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Introducción a “La psiquiatría inglesa y la guerra” de Jacques Lacan

 

Elizabeth Roudinesco

 

 

En 1945, cuatro años antes del asunto de La Nouvelle Critique, y tres años antes del famoso Congreso de Higiene Mental que desata la polémica, Lacan va a Londres y pasa allí cinco semanas. Durante su estancia, se informa sobre el estado del saber psiquiátrico y visita la residencia de Hartfield donde están albergados ex prisioneros y combatientes de ultramar para ser readaptados. Admira particularmente los principios de la terapia de grupo y del psicodrama y saca en conclusión que la guerra se mostró partera de progreso en el ámbito de la atención a la salud mental.

 

Un año más tarde, da una conferencia sobre este tema ante el grupo de L’Évolucion Psychiatrique. Allí se encuentran reunidos Lucien Bonnafé, Paul Schiff, Adrien Borel, Eugéne Minkowski, Henri Ey, Gregorio Bermann, delegado argentino ante la sección médica de la ONU, y finalmente Pierre Turquet, mayor del Ejército británico. De origen angevino, a este personaje le gustan con pasión Francia y los automóviles bonitos. Durante la guerra, se desenvolvió maravillosamente bien en las filas del Intelligence Service y se inspiró en los trabajos de Wilfried Bion y Melanie Klein para reorganizar el servicio psiquiátrico del ejército en un sentido freudiano y dernocrático. Lacan lo llama “mi amigo" y rinde homenaje a su acción. También comparte algunas opiniones de Lucien Bonnafé sobre la psiquiatría social. Aprecia los gustos cinematográficos de este comunista fiel con quien frecuenta las salas oscuras mientras conversan sobre el porvenir de la Francia freudiana.

 

Lacan rinde homenaje a Inglaterra empleando el tono de un hombre que vivió los años de guerra como una terrible decadencia. En 1939, los psiquiatras ingleses deciden hacer eficaces a los atrasados, los vagos, los “torpes" (dullards) y los delincuentes empleándolos en trabajos diversos en la retaguardia. Sin espíritu de segregación ponen juntos a los inadaptados separándolos de los demás compañeros de armas destinados a tareas combativas. Depuradas de ese modo, las unidades ya no sufren el choque neurótico debido al contacto con los elementos perturbadores. Por lo que se refiere a éstos, se vuelven tanto más eficaces cuanto que se los juzga útiles y se los organiza en subgrupos autónomos. Cada subgrupo define el objeto de su trabajo bajo la égida de un terapeuta que apoya a todo el mundo sin ocupar el lugar de un jefe ni de “padre autoritario". Lacan subraya que esa capacidad de reformar las relaciones humanas en tiempos de guerra proviene de la difusión masiva de los conceptos freudianos en el medio psiquiátrico inglés.

 

¡Parece un sueño! Nuestro héroe pronuncia el elogio de una psicología de grupo adaptativa de la que alaba la inspiración freudiana cuando, cuatro años más tarde, denunciará los ideales adaptativos del nuevo "psicoanálisis". En realidad, Lacan se interesa en la situación inglesa de la psiquiatría tanto por admirar su pragmatismo reformador como para efectuar el balance de su propia evolución cuando despunta la mitad del siglo. Con su genio habitual, señala que la experiencia británica torna caduca la doctrina de las constituciones que él mismo criticó en 1932, y que es muestra del declinar de la ¡mago paterna del que también observó el proceso en su texto sobre la familia. En efecto, si la organización en pequeños grupos supone la identificación de todos con el ideal del yo del terapeuta, deja vacante el lugar del jefe viril, del sargento reclutador o del domador de masas.

 

Así, en 1945, un francés cruza la Mancha para encontrar en suelo inglés, devastado por la guerra pero no sometido a los horrores de una ocupación extranjera, la imagen en espejo de sus propios trabajos. Una vez más no se toma por cualquiera. Después de Freud que se identificaba con Copérnico, Lacan evoca la figura de Galileo y termina la discusión con estas palabras: "Quiero afirmar de nuevo la concepción unitaria que es mía en antropología. A las objeciones de principio que se plantearon contra el papel que fue el de la psiquiatría durante la guerra, respondo con un 'E pur si muove' y me niego a que se dé a mi exposición otro sentido u otro mérito” (Conferencia E.P. – 1947).

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Texto extraído de “La batalla de los cien años” (La historia del psicoanálisis en Francia), E. Roudinesco, Tomo 2, págs. 192-193, Editorial Fundamentos, Madrid, España, 1993.

Selección: S. R.

 

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La Psiquiatría Inglesa y la Guerra

 

Jacques Lacan

 

 

Cuando en Septiembre de 1945 estuve en Londres, los fuegos acababan apenas de caer sobre la ciudad del día: V-Day, en que ella había celebrado su victoria.

 

La guerra me había dejado un vivo sentimiento: el modo irreal bajo el cual la colectividad de franceses la había vivido de punta a punta. No aludo aquí a esas ideologías foráneas que nos habían arrojado fanstasmagorías sobre nuestra grandeza, parientes de chocheras de la senilidad, incluso del delirio agónico, de fabulaciones compensatorias propias de la infancia. Antes bien quiero decir, de ese desconocimiento sistemático del mundo en cada uno, esos refugios imaginarios en los que, como psicoanalista, yo no podía sino identificar para el grupo, entonces presa de una disolución verdaderamente aterradora de su status moral, los mismos modos de defensa que el individuo utiliza en la neurosis contra su angustia con un éxito no menos ambiguo, también paradojalmente eficaz, y sellando igualmente un destino que se transmite a generaciones.

