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La efracción del silencio

Sylvie Le Poulichet

 

«Tras señalar con el dedo, había lanzado después una mirada rápida sobre el vitral coloreado, no sin ver aparecer y flotar ante él un ojo femenino. Casi lanza un grito de sorpresa. Pero no era más que un sueño dentro de su sueño; rehaciéndose, el viajero comprobó que era, reflejada en el espejo, la imagen de la joven persona sentada del otro lado».

Y. Kawabata, Pays de neige.

 

Los analistas hablan poco de su silencio, a pesar de que probablemente constituya el acto más común de su práctica. ¿Acaso habrá adquirido los rasgos de una trivialidad, y aun de un simple método o de una convención? Sólo al precio de invalidar la esencial negatividad en que se sustenta el proceso analítico. Porque si el silencio es trivial, creemos que ha dejado de ser el silencio analítico.

Precisamente el silencio del analista se ajusta en el eco de su propio lugar; y si ha de aparecer en la negatividad del acto analítico, no se puede reducir al hecho de callar la persona del analista. Es que este lugar, que Lacan designa como el del muerto (1), sólo cobra su consistencia en tanto hace surgir otros lugares ‑cuya naturaleza hemos de precisar‑, pero también ciertos espectros. El lugar del analista, como su silencio, posee entonces la cualidad de una sombra que, bosquejándose, despierta y revela ciertos actos psíquicos, así como la perspectiva de una incógnita. Por eso, en la sombra desplegada por el silencio del analista, nacen nuevas formaciones aptas para renovar los decires.

Ahora bien, no todas las formaciones despertadas por ese silencio son equivalentes, ni son quizá todas capaces de consumar esa renovación. Intentaremos distinguir en ellas algunas figuras y reflexionar sobre las condiciones del advenimiento de un silencio que conserve las cualidades de un acto analítico.

 

1. De los lugares que el silencio del analista revela

Si consideramos la posición del analista a partir de la función de su silencio, percibimos al menos dos lugares que se recortan sobre el negativo de aquella: el del Otro primeramente, cuando el analizando intenta responder al enigma del deseo de ese Otro y el analista no se toma por el destinatario directo de un mensaje.
El silencio del analista deja entonces su hueco en el lecho del Otro invitando al analizando a producir las respuestas que él propone al mensaje supuesto de Otro (2). Así el analizando puede desplegar el texto y los actuares por los cuales él se suspende y se aliena al deseo supuesto del Otro que él ha modelado.
El silencio del analista encuentra aquí su pertinencia en su propio poder de relanzar una vez más el deseo y los significantes del analizando, sin fijar nunca significación alguna. Porque todo depósito de significación daría evidentemente a ese Otro una inoportuna consistencia imaginaria, atajando al mismo tiempo los itinerarios nuevos que el deseo traza en la lengua. No hay duda, en efecto, de que el analista desea cuando solicita el advenimiento de actos psíquicos (dichos, sueños, lapsus ...) que engendren cadenas nuevas de representaciones. Si invita a su producción en el analizando, es que él mismo los acoge renovando de continuo las cualidades de su silencio por la movilidad de sus asociaciones mudas.

En contra de toda postura o decisión voluntarista, el silencio del analista se produce igualmente en acto: en la medida en que su silencio hace lugar al Otro (3), el analista resulta sin cesar desplazado en su propio silencio; también diremos que encuentra un silencio nuevo cuando es desalojado del anterior, siempre que oiga sin abrochar una significación y que mantenga la perspectiva de la equivocidad de los significantes.
Al punto de fuga que atraviesa el silencio del analista responde el advenimiento de los decires nuevos del analizando. De la misma manera, es en el no‑saber que el silencio del analista recubre donde se abrocha la verdad puntual del analizando. Otro lugar resulta entonces indicado por el silencio del analista: el de lo real como incognoscible irreductible (4).

