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Silencio y verbalización: suplemento a la teoría de la «regla analítica» (*)

Robert Fliess (**)

 

Este estudio trata de la proposición siguiente: la actividad física que participa en el lenguaje ‑distinta del proceso de verbalización‑ precipita la descarga de afectos regresivos que acompañan a las ideas reprimidas. Esta liberación de afectos, entre otros factores, estaría en el origen del fracaso en mantener la represión. Tomando como punto de partida esta proposición, podemos deducir que la investidura ‑placer fisiológico ligado a la función verbal‑ es por sí misma terapéutica, y que en el marco de la teoría de la regla analítica hace falta dar razón de los efectos erógenos de la descarga pulsional inherente al lenguaje. Si es cierto que la represión sólo es lograda si el afecto que se liga a las ideas reprimidas es sofocado también o, como lo expresaba Freud, que «los destinos del quantum de afecto de la representación [a diferencia de su contenido ideacional] son decisivos para apreciar el logro de la represión», entonces tenemos que considerar seriamente los efectos que sobre la represión (de una representación) pudiera tener la descarga de los afectos que le están ligados por la investidura del placer fisiológico en hacer funcionar el aparato del lenguaje.

Los efectos de la verbalización sobre la represión en la cura analítica han sido descritos de manera exhaustiva. Nos referimos, por ejemplo, a la formación de derivados de la ideación inconciente reprimida, a la posibilidad de comunicar esos derivados dentro de la relación trasferencial y de expresar también experiencias afectivas en el proceso de libre asociación. Por nuestra parte trataremos de cierto influjo que la verbalización ejerce sobre la represión.

En «Contribuciones del erotismo oral a la formación del carácter» (1), Karl Abraham nos proporciona la primera descripción analítica del habla como tal: «En estos sujetos descubrimos ciertos rasgos de carácter que obligan a tomar en consideración un curioso desplazamiento en el interior del dominio oral. Su ardiente deseo de satisfacción por succión se ha trasformado en una necesidad de dar por la boca, de manera que además de un deseo permanente de obtenerlo todo descubrimos en ellos un afán constante de comunicarse oralmente con los otros. De ahí resulta una logorrea ligada en la mayoría de los casos a un sentimiento de sobreabundancia. Estos sujetos tienen la impresión de que la riqueza de su pensamiento es inagotable y atribuyen a sus palabras un poder particular o un valor excepcional. Lo esencial de su contacto con los otros se produce en forma de descarga oral. Su insistencia obstinada, antes descrita, toma sobre todo la forma del habla. Pero esta función sirve al mismo tiempo para dar. He podido comprobar que estos individuos son incapaces de contenerse también fuera del dominio verbal. No es raro encontrar en ellos una necesidad neurótica y exagerada de orinar, que se puede manifestar al mismo tiempo que una catarata de palabras, o inmediatamente después».

Las observaciones de Ella Freeman Sharpe en un artículo escrito casi veinte años después, «Problemas psicofísicos revelados en el lenguaje», nos permitirán especificar esta primera observación de Abraham. He aquí lo que señala Sharpe: «Cuando el yo ha consumado su obra y el control del cuerpo es equilibrado y automático, ya no podemos manejar de la misma manera las emociones de cólera y de placer que acompañaban hasta entonces a las descargas corporales. El niño adquiere el lenguaje al mismo tiempo que el control esfinteriano del ano y de la uretra, y esta nueva posibilidad de exterioridad, presente desde el nacimiento, llegará a ser de primerísima importancia. La descarga de la tensión, que ya no se puede producir por el atajo de lo físico, se podrá hacer por el habla. La actividad de hablar remplaza a la actividad de las aberturas del cuerpo. Las palabras, por su parte, se convierten en sustitutos de sustancias corporales ...» (2).

Si lo que enuncia Sharpe se puede aplicar a lo que describía Abraham, podemos decir que la libido liberada por la palabra es sin duda oral, en tanto que la erogenidad que interviene es «uretral». Hablar puede remplazar en ciertas personas, total o parcialmente, a un acto urinario infantil sexual agresivo. Es la índole excretoria de la micción la que acaso explica ese trastorno vectorial que Abraham designa, en la terminología de su época, como «desplazamientos particulares en la esfera oral»: la «gratificación por la palabra» parece trasformarse en necesidad de «dar por la boca». El «valor inhabitual» que estos sujetos otorgan a sus dichos refleja entonces, según lo apunta Abraham después, «una valorización narcisista idéntica a la que se atribuye en lo inconciente a las producciones corporales y psíquicas», a semejanza de la que el infante hace de sus producciones físicas excretorias.

La «influencia particular» atribuida por sujetos charlatanes a su propia verbalización es a la vez destructiva y procreadora; he aquí la exposición de Abraham: «Este afán de hablar significa desear tanto como atacar, matar o destruir y al mismo tiempo toda clase de evacuaciones corporales (Entleerung), incluida la fecundación»(3). Pero, tal como él lo describe, el tipo particular de excreción que los sujetos imitan con su discurso es urinario; la descarga instintual es erótico‑uretral y su propósito procreador sólo se puede comprender sobre la base de una persistencia de las «teorías infantiles» y de una «organización fálica». De ahí ese «afán obstinado» de exhibirse verbalmente, ese «desborde» del discurso al precio de una dilución del contenido, y ese carácter inagotable del pretendido pensamiento que tiene su paralelo en la abundante emisión de orina, desproporcionada a la cantidad absorbida.