 

Pensaba entonces salir del círculo de ese encantamiento deletéreo para entrar en otro reino: allí donde luego el rechazo crucial de un compromiso que hubiese sido la derrota, se había podido, sin perder el dominio a través de las peores pruebas, llevar la lucha hasta ese término triunfante, que ahora hacía parecer a las naciones que la enorme ola que habían visto casi tragárselas, no había sido más que ilusión de la historia, y de las que más rápidamente se hacen añicos.

 

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Desde el principio hasta el fin de mi estancia, que duró cinco semanas, esta espera de otro aire no fue burlada. Y es bajo forma de evidencia psicológica que toqué esta verdad: la victoria de Inglaterra es de índole moral; quiero decir que la intrepidez de su pueblo reposa sobre una relación verídica con lo real [rapport veridique au réel], que su ideología utilitarista hace dificultoso comprender, que especialmente el término adaptación traiciona totalmente, y por eso la bella palabra realismo nos está interdicta en razón del uso infamante donde los “clérigos de la Traición” han envilecido su virtud, por una profanación del verbo que por largo tiempo priva a los hombres de los valores ofendidos.

 

Debemos entonces llegar a hablar de heroísmo, y evocar sus marcas, desde las primeras apariciones a nuestra llegada, en esta ciudad salpicada cada doscientos metros por una destrucción vertical, al resto restañado y limpio, y que se acomoda mal al término ruina, cuyo prestigio fúnebre, asociado incluso con una intención lisonjera al recuerdo grandioso de la Roma antigua en las palabras de bienvenida pronunciadas por uno de nuestros enviados más eminentes, había sido mediocremente apreciado por gentes que no descansan sobre su historia.

 

Tan severos y sin más romanticismo los otros signos que, a medida que el visitante avanzaba, se le descubrían por azar o destino –desde la depresión que lo describía en metáforas sonambúlicas, al compás de esas conjunciones de la calle favorecidas por la ayuda mutua perpetua de los tiempos difíciles, una joven mujer de la clase acomodada que iba a festejar su liberación del servicio agrícola del que, como soltera, venía de ser movilizada durante cuatro años-, hasta ese agotamiento íntimo de fuerzas creativas que, por sus confesiones o sus personas, médicos u hombres de ciencia, pintores o poetas, eruditos, hasta sinólogos que fueron sus interlocutores, traicionaban, por un efecto tan general como lo había sido la obligación de todos, y hasta el extremo de su energía, a los servicios generales de la guerra moderna: organización de la producción, aparatos de detección o de camouflage científico, propaganda política o informaciones.

 

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Cualquiera sea la forma que desde ese momento haya podido tener esta depresión reactiva en escala colectiva, doy testimonio de que se había desprendido un factor tónico que también consideraría como demasiado subjetivo, si no hubiese encontrado su sentido en lo que me fue revelado del sector del esfuerzo inglés que yo estaba calificado para juzgar.

 

Es necesario centrar el campo de lo que han realizado los psiquiatras en Inglaterra por la guerra y para ella, del uso que ellos han hecho de su ciencia en singular y de sus técnicos en plural, y de lo que la una como los otros han recibido de esta experiencia. Tal es, en efecto, el título que lleva el libro del brigadier general Rees al que nos referiremos sin cesar: The shaping of psychiatry by the war.

 

Está claro que a partir del principio de la movilización total de las fuerzas de la nación que exige la guerra moderna, el problema de los efectivos depende de la escala de la población, por lo cual, en un grupo reducido como el de la Inglaterra metropolitana, todos, hombres y mujeres, debieron ser movilizados. Pero ese problema se duplica con el de la eficiencia que requiere tanto un riguroso empleo de cada individuo como la mejor circulación de las concepciones más audaces de los responsables hasta el último de los ejecutantes. Problema respecto del cual una racionalización psicológica tendrá siempre algo más que decir, pero al que las calificaciones del tiempo de paz, la alta educación política de los ingleses y una propaganda ya experta podían bastar.

 

Muy distinta era la cuestión que se planteaba al constituir enteramente un ejército a escala nacional, del tipo de los ejércitos continentales, en un país que no tenía más que un pequeño ejército de oficio, por haberse opuesto obstinadamente a la conscripción hasta la víspera del conflicto. Es necesario considerar en todo su relieve el hecho de que se recurrió a una ciencia psicológica muy joven aún, para operar lo que puede llamarse la creación sintética de un ejército, cuando esta ciencia apenas acaba de poner a la luz del pensamiento racional la noción de un tal cuerpo como grupo social de una estructura original. Es, en efecto, en los escritos de Freud donde por primera vez, en los términos científicos de la relación de identificación, acababan de ser planteados el problema del mando y el problema de la moral, es decir, toda esta encantación destinada a reabsorber enteramente las angustias y los miedos de cada una en una solidaridad del grupo en la vida y en la muerte, cuyo monopolio tenían hasta entonces los practicantes del arte militar. Conquista de la razón que viene a integrar la tradición misma aligerándola y llevándola a una segunda potencia.

