| |||||||||||
El silencio en la cura Santiago Kovadloff
Bien lo dice Freud en su Esquema del psicoanálisis: el lenguaje de nuestras percepciones condiciona enteramente y está enteramente condicionado. De modo tal que "no esperamos poder alcanzar lo real" (1). Lo real, esa totalidad que por ser inconcebible resulta inabordable, se deja, empero, presentir aun cuando no se deje manipular. En tanto referente de tal presentimiento, lo real se perfila, en términos de Lacan, como semblante: aquello de lo real que, de algún modo, creemos poder captar o alcanzamos a intuir y que, como enseguida se verá, remite, en la cura, al lugar del psicoanalista. El psicoanálisis busca revertir este segundo silencio a fin de que lo no dicho ingrese en el campo de lo enunciable. Busca asimismo conducir al paciente hacia lo mudo o callado, a través del efecto que produce el semblante de "a", concebido como, lo indecible que exige y no puede ser tolerado en todo el peso de su irreductibilidad esencial. La noción de semblante propuesta por Lacan para referirse a la presentificación posible de lo real, remite a un acto de aparición, de irrupción, a un hacerse patente bajo la forma de una apariencia. Esta idea según la cual el silencio irrumpe o se presenta, aunque sólo sea en escorzo, por obra de la acción psicoanalítica tiene relación con la palabra, y ello de modo eminente en el caso del silencio estructural de las pulsiones. Sabemos ya que el silencio se deja ver como semblante encubridor al remitir a la palabra implicita, a lo velado. Pero igualmente decisivo es señalar que el silencio se deja ver asimismo como semblante descubridor cuando remite a lo indecible: a lo que no encuentra cabida en las palabras porque su índole no es compatible con ellas. * Pues bien: mi propósito, en este capítulo, es describir e interpretar (en verdad, uno y otro se equivalen) el sentido de las apariciones del silencio primordial en el marco del encuentro psicoanalítico. Frente a este doble pronunciamiento del paciente ¿dónde se ubica el psicoanalista? Su sitio será el En un primer momento, al encontrarse con el silencio del psicoanalista, el paciente no sospecha que ese silencio constituye una representación, un semblante. No advierte que está ante una puesta en escena de su propio silencio y, más aún, desconoce que está ante un reflejo del silencio entendido, no como lo acallado, sino como lo callado: aquello a lo cual de ningún modo doblega la palabra aun cuando ella, en ciertas circunstancias, puede conducirnos hasta el vislumbre de su presencia intraducible. El paciente, en consecuencia, es ajeno al hecho de que, al franquear el umbral del consultorio, se encontrará con aquello mismo que hasta allí secretamente lo lleva. Pero el secreto que él padece ahora ha tomado cuerpo. Encarnado en la figura del psicoanalista, lo observa, lo indaga, lo espera. El paciente ignora, por el momento, que la cura sólo se consumará si logra enfrentarse críticamente al solapado deseo que configura el objeto de su búsqueda consciente. La cura, en otros términos, dependerá de la permeabilidad vital que el paciente demuestre a la comprensión de si mismo como un ser estructuralmente inacabado, impedido de constituirse en una realidad inequívoca y lograda. Esa falta primordial es la condición fundante de su identidad. El hombre sólo es posible como proyecto porque es incompleto como realidad. Su naturaleza, como diría Baudelaire, se encuentra "exiliada en lo imperfecto". Podría, por eso, afirmarse que el arte del psicoanalista consiste en contribuir a incorporar al campo de la expresión del paciente aquello que está fácultado, para ingresar en él. Si este propósito se ve bien sucedido, la conciencia de la dificultad o de la resistencia a efectuar esa incorporación iluminará, al menos por un momento y con un vago resplandor, la zona abarcada por todo lo que ‑debido a su propia índole y ya no a la dimensión resistencial del pacienteno puede ingresar en lapalabra: aquello que, como totalidad, resulta