Las preeminencias: el lugar de los conceptos
Sergio Rocchietti
"Un golpe de pie mil hilos mueve y a un sólo golpe se entrelazan miles "(Goethe, Fausto I , 4, citado por Freud en la "Intepretación de los sueños".
"La función del concepto ... una conexión verdadera con lo real" (J. Lacan).
¿Hay causalidad en lo psíquico?
¿Hay la causalidad de lo psíquico?
E incluso, ¿seguiremos hablando de lo psíquico? Sabemos que es un concepto insuficiente, parcial, todos los conceptos lo son (parciales e incluso insuficientes). Pero tenemos que emplearlo porque lo nombrado allí está lejos de nosotros. Estamos lejos y nuestro modo de nombrar es desde lo lejano. Así que emplearemos lo psíquico en referencia al aparato psíquico propuesto por Freud como la forma impuesta (epistemología o paradigma de la época, la de su primera escritura en "La Interpretación de los sueños") por la emergencia del aparato que además es psíquico (extraño aparato opuesto a lo mecánico) que permitió lo que vino después de ese mismo aparecer (el concepto permite luego de su aparecer que otros conceptos aparezcan; su aparecer es su primera vez de haber sido nombrado). Sí, todavía seguiremos hablando de aparato psíquico pero no sin ubicar los alcances de lo que decimos: un aparato extraño, hoy podríamos decir virtual, que hace aparecer consecuencias (productos y otros) de lo que llamamos su funcionamiento.
¿Cómo considerar la causalidad psíquica? ¿Cómo considerar la causalidad psíquica sin caer en las simplificaciones de la causa y del efecto? ¿Cómo incluir en la causalidad, la existencia? ¿Cómo salir de la causalidad? De la causalidad que considera a las causas en una linealidad que hace de los efectos puro y simple efecto de lo sucedido, sin ver, sin percibir, que los acontecimientos son escasos en los hechos vividos.
¿Seguiremos hablando de causas? Sí, a condición de armar dispositivos que en su funcionamiento permitan la aparición de otros elementos que no estaban en las consideraciones del inicio. Los efectos se transforman en productos.
En los tiempos en que estamos ubicados: en los de la causa que surge de un punto casi del diagrama que hace al origen, o al agente -puro esquematismo-, origen de una fuerza que se dirige hacia otro lugar que ese origen, del cual emerge una dirección que vectorializa una tensión y arribamos a un punto de llegada que hace a la aparición de los efectos, estamos en el límite de la causa que finaliza para que comience el efecto. Nada menos visible si no lo ponemos en el terreno famoso, por otra parte, del juego de billar y el movimiento de la bola que llega moviéndose y choca a las que estaban en reposo y hacen al inicio del movimiento de las segundas. ¿Microscopía de lo psíquico en sus consideraciones de las causas-tamaño y de los mismos micro-efectos? Eso es mirar con el microscopio, no lo desechamos para determinados momentos, mas hay otras maneras, y no de mirar sino de inteligir. No hagamos de la visibilidad, inteligibilidad, eso ya lo hizo Platón y así nos fue, digo, a los occidentales.
¿Inteligir lo psíquico? Mejor dejémoslo como problema (1).
Alguna vez se dijo -Einstein- que Dios no juega a los dados, ahora bien ¿y si fueran los dados los que jugaran a los dados?, el azar no es más que la consideración de nuestra ignorancia y también la muestra de nuestra inoportuna compulsión por querer dominar todo, hasta el azar. El azar o la anomalía de lo no considerado en las series que podemos establecer con sus mutuas correlaciones, o divergencias, o convergencias. ¿No es la matemática y su modo de pensar un modo de intentar escribir lo que pueda destruir al azar? Vano intento por supuesto, pero humano, muy humano. Y de nuevo la pulsión que es compulsión. Luego podemos decir que lo psíquico no juega al billar. Y bien, agreguemos que lo psíquico acepta el azar bajo la forma de los buenos encuentros y bajo la forma de los malos encuentros. En letras griegas y en nombre ídem, lo retoma Lacan en su Seminario XI, tyche, que, a su vez, retoma a Aristóteles en su Física, y le agrega, el primero, la eutyche y la distyche, el buen y el mal encuentro con lo real, con lo real que es lo imposible, lo imposible de ser esperado, de ser considerado a priori, de ser representado, y luego todo lo demás que hace a la muestra de lo oportuno o inoportuno, para nosotros, de ese encuentro con sus efectos y sus producciones.
En los albores del siglo XX surgió una práctica que es inusual, por demás extraña y que se difundió por el mundo de una manera muy dispar, es la que considera que lo psíquico conjuga el azar y la determinación, que en nosotros se reúnen o son rechazadas las fuerzas (pulsiones) e intensidades más altas (mociones pulsionales) y las zonas del cuerpo, que unifica nuestro cuerpo en imágenes y nos da la idea de que somos un yo (narcisismo e identidad), y nos disemina en múltiples relatos (históricos) de novela y cuento (ficciones), que nos sopla al oído palabras que hacen insuficiente nuestro conocer (inconciente, otra escena, pulsión de muerte, repetición), en fin, que nos muestra, si queremos o si podemos aceptarlo, elementos que están más allá de nuestra comprensión primera pero que son los que nos hacen, los que nos constituyen, y nos acerca también la profunda insuficiencia que nos habita.
*
Nuestra fórmula presente será: retorno a la clínica. ¿Por qué tenemos que hablar de un retorno? Porque la clínica retornó en la investigación que venimos llevando a cabo sobre el lenguaje cuando el lenguaje se presentó como concepto (teoría), cuando el lenguaje se presentó como interrogación (síntoma) dirigida al analista, y también cuando el lenguaje se presentó como dispositivo (hipnosis, catarsis, luego psicoanálisis). La clínica retornó bajo el llamado de las histéricas y su hablar y su mostrar a Breuer y Freud (Ana O., Emmy von N.); y la clínica retorna bajo un principio que luego desarrollaremos : "No hay psicoanalista sin clínica" (2).
A la formulación de este "retorno a la clínica" debo agregarle tres cosas. Primero, he pedido como un ejercicio metodológico de este seminario que podamos suspender nuestras creencias, nuestras creencias referidas a los temas que vamos trabajando; estoy hablando de esas creencias inmediatas, esas que surgen inmediatamente después de escuchar determinadas palabras que nos llevan inevitablemente a verter en ellas las viejas significaciones acostumbradas. Para ellas tengo una denominación, suelo llamarlas "creencias al concepto", y ellas surgen en esas ocasiones casi como un útil a la mano, son nuestras manos las que requieren el útil, lo necesitan allí, para asirse firmemente a ellos(3).