Para resumir, los sujetos descritos por Abraham utilizan su aparato del lenguaje para consumar, por desplazamiento, una descarga pulsional regresiva erótico‑uretral, y extraen del habla la misma gratificación pulsional que obtenían y aún obtienen de la micción. No obstante, cuando el aparato del lenguaje sirve a ese propósito de descarga debe imitar al acto fisiológico del placer especifico de la zona erótico‑uretral, y en particular del esfínter uretral, con lo que el discurso es forzado a adquirir determinadas características de la producción excretoria de que se trata.

*

Hemos estudiado aquí la observación de Abraham, que sostiene una hipótesis entre otras. El proceso del habla, sustituto de la actividad erótico‑uretral, también puede ser objeto de un desplazamiento de descarga pulsional erótico‑anal. Además, en esto se suele mezclar una utilización regresiva del aparato del lenguaje con fines de descarga pulsional de la zona erótico‑oral.

Parece entonces que podremos describir tipos de lenguaje regresivo, erótico‑parcial, distinguiendo determinadas cualidades sonoras. El aparato del lenguaje funcionará en esos casos según el modelo de la actividad erógena de una zona determinada. Este modelo, utilizado de manera erógeno‑regresiva, acaso condicione la palabra según un modo de producción excretoria particular. Tal vez podamos describir también «fenómenos de interferencia» provocados por una urgencia de descarga pulsional muy regresiva que irrumpa en el habla y la desvíe temporariamente de su función oral, remplazando una verbalización por un modo de expresión prelingüístico.

Es sin duda lo que hemos podido observar. No obstante, estos tipos de lenguaje regresivo, erótico‑parcial, sólo se registran en sujetos que han preservado o reencontrado, de una manera permanente o temporaria, las actividades excretorias eróticoparciales de los orígenes de su función sexual. Esos sujetos manifiestan síntomas neuróticos o perversiones en relación directa con ello (polaquiuria, anuria, diarrea, constipación, juegos urinarios, utilización masturbatoria de las excreciones, etc.), y su aparato del lenguaje se presenta condicionado en su ejecución por las características funcionales de la actividad excretoria cuyo papel erógeno está constreñido a desempeñar. Todo cambio de régimen erógeno se refleja en su lenguaje; y cuando el análisis los mueve a abandonar esa perturbación o ese abuso eróticoparcial, su discurso se vuelve normal (4).

En el marco de esta comunicación no podemos describir los diferentes tipos («puros» y «mixtos») de lenguaje regresivo erótico‑uretral, erótico‑anal y erótico‑oral. (Si recurriéramos a una descripción de esa índole, tendríamos que clasificar el desborde de lenguaje descrito por Abraham como una forma «mixta» que asocia un «lenguaje regresivo erótico‑uretra]» y un «lenguaje regresivo erótico‑ fálico‑uretral».) Nos limitaremos a una breve presentación de los tipos puros de silencio correspondientes. Sostener la existencia de diferentes tipos de silencio puede parecer sorprendente, pero podemos formular y sustentar esta teoría, verificable por la observación clínica y que nos lleva a esta conclusión: si el habla es un sustituto de la actividad esfinteriana, el silencio por su parte sería el equivalente de un cierre esfinteriano. La dificultad que algunos pacientes experimentan en seguir la regla analítica se pudiera entender ligada al miedo de un desplazamiento de la incontinencia. Dicho de otro modo, cuando un paciente cesa de hablar, ello acaso corresponde a una retención de las palabras, sustitutos de una producción excretoría retenida. Si esto es así, cada forma de silencio podrá ser referida al cierre de un esfínter particular. Es en efecto lo que podemos observar. Tres diferentes tipos puros de silencio se pueden producir en la cura. Es posible observarlos y describirlos clínicamente gracias a las siguientes características:

a. la manera en que sobreviene el comienzo de la pausa en el discurso;

b. el grado y el tipo de oposición por el silencio al habla y a la comunicación del pensamiento;

c. el comportamiento durante el período de silencio;

d. la cesación: reacción del paciente a la exhortación del analista de retomar la verbalizacion.

Estas diferentes formas de silencio «erótico‑parcial» son, desde luego, interrupciones de un lenguaje «erótico‑parcial», pausas o cortes en la verbalización, semejantes a las pausas o silencios de una partitura musical (5).

Pedimos excusas al lector por describir nosotros aquí los diferentes tipos de silencio sin evocar los correspondientes tipos de lenguaje erótico‑parcial. Le pedimos que compense las imperfecciones de esta presentación general y esquemática atendiendo al contraste entre los puntos más importantes de las descripciones que siguen.

 

1. Silencio erótico‑uretral (el aparato del lenguaje funciona según el modelo del esfínter uretral en el momento de su cierre).

