pensar-poetizante; así como la Selva Negra; la cabaña de Todtnauberg; los caminos del bosque; la vestimenta rústica de Heidegger e incluso los zapatos del labriego – haciendo referencia al cuadro de Van Gogh que Heidegger analiza en El origen de la obra de arte – habían llegado a simbolizar casi todo lo que aterrorizaba a Celan, quien vivía exiliado en la capital francesa desde 1948.

Sin embargo esto no impediría que el poeta – intermediado por  Ingeborg Bauchmann –  leyera y marcara con suma curiosidad los textos capitales de Heidegger, desde Ser y Tiempo a los textos de interpretación de la poesía de Hölderlin, Rilke y Trakl. Por otra parte, Heidegger había señalado que Celan se encontraba entre los mejores poetas de la época y había manifestado su interés en conocerlo. Después de un angustioso titubeo, y en respuesta a la presencia de Heidegger en una lectura de sus poemas, Celan accedió a visitar el célebre retiro del filósofo en la “cabaña” de Todtnauberg, cerca de Friburgo. Este encuentro tuvo lugar a finales de julio de 1967. Se reunieron dos veces más, en junio de 1968  y marzo de 1970, (des)encuentro del cual ambos se retirarían con ánimo abatido.

Allegados a Celan afirman que éste sentía al mismo tiempo una profunda atracción y  una terrible resistencia ante la obra y persona de Heidegger. Su mente estaba llena de contradicciones y reproches: buscaba la cercanía y a la vez se la prohibía. Sin embargo, estos dos troncos que se yerguen enfrentados no podían no cruzarse. “Hace tiempo que deseo conocer personalmente a Celan. El es el que está más adelantado y el que más retirado se mantiene”, había señalado Heidegger. Mientras que a Celan le resultaba difícil encontrarse con un hombre cuyo pasado él no podía olvidar –refiriéndose a la relación entre el filósofo y el nazismo-. Aún más, la falta de arrepentimiento de su parte inquietaba a Celan. Como la entrevista publicada por Der Spiegel en 1976 deja en claro, Heidegger simplemente no estaba dispuesto a expresar cualquier opinión directa sobre el Holocausto. Era un silencio formidablemente astuto, tal como sugiere el comentarista Georg Steiner. Celan, por su parte, había manifestado su odio y dolor en el poema “Todesfuge”: “Gritad tocad más dulcemente a la muerte, la muerte es un maestro de Alemania”.

Del primer encuentro nos queda un testimonio: el poema “Todtnauberg” inspirado en el mensaje que éste le dejara en el libro de la cabaña: “Al libro de la cabaña, con la mirada a la estrella de la fuente, con la esperanza de una palabra venidera (kommendes Wort) en el corazón”.¿Esperaba Celan – al igual que había reclamado Marcuse al filósofo de Messkirch en una carta de 1947– una palabra de perdón que lo liberara definitivamente de su identificación con el nacionalsocialismo? ¿Deseaba Celan una confesión pública de arrepentimiento y transformación? ¿Se sentía defraudado porque Heidegger no había pronunciado hasta el momento dicha palabra?

Gerhart Baumann –testigo del primer encuentro entre ambos– señala cómo poeta y pensador caminaban el camino hacia la cabaña con ánimo distendido y relajado, comentando los eventos del día. Puedo hacerme la imagen de ambos recorriendo los caminos del bosque, entre la claridad y la oscuridad de las sombras de los árboles. Qué hablaron en la cabaña, qué compartieron, qué estado de ánimo los embargaba, nada se sabe. Solamente que a su regreso, conocidos de Celan lo notaron completamente cambiado, “extrañado”. Celan encarna a ese extranjero – de sí mismo, de su patria, de su identidad- que Heidegger ve en la figura del Poeta: aquél que por permanecer más alejado se encuentra en la cercanía de aquella palabra que tanto reclama, aquella que convoque el llamado del Ser. Aquí encontramos el trazo que relaciona en estrecha vecindad la diferencia (pensar / poetizar – Heidegger / Celan) de la mismidad: ambos reclaman una palabra, palabra inicial / palabra venidera.

Al recibir el poema "Todtnauberg", Heidegger le respondió calurosamente en una carta fechada el 30 de enero de 1968. Aquel día en la Selva Negra había sido, según él “vielfälltig gestimmt” (“pleno de sensibilidad”). Celan, por su parte, había comentado entre sus allegados que el encuentro había sido“Licthungsvoll” (“iluminador”). Después de eso, Heidegger pronunció una de sus frases supremas: “Seitdem haben wir Vieles einander zugeschwiegen” (“Desde entonces, es mucho lo que nos hemos dicho en silencio el uno al otro, en silencio mutuo”). La palabra que ambos reclaman se traduce ahora en: silencio. Aún más, sus discursos llegan a converger en la necesidad de valorar el silencio en una sociedad histerizada por el ruido, las habladurías, la avidez de novedades, el chismorreo y la publicidad. “Atardecer de las palabras, buscador de manantiales en el silencio”, subraya Celan, haciéndose eco de Heidegger quien en De Camino al Habla sostiene que sólo se acerca el hombre a lo verdaderamente esencial, aquello que hemos olvidado y que nos reclama, entrando a través del silencio. El poeta de origen judío es un buscador al igual que lo es el pensador alemán: ambos asumen que el lenguaje poético revela y oculta a la vez la inmediatez del ser del lenguaje. Quizás en medio de ese bosque, en Todtnauberg, se abra “el claro” que restituya la primordial energía de esa palabra venidera. Sin embargo, en Celan pesa la desilusión, aquella que se concentra en el poema homónimo; una desilusión que sugiere la imposibilidad de cualquier diálogo amplio entre el lenguaje del poeta y el del pensador, aún cuando estén en la cúspide de su respectiva verdad. La palabra debía forzosamente culminar en el silencio definitivo.

El destino de Heidegger será entregarse a este silencio (“El ser no puede nombrarse”) en el ostracismo de su cabaña, en calmo y sereno meditar; mientras que a Celan lo reclama la muerte: su cuerpo se hace finalmente obra. Días después de su último encuentro, un jueves santo de 1970 – a raíz del cual Heidegger comunica a Baumann con profunda consternación, “Celan  está enfermo, incurablemente enfermo” – Paul Celan camina hacia el Pont Mirabeu y se arroja al Sena, sin testigos. Su cuerpo es hallado 10 días después por un pescador. En la mesa de su estudio, encuentran un libro de Hölderlin (Heidegger había planeado conducirlo a través del paisaje de Hölderlin por el alto Danubio en el verano de ese año), aquel poeta que mientras más alejado y extrañado de sí, más cercano celebró el (des)encuentro entre filosofía y poesía.

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Con-versiones julio 2011

 

        

 

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