El grito
Gennie Lemoine
En el instante en que el niño nace, si no lo sostiene alguien, cae. Cae y grita. A menudo he pensado que lo que todo durmiente experimentó entonces, vuelve a vivirlo cuando, reanudando una cierta vigilancia, se siente caer en un agujero, mientras que se halla perfectamente en su cama; en el sueño, su peso ha vuelto a ser total, y él lo ignora.
El hombre despierto ha aprendido a sostenerse. No sólo se tiene en pie, sino que además se mantiene suspendido encima del suelo y, si pudiera, lo soltaría.
Olvida, pues, que cae. Al nacer, posee todo su peso. No es la madre la que lo recoge sino ya «el Otro omnipotente a quien se dirige la demanda»: partero o partera. Alguien experto que lo toma, lo toca, lo lava, lo envuelve. Se lo sostiene. Es sostenido.
¿Cuál es ese Otro omnipotente que ya con su misma presencia provee «marcas de respuesta»?1. Cualquiera, en todo caso no la madre, aunque hoy en día un método inquieto por borrar todo trauma pretende que el niño le sea entregado de inmediato. De todas formas hay un «se». Y, para el niño, este «se» no es siquiera primeramente alguien, sino un conjunto de impresiones e intercambios cuya clave ya no es la del régimen intrauterino anterior. Así pues, hay pasaje vacío, y luego, a la salida del pasaje, todo aquello de lo que el niño se apodera para no seguir cayendo. Se apodera no como de una boya que él tuviera que sostener, sino como de una mano que lo sostendría. Para decirlo de otra manera, como de una respuesta a la angustia, respuesta que puede escribirse por medio de una pequeña letra lacaniana, S1. El niño, en efecto, sólo la conocerá como respuesta después, cuando el acontecimiento se repita y se torne experiencia por exclusiva virtud de la repetición.
Así pues, no hay trauma originario en el nacimiento; habrá surgimiento, con efecto retroactivo, de la angustia, gracias a un segundo acontecimiento que permite al sujeto recobrarse.
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Al respecto el caso de Agnès es significativo ya que, olvidada en un cuarto de hospital tras su nacimiento, que se produjo durante un bombardeo, vivió perfectamente tranquila y feliz en casa de sus abuelos hasta los cinco años. Sin embargo, no la habían encontrado hasta tres días después, por casualidad. El cordón estaba ya tan infectado que fue preciso efectuar una operación. El ombligo quedó completamente borrado y, por tanto, ningún vestigio umbilical, ni siquiera una cicatriz. Los trastornos sólo comenzaron cinco años después, a la vuelta de su padre, que había estado prisionero, y con la reanudación de la vida familiar. Ya la primera noche no pudo conciliar el sueño y tuvo que ser devuelta a casa de sus abuelos. Luego empezó a tener pesadillas: escuchaba aullidos, gritos, rugidos. Cada noche sobrevenía el fin del mundo pero, como era una niña, no podía percibirlo tal cual. Finalmente, veinte años después, experimentó una angustia tan intensa al desembarcar en una ciudad extranjera, que resolvió iniciar un análisis. Sin duda, más y más, para recobrar el primer momento en que como sujeto estuvo ausente.
No se puede llamar trauma a lo que se vivió cinco años después y, con fuerza y precisión en paulatino aumento, unos veinte años más tarde. ¿Habría que decir entonces que el trauma consistió en la vuelta del padre? ¿En la llegada a una ciudad extranjera? ¿Por qué no decir incluso que no se produjo sino al final, como la muerte, que entonces sería el significante amo? Es preferible atenerse al descubrimiento de que lo que no puede experimentarse ni decirse no puede ser vivido. En ausencia del sujeto no se produce nada, salvo la ausencia misma, que el sujeto no parará de recobrar.
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El caso de Agnès es como el del analizante que se ausentó de sí mismo durante una caída hasta el punto de no sentir nada, y que para reencontrarse sujeto debió revivir, en sueños, la torcedura de la muñeca, la fractura de los huesos y el dolor. Pero sin caída puesto que, en sueños, no caía. En cambio, sufría. En este instante en que hay retorno del afecto, hay cambio de régimen. Pero la respuesta se presumía posible desde el grito, ya que los cuidados se toman como una respuesta a éste. Pues bien, el primer ademán de «se» fue cortar el cordón umbilical y tapar así el conducto que había quedado abierto. ¡Que por ahí ya no salga ni entre nada!
El grito brotará entonces de otra parte, de arriba, traicionando otra hiancia en la panza, cerrada sin embargo, del niño.
Ese grito es oído por la madre como una llamada, por más impotente que sea para responder a ella. La madre cree que el niño habla porque ella habla, y sobre este malentendido inicial habrá de instaurarse el lenguaje. El argumento del nacimiento sólo tiene valor de ejemplo, pero es un ejemplo inaugural pues se sitúa en un comienzo, aunque no sea originario.
En el momento del grito el niño está desprovisto de todo: es el agujero, la negrura. Si viera algo podría recuperar al menos, imaginariamente, la paz. Y, si hablara, podría llamar. Pero no ve ni habla, en un principio estas dos funciones no están diferenciadas. Serán los primeros cuidados y las primeras impresiones, por estar ellas mismas diversificadas (ruidos, tocamiento, miradas), y diversificadas también por emanar de uno o de varios sujetos, los que le permitirán diferenciar sus propias funciones y pulsiones, al capricho de la demanda que a través de tales cuidados le será dirigida.
Cuando grita, el recién nacido abre sus ojos de par en par (por cierto que sin ver) al mismo tiempo que sus pulmones, y, al igual que Jersy Kosinski,2 podría hacer brotar de su cabeza dos globos oculares tanto como un grito. Sin embargo, lo que sale es el grito, porque ver exigiría capacidad para tomar distancia. Voz y visión, que aún estaban mezcladas, van a divergir.
En el vientre materno el niño ya oía, estaba inmerso en los ruidos, y los ruidos, no cabe duda, lo tranquilizan. Son lo lleno. Su propio grito viene a colmar ese vacío nuevo ‑insoportable‑ al mismo tiempo que se hace demanda, a causa del Otro.
En un segundo tiempo la visión taponará las fisuras eventuales del universo sonoro, colmará los silencios. La visión, que mantendrá al niño suspendido en el espacio orientado y cuya función culmina en el momento del estadio del espejo, anula la palabra. Deja sin voz. En efecto, si vemos, ¿qué queda por decir? De ahí que la visión niegue, más que cualquier otra función, la castración simbólica. Vuelve caduca la demanda, colma. Pero cuando el que ve descubra que no ve más que vacío ‑la «Cosa» en lugar de las cosas u objetos‑, sólo le quedará saltarse los ojos, como un Edipo cualquiera.
Fue ésta la aventura de Artaud y en este punto lanzó su grito. Volviéndose para ver el otro «espacio», aquel que no sólo sería el revés, que nosotros llamamos el derecho, que tiene derecho a nuestro reconocimiento y del que para Artaud se trata de salir, cayó en el agujero en que su cuerpo se había convertido. En efecto, no hay más que el cuerpo, y este «cuerpo no cesa de ser, incluso cuando el ojo que lo ve, cae». Así expresa Artaud todo lo continuo en ese cuerpo que no cesa de ser y todo lo discontinuo en ese ojo que lo perfora.
En el instante del grito, el niño aún está lejos de la crisis edípica. Sencillamente, no está pronto para entrar en el mundo. El sistema de las asociaciones verbales,3 como dice Freud, a causa de la prematuración, no está preparado. Por tanto, el grito es primeramente una descarga, «un proceso primario» que ignora el plazo necesario para la instauración de una cadena significante. En ese intervalo también fuera del tiempo, en el lugar de la metáfora (S1) susceptible de moverse puesto que inaugura una cadena, a veces se instala el inmóvil fantasma ($<>a).