Es la forma de silencio más «normal», la que más se asemeja al silencio que puntúa una conversación corriente. El paciente no parece presa de conflicto alguno ni al comienzo ni al final de este período de silencio: se deja ir a él, parece absorto en sus pensamientos, sin tensión aparente. No se remueve, no se entrega a ninguna pantomima y solamente da la impresión de haber «olvidado» seguir la regla analítica. (Evoca a veces a un individuo que estuviera bajo el influjo de un sedante leve o en el primer grado de la hipnosis.) La diligencia con que retorna la palabra confirmará esta impresión. A la indicación «Dígame lo que le pasa por la mente», responderá enseguida «Oh, me puse a pensar ...», y ofrecerá el contenido de ese pensamiento. (Comprobaremos casi siempre una modificación de¡ tema abordado, modificación significativa de remplazo de una corriente de pensamiento por otra menos afectiva que la primera.) Para controlar el afecto regresivo correspondiente a esta ruptura en la ideación verbalizada hacía falta impedir que se manifestara la descarga pulsional erótico‑uretral; al interrumpir el flujo de palabras, el aparato del lenguaje funciona entonces según el modelo del esfínter uretral en el momento de su cierre. Manifiesta de esa manera la actividad «cuasi voluntaria» y débilmente peristáltica de ese esfínter.

 

2. Silencio erótico‑anal (el aparato del lenguaje funciona según el modelo del esfínter anal en el momento de su cierre).

Este tipo de silencio, a diferencia del anterior, no parece «normal», sino que tiene el aspecto de provenir de una inhibición. Se manifiesta de manera incongruente dentro de la estructura gramatical, interrumpe la sintaxis y parece perturbar al hablante: el sujeto no consigue proseguir cuando el analista lo invita a ello, ni comunicar el pensamiento omitido.

Mientras este silencio dura ‑el lapso es muy variable‑, el paciente presenta un estado de tensión y de conflicto. La expresión de su rostro, su postura, evocan las de un individuo atribulado o aun presa de un dolor físico: la pérdida evidente de contacto se asemeja a un estado subcomatoso.

Esta clase de silencio se puede acompañar de una gesticulación típica de ciertos estados espásmicos; el paciente se toma la cabeza o se la frota como en los estados de migraña, o se inmoviliza y se agita como si quisiera aliviar una contracción abdominal. Al final de este período de silencio erótico‑anal, el paciente suele revelar una parte solamente de su pensamiento, no todo él. El discurso adviene más para interrumpir el silencio, que el silencio para interrumpir el discurso.

Dicho de otro modo, el cuadro clínico del silencio erótico-anal es más regresivo que el del silencio erótico-uretral. En él se trata de un conflicto en favor o en contra de la verbalización, de un conflicto que es más dramático. El proceso excretorio trasladado sobre el habla es esta vez de índole «peristáltica»; sus interrupciones funcionan siguiendo el modelo del potente esfínter anal. La interrupción en el discurso del paciente parece «involuntaria»; cuando retorna el habla, parece luchar contra una resistencia casi física, y cuando el analista lo exhorta a hacerlo, le provoca una reacción semejante a la del niño a quien se le ha infligido una lavativa (6) A fin de controlar un afecto regresivo por medio de un silencio, el aparato del lenguaje debe funcionar siguiendo el modelo del erotismo anal: debe tratar el producto excretorio, la «palabra», como si fuera sólida e inhibir su «excreción» manifestando diferentes grados de «constipación verbal».

 

3. Silencio erótico‑oral (el aparato del lenguaje escapa del control de la erogenidad oral).

Este tipo de silencio, a diferencia de los otros dos, no suspende ni interrumpe el discurso; más bien remplaza una verbalización por un silencio. Se produce sin motivo aparente, en cierto modo se parece al mutismo y da la impresión de que el paciente se hubiera «ausentado» físicamente. El analizando no manifiesta signo alguno de lucha o de conflicto, reposa tranquilamente o se entrega a una suerte de pantomima que atestigua la emergencia de un acontecimiento erógeno. El silencio parece «interminable» y rara vez le pone fin una exhortación del analista; en general se resuelve de manera espontánea. El paciente, tan pronto como puede hacerlo, evoca su comportamiento: explica ‑y se le puede creer‑ cuán real fue su incapacidad de hablar, cuán auténtica e insuperable. La falta completa de afecto, de motivación, que indujeran, sostuvieran o acompañaran a este período de silencio lo vuelven admisible, pero a veces cuestionador, para el paciente: una especie de silencio malgré lui (***).

El silencio erótico‑oral es por lo tanto más regresivo que los silencios precedentes, y también difiere en su construcción. Si el sujeto ha perdido el habla es porque ha devenido «infans», alguien quien, lo sabemos, debe precisamente su nombre al hecho de no haber ingresado aún en el lenguaje. Esta trasformación radical es la que vuelve repentinamente silencioso al paciente.