 

Pudimos ver entonces dos fulminantes victorias: el desembarco en Francia y el paso del Rhin, que a igual nivel en la técnica del material, y la tradición militar estando absolutamente del lado del ejército, que la había llevado al más alto grado que haya conocido el mundo –y acababa además de reforzarla con el apoyo moral de una democratización de las relaciones jerárquicas, cuyo valor angustiante como factor de superioridad había sido señalado por nosotros a nuestro regreso de la olimpíada de Berlín en 1936-, todo el poderío de esta tradición no pesó una onza contra las concepciones tácticas y estratégicas superiores, producto de los cálculos de ingenieros y comerciantes.

 

Así ha acabado de disiparse, sin duda, la mistificación de esta formación de casta y de escuela donde el oficial conservaba la sombra del carácter sagrado que revestía el guerrero antiguo. Se sabe, por lo demás, por el ejemplo de otro de los vencedores, que no hay cuerpo constituido donde sea más saludable al pueblo alcanzar el hacha, y que es en la escala de un fetichismo que da sus más altos frutos en Africa Central, que hay que estimar el uso aun floreciente de valerse de él como depósito de ídolos nacionales.

 

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Sea como fuere está reconocido que la posición tradicional del comando no va en el sentido de la iniciativa inteligente. Esto es porque en Inglaterra, cuando al comienzo de 1939 los acontecimientos se precipitaban, se vio rechazar por las autoridades superiores un proyecto presentado por el Servicio de Salud del Ejército, a los fines de organizar la instrucción no solamente física, sino también mental de los reclutas. El principio había sido aplicado, sin embargo, desde la guerra anterior en los Estados Unidos, bajo el impulso del doctor Thomas W. Salmon.

 

Cuando la guerra estalló en Septiembre, Inglaterra no disponía sino de una docena de especialistas bajo las órdenes de Rees en Londres: dos consultantes estaban agregados al cuerpo expedicionario en Francia y dos en la India. En 1940, los casos afluyeron a los hospitales bajo la rúbrica de inadaptación, de delincuencias diversas, de reacciones psiconeuróticas, y bajo la presión de esta urgencia fue organizada la acción, cuya amplitud y flexibilidad vamos a mostrar, por medio de aproximadamente 250 psiquiatras integrados por la conscripción. Un espíritu animador les había precedido: el coronel Hargreaves poniendo a punto un primer ensayo de tests eliminatorios adaptados de los tests de Spearman, de los cuales había partido ya en Canadá para dar forma a los tests de Perrose-Raven.

 

El sistema que se adaptará desde entonces es el llamado PULHEMS, ya probado en el ejército canadiense, en el cual una cota de 1 a 5 corresponde a cada una de las siete letras simbólicas que responden respectivamente a la capacidad física general, a las funciones de los miembros superiores (Upper limbs), inferiores (Lower limbs), a la audición (Hear), a la vista (Eyes), a la capacidad mental (sea a la inteligencia), a la estabilidad afectiva en fin, donde dos cotas sobre siete son de orden psicológico.

 

Se realiza una primera selección sobre los reclutas (1), que destaca un nivel inferior.

Esta selección, subrayémoslo, no apunta a cualidades críticas y técnicas, que requiere la prevalencia de funciones de transmisión en la guerra moderna, no menos que la subordinación del grupo de combate al servicio de armas que no son ya instrumentos, sino máquinas. Lo que se trata de obtener en la tropa es una cierta homogeneidad considerada como factor de su moral.

Todo déficit físico o intelectual, en efecto, adquiere para el sujeto en el interlocutor del grupo un alcance afectivo, en función de procesos de identificación horizontal que el trabajo de Freud, evocado anteriormente, sugiere quizás, pero descuida en provecho de la identificación, si así puede decirse, vertical, al jefe.

 

Arrastrados a la instrucción, devastados por el sentimiento de inferioridad, inadaptados y fácilmente delincuentes –menos aún por falta de comprensión que en razón de impulsos de orden compensatorio, terreno fértil de raptos depresivos o ansiosos o de estados confusionales bajo el impacto de emociones o conmociones de la línea de fuego, conductores naturales de todas las formas de contagio mental -, los sujetos afectados por un gran déficit deben ser aislados como dullards, cuyo equivalente en francés da nuestro amigo el doctor Turquet aquí presente, no en el término de retraso, sino en el de lerdo. Es, dicho de otra manera, lo que nuestro lenguaje familiar llama con la palabra débilard, que expresa menos un nivel mental que una evaluación de la personalidad.

 

Entonces, al ser agrupados entre ellos, esos sujetos se muestran de inmediato infinitamente más eficaces, por una liberación de su buena voluntad, correlativa de una sociabilidad desde ese momento reforzada; hasta los motivos sexuales de sus delitos se reducen, como para demostrar que ellos representan menos una pretendida prevalencia de los instintos, que la compensación de su soledad social. Tal es al menos, lo que se ha manifestado en la utilización en Inglaterra, de ese residuo que América podía darse el lujo de eliminar. Luego de haberlos empleado en los trabajos agrícolas, se debió hacerlos pioneros, pero manteniéndolos en la retaguardia.

 

Las unidades así depuradas de sus elementos inferiores, vieron bajar los fenómenos de choque y de neurosis, los efectos de flexión colectiva, en una proporción que se puede decir geométrica.

 

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El general Ress vio la posibilidad de  aplicación de esta experiencia fundamental a un problema social de nuestra civilización inmediatamente accesible a la práctica, sin que ella otorgue nada a las escabrosas teorías de la eugenesis, y muy por el contrario, se lo ve, del mito anticipatorio del Brave New World deHuxley(2).