Lo real como incógnita o como falta de representaciones causa en él mismo el despliegue de las imágenes y de los símbolos. De eso real opaco el analista está evidentemente excluido, y su silencio aparece, entre otras cosas, como un eco lejano de eso real. El silencio se presenta como un límite y como un velo ante lo real: designa esa falta irreductible mediante el límite de que da testimonio, y al mismo tiempo lo vela con su manto. El analista no dispone verdaderamente de su silencio porque si este obra como un velo que él ajusta para solicitar los decires del analizando, empero está ahuecado y atravesado por algo real irreductible. Y cuando el silencio del analista es roto por el espesor de su voz ‑repentinamente recortada, como un objeto que fractura el velo del silencio‑, él queda revelado a contrapelo: ese silencio es una materia que sólo aparece verdaderamente cuando se rompe, cuando es perforada. Los ruidos del cuerpo y los desprendimientos inesperados de la voz figuran otras tantas perforaciones reales que imparten al silencio su justo lugar.

Desde el punto de fuga que el silencio indica, el cuerpo es invitado a componerse en la lengua y las imágenes. Y cuando el analizando habla, pierde de alguna manera cuerpo, a cambio de anudar al deseo las representaciones de este: el cuerpo en su dimensión de real alucinatorio resulta penetrado por los decires que relegan a lo inasequible los objetos que los causan. Actualizando esas pérdidas sucesivas, el cuerpo pulsional se elabora así en el Otro. Por eso el silencio aparece como el velo necesario para que se ausenten del cuerpo, o para que se desprendan, los objetos pulsionales. Porque si el analista provoca la ocurrencia de los significantes que procuran dar respuesta al enigma del deseo del Otro, simultáneamente invita a recortes nuevos del cuerpo pulsional. Estas dos dimensiones se articulan para dar lugar a la metáfora del cuerpo en la palabra. El silencio del analista parece ser entonces esa sombra que recoge al cuerpo en lo hueco de la lengua.

El surgimiento de los significantes y los desprendimientos del cuerpo organizan esos desplazamientos incesantes que el lugar del analista solicita. El silencio del analista, en efecto, convoca a la movilidad del cuerpo en la movilidad de los decires, para él mismo y para el analizando. Y creemos, finalmente, que el silencio del analista cobra el valor de un acto analítico, es decir, relanza la palabra y el deseo sin fijar significaciones, a condición de que el analista sea desplazado sin cesar en su propio silencio. De esta movilidad está suspendido el lugar del analista, que así revela otros lugares.

 

2. Tres figuras del silencio

Ahora bien, esta movilidad es por fuerza detenida en ciertas ocasiones. Distinguiremos tres formas de esta detención, en las que por otra parte se descomponen las figuras del silencio.

Una primera forma de detención puede ser caracterizada por la sorpresa: es el momento en que surgen una formación del inconciente o una palabra de verdad que nombra y separa lo que estaba confundido. Esta detención se presenta como el producto de desplazamientos, que consideramos aquí, más específicamente, como metáforas; y por sí misma relanza nuevos itinerarios simbólicos. Se trata entonces de una detención puntual que marca ura inscripción nueva del cuerpo en la palabra. Este acto revela a contrapelo el silencio como lugar de donde cobra forma una palabra inédita.

Una segunda forma de detención se puede entender como una cristalización: según la lógica del fantasma, se trata de un acto por el cual el sujeto detiene los trayectos de su deseo y se fija en una posición de objeto. Ante el enigma del deseo del Otro, se inmoviliza en un fantasma. Es por ejemplo un aspecto del amor de transferencia, que Freud consideró a la vez un obstáculo para el trabajo analítico y uno de sus elementos determinantes (5). En este caso, el silencio ha llegado a dar un cuerpo ficticio a Otro imaginario, y el sujeto se suspende ahí para tratar de desaparecer a la vez que actualiza su propia alienación imaginaria. Entonces el analista se desplaza a fin de que las sorpresas corroan progresivamente esta cristalización.

Nos parece que una tercera forma de detención compromete al fantasma de manera más errática, fuera de todo marco simbólico. La consideraremos una efracción. Aquí, un objeto real hace efracción en la cura y lastra al cuerpo con su decir. Mientras el cuerpo del analizando reciba algo de carnadura, el analista no se podrá desplazar en su silencio. Mucho más que las otras, esta formación afecta al lugar del analista: la función analitica del silencio resulta de algún modo subvertida porque se vuelve impotente para relanzar los decires. En esta configuración particular, el silencio del analista puede quedar inmovilizado y, como veremos, constituido como el lugar de depósito de un objeto de goce.