Si se parte del principio de que el aparato del lenguaje funciona imitando la zona erótica oral predominante en el origen, es preciso considerar esto: el «chupeteo» ‑función pasiva de ingestión‑ excluye la actividad de excreción de la palabra. Por su parte, la pulsión activa agresiva que le corresponde, el «mordisqueo», produce para el sujeto una ruptura brusca con su objeto arcaico. Por último, en cuanto a la otra componente de la pulsión de ingerir, la «devoración», tenemos que considerar una complicación ulterior: Freud nos ha enseñado que la primerísima relación con el objeto‑progenitor no era una relación de objeto libidinal, sino de objeto narcisista. La índole de esta relación es una «identificación primaria», y la actividad de ingestión del niño nos proporciona su modelo. Después, el objeto, tan pronto como se distingue del «yo», queda sometido al deseo de incorporación: dicho dé otro modo, las energías liberadas por la zona erótico‑oral se vuelven canibálicas. En situación de silencio erótico‑oral total, el paciente libera esas energías, activas como pasivas, explotando la situación analítica al servicio de una trasferencia que exige la mutua incorporación del sujeto y del objeto. El analista es incorporado: deja de existir como objeto del mundo exterior y su influjo sugestivo queda por el momento en suspenso. El paciente, al mismo tiempo que produce esta «incorporación total del objeto no dividido» (Abraham), remplaza temporariamente la situación analítica por una experiencia «intrauterina».

En ese caso, el aparato del lenguaje ya no funciona siguiendo el modelo de la actividad esfinteriana, sino que el control del afecto regresivo se produce según el modo del retorno a un yo infantil precoz. La ocurrencia de un silencio erótico‑oral en la verbalización señala la intrusión de una trasferencia «arcaica» en la situación analítica; ella impide la palabra y concurre a un control erógeno de las primerísimas energías pulsionales libidinales orales y agresivas orales.

*

Ilustraremos con dos ejemplos clínicos esos tres tipos básicos de silencio erótico‑parcial.

Ejemplo 1:

Se trata de un paciente que en todo el período inicial de su análisis utilizó una mezcla de lenguaje erótico‑fálico‑uretral y de lenguaje erótico‑anal. Se podía comparar con el de un orador este discurso variado, afluente, bien construido y doctrinario. Esta manera de hablar, eficaz frente a un auditorio, no es sin duda la que conviene a un análisis porque excluye llanamente la asociación libre. Este excelente orador estaba obsedido por un fantasma: abandonarse a una incontinencia urinaria en el interior de una mujer. Se mojaba de manera perversa y se sentía obligado, cada noche antes de dormir, a provocar una deposición introduciéndose jabón en el recto. En su lenguaje se reproducían las características de su régimen erógeno: esa mezcla de rasgos erótico‑uretrales y erótico‑anales. Su silencio, en cambio, era puramente erótico‑uretral. Manifestaba todas las formas del silencio erótico‑uretral, pero ninguna de las formas del silencio erótico‑anal. La forma de silencio utilizada por este paciente se trasformó de manera brusca e inesperada (aunque es cierto que razones teóricas lo habrían hecho prever). En el curso de una sesión, el analista exhortó a su paciente a poner fin a uno de sus momentos de silencio. El se resistió, se puso agresivo y rehusó comunicar su pensamiento. Exclamó, golpeando, colérico, el diván: «Sé que no observo la regla analítica», y tornó a sumergirse en el silencio. En una ocasión anterior, al comienzo de su análisis, presa de súbitas ganas de orinar, había puesto término prematuro a una sesión. Tuvo que partir so pena de mojarse. En los baños públicos, sin embargo, sólo difícilmente podía orinar; tenía que trascurrir cierto lapso, y sólo gota a gota eliminaba su orina. En este momento pareció oportuno hacerle una interpretación parcial sobre la construcción erógena de su silencio: asociando la manera en que ahora utilizaba la palabra en análisis con la manera en que antes había utilizado la micción (7).

Respondió enseguida a esta interpretación, admitió que en efecto se había debatido contra unas ganas de orinar desde el comienzo de la sesión, pero lo había disimulado. Esta respuesta fue seguida de una violenta desautorización significativa. Declaró que su respuesta no confirmaba en ningún caso la interpretación, sino que más bien la refutaba. Había sido su concentración en debatirse contra las ganas de orinar lo que le había impedido verbalizar. Esta declaración fue una respuesta típicamente agresiva a una exhortación del analista tras un silencio erótico-anal. Permite al teórico comparar, desde un punto de vista tópico, la tentativa anterior y la tentativa actual del paciente de resolver el conflicto entre sus ganas de orinar y la necesidad de inhibirlas. En su primera tentativa se había sometido a esas ganas, se había eyectado simbólicamente del consultorio del analista; en cambio, su oposición inconciente se había traducido en una anuria espásmica.

Tenemos ahí una sucesión de desplazamientos de investidura: del esfínter anal sobre la uretra, después sobre el aparato del lenguaje, con un correlativo desplazamiento del síntoma de constipación a la anuria espásmica y, por último, aparición del silencio erótico‑anal.
Esta sucesión sólo interesa a una parte de las investiduras narcisistas. Lo reprimido, minado por el trabajo analítico, arrastra la economía de una parte de las pulsiones del sujeto a un modo de descarga pulsional regresiva erótico‑anal que se traduce en la cura en una descarga pulsional de la misma índole: una continencia verbal que cobra la forma de un silencio regresivo erótico‑anal (8).