 

Acá encuentran su lugar de cooperación varias disciplinas de las que, por más teóricas que las consideremos alguno de nosotros, será necesario que todos se informen. Pues es con esta condición que podemos y debemos justificar la preeminencia que nos viene del uso en escala colectiva de las ciencias psicológicas. Si los psiquiatras ingleses, en efecto, lo han hecho reconocer, con un éxito sobre el cual ya tendré ocasión de volver, en el curso de la experiencia de la guerra, esto es debido, lo veremos, no solamente al gran número de psicoanalistas entre ellos, sino que todos han sido penetrados por la difusión de los conceptos y de los modos operatorios del psicoanálisis. Es, por otro lado, que disciplinas apenas aparecidas en nuestro horizonte, tales como la psicología llamada de grupo, han llegado en el mundo anglosajón a una elaboración suficiente para, en la obra de un Kurt Lewin (3), expresarse nada menos que en el nivel matemático del análisis vectorial.

 

Así en una larga entrevista que tuve con dos médicos que voy a presentarles como pioneros de esta revolución que transporta todos nuestros problemas a la escala colectiva, oí a uno de ellos exponerme fríamente que, para la psicología de grupo, el complejo de Edipo era el equivalente de lo que en física se llama el problema de los tres cuerpos, problema del cual se sabe por otra parte que no ha recibido solución completa.

Pero es de buen tono entre nosotros sonreír ante esta suerte de especulaciones, sin que por ello sea más prudente el dogmatismo.

 

También voy a intentar presentar al natural a esos dos hombres de quienes puede decirse que brilla en ellos la llama de la creación; en uno, como congelada en una máscara inmóvil y lunar, acentuada por las finas curvas de un bigote negro, y que no menos que la alta estatura y el tórax de nadador que lo sostiene, da una desmentida a las fórmulas kretschmerianas, cuando todo nos advierte de estar en presencia de uno de esos seres solitarios, hasta en sus más altas devociones, y tal como nos lo confirma en éste la hazaña en los Flanders de haber seguido bastón en mano su tanque en el asalto y, paradójicamente, forzando así las mallas del destino; en el otro, esa llama centellante detrás del monóculo al ritmo de un verbo ardiente, por adherir además a la acción, el hombre, en una sonrisa que arremanga una brocha leonada, se recomienda con gusto para completar su experiencia de analista con un manejo de hombres experimentado bajo el fuego del 17 de octubre en Petrogrado. Aquél Bion, éste Rickman, han publicado juntos en el número del 27 de noviembre de The Lancet, que por su destino como por su formato equivale a nuestra Prensa médica un artículo que se reduce a seis columnas de diario, pero que marcará una época en la historia de la psiquiatría.

 

Bajo el significativo título de “Intra-group tension in therapy, their study as the task of the group”, es decir: “Las tensiones interiores al grupo en la terapéutica, su estudio propuesto como tarea de grupo”, los autores nos aportan un ejemplo concreto de su actividad en un hospital militar, ejemplo que, esclarecido con depuramiento y, diría, con humildad perfecta, tanto la ocasión como los principios, toma el valor de una demostración del método. Reencuentro allí la impresión del milagro de los primeros pasos freudianos: encontrar en la impasse misma de una situación la fuerza viva de la intervención. He aquí Bion presa de unos cuatrocientos “pájaros” de un servicio llamado reeducación.

 

Las importunidades anárquicas de sus necesidades ocasionales: requerimientos de autorizaciones excepcionales, irregularidades crónicas de su situación, van a parecerle desde el principio como destinadas a paralizar su trabajo sustrayéndole horas, ya aritméticamente insuficientes para resolver el problema de fondo que plantea cada uno de estos casos si se los toma uno por uno. Es de esta dificultad misma que Bion va a partir para franquear el Rubicón con una innovación metódica.

 

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Esos hombres, en efecto, ¿cómo considerarlos en su situación presente, sino como soldados que no pueden someterse a la disciplina y que quedaron cerrados a los beneficios terapéuticos que de ella dependen, por la razón de que es ese mismo factor que los ha reunido?

 

Ahora bien, en un teatro de guerra, ¿qué hacer de este agregado de irreductibles que se llama una compañía de disciplina, para que la tropa marche? Dos elementos: la presencia del enemigo que suelde al grupo frente a una amenaza común, -y un jefe, a quien su experiencia en el manejo de hombres permita fijar el margen aproximado a otorgar a sus debilidades, y que pueda mantener el término por su autoridad, es decir, que cada uno sepa que una vez que él ha tomado una responsabilidad no se “desinfla”.

 

El autor es un tal jefe en quien el respeto por el hombre es conciencia de sí mismo y es capaz de sostener a cualquiera donde sea.

En cuanto al peligro común, ¿no está en esas extravagancias mismas que hacen desvanecer toda razón de la permanencia allí de esos hombres, oponiéndose a las condiciones primeras de su cura? Pero es necesario hacerles tomar conciencia de ello.

Y es aquí donde interviene el espíritu del psicoanalista, que va a tratar la suma de los obstáculos los que se oponen a esa toma de conciencia como esa resistencia o ese desconocimiento sistemático, cuya maniobra aprendió en la cura de los individuos neuróticos. Pero aquí él va a tratarla a nivel de grupo.