A esta última formación dedicaremos lo que resta de nuestra exposición, porque ella nos permitirá interrogar las condiciones en que fracasa la negatividad del silencio del analista.

Atender a las cualidades de ese silencio nos inducirá a situar esas formaciones como tiempos de efracción dentro del campo de la escucha del analista. La noción freudiana de la efracción, que pertenece al registro económico de la metapsicología, designa una modalidad particular de fracaso de una partición afuera/adentro (6). y la frontera arcaica del afuera y del adentro figura una primera organización narcisista orientadora del juego pulsional (7).

¿Por qué considerar aquí de manera privilegiada la cuestión del silencio del analista? Porque nos parece que ciertas formaciones pueden ser individualizadas inicialmente en ese ámbito: la impronta de ciertas actuaciones del analizando puede aparecer primero en el nivel de un pasmo del silencio del analista. Esta proposición descansa en una hipótesis nacida de la clínica: si queremos percibir lo que actúa en el nivel del cuerpo del analizando, es en el silencio del analista donde hallaremos el eco. Una partición afuera/adentro vacila de una manera insólita entre el analista y el analizando tan pronto como se despliega ese campo de lo alucinatorio en que el cuerpo se llena de un objeto de goce en lugar de elaborarse en la palabra (8). Ya no se trata aquí de desplazamientos de las representaciones en el seno de una dialéctica instaurada entre el Otro y el Yo [Je], sino del itinerario de objetos alucinatorios no simbolizados (9).

Si el silencio constituye el lecho de una palabra que recorta al cuerpo pulsional, de la misma manera recoge formaciones erráticas del cuerpo. Así, cuando el analizando se fija en una posición de objeto que no se sustenta en imágenes y cuando su palabra deja de ausentarse de la carne, el silencio del analista pudiera quedar como ocupado por una formación alucinatoria. Cuando el analista percibe que ya no se puede desplazar en su silencio, puede pensar que está a punto de pasmarse algo que quizá sólo después aparezca en la forma de un pasaje al acto o de un accidente somático. Cuando el cuerpo deja de ser trasportado ‑o trasferido‑ en los decires que lo recortan y lo ausentan, algo se ha «aglornerado» en la cura. Diremos que el analizando ha encontrado un cuerpo posible en el silencio del analista.

 

3. Un pasmo del silencio

Cuando su silencio queda así inmovilizado o capturado, ¿no es el lugar mismo del analista el que vacila? Parece como si ya no garantizara la puesta en perspectiva de algo real imposible, y que esto real retornara al ámbito del silencio para pasmarlo. Es como si, tomando el velo del silencio por el agujeromismo de lo real, el analizando hubiera tratado de llenarlo. Entonces esa inmovilización figura un acto logrado, desde el punto de vista del goce: el analizando puede dejar de desear; hace callar al Otro entregándole una forma de ofrenda. ¡Y la ofrenda no es la pérdida! Algo del cuerpo se engolfa en el silencio del analista para hacer ahí sacrificio. El sujeto no brota aquí de su fracaso en decir lo real, sino que el analizando ocupa el lugar de un objeto e intenta obturar el agujero de lo real, con prescindencia de todo marco simbólico.

Podemos entonces preguntarnos cuáles son los actos o las palabras del analizando que capturan el silencio del analista, o también qué silencio del analista consuma de alguna manera los decires del analizando. Abordemos ahora el segundo aspecto de esta cuestión.
Sin duda que el silencio deja de ser acto que relance los decires y el deseo precisamente en el momento en que deja de mantener para él mismo la perspectiva de algo real excluido. Es como si por la posición del analista se pudiera reducir la distancia entre lo real y el velo del silencio.

¿Llega en este caso el silencio a adquirir la densidad de una certeza? Creemos en efecto que si el analista deja de desplazarse en su silencio no puede verdaderamente oír ni inventar. Porque la escucha se urde en el deslizamiento de las representaciones del analista, en la continuada sorpresa de componer y descomponer la partición de los decires del analizando.