El desplazamiento de investidura que acabo de describir había sido vivido y descrito simbólicamente por el paciente. El relato tan bruscamente interrumpido por un silencio se refería a un episodio sonambúlico de la noche anterior, episodio que representó simbólicamente el desplazamiento de la investidura narcisista de la zona erótico‑uretral a la zona erótico‑anal. El efecto impulsivo («inotor») del desplazamiento en la cura se presentó como equivalente del acto («locomotor») sonambúlico.
Este paciente solía despertar por las noches con ganas de orinar. Esa noche, se dio cuenta con espanto de que en vez de encaminarse al baño, se alejaba en dirección totalmente opuesta, hacia una puerta de su estudio que daba sobre una escalera. («Me desperté justo a tiempo; me habría podido matar si franqueaba esa puerta».) Dicho de otro modo, el cambio de puerta, de la «puerta de adelante» a la «puerta de atrás» en el relato sonambúlico, y también esta «expulsión interrumpida», ponían en juego los mismos factores económicos que en la cura lo habían impulsado a interrumpir su verbalización con un silencio erótico-anal.
Por el recurso de utilizar su aparato del lenguaje de manera erógena, ocasionando así esta última interrupción silenciosa, el paciente se protegía de los «accidentes» en todos los sentidos del término. Desde luego que no es para un paciente menos interesante investir las palabras de manera erógena, en cuanto representan una producción excretoria, que investir su persona propia para efectuar ese proyecto pulsional.

 

Ejemplo 2:

Ilustraremos el silencio erótico‑oral describiendo el comportamiento de una paciente aquejada de frecuentes períodos de mutismo. Ese silencio sobrevenía sin advertirlo ella, y no tenía la menor idea de lo que pudo pensar durante ese tiempo. Su sintomatología erógena era enteramente oral; el síntoma principal consistía en una anorexia crónica, cuya consecuencia era un estado de flacura notable. En presencia de su madre o de su amante esta anorexia se agravaba.

Sufría además, desde su primera infancia, de un síntoma particular que se manifestaba en una crisis de anorexia acompanada de náuseas leves, de una sensación de vacío en el estómago y de un humor singular que ella definía como «cierta sensación», Hasta donde lo podía describir, se trataba de una sensación de inhibición motora completa, asociada a un deseo de «deslizarse al interior de algo» o de un fantasma, al parecer, de «estar adentro».

Había conseguido en un año, gracias a una «terapia de sustitución», pasar de una inactividad total a una actividad agradable, satisfactoria en casi todos los dominios. La influencia persistente de una madre fóbica, prohibidora y competitiva, había sido sustituida por la del analista. La incorporación inconciente de este había sido al comienzo tan grande que bastaba que le diera la espalda (por ejemplo, para buscar un cenicero en el curso de la sesión) para provocarle una depresión grave. La facilidad con que empezó a experimentar sensaciones vaginales pareció al comienzo increíble, hasta un día en que, expresando su gran satisfacción por un «orgasmo grande y placentero», se hizo evidente que utilizaba su vagina como el equivalente de un órgano de alimentación (lo que le permitía sin duda investirla con tan pocas vacilaciones). De su primera experiencia sexual, que por otra parte coincidió con su cura, diría después que había apreciado en particular no haber tenido que hablar a su compañero y haber utilizado su boca tanto como su vagina.

Cuando el analista intentó de nuevo persuadir a esta paciente de que si interrumpía de continuo su verbalización ello perjudicaría su análisis, ella respondió con el equivalente de un sueño infantil como Freud lo habría podido narrar: el deseo de hacer un análisis en que no fuera preciso hablar, sino en que, por el contrario, se recibiera la orden de permanecer silencioso. A diferencia de los sueños infantiles, este era largo; la elaboración secundaria resultó muy engañosa, de la misma índole de las que indujeron a Freud a suponer la existencia de una «elaboración fantasmática nocturna» (náchtliches Phantasieren), hipótesis que después abandonó. Bastará para nuestro propósito el resumen que sigue y algunos extractos.

La soñante se encuentra por la noche en el consultorio de¡ analista. Siente «calidez» y está «bien»; su pierna se desliza lentamente del diván y queda pendiente a un lado; no tiene calzado. «Usted se ponía de rodillas a mi lado ‑narró‑, y colocaba su mano entre mis piernas apoyándola con fuerza sobre mi vagina. Era grato» (****). Paciente y analista se miran, el analista vuelve a su sillón y le dice: «No pronuncie una palabra más». Se aproxima de nuevo, desvestido, y cubre con su cuerpo a la paciente. «La sensación de su cuerpo desnudo sobre el mío (sobre todo de su vientre) era tan excitante que quedé como aletargada... la excitación se difundía por todo mi ser (y no se circunscribía a una región en particular). No era solamente un placer sexual, sino también un placer espiritual. En el sueño usted me inducía a creer que se trataba de una suerte de "tratamiento" que formaba parte de mi análisis. Pero me daba la impresión de que esta cura lo complacía a usted también. Me desperté: estaba en éxtasis».