 

En la situación prescripta, Bion tiene más dominio sobre el grupo que el psicoanalista sobre el individuo, porque de derecho, al menos, y como jefe, forma parte del grupo. Pero es justamente lo que el grupo no percibe. Entonces, el médico deberá pasar por la fingida inercia del psicoanalista, y apoyarse sobre el único sostén que le es dado: tener al grupo al alcance de su palabra.

 

Sobre este dato, él se propondrá organizar la situación de manera de forzar al grupo a tomar conciencia de sus dificultades de existencia en tanto grupo –luego hacerlo cada vez más transparente al mismo, al punto que cada uno de sus miembros pueda juzgar de manera adecuada los progresos del conjunto-; el ideal de tal organización estará para el médico en su visibilidad perfecta, de modo que pueda apreciar en todo instante hacia qué puerta de salida se encamina cada “caso” confiado a su cuidado: retorno a su unidad, reenvío a la vida civil o perseveración en la neurosis.

 

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He aquí entonces, en pocas palabras, el reglamento que él promulga en una reunión inaugural de todos los hombres: va a ser formado un cierto número de grupos cada uno de los cuales se definirá por un objeto de ocupación, pero ellos serán enteramente remitidos a la iniciativa de los hombres, es decir, que cada uno no solamente se incorporará a su agrado, sino que podrá promover uno nuevo según su idea, con una única limitación: que el objeto mismo sea nuevo, dicho de otro modo, que no se superponga con el de otro grupo. Queda sobreentendido que está permitido a cada uno, en todo instante, volver al descanso de la cuadra ad hoc, sin que de ello resulte otra obligación que declarárselo al jefe-vigilante.

 

El examen de la marcha de las cosas así establecidas, será objeto de una reunión general que tendrá lugar todos los días a las doce menos diez y durará una media hora.

 

El artículo nos hace seguir en un progreso cautivante la primera oscilación de los hombres frente al anuncio de esas medidas que, referidas a los hábitos reinantes en el lugar, engendran el vértigo (e imagino el efecto  que ellas hubieran producido en el que fue mi servicio en Val de Grâce), luego las primeras formaciones blandas que se presentan más bien como una puesta a prueba de la buena fe del médico; pronto los hombres se prestan al juego, constituyen un taller de carpintería, un curso preparatorio para agentes de unión, un curso de práctica cartográfica, un taller de mantenimiento de coches, e incluso, un grupo se dedica a la tarea de mantener al día un diagrama claro de las actividades en curso y de la participación de cada uno, -recíprocamente el médico, tomando a los hombres por sus obras como ellos lo han tomado por su palabra, tiene pronto la ocasión de denunciarles en sus propios actos esta ineficacia, diciéndolos sin cesar que ella agrava el funcionamiento del ejército y, repentinamente, la cristalización se opera con una autocrítica en el grupo, marcada, entre otras cosas, por la aparición de un servicio benéfico que de un día al otro cambia el aspecto de las salas, a partir de ese momento barridas y limpias; por los primeros llamados a la autoridad; la protesta colectiva contra los “tiro al aire”, aprovechadores del esfuerzo de los otros, y cuál no fuera la indignación del grupo leso (este episodio no está en al artículo) el día en que las tijeras para el curso desaparecieron! Pero cada vez que se demanda su intervención, Bion, con la paciencia firme del psicoanalista, devuelve la pelota a los interesados: no castiga, no reemplaza las tijeras. Los “tiro al aire” son un problema propuesto a la reflexión del grupo, no menos que la salvaguarda de las tijeras de trabajo; a falta de poder resolverlos, los más activos continúan trabajando para los otros y la compra de las nuevas tijeras se hará con el gasto de todos.

 

Siendo así las cosas, Bion no carece de “estómago”, y cuando un vivo propone instituir un curso de danza, lejos de responder por un llamado al decoro, que sin duda el mismo promotor de la idea cree provocar, él se basa sobre una motivación más secreta que adivina en el sentimiento de inferioridad propio de todo hombre apartado del honor del combate: y pasando por alto los riesgos de la crítica, incluso del escándalo, se apoya en esa propuesta para una estimulación social, decidiendo que los cursos serán dados a la noche, después del servicio, por las graduadas de las ATS del hospital (iniciales que designan en Inglaterra a las mujeres movilizadas) y estarán reservados a los que, ignorando la danza, deban aún aprenderla. Efectivamente el curso, que se desarrolla en presencia del oficial que cumple funciones de dirección en el hospital, consuma para estos hombres una iniciación a un estilo de comportamiento que, por su prestigio, releva en ellos el sentimiento de su dignidad.

 

En algunas semanas, el servicio llamado de reeducación había devenido en sede de un nuevo espíritu que los oficiales reconocían en los hombres, en sus manifestaciones colectivas, de orden musical por ejemplo, donde entraban en una relación más familiar con ellos: espíritu de cuerpo propio del servicio que se imponía a los recién llegados, a medida que partían aquellos que habían sido marcados por su beneficio. Mantenido por la acción constante del médico animador, el sentimiento de condiciones propias de la existencia del grupo, era su base.

 

Hay aquí el principio de una cura de grupo, fundada en la prueba y la toma de conciencia de los factores necesarios para un buen espíritu de grupo. Cura que toma su valor original en comparación a diversas tentativas hechas en el mismo registro, pero por vías diferentes, en los países anglosajones.

