La sociedad depresiva (V): El hombre trágico
Elizabeht Roudinesco
Por su ambición metapsicológica, el psicoanálisis adquiere su estatuto específico. Es él quien permite oponer el hombre trágico, verdadero crisol de la conciencia moderna, al hombre conductista, pobre criatura partidaria del cientificismo inventada por los adeptos al cerebro-máquina. Al monstruo sin nombre fabricado por un científico megalómano, el psicoanálisis opone el destino de Victor Frankenstein, es decir, la trayectoria de un sujeto atravesado por sus sueños y sus utopías, pero limitado, en sus pasiones niortíferas, por la sanción de la ley.
Encontramos la estructura de este hombre trágico en Edipo y Hamlet. Así como el tirano de Sófocles sufre su destino como una calamidad que lo lleva a ser otro que él mismo, el príncipe de Shakespeare lo interioriza como una figura repetitiva de lo mismo. Tragedia de la revelación de un lado, drama de la represión del otro: "Héroe antiguo ‑escribe Jean Starobinski‑, Edipo simboliza lo universal del inconsciente disfrazado de destino; héroe moderno, Hamlet remite al nacimiento de una subjetividad culpable, contemporánea de una época en la que se deshace la imagen tradicional del Cosmos" (1).
SiFreud hubiera quedado tributario de un modelo neurofisiológico, jamás hubiera podido actualizar los grandes mitos de la literatura para construir una teoría de las conductas humanas. Dicho de otra manera, sin la reinterpretación freudiana de los relatos fundadores, Edipo sólo sería un personaje de ficción y no un modelo universal del funcionamiento psíquico: no habría ni complejo de Edipo, ni organización edípica de la familia occidental. Asimismo, si Freud no hubiera inventado la pulsión de muerte, estaríamos sin duda privados de una representación trágica de los desafíos históricos a los que debe hacer frente la conciencia moderna. En cuanto a la psicología, estaría perdida en el culto hedónico del poder identitario para promover un sujeto liso y sin rebaba, encerrado completamente en un modelo físico‑químico.
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Uno de los mayores argumentos que se opusieron al sistema freudiano, particularmente por Karl Popper y sus herederos, es su carácter infalsificable, incomprobable o irrefutable. No apto para cuestionar sus propios fundamentos, el psicoanálisis no respondería a los criterios que le permitirían entrar en el mundo de las ciencias (2). Este análisis es seductor pero reductor. Se apoya, en efecto, en la hipótesis de que existiría una oposición irreductible entre la ciencia de un lado y las seudociencias del otro. Ahora bien, esta partición no da cuenta ni de los lazos que unen la ciencia al cientificismo, ni de las derivas de lo irracional, ni del estatuto de los saberes racionales cuyos métodos se parecen a los de la ciencia, ni de la inclusión de la subjetividad en el campo de las ciencias del hombre.
Dicho de otra manera, para comprender lo que puede ser la racionalidad en psicoanálisis, hay que alejarse de esta hipótesis y mostrar que el criterio de cientificidad de una teoría depende tanto de su actitud para inventar nuevos modelos explicativos como de su capacidad permanente para reinterpretar los modelos antiguos en función de una experiencia adquirida.
Freud no cesó de revisar sus propios conceptos. No solamente modificó su teoría de la sexualidad en función de su experiencia clínica ‑en particular con mujeres‑, sino que también transformó de arriba abajo su doctrina pasando de la primera tópica (consciente, inconsciente, preconsciente) a la segunda (yo, ello, superyó), luego forjando la noción de pulsión de muerte.
Además, el psicoanálisis, en tanto sistema de pensamiento, dio origen a numerosas corrientes teóricas, distintas unas de otras, que fueron la expresión de reestructuraciones considerables.
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Si bien el freudismo incluye el conjunto de las corrientes (3) que se valen simultáneamente de un método clínico centrado sobre la cura por la palabra (el psicoanálisis) y una teoría que supone una referencia común a la sexualidad, al inconsciente y a la transferencia, las divergencias entre las tendencias son de una importancia capital. Marcan hasta qué punto la historia del psicoanálisis se confunde con la de las interpretaciones sucesivas que fueron hechas de la doctrina original construida por Freud. Y es porque dio origen a todos estos componentes que el freudismo produjo, a la vez, un dogmatismo y las condiciones para una crítica de ese dogmatismo, una historiografía oficial basada en la idealización de sus propios orígenes (idolatría del maestro fundador) y una historiografía revisionista capaz de cuestionar ese dogma. Finalmente, como todas las innovaciones científicas, suscitó resistencias, conflictos, odios y actitudes revisionistas. El antifreudismo más virulento ‑de Grünbaum a Swales- es también un producto del freudismo.
El freudismo clásico ‑el que fue elaborado en Viena por Freud‑ reposa sobre el doble modelo de Edipo y Hamlet: la tragedia inconsciente del incesto y del crimen se repite en el drama de la conciencia culpable. En el corazón de esta configuración, Freud atribuye al patriarcado un lugar fundamental. Pero éste ya entró en decadencia. Por eso, su teoría de la familia edípica se basa en la idea de la posible revalorización simbólica de una paternidad irremediablemente venida a menos, como lo muestra en 1912 en Tótem et tabú. En Freud, el padre, como el Wotan de Wagner, es una figura abolida, fracasada, triturada por el poder creciente de la emancipación femenina.
A diferencia de Bachofen o de Weininger, Freud no cae jamás en el antifeminismo. Lejos de oponer el pasado al presente, o el "buen patriarcado" a los posibles peligros de una feminización considerada “rnatriarcal”, del cuerpo social, hace de la derrota de la tiranía paterna una condición necesaria para el advenimiento de las sociedades democráticas. Y para ilustrar su tesis, toma prestado de Darwin el mito de la horda salvaje. He aquí lo esencial. En un tiempo primitivo, los hombres vivieron en el seno de pequeñas hordas, cada una sometida al poder despótico de un macho que se apropiaba de las hembras. Un día, los hijos de la tribu, en rebelión contra el padre, pusieron fin al reino de la horda salvaje. En un acto de violencia colectiva, mataron al padre y comieron su cadáver. Sin embargo, después del asesinato, sintieron arrepentimiento, renegaron de su crimen y luego inventaron un nuevo orden social instatirando sinitiltáneamente la exogamia, la prohibición del incesto y el totemismo. Éste fue el modelo común a todas las religiones, y particularmente al monoteísmo.
El complejo de Edipo no es nada más, dice Freud, que la expresión de dos deseos reprimidos (deseo de incesto, deseo de matar al padre) contenidos en los dos tabúes propios del totemismo: prohibición del incesto, prohibición de matar al padre‑tótem. En consecuencia, es universal, ya que expresa las dos grandes prohibiciones fundadoras de todas las sociedades humanas.
Dicho de otra manera, Freud aporta a la antropología dos temáticas: la ley moral, la culpabilidad. En el lugar del origen, un acto real: el asesinato necesario. En el lugar del horror del incesto, un acto simbólico: la interiorización de la prohibición. Así, cada sociedad está fundada sobre un regicidio, pero sólo se emancipa de la anarquía mortuoria si el asesinato es seguido de una sanción y de una reconciliación con la imagen del padre.
Tótem et tabú puede así ser leído como un libro político antes que antropológico. Propone en efecto Una teoría del poder democrático centrada sobre tres necesidades: acto fundador, institución de la ley, renuncia al despotismo (4).
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Este modelo edípico clásico fue cuestionado durante el período de entreguerras por Melanie Klein y la escuela inglesa. A la concepción freudiana de una familia patriarcal, en la que al padre se le quitaban las marcas de su tiranía, siguió la visión kleiniana de una organización familiar en la que el padre estaba de alguna manera excluido. En 1924, Karl Abraham revisó la teoría freudiana de los estadios e introdujo la idea de que el sujeto estaba modelado por su relación imaginaria con los objetos. La vía fue entonces abierta a un cambio radical de la perspectiva freudiana. En lugar de pensar la evolución del sujeto en función del pasaje por estadios biológicos, se busca, sobre todo, mostrar cómo se organizaba la actividad fantasmática precoz según los tipos de relaciones de objeto.
En 1934, Melanie Klein volvió a centrar toda la clínica freudiana en los objetos mismos, vividos como buenos o malos, frustrantes o gratificantes, perseguidores o valorizantes, etc. Con ese gesto, hizo salir al psicoanálisis de niños del dominio de la educación y al del adulto del campo de la neurosis. En lugar de analizar a los niños por intermedio de un padre, como lo había hecho Freud, y antes que rechazar tomarlos en cura con menos de 4 años de edad, como lo preconizaba Anna Freud, Melanie Klein abolía todas las barreras que prohibían el acceso directo al inconsciente infantil. También concibió el marco necesario para la expresión verbal y no verbal de la actividad psíquica de los niños: juguetes, animales, pelotas, bolitas, lápices, masa para modelar, muebles pequeños, etc.
Si Freud fue el primero en descubrir en el adulto al niño reprimido, Melanie Klein fue la primera en revelar lo que ya estaba reprimido en el niño: el bebé. El estudio de la relación arcaica con la madre permite entonces comprender mejor el origen de las psicosis, las cuales provienen, en general, de una fusión destructiva con el cuerpo materno, vivido como objeto perseguidor. Al modelo edípico clásico, los kleinianos opusieron así un modelo pre‑edípico, que refleja el universo angustiante de una gran simbiosis con la madre: un mundo salvaje, inaccesible a la ley, librado ya no al despotismo paterno, sino a la crueldad del caos materno.
A la figura del hombre trágico freudiano, víctima del conflicto neurótico, y a la necesidad de una reconciliación con su conciencia culpable, seguía así la visión del hombre clásico kleiniano: un sujeto al límite de la locura y devorado desde el interior por sus propios fantasmas, aun antes de haber podido entrar en conflicto con el mundo.
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La batalla teórica y clínica que desde 1934 opuso a los freudianos clásicos con los kleinianos se asemeja a la disputa de los Antiguos y los Modernos. Forjado por Freud, el modelo edípico tenía como telón de fondo la sociedad vienesa de fines de siglo, atormentada por su propia agonía, por su sensualidad vergonzosa y por el culto de la atemporalidad (5). No solamente los padres perdían su autoridad a medida que la monarquía de los Habsburgo se hundía bajo el peso de su arrogancia, sino que también el cuerpo de las mujeres parecía amenazado por la irrupción de un poderoso deseo de goce. Y esta inclinación amenazaba con abolir el antiguo orden, cargado de inmovilismo, y con favorecer la institución del Estado moderno, en el cual el lugar del padre, símbolo de unidad, se desvanecería progresivamente.
Engendrado por la decadencia de esta función paterna, el psicoanálisis intentaba con Freud revalorizar simbólicamente al padre venido a menos a través de una nueva teoría de la familia centrada en la figura de Edipo. Lejos de aferrarse al pasado, permitiría al sujeto, replegado sobre su intimidad, emanciparse de la antigua jerarquía y acceder a la libertad.
Por el contrario, la reestructuración kleiniana tuvo como decorado la sociedad inglesa del período de entreguerras, cuyos ideales reflejaba. En ese mundo democrático, en el que la emancipación de las mujeres estaba más avanzada que en Viena, la reflexión sobre el lugar omnipresente de la madre en la educación de los niños parecía más importante que la tentativa vienesa de restaurar una hipotética función paterna, aunque fuese al precio de una simbolización.
En relación con esto, el modelo kleiniano era más "moderno" que el de Freud y estaba más ligado a los problemas planteados por la evolución de la sociedad occidental de la segunda mitad del siglo XX. También conoció un desarrollo considerable en el movimiento psicoanalítico, al punto de llegar a ser la mayor referencia de la IPA, tanto en Europa (a excepción de Francia) como en los países latinoamericanos. En la estela del kleinismo, la escuela inglesa extendió aún más su influencia en el mundo entero debido a la calidad clínica de las obras de sus principales representantes: la de Donald Woods Winnicott particularmente.
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Así como el kleinismo hacía bascular el conjunto de la teoría psicoanalítica por el lado del niño en conflicto con el poder materno, las tesis de la Self Psychology, que se desarrollaron esencialmente en los Estados Unidos, también entablaron una revisión del freudismo clásico. Es a Heinz Kohut, psicoanalista norteamericano de origen vienés, a quien debemos la elaboración más fina de estas tesis cuya huella encontramos en varios componentes del freudismo. Miembro de la IPA, pero rebelde frente al conservadurismo de los notables del psicoanálisis que encerraba la cura en un ritual estereotipado, Kohut buscó dar un vigor nuevo al freudismo norteamericano hundido en el pragmatismo y el dogma.
Heredero a la vez de la tendencia vienesa y de la reestructuración kleiniana, inventó una tercera vía que consistía en pensar los trastornos de la subjetividad en función de los problemas relacionales ligados a la evolución de la sociedad. A su modo de ver, en efecto, el sí mismo (o self)se había convertido en el objeto de todas las inversiones narcisistas en un mundo donde el derrumbamiento de los grandes valores patriarcales conducía a la idealización de una figura de la individualidad sumergida en la contemplación de su imagen. De ahí, la idea de que el mito de Narciso estaba más adaptado que el de Edipo para dar cuenta del nuevo malestar de la civilización.
Kohut constata que la deficiencia arcaica del sujeto es imputable a una falta de afecto materno que lo vuelve inepto para mantener una relación con un semejante. Sintiéndose vacío, enmascara su mutilación bajo las apariencias de un yo de pacotilla (6) (un sí mismo o self). Según Kohut, el sujeto reconstruye un "sí mismo grandioso", estructurado por una imago (7) paterna idealizada. En esta perspectiva, Hamlet llega a ser un héroe narcisista cuyo self debilitado no resiste las tragedias de una sociedad que perdió todas sus referencias.
Ese pasaje de Edipo a Narciso muestra claramente cómo el psicoanálisis de los años sesenta intentaba resolver los problemas de una subjetividad entregada al individualismo y a las sustancias químicas. Reducido a mirarse en la desdicha infinita de su imagen, el hombre trágico de este psicoanálisis del self fue la expresión última de un deseo de sí mismo que no tardará en hundirse en la nada de una sociedad convertida al paradigma de la depresión.
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Después de haber asimilado la reestructuración kleiniana, Jacques Lacan también propuso una revisión del modelo edípico clásico. Desde 1938, en un célebre artículo consagrado a los complejos familiares (8), bosquejaba un sombrío cuadro del universo de la familia occidental, atravesada según él por todas las bajezas sociales, por todas las violencias subjetivas, por todos los conformismos. La temática de lo sagrado y el nihilismo antiburgués que animaban su pluma no le impedían ser escéptico con respecto a la Revolución de Octubre. Así, consideraba nefastas las tentativas comunistas de abolición de la familia. Al depender de la utopía, amenazaban, a su modo de ver, con conducir a un autoritarismo más grave que el que imponía la legitimidad familiar.
En vísperas de la guerra, defendía pues los valores de un conservadurismo ilustrado, inspirado en Tocqueville. Pero se apoyaba también en las tesis de Georges Bataille y de Marcel Mauss, predicando el culto de un freudismo subversivo, capaz de servir de instrumento a un pensamiento del vínculo social, de lo imaginario, de lo sagrado, del sujeto.
Respecto a esto, Lacan era más freudiano que los kleinianos y que los partidarios del psicoanálisis del self. Se inspiraba, en efecto, en la tesis edípica clásica para revalorizar la función paterna. Luego, leyendo Las estructuras elementales del parentesco (9) de Claude Lévi‑Strauss, descubrió el instrumento teórico que le permitió pensar esta función de manera estructural. Basándose en los principios de la lingüística saussureana, hizo del lenguaje la condición del inconsciente, renunciando a la idea freudiana del sustrato biológico heredado del darwinismo. En esta perspectiva, elaboró definitivarnente su nueva tópica (simbólico, imaginario, real) y su teoría de la nominación. Así, el padre desposeído, humillado, deshecho, que atormentaba la conciencia occidental de fines de siglo, reapareció con Lacan como investido de una capacidad de lenguaje. De alguna manera, estaba reconstruido en el concepto de Nombre‑del‑Padre (10), y limitado a un poder de nominación, mientras se descomponía en la realidad social de las nuevas formas de organización familiar.
Lacan fue sin ninguna duda el mayor teórico del freudismo de la segunda mitad del siglo XX. Su concepción del hombre trágico derivaba directamente de la de la Escuela de Francfort. De Kojéve, primero, y luego de Adorno y Horkheimer (11),tomó prestada la temática de la crítica de la Ilustración y de la negatividad de la historia. También aportó al psicoanálisis el aliento de la tradición filosófica alemana. A través de este relevo, se produjo sobre el suelo francés un acto de subversión con el cual Freud no hubiera soñado jamás, él, que había edificado su teoría sobre un modelo biológico negándose a tener en cuenta el discurso filosófico.
Reinterpretando el modelo edípico a la luz de la antropología estructural, Lacan, como ya vimos, hizo de la paternidad una construcción simbólica. Como tal, y no en virtud de una esencia natural cualquiera, ésta era tan universal como la familia.
Sobre este punto, Lacan se acercaba a Lévi‑Strauss, quien escribía en 1956: "La vida familiar se presenta prácticamente en todas las sociedades humanas, incluso en esas cuyas costumbres sexuales y educativas son muy distintas de las nuestras. Después de haber afirmado durante aproximadamente cincuenta años que la familia, tal como la conocían las familias modernas, no podía ser más que un desarrollo reciente, resultado de una larga y lenta evolución, los antropólogos se inclinan ahora hacia la convicción opuesta; a saber, la familia que se funda sobre la unión más o menos durable de un hombre, de una mujer y de sus hijos, es un fenómeno universal presente en todos los tipos de sociedad" (12).
La elaboración de diferentes modelos de organización del psiquismo muestra que la concepción psicoanalítica de la familia y de la identidad sexual evoluciona en función de las transformaciones de la sociedad occidental.
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Después de haber buscado dar cuenta de una triangulación clásica en la que el padre, ya desfalleciente, ocupaba sin embargo un lugar preponderante, el modelo freudiano fue posteriormente revisado por Melanie Klein, quien otorgó a la posición materna un lugar determinante. La óptica lacaniana perpetuó ese reino atribuyendo a la mujer un poder infinito. Por su goce, ésta sería, según Lacan, "sin límites" y, por la maternidad, ejerce sobre el hijo y sobre el padre un poder considerable.
La teoría lacaniana remitía así a un ideal según el cual la mujer, habiendo alcanzado un grado infinito de libertad, puede decidir por sí misma, gracias a la anticoncepción, la opción de procrear, con o sin el consentimiento de los hombres. De ahí este poder incontrolable que le permite retirarle al padre el derecho de apropiarse de los procesos de filiación.
Comentando en 1957 el caso de una mujer norteamericana que había recurrido a la inseminación artificial post mortem gracias al esperma congelado de su marido, Lacan había además preconizado que el poder absoluto materno amenazaba con ser erigido un día en fetiche: "Encárguense ustedes de hacer esa extrapolación ‑ahora que hemos tomado este camino, dentro de cien años les haremos a las mujeres niños que serán hijos directos de los hombres geniales vivos en la actualidad y luego conservados en botecitos como oro en paño. En esta ocasión le han cortado algo al padre, y de la forma más radical ‑ además de la palabra. La cuestión entonces es saber cómo, por qué vía, bajo que modalidad, se inscribe en el si mismo del niño la palabra del ancestro, cuyo único representante y único vehículo será la madre. ¿Cómo hará hablar al ancestro escarnecido? (13).
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Modelo universal, la familia es una entidad indestructible en tanto realización concreta de las estructuras del parentesco, es decir, de la alianza y de la filiación. Fuente de normalidad, también está ‑lo sabemos gracias al psicoanálisis‑ en el origen de todas las formas de patologías psíquicas: psicosis, perversiones, neurosis, etc. Luego, no hay por qué ínquietarse por su futuro, como lo hacen periódicamente los moralistas y los representantes de las diversas religiones que temen que sea destruida por la generalización del divorcio.
Las diversas modalidades de la unión libre y de la familia ensamblada muestran además que este modelo se perpetúa bajo formas siempre renovadas. En cuanto a su poder de atracción, se mide por el hecho de que esos que habían estado excluidos por la imposibilidad de contraer matrimonio (los homosexuales) quieren en adelante estar incluidos a fin de poder adoptar hijos.
Confrontado a este deseo de tener hijos por parte de las parejas homosexuales, el psicoanálisis de hoy tiene dificultades para aportar respuestas coherentes (14). A decir verdad, mientras la homosexualidad fue considerada como una degeneración, la cuestión de su integración a la norma no fue examinada seriamente. Pero a partir del momento en que Freud rehusó clasificarla entre las taras, para hacerla una disposición sexual derivada de la bisexualidad, la vía fue abierta a todas las interrogaciones que surgen hoy.
Sus herederos, Ernest Jones y Anna Freud particularmente, tuvieron sin embargo tendencia a considerarla como una patología sexual susceptible de ser "curada" por un tratamiento bien llevado. De ahí la vana tentativa de transformar a los homosexuales en heterosexuales, que resultó un fracaso vergonzoso. A pesar de la experiencia, obedeciendo a una decisión de 1921, la dirección de la IPA siempre se negó a admitir oficialmente a los analistas homosexuales en las filas de las sociedades componentes. También notó su retraso en relación con la evolución de las costumbres y de las leyes, y con las otras asociaciones psicoanalíticas (particularmente, las lacanianas), que rechazan desde hace tiempo toda forma de discriminación.
Si la homosexualidad, en lo sucesivo, ya no es mirada como una perversión sexual, en parte, gracias al psicoanálisis, existen muchas razones para pensar que otros "anormales" no tardarán en encarnar el ideal transgresor del hombre trágico (15),ocupando el lugar de aquellos que hubieran sido incluidos en la norma: los solteros sin hijos (homosexuales o heterosexuales), los zoófilos, los homosexuales "aferninados", los libertinos, los prostituidos (hombres o mujeres), los travestis, los transexuales, etc.
Más allá de la reivindicación legítima de los homosexuales de acceder por adopción a la paternidad o a la maternidad, hay que preguntarse quiénes serán los Charlus y los Oscar Wilde de mañana.
Notas:
1. Jean Starobinski, "Hamlet et Freud", en Ernest Jones, Hamlet et OEdipe (Londres, 1948), París, Gallimard, 1967.
2. Karl Popper, Conjétures et réfutations, op. cit.. El psicoanálisis, según Popper, está enel mismo caso que la teoría marxista de la historia y la psicología individtial de Alfred Adler.
3. En el Dictionnaire de la psychanalyse, op. cit., enumeramos seis grandes escuelas: annafreudismo, kleinismo, Ego Psychology, Independientes, Self Psychology, lacanismo.
4. Véase sobre este tema Eugéne Enriquez, De la horde á l'état, París, Gallimard, 1983.
5. Véase Carl Schorske, Vienne fin de siécle (Nueva York, 1981), París, Seuil, 1983. Ed. cast.: Fin de siglo, Barcelona, Gustavo Gil¡, 1981.
6. Winnicott habla, a propósito de esto, de “falso sef”', en "Distorsion du moi en fonction du vrai et du faux self' (1960), en Processus de maturation chez Venfant (Londres, 1960), París, Payot, 1970. Ed. cast.: Proceso de maduración en el niño, Barcelona, Lara, 1981. En la terminología psicoanalítica, el yo es una instancia psíquica que depende del inconsciente, mientras que el sí mismo (o self) es una representación imaginaria de uno mismo para sí mismo. En términos fenomenológicos, se trata de una instancia de la personalidad que se constituye posteriormente al yo.
7. La imago es una representación inconsciente que permite al sujeto construirse una imagen de sus relaciones con sus padres.
8. Jacques Lacan, Les Complexes familiaux (1938), París, Navarin, 1984.
9. Claude Lévi‑Strauss, Les Structures élémentaires de la parenté (1949), París, Mouton, 1967. Ed. cast.: Las estructuras elementales del parentesco, Barcelona, Paidós, 1998.
10. Este término, por el cual Lacan definió el significante de la función paterna, aparece por primera vez como concepto en 1956 en Le Séminaire, livre III, Les psychoses (1955‑1956), París, Seuil, 1981. Ed. cast.: Las psicosis. Buenos Aires, Paidós. Véase sobre este tema, Élisabeth Roudinesco, Jacques Lacan. Esquisse d'une vie, histoire d'un systéme de pensée, op. cit.; y Érik Porge, Les Noms du pére chez Lacan, Toulouse, Érés, 1997.
11. Max Horkheimer y Theodor Adorno, La Dialectique de la raison (1944), París, Gallimard, 1974.
12. Claude Lévi‑Strauss, “La famille” (Nueva York, 1956), en Claude LéviStrauss, Textes de et sur Lévi‑Strauss réunis par Raymond Bellour et Catherine Clément, París, Gallirnard, col. Idées, 1979, p. 95.
13. Jacques Lacan, Le Séminaire, livre IV, La relation d'objet el les structures freudíennes (1956‑1957), París, Seuil, 1994, pp. 375‑376. Sobre este tema, nos remitiremos a la discusión entre Robert Badinter y Françoise Héritier, Le Débat, 36, septiembre de 1985, pp. 414 y 27‑33. Véase también Françoise Héritier, Masculin/Féminin. La pensée de la diffiérence, París, Odile Jacob, 1996. Ed. cast.: Masculino, femenino: el pensamiento de la diferencia, Barcelona, Ariel, 1996.
14. Algunos prácticos facultativos, sin embargo, abordaron valientemente el problema. Es el caso particular de Geneviéve Delaisi de Parceval, quien prologó el libro de Éric Dubreuil, Des parents du ménie sexe, París, Odile Jacob, 1998.
15. Sobre este tema, véanse Michel Foucault, Les Atiormaux, op. cit.; y Didier Eribon, Réflexions sur la question gay, París, Fayard, 1999.
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Texto extraído de “¿Por qué el psicoanálisis?”, Elizabeth Roudinesco, págs. 106-114, Editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 2000.
Traducción: Virginia Gallo.
Edición original: Librairie Anthème Fayard, París, 1999.
Corrección del texto: Cecilia Falco.
Selección y destacados: S.R.
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