La incapacidad de esta paciente para hacer asociación libre no había permitido hasta ese momento el análisis de sus sueños. El deseo infantil inconciente de este sueño es de todo punto trasparente y su representación es típica y bien conocida. Expresa el deseo preedípico de penetrar a la madre; el sujeto y el objeto del deseo se conciben, ambos, fálicos, y en el hecho de «tocar» la acción pulsional (Triebhandlung) se pone de manifiesto de una manera atenuada característica. Ahora bien, esta incorporación mutua es presentada por la soñante como una alternativa frente a la verbalización, representación de todo punto semejante a la construcción pulsional de un genuino tipo de silencio erótico oral como lo hemos expuesto en estas páginas.

*

Hemos descrito el silencio erótico‑parcial ‑fase del lenguaje erótico‑parcial‑ para probar (como Abraham en su observación clínica y Sharpe en su investigación genética) que ese lenguaje existe. Puede parecer contradictorio, por una parte, generalizar afirmando que la verbalización en análisis implica una descarga pulsional que a veces se acompaña de una liberación de afectos regresivos en correspondencia con la ideación reprimida y, por la otra, limitar ese acontecimiento a pacientes que presentan una perturbación erógena. Nos parece que ninguna neurosis, por leve e intermitente que sea, escapa a esto, y que ningún análisis se puede lograr sin la exacerbación temporaria de este tipo de perturbación. Dicho de otro modo: si la neurosis «infantil» del paciente ‑núcleo de su neurosis ulterior‑ es reactivada por el procedimiento analítico, y en el momento en que lo es, los síntomas de la erogenidad infantil de excreción o de ingestión, que hasta entonces habían permanecido latentes, se harán temporariamente manifiestos y producirán un lenguaje erótico‑parcial. El desplazamiento de esa erogenidad sobre el aparato del lenguaje es uno de los efectos fundamentales de la aplicación de la regla analítica. El sometimiento del paciente a esta regla, como su buena voluntad para recordar, responde a las exigencias del análisis. Ese sometimiento tiene profundas raíces en el complejo parental inconciente. Ahora bien, puede suceder que el paciente sea incapaz de cumplir las exigencias de esta regla: en un caso así, creeríamos que obtiene una ventaja económica particular. El trabajo analítico reactiva la erogenidad infantil y trae consigo entonces un peligro para la organización yoica del paciente. Hay un peligro de ruptura dentro de esa organización, bajo la forma de una perturbación de la excreción y de la ingestión. Será el desplazamiento de las cantidades de investidura narcisista sobre el aparato del lenguaje el que permita al neurótico un dominio suficiente para proteger a su yo de esa ruptura. Este desplazamiento tendrá que ser suficiente para consumar una descarga regresiva erótico‑parcial de cierta cantidad pulsional por intermedio de la palabra. He ahí, por lo tanto, el beneficio económico en cuestión.

Las diferentes formas de silencio erótico‑parcial que contrarían la verbalización son entonces sintomáticas de una lucha por el control de la descarga pulsional, lucha que el yo infantil del neurótico emprende con el propósito de defenderse.

Para comprender bien el interés que tiene limitar el trabajo analítico a la expresión verbal es preciso apreciar esto: la verbalización, en cuanto trasforma los derivados del pensamiento inconciente reprimido en representaciones‑palabra sonorizadas, impone una apertura del cuerpo que deslindará una zona erógena en que se podrá producir una regresión erógena. Este proceso de trasformación permite que los efectos de la percepción interna se vuelvan asequibles a una percepción externa de parte del analista, pero también del paciente. El hecho mismo de poder comunicar verbalmente el afecto correspondiente a la ideación reprimida habilita al paciente para resolver su inhibición.

Las actividades que traen consigo una descarga de afectos regresivos amenazan, de un punto de vista económico, con producir una dilución del afecto en detrimento de su concentración en la palabra. En cuanto al punto de vista tópico, la liberación de montos de afecto por una erogenidad diversa de la que es propia del aparato del lenguaje puede impedir el desplazamiento sobre este. Pero es preciso reconocer que el principal objetivo que persigue la exigencia de someterse a la regla analítica (producir el máximo de descarga pulsional excretoria) es obtener el máximo de rememoración y el mínimo de pasaje al acto.

Las consecuencias de todo esto sobre la técnica del tratamiento psicoanalítico del sujeto psicótico son bien evidentes. No se puede contar con el yo defectuoso del sujeto psicótico para obtener la ventaja económica que una descarga pulsional verbal tiene sobre una descarga pulsional excretoria. El carácter regresivo de su organización psíquica implica una rediferenciación tópica cuyo alcance y cuya índole modifican el contexto en que sobrevienen, en el sujeto normal y en el neurótico, los desplazamientos de la erogenidad sobre el aparato del lenguaje.