 

Rickman aplica el mismo método en la sala de observación donde se las ve con un número muy reducido de enfermos, pero también un grupo menos homogéneo de casos. Debe entonces combinarlo con entrevistas individuales, pero es siempre bajo el mismo ángulo que son abordados los problemas de los enfermos. A propósito de eso hace esta observación, que a más de uno parecerá fulgurante: si se puede decir que el neurótico es egocéntrico y tiene horror de todo esfuerzo por cooperar, es quizás porque raras veces está ubicado en un medio donde todo miembro esté al mismo nivel que él en lo concerniente a las relaciones con sus semejantes.

 

Desafío la fórmula a aquellos de mis oyentes que viesen la condición de toda cura racional de problemas mentales en la creación de una neo-sociedad, donde el enfermo mantenga o restaure un intercambio humano, cuya sola desaparición duplica la tara de la enfermedad.

 

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Me he demorado en reproducir los detalles tan vivos de esta experiencia, porque me parecieron el núcleo de esta suerte de nacimiento, que es una mirada nueva que se abre sobre el mundo. Si algunos le objetan el carácter específicamente inglés de ciertos rasgos, les responderé que ese es uno de los problemas que es necesario someter a un nuevo punto de vista: ¿cómo se determina la parte movilizable de los efectos psíquicos del grupo? ¿Su tasa específica varía según el área cultural? Una vez que el espíritu ha concebido un nuevo registro de determinación, no puede sustraerse a él tan fácilmente.

 

Por el contrario, este registro de un sentido más claro a observaciones que se expresaban peor en los sistemas de referencia ya en uso: tal la fórmula que corre sin más reserva en las palabras de mi amigo, el psicoanalista Turquet, cuando él me habla de la estructura homosexual de la profesión militar en Inglaterra, y cuando me pregunta si esta fórmula es aplicable al ejército francés.

 

Qué sorprendente, por cierto, para nosotros, constatar que todo organismo social especializado encuentra un elemento favorable en una deformación específica de tipo individual, cuando toda nuestra experiencia del hombre nos indica que son las insuficiencias, incluso de su fisiología, las que sostienen la mayor fecundidad de su psiquismo.

 

Refiriéndome entonces a las indicaciones que he podido extraer de una experiencia parcelaria, le respondo que el valor viril, que expresa el tipo más acabado de la formación tradicional del oficial entre nosotros, me ha parecido en muchas ocasiones como una compensación de lo que nuestros ancestros hubiesen llamado una cierta debilidad ante la diversión.

 

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Seguramente es menos decisiva esta experiencia que la que tuve en el ’40, de un fenómeno molecular a escala nacional: quiero decir, el efecto macerante para el hombre de una predominancia psíquica de satisfacciones familiares, y ese inolvidable desfile, en el servicio especial donde estuve enrolado, de sujetos mal despertados del calor de las polleras de la madre y la esposa, que por gracia de las evasiones que las procuraban más o menos asiduamente en sus períodos de instrucción militar, sin que allí fueran objeto de selección psicológica alguna, fueran promovidos a grados que son los nervios del combate: de jefe de sección a capitán. El mío no me permitía acceder sino de oídas a las muestras que teníamos de la ineptitud para la guerra de los cuadros superiores. Indicará solamente que encontraba aquí en escala colectiva el efecto de degradación del tipo viril que había referido a la decadencia social de la imago paterna en una publicación sobre la familia en 1938 (4).

 

Esto no es una dirección, pues este problema del reclutamiento de oficiales es aquel en el que la iniciativa psiquiátrica ha mostrado su resultado más brillante en Inglaterra. En el inicio de la guerra, el reclutamiento empírico por el rango se mostró absurdo; se percibió muy rápidamente que se estaba lejos de poder sacar de todo excelente sub-oficial un oficial siquiera mediocre, y que cuando un excelente sub-oficial ha fracasado como aspirante a oficial, vuelve a su cuerpo en el estado de mal sub-oficial. Por otro lado, tal reclutamiento no podía responder a la enormidad de la demanda de un ejército nacional, que tenía que surgir totalmente de la nada. La cuestión fue resuelta de manera satisfactoria por un aparato de selección psicológica, y es una maravilla que éste haya podido igualarse de entrada a lo que no se realizaba antes sino al cabo de años de escuela.

 

La prueba de selección mayor para los oficiales era la primera y la más amplia; preliminar a toda instrucción especial, ella se daba durante un curso de tres días en un centro donde los candidatos eran albergados y, en las relaciones familiares de una vida en común con los miembros de su jurado, se ofrecían tanto mejor a su observación.

 

Ellos debían someterse durante esos tres días a una serie de exámenes que tendían menos a extraer sus capacidades técnicas, su cuota de inteligencia, y más precisamente lo que al análisis de Spearman nos ha enseñado a aislar en el famoso ‘factor rho’ como el pivote de la función intelectual, que a su personalidad, es decir, especialmente este equilibrio de las relaciones con otro que dirige la disposición de las capacidades mismas, su tasa utilizable en el rol de jefe y en las condiciones de combate. Todas las pruebas han estado entonces centradas en la detección de factores de personalidad.