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Veamos cómo describe Freud el conjunto del proceso del grito al lenguaje. «El llenado de las neuronas nucleares en Y 4 tiene como consecuencia una necesidad de descarga, un empuje, que va a realizarse por medio de la motricidad. La experiencia demuestra que el primer camino a seguir es el que conduce a una modificación interna (manifestaciones emotivas, gritos, inervaciones musculares). Pero, como ya dijimos, ninguna descarga de esta clase hace bajar la tensión, pues nuevas excitaciones endógenas siguen afluyendo a pesar de todo, y la tensión se ve restablecida. La excitación no puede ser suprimida sino mediante una intervención capaz de detener momentáneamente la liberación de cantidades (Qh) en el interior del cuerpo. Esta especie de intervención exige que se produzca cierta modificación en el exterior (por ejemplo, presentación de la comida, proximidad del objeto sexual), modificación que, en cuanto acción específica, sólo puede efectuarse por medios determinados. En estas fases precoces el organismo humano es incapaz de provocar una acción específica, que sólo puede cumplirse con ayuda exterior y en el momento 5 en que la atención de una persona entendida se dirige al estado del niño. Este la ha alertado gracias a una descarga que se produce por la vía de los cambios internos (por ejemplo, con sus gritos). La vía de descarga adquiere así una función secundarla de suma importancia: la de la comprensión mutua. De este modo, la impotencia original del ser humano pasa a ser la fuente primera de todas las motivaciones morales.»
Por tanto, es la urgencia (Freud habla también de un «estadio de urgencia») la que desencadena el grito. Pero si el grito cayera en el oído de un sordo no bastaría para satisfacer al lactante. En realidad, el grito desencadena un sistema de intercambios que se diversificará en funciones y pulsiones específicas que tienen objetos específicos, todos parciales y metonímicos.
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Visión y palabra estarán en competencia. Lo que funciona es la una o la otra. Sin embargo, como dijimos, lo que sale primero es el grito, aunque la madre haya creído recibir una mirada. ¡Y qué mirada! ¿Qué no habría de poner en ella? Así y todo, esta mirada es voraz, ciegamente voraz. Por el contrario, no hay duda de que el lactante reconoce la voz y el olor cuando los reencuentra llegando de otra parte, tras el intervalo de ese blanco que marca el corte.
Si me atreviese, escribiría: esa nueva nada que es el vacío. Porque el vacío llama a lo lleno, y el niño, desde después del grito, hará lo lleno de respuestas. Pero el nada de nada, anterior e inimaginable, el nada de lo que sencillamente no ha tenido lugar, el niño no lo experimenta en lo sucesivo, sino como vértigo de la falta cuya clave el Otro, por su propia demanda, parece poseer. La pulsación de lo lleno y lo vacío aparece instaurada, así, en el lugar del Otro.
La visión se organizará plenamente en el momento de la imagen especular, porque ésta, por hallarse invertida, está no obstante orientada. Lo que de aquí en más habrá de prevalecer, abusivamente por otra parte, es la orientación de la imagen especular. Y ello equivale a decir que la imagen vista por el Otro prevalece. Puesto que debe elegir, en lo sucesivo el sujeto confiará solamente en la derecha; ¡sin embargo, la que ve activarse es la mano izquierda! El error ratificado por el uso común escapa a todo control, y este uso cobra fuerza de ley. A pesar de ello, cabe imaginar qué revolución suscitaría el restablecimiento de una siniestra verdad. Siniestra, por cierto, ya que antes de la orientación corriente, preestablecida por el uso e impuesta al sujeto por la imagen especular, no había orientación en absoluto. J. Lacan demostró que su nudo borromeo se vuelve dextrógiro o levógiro sólo por obra de su achatamiento, que implica la elección de un punto de vista. Ahora bien, la elección del punto de vista ya es elección de una orientación. Pero sin punto de vista, el sujeto no podía ver nada, no podía aprehender ningún objeto.
Ese espacio abierto a todas las direcciones es el mismo al que es arrojado el recién nacido al salir del útero envolvente. Como a todo precio necesita un vientre que lo contenga, se construye el espacio geométrico tradicional ‑y, además, igualmente espontáneo‑ que es el espacio euclidiano, ¡espontáneamente construido!
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A Artaud le costó mucho desconstruirlo. Quería huir de la jaula, quería salir a otra parte, descubrir «el éter de un nuevo espacio que todo hombre lleva en sí y donde el Ser se despliega». Sabemos a dónde le condujo este deseo: se reencontró putrefacto en el útero materno, convertido él mismo en ese útero putrefacto. Su grito es el del «suicida de la sociedad» que él quiso ser antes que abjurar de sí.
Pero el hombre, nacido de una mujer, ¿puede hacer de modo que haya nacido de otra parte, e inventarse? Cristo, también él nacido de una mujer aunque después la tratara con cierta dureza, al aceptar este nacimiento indicó que aceptaba, al mismo tiempo, la ley que Artaud rechazó.
Habiendo estallado el mundo, el «nuevo éter» es también el de los cosmonautas 6. Lanzados a ese nuevo espacio y encerrados en un caparazón que les hace las veces de útero, conjugan una vida fetal y una vida interplanetaria. Si conservan el mando de sus aparatos, si logran oprimir un botón ‑¿pero de dónde puede llegarles la indicación de una dirección?‑ la apuesta está ganada.
Fue ganada: los cosmonautas lograron mantener, fuera de su espacio propio, un islote donde su organización motriz, por imaginarias que sean sus bases, sigue funcionando. ¿Qué perciben del espacio desconocido? Al menos, sin duda, el esfuerzo que deben volcar para escapar a la costumbre, es decir, a los marcos de su visión. Quiero decir que su visión los posee, como posee a cualquier iluminada. Así pues, los hombres tienen ciertamente el deseo de otro espacio, pero apenas tocado ese otro espacio reconstruyen el antiguo: «No podemos caernos de este mundo», decía a Freud un amigo.
Si el dedo que ha dejado de obedecer no pudiese oprimir el botón de mando, ¿quién oiría allá lejos el grito del cosmonauta? Entonces habría que hablar del «silencio de esos espacios infinitos», y espantarse. El cosmonauta no oiría su propio grito.
Pero el objeto de la mirada, el botón que sirve de punto de acomodación antes de servir para poner en marcha la mecánica, ese objeto permanece y, de él al cosmonauta, permite la reorganización de un campo visual, reabsorbiendo el vacío. De este modo el ojo se contenta, negando la castración. Porque la respuesta a la demanda implícita en toda pulsión está ya ahí, bien pronta, parecería, y es incluso inmediata, pues la mirada es, en sí misma, su propio objeto. El ojo goza sin parar. No hay vacío en el paisaje que se construye y que, si resultara ser vacío, podría despistarlo.
Sin embargo, cuando la noche confunde el paisaje, si el sueño no viene a cerrar los ojos y a abrir otra escena, el horror inunda al sujeto.
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«Tengo un techo, muchos no lo tienen, escribe Maurice Blanchot 7, no padezco de lepra, no soy ciego, veo el mundo, fortuna extraordinaria. Veo este día fuera del cual no hay nada. ¿Quién podría quitarme esto? Y al desdibujarse este día yo me borraré con él; pensamiento, certeza que me transporta.»
Cuando el niño nace no tiene techo ni ley, y se dice que «ve la luz», pero es la luz la que lo ve y lo hiere. El techo que Maurice Blanchot tiene sobre su cabeza se lo puso él mismo, y lo perforará, como los cosmonautas perforaron nuestro cielo, pero en una experiencia muy diferente. Ante el primer amor defraudado el mundo del sujeto se desmorona; entonces anhela la noche, más conforme, más semejante a su vacío nuevo.