indevelable, cerrado al concepto. * Silencio superable, por un lado, del que se parte en el cumplimiento de la cura. Silencio insuperable, por el otro, al que se aspira a llegar mediante el despliegue de la cura y con el propósito de repicar sobre él para retornar, impregnado de ese contacto, hacia el sentido discernible de la vida personal, a fin de replantear su significado. Oír el pronunciamiento del silencio estructural de las pulsiones equivale a comprender que el Otro que ante uno calla no es sino aquello Otro de uno que en uno mismo calla. Es el silencio de la propia y extrema alteridad, de la indigencia radicalizada del yo. Es el silencio vertebrador del sujeto antes que el silencio vertebrado por él. Instancia creadora, extrañamiento máximo y, a la vez, dimensión básica del ser propio que constituye lo impropio por excelencia; lo indoblegable y brutalmente anónimo del yo que clama, sin pausa, bajo la forma imperiosa del deseo pulsional, por el cumplimiento de un logro que no tiene ni puede tener lugar. ¿A qué, si no a esto, alude 0scar Wilde con proverbial ironía, cuando sugiere como algo "conveniente ser un poco improbable"? ¿A qué si no a esto remite el concepto platónico de Eros (Deseo) tal como lo encontramos descrito en la doctrina del filósofo? Este silencio insuperable sobre el que el paciente puede llegar a rebotar para cumplir con el acto de recomprensión de su identidad, fue caracterizado por Theodor Reik, en 1926, como "silencio de apertura" y es la antítesis del mero "silencio de defensa" que es el que impide el tratamiento. Pues bien: si el psicoanalista sabe guardar silencio en la escena clínica, es decir si sabe administrarlo, la trivialidad encubridora quedará al desnudo y el silencio propio de lo que Reik llama las “inhibiciones convencionales” demostrará entonces no ser otra cosa que negación. Cuando la palabra sabe combatirse a sí misma en lo que tiene de antagónica al auténtico silencio, preserva la huella de ese silencio primordial. Sabrá entonces que el silencio extremo se prolonga en ella y aspira a ser reconocido como tal. Obrará, de este modo, en consonancia con ese origen. Habrá de abismarse en la imponderabilidad como en lo propio por excelencia. De modo que, si para emplear una nomenclatura usual, decimos que el silencio primordial es una supuesta "nada de sentido" y la palabra una supuesta "totalidad de sentido", hablar con propiedad implicará hacerlo de modo que la “nada” irrumpa en esa “totalidad” como su raíz reencontrada y su rasgo fundacional. * Una cosa es, pues, lo silenciado ‑el secreto preservado, conscientemente o no, por el paciente; otra, lo silencioso ‑el paciente como secreto que no está en manos de ningún otro sujeto, sino en las de su propia alteridad. El silencio, en este segundo orden, no remite a la palabra que falta sino a lo que le falta a la palabra; a su resto disonante. El silencio, aquí, es ya silencio extremo. Enunciarlo, denunciarlo como presencia, exige, en primer término, dejarse ganar por lo mudo, precipitarse en lo mudo. El silencio primordial es, pues, el de una ausencia originaria: la que impide al hombre sentirse totalizado. Su aprehensión ilumina al ser que padece esa falta. Ahora bien: ¿cómo aprehender una ausencia originaria? El acceso al silencio extremo es, por parte del paciente, contacto con su propia precariedad, con el vacío inevitable con que tropieza su deseo de alcanzar entera elucidación; del anonadamiento, en suma, ante el cual y contra el cual el hombre quiere configurarse como sentido pleno, sin fisura ni falta, sin demanda. Cada vez que esta presunción de absoluto acusa su condición ilusoria y se desmorona, irrumpe, a raíz del vacío de significación que entonces se genera, la necesidad de restaurar lo que pareciera perdido y no ‑como ahora resulta claro‑ inhallable porque nunca existió. ¿Y dónde se origina esa ilusion? En la tenaz subestimación indirecta del silencio primordial, en la desatención resistencial al semblante con que se