Acerca de la disolución de la Escuela Freudiana de París
Gennie Lemoine‑Luccioni
La disolución del 5 de enero de 1980 (1) es una ruptura, y una ruptura cuyo efecto debía ser poner fin a lo que algunos, tal vez la mayoría, querían perennizar: una sociedad. Porque habían acabado por creer en ella.
¿Creer en qué? ¿0 para qué?
En la existencia de una institución (ahora bien, la institución está hecha para durar), en la existencia de un cuerpo donde alimentarse y de una casa donde anidar. El acto de disolución demolió ese gran cuerpo de un golpe.
¿Pero en ese montaje para sobrevivir, qué podía subsistir del análisis? En última instancia, ahí ningún analista podía ya reconocerse analista.
Este acto es, por consiguiente, un acto analítico. Devolvió a cada cual a su soledad, a su desamparo profundo, puesto que el desamparo es nuestra condición. Al menos cada cual pudo interrogarse sobre la índole de aquello a lo que se aferraba y, en primerísimo lugar, plantearse esta pregunta, siempre angustiante: ¿soy analista, si ya no me lo garantizan?
Sin embargo, el analista tiene que reconocerse primeramente analista. No basta que lo sea de hecho o que lo haya sido en el seno de una escuela. El Acto de disolución vino a replantear la interrogación.
En el lapso en que este texto se acaba, la Escuela ya no está. Vivimos una ruptura, otra vez; la primera selló el nacimiento mismo de la Escuela.
Porque ella procede de ruptura en ruptura, como el hombre, al nacer y después.
En cada ocasión se apela a la ley jurídica para afirmar la continuidad contra el corte. Sin embargo, ¿quién no ve que aquí la ley no hace más que, ocupar el lugar del cuerpo de la Escuela, de la teoría del Otro vuelto cuerpo y amenazado con caer en pedazos por el Acto de disolución? ¡Salvaguardar la continuidad para que cese la angustia!
Verdaderamente, el analista «tiene horror al acto analítico», como dijo y publicóJ. Lacan (2).
Le tiene horror como todo el mundo, y como el hombre tiene horror al vacío. ¡Y ésta no es una simple comparación! El analista resiste, pues, como todo el mundo. El análisis no es algo adquirido, siempre está recomenzando, a pesar de la resistencia que provoca.
*
El hombre es una bestia forzada, diría yo para añadir una definición a tantas ya formuladas. Es una bestia forzada a encontrar. El psicoanálisis no le facilita el pasaje, como tampoco la ética de G. Bataille, o la que todo escritor segrega para sí mismo creyendo laborar para el conjunto de los hombres.
Quizá sin embargo supo, más que esos autores que a pesar de su proyecto profundo quedaron esencialmente aislados, hallar una teoría y una práctica que puedan producir efectos inmediatos y de mayor alcance sobre la propia sociedad.
Es que ‑al igual que escritores como G. Bataille‑ el psicoanálisis tuvo que enfrentarse primeramente con el mal; si no con el mal como valor, al menos con el valor del mal. El mal está en el centro de la investigación y de la práctica analíticas. El psicoanálisis no podría constituirse en una sociedad encargada de la salvaguarda de los bienes, cualesquiera que éstos sean. Ello no implica que deba perpetuar el mal, sino sólo que no debe negarlo. El desconocimiento del mal es la vía rápida; en un instante pone fin, suprimiéndolos, a todos los problemas. ¿Por qué hablar entonces de una sociedad analítica?
«Escuela» es, en efecto, más adecuado, si al menos hay invención y enseñanza de una teoría. Este fue el caso de la Escuela freudiana.
En cambio, ¿por qué no «colegio»? Tal vez porque, habiendo existido ya cierto «Colegio sociológico», hay un precedente muy comentado por estos lares. Era quizá difícil escoger la misma denominación sin crear un vínculo de filiación. Prevaleció el título de «Causa freudiana». De cualquier modo, efectivamente se trata de colección en dicha sociedad, que no tiene una relación directa con la sociedad de hecho a la que todos pertenecemos.
Dura escuela en todo caso ‑aunque el nombre de Escuela esté eliminado‑, donde no se puede decir nada que constituya acto de reconocimiento; donde, salvo necesidad excepcional que selle el fracaso del análisis, nadie incluye ni excluye a nadie; porque aquellos a quienes se atribuye este poder no están sino a la escucha del sí o del no que pronuncia, lo sepa o no lo sepa, el propio impetrante.
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La demanda del impetrante viene necesitada por su síntoma, que no tendría sentido negar ajustando al individuo a un ideal de salud. El síntoma de cada uno determina su análisis.
La demanda sólo puede conducirlo al «pase», articulación esencial en la Escuela, en la «Causa» que él basta para fundar, porque allí la avanzada teórica se convierte en obra de cada uno.