Pero ¡ay! « El vacío me ha defraudado », escribe después con humor, y el lector se sonríe. Para luchar contra esta nueva decepción, el hombre ‑¡el héroe, podemos decir, con razón!‑ por un tiempo puede identificarse con la Ley. Así se convierte en un hombre importante. En nombre de la Ley puede aplastar a todos los demás, porque son todos criminales. Pero en el «inmenso prójimo» sólo se encuentra a sí mismo. Entonces, ¿quien suprime a quién, y en nombre de quién? La Ley no se encuentra nunca.
Sin embargo, un día de intenso frío en que él mismo, el héroe, se ve casi reducido a la inexistencia, sobreviene un acontecimiento: tiene una visión 8. Una mujer, el coche de un niño, una puerta cochera por la que la mujer y el niño desaparecen; por último, la mirada de un hombre.
Esta simple mirada es, sin duda, él, siempre él, pues más allá del agujero de la cerradura, más allá de la puerta cochera sólo hay oscuridad. Y más acá, ahí donde él se encuentra, está sólo él mirándola, acrecida hasta la dimensión del universo.
«Yo había captado el instante a partir del cual el día, que había chocado con un acontecimiento verdadero, se apresuraría hacia su fin. El fin llega, me dije, viene el fin, llega algo, el fin comienza».
El fin es «la locura del día». El héroe ha visto y pierde la vista. Un hombre tritura vidrio sobre sus ojos. «A la larga me convencí de que veía cara a cara la locura del día. Ella era la verdad, la luz se volvía loca, la claridad había perdido todo buen sentido.»
Así pues, el bello espectáculo callejero, cuando le es devuelto ‑en la medida en que le es devuelto gracias a los médicos‑, lo deja absolutamente pobre. Ya nada enriquece a este sujeto, e incluso todo lo empobrece. Porque, en verdad, no hay nada que ver en el mundo más que la miseria, y él mismo se vuelve forzosamente culpable de vivir, por miserable.
Los médicos que se inclinan sobre él para escrutarlo, al mismo tiempo lo hacen desaparecer y después le preguntan: «¿Dónde se esconde usted?» ¿No hubiese sido mejor, entonces, no asistirlo, que imponerle esa ley que se echa a sus pies para que vea, para que viva, y le impide querer vivir y ver?
Pero él no hubiese podido escapar a esta ley. Tras la revelación del día, después de haber conocido «la horrorosa crueldad del día», ya no podía ni mirar ni no mirar. «Ver era el espanto, y no ver me desgarraba de la frente a la garganta».
Helo aquí, pues, otra vez convertido en el recién nacido de ojos abiertos de par en par y garganta desgarrada por la crueldad de la luz y el espanto. ¿A quién asombrará entonces que en ese instante de desgarramiento surja el grito?
«Por otra parte, dice entonces, oía gritos, gritos de hiena que me arrojaban a la amenaza de una bestia salvaje (sus gritos, creo, eran los míos) ». Al dejar de ver, ya no se reconoce a sí mismo y aúlla. Pero también: aúlla, y ya no se reconoce. La inversa del grito de nacimiento, que desgarra desde el vientre a la garganta y exige reconocimiento.
Feliz de ver, desde el instante en que por fin ve se pierde como sujeto. Enfermo de su pérdida, agravia a la humanidad y cae bajo el golpe de la ley. El enfermo es culpable, la enfermedad prueba que la ley fue transgredida: no había que ver, no había que ser visto. El día acaba sin que el hombre, que sin embargo tuvo la revelación de un acontecimiento, haya podido recuperarse. Pierde la razón.
Así pues, no había que ver. Para quien elige ignorar esta ley, la elección implica el retorno al grito del animal o la muerte. Orfeo, cuando se vuelve para ver a Eurídice, la pierde por segunda vez. Sin embargo podía, ya que no ver, al menos cantar. Entre los no músicos el grito del animal permanece al acecho, y el retorno a la bestia es irremediable.
Si negándose a reconocerse en el animal el sujeto sofoca el grito, pierde así el acceso eventual al lenguaje y se refugia en el síntoma. Un psicoanalista 9 forjó la hipótesis de que el asma podía «ser un grito ahogado». Pero entonces es indudable que el «desplazamiento hacia lo alto», vale decir, el proceso de sublimación que debía conducir del placer sexual al placer de hablar, en esta ocasión ha fracasado. Como en el caso de Dora, la que goza sintomáticamente es la garganta: «Hace ya muchos años expuse, dice Freud,10 que la disnea y las palpitaciones de la histeria y de la neurosis de angustia no eran más que fragmentos del acto del coito, y en muchos casos, como en el de Dora, pude referir el síntoma de la disnea, del asma nervioso, a la misma causa determinante, es decir, al hecho de haber sorprendido las relaciones sexuales de los adultos. Es muy posible que la coerción entonces padecida haya provocado en la pequeña Dora un viraje de la sexualidad, y que la tendencia a la masturbación quedase reemplazada entonces por una tendencia a la angustia».
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El asma de la analizante que ahoga su grito ‑llamémosla Diaule‑ se explica sin duda de un modo idéntico. La interpretación del analista, que tradujo el asma como «un grito ahogado», tuvo valor de intervención. «La analizante, dice, dejó de sufrir crisis durante un mes y pudo dejar los medicamentos. Sin embargo un domingo, en casa de sus padres, tuvo una nueva crisis y pensó que su madre la había ahogado.» Es lícito jugar con la palabra «ahogado», pues Diaule ahoga su grito y se ahoga.* Ella dice que la persona que la ahogó siempre era su madre, pero en cuanto a ésta, gritaba. Quizá también la hija gritaba en circunstancias que el análisis no ha revelado aún, pero era una persona irascible. Al ahogo se añade, pues, una causa suplementaria: no gritar como ella. Exactamente la inversa de Dora, que tose como su padre y por cierto no se lo prohíbe. Es verdad que, por otra parte, Dora no se ocupaba en absoluto en parecerse a su madre, y la otra Dora tampoco quiere identificarse con la suya. Pero la identificación, cualquiera que haya sido, funcionó: Diaule efectivamente grita, y ‑¡horror!- grita como su madre, pero únicamente en sueños, durante ese sueño que contó en análisis y que dio lugar a todo este trabajo asociativo.
Puedo reproducir aquí palabra por palabra ‑hasta tal punto coinciden‑ lo que dijo otra analizante. Se trata de un caso de abandono: «Mi marido me dijo que tenía una amante. Me ahogué. Puedo afirmar que tuve una crisis de asma, pero nunca fui asmática. Era una crisis, las palabras me subían como bolas... no tenían ningún sentido. No podía gritar porque me ahogaba. La oscuridad me envolvía, por todas partes la falta. Estaba sin continente». Es oportuno subrayar la aparente paradoja de ahogarse sin continente.
Este ahogo hay que tomarlo al pie de la letra, porque si el niño ‑por volver al niño- no grita, se ahoga; en efecto, no le abre una vía a la función respiratoria pulmonar (vía y voz **: la homofonía, he dicho, se duplica en un irresistible eco de sentido). En consecuencia la descarga tiene un efecto de organización fisiológica, el niño ha de pasar de un sistema respiratorio a otro y también aquí hay ruptura y pasaje vacío. El niño es forzado. «Me acuerdo de haberme preguntado siempre, desde los ocho años e incluso antes, escribe Artaud,11 ... qué habría sido verse respirar y haber querido respirarme para experimentar el hecho de vivir... »
Si Artaud se condena a la «sofocación» es, precisamente, porque ambas pulsiones, la de ver y la de respirar, se mezclan en lugar de organizarse y alternarse la una con la otra. Lo dijo en otro lugar: él no soporta la vida parcial de órganos que dividen su cuerpo. No acepta la metonimia que, a ese cuerpo, lo habla.