nos insinúa lo indiscernible. La resistencia no se ejerce directamente sobre aquello a que remite el silencio originario ‑que es experiencia de un "significado ausente", según la expresión de Marie‑Claude Thomas (4) sino sobre lo que provoca conflicto, que siempre es, en un orden sintomático, esto o aquello. Vale decir que la resistencia se ejerce sobre lo que puede ser acallado, cosa que, en toda ocasión, es un significado que, al hacerse presente, constituye la antesala, si se quiere, del significado ausente. La verdad básica del hombre no pareciera ser la del ego cartesiano ‑yo de contenidos puramente racionales- sino, más hondamente, la de su imponderabilidad última. Esta verdad es irrealizable en la palabra porque se halla consumada en el campo del silencio. ¿Qué es la resistencia, en última instancia, sino la negativa a acatar lo irreversible de esa consumación? Mientras obre resistencialmente, el paciente hablará no para encaminarse hacia el silencio primordial que lo constituye sino aspirando a distanciarse de él. Disociará, así, la palabra del silencio. Se opondrá como palabra a cuanto él mismo significa como silencio. La cura, orientada hacia el encuentro con el silencio estructural de las pulsiones, transparenta el carácter irremediable de esta disonancia entre lo que el hombre alberga (silencio) y lo que el hombre desea albergar (significado). Pero a la vez, su primaria verdad menoscabada, restituida por la cura, hace por la libertad del paciente lo que el anhelo de verse contenido por entero en el campo de la significación jamás podrá lograr. * Hay, pues, un silencio que el psicoanálisis se empeña en recuperar. Tal pareciera ser la meta de la cura. Este silencio primordial, al que también he llamado silencio extremo, no puede ser alcanzado sin desarticular el silencio defensivo o resistencial. Y para elto, lo imprescindible es hablar, exponer, exponerse. Y lo que corresponde exponer son las raíces del imperioso mandato de encubrir. Cabe pues, interrogar al silencio resistencial. Ello exige admitir que, entre el silencio primordial o de apertura y el defensivo, hay interdependencia. Lo acallado (silenciado) es siempre complemento de lo callado (silencioso). Y no sólo uno y otro son complementarios sino, ante todo, dificiles de discernir Antoine Francini recuerda que "antes de evocar el silere después del tacere, Lacan apunta la dificultad de distinguirlos. Frontera oscura, dice, enigma del tacere, enigma de la presencia del mundo animal donde por mucho tiempo hemos alojado a los dioses. Enigma cuyos efectos han desaparecido poco a poco ‑por la aparición de la ciencia‑ y sólo han dejado como residuo contemporáneo la fobia (a los animales)” (6). Según Juan David Nasio, hay "un momento en que las palabras se detienen" (7). Ese momento ‑añade‑ "es distinto del silencio de una pausa". Pues bien: las palabras pueden detenerse ante lo que no se tolera decir (dificultad del paciente, "pausa") o ante lo que no se presta al decir (impotencia de la subjetividad como tal y ya no de este o aquel sujeto concreto). El silencio de apertura implica siempre vulnerabilidad a lo que se perfila como innominable. Vulnerabilidad a nada; nada de cuya cercanía es posible reponerse y retornar para dar cabida tanto a un alarido como a un poema. Intentar ser humano, pareciera, no implica, en su instancia fundamental, sino tratar de hacer algo con "nada" ‑manifestarse a partir del extremo silencio soportado. Y puede decirse que el hombre ha hecho algo verdaderamente ‑o sea, que ha construido o creado‑ sólo donde la nada, insinuándose, logra verse legitimada como suelo fecundante de su humanidad. * Escribe Martín Heidegger: "En esa clara noche que es la nada de la angustia, es donde surge la originaria patencia del ente como tal ente: que es ente y no nada. Pero este «y no nada» que añadimos en nuestra elocución no es, sin embargo, una aclaración subsiguiente, sino lo que previamente posibilita la patencia del ente en general. La esencia de esta