Por otra parte, si el propio analista está sometido a una regla o a un voto de silencio, solicita la tentativa mística de un sacrificio al «misterio» del Otro, por el cual el analizando se pudiera
identificar con el «residuo» del goce de ese Otro. Diremos de manera más general que depósitos de goce u ofrendas del analizando son susceptibles de abrocharse al punto de inmovilidad que el silencio del analista recubre. Este punto de inmovilidad, que puede consagrar un saber o designar la perspectiva de un ideal por alcanzar, se comprende como el lugar donde el deseo del analista ya no opera en su silencio.

Hemos de considerar también esos momentos de la cura en que el silencio pierde su valor analítico porque únicamente una intervención ajustada tendría el poder de relanzar los decires. Así, frente al actuar constitutivo de ciertas palabras del analizando, el silencio del analista cobra la consistencia de una respuesta que vale como un «acuse de recibo». Al tiempo mismo que cree significar un «no ha lugar», el analista ratifica a veces sin advertirlo cierto depósito. Sihablamos de formación de depósito es en tanto algunas palabras que tienen el estatuto de actuaciones traen consigo la dimensión de una ofrenda por medio de la cual el analizando constituye al analista como portador de una carga, mientras él mismo desaparece.

Distinguimos en efecto diferentes modalidades de la «acción» en la palabra del analizando (10), lo por ejemplo, las suspensiones de la voz en un lugar preciso que da cuerpo a la representación del analista, o también ciertos decires que alcanzan el cuerpo con un enunciado performativo, fundan una esencial puesta en acto de la trasferencia en la dimensión del fantasma. Esas «acciones» figuran a nuestro juicio unos puntos de anclaje de la actividad pulsional que tornan a poner en juego la elaboración del cuerpo en la palabra. Son tiempos privilegiados de irrupción de lo «sexual» en la palabra, que de algún modo llevan a su incandescencia a las «acciones» mismas que sostienen al fantasma y que suscitan las asociaciones en que van comprometidos los lugares de «lo infantil» (11).

Por oposición, otras formas de «acción» dentro de la palabra sólo consuman una «descarga», (12) incapaces de relanzar otras «acciones» del cuerpo dentro de la palabra, es decir, el movimiento mismo del deseo. Y ahora abordamos el otro aspecto de nuestra cuestión, referido a las actuaciones del analizando que inmovilizan al silencio. Creemos, en efecto, que un «exceso» (13) puede ser colocado o conservado en el silencio del analista: se trata, por ejemplo, de ciertas producciones de ficción, o de una palabra por la cual el analizando anota «a cargo» del analista algo de lo cual él mismo se desprende. Tras lo cual el silencio del analista queda portador de una formación que lo inmoviliza. Nos estamos refiriendo al actuar constitutivo de ciertas palabras que, en tanto ya no solicitan una dialéctica de la demanda, de la falta y del deseo, atribuyen fantasmáticamente al analista un puesto determinado o depositan en él un saber particular sin que ese enunciado contenga o implique un retorno posible. Se trata en efecto de un enunciado que no podría trasformarse retroactivamente profiriéndose. Más bien engendra un «exceso» o un objeto de goce, como el acto de arrojar algo sin retorno.

A fin de precisar la cualidad de tal actuar, recordemos que la elaboración del cuerpo pulsional en el deseo se consuma en el acto reiterado de un ir y un retornar, como la voz del niño que se desprende en un movimiento desordenado e indeterminado que sólo resulta erotizado y elaborado como mensaje cuando el que hace función de Otro lo inscribe en su palabra dentro de la dimensión de la demanda. El retorno hacia el infante de su propia voz la constituye como voz humanizada: la perforación real del ruido del cuerpo se envuelve con significantes entregados por el Otro. Un proceso así, referido en este caso más a un modelo estructural que a una perspectiva genética, sólo cobra toda su amplitud si se hace autónomo de las intervenciones de Otro encarnado, y se perpetúa en su ausencia.