Pues bien: el hombre está obligado a entrar en la cadena metonímica de los significantes, y ésta, si bien es metonímica, es estrecha. En esto se juega la vida. La alternativa es el síntoma neurótico o el retorno al estado anterior que, por este hecho, ya no es el paraíso intrauterino (suponiendo que lo sea, pues las violencias y rupturas comienzan con la vida), sino el estado, para el hombre, más cercano a la animalidad, es decir, la enfermedad.
Para escapar a la alternativa hay, sin embargo, un camino diferente, el que eligió Diaule, la analizante asmática: tocar la flauta. De este modo, lo que no dice gritando ni hablando lo toca en la flauta. Otros lo cantan. Kathleen Ferrier cantaba con la garganta socavada por el cáncer, y murió al finalizar un concierto. Se sabe de otros cantantes que curaron de sus afecciones pulmonares cantando. Lo seguro, al menos, es que el lugar de su síntoma es también el lugar de su goce.
¡De este modo hacen algo con su aliento, que por haber fijado el goce se ha convertido en bien inapreciable! Si seguimos a Freud ese asma reproduce, en efecto, un fantasma sexual que el análisis, en el caso citado, todavía no mostró bajo esta luz. De forma tal que el goce, doloroso ‑en el síntoma‑ o voluptuoso ‑en el placer estético‑, es la salida más natural de la dificultad neurótica propia del hombre.
Opuestamente, la enfermedad es un estado que, a partir de Freud, tiene nombre: narcisismo primario.... aunque el síntoma neurótico tampoco pueda ser acondicionado siempre de una manera viable, no patológica. Por tanto, la frontera entre lo que sería enfermedad y lo que no lo sería permanece en la imprecisión.
Si en este punto de partida la vigilia [éveil], por decir así, cuando no el despertar [réveil], no interviene en el instante del grito, el sujeto se instala en el narcisismo primario ya antes de haber podido dar el salto. Lo que también se instala entonces es la pulsión de muerte, exigiendo satisfacción inmediata y resolución de todas las tensiones. ¿Diremos que por este sistema no circula libido ninguna?
Como precisa Freud, contra Jung: « El nombre de libido está específicamente reservado a las fuerzas instintivas de la vida sexual ... » Se trata de la función, la única «que se extiende más allá del individuo y que está involucrada en la relación con la especie». Freud está pensando aquí en la procreación, y resulta evidente que el acto sexual y su posible consecuencia implican al Otro de manera particularmente imperiosa. Por el contrario, desde el primer momento de aflicción el hambre y la sed se avienen a un recurso que puede resultar anónimo, e incluso ser puramente material y fortuito. La presencia del Otro es exigida, pero no obligatoriamente reconocida. La entrada en el lenguaje ‑cosa notable‑ no obedece, pues, a una necesidad natural.
Sin embargo, y en contra de Freud, puede afirmarse que el acto sexual puede resultar igualmente anónimo y masturbatorio. A fin de cuentas la libido, que Freud distingue aquí de los instintos de autoconservación, alimenta parejamente todas las funciones, en la medida en que el niño necesita el rodeo de la palabra para satisfacerse hasta el punto de gozar de ella, palabra que aquí no es tomada como medio sino como causa del goce. Cuando el niño mama, mama amor. Si a la vista de su hermano pegado al pecho materno los celos le enfurecen es porque identifica el objeto parcial (el pecho) no con el objeto de su hambre sino con el objeto de su deseo 12. La leche no puede, por consiguiente, saciarlo, y la angustia puede nacer cuando todas las necesidades propias para la conservación del individuo quedaron saciadas. Por tanto, el deseo es otro, y el nombre de libido puede ser reservado a lo que es función de este deseo otro. El objeto (a) deviene así causa del deseo, pero para el sujeto implica una doble frustración, la de ser frustrado de un objeto imaginario y la de ser privado, realmente del objeto de su deseo, perdido para siempre, por la sencilla razón de que nunca estuvo ahí... Porque cuando el amor de la madre estaba, el que no estaba era el sujeto.
«Si el hambre y la sed (los dos instintos de autoconservación más elementales) quedan insatisfechos, escribe también Freud 13, el resultado no es nunca su transformación en angustia. En cambio, la transformación de la libido insatisfecha en angustia se cuenta entre los fenómenos mejor conocidos y más frecuentemente observados. » Sin embargo, a menudo basta un chupete a manera de engaña‑hambre para calmar un hambre verdadera. Aquí, el hambre es también angustia. De todo ello puede concluirse que, en última instancia, a los humanos les basta con el señuelo.
En efecto, en el niñito del que habla San Agustín, la angustia nace debido a que identifica el pecho con el objeto de su deseo, y no debido a que no mama y acaso tenga hambre. La angustia nace, pues, cuando hay frustración, es decir, no‑respuesta del Otro omnipotente, objeto del deseo. La angustia nace con el lenguaje y con la intervención positiva o negativa del Otro. Simultáneamente, la privación se convierte en frustración se volverá castración cuando el sujeto, reconociendo como abusiva, tiránica en el sentido pascaliano, su exigencia de satisfacción libidinal, renuncie a poseer al Otro como objeto de su deseo. En ese preciso momento ya no tendrá a su cuerpo propio como objeto de su deseo y ya no tendrá al Otro. El objeto (a) habrá ocupado, pues, el lugar que le corresponde como causa del deseo.
Nada podría a un tiempo ilustrar y explicar mejor ese lugar que el trabajo de cierto laboratorio de investigación teatral.14 El instrumento esencial de este trabajo es un objeto cualquiera (palo, goma o paño enrollado y retorcido en montón, etc., depositado, expuesto sobre el escenario y entre los actores. Para mí representa exactamente al objeto (a). Su presencia de objeto insólito e inútil pronto lo transforma en objeto fóbico: es evitado, rozado, esquivado... Después se vuelve objeto sexual y suscita, pues, juegos eróticos que no logran establecer una relación sexual y se degradan en crisis histéricas. Finalmente, el objeto es destruido.
A través de estas peripecias se advierte que el objeto (a) es aquello que hace hablar, moverse, jugar y gozar, pero también lo que lleva la relación sexual y el pleno goce al fracaso, porque siempre está en el medio. Negarse a él, sin embargo, es negarse a la ley de la castración, según la cual no hay acceso directo de sujeto a sujeto; es negarse a lo real de la castración. Y este rechazo hace recorrer al sujeto un camino inverso al que describíamos, a través de la frustración y la angustia hasta la privación y el narcisismo primario. Pero en descargo del sujeto hay que decir que la castración también es angustiante, y que una vez más el sujeto se siente forzado, forzado como un pobre ciervo acorralado. Ciertamente, esta expresión es para mí más que una imagen. Cuando el hombre olvida al animal hay una llamada al orden; lo que Pascal ya había dicho de un modo definitivo, la clínica vuelve a decirlo de otra manera. Así pues, la histérica que quiere hacer de ángel y se identifica al Otro como ideal falta a su vocación de mujer, de la que dije que es el sexo mismo, el corte en la creación. Salta por encima del corte que ella constituye y que la angustia, para descansar en una figura ideal. Rechaza al animal y no asume el pasaje marcado por el grito del animal al hombre, ese «movimiento» que Bataille y Artaud quieren asir en la experiencia interior.
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El caso de Wanda de Mergy 15 ilustra estas afirmaciones a la perfección, por la simple razón de que es auténticamente un caso tomado de la nosografía psiquiátrica de la época y reproducido con esmero. Cierto es que se le superpone el hecho de que el nombre Wanda es caro al corazón de Balzac, pero la exactitud científica no sufre mengua por ello. Se trata de un caso, decididamente soberbio, de gran histeria. Reúne todos los síntomas, al revés que el caso de Dora, que precisamente debido a su simplicidad y frecuencia inspiró a Freud un especial interés. Por lo demás, el doctor Fernand Lotte trazó su cuadro completo 16.No faltan en él ni trauma psíquico desencadenante (desechado después por Freud como causa decisiva de los trastornos), ni conversiones somáticas, ni crisis espectaculares, uno y otras perfectamente clásicos y clasificados.