No hablando más que para hacer acto ‑y a esto conduce el trabajo analítico, acorralando a lo imaginario y poniendo al descubierto los agujeros del discurso‑, el lenguaje se reduce al sí y al no originarios, fundadores del sujeto en el otro; y el sujeto se reduce a lo que él es por origen: Jano de doble cara, fatal asesino de su otra cara.

Dios Jano
De ahí que nadie se ame en esta clase de sociedad, ya que no en la transferencia. Ahí más bien se odia. Además, para el analizante, el lugar del entusiasmo y la alegría que todo trabajo en común suele suscitar, muy pronto es ocupado por el terror. El odio y el amor quedan al desnudo. ¡Escándalo! ¿Cómo es posible querer eso?
No lo queremos. Sin embargo, el escándalo analítico tiene su fundamento en la necesaria sacudida de las resistencias. Cuanto más fuertes son, más necesario es el escándalo. Freud sabía que su acción era escandalosa, ¿y qué hay más escandaloso que el desvío de la mirada del analista al final del análisis? «¡Yo que lo amaba tanto!», se dice el analizante, que ya no tiene imagen que consumar ni palabras para lamentarse. Ahora sólo puede gritar (al menos en el sentido inglés del término to cry).
Lo que aquí y allí queda interrumpido es el curso natural de la vida, del que por otra parte el hombre no es capaz; pero que su imaginario arrastra engañosamente, y que lo simbólico, abusivamente, confirma y consagra. Freud recuerda que el hombre sigue queriendo hacerse llevar por el Gran Todo. Dice que lo que en realidad busca es a la Madre. Es verdad, pero quizá esté buscando, sobre todo, lo continuo en la madre. Y esa Madre puede ser simplemente una escuela. Desviar la sigla, es decir, el nombre del padre, y perpetuar la institución, es decir, la madre, tal es siempre el proyecto de hijos e hijas. La Escuela freudiana no fue una excepción. Por eso falló en su proyecto analítico. ¡Tanto resiste el espíritu de familia! Fue preciso el Acto de disolución de enero para acabar con esta resistencia. Sin embargo, el pase es el lugar de disolución del último de unos lazos tan naturales como imaginarios: la transferencia.
En efecto, el pasante debe ir a hablarle de su análisis no a su analista, soporte de la transferencia, sino a pasadores de los que a menudo nada sabe; pero que ciertamente no son para él «sujetos supuestos saber», dado que todavía están enviscados en su propio análisis. El desfase es brutal e irremisible; el sentimiento de desamparo (para volver a él), total. En este punto de no‑vida, «la chispa» puede brotar o no; la experiencia sigue siendo, por sí misma, suficiente.
Por duro que sea, el pase no lo es más que cualquier rito iniciático de antaño. Pero en psicoanálisis no hay iniciación, porque tampoco hay revelación de una verdad. Y no hay esoterismo. Sin embargo, el pase conserva dos rasgos del rito iniciático: la experiencia íntima de la muerte en el goce, y el pasaje de esa experiencia íntima a lo real de la socialidad radical del sujeto.
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Con todo, el pase no fue suficiente y la disolución resultó inevitable. Una vez destruidos los montajes y lo continuo imaginario de la institución, podrá pasarse, seguramente, a la instauración de un juego de carteles donde «cualquiera trabaja con cualquiera», según la proposición de P. Soury. El sistema de permutación y sorteo extendería el efecto de pase al conjunto de los participantes. Ya no serían tomados en él como personas imaginarias sino como jugadores enfrentados por el azar y la necesidad del juego. «Un tiro de dados ...»
Sin embargo, en los carteles no se trabaja en cualquier cosa. Sus miembros trabajan en la teoría analítica que los trabaja: la de Lacan. Pero trabajar en su teoría y ser trabajado por ella no implica seguirlo, no implica responder a la llamada de la mirada y de la voz. Esto seguiría siendo transferencia.
El trabajo de cartel consiste en la puesta a prueba de la avanzada analítica de cada cual en grupo; a prueba del grupo. Un hombre solo, en efecto ‑así fuese Lacan‑, no trabaja. Puede escribir, pero entonces es su texto el que trabaja a los otros por él; así pues, el escritor tampoco está realmente solo. El número 1 no se sostiene.
El número 2 mantiene lo imaginario; el número 3 funda lo simbólico; pero el número 4, que entonces constituye tercero con el uno cualquiera de los otros tres, abre una brecha en lo real. Anuda lo imaginario y lo simbólico en lo real.