Digámoslo nuevamente: las "creencias al concepto" surgen como "el útil a la mano". Sólo que debemos recordar ahora una advertencia que nos lanza J. Lacan en la apertura del Seminario I. A esta advertencia la traduzco de la siguiente manera (traducción del pensamiento en juego): los conceptos al pertenecer al campo del lenguaje están en déficit frente a las herramientas útiles que se crean en su relación con la experiencia.
Para plantearlo de otra manera, aunque Nietzsche nos haya dicho -es nuestra versión- que hay que filosofar con el yunque y el martillo, tratando de ser, con nuestras palabras, el martillo que golpea sobre el yunque al filosofar, eso jamás se conseguirá pues la palabra no está tan bien hecha como el martillo. Si elútil proviene de la experiencia mil veces ejercida del poder golpear con algo, es distante el útil delconceptoque está construído de palabras (campo del lenguaje).
Retomo la relación que hicimos: la de las creencias esas que les propongo intentar suspender con los conceptos, esas herramientas mal hechas por pertenecer al lenguaje. Nuestra historia de creencias, nuestras creencias anteriores es lo que nos hace operar como analistas con ciertos conceptos de manera automática, en forma inmediata, por eso las llamé "creencias al concepto". Porque lo primero que surge al escuchar un concepto de una teoría cualquiera son las creencias, las creencias previas, o como se dice usualmente: los prejuicios o preconceptos. ¿Cómo hacer para que nuestras creencias puedan ser suspendidas? En realidad no hay extinción del factor creencia; lo que sí puede realizarse es un trabajo de modificación de ellas en nosotros. Si a partir de lo que les dirijo es un mensaje en su insistencia, se hacen receptivos, algo podrá modificarse en nuestra historia de creencias (4).
*
Volvamos a la clínica. Primer aproximación: la clínica es lo que nos permite el trato con las cosas tal cual es debida a la piedra la aparición del martillo (5).
El "retorno a la clínica" es el lugar posible de la confrontación entre el concepto y su práctica. La práctica de la clínica es ese lugar donde se forja en un nuevo molde el concepto pero, icuidadol, no sólo se forja allí el concepto bajo un nuevo molde sino que somos nosotros mismos los que allí nos vertemos y adquirimos nuevas formas (6).
Por lo anterior y es la segunda cuestión a tratar propongo que consideremos junto al "retorno a la clínica" un principio de la práctica que tiene profundas relaciones con la teoría,lo formulo a continuación: "No hay psicoanalista sin clínica".
Esta es una proposición evidente, pero a veces lo más evidente se nos oculta por esa misma proximidad y se hace necesaría su recuperación.
¿Qué nos dice nuestro enunciado de: "no hay psicoanalista sin clínica"? Nos lleva a reparar en que la teoría psicoanalítica conlleva ineludiblemente su ejercicio. De la teoría a la práctica. La teoría no es viva sin la experiencia del inconciente, no nos vivifica en nuestras perspectivas, en nuestro andar.
¿Cuál es nuestro andar ?, ¿cuáles son los pasos que no nos extraviarán?. La formación del analista no puede sustentarse en frases huecas de autorización por sí mismo(7)la verdadera autorización no se legitima ni se propaga en los vertederos de lo grupal o en el llamado espacio público, la verdadera autorización se ejerce (deberíamos referirnos aquí, a la diferencia entre el discurso del amo y su revés, el discurso del psicoanalista y no se haga confusión de discurso con palabra, no, discurso es lazo, o sea para el ejercicio de la práctica no es necesario el dispositivo sino un individuo que renuncia y desmonta continuamente los seductores llamados del ejercicio del despotismo bajo cualquiera de las figuras que se proponen para ello en nuestro mundo; el psicoanalista mencionado en nuestra frase, no es más que la consideración de un lugar lógico (lugar del analista a diferencia del individuo que ocupa ese lugar), y un lugar espacial (en rigor, un lugar topológico, allí, en ese espacio del análisis ocurren determinados fenómenos que se pueden tratar desde un pensar topológico J. Lacan- o sea desde las transformaciones espaciales -transferenciales- allí ocurridas).
Pero no nos precipitemos en pensar que dada la experiencia de la clínica podemos sentirnos satisfechos; si eso sucede nos sentiremos complacidos en el reposo y adquiriremos los hábitos del repetir un rito las formas del análisis que en su mismo repetir se va a ir vaciando cada vez más de su capacidad de acontecer y luego quedadá sólo nuestra máscara de oficiantes de ese rito(8)
Si hemos comentado que hay psicoanalista en tanto hay ejercicio de la práctica analítica, hemos cernido un problema espacial (topológico) que intentamos precisar así: el lugar del analista es un lugar de interrogación continua (9). Lo retomaremos.
*
Tenemos pendiente la tercer cuestión a tratar, vayamos a ella. ¿A que nos referimos cuándo decimos clínica? Esta es una cuestión difícil por más que pareciera no serlo, hay que tomar muchos recaudos, pero rápidamente quisiera hacer diferencias y entonces digo: la clínica psícoanalítica no es la psicopatología. Nada más ajeno a un psicoanálisis (o a una posición psicoanalítica) que subsumir, -para decirlo con precisión deberíamos decir: confundir- la clínica con las entidades psicopatológicas (histeria, neurosis obsesiva, perversiones, etc.). Lo es menos aún aquello que se puede palntear con las conocidas frases de sustantivación como : "X. es obsesivo" o "Z. es una histérica". Debemos ser prudentes con nuestras afirmaciones y más aún con el consabido equívoco, pero no por consabido menos utilizado, de hacer sustancia morbosa de los cuadros psicopatológicos y adscribirlos a los individuos a modo de calificación ontológica.
La presencia del significante (el lenguaje) nos transforma en seres de viento. Esto implica que es por la emisión fónica que surgimos como seres y no meramente como entes en el mundo. Sea anterior, de otros, nuestra o no, es por las emergencias vocalizadas, susurros, o intempestivas voces, es por ella que existimos (ya que son el vehículo del deseo). La voz es soplo, hálito que al pasar por las cuerdas vocales nos transforma en instrumentos (musicales) que nosabe de lo escrito en los diversos pentagramas y es el deseo el que pulsa las cuerdas (10).
Nuestra existencia padece la exterioridad de la voz y de esto se deriva no al ser sino a las faltas en ser que son lo propiodel humano (que es justamente una de las consideraciones "en" lo clínico), remisión incesante de significante en significante, a la busqueda, al acecho, tratando en vano, de localizar aquello de que se trata para calmar y colmar, y es en vano. Deducción para decir de una vez: el sujeto es la falta (a la cual él adviene en determinados momentos de su existencia) y es la queja que se nos dirijirá. Y continuamos: no hay ontologia del sujeto. No hay ontología del inconciente. Por lo tanto: no hay ontología del sujeto del inconciente. No hay entificación posible, por ello no proferimos más que una palabra vacía cada vez que decimos que alguien es obsesivo, histérico, fóbico o psicótico. Para decir eso suponiendo que eso es la clínica psicoanalítica es mejor callar, acallarse.