Más sorprendente que el caso clínico individual que Balzac tomó fielmente de los anales psiquiátricos más avanzados, sencillamente genial, es la idea de introducir dicho caso en L'envers de l'histoire contemporaine, y el haber desarrollado a lo largo de un período histórico dado, pero al revés, una célula social mortificada girando locamente, como un nudo borromeo reducido a una sola cuerda por la que circularían lo imaginario y lo simbólico confundidos, fuera de lo real. Este fuera de lo real aparece aquí homologado a un fuera‑de‑la‑realidad que es tan sólo su efecto y que corresponde al cambio de régimen político; la familia de Wanda era desdichado residuo de un Imperio entre cuyos pilares, por su función de procurador general, se hallaba su padre. El derrumbe del orden simbólico homólogo al cambio de régimen deriva en el hecho de que las tres personas, el padre, la hija y el nieto (ya que, para rematar el caso, la madre de Wanda, por supuesto, estaba muerta), giran en un mismo círculo, por hallarse confundidas en el falso deseo narcisístico paterno.
Wanda vive recluida en una habitación tan lujosa como un alhajero (sólo que las joyas son falsas) con un padre ex magistrado, recto y duro hasta el punto de haber enviado a la hoguera veinte víctimas de una vez en un proceso, por otra parte histórico, y con su hijo, adiestrado para servirla y para cumplir las órdenes del viejo magistrado.
La persona del padre se ha convertido efectivamente en la ley misma, y por tanto en una figura mítica, imaginaria y sin anclaje en lo simbólico. El cambio de régimen ha arruinado totalmente a la familia, cuyos miembros viven como proscritos y bajo nombres falsos. Pasado al campo de los sospechosos ‑él que era, como se dice, la Integridad hecha hombre‑, forzado a la clandestinidad, identificado con la ley tanto más cuando es el único en representarla y esta ley ha pasado a ser la suya (nuevo fatal abatirse de un orden sobre un orden), este padre al que se reduce el universo no vive más que para su hija y con un nieto. Nadie ocupa ya el lugar de madre, hija, padre o hijo: es la perversión total. La ley es únicamente la suya, la misma que él hace respetar en el interior de la hermética habitación.
El juego de tres consiste en recrear artificialmente, en reconstituir, ‑fingiendo creer en ella‑, la vida de enguatado lujo que llevaban en su época de esplendor. Cerrada la puerta sobre Wanda, los dos hombres cambian ‑a la letra‑ su vestimenta: dejan sus ornatos y se cubren con sus hábitos de miseria. En el interior de la habitación, su comercio consiste en una representación continua; las tres personas cuentan historias, y se las cuentan, como si el mundo no hubiese cambiado. Los tres están condenados a ir aún más allá de la imagen ideal que han fabricado, para durar así a despecho de todos. ¡A despecho de la historia, por cierto!
Su servicio cotidiano es una misa, y la víctima expiatoria, a la vez que el objeto de adoración, es Wanda. Dios es el padre. El hijo es el acólito. Pero ¿de quién?
Todos los días celebran, pues, una misa en honor de esta virgen madre; el padre es a la vez Dios Padre y Sumo Sacerdote, y el hijo una especie de Cristo y acólito. En el vuelco de los dos roles respectivos sobre los roles de sus representantes reales, terrestres, puede medirse el aplastamiento del significante. Es la tiranía, exactamente como en el campo político.
Seguramente la propia Wanda no cree del todo en esta misa, pero no puede darse el lujo de romper el juego, pues en efecto, ¿qué vida le esperaría afuera?
Así trenzó Balzac la más extraordinaria neurosis familiar que quepa imaginar. Para Wanda su padre es una madre omnipotente, inextenuablemente consagrada ‑es el término adecuado‑ a su hija. Y ella es su criatura perfectamente impotente, reducida al estado de crisálida. No se mueve ni habla ni bebe ni come ni defeca como cualquier hijo de vecino: ha perdido el control de su propia persona. «Todas sus acciones naturales están pervertidas», dice, con pudor, Balzac.
Es verdad, pervertidas por pura y simple protesta contra el orden inhumano que padece. Así reducida, puede decirse que asume la rebelión con sus entrañas. Y todas las noches, a pesar de las muelles tapicerías y de las espesas colgaduras, ante el espanto del padre y del hijo puede oírse un largo, lúgubre ladrido. Wanda, esa Wanda perfectamente bella y pura, aúlla como una perra, ladra como una bestia acorralada. La bestia vive, pues, todavía; ellos no la han matado del todo. El médico que habrá de salvarla comienza por realizar ‑con la máxima urgencia‑ el ademán primero de sacarla de allí, es decir, de allí donde ella está, de esa cámara mortuoria, y la envía al hospital. ¡Qué escándalo para el padre! Para éste, la simple salida al aire libre debía matarla.
El segundo paso decisivo fue prohibir la visita de su padre y de su hijo, lo cual también debía matarla, puesto que este padre era su única fuente de vida. Y la tercera intervención salvadora consistió en la inoculación de una infección de derivación y fijación.
Por fortuna, la bestia era fuerte. También es una especie de misa la que sirve Hell, en Donne. 17 Peroaquí el objeto de adoración es una diosa mujer que hace la ley, mientras que el acólito, reducido al servicio del pie de su dama, no tiene en parte alguna un Dios Padre que lo socorra. El servicio del pie, convertido en servicio del dedo del pie y después en el de un centímetro de piel, conforme a un calendario rígido y terrorífico (¿pero acaso los enamorados poseen alguna vez el objeto de su amor?), no es sino una mistificación que deja al sujeto con las ganas. De la súplica pasa a la furia, y no es casual que la historia culmine en una comunicación telefónica (¡otra más!), durante la cual Hell intenta golpear a Donne con su lengua de «chalado». Muy pronto sus palabras acaban en simples borborigmos, y después en gritos. Algo más tarde, el empleado volverá a adueñarse del aparato telefónico. Hell, dice el Ladrador, ya no lo necesita.
*
De L'échec a Donne, pasando por Le meurtrion, en Lucette Finas siempre se trata de una iniciación que culmina en una primera muerte: la pérdida del lenguaje.
Chose, en Le meurtrion, liado en una familia incestuosa como todas, no logra entrar en la edad adulta; sigue siendo el engendro abortado de su madre, la víctima de su padre y el eterno impenetrante de una esposa impenetrable.
Todo esto no es «literatura», salvo si se admite que sólo la literatura se ocupa de problemas serios. Artaud, por ejemplo, vivió cruelmente, a un tiempo, la desvalorización y la sobreinvestidura del lenguaje, hasta el grado de retornar a la condición de bestia acorralada. Porque siendo escritor no poseía, para subsistir, otra herramienta que el lenguaje. Quedaba el grito, al que convirtió en el lugar mismo de recuperación del escrito.
Al contrario de Kosinski, el grito de Artaud no es el grito del niño. Kosinski volvió a encontrarse, accidental y traumáticamente, en estado de infancia, si reducimos este término a su sentido etimológico. Reencontró, en efecto, el grito que volverá a hacerle atravesar el vacío de la afasia que precede al lenguaje. El poeta dio el salto inverso a aquel que lleva de la indiferenciación al uso de un órgano, y del grito al lenguaje. No acepta lenguaje impuesto, porque está, dice, mal formulado, «marrado», dice Lacan. Freud también lo definió así. Y ello hasta el punto de que unos y otros terminarán anteponiendo a «los coprolálicos, los afásicos y en general todos los minusválidos de las palabras y el verbo, los parias del Pensamiento», porque al menos ellos dicen que no es posible decir, y cómo no ha de ser esto posible para quien se pone a la escucha.