Hallamos un eco para estas proposiciones en un notable pasaje del «Proyecto de psicologia»: «Por lo tanto, el hecho de juzgar [se trata aquí de un juicio primario que se funda en «experiencias somáticas»] constituye en el origen un proceso de asociación entre ciertas investiduras provenientes de afuera y otras emanadas del cuerpo del sujeto, una identificación entre noticias o investiduras provenientes de f (phi) y del interior. Lo que llamamos "objetos" son en realidad restos que escapan al juicio» (14).

Sin extendernos aquí sobre las complejidades que supone el estudio de la noción freudiana de objeto en su relación con lo real, recogeremos empero que unos objetos «resto», que escapen del proceso de esta elaboración dinámica del afuera y del adentro, puedan en definitiva subsistir en un campo alucinatorio. Cabe entender, a lo cual nos invita la clínica, que ciertos objetos «resto» resultan conservados en el goce en lugar de perderse para arrimar el cuerpo a una cadena significante.

Volvamos ahora a la «acción» en su nexo con el silencio del analista: en la cura pueden efectuarse ciertos yectos que pongan en juego una «acción errática» del cuerpo, que no resultó simbolizada y que en la palabra sólo actualiza una materialidad acústica. Es así producido un objeto (15) de tipo alucinatorio que detiene el movimiento del deseo y devuelve al cuerpo la opacidad de su goce. Con posterioridad podemos decir que ha sobrevenido una efracción en momentos en que el analista consumaba inadvertidamente el recubrimiento de un ob‑yecto escamoteado al deseo. Y esta «acción» toma valor de repetición de un no‑retorno, de un desfallecimiento del Otro, que deja el cuerpo abierto al goce.

Sólo el acto de un retorno por el cual el analista comprometiera su propia voz tendría el poder de velar y de «reflejar» ese ob‑yecto. Si pone en juego su propia palabra en ese lugar preciso, constituye como un mensaje lo que no era más que un yecto. Y cuando un movimiento del cuerpo ha experimentado un anclaje en la nominación, la palabra puede de nuevo encontrar su lugar propio de engendramiento en el silencio. Sobre el fondo de un silencio que no pueda llenarse de dones y de significaciones, la palabra, como acto, reencuentra su origen en el Nombre que asigna su posición al sujeto.

 

4. Del cuerpo reflejado por el silencio

Las figuras de este actuar del analizando son evidentemente diversas, y no tenemos la intención de hacer su inventario ni de proponer su modelo. Sólo evocaremos, en breve fragmento clínico, la manera en que ciertas formaciones de depósitopueden inmovilizar inicialmente al analista durante las primeras sesiones.

Ciertos pacientes entregan brutalmente la trasparencia de su caso, o al menos lo que ellos presentan como tal, en las primeras reuniones con el analista. Lo sitúan inmediatamente en la posición de «salvador» y se lo significan; precipitan un relato movido de sus padecimientos, apoyado en ciertos datos que se pueden ver (por ejemplo, mutilaciones del cuerpo). Así se produce un momento de tribulación en que el sujeto se fija y nos fija al ensalmo de¡ acontecimiento, como si todo estuviera dicho. Los decires parecen entonces aniquilados, y ya no admiten relanzamiento. En cuanto al analista, en lo sucesivo estaría constituido como el portador de un «exceso»: esas entrevistas parecen organizarse según el modo de una «descarga» en el doble sentido de ese término.

Si el silencio del analista se llena con las confesiones y los rebrillos que le son dirigidos, no podrá instaurar el lugar vacío que desde la primera entrevista suscitara el movimiento de los decires futuros. En caso de que el analista no atine a demostrar su rehusamiento de esta «descarga», no es raro que el paciente desaparezca como si hubiera actuado un depósito correlativo a una desaparición: en ese instante, el analista sería provocado en su propia capacidad de invención para salir de ese imperio. En efecto, permanecer atento al actuar constitutivo de ciertas palabras no significa que el analista deba apresurarse a operar un simple «retorno al remitente» desde el mismo momento en que surge una formación de esa índole. Más bien se trata de darle acogida nombrándola, para constituir su metáfora. Porque, en efecto, ese acto sólo puede tomar en cuenta las representaciones propias del analista que resultaron inmovilizadas en esa formación. Y la atención que el analista presta a la cualidad de su silencio sería una de las maneras de revelar, como en negativo, las huellas de ese actuar.

