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El silencio de la nieve cayendo sobre la nieve Hugo Mujica
En las alas desplegadas del silencio, unos mundos inexplorados tienden su soledad. Algunas preguntas subsisten, dijo un comentador, y ésta es la primera. ¿Y si Dios no es el Dios del Libro único? Entonces habría que buscar la Palabra divina en otras obras. ¿Pero quién osaría arriesgarse? ¿Y si la Palabra de Dios tuviera, como objetivo supremo, hacernos correr ese riesgo? ¡Ah! comprender, ver desplegarse y, sobre sí mismo, replegarse el silencio. Tal es, quizás, el mensaje divino. La palabra de Dios está en la del hombre. La palabra del hombre, en el silencio de Dios. (Edmond Jabés)
La palabra es el lugar donde se encuentran la manifestación de la realidad, el ser de la vida, y lo que nosotros captamos de él, de ella. Encuentro entre el don y la recepción.
El ser se abre, se abre rebasándose: manifestándose. La palabra lo recibe, lo recepciona,
(Como vida y existencia. Y su anverso: es sólo de un lado del cuello que nos clavan los colmillos.) También lo delimita, pero es en esa delimitación donde se manifiesta, se dice al hombre en la forma en que el hombre puede decirselo a sí. Finitamente. Como un océano que se derramara en un cáliz. Desborda, pero no se pierde. El desborde señala. En la palabra el silencio calla, diciéndose.
II. Antes de comenzar a hablar está el silencio. El que está para que la palabra sea. La posibilidad y el presentimiento de que la palabra será dicha, que tiene donde manifestarse. Al final de una frase, de un discurso, de la vida vuelve a ser el silencio. Al comienzo de todo texto está la página en blanco. Son los silencios los que acotan los límites de las palabras. Es el blanco de una página, anterior y posterior, el que enmarca y contiene a las palabras escritas. De esto que lo blanco, el silencio, no sea sólo un límite de la escritura, un borde de la voz, no sólo acote y puntualice al habla, sino que el silencio sea constitutivo del habla como el espacio de la palabra escrita. Constitutivo del habla que es trama hilada de silencios y palabras, de palabras y silencios. Sin el silencio que aspira es vano respirar, imposible la palabra. Juego en el que cada parte da sentido a la otra: sin la palabra el silencio es un vacío. Viento en el desierto. El silencio separa las palabras y, separándolas, las hace audibles. Permite que se extiendan. Se expandan. (Otra vez lo abierto y, en lo abierto, lo que surge. Sol en el desierto, sobre nada. Nada que proyecte sombra. PARA SIEMPRE, PARA ESE AHORA He visto la vida desnuda Vi el desierto y nacer el sol para ese ahora sin sombras Lo vi ponerse, como un lunar He visto la vida desnuda
III. No le es dado al hombre escuchar el silencio como el silencio debe resonar en sí mismo. Sólo conocemos parcelas de él. Sólo lo escuchamos fragmentariamente. Sólo conocemos lo que de él escuchamos, lo que de él nos apropiamos. El silencio de la nieve sobre un lago. (Nunca una playa sin huella de pasos, las pisadas que dejamos buscando la playa sin huellas.) El silencio en sí mismo. (Como la luz es anterior a lo que ilumina, y también a la sombra que lo iluminado derrama.) El silencio, el que podemos experimentar, es siempre un silencio plural: el silencio congregante del atardecer, cuando todo parece aprovecharse de esa intimidad para revelarnos su más callado secreto. El del alba que se levanta con su mano henchida de promesas, el silencio que comienza a retirarse para que los pájaros lo ocupen, para que el tráfago de la ciudad lo vaya apagando... El silencio, el siencio humano, humanizado y humanizante, es el que se escucha entre las palabras, o, más radicalmente, el silencio hacia el que las palabras nos conducen: lo indecible que se susurra silencio. Solemne y mesurado: la nieve cayendo sobre la nieve. Y hasta sagrado: una cruz sin grito. Escuchado o traicionado... Retazo o jirón. También, a veces, es manso el silencio, como al borde de un arroyo. Escasa y privilegiadamente, el silencio se deja escuchar como horizonte de las palabras: cuando se termina de leer un poema que no nos lleva a pensar, nos lleva a escuchar la dimensión que lo originó. Un poema o, también y no menos, el silencio que se deja escuchar al concluir la última nota de un concierto... Don del arte, silencio, que se escucha apenas un instante (o tal vez el instante sea escuchar al silencio), apenas un instante pero ese instante ‑su presencia o ausencia‑ es el juicio y el valor, el juicio que da valor, al poema que acabamos de leer. A la música que terminamos de escuchar. Es el silencio con que una obra de arte no termina: se cumple. Se congrega silencio, como se silencia todo en el tañido de una campana.