La poesía está tan privada de sentido, lógica o gramática, como el lenguaje de los locos; el poeta es aquel que sabe recuperar el uso verdadero del soplo. Efectúa el mismo trabajo que nuestra flautista Diaule 18. Expectora. «Sólo fuera de la página impresa o escrita puede cobrar sentido un verso auténtico, y entre la fuga de todas las palabras es menester ahí el espacio del soplo... Y esto las sílabas... lo dicen, pero a condición de ser otra vez y con cada lectura expectoradas» 19
A condición de re‑comenzar el grito, que el poeta hace estallar «de tarde en tarde sobre el entenebrecido espacio del tiempo» 20.
Saliva, aliento y ruidos salen juntos de la garganta en la expectoración. El primer grito es escupido. Esta ascensión, en el niño, a la fuente de la palabra (aunque en verdad tal palabra le llegue del Otro) hace pensar en el origen de la palabra, mezcla de aire y agua, como relatan las leyendas de los Dogones estudiadas por el profesor Lambert: el «dios de agua» es en ellas portador de la palabra, dice; y agrega: «Este término debe ser entendido, por un lado, como la voz que sale de la boca en húmedo vaho y, por el otro, como el conjunto de los conocimientos intelectuales, de las invenciones... que la voz transmite» 21. El profesor Lambert señala aquí los dos sentidos de la palabra voz: aquella que da el grito y la que es impuesta al recién nacido por el Otro omnipotente.
El paso siguiente de Artaud es destruir el espacio geométrico, imaginado durante el estadio especular.
«Prefiero el pueblo que come en la misma tierra, el delirio del que ha nacido, hablo de los Tarahumaras...
... que sueña con la cruz para que los espacios del espacio nunca puedan ya encontrarse y cruzarse»22.
Así, los puntos de ruptura que expulsan a Artaud fuera del mundo y fuera de su vida humana son el lugar del grito. Artaud busca el estado donde «el dolor perpetuo y la sombra, la noche del alma, la ausencia de voz para gritar» 23 aporten la revelación del ser. Es fácil observar que estas tres condiciones corresponden al rechazo del narcisismo más elemental, y a los dos objetos (a), la mirada y la voz, que proveen el señuelo de la construcción de un mundo posible para el hombre.
En las consideraciones metafísicas de Artaud sobre el espacio no hay sombra de extravío. Todas las experiencias místicas conducen a este estado de elación [élation],de arrebato e incluso de arranque del suelo que proporcione también la droga, así como el orgasmo y el goce. Pero nadie habló de él con la precisión de Artaud (salvo, quizá, Michaux). En su discurso, Artaud es cabalmente preciso y objetivo.
Así pues, «la verdadera cultura, escribe, sólo puede aprenderse en el espacio, porque es movimiento del espíritu que va del vacío hacia las formas y de las formas vuelven al vacío, como a la muerte».24
Este movimiento que va del vacío hacia las formas es el que nos hace dejar lo real para después forzarnos, porque estas formas son imaginarias, a la búsqueda de lo real. «Tal idea de espacio introducida en la cultura es una idea metafísica», añade fundadamente Artaud.
Y lo que él encontró fue un teatro. Un teatro cuya propiedad fundamental es reconstruir un espacio diferente, preservado de nuestras categorías habituales, abierto a los cuatro puntos cardinales y a los otros, acorde con los sistemas cósmicos más que con las coordenadas terrestres. Una catedral, en suma, o un templo, mucho más que un escenario. Pues se trata nada menos que de un rito o de un misterio, pero también de un suplicio, susceptibles de dar al vacío y a lo real. Empresa loca, sin duda, y el propio Artaud nunca pretendió que no lo fuese. Al negar la necesidad de adaptarse ‑de adaptar‑, Artaud se volvió literalmente como una bolsa, una bolsa vacía, fofa, reducida a su función de agujero: un ano, roído por el cáncer de la anarquía. «¿Qué es la esencia? ¿Un agujero o un cuerpo? La esencia es ese agujero de un cuerpo que el pozo sin fondo de la boca circular de la marmita nunca significó realmente ante la impaciencia de la alquimia» 25.
No, lo significa mucho más el ano roído, imagen misma de la locura.
Artaud habla de ese cáncer igual que Zorn 26. (Por lo que me atañe, me quedo con esto: que no hay escala de valores poéticos para el psicoanalista. Kosinski, Zorn y los demás me enseñan tanto como Artaud.) Así pues, el cáncer, tanto para Artaud como para Zorn, es Dios el que lo vampiriza; o el diablo. Es el Mal retransformando lo humano no solamente en humus sino también en estiércol, con los peores sufrimientos. Al menos uno y otro pueden llamarse de algún modo dios o diablo, y lo pagan bastante caro. En el lugar de la palabra queda únicamente el grito, y para aquellos 27 que el lunes 13 de enero de 1947 asistieron, en el teatro del Vieux‑Colombier, de París, a esa ‑¿cómo decirlo?, ejecución es el único término que me parece aceptable‑, a esa ejecución pública de Artaud por sí mismo con la asistencia de Colette Thomas como actriz‑sacerdotisa, para quien oyó el Grito, de ahí en más todo grito toma su sentido de este grito. Aunque Wilson lo haya repetido, es único en la historia. Por mi parte, prefiero su mutismo.
El grito de Artaud era la locura misma afirmándose como único valor frente al mundo que la niega. Cualquiera pudo sentirse un poco traidor al no estar del otro lado de las candilejas, sobre el escenario del Grito.
Pues bien, ¡no era más que teatro! El hecho de que la cosa sucediese en presencia de un público, como un espectáculo, y peor aún, en presencia de un público de escritores y artistas, el hecho de que se la hubiese tenido que prever y organizar, contaminó aquel grito. Aunque la teatralidad le haya sido esencial no se puede decir que Artaud lo había premeditado y, sin embargo, aunque no premeditado, a la larga fue lo mismo. Frente a un público del que yo participaba ‑y donde nadie era sino público‑ la representación sólo podía resultar un fracaso. ¿Es siempre teatral, cualquier grito? No será «Angst», de Münch, el que en sus múltiples y monótonas «variaciones» nos persuadirá de lo contrario. El propio sujeto nunca está sino representado.
El psicoanalista puede volver a oír este grito a lo largo de los pasillos de los hospitales psiquiátricos, insostenible grito que «expectora», forzando los pulmones, todo lo real de que el hombre es capaz, en el límite de la muerte. Pero no todos los locos saben que gritan, aunque a menudo sean actores. Somos nosotros quienes los oímos. Si se oyeran, serían Antonin Artaud.
Notas:
- Cf. el Prólogo.
- Cf. el Prólogo.
- S. Freud, L'Esquisse... (Proyecto de una psicología para neurólogos).
- Y (psi) es en líneas generales, el sistema de asociaciones secundarias, por oposición al sistema primario reflejo.
- Es mío el subrayado de ese «momento» (como anteriormente del término «gritos») que, en Freud, introduce la idea del tiempo.
- Los mismos cosmonautas que dieron a Lacan materia de reflexión.
[Nota S.R.]: hemos preferido agregar las referencias lacanianas al cosmonauta citado por la autora en las palabras de J. Lacan. Ref. Seminario IX: “La identificación” (Clase 11- 28-II-1962).