El sujeto psicótico, en consecuencia, se puede volver incontinente si se le pide o se le permite verbalizar como lo hace el sujeto neurótico. Y el analista, lejos de hacer observar la regla fundamental, tendrá que tolerar su trasgresión y aun en muchos casos alentarla. Su trabajo será entonces tanto más eficaz si logra realizarlo con ayuda de la erogenidad de esos sustitutos o extensiones de ciertos elementos del yo corporal que (para utilizar una expresión freudiana modificada) se pueden definir como preliminares. Se trata de elementos del mundo objetal ‑animado o inanimado‑, aun si su investidura es narcisista; su trasformación en elemento objetal libidinal es una condición previa necesaria, desde el punto de vista económico, para la restauración del elemento propio del yo corporal. Esa trasformación, si se puede consumar, por la vía de redelimitar, por así decir, el self del ambiente, puede permitir que el yo sobrepase las fallas autoeróticas de la organización erógena del sujeto.

Una actividad prematura de la erogenidad del aparato del lenguaje por el atajo de una verbalización sin freno puede muy bien desencadenar una fusión de investidura entre el aparato del lenguaje y la zona erógena, en lugar de, conducir a un desplazamiento de investidura del uno a la otra. Es entonces la continencia la que resulta amenazada, y la respuesta del yo a esta forma de estimulación pulsional excretoria indirecta puede llevar a una ruptura y ponernos frente a lo que cotidianamente tratamos de evitar absteniéndonos de interpretaciones «penetrantes».

 

Conclusión

Hemos presentado datos clínicos y consideraciones teóricas que nos permiten una descripción metapsicológica del papel que la verbalización desempeña en el proceso terapéutico.

1. Desde un punto de vista económico y dinámico, la verbalización, acto motor, difiere del acto de pensar ‑trial acting- que requiere de un limitado monto de energía. La verbalización moviliza cantidades más grandes de energía de investidura, y la posibilidad de desplazamiento de esta energía es limitada. Desde un punto de vista tópico, la verbalización, que consiste en responder a una percepción (pensamiento) por medio de la motilidad (discurso), es una función del yo y, en análisis, un instrumento en la apropiación del contenido inconciente por el yo. Este contenido, «representante de la pulsión», estimula el desarrollo del yo en un proceso de apropiación por ciertas esferas de la organización psíquica. Freud expone este proceso diciendo que va «de la percepción al dominio de la pulsión» y depende de «la absorción del representante pulsional por un contenido psíquico». Hace falta describir la composición tópica de este contenido y las relaciones de sus elementos con algunas fases del proceso de verbalización.

2. La distinción entre las dos componentes tópicas del yo propio, en el interior de la tópica freudiana del aparato psíquico, se vuelve evidente si la posición primera del núcleo del yo (representaciones‑palabra) se desliza al sistema Prcc-Cc. Se puede pensar que las funciones atribuidas al sistema Prcc-Cc son funciones nucleares del yo, al tiempo que consideramos las representaciones‑palabra como el sustrato nuclear de la parte del yo, el «yo psíquico», que cabe distinguir del «yo corporal». Esta formación, no menos psíquica que la anterior, se puede considerar como la totalidad de las «representaciones‑órgano», si las representaciones de las zonas erógenas comprendidas están diferenciadas del resto de las representaciones por su dependencia singular y directa del proceso de placer fisiológico de carga y descarga pulsional. La posición central de esta formación dentro del yo como un todo fue reconocida por Freud cuando señaló que el yo era «ante todo un yo‑cuerpo».

3. Estas dos instancias que componen el yo se reflejan en los dos componentes del efecto sonoro de la verbalización. El efecto es verbal y vocal; expresa la ideación y el afecto. El aspecto aquí designado verbal atañe a la absorción del pensamiento inconciente por el contenido nuclear del yo psíquico. En último análisis consiste en una integración de las huellas mnémicas de representaciones‑palabra y teóricamente es un proceso silencioso. El aspecto vocal, que podemos definir como la materialización acústica de esas representaciones‑palabra, está condicionado, como lo hemos mostrado, por los procesos de carga y descarga pulsional, que dependen de la constitución erógena del yo corporal. Esta dependencia es mutua. La liberación del afecto regresivo por la utilización erógena del aparato del lenguaje en la verbalización puede, en consecuencia, provocar trasformaciones en la constitución del placer fisiológico del yo corporal. En ausencia de esos cambios, un yo corporal regresivo resistirá toda restauración, y el sujeto infantil de las luchas patógenas pregenitales seguirá detentando, por ejemplo, una boca primitiva, una cloaca, un falo, incapaz de abandonar su posición a cambio de una organización psíquica adulta.