¿Por qué? Porque lo inconciente no tiene un estatuto ontológico, no tiene la cualidad de cosa material en el mundo, ni tiene la prerrogativa de una localidad anatómica, dicho lo primero por J.Lacan y lo segundo por S.Freud. No podemos equivocarnos tanto y suponer que la neurosis, la perversión o la psicosis son cosas en el mundo,tal como una piedra o un lago (retomo el ejemplo de la piedra y el martillo y el de la conciencia como lo que se refleja en un lago; Seminario II, J.Lacan). La clínica está más en relación con la ética como la realización acabada de una acción (Aristóteles) agreguemos 'aún no realizada' que con la ontología. Es la abtrusa entificación, la que los preclaros demandantes de:"hable de la clínica", se empeñan en sostener sin saber que son víctimas de un error fundamental, pues no han llegado a concebir que la clínica psicoanalitica está bajo el dominio de la ética, y ellos están incluídos en ésta. Nos queda aún mucho por hacer allí, pues no es sólo enunciándolo que vamos a demostrarlo. Una recomendación: leer a Aristóteles, especialmente sus textos sobre la ética (Gran ética, Etica a Nicómaco y a Eudemo), pasar por Jeremy Bentham (como lo hace Lacan en el Seminario VII) y luego dedicarse a los textos de casos clínicos de Freud, ubicando especialmente el "deseo del analista" ¿Por qué? Porque el deseo para el individuo está regulado por el bien y el mal, por lo bello y lo horroroso; el deseo está regido por la ley Ideal del yo esto es por el lenguaje, por determinadas palabras que provienen del campo del Otro. Por todo esto la clínica psicoanalítica reclama el tratamiento de la ética.
Continúo con la diferenciación que habíamos comenzado a realizar, la clínica no son los ejemplos que comúnmente se relatan acerca de los hechos que suceden entre un analista y un analizante. Esto puede indicarse así: la clínica psicoanalítica no son los ejemplos clínicos. Así como tampoco es la clínica la exposición de la biografía de nuestros pacientes (11).
Hecha esta diferenciación y las aclaraciones precedentes vayamos a lo nuestro : ¿qué es para nosotros la clínica psicoanalítica Traigamos una célebre frase de J.Lacan en la Apertura de la sección clínica: "la clínica psicoanalítíca consiste en interrogar lo que Freud ha dicho". Retomo la frase en la acentuación de ese interrogar y les propongo modificarla así: la clínica psicoanalítica consiste en interrogar lo que el psicoanálisis ha dicho.
¿Por qué esta modificación? Recurro a ella pues considero que nosotros en tanto psicoanalistas somos interrogados por el psicoanálisis (es el mismo psícoanálisis el que nos hace preguntas a nosotros como individuos. Toda la historia del psicoanálisis conozcámosla o no, está puntualmente condensada en cada una de esas preguntas. Y debemos responder a esa profunda interrogación haciéndonos portadores de ella y también haciéndonos creadores de respuestas a esas interrogaciones. No es a otra cosa a lo que me refería antes cuando postulé el lugar del analista como el lugar de una interrogación incesante.
Diferenciaremos luego en su sucesión distintos pasos que atenderán a nuestra pregunta sobre: ¿qué es la clínica psicoanalitica? Antes, un comentario previo, dijimos que la clínica es un lugar; tal como el martillo llegó a ser un instrumento eficaz por la suma de experiencia que se acumuló en miles de años, la clínica psicoanalítica conlleva necesariamente la implicación de la historia del psicoanálisis y de aquellos que la constituyeron. Sepámoslo o no estamos incluídos en ella y sus efectos se hacen sentir (en una época dada, en una geografía determinada, la importancia de ciertos conceptos y no de otros es crucial).
Agregamos ahora que si la clínica es un lugar lo es desde dos perspectivas distintas. En primer término ubicamos en ese lugar a un individuo llamado psicoanalista que tiene una relación peculiar con una teoría (el psicoanálisis), esta relación, casi la postularíamos como un vector de tensión, se sostiene en una doble dirección de interrogación, así como el psicoanalista pregunta a la teoría, en su hacer es interpelado por ella en los mismos términos (de ese: saber hacer). En segundo término (ya no se trata más de la relación psicoanalista psicoanálisis) es nuevamente el analista el interrogado pero ahora el que lo hace es un otro, en esta perspectiva la clínica es el lugar de la interrogación que otro le dirige; he aquí al síntoma. El síntoma,tal como lo consideremos, será lo que instaure el hacer del analista.
Recordemos esto: el síntoma analítico no es el síntoma médico. El síntoma médico se dirige al ser enfermo de alguien, en rigor, para ser estrictos deberíamos decir a la entificación de alguien, esto es a lo que llamaba Freud "el furor de la curación" que es lo que preside ese hacer ¿Cuál? Lo definimos así, el "síntoma médico" es el nombre que preside el hacer de todos aquellos que estén en donde estén y se digan como se digan ejercen una práctica cuyo campo está enmarcado por la máxima siguiente: "hay que curar" (y por supuesto es así como tiene que ser).
El síntoma analítico (en una de sus faces) es una interrogación dirigida al analista, pues éste sabe que hay allí una demanda de saber bajo el afecto del sufrimiento y también está apercibido el analista- de que luego de sus fases de instauración e implicación (el síntoma analítico se constituye en la transferencia) la interrogación caerá como demanda de respuesta (prevalecerá el trabajo analítico).
Entonces, para el psicoanalista la clínica bajo el aspecto de la praxis (práctica) es la interrogación que a él se dirige desde la falta en ser, de alguien aquejado por ella; la falta en ser es el modo difícil de decir que hay alguien que no encuentra las palabras para hablar de un dolor que lo aqueja en un lugar que no encuentra y el cual sólo puede decir: "duele".
El síntoma analítico proviene (en su constitución) de la falta en ser y no del ente. Y el peso recae sobre esa falta en ser y no sobre "el alguien". Por eso es que J.Lacan se ocupó de repetir tantas veces: "no traten de comprender" (12), pues decimos nosotros el comprender siempre implica que alguien (yo) trata de comprender a alguien (yo en el lugar del otro) y ello se instala en el eje imaginario del esquema L (el de las pasiones, el de las creencias) que impiden la aparición de lo inesperado, de lo por-venir en espacio de lo audible para conseguir las necesarias modificaciones del: "duele". La comprensión divulgada en aquellas épocas, la de la advertencia lacaniana, por la filosofía llamada fenomenologica, es lo que obturaría el advenimiento de una palabra plena que logre lo detallado anteriormente.
Planteamos la clínica psicoanalítica siguiendo estos sucesivos pasos:
1. La clínica como lugar.
2. La clínica como lugar de interrogación.
3. La clínica como el lugar de la instauración de los síntomas analíticos.
Corolario a: No hay individuo en análisis, hay la consideración ética del sujeto del inconciente.
Corolario b: Los síntomas son palabras (significantes) que asujetan al sujeto del inconciente (deseo) a fantasmas por la fuerza de las pulsiones.
Corolario c: El analista dirige esa interrogacion sintomática como humano (ser hablante) y como aquél que ocupa ese lugar ( del analista) al psicoanálisis. De lo que resulta lo que continúa:
4. El lugar del analista para con el psicoanálisis es el lugar de una interrogación incesante.
En relación a este último punto podemos agregar que siempre hay respuestas provisorias y adquisiciones conservadas hasta tanto no entren en cuestión, pero no debemos olvidar que la ejercitación praxis del psicoanálisis está en el campo del lenguaje y no sale de allí, por mas que se insista desde otras terapias o no en lo contrario. Lo preverbal o paraverbal no es más que "lo-que-aún-no-ha-llegado-al-lenguaje" (allí donde el ello era el yo debe advenir, para plantearlo en términos de Freud).
La clínica psicoanalítica es una clínica del hablar de alguien, que por hacerlo, nos plantea en qué está capturado (sintomas).Y, lo que lo captura está hecho de palabras, esas palabras (significantes) están en coalescencia por la presencia de las pulsiones (goce) y nuestra operación se realizará con palabras (intervenciones,interpretaciones, construcciones y actos bajo palabra). Sólo las palabras podrán o no modificar esos circuitos pulsionales que dan fuerza de unión (fantasmas) a las redes de palabras que constituyen los síntomas.
*
Comenzaremos ahora a delinear el otro límite que vamos a construir para que nuestras reflexiones subsiguientes tengan quizás el peso de una reflexión modificante.Se habrá podido percibir lo enorme de la tarea y que nuestro avance no se hace si no es paso a paso. Hasta aqui noshemos detenido en la consideración de un retorno a la clínica y en la pregunta: ¿qué es la clínica? Ahora vamos a considerar a la clínica no ya como lugar de interrogación, sabiendo que ello es así, sino que vamos a cambiar el horizonte,vamos a corrernos nosotros en tanto interrogadores a un otro sitio, ese otro sitio es donde la clínica es el lugar de la forja de los conceptos.
¿Cuál es la dificultad para nosotros, practicantes del psicoanálisis, que esto genera: que la clínica sea el lugar de la forja de los conceptos? Volvamos a traer nuestro ejemplo del martillo y la piedra. Si el martillo llegó a serlo por la suma de aciertos y resta de errores de tantísimas personas, ¿cómollegaron hasta nosotros forjados los conceptos? Es esto un trabajo ya hecho, sí, pero debemos pensar que en tanto el déficit del lenguaje en contraposición a la eficacia de la la herramienta, estos conceptos al no estar bien hechos nos crean la dificultad de algo recibido y a lo cual no nos acomodamos tan bien como queremos (la teoría como un lugar hecho para recibir información y no para hacernos de una transmisión). Es, entonces, un trabajo ya hecho pero también es un trabajo por hacerse.
Es un trabajo ya hecho y aquí me refiero a dos personas en especial. Estoy pensando en J. Breuer y S. Freud, que fueron aquellos que se sometieron a la incandescencia llameante de las pasiones de aquellas "bellas histéricas" que los proveyeron de la posibilidad de crear lo que llamamos hoy el "dispositivo analítico". El dispositivo analítico es un artefacto, es nuestra herramienta pero se la puede pensar así sóloacondición de pensar que está construida con palabras, palabras dirigidas a alguien que es llamado analizante (regla fundamental). Las palabras del analista hacia el analizante configuran el lugar donde se va a desarrollar un análisis. No me refiero a la interpretación sino a los momentos necesarios, hechos con palabras (y otras materiales pero destacamos en la ocasión la vertiente de lenguaje), insisto, para que un análisis se instaure.
Pero además hay otras palabras que debemos llamar con rigor "conceptos" que son los que el analista porta; que son el resultado de su pasar por el psicoanálisis, de su instalarse en esa "lengua" el psicoanálisis en tanto teoría es una lengua especial (conceptual) de su dejarse moldear, atravesar, interrogar por ella.
Cuando consideramos la teoría psicoanalítica, aunque querramos adjudicar nombres incluso geografías (escuela inglesa, francesa, etc.), esto es inútil; cuando consideramos la teoría psicoanalítica estamos nosotros solos (individualmente) en relación al psicoanálisis. Cuando digo solos es para traer el eco de una frase célebre de J.Lacan ya mencionada : "el analista se autoriza por sí mismo", y la traemos para modificarla: el analista se interroga por él mismo (13) y es en esta soledad, en esta íntima perturbación con sus preguntas y con sus respuestas provisorias y de nuevo con el lanzamiento de otras preguntas, que luego, puede dirigirse a otros.
Cuando consideramos la teoría psicoanalítica(desde la perspectiva de la íntima perturbación de las preguntas y nosotros en un monólogo discontínuo) no hay ya nombres ni hombres: hay conceptos.
Cuando consideramos la teoría psicoanalítica como una historia del psicoanálisis es bajo el aspecto de una historia conceptual de conceptos que nacen, se hacen, se enlazan, se corresponden, divergen y mueren o no, pues pueden volver a ser traídos en otro tiempo o en otro lugar. Desde aquí es que decimos que si hay un trabajo ya hecho Breuer, Freud, etc. también, y no debemos olvidarlo, hay un trabajo por hacerse.
Este trabajo por hacerse se corresponde en primer lugar, y acentúese este primer como lo primero a lo que debe aplicarse un individuo que pretende ocupar el lugar del analista, con la segunda característica que hemos dado de la clínica psicoanalítica: la clínica como lugar de interrogación. Pero atiendo ahora al individuo, es desde allí que propongo lo siguiente: el trabajo por hacerse en lo conceptual no va sin un trabajo por hacerse en lo individual; ese trabajo es en rigor un "trabajar contra sí mismo" (14). A esto hacia mención en el inicio con el ejercicio de suspensión de nuestras creencias. Nuestras creencias y en especial aquellas que se refieren a los conceptos deben ser puestas en cuestión.
*
Tratado lo anterior detengámonos un momento a considerar al concepto. Hemos dicho: la clínica es el lugar de la forja de los conceptos. Podemos recurrir a una frase que nos servirá como extrema condensación para poder desplegarla en los aspectos ya mencionados y en lo que vendrá:
"Los conceptos... no surgen de la experiencia humana si así fuera estarían bien construídos". (J.Lacan Seminario I)
Inmediatamente surgen las preguntas de: uno, ¿qué es el concepto? y, dos, ¿cuál es el lugar de la construcción de los conceptos?. La segunda pregunta, creo, que la hemos contestado ya, es la clínica con todas las precisiones precedentes el lugar de la construcción de los conceptos, al ser confrontados los conceptos con su eficacia o su ineficacia en la praxis.
Retomo la primer pregunta: ¿qué son los conceptos? Los conceptos hemos dicho pertenecen al campo del lenguaje, por lo tanto son palabras. Los conceptos son palabras, pero necesitamos precisar más. Podríamos preguntarnos: ¿que palabras son los conceptos? Son palabras comunes (lenguaje) dichas de un modo especial (habla) en el lugar de la teoría. La teoría será, entonces, un modo especial de decir los conceptos y relacionarlos con palabras y con otros conceptos.
Interroguemos al concepto en lo que nos dice el lenguaje. El concepto nos trae el concebir, el quedar preñado de ideas,el absorver,el contener y también el atrapar, el asir, la acción de concebir con el pensamiento. El pensamiento no es esa mano que atrapa pero casi (desde la perspectiva del concepto); el problema radica en que eso que no es asido es soltado, no atrapado y nuestras ideas no alcanzan se hacen más ideas, más conceptos para atrapar aquello que no se alcanzó, aquello que se cayó en nuestro intento de asir, en nuestra acción eficaz (de concepto), pero nunca de una eficacia completa (15).
Son los conceptos los que fundan el lugar de la clínica, que es el lugar de nuestra experiencia (trato con los síntomas, pasiones, demandas, sufrimientos del otro).
Son los conceptos los que fundan al psicoanálísis como teoría, esto es como campo, como lugar de la interrogacion y como lugar de la respuesta.
Son los conceptos los que fundan al psicoanálisis como práctica porque instituyen el dispositivo analítico. Hacen que un análisis sea posible.
Son los conceptos los que fundan nuestra clínica. Esto es, que son los conceptos tratados y tratando a cada uno de nosotros los que nos hacen singulares en nuestra práctica.
Y por último, y no por eso menos importante, es en relación a esos conceptos es el tema del deseo del analista que nosotros nos forjamos como psicoanalistas.
Los conceptos psicoanalíticos nos hacen y nos hacemos en ellos, los interrogamos, los olvidamos, no queremos saber nada de ellos y nos hallan y los hallamos por el camino de las preguntas, de los fracasos, de nuestros sufrimientos, de nuestros pensamientos, de nuestras emociones y también de nuestras meditaciones.
*
Nos queda pendiente el lugar de la construcción de los conceptos, sólo podré proponer el plan de esta tarea que comenzó con lo que considero una puesta en claro de lo que se trata cuando nos proponemos el nombre: "clínica". Esta puesta en claro lleva para mí el signo preciso de la implicación, pero no es esta cualquier implicación sino que es una implicación que está bajo el rigor de una formalización que nos hace privilegiar el concepto de "deseo del analista" en la construcción de los conceptos. El deseo del analista primero nombra y luego indica lo que nos guía en nuestras búsquedas sucesivas (16). Pero, no lo olvidemos es lo que nos está guiando. Así puedo decir que mi pregunta era: ¿cómo piensa un analista?, pude preguntarme también: ¿debe pensar o no? (en el momento de la recepción del otro), o si debe dejarse pensar. Me respondí que atendiendo al concepto de "pensamientos inconcientes", brevemente, un pensamiento que estrictamente no se piensa, sino que es un pensamiento sinyo (sin individuo que lo piensa); los pensamientos inconcientes llegan al yo cuando adoptan ciertas condiciones (las de la censura), en rigor, los pensamientos inconcientes son los elementos inconcientes sometidos al proceso primario; dejamos aquí esta cuestión sabiendo que requeriría más explicitaciones. Atendiendo al concepto de pensamientos inconcientes (de Freud) y al concepto de "deseo del analista" (de Lacan) puedo apuntar que: un analista no piensa sin su deseo. Dicho de otro modo, que lo que cree pensar se determina en un otro lugar (otra escena) y él el analista- no puede hacer menos que intentar dar cuenta de esa, "su" otra escena.
Si intentando dar cuenta de lo que es el lenguaje en sus relaciones con el psicoanálisis, intentando dar cuenta de la reflexión freudiana sobre el lenguaje, encuentro que la única manera para mí- de tratar la relación lenguaje / inconciente, establecida en el "Proyecto de psicología" y desarrollada en "La interpretación de los sueños" es posible en tanto Freud escuchó lo que las histéricas le decían. No lo que le decía "la histeriaa él", eso hubiera sido escuchar la teoría imperante en la época sobre la histeria, recordemos que Charcot y su pensamiento acerca de la histeria no era justamente lo imperante en Viena en esos tiempos; lo que Freud escuchó fue a cada una de estas mujeres, lo que cada una de estas mujeres, Ana 0. por boca de Breuer, y Emmy von N. directamente a él le decían, e hizo, pensó, meditó, preguntó, experimentó, sufrió, y fundamentalmente, para nosotros creó.
Si encuentro que es ineludible para concebir qué podemos establecer entre el psicoanálisis y el lenguaje tratar los historiales clínicos de los "Estudios sobre la histeria", me propongo entonces hacerlo. Considero que es el nexo indispensable para someter a revisión, desde el punto de vista del lenguaje, el "Proyecto de psicología", "La interpretación de los sueños" y luego desde allí el seguimiento de las sucesivas modificaciones del dispositivo analítico (regla fundamental).
Si las histéricas son el origen del psicoanálisis, si son la puerta de entrada por donde Freud pudo percibir en carne propia la relación del deseo con el lenguaje es necesario para nosotros cuestionar, interrogar, pensar ese origen. Someterlo a revisión no es hacerlo desde cualquier lugar sino atendiendo principalmente al deseo del analista. Esa es la tarea que me propongo y les propongo. Para realizarla destaco los siguientes puntos que, a mi entender, van en la dirección de considerar el deseo del analista.
Los recuerdo:
A. La clínica como el lugar donde se forjan los conceptos (relación psicoanalista-teoría).
B. Las histéricas enseñaron el psicoanálisis a Breuer y a Preud. La pregunta es : ¿cómo lo hicieron?
C.¿Cómo se fue creando el lugar de la clínica como lugar de interrogación? (relación psicoanalista-analizante).
C1. Los síntomas y el médico (luego psicoanalista).
C2.¿Qué cosas fueron sucediendo allí?
C3.¿Qué fueron pensando Breuer y Freud acerca de lo que sucedía?
D. ¿Cómo se forjaron los conceptos?
D1.¿Qué asieron (atraparon) esos conceptos?
D2.¿Qué sucesos hicieron concebir esos conceptos?
D3.¿Qué cosas no asieron (dejaron de atrapar) esos conceptos?
Estos puntos vamos a ir prosiguiéndolos en distintos momentos de nuestro recorrido pero no quería dejar de proponerles este plan de trabajo para que incluso sirviera como hito de una lectura minuciosa y estricta de los "Estudios sobre la histeria".
Desde ya que seguir las preguntas anteriores es seguirlas desde la premisa de nuestro trabajo actual: el lenguaje y el psicoanálisis; seguir la forja de un concepto y su retransformación es lo que nos planteamos, pero atendiendo siempre a aquellos términos conceptuales que están en relación con el titulo de nuestra indagación (el lenguaje y el psicoanálisis).
*
En la perspectiva de considerar el deseo del analista voy a introducir ahora un fragmento del caso Emmy von N. de Freud (Estudios sobre la histeria, 1895):
"1 de Mayo 1889. Encuentro a una señora de aspecto todavía joven, con finos rasgos faciales de corte singular, yacente sobre el diván con un almohadón de cuero bajo la nuca ... [sigue descripción]. Lo que dice es de todo punto coherente y atestigua evidentemente una formación y una inteligencia nada comunes. Por eso es tanto más extraño que cada tantos minutos se interrumpa de pronto, desfigure el rostro hasta darle una expresión de horror y asco, extienda hacia mí su mano con los dedos crispados, y al tiempo que lo hace prorrumpe en estas palabras: ¡Quédese quieto! iNo hable! iNo me toquel".
Si bien Freud va a referir la postura yacente sobre el diván del método psicoanalítico como un relicto de la posición hipnótica podemos apreciar que aquí ya se lo espera a él sobre el diván en "postura psicoanalítica". Tengamos en claro esto, el "deseo del analista" va a estar formado por un sinnúmero de hechos como el que nos refiere Freud de este 1 de Mayo de 1889, que se relacionan entre sí para obtener una configuración específica y obtener determinados efectos de los cuales el individuo está excluído. El individuo desde su conciencia nada puede hacer para modificar esas relaciones de configuración y nada puede hacer para modificar esos efectos. Nos estamos refiriendo al concepto de sobredeterminación en S. Freud o al concepto de significante en J. Lacan.
Continuemos. Podemos percatarnos de la detallada observación que hace Freud de Emmy, ningún detalle es dejado de lado, su visión recorre palmo a palmo aquello que se le presenta, y no sólo su visión está en juego, sino que es también por su audición que formula el elogio de la coherencia, la formación y la inteligencia de Emmy; su atención es máxima en tanto lo que ve y en tanto lo que escucha. De pronto surge la alteración también visible (que ella "desfigure el rostro") a la que se le adjudican significados ("una expresión de horror y asco"), podemos decir que la observación no es ingenua, no es un ver por ver sino que hay un sentido en juego. Sentido, tiene para Freud, la noción de un vector, de una dirección; se trata de un propósito, de la dirección de un hecho y de cual es su sentido psíquico. Luego surge la expresión: "¡Quédese quietol iNo hablel iNo me toquel".
Freud va a encontrar que esta fórmula tal cual él la llama tiene un lugar en el tratamiento de Emmy; se va a referir a ella como una "fórmula protectora", ahora bien, para nosotros, estas palabras bien pueden referirse a lo siguiente. "¡Quédese quieto!", nos estaría indicando la pasividad receptiva del analista. "¡No hable!", hace que llegue el silencio del analista como fondo del lenguaje que está en juego allí, en el tratamiento psicoanalítico, "aquí se trata de mis palabras" dice Emmy. Las palabras del analizante necesitan el silencio para lograr una límpida resonancia. "¡No me toque!", se refiere al principio de abstinencia que plantea Freud en su artículo "Puntualizaciones sobre el amor de transferencia" y explicita extensamente en "El porvenir de la terapia psicoanalítica". Un análisis se desarrolla bajo la no satisfacción pulsional del analizante en la persona del analista y esta no satisfacción toma como objeto fantaseado al analista (transferencia).
"¡Quédese quieto! ¡No hable! ¡No me toque!" son el lugar de la experiencia clínica de Freud, que luego sobrevendrán en la teoría, conceptos, que la fundan para nosotros, es a lo que hemos llamado la "forja de los conceptos", y su posterior transmisión.
*
Notas:
(1) [...] "en el lenguaje de Occidente, aquello que se resiste al nombre y a la definición porta algo de peligroso, algo que pone en riesgo el reinado del concepto y de las categorías lógicas sobre las cuales el pensar occidental ha construído su imperio".
[...] "es precisamente en este diálogo maduro de Platón -El Sofista- , donde la definición adquiere un estatuto principal en el pensamiento griego y, de allí, en el de Occidente".
Diana Sperling, Genealogía del odio, Pág. 53, editorial Emecé, Buenos Aires, Argentina, 1995.
(2) El retorno a la clínica no es sin escuchar el lenguaje. La primera marca de un retorno la encontramos en la efectuada por J. Lacan en su "retorno a Freud". Podemos decir que: el campo (territorio) de la clínica se iguala al campo del lenguaje; asimismo podríamos afirmar lo contrario, pero esto no lo podemos hacer en el inicio sino en la continuación, una vez establecido que el campo (territorio) de la clínica es el campo del lenguaje encontraremos en este territorio puntos de pasaje (topología) que nos llevarán a otros espacios y a otros territorios que no se sitúan, ya, en el lenguaje, más siempre deberemos retornar a él (hasta que no, es la partida de alguien, no olvidemos que estamos en ese campo -dícese todavía clínico- que es el de estar con otros para que partan hacia sus lugares). Las ilusiones yoicas pueden extraviarnos allí (en nuestras creencias) bajo la forma, que prentederemos mejores o peores, de los conceptos de determinadas teorías.
Dos citas de la "Apertura de la sección clínica" (J.Lacan) avalan nuestra posición en lo referente al retorno: "La clinica es lo real en cuanto que es imposible de soportar". Y:"¿Qué es la clínica psicoanalítica. No es complicado, la clínica tiene una base: es lo que se dice en un psicoanálisis".
"Retorno a la clínica" tiene también la acepción de volver a encontrar. ¿Cómo se puede volver a encontrar lo que ya está, lo que ya se encontró? Fue lo que propuso J. Lacan con su retorno a Freud, volver a encontrar lo que ya había estado pero que ahora (en su momento) no estaba. Retornar plantea la acción de: volver a pasar por allí y tomar impulso. Y en los momentos iniciales del impulso que tomó el mismo Freud encontramos lo que se estableció -luego- como la clínica psicoanalítica, o sea, simplemente, el trato con los pacientes.
Ese retorno a la clínica, a ese espacio de consideración, para hacer escritura de él, para hacer estructura de él, nos hará volver a pasar por un origen, nos hará pasar en torno de un origen que no lo era y luego lo fue, de allí el origen originante del psicoanálisis (historia de). Retorno, en torno, es decir en torno a un origen que aún no lo era y luego lo fue (para nosotros). Nos hemos alejado y es por ello que giramos en torno, sin tocarlo, y nunca lo hicimos y nunca más lo haremos (aunque pueda parecer paradojal y lo es, pero no entraremos en las consideraciones paradojales y en nuestras perplejidades). El origen no sabía que lo era, el origen se desconocía en su instante -efímero- de origen, y ya, fue otra cosa. Agreguemos como indicación: ficción del origen, desplazamiento del origen, condensación del origen. Los advertidos reconocerán los mecanismos del inconciente en el desplazamiento y en la condensación, y la ficción alude al siempre olvidado "mecanismo" de la figurabilidad (poner "en ficción" es hacer figurable -visible, asible- un argumento en un escenario). Las comillas en mecanismo señalan que hoy no podemos seguir recurriendo a la figura de los mecanismos (que aluden a una máquina y su funcionamiento) para pensar lo que sucede en lo inconciente. El origen está sometido a lo inconciente.
El mismo Freud al escribir en 1914 "La historia del movimiento psicoanalítico" estaba lejos del origen, él que si estuvo allí cuando eso sucedía -el origen, nuestro mito-, tampoco podía saber que ése era el origen, por eso escribió ese trabajo -otra fundación mítica como la de Roma (cf. Pierre Grimal, Virgilio: la segunda fundación de Roma)-, por ello al trazar las letras de su artículo estaba historizando y soñando (despierto), dando lugar al relato de un sueño diurno con su elaboración secundaria (dar sentido, coherencia, secuencia y dirección a un relato, en este caso, vivido).
En lo individua l el origen es un argumento desplegado como respuesta luego de formular una pregunta que subsume un conjunto de preguntas, una que es varias: ¿quién soy? Se puede agregar: ¿qué soy?, ¿por qué?, ¿para qué?; según las respuestas ofrecidas desde el otro comenzará o no, casi siempre sí, la neurosis infantil.
(3) Transitar las páginas de "Ser y tiempo" dedicadas a "La mundanidad del mundo" (parte I, punto 3, y en especial el parágrafo 22 referido a La espacialidad de lo "a la mano" dentro del mundo), no es una recomendación inútil, sí, lo sabemos, de lectura ardua.
(4) La historia de nuestras creencias forma parte de nuestro yo bajo los aspectos de lo imaginario y del narcisismo, ésta combinación nos hace renuentes a abandonarlas o a algo mucho menor que ello, esto es, a admitir transformaciones y variaciones en nuestro yo, agreguemos también como fuerza inercial a los hábitos y tendremos cabal noción de lo que proponemos cuando decimos: "suspender nuestras creencias".
(5) El homo faber el hombre hacedor es el que más estuvo en el hacer con las cosas. No desdeñemos la historia no presente en lo usual, que va desde el homo sapiens sapiens hacia atrás. Cuando alguno de nuestros lejanos antepasados comenzó a golpear piedras con piedras para dar lugar a esos maravillosos instrumentos que son el martillo y el cuchillo. De esos golpes transmitidos y miles de veces reiterados provienen todas nuestras técnicas.
(6) Nos referimos al deseo del analista.
(7) Una autora francesa ha aportado nueva luz sobre la frase aludida, ya que comunicó que J.Lacan cada vez que verbalmente (destáquese eso) se refería a que "el analista se autoriza por sí mismo" agregaba "si es analista". Lo cual reduplica el problema (la autorización y el ser analista).
(8) Desde el gesto de abrir una puerta a finalizar una sesión con la misma frase durante años el rito se repite y se transforma en un mal hábito no disimulado (cuando se lo puede ver -así-).
(9) Relación psicoanalista psicoanálisis, que retomaremos después.
(10) Así es como J. Lacan puede referirse en el Seminario VI a Hamlet (un ser de la literatura) como "un caso clínico", no se trata de lo simplemente vivido biografía sino de las relaciones del texto que "hacen" a Hamlet o a cada uno de nosotros, que no somos menos seres hechos de letras que Hamlet, menos seres de letras y viento que él.
(11) Usualmente es lo que se presenta como relato de la vida de alguien para evitar la implicación del analista.
(12) No podemos dedicarnos a establecer los tiempos de la comprensión y sus avatares, asimismo como los tiempos de la ignorancia y nuestros avatares en ella. Destacamos que en la época de la advertencia lacaniana el esfuerzo era "por comprender" y es frente a esto que él reacciona con vehemencia. De ningún modo debemos desterrar la comprensión de nuestro horizonte sino que a lo que debemos atender es a esforzarnos por no apresurarla y a no temer combinarla con nuestro no-saber.
(13) Si hace algo para interrogarse. La pregunta surge en tanto la otredad. La afirmación deja de ser de sí para escuchar el restallante clamor de una pregunta que nos llega de afuera (de la otredad).
(14) ¿Este "trabajo contra sí mismo" no proviene también del análisis personal, la supervisión y el trato con los colegas y textos?
(15) Es el problema al que se refiere Lacan en el Seminario XI, cuando plantea: "tratar lo real por lo simbólico".
(16) Nos guía sin saberlo nosotros, pero podemos apuntar a esclarecerlo.
ANEXO A
En el inicio de "Pulsiones y destinos de pulsión"Freud se explica acerca de las distintas aristas del concepto. Es ésta una preciosa indicación que implica numerosas observaciones. Vayamos al texto a recogerlas:
"Muchas veces hemos oído sostener el reclamo de que una ciencia debe construirse sobre conceptos básicos claros y definidos con precisión. En realidad, ninguna, ni aun la más exacta, empieza con tales definiciones. El comienzo correcto de la actividad científica consiste más bien en describir fenómenos que luego son agrupados, ordenados e insertados en conexiones. Ya para la descripción misma es inevitable aplicar al material ciertas ideas abstractas que se recogieron de alguna otra parte, no de la sola experiencia nueva. Y más insoslayables todavía son esas ideas -los posteriores conceptos básicos de la ciencia- en el ulterior tratamiento del material. Al principio deben comportar cierto grado de indeterminación; no puede pensarse en ceñir con claridad su contenido. Mientras se encuentran en ese estado, tenemos que ponernos de acuerdo acerca de su significado por la remisión repetida al material empírico del que parecen extraídas, pero que, en realidad, les es sometido. En rigor, poseen entonces el carácter de convenciones, no obstante lo cual es de interés extremo que no se las escoja al azar, sino que estén determinadas por relaciones significativas con el material empírico, relaciones que se cree colegir aun antes que se las pueda conocer y demostrar. Sólo después de haber explorado más a fondo el campo de fenómenos en cuestión, es posible aprehender con mayor exactitud también sus conceptos científicos básicos y afinarlos para que se vuelvan utilizables en un vasto ámbito, y para que, además, queden por completo exentos de contradicción. Entonces quizás haya llegado la hora de acuñarlos en definiciones. Pero el progreso del conocimiento no tolera rigidez alguna, tampoco en las definiciones. Como lo enseña palmariamente el ejemplo de la física, también los «conceptos básicos» fijados en definiciones experimentan un constante cambio de contenido".