Siguiendo a P. Soury puede decirse también que si el 1 domina un cartel, su funcionamiento es paranoico; si una pareja domina un cartel de 4, por ejemplo, determina a los otros dos a formar igualmente pareja; hay entonces dos parejas antagónicas y el cártel estalla. Si el que domina es el 3, el cuarto aislado se va. Así es posible hacer jugar cierto número de hipótesis; pero el cártel de 4 o de 5, es decir, el pequeño grupo, no puede funcionar sino por la entrada en juego del uno más que basta para anular la posibilidad de las combinaciones simbólico‑imaginarias.
Así queda abierta ‑fuera de la ética inaugurada en su momento‑ la vía de lo político, último en llegar al campo analítico; queda instalado, mejor dicho, un sistema de grupos que no es la institución, al menos en cuanto ésta se ha hecho para durar mientras que aquél apunta a «reunir para disolverse de inmediato» (3). El sistema es puesto en circulación según un movimiento que jamás halla reposo. Pero hay trabajo en grupo e instauración de un sistema de orden social; y, por lo tanto, de un instrumento político adecuado para asegurar la transmisión del psicoanálisis.
Acto de nacimiento y acto de ruptura no constituyen sino un solo y mismo acto. Si no hay relación sexual, un sujeto sólo puede advenir en el corte. La efracción del cosmonauta no es más que repetición.
Pero para que el grito insoportable cese es menester todo el arte de que el hombre es capaz. «Kierkegaard, -escribe Lacan-, concede a Job el derecho de gritar hasta el cielo. Yo odio los gritos. Quiero las condiciones del "agrirnensor" este juego introduce posible en lo imposible. Al menos en este juego la palabra y las categorías del lenguaje no regulan nada.»
El silencio del analista se asemeja al silencio del artesano; y, como artesano, manipula redondeles de hilo. Por manual que sea ante todo este trabajo, no es más fácil de integrar en nuestro trabajo cotidiano de analistas. Pero esta elección en favor de las condiciones del agrimensor nos indica en qué lugar desfasado hay que mantener al lenguaje para que no tape los agujeros del discurso.
Notas:
(1) J. Lacan disuelve la EFP, que había fundado en 1964, el 5 de enero de 1980.
(2) Le Monde, 24 de enero de 1980. [Nota S.R.: el texto de la carta mencionada es el siguiente:]
“Remito a Le Monde el texto de esta carta. Con mi seminario del 15, si quisieran publicarlo entero.
Para que se sepa que nadie aprendió nada al lado mío, nada, por lo que sé, de valor.
Sí, el psicoanalista tiene "horror" de su acto. Hasta el punto que lo niega, lo deniega y lo reniega –y maldice al que se lo recuerda. Lacan Jacques, para no nombrarlo, hasta clama indignado contra Jacques-Alain Miller, odioso en demostrarse el por-lo-menos-uno que lo lee. Sin más consideraciones que las necesarias a los "analistas" establecidos.
¿Mi pase los toma demasiado tarde, que yo no tenga ahí nada que presumir?, ¿o es por haber confiado el cuidado a quien atestigua no haber percibido nada de la esctructura que la motiva?
Que los psicoanalistas no lloren aquello de lo que los alivio.
La experiencia, no la abandono. El acto, les doy la oportunidad de enfrentarlo”.
24 de Enero 1980.
(3) Cf. J. Lacan, seminario del 11 de marzo de 1980. [Nota S.R.: el texto es el siguiente:]
“… Me dirijo a los otros, aquellos que no deben hacer este trabajo, por no haber pertenecido a mi Escuela sin –sin que pueda decirse que no hayan estado intoxicados-.
Con ellos –sin dilatación- arranco la Causa freudiana- y restauró en su favor el órgano de base retomado de la fundación de la Escuela, es decir el cartel, del cual, experiencia hecha, afino la formalización.
Primero: Cuatro se eligen, para proseguir un trabajo que debe tener su producto.
Segundo: La conjunción de los cuatro se hace alrededor de un Más-uno, quien, si bien es cualquiera, debe ser alguien. A su cargo el velar por los internos de la empresa y provocar su elaboración.
Tercero: Para prevenir el efecto de encolado, debe hacerse la permutación en término fijo de un año, dos como máximo.
Cuarto: Ningún progreso es esperable, sino una exposición a cielo abierto periódica de los resultados y de las crisis del trabajo.
Quinto: El sorteo asegurará la renovación regular de los hitos creados a fin de vectorializar el conjunto.
La Causa Freudiana no es Escuela, sino Campo —donde cada uno tendrá carrera demostrando lo que hace del saber que la experiencia deposita.”
***
Texto extraido de "El grito", Gennie Lemoine‑Luccioni, págs. 147‑151, Editorial Paidós, Barcelona, España, 1982.
Traducción: Irene Agoff.
Edición original: Editions du Seuil, París, 1980.
Selección, destacados y notas: S.R.
Con-versiones Junio 2010
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