4. La relación entre la función de la verbalización y la otra instancia tópica responsable del advenimiento y la conservación de la represión, a saber, el superyó, no es menos íntima ni menos especifica. Opera en una fase de verbalización que aquí he­mos descrito como la trasformación de los retoños del pensamiento inconciente reprimido en representaciones‑palabra sono­ras, asequibles a una percepción externa. Esta trasformación desemboca en una estimulación de la esfera auditiva del paciente, una esfera cuya posición en la tópica del aparato psíquico es nuclear para el superyó. Otto Isakower proporciona argumentos en favor de esa posición y en un estudio cuyo título es «Sobre la posición excepcional de la esfera auditiva», publicado hace unos diez años, elabora esta fórmula: «Así como el núcleo del
yo es el yo corporal, la esfera auditiva humana, modificada en el sentido de una capacidad de utilizar el lenguaje, se debe consi­derar el núcleo del superyó». La reintegración auditiva de ciertas imágenes verbales en la organización psíquica hace advenir verdaderamente una formación superyoica; y por otra parte, en el contexto de las representaciones‑órgano, la reintegración de ciertos elementos erógenos a raíz de la liberación vocal del afecto regresivo tiene su origen en el yo corporal. En ambos casos, estos
efectos de corrección obedecen a la índole psicosomática de la verbalización y las relaciones operantes en el proceso de restauración.

 


Notas:

(*) Simone Roux y Liliane Zolty han traducido este trabajo del inglés al francés. Las traductoras encontraron de escritura difícil, aun para un lector de lengua inglesa, ciertos pasajes del texto original. Hacía poco que Fliess había emigrado a los Estados Unidos, y al parecer conservaba la influencia de la sintaxis alemana, su lengua de origen. Frente a estas dificultades, la versión en francés ha procurado alcanzar la mayor claridad posible. [La versión castellana está trasladada del texto traducido al francés.]

(**) Robert Fliess ‑fallecido en diciembre de 1970‑ estuvo toda su vida inmerso en la atmósfera del psicoanálisis. Era hijo del célebre Wilhelm Fliess, el corresponsal privilegiado de Freud.
Culminó su formación médica y psicoanalítica en Berlín y emigró a los Estados Unidos en 1936. Practicó el psicoanálisis en Nueva York, fue miembro de la Asociación Norteamericana de Psicoanálisis y enseñó muchos años en el Instituto Psicoanalítico de Nueva York. Era un hombre sobremanera cultivado, de espíritu abierto. Sus escritos reflejan su profundo interés y compromiso en el arte, en particular la música y la literatura. Además de The Psycho‑Analytic Series, escribió The Revival of Interest in the Dream y editó The Psycho‑Analytic Reader.
Lacan, en sus Ecrits, destaca con estos términos el interés del texto que sigue: «Robert Fliess [...] nos demuestra que el discurso en su conjunto puede pasar a ser objeto de una erotización siguiendo los desplazamientos de la erogenidad en la imagen corporal, momentáneamente determinados por la relación analítica» (Ecrits, París: Seuil, 1966, pág. 301).

(1) Karl Abraham, «Développement de la libido», en Oeuvres complétes, vol.II, París: Payot, 1977, pág. 338.
(2) Ella Freeman Sharpe, «Psycho‑physical Problems Revealed in Language: An Examination of Metaphor», Int. J. Psycho.‑Anal., vol. XXI, pág. 202. Las bastardillas son del autor.
(3) Ibid., pág. 339.
(4) Debemos insistir en el distingo ‑que no siempre se toma en cuenta en las discusiones analíticas‑ entre erogenidad y libido. El acto de hablar no concierne a una libido parcial sino a una erogenidad parcial, es decir, a la inhibición o la consumación de una descarga de libido (y de agresividad) por una zona erógena. Dicho de otro modo, es posible asociar las particularidades de un lenguaje regresivo a las particularidades funcionales de un «esfinter» utilizado de manera regresiva (o no asociarlas a las propiedades de una libido regresiva).
(5) Los músicos utilizan diferentes tipos de silencio. El más conocido se caracteriza por su duración (silencio de negra, de corchea, de semicorchea, etc.). Tenemos también la combinación de un silencio y de un «calderón», que suspende el valor de duración del silencio, y además la combinación de doble barra con «calderón», pausa sin valor de duración que sólo un experto puede comprender. El ejecutante tiene la posibilidad de introducir en el fraseo pausas «no escritas», interpretativas. Pero estas no se corresponden con una notación.
(6) S. Freud, «Sobre la sexualidad femenina», en Obras completas, Buenos Aires: Amorrortu editores, 24 vols., 1978‑85 (en adelante OC), vol. XXI, 1979, pág. 239.
(***) En francés en el texto.
(7) El observador‑analista, un «naturalista», debe apelar a imágenes simples. Para que no se extraiga de este relato una conclusión errónea, podemos decir que el autor rara vez interpreta de esta manera y que en general no se debería interpretar forma alguna de paso al acto en la situación analítica. En nuestro caso, no se habría ofrecido la interpretación si no se hubiera producido el paso al acto anterior.
(8) Véase infra, donde tratamos en general de la ganancia económica que se obtiene por el desplazamiento de la erogenidad excretoria sobre el aparato del lenguaje.
(****) Este pasaje es extracto de un informe en que la paciente se dirige al analista en la segunda persona del singular.

***

Texto extraído de "El silencio en psicoanálisis", varios autores bajo la dirección de J. D .Nasio, Págs. 58/75, editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina, 1988.
Edición original: Rivages, París, 1987.
Traducción: José Luis Etcheverry.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones marzo 2010

 

 

        

 

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