Las formaciones erráticas a que nos hemos referido se registran casi siempre en curas de pacientes psicóticos. Pero no creemos que surjan únicamente en ese contexto. Pacientes no psicóticos pueden del mismo modo recurrir a formas de desaparición que ya no comprometan sólo al lenguaje y las imágenes. El sujeto sería susceptible de borrarse de otra manera que en un síntoma o en un fantasma estructurado: otro modo de desaparición, ligado a la puesta en juego de objetos alucinatorios, encuentra anclaje en las curas cuando el cuerpo ya no se elabora en el Otro. Este dato clinico se presenta muy en particular con ocasión de pacientes toxicómanos, u otros que torpemente son llamados «psicosomáticos», o aun «psicópatas». El hecho de que estos pacientes se etiqueten así, en categorías autónomas que no tienen justificación analítica, atestigua que no se han tomado en consideración esas formaciones alucinatorias que actúan especialmente en el cuadro de ciertas neurosis.

No abundaremos en los detalles de esta última cuestión en nuestro artículo, sino que nos ceñiremos a señalar que el silencio del analista puede constituir el anclaje privilegiado de una reflexión sobre la elaboración del cuerpo en la cura. En el campo de la trasferencia circulan formaciones que no poseen las características de «formaciones del inconciente», en la medida en que la organización narcisista que las sustenta demuestra encontrarse parcialmente faltante. Más bien atañen a los itinerarios insólitos de ob‑yectos alucinatorios que son unos surgimientos que atestiguan una falta de elaboración del cuerpo pulsional. Y para abordarlas no tenemos necesidad alguna de recurrir a categorías dudosas como la oposición simplista entre lo «verbal» y lo «no verbal», o aun entre lo «oido» y lo «sentido». En este sentido señalemos que la idea de «contratrasferencia», que demasiado a menudo se comprende referida a una simetría en la intersubjetividad o a un «vivenciar» reaccional del analista, no toma en cuenta la esencial negatividad en que se sustenta la clínica analítica (16). La cuestión del silencio del analista puede contribuir a fundar diversamente la idea de esta clínica.

El silencio del analista tendría que ajustarse en primer lugar dentro del eco de las «acciones» del cuerpo en la palabra. Más precisamente, el analista vela en su escucha porque el cuerpo encuentre su lugar en la lengua nombradora, sobre un fondo de silencio. Entonces, el silencio del analista se sitúa en primer lugar como una superficie que refleja las «acciones» de¡ cuerpo para romperse él mismo en el instante en que debe captarlas en la lengua y aun revestirlas de imágenes: inventar los decires que hacen resonar el silencio.

Ahora bien, esta función fundamental del silencio nos es revelada primeramente por su fracaso, y en un «aprés‑coup»: lo que en muchas curas se hace en silencio, en otras reclama todo un trabajo de ajuste del silencio del analista, sobre todo a partir de su voz. El cuerpo acude a elaborarse en la sombra desplegada por el silencio del analista, si este último desprende él mismo los objetos pulsionales necesarios para el proceso de arrimar el cuerpo en los decires del analizando.

Para utilizar una metáfora fotográfica, diremos que ciertas formaciones alucinatorias aparecen como tales en un «baño» que las «revela». Y el silencio del analista posee esta cualidad si vela por su propia movilidad. En la trasferencia se pueden esbozar entonces los movimientos de una esencial elaboración del cuerpo para que después el inconciente esté en condiciones de abrir sus efectos a la palabra.

Por último, si la cuestión del silencio del analista se reviste casi siempre de los caracteres de la evidencia o es remitida al código de un saber‑hacer, ella suscita más bien, nos parece en cambio, opacidades aptas para hacer tambalear ciertos modelos.