nada, originariamente anonadante, es: que lleva, al existir, por vez primera, ante el ente en cuanto tal (…) Existir (exsistir) significa: estar sosteniéndose dentro de la nada. (...) Si la existencia no fuese, en la última raíz de su esencia, un trascender; es decir, si, de antemano, no estuviera sostenida dentro de la nada, jamás podría entrar en relación con el ente ni, por lo tanto, consigo misma. Sin la originaria patencia de la nada ni hay mismidad ni hay libertad" (8). Lo que Heidegger denomina "patencia" de la nada es lo que, en el transcurso de este libro, yo designo silencio primordial. Es este silencio el que funda la cura. Es en este silencio donde ella se nutre y donde asienta su posibilidad de efecto. El silencio extremo, al ser vivenciado en su desnudez, aniquila tanto la palabra encubridora como el silencio encubridor. Y sólo entonces devuelve la palabra al paciente. Palabra expurgada. Palabra limpia que se gesta en la intimidad del silencio primordial y que, más que interrumpir el silencio alcanzado, prolonga su influjo, en otro orden complementario y contiguo: el de la alusión. * Al retornar a la palabra desde el silencio medular, el paciente no se manifiesta como quien anhela entender sino como quien consiste en lo que ha entendido. Instante supremo de la cura en el cual el silencio devuelve la palabra en vez de disolverla, y reconfigura al hombre al permitir que se reconozca en su básica condición de carente, en lugar de hacerlo mediante la negación de esa carencia. ¿Y de qué habla el paciente cuando lo hace como emisario del silencio primordial? Cede su voz al efecto del encuentro con lo vacante, sitio imaginario, vacío transparentado en la experiencia de insustancialidad del yo propio. No dice “lo que piensa” porque desde él habla ahora el más allá de ese yo pensante habitual; ese otro que, en rigor, él no puede ser y en contacto con el cual, sin embargo, lo que sí puede ser encuentra la verdad de su significación. Este silencio del que necesariamente debe provenir el paciente para ponerse de manifiesto como aquel que soporta y se soporta, toma, en la escena clínica, según se dijo ya, una configuración inicial: la del silencio encarnado por el psicoanalista. Éste se encuentra, simbólicamente, en el sitio del silencio extremo, lugar que el paciente, cuando aún no está inscripto en su dimensión protagónica plena, suele no comprender adecuadamente y, en esa medida, tiende a identificar, como también ya se señaló, con algo ajeno a él, extraño y hasta hostil: silencio del otro y no Otro silencio de sí mismo. A este lugar de silencio que ocupa el psicoanalista en la cura, Lacan lo designa “lugar del muerto”: "El analista interviene concretamente en la dialéctica del análisis haciéndose el muerto, cadaverizando su posición como dicen los chinos, sea por su silencio, ahí es donde él es Otro (Autre) con una A mayúscula, sea anulando su propia resistencia, ahí donde él es otro (autre) con una a minúscula" (10). Si el psicoanalista se hace el muerto, si opta, en el momento oportuno, por la dicción de lo callado, la ciega tenacidad del deseo, su infatigable errancia, resaltarán ante el paciente, es decir ante aquel que las padece en su cuerpo y en su palabra. Y es el silencio del psicoanalista el que obra como socrático partero al traer a luz ese deseo, esa insaciable sed que clama sin pausa. Contra aquel silencio mayor rebota este deseo infinito y sobre su irreductible fondo se recorta su silueta. Escribe Silvie Le Poulichet: "El silencio del analista encuentra aquí su pertenencia en su propio poder de relanzar una vez más el deseo y los significantes del analisando, sin fijar nunca significación alguna. Porque todo depósito de significacion daría evidentemente a ese Otro una inoportuna consistencia imaginaria, atajando al mismo tiempo los itinerarios nuevos que el deseo traza en la lengua" (11). En el vértigo de ese rostro sin forma aprenderá a reconocerse, paradójicamente, quien lo padece. En palabras de Jacques