“¿Es acaso que esta intuición pura, tal como para Kant en términos de un progreso crítico que concierne a las formas exigibles de la ciencia, no nos enseña nada? Nos enseña seguramente a discernir su coherencia y también su disyunción posible del ejercicio sintético, justamente, de la función unificante del término de la unidad como constitutiva en toda formación categorial y, habiendo ya mostrado una vez las ambigüedades de esta función de la unidad, nos muestra a qué elección, a qué inversión nos vemos conducidos por la solicitación de diversas experiencias. la nuestra es aquí evidentemente la única que nos importa, pero no es acaso más significativo que las anécdotas, accidentes, proezas, en el punto preciso donde se puede hacer observar la delgadez del punto de conjunción del funcionamiento categorial y la experiencia sensible en Kant, el punto de estrangulamiento, si puedo decir, donde puede ser planteada la cuestión acerca de si la existencia de un cuerpo, por supuesto absolutamente exigible, no podría ser cuestionada de hecho en la perspectiva kantiana. En cuanto al hecho de que sea exigida da derecho, ¿es que acaso algo no ha sido realizado?
Para presentificarles esta cuestión en la situación de ese niño extraviado que es el cosmonauta de nuestra época en su cápsula, en el momento en que se encuentra en estado de ingravidez, tengo pesar de observar que su tolerancia aparentemente no ha sido aún puesta a prueba durante mucho tiempo. Pero sin embargo la tolerancia sorprendente del organismo en estado de ingravidez nos plantea asimismo una pregunta puesto que, después de todo, los soñadores se preguntan sobre el origen de la vida, y entre ellos están los que dicen que eso fructificó de golpe en nuestro globo, pero para otros ha debido provenir de un germen venido de los espacios astrales. No sabría decirles hasta qué punto esta especulación me es indiferente. De todas maneras a partir del momento en que el organismo, ya sea humano, ya sea el de un gato o del menor espécimen del reino viviente, se encuentra también en estado de ingravidez, ¿no es acaso justamente esencial a la vida que esté, digamos, simplemente en una especie de posición de equipolencia en relación a todo posible efecto del campo gravitacional?
Por supuesto el cosmonauta se halla siempre dentro de los efectos de gravitación, sólo que es una gravitación que no le pesa. Y bien, allí donde está en estado de ingravidez, encerrado como ustedes saben en su cápsula y más aún, sostenido, agarrado por todos lados de los pliegues de esa cápsula, ¿qué intuición pura o no transporta con él, pero fenomenológicamente definible por el espacio y el tiempo? La cuestión es tanto más interesante como que ustedes saben que después de Kant hemos de todas maneras vuelto a ella. Quiero decir que, justamente, la exploración calificada de fenomenológica nos ha atraído la atención sobre el hecho de que lo que se pueden llamar las dimensiones ingenuas de la intuición, especicalmente espacial, son siquiera tan fácilmente reductibles a una intuición, por purificada que se la piense, y que el arriba, el abajo, la izquierda, conservan no sólo toda su importancia de hecho, sino que incluso de derecho para el pensamiento más crítico.
¿Qué les ocurrió a Gagarin, a Titov o a Glenn respecto de su intuición del espacio y del tiempo en momentos donde seguramente tenían, como se dice, otras ideas en mente? No sería tal vez absolulamente no interesante tener con ellos un pequeño diálogo fenomenológico mientras están arriba. En esas experiencias se ha considerado naturalmente que no era lo más urgente. Por lo demás se tiene siempre tiempo de volver a esto. Lo que constato es que ocurra lo que ocurra en esos puntos en los que estamos apurados por tener respuestas acerca de la Erfahrung, la experiencia, esto no nos ha impedido en todo caso ser totalmente capaces de lo que llamaría tocar botones, pues es claro que, al menos para el último, el asunto ha sido dirigido e incluso decidido desde el interior. Permanecía entonces en plena posesión de una combinatoria eficaz. Sin duda su razón pura estaba poderosamente estructurada por todo un monte de complejo que producía seguramente la eficacia última de la experiencia. No es menos cierto que por todo lo que podemos suponer, y tan lejos como podamos suponerlo, el efecto de la construcción combinatoria en el aparato e incluso en los aprendizajes, en las consignas machacadas por la formación agotadora impuesta al piloto, por muy integrado que lo supongamos a lo que se puede llamar el automatismo ya construido de la máquina, es suficiente que él apriete un botón en el sentido correcto y sabiendo porqué, para que sea extraordinariamente significativo que semejante ejercicio de razón combinante sea posible en condiciones que están tal vez lejos de ser aún el extremo alcanzado de lo que podemos suponer como obligación y paradoja impuesta a las condiciones de motricidad natural, pero podemos ver ya que las cosas son llevadas muy lejos por este doble efecto carácterizado por una parte por la liberación de dicha motricidad de los efectos de gravedad, de los que se puede decir que en condiciones naturales no es decir demasiado que se apoyan en esta motricidad, y correlatlvamente, que las cosas no funcionan sino en la medida en que dicho sujeto motor está literalmente àpresado por la caparazón que asegura la contención, al menos en tal momento del vuelo del organismo, en lo que se puede llamar su solidaridad elemental.
He ahí entonces ese cuerpo convertido en una especie de molusco si puedo decir, arrancado a su implementación vegetativa. Este caparazón se vuelve garantía dominante de la manutención de esta solidaridad, de esta unidad de la que no se está lejos de comprender que al fin de cuentas consiste en ella, que se ve allí en una especie de relación exteriorizada de la función de esta unidad como verdadera conteniendo lo que se puede llamar la pulpa viviente. El contraste de esta posición corporal con esta pura función de maquina de razonar, esta pura razón que permanece siendo todo lo que hay de eficaz, y todo aquello de lo que esperamos una eficacia en el interior, hay allí algo ejemplar que da toda su importancia a la cuestión que he planteado hace un rato acerca de la conservación o no de la intuición espacio-temporal, en el sentido que la he suficientemente apoyado en lo que llamaré la falsa geometría del tiempo de Kant. ¿Esta intuición está siempre allí? Tengo tendencia a pensar que está siempre allí.
Está siempre allí, esta falsa geometría, tan tonta y tan idiota, porque está efectivamente producida como una especie de reflejo de la actividad combinarte, reflejo que no es menos refutable. Pues como la experiencia de la meditación do los matemáticos lo ha probado, no estamos en este suelo menos arrancados a la gravedad que en ese lugar allí arriba donde seguimos a nuestros cosmonautas. En otros términos esta intuición pretendidamente pura resulta de la ilusión de señuelos arrancados a la función combinatoria en sí misma absolutamente imposible de disipar aún si se demuestra más o menos tenaz, no es, si puedo decir, más que la sombra de una sombra.
Pero por supuesto, para poder afirmarlo, hay que haber fundado el número mismo en algún otro lugar que en esta intuición. Por lo demás, suponiendo que nuestro cosmonauta no conserve esta intuición, euclidiana del espacio, y la aún mucho más discutible del tiempo que le es atribuida en Kant, es decir algo que puede proyectarse en una linea, ¿que es lo que esto probará? Probará simplemente que es de todas maneras capaz de apretar correctamente los botones sin recurrir a su esquematismo, probará simplemente que lo que es refutable aquí lo es también allí arriba en la intuición misma, lo qué, dirán ustedes, reduce tal vez un poco el alcance de la pregunta que tenemos que hacerle.
Y es por eso que hay otras preguntas más importantes que plantear, que son justamente las nuestras y partircularmente la siguiente: ¿en qué se convierte en el estado de ingravidez una pulsión sexual que tiene la costumbre de manifestarse aparentando ir contra él?, y si el hecho de que esté enteramente pegado en el interior de una máquina —lo digo en el sentido material de la palabra- que encarna, manifiesta, de una manera tan evidente el fantasma fálico, no lo aliena particularmente en su relación con las funciones de ingravidez natural al deseo macho. He aquí otra pregunta en la que creo tenemos legítimamente que meter las narices”.
Ref. Seminario XII: “Problemas cruciales para el psicoanálisis”, Clase 3 (16-XI-1964):
“Es por allí por donde alcanza la estructura de la botella de Klein… Por una vía difícil y que no les conducirá directamente sobre su relación al lenguaje -en tanto que tenemos poco tiempo- voy a tratar de darles una pequeña explicación divertida, en la cual verán la relación global con el campo de la experiencia analítica.
Hay más de un modo de traducir esta construcción. Podría darles allí la cara de Gagarin, el cosmonauta. Gagarin, aparente y verdaderamente encerrado, digamos para simplificar, en su pequeño cosmos baladeador. Desde el punto de vista biológico es, por otra parte, entre nosotros algo bien curioso, y que podría puntuarse en relación a la evolución de la línea animal. Les recuerdo; es difícil aprehender, de un modo que sea concebible, como un animal cambiaba regularmente aquello de lo cual tenía necesidad, desde el punto de vista respiratorio con un medio, en el cual estaba sumergido, y realizaba este poder salir del agua enviándose al interior, a sí mismo, una fracción importante de la atmósfera. Desde ese punto de vista evolucionista, pueden remarcar que Gagarin hace una operación redoblada: él se envuelve en su propio pulmón, lo que hace necesario que, al fin de cuentas, él orine en el interior de su propio pulmón. Es necesario que todo eso se vierta en alguna parte. De donde el silogismo ejemplar: "Todos los hombres son mortales; Sócrates…" cuya introducción es una corrección de ese silogismo sobre Sócrates: "Todos los cosmonautas son orinadores. Gagarin es un cosmonauta. Gagarin es un orinador". Lejos que Gagarin se contente con ser un orinador, él no es más un cosmonauta . El no es un cosmonauta, porque él no se pasea en el cosmos, porque la trayectoria que lo lleva es, desde el punto de vista del cosmonauta, imprevista y se puede decir que ningún Dios ha procedido nunca a dar existencia a un cosmonauta. Jamás he conocido la trayectoria necesaria, en función de las leyes de gravitación, que pueda ser descubierta sino es a partir de un rechazo absoluto de todas las evidencias cósmicas.
Hay en la ley de Newton algo que permite hacer de una naturaleza acósmica, en el desarrollo de la ciencia moderna, la apertura de la cual se trata, a saber: el cosmos es algo que depende de una construcción, de una naturaleza perfectamente acósmica. Es de esta esfera interna, que, bajo el nombre de realidad debemos ocuparnos en el análisis. Realidad aparente que es la de la correspondencia en apariencia modelada, la una sobre la otra, de algo que se llama el alma, en algo que se llama la realidad. Pero en relación a esta aprehensión, que permanece siendo la aprehensión psicológica del mundo, el psicoanálisis nos da dos aperturas: la primera la de este lugar de reencuentro donde el hombre se cree el centro del mundo. No es ésta la noción de centro importante en lo que se llama -como loros- la revolución copernicana, bajo el pretexto de que el centro ha saltado de la tierra al sol . Nuestros ancestros eran más fuertes que nosotros. En el psiquismo, el sujeto se representa como el doblez de una realidad que al mismo tiempo deviene realidad cósmica. Lo que el psicoanálisis descubre es que ese pasaje, por donde se llega en el entre-dos, al otro lado del doblez, donde ese intervalo es lo que funda la correspondencia del interior al exterior. Es el mundo de la otra escena, el mundo del sueño que es percibido, lo Unheimlich. Es eso, ese lugar, ustedes que pasean por las calles. Allí me detendré la próxima vez. ¿Por qué se da a las calles nombres propios?”
Ref. Seminario XII: “Problemas cruciales para el psicoanálisis”, Clase 13 (17-IV-1964):
“Convencional es el nombre para quien recibe la lengua en su facticidad actual, en su resultado, pero en el momento en que el nombre es dado, es allí precisamente que está el rol, la función, la elección de aquel que muy genialmente, y de un modo que no ha sido jamás retomado, Cratilo lo designa como un actor necesario en esta historia, a saber, lo que él llama "El artífice el nombre". El hace no importa qué, ni lo que él quiere. Es necesario que para que la denominación sea recibida de algo, -de lo cual no alcanza decir que sea el consentimiento universal, pues ese consentimiento universal es en el campo de un lenguaje que lo representara- esta denominación se opere en alguna parte. ¿Qué es lo que hace que ella se propague? Les hablé el otro día de la explotación colectiva que representa la operación en el espacio, de este extraordinario nadador, del cual les he mostrado un momento de lo que, para nosotros, él podía hacer revolotear en la imaginación una suerte de singular modo de imaginar la función del objeto a.
Qué cosa extraña que ninguna persona haya pensado hasta aquí en llamarlo con el nombre que parece, seguramente, el más apropiado y propicio. Como es que él no ha respondido al llamado ya que se están osado, tan tranquilo en calificar de cosmonautas a personas que no se propulsan en un campo, en el cual un cosmonauta en el tiempo en que había una cosmología, una trayectoria. ¿Por qué no lo llamaríamos a ese Léoinov del lugar que el ... donde las gentes provistas de ese plumerío que hacen intolerables los cuadros, ¿por qué no se lo llama un ángel? No se lo llama un ángel dado porque cada uno de ustedes tiene vuestro ángel. Ustedes creen en él. Hasta un, cierto punto, yo también. Yo creo porque son ineliminables de las escrituras. Es lo que he hecho destacar al padre Teilhard du Chardin qué ha estado apunto de llorar”.
- M. Blanchot, La Folie du jour, ed. Fata Morgana. El texto me fue prestado gentilmente por Lucette Finas. No pertenece a ningún género, como acertó en decir Jacques Derrida en un coloquio reunido en Estrasburgo: no es relato ni novela; es lo que dice el título: «La locura del día».
- El subrayado es mío.
- El caso en cuestión me fue comunicado por Paul Lemoine.
- S. Freud, Cinq Psychanalyses, PUF.
* Étouffer corresponde tanto a la forma verbal infinitiva simple como a la pronominal, es decir: «ahogar» y «ahogarse». [T.]
** Voie, vía y voix, voz, son homófonos. [T.]
- Revue théâtrale 84, n.º 16, 1950. Citado por Danièle André Larraz en L'Expérience intérieure d'Antonin Artaud.
- Cf. San Agustín y el comentario de J. Lacan, Écr¡ts, pág. 114.
- S. Freud, L'Esquisse...
- El de Fersen, en Roma. El análisis que aquí hago de las tres escenas que presencié no es en modo alguno el del propio Fersen; ni el de los actores, que por su parte intentan recobrar el sentido del teatro a través de experiencias de «trance».
- Balzac, L'Envers de l'istoire contemporaine, 1847.
- Le Courrier balzacien, n.º 6.
- L. Finas, Donne, Le Seuil.
- Cf. más atrás, pág. 33.
- A. Artaud, «Sur les chimères», en Tel Quel, n.º 22.
- Ibíd.
- «Vallée des merveilles», artículo de Michel Desclaux en Nice‑Matin, 22 de febrero de 1980.
- A. Artaud, Les Tarahumaras, Ed. Fontaine, colección «L'Age d'Or», dirigida por H.Parisot.
- A. Artaud: Pour en finir avec le jugement de Dieu, K. ed.
- A. Artaud: Les Tarahumaras, op. Cit.
- A. Artaud: «Sur les chimères», loc. Cit.
- Cf. pág. 97.
- Hablo aquí como el testigo aterrado que fui.
***
Texto extraído de “El grito”, G. Lemoine, págs. 25-43, Editorial Paidós, Barcelona, España, 1982.
Edición original: Du Seuil, París, 1980.
Traducción: Irene Agoff.
Corrección del texto: Cecilia Falco.
Selección, nota y destacados: S.R.
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