 

Y luego las pruebas escritas, que comportan un cuestionario de antecedentes personales y familiares del candidato, -los tests de asociación verbal, que se ordenan para el examinador en un cierto número de series que definen su orden emocional, -los tests llamados de “apercepción temática” debidos a Murray, que se refieren a la significación atribuida por el sujeto a imágenes que evocan de manera ambigua un escenario y temas de tensión afectiva elevada (hacemos circular esas imágenes, por lo demás muy expresivas de rasgos muy específicos de la psicología americana, más aun que de la inglesa), y en fin, por la redacción de dos retratos del sujeto tal que pueda concebirlos como producidos respectivamente por un amigo y por un crítico severo.

 

Luego una serie de pruebas donde el sujeto es ubicado en situaciones cuasi-reales, cuyos obstáculos y dificultades han variado con el espíritu inventivo de los examinadores y que revelan sus actitudes fundamentales cuando se las tiene que ver con las cosas y los hombres.

 

Señalaré por su alcance teórico, la prueba llamada del grupo sin jefeque debemos también a las reflexiones doctrinales de Bion. Se constituyen equipos de diez sujetos aproximadamente, en los cuales ninguno está investido de una autoridad pre-establecida: les es propuesta una tarea que deberán resolver en colaboración y cuyas dificultades escalonadas conciernen a la imaginación constructiva, al don de improvisación, a las cualidades de previsión, al sentido de rendimiento –por ejemplo: el grupo debe franquear un río por medio de un cierto material que exige ser utilizado con el máximo de ingenio, previendo su recuperación después de su uso, etc. … En el curso de la prueba ciertos sujetos se destacarán por sus cualidades de iniciativa y por los dones imperativos que les habrán permitido hacerlos prevalecer. Pero lo que deberá notar el observador, no es tanto lo que aparece en cada uno de esas capacidades de conducción, sino la medida en que cada uno sabe subordinar la preocupación de hacerse valer al objetivo común que persigue el equipo y donde ella debe encontrar su unidad.

 

La cotización de esta prueba no se obtiene más que por una primera selección. Una entrevista con el psiquiatra, bajo el modo libre y confidencial propio del análisis, era propuesta a cada uno de los candidatos en el inicio del funcionamiento del aparato; a continuación estuvo, por razones de economía de tiempo, reservada sólo a los sujetos que eran señalados en las pruebas precedentes, por reacciones dudosas.

 

Dos puntos merecen ser retenidos: por una parte el fair play que respondía en los candidatos al postulado de autenticidad que supone el hacer intervenir en último término la entrevista psicoanalítica, y el testimonio más habitualmente recogido, aunque fuera de aquellos a los que se había reconocido ineptos, era que la prueba se saldaba para ellos por el sentimiento de haber vivido una de las pruebas más interesantes; por otra parte, el rol que corresponde aquí al psiquiatra, sobre lo que vamos a detenernos un instante.

 

Aunque sean psiquiatras Wittkaver, Rodger, Sutherland, Bion, los que hayan concebido, erigido, perfeccionado el aparato, el psiquiatra no tiene, en principio en las decisiones del jurado, más que una voz particular. El presidente y el vicepresidente son oficiales cheuronados [cheuronnés] elegidos por su experiencia militar. Está en igualdad con el psychologist que llamamos acá psicotécnico, especialista (5) más abundantemente representado en los países anglosajones que en los nuestros en razón del mayor empleo que se hace en las funciones de asistencia pública, de encuesta social, de orientación profesional, hasta de selección de iniciativa privada a los fines del rendimiento industrial. Había en fin, incluso sargentos, a los que era confiada la vigilancia y la conducción de las pruebas, que no participaban al menos en una parte de las deliberaciones.

 

Se ve entonces que se lo remite para concluir, a un juicio sobre el sujeto cuya objetividad busca su garantía en motivaciones ampliamente humanas, mucho más que en operaciones mecánicas.

 

*

 

Ahora bien, la autoridad que la voz del psiquiatra toma en tal concierto, demuestra qué carga social le impone su función. Solamente este descubrimiento por los interesados que lo testimonian todos de forma unívoca, y a veces para su propio asombro, obliga incluso a aquellos que no quieren concebir esta función más que bajo el ángulo limitado que define hasta el presente a la palabra del alienista, a reconocer que están en realidad abocados a una defensa del hombre, que los promueve, cualquiera sea la que tengan, a una eminente función en la sociedad. A un tal ensanchamiento de sus deberes, que corresponde según nosotros a una auténtica definición de la psiquiatría como ciencia, así como a su verdadera posición en tanto arte humano, la oposición de los psiquiatras mismos no es menor, créanlo, en Inglaterra que en Francia. Sólo que en Inglaterra ella debió ceder en todos aquellos que han participado en la actividad de la guerra, como cedió también la oposición a tratar de igual a igual con los psicólogos no médicos, de la que se puede ver en el análisis que ella resurge en un noli me tangere que se encuentra más que frecuentemente en la base de la vocación médica, no menos que en la del hombre de Iglesia y del hombre de ley. Son ellas, en efecto, las tres profesiones que aseguran al hombre encontrarse, respecto de su interlocutor, en una posición donde la superioridad le está garantizada de antemano. Por suerte la formación que nos aporta nuestra práctica, puede llevarnos a ser menos sombríos, al menos a aquellos entre nosotros que estamos bastante poco agobiados personalmente para poder sacar provecho de ella para su propia catarsis. Aquellos accederán a esta sensibilidad de las profundidades humanas que no es ciertamente nuestro privilegio, pero que debe ser nuestra calificación.

