Letras, sonidos, imágenes
Osvaldo Couso
El encuentro con una obra de arte tiene efectos sobre el cuerpo: en ocasiones lo inmoviliza en la contemplación, o tras veces lo agita, cuando no lo llama a moverse o a bailar contemplar un cuadro o una escultura, leer un poema, escuchar música... algo captura irresistiblemente al cuerpo, lo lleva a trascender las coordenadas temporales y espaciales en las que se ubica en la vida cotidiana, como si fuera transportado a "otro" lugar (sin que el sujeto que lo habita pueda evitarlo): el de lo
extranjero o lo irrepresentable.
En ese temblor, en ese movimiento irresistible o en esa súbita inmovilidad podemos imaginar al cuerpo tomado por un goce desconocido que puede denominarse goce estético, por su parentesco con el mundo sensible y la belleza.
Proviniendo de un mundo que desconozco, se presenta un objeto que parece contener un mensaje que, oscuramente, percibo me está destinado: su opacidad más que distraerme me inquieta, más que divertirme me interroga, más que sosegarme me apresa y me cuestiona.
Para mencionar sólo algunos ejemplos muy conocidos: los aparentemente "inocentes" puntos de colores primarios de Miró, los ojos muertos en la Parábola de los ciegos, de Pieter Bruegel; o como agujeros negros en el Autorretrato del Greco; o multiplicados semejando estrellas en Noche estrellada de Van Gogh, los sonidos desgajados de John Cage, Los heraldos negros de César Vallejo; la oscura amenaza que no alcanza a adquirir forma en Casa tomada de Julio Cortázar, etc.
Umbrales de la inmensidad. Desgarros donde termina el mundo. La "rnirada que ve" pierde su poder abarcativo, su sueño de penetrar el mundo exterior, de apropiarse de la realidad. Las formas que me rodean pierden, por un momento, su plenitud; dejo de leer el sentido del texto; de ser acariciado por las melodías. Por un instante, se abre una hendidura que hiere de muerte mi mundo: soy mirado, soy escuchado, soy leído, irresistiblemente absorbido.
De esta existencia que hasta entonces creía me pertenecia, de esta casa simbólica que habito, de este universo de representaciones y formas delimitadas en que vivo, soy transportado a otra dimensión, vagamente asociable a angustias y tinieblas.
Es que que los puntos sin luz en el cuadro, los sonidos desgarrados de la melodía, las palabras que se desprenden de un texto, son la pasión de un artista, la aventura a que nos invita por desconocidos territorios: llevarnos de un solo golpe a la vacuidad que sostiene (pero también quiebra) el universo de representaciones en que vivimos; revelar el mundo como un mundo de nombres antes que de cosas.
Un poeta dice bellamente ese umbral de la lengua:
Allá a lo lejos, en la ladera, una hilera de árboles.
Pero, ¿qué es una hilera de árboles? Hay árboles solamente.
Hilera y el plural árboles no son cosas, son nombres.
¡Pobres almas humanas que todo lo ordenan! […].
F. Pessoa, Ficciones del interludio.
Como arrasada por un huracán mínimo, ésta (mi) casa infinita de nombres en que vivo es desbordada, hendida, desnudado a la intemperie su armazón desolado, vacilante la solidez en que creía cobijarme.
De un solo golpe se cuestionan todas mis certidumbres como si ese objeto tuviera un saber secreto sobre lo que "verdaderamente" soy, supiera de mí lo que no se. Como si me recordara que he olvidado un vacío que constituye el núcleo mismo de mi ser. Contemplar el objeto que el arte me ofrece, percibirlo, me lleva mucho más allá de la simple percepción, hacia el territorio impreciso del que surge la percepción misma, hacia una infinitud que se abre a la sombra de ese objeto finito que percibo.
La obra de arte se sitúa en los confines del mundo. Si su objeto hechiza, es porque se ubica en el umbral de "otro" mundo, desconocido, al que tiene el poder de transportarme. De allí que cualquier palabra o sonido o forma son, aisladas, un abismo; su potencial abertura sólo queda momentáneamente oculta por la contigüidad con otras palabras, formas o sonidos (componiendo textos, imágenes o melodías).
Algunas conclusiones provisorias
Aunque aún falte mucho para acercarse a una comprensión profunda del goce estético, intentando situarlo se han recortado tres determinaciones (que tal vez puedan considerarse básicas) a subrayar: vacío, objeto y movimiento.
- La constitución misma de una vacuola en el centro del ser.
- La necesidad de un movimiento que se aleja y acerca de ese vacío, en una alternancia que va desde el intento por recuperar lo perdido hasta el de volver a perderlo (para ‑tanto uno como otro- volver a intentar) ... y así incesantemente.
- El recorte de los objetos, por los que se logra cierta articulación de ese goce del que originariamente el cuerpo es vaciado por el significante: la articulación consiste tanto en reactualizar dicha pérdida de goce como en "recuperar" pequeñas porciones del mismo.
El objeto del arte, tanto para el que lo crea como para el que lo contempla, condensa en sí los tres puntos mencionados. Articula el movimiento con dos aspectos esenciales del objeto: algo que vale como conector con el significante (un significante nuevo, en este caso) y la posibilidad de funcionar como un representante de la Cosa.
A su modo, la aparición del objeto del arte reproduce el proceso por el cual del campo de la Cosa se localiza un objeto, un punto donde la finitud que lo caracteriza no deja de abrir a una infinitud potencial, de remitir a la oscuridad de la relación entre letra y cuerpo, entre sonido y silencio.
El espacio del goce estético parece encontrarse entre pulsión y significación fálica, en el umbral que las comunica, en el proceso mismo que las articula. Si bien precisa de la significación fálica para establecerse, a la vez "va más allá" de ella. Constituye un agregado que, aunque puede faltar a la estructura del goce fálico, no es sin éste: lo necesita para su constitución, pero lo trasciende. Por esas características, algunos autores postulan que dicho goce puede ubicarse como un goce suplementario.
Sin embargo, su espacio, si bien es "más allá", excediendo tal significación, tiene esencial relación con un tiempo que está más acá, “antes" del goce fálico, y su movimiento circula entre ambos. En relación al movimiento cabe también señalar que la obra de arte remite al espectador a las primeras inscripciones del goce. Empujando hacia las primeras marcas, a su modo revive un tiempo mítico originario, rememora la erotización que el cuerpo ha padecido, el trauma primero del encuentro con la lengua y su operador. Pone en juego la disyunción del significante con el cuerpo, la facultad de la libido de revestir los objetos. Transporta a un lugar sin palabras, reabre la hiancia infranqueable que separa al sujeto de su propio ser.
El objeto realiza una rápida (aunque puntual) deconstrucción del sentido en que el sujeto vive, actualizando el sin‑senti do: enfrentando al sujeto con un espejo que más que reflejar remite a lo que el reflejo oculta; aquello que por devenir ser especular ha sido “olvidado”.
Sin embargo para quien lo contempla, el objeto va mucho más allá de simplemente remitir al vacío (tanto del creador como de él mismo) que constituye el centro mismo del ser hablante. Si bien tal remisión es un hecho importante, ese objeto se presenta como testimonio del modo en que el artista ha recreado los significantes recibidos, ha podido valerse de ellos para hacer surgir una letra nueva.
Es por esa letra que el creador no es padre sino hijo de su propia obra, ya que el acto creativo inventa un nombre nuevo. Es un nombre que no es la firma del padre, la letra que el padre legara como símbolo del falo y conmemoración de la castración: el objeto.que la sublimacion crea no sólo la reproduce sino que es el índice de que se ha prescindido de ella.
Huérfano de un dios que se ha retirado, la (su) obra es el "nuevo" nombre con el que (a partir del que le fuera dado) el artista "se" nombra. Es el soplo de quien de la ausencia, ha hecho causa.
El artista da lo que no tiene: hace sin saber lo que hace, se deja llevar sin saber qué ansia lo empuja o qué ala lo lleva; sin saber qué abismo lo llama ni qué noche sin luna lo espera.
Amor, deseo y goce se anudan en el creador dibujando los bordes de un agujero central. Una ausencia radical deviene deseo (sin falo) que la busca, goce (sublimatorio) que la re‑crea, falta que el artista dona como mensaje de amor.
Pero no es el amor de la reciprocidad y del intercambio de demandas. Por el contrario: lo único pasible de ser intercambiado es un vaciamiento. Quien contempla no es encontrado por la obra en medio de las vías significantes (que pugnan como repetición) sino transportado a un espacio en que habitualmente no está: la dirección regrediente del movimiento que el objeto promueve le presentifica un agujero.
Por eso, en quien lo recibe, el mensaje anuda también, dibujando a su vez los bordes de un agujero central. El mensaje deviene ausencia, haciendo posible entonces un deseo (de re‑escribirla, de reproducir de algún modo el recorrido del artista) "alertado" de la falta de objeto; un goce estético que, por reconocerse deudor de la obra, lleva más a preservarla que a adueñarse; promueve más la conservación que el destrozo. Idea importante, ya que las obras de arte portan un mensaje potencialmente angustiante, por lo que incontables veces en la historia han quedado sometidas al afán de dominio (realizable como apropiación) de los poderosos, o a los arrebatos destructivos de los bárbaros.
Tanto en el creador como en quien contempla la obra de arte, el anudamiento del amor, el deseo y el goce (aunque está determinado por perspectivas sustancialmente diferentes) recorre, una y otra vez, el contorno de un agujero común: el de una orfandad propiciatoria por la que el objeto posibilita pasar y volver a pasar.
Letras, imágenes y sonidos tejen incansables la cicatriz de un ser que la palabra hiere de muerte. Construyen el puente que une y separa el organismo que la letra no puede escribir cuando escribe; el silencio originario que el sonido no puede transformar en intervalo entre dos sonidos; lo in‑forme que la forma nunca alcanza a ocultar por completo.
El puente une y separa, hace presente ese mundo fuera del mundo, lo convoca (de ello extrae su fuerza y su misterio) y a la vez lo ausenta: la aventura a que nos invita entreabre una puerta,
pero se detiene en el umbral, no traspasa el límite del espanto.
El propio objeto del arte es ese umbral. Por una parte es capaz de evocar la inmensidad, la sustancia informe, el fondo, el revés, las revelaciones últimas. Pero a su vez, se constituye como velo que cubre y mantiene a distancia la amenaza del horror y la aniquilación, los re‑envía a su exclusión tranquilizadora, devuelve las sombras que ha convocado al exilio en su mundo de sombras.
Texto extraído de "El amor, el deseo y el goce", Osvaldo M. Couso, págs. 242‑248, Editorial Lazos, Buenos Aires, Argentina, 2005.
Selección: Mabel Carné.
Con-versiones octubre 2009
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