Lacan: "Es a ese Otro más allá del otro al que el analista deja el lugar por la centralidad con que se hace no ser ne uter, ni uno ni otro de los dos que están ahí, y si calla es para dejarle la palabra" (12). ¿A quién? Al Otro. Y ese Otro entregará su silencio extremo y primordial, que es todo lo que puede entregar, si en efecto se pronuncia. De modo tal que a la luz de lo que dice "el muerto" y sólo en virtud de lo que con su callar promueve, se asegura la necesaria equivocidad de los significantes y, a la vez, se trasluce la más íntima y desesperada aspiración de todo significado, que es la de remontar su propia fragilidad semántica, su esencial ambivalencia, para llegar a cristalizarse en cosa. En cambio, en cuanto "el muerto" cede su lugar al otro, es decir al ilusorio interlocutor, el deseo * Mediante su naturaleza equívoca, el silencio primordial alecciona al paciente: en el mismo instante que le oferta, le arrebata. De igual modo, el psicoanalista se predispone al silencio pero no dispone de él. Que lo represente y ejerza no implica que le pertenezca. "El psicoanalista no dispone verdaderamente de su silencio porque si éste obra como un velo que él ajusta para solicitar los decires del analisando, empero está ahuecado y atravesado por algo real irreductible. Y cuando el silencio del analista es roto por el espesor de su voz ‑repentinamente recortado como un objeto que fractura el velo del silencio‑, él queda revelado a contrapelo: ese silencio es una materia que sólo aparece verdaderamente cuando se rompe, cuando es perforada. Los ruidos del cuerpo y los desprendimientos inesperados de la voz figuran otras tantas perforaciones reales que imparten al silencio su justo lugar" (13). Sí, el silencio primordial ‑silencio de lo mudo‑ sólo se trasluce por contraposición, cuando algo que no es él se deja oir y quiebra su virtual hegemonia. Sin esa sustracción consumada por eso que le usurpa su sitio en un momento dado, la presencia de lo mudo no podría resaltar. No se trata, pues, de que el psicoanalista no se desplace de su silencio fundamental. Ello no sería posible ni provechoso. Se trata, en cambio, de que se desplace en relación constante con el sentido del silencio. Cuando, en un momento de privilegiada percepción, el paciente advierte que lo que el silencio del psicoanalista implica es correlativo de aquello mismo que en su cuerpo actúa bajo el nombre de lo pulsional, comienza entonces a concentrarse en su experiencia. Es que lo que en el cuerpo del paciente actúa como desconocida dimensión de su identidad, obra a la vez en el silencio primordial del psicoanalista. ¿Pero cómo obra? Obra, metafóricamente, como manifestación sugerida de esa misma presencia ignorada, como insinuación de una cercanía siempre virtual. En el cuerpo del paciente, en cambio, lo hace, ante todo, como lo sentido y no sabido, peso innominado que subsiste y persiste en la oscuridad del desconocimiento. En uno es expresión; en el otro, en cambio, es presión. Diríase: el psicoanalista calla para que el paciente escuche. Y el paciente escucha (es decir, se convierte en protagonista) cuando cargando con su propio extrañamiento, logra oír, en el silencio del psicoanalista, esa otra dimensión de sí mismo que es absoluta alteridad. Lo que entonces oye no es ya a ese que en él demanda esto o aquello, sino el franco demandar al que su cuerpo sirve. Cuando en el silencio del psicoanalista, el paciente descubre lo que de sí mismo ese silencio dice, es porque, simultáneamente, en su palabra encubridora y en su silencio impropio advierte lo que a si mismo se ocultaba. Todo tratamiento psicoanalítico cabal aspira a ofrendar el hallazgo de una pérdida esencial como el logro más alto de su despliegue. El acceso a esta pérdida en el marco de la cura promueve el repliegue de la conciencia sobre la raíz estructural ‑vale decir, no circunstancial‑ del sufrimiento que motiva la consulta. Justamente, por ser estructural, esa raíz no es causa de un padecimiento reversible. Por