 

Así el psiquiatra no tendrá solamente un lugar honorable y dominante en las funciones consultivas, tales como las que acabamos de evocar, sino que se le ofrecerán vías nuevas que abran experiencias como las del area psychiatrist. Esta función, inaugurada también en el ejército inglés, puede traducirse como la del psiquiatra agregado de la región militar. Liberado de toda obligación de servicio y ligado sólo a las autoridades superiores, él tiene por función encuestar, prever e intervenir en todo lo que, en los reglamentos y las condiciones de vida, interesa a la salud mental de los movilizados en un distrito determinado. Es así que los factores de ciertas epidemias psíquicas, neurosis de masas, delincuencias diversas, deserciones, suicidios, han podido ser definidos y contenidos, y que todo un orden de profilaxis social aparece posible en el porvenir.

 

Una tal función tendrá sin duda su lugar en la aplicación del plan Beveridgeque preconiza, señalémoslo, una proporción del espacio calificado para el tratamiento de los casos de neurosis, igual al 5% de la hospitalización general, cifra que supera todo lo que ha sido previsto hasta aquí para la profilaxis mental. Rees, en el libro al que nos referimos constantemente, ve en la función del area psychistrist, en tiempo de paz, cubrir una región de 50 a 75.000 habitantes. Sería de su dominio todo lo que, en las condiciones de subsistencia y las relaciones sociales de la población, puede ser reconocido para influir sobre su higiene mental. Es posible, en efecto, argumentar además sobre la psicogénesis de los trastornos mentales, cuando la estadística una vez más ha manifestado el sorprendente fenómeno de la reducción por la guerra de casos de enfermedades mentales tanto en lo civil como en lo militar. Fenómeno que no ha sido menos neto en Inglaterra donde se ha manifestado inversa y contrariamente a los efectos presumidos de los bombardeos sobre la población civil. Se sabe que las correlaciones estadísticas del fenómeno no permiten, aun en el examen menos prevenido, relacionarlo a alguna causa contingente tal como la restricción del alcohol, régimen alimenticio, el mismo efecto psicológico de la ocupación extranjera, etc…

 

El libro de Rees abre por otro lado, una curiosa perspectiva sobre el pronóstico sensiblemente mejor de las psicosis cuando ellas son tratadas en las condiciones notablemente menos aislantes que constituyen el medio militar. (6)

 

*

 

Para volver a la contribución de la psiquiatría en la guerra, no me extenderé en las selecciones especiales de las que eran objeto las tropas de choque (comandos), las unidades blindadas, la R.A.F., la Royal Navy. Estas, que habían sido organizadas en una época anterior sobre la base de las medidas de agudeza sensorial y de habilidad técnica, debieran completarse también con calificaciones que incumben al psiquiatra. Pues cuando se trata, por ejemplo, de confiar a un piloto un aparato que están en el orden del millón de libras, las reacciones típicas como la de “fuga hacia delante”, toman todo su alcance en cuanto a los riesgos, y las exclusivas doctrinales asentadas por los alemanes no les han impedido recurrir, para detenerlos, a las investigaciones psicoanalíticas que habían hechos sus pruebas.

 

Igualmente el psiquiatra se ha encontrado presente en todas partes sobre la línea de fuego, en Birmania, en Italia, al lado de los comandos, como sobre las bases aéreas y navales, y en todas partes su crítica se ejerció sobre los nudos significativos que revelaban los síntomas y los comportamientos.

 

Los episodios de depresión colectiva aparecieron muy eclécticamente en los comandos que habían sido objeto de una selección insuficiente, y no haré más que evocar a ese joven psiquiatra que, para reunirse con las unidades de paracaidistas a las que debía seguir en el frente de Italia, llevaba en su reducido equipaje de aviador el libro de Melanie Klein, que lo había iniciado en la noción de los “malos objetos” introyectados en el período de los intereses excrementicios y en el, aun más precoz, del sadismo oral: concepción que se mostró muy fecunda para la comprensión de sujetos ya situados psicológicamente por su reclutamiento voluntario.

 

El honor de los puntos de vista psicoanalíticos no fue menor en la guerra pasada para la obra de reclasificación en la vida civil de los prisioneros de guerra y de los combatientes de ultramar.

 

Se destinó a esta obra un cierto número de centros especiales, uno de los cuales, instalado en la residencia señorial de Hartfield, residencia del Marqués de Salisbury aun, conservada pura en su arquitectura original por no haber salido desde su construcción en el siglo XVI de la familia de los Cecil, fue visitada por mí en una de esas radiantes jornadas que ofrece a menudo, y aquel año con una generosidad particular, el octubre londinense. Me permitieron pasearme a gusto durante bastante tiempo para convencerme de la entera libertad que gozaban los albergados, libertad que se mostraba compatible con el mantenimiento de cuadros antiguos en una sala grande como la Galería de los Espejos, que servía de dormitorio, no menos que con el respeto del orden en el comedor donde, invitado, pude constatar que hombres y oficiales se agrupaban según su elección a la sombra de una impresionante guarda de armaduras.

 

Pude entrevistarme con el mayor Doyle, al que me presenté a mi llegada, y con su equipo médico; relataré de él sólo en dos palabras, que el problema esencial acá será el de la reducción de los fantasmas que han tomado un rol prevalente en el psiquismo de los sujetos durante los años de alejamiento o de reclusión –que el método de tratamiento que animaