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Nota sobre el silencio (II): Aurora F. Nietzsche - Libro quinto (1887)
423. En el gran silencio. Junto al mar olvidamos la ciudad. Las campanas tocan avemaría fúnebre, pero dulce en la hora vesperal. ¡Esperad un momento! Ya todo calla. El mar se extiende pálido y brillante. No puede hablar. El cielo en esta hora de la tarde juega con colores rojos, amarillentos y verdosos. Hay una profunda quietud. ¡Qué hermoso y qué cruel es ese gran silencio que de repente nos sorprende! Te compadezco. Naturaleza, porque tienen que callarte; aunque sea tu malicia lo que te haga enmudecer, me da lástima tu malicia. 424. ¿A qué la verdad? Hasta ahora han sido los errores las potencias más fecundas en consuelo; al presente esperamos los mismos servicios de las verdades reconocidas, mas la espera va haciéndose un poco pesada. ¿Es que las verdades no servirán siquiera para consolar? ¿Saldrá de ahí un argumento contra las verdades? ¿Qué tienen de común con el estado enfermizo de ciertos hombres, para que se les exija ser útiles? Nada se prueba contra la verdad de una planta demostrando que no puede servir para la curación de los enfermos. Mas antaño se creía que el hombre era el fin de la Naturaleza, hasta el punto de admitir sin más averiguación que el conocimiento nada podía revelar que no fuera útil y saludable para el hombre y que nada existía en el mundo que no concurriese a este fin. *** Texto extraído de “Aurora”, F. Nietzsche, pág. 163, Pequeña Biblioteca Calamus scriptorius, Barcelona, España, 1978. Con-versiones marzo 2010 |
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