eso, quien empieza a tratarse no sufre aún debidamente aunque pueda estar sufriendo intensamente. Hay un dolor a ser conquistado en el transcurso del tratamiento que no es aquel con que se ingresa en el tratamiento. Este último dolor es, por cierto, un dolor injusto pero no por los motivos que suele creer quien lo padece. El consultante presume que el dolor que lo aflige es injusto porque él estima que no debería estar a su merced. Aprenderá, sin embargo, en el transcurso de la cura, que es injusto porque encubre un dolor más hondo, más básico: aquel que desde lo oculto promueve, indirectamente, su sufrimiento consciente y que, en consecuencia, no es, él mismo, objeto de conciencia. Este dolor sustantivo se traduce en el modo como lo irremediablemente ausente hace acto de presencia. Es el dolor que señala la poeta Amelia Biagioni cuando escribe: “Es dificil reunir a un hombre: / faltan piezas irreemplazables” (14). Acaso psicoanalizarse sea aprender a dejar de sufrir más para aprender a sufrir mejor. Aprendizaje que, como tal, es otra cosa que el mero padecer. El paciente se aproximará, mediante él, al dolor * Ser para la muerte: he ahí lo que el silencio pulsional entraña y sentencia aun sin saberlo, y lo que no soporta presentir la conciencia por detrás del malestar que la aqueja en cada caso y en cada ocasión. El silencio terapéuticamente eficaz arrebata al paciente la ilusión de que sabe lo que dice y lo acerca a la intuición de que dice lo que debiera saber. Callando, el psicoanalista desdobla en forma expresa la identidad del paciente y, al hacerlo, le entrega, mediante la puesta en escena del silencio extremo, el indescriptible paisaje de su alteridad. Así es, entonces, como cae, bajo un haz de luz, el cuerpo que el paciente, al hablar, soslaya. Lo medular silencio irrumpe y se deja oír, entonces, como lo esencialmente silencioso. Sólo así podrá el paciente acceder “a la totalidad del silencio que lo habitaba” (16). A la vez, y por mediación del psicoanálisis, puede constituirse, por un momento, en un hombre en libertad, es decir constituirse como alguien en contacto con la radicalidad de su silencio. Por su parte, el psicoanalista, en ese mismo instante, alcanza el núcleo vivencial más significativo de su papel. En el sujeto que, como paciente, aprende a desconocerse, se reconoce el psicoanalista como tal: ha obrado. Habría, pues, en este procedimiento, una renuncia decisiva: la renuncia a la representación de intención abarcadora, a la imagen que se supone exhaustiva. Se diría que el acto clínico consiste en el derrumbe de una representación que se quiere plena ‑construida por el silencio del acallamiento o por la palabra que encubre‑, y que no se verá reemplazada por otra similar destinada a cumplir su misma función: la de sostener la ilusión de familiaridad, dominio y cercanía de los contenidos del "Yo propio". En el estruendo de ese derrumbe consiste el silencio de la cura. "Me conformo con decir ‑anota Audouard- que la palabra que procede del silencio es una introducción a un en otra parte que algunos, como los artistas o los monjes, conocen mejor que todos los demás. Este en otra parte está ahi, en el análisis, en el corazón de las verdaderas palabras." (17). * Todo hombre padece, por el solo hecho de ser hombre, un duelo originario que insiste ‑el término es de Heidegger‑ a lo largo de la existencia pero en el que ésta rara vez se muestra dispuesta a reconocerse. ¿Cómo enfermamos psíquicamente? ¿Qué nos traumatiza? En términos de François Daniel Villa, "El hombre se encuentra siempre frente a problemas que exceden las respuestas producidas: ahí está lo que produce el trauma" (18). Rebasar “las respuestas producidas” equivale a internarse en el ámbito del preguntar. Porque, en verdad, no pregunta quien carece circunstancialmente de respuestas. Sólo pregunta quien deja atrás las respuestas disponibles para precipitarse, con independencia de su voluntad, verticalmente, como gusta decir Roberto Juárroz, en el