Conceptos básicos claros y definidos con precisión: conceptos ya hechos, establecidos y -agregamos- funcionando. Funcionando ¿dónde? En el sistema conceptual. El sistema conceptual no es otra cosa que la teoría. La teoría específica de cada disciplina.
El sistema conceptual es la virtualidad de un campo considerado en sus relaciones entre los conceptos. Agregamos (no creemos que sea innecesario reiterarnos en estas cuestiones): entre los conceptos de una disciplina.
Las definiciones que harían a los conceptos responderían a la pregunta: ¿Qué es? En este caso, el que estamos considerando, el del texto citado, se trata del concepto de pulsión.
Las definiciones que harían, que podrían hacer, a los conceptos "claros y definidos con precisión" ("¿claros y distintos?" al decir de Descartes, El discurso del método) harían que inmediatamente lleguemos a la definición de la pulsión, a la base, a lo que sustenta a toda pulsión. ¡Pero aún no sabemos qué es la pulsión! Estamos en el inicio del trabajo que la introduce de este modo, aún no explicitado, y se le hace necesario a Freud el advertirnos en este largo párrafo que lo que va a continuar no es tierra firme sino recorrido, trayecto y movimiento hacia. ¿Hacia esa tierra? No lo creemos, aunque pueda ilusionarse así, alguien. Ese movimiento es siempre hacia el horizonte, otro nombre del límite, un límite visto en la quietud del que reposa más no en el movimiento del que camina.
ANEXO B
Cómo definir un concepto psicoanalítico
Lilian Zolty
"Es sabido cuánto resistieron los conceptos psicoanalíticos las definiciones demasiado estrictas y cómo fueron cargados con significaciones múltiples, e incluso contradictorias, desde que Freud escribió su obra. ¿Cómo hallar entonces, para cada uno de estos conceptos, la significación más precisa? El desarrollo del psicoanálisis, la diversidad de las corrientes teóricas y la vulgarización del vocabulario psicoanalítico hicieron imposible la determinación de un sentido unívoco para cada concepto. El concepto cambia y se diversifica según las palabras que lo expresan, la perspectiva que lo sitúa y el artificio de su exposición. El sentido conceptual está siempre determinado por la articulación del concepto con el conjunto de la red teórica, la prueba de la práctica, las palabras que lo enuncian e incluso por el lugar que dicho concepto ocupa en el lenguaje de la comunidad psicoanalítica en una época dada. Así, un concepto psicoanalítico recibirá tantos sentidos como pertenencias a distintos contextos tenga; por eso podemos afirmar que, en psicoanálisis, toda significación conceptual es, en definitiva, una significación contextual.
No obstante, esta ausencia de una significación unívoca atribuida a una noción, no atenta -como se podría creer- contra la coherencia de nuestra teoría. Lo que nos exige el rigor no es que suprimamos todo concepto ambiguo sino que encontremos la significación principal entre las diversas significaciones contextuales. Entonces, ¿cómo evaluar y elegir el sentido conceptual más preciso? Algunos autores elegirán el sentido histórico, reconstruido siguiendo las grandes etapas de evolución de una noción. En cambio J. D. Nasio, sin descartar la pertinencia de esta elección cronológica, se preocupó en este libro por otra cuestión. A fin de circunscribir la significación principal, se preguntó ante y sobre todo si la existencia de un concepto era o no necesaria. En efecto, un verdadero concepto siempre surge en virtud de una necesidad propia a la trama conceptual de la cual forma parte y, en consecuencia, si se quiere conocer su significación principal, se ha de investigar su significación umbilical. A fin de encontrar el sentido más apropiado para un concepto se intentará responder a la pregunta de la necesidad de su nacimiento, de su razón de ser, y se investigará por qué y cómo está anclado al suelo de la teoría. Así, la articulación fundamental de cada uno de los conceptos estudiados en este libro surgió de la respuesta a esta interrogación constante de J. D. Nasio: ¿cuál es la razón de existir de cada concepto psicoanalítico? ¿Cuál la encrucijada teórica que hace necesaria su existencia? ¿Cuál el problema que viene a solucionar?
El lector atento descubrirá, a lo largo de su lectura, las múltiples ramificaciones de un concepto, ya que cada uno de los siete conceptos va siendo esclarecido por otro. Participará de la edificación metodológica básica del psicoanálisis y -mérito importante de este libro- podrá percibir el alcance clínico de los textos aquí expuestos.
Texto extraído de: Presentación a la "Enseñanza de los 7 conceptos cruciales para el psicoanálisis" de J. D. Nasio, editorial Gedisa, Buenos Aires, Argentina, 1989.
Algunas notas finales [S.R]:
El concepto llega desde significar algo de lo real a formar parte de un sistema. Este pasaje ¿cómo se logra? Un trayecto simplificado en sus hitos es lo que proponemos en lo que continúa:
La palabra nombra a la cosa.
La cosa nombrada no es más la cosa es el nombre. El nombre de la cosa definido es el concepto. Ahora la cosa tiene límites definidos.
Ahora la cosa no puede deslizarse simplemente por allí.
Ahora la cosa se aquieta y se limita. La cosa está domesticada en el nombre. "La palabra es el asesinato de la cosa", ¿para que llegar a a tales extremos?, con hacerla dócil alcanza.
Se la hace dócil, se la domestica, dándole nombre y definiéndola.
Al darle nombre la ubicamos.
Al definirla le damos límites precisos.
Al existir otras definiciones (en el sistema conceptual), la definición otorgada le dará también lugares de reposo y constancia entre ellas.
Una definición entre otras definiciones halla su lugar en el mundo conceptual (teoría).Y allí permanece.
Aún hay otras consecuencias: las prácticas, o sea el ejercicio del concepto en la acción. No lo desarrollaremos. Sólo apuntamos como esbozo que hay que diferenciar la teoría como ficción (los escenarios conceptuales con sus personajes ídem, o sea tambien conceptuales por haber provenido desde ese lugar) de la teoría como texto (las distintas operaciones estrictamente simbólicas -¿será posible hacer lo estricto nada más que como lo estricto de una consideración?-, y agregarle la relación de lo que se propicia (vislumbra) en la práctica como intelección para el concepto. En lo epocal, los tiempos vividos y compartidos con otros, proponiendo las acentuaciones de diversos aspectos de la teoríay la disminución de la importancia de otros: proponemos las 'versiones teóricas' y la teoría. Y aún más, el atravesamiento de todo ello en (por) la transdisciplina.
***
Versión escrita de la tercera clase del seminario "Reflexiones sobre el Psicoanalisis y el Lenguaje" dictado en Grupos clínicos de Buenos Aires durante el año 1989; reescrito en 2004.
Con-versiones octubre 2004 |