 

 

Notas:

(1) «Esto quiere decir que el analista interviene concretamente en la dialéctica del análisis haciéndose el muerto, cadaverizando su posición como dicen los chinos, sea por su silencio, ahí donde él es el Otro (Autre) con una A mayúscula, sea anulando su propia resistencia, ahí donde él es el otro (autre) con una a minúscula». (J. Lacan, «La chose freudierme», en Ecrits, op. cit., pág. 430.)
(2) «El ataque de vértigo, el espasmo de llanto, todo ello cuenta con el otro, pero las más de las veces con aquel otro prehistórico inolvidable a quien ninguno posterior iguala ya». (S. Freud, carta 52 a Fliess, en OC, vol. 1, 1982, pág. 280.)
(3) «Es a ese Otro más allá del otro al que el analista deja el lugar por la neutralidad con la que se hace no ser "ne‑uter", ni uno ni otro de los dos que están ahí, y si calla es para dejarle la palabra». (J. Lacan, «La psychanalyse et son enseignement», en Ecrits, op. cit., pág. 439.)
(4) Explica Freud que lo real, en psicoanálisis como en física, permanecerá siempre «incognoscible» (Unerkennbar): «[...] no esperamos poder alcanzarlo, pues vemos que a todo lo nuevo por nosotros deducido estamos precisados a traducirlo, a su turno, al lenguaje de nuestras percepciones, del que nunca podemos liberarnos». (Esquema del psicoanálisis, en OC, vol. XXIII, 1980, pág. 198).
(5) S. Freud, «Puntualizaciones sobre el amor de trasferencia», en OC, vol. XII. 1960, págs. 150‑74.
(6) Prolongando las intuiciones del «Proyecto» es sobre todo el texto de 1920, Más allá del principio del placer, el que describe esta efracción (en OC, vol. XVIII, 1979, págs. 29‑30 y 31). Según Freud, la efracción se produce en la «protección antiestímulo» que en el «Proyecto» tomaba la forma de pantallas de terminaciones nerviosas, y, en este texto de 1920 la de una fina capa cortical, para convertirse, en «Nota sobre la pizarra mágica», en una lámina de celuloide que protege al papel encerado.
(7) Nos referimos a las reflexiones expuestas por Freud en 1915 en «Pulsiones y destinos de pulsión», en OC, vol. XIV, 1979, págs. 105‑34.
(8) Sobre esta cuestión precisa de la alucinación y del cuerpo nos permitimos remitir a nuestro artículo «L'organe halluciné», en Psychanalyse á l’Université, tomo 9, Nº 36, setiembre de 1984.
(9) Lo que J. D. Nasio llama «las formaciones del objeto a».
(10) Para Freud, la acción motora, que sería una de las formas del agieren, está en la base de toda puesta en palabra. Véase sobre esto el trabajo de Jean Laplanche «La situation psychanalytique: Le psychanalyste et son baquet», en Psychanalyse á l’Université, tomo 5, Nº 19‑20, 1980.[« La situación psicoanalítica: el psicoanalista y su cubeta», en Problemáticas V, Buenos Aires: Amorrortu editores.]
(11) Maurice Dayan, en Inconscient el réalité, ha presentado una notable contribución sobre este asunto; en particular: «El verdadero actuar innova repitiendo, retorna el pensamiento infantil en el momento en que el análisis solicita a este último hacerse reconocer tal como en él mismo no consiente más que permanecer».
(12) Según la terminología del «Proyecto», que constituye una reflexión rectora para abordar el problema del goce en psicoanálisis.
(13) Según el «Proyecto» es sin duda la necesidad de retener una cantidad excesiva de excitación la que causa «la estructura del sistema neuronal, (entiéndase el aparato psíquico).
(14) Cf. el «Proyecto de psicología», en OC, vol. 1, 1982, pág. 432.
(15) Objeto tiene su origen en el verbo latino objicere: «echar (jacere) delante».
(16) Acerca de esta esencial negatividad que trasforma un pensamiento del «cuerpo», remitimos al lector a los notabilísimos estudios de P. Fédida en su obra Corps du vide et espace de séance, París, Ed. Universitaire J. P. Delarge, 1977.

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Texto extraído de "El silencio en psicoanálisis", varios, bajo la dirección de J. D. Nasio, Págs. 117/128, editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina, 1988.
Traducción: José Luis Etcheverry.
Selección y destacados: S.R.

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