IV. En rigor, al hombre no le es dado el silencio. 0 le es dado humanamente: encarnado. El silencio enseña a escuchar, inicia a escucharnos. Hay otro silencio, otra voz del mismo silencio: el monólogo del silencio. Hay algo en mí que pareciera ser lo más propio de mí: lo que quisiera que lo sea yo. A ese algo lo llamamos conciencia. Aunque sea ella quien nos llame, nos reclame. Reclame la coincidencia de mí conmigo mismo: no en lo que soy, en lo que aún no soy. Ante lo decisivo el hombre no puede disponer, tan sólo disponerse: escuchar. El silencio, desde lo hondo, calla o se envela, pero siempre interroga. La conciencia no tiene voz. (Como una muerte, la mía, que me revelará la vida que adeudaba.) La conciencia o es mi silencio o sigo siendo yo. Es un silencio, mío o en mí, que me abarca. Abarca aun la voz de la conciencia: mis juicios sobre mí. Mi propia medida. Lo que ya sé de mí. Es el silencio de una calle desierta donde escucho si suenan o se han detenido mis pasos. A veces, instantes, el silencio es tan hondo, tanto más que mi propia hondura, que escuchamos si arrastramos o no una sombra. El silencio, el de la conciencia que es el mío, desmiente. Me desmiente. El silencio de la conciencia derrubia, va gastando los bordes, derrumba las construcciones. Voz trasparente, agua. 0 fuego, fuego blanco, ilumina y purga: arde sin consunción. Arde quemando. Libera: cuando todo se cae queda lo que no se apoyaba en nosotros. La voz de la conciencia no es su voz. Mi eco: mi proyecto sobre mí. Mi decirme, no mi escucharme. Cuando todo calla se oye lo que en nosotros es eco, repetición. Ese silencio no es lo callado. Es el silencio que viene después, después de haber hablado, cuando ya nada responde a nada porque todo habla. Es juicio sobre lo hablado, sobre lo que no se debió decir, sobre lo que no fue verdad: una verdad que no era respuesta. Es el silencio que no se hace, que es. (Sin ecos. Sin la sombra de oír. ENCRUCIJADA Paso a paso se borra el camino y dibuja allí, en lo borrado, la ausencia buscada. Algo así. el silencio. Pero el de las palabras a las palabras.
V. La ausencia de palabras dista mucho de ser silencio, como la ausencia de montañas no implica que haya un abismo allí donde ellas no han crecido desde la tierra. Al silencio se lo acalla hablando pero no se lo hace porque dejemos de hablar: el silencio ya está allí. Antes de que nosotros hablemos. Hay un decir hablando y un decir callando, pero callar y silencio no son sinónimos. El callar es apenas propedéutica, disposición apropiante; el callar debe abrirse al silencio. Silencio que simplemente es y no que nosotros hacemos. El silencio, podríamos decir, es existencia pura, existencia increada y, a la vez, fermento creador. Virginidad de toda palabra. El silencio no es un concepto, es lo que concibe a los conceptos, concibe a las palabras con que orquestamos los conceptos. (Ausencia, carencia que origina. Buscabas una, no todas, una palabra en la cual escucharnos, desde la cual llegarnos a decir; podría haber sido la palabra «fuente», pero no era «fuente» ni era una fuente en la que nadie se hubiera mirado: una fuente sin nombrar. Era la palabra que faltaba en cada historia leída, la que había quedado sin narrar en todas las historias escritas, era la ausencia que hacía del punto final de todos los libros una caravana infinita, un infinito suspendido en cada final.) Inefabilidad de una palabra cuya ausencia se abre como intersticio entre las palabras. Palabra ausente, mar callado que comienza al borde de cada palabra dicha, que con su ausencia da playa para que las palabras se extiendan, para que las palabras mismas entiendan lo que ellas no pueden expresar, lo que ellas mismas buscan expresar. Ausencia que dispensa espacio para que las palabras irradien, para que se muevan y dancen, se conjuguen y con‑jueguen entre ellas. Es la palabra ausente ‑la intemperie de toda palabra dicha- cuya ausencia denuncia toda tautología de cualquier discurso que quiera cerrarse sobre sí, que se llame a sí mismo totalidad.
VI. El silencio desnuda pero también arropa, revela, recuerda; revela el abismo que nos rodea y nos habita. Todo lo otro que no es palabra, no es significado. El silencio, callando, revela y desfundamenta, deconstruye los fundamentos que nosotros construimos. No critica, no argumenta con ellos, no agrega palabras a las palabras que no escuchan: desfundamenta socavando. Socava como el mar a la costa; o como la gota horada la piedra: con la fuerza de su trasparencia. (Es su huella de sed Desnuda y arropa con promesas: en el silencio el hombre se encuentra con el origen de todas las cosas. No para permanecer fascinado o aterrado ante el abismo del origen, sino para que sepa que todo puede comenzar una vez más. Que todo, y también él, puede ser, y es, recreado. Todo puede volverse a nombrar una vez más por primera vez. Por única vez. Y esto, en un poema: OTRO INICIO, OTRA MúSICA Nada responde a nada Hay que soñar volver a cantar escuchando. Dejar correr una lágrima un silencio Callar, para que el tajo la semilla enterrada brotando en la semilla enterrada un alba
Texto extraído de "Flecha en la niebla", Hugo Mujica, págs. 175/185, editorial Trotta, Madrid, España, 1997. Con-versiones marzo 2010 |
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