silencio extremo recuperado por la pregunta cabal. Al hacerlo, se sostiene en la atmósfera impuesta por ese silencio que nos acoge en la misma medida en que, con su impenetrabilidad, nos desampara. Si el silencio de la cura es resto, saldo hasta entonces soslayado al que por fin se arriba, residuo como propone Lacan, el paciente, en ese resto, encuentra el espejo donde puede vislumbrar la sombra de su indiscernible fundamento. "Las ruinas y los sitios abandonados ‑anota Marc de Smedt‑ son con frecuencia espejos donde se reflejan ciertas partes de nosotros ‑porque esta clase de lugares posee un carácter que despierta particularmente el ser meditativo que yace adormilado en cada uno" (19). La auténtica pregunta no precede a la respuesta: la sucede, brota de su insuficiencia, la rebasa. Se despliega allí donde ninguna respuesta puede ya alcanzarla. Es la forma verbal que toma la inmersión en lo real incógnito. Más aún: la pregunta como modalidad elocutiva es el síntoma de la insuficiencia congénita de la respuesta como modalidad comprensiva. La experiencia que de sí hace el hombre en el desasosiego del preguntar es, muchas veces y sin que él mismo lo sepa, la que lo impulsa a buscar reparo en el psicoanálisis. Presume él que de allí puede provenir el apaciguamiento que anhela. Pero, en verdad, lo que provendrá del tratamiento, si de hecho se cumple, es la aclaración que no espera; aclaración que no toma forma discursiva sino emocional y que es, de otro modo, aquella pregunta que, en el origen y subterráneamente lo impulsó a convertirse en paciente, más allá de sus dilemas conscientes. La aclaración que no se busca y cuyo hallazgo, sin embargo, faculta la cura, atañe a la singular relación entre el padecimiento personal y la índole de la existencia; entre lo que Alain Didier‑Weill llama "un duelo histórico" y “el duelo antecedente o a‑histórico” (20), entendiendo por "a‑histórico" el hecho de que, manifestándose siempre como un duelo "propio" (porque se halla entramado en contenidos biográficos) no es producido por las particulares circunstancias de cada sujeto sino éstas por ese duelo estructural que, si bien es común a todos, no es patrimonio de nadie. * Curarse siempre querrá decir hacerse responsable. ¿De qué? Del preguntar como lo huérfano de respuesta. De la existencia asumida como el perpetuo interrogar por el sentido ausente. Es que no se pregunta para luego responder, sino porque ya no es posible responder. La existencia, digámoslo así, no pregunta: es pregunta. Pero la demanda de fundamento para el ser propio ‑demanda en que la existencia consiste aparece, en el dolor circunstancial y personal, sólo como momentánea exigencia de sentido. De modo que esa demanda se encuentra allí restringida y tergiversada en la medida en que toma el carácter de algo ocasional, fortuito. Por eso cuando, a través de la cura, el fundamento salta a la vista, lo hace como ausencia, como vacío de significación. Bajo el resplandor que ilumina ese vacío, o sea, merced a la nitidez que cobra en el silencio primordial, los contenidos manifiestos de cada existencia acusan raíces más hondas y, con ellas, más íntimo sustento. El "duelo histórico" o padecimiento personal alcanza, entonces, explicación donde menos lo esperaba. En el despliegue vertiginoso del silencio primordial la existencia de cada uno queda expuesta en su carácter de esencial insuficiencia. Gracias a esa instantánea irrupción puede efectuar, quien padece su acoso sin tregua, el deslizamiento que le permite verse, por un momento, en el laberinto tramado para él por el silencio del acallamiento y la elocuencia encubridora.
Notas:
(1) Sigmund Freud, Esquema de] psicoanálisis, Obras completas, Tomo XXIII, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1989, pág. 198. *** Texto extraído de “El silencio primordial”, Santiago Kovadloff, págs. 39-60, editorial Emecé, Buenos Aires, Argentina, 1992. Con-versiones marzo 2010 |
|
copyright 2005 Conversiones.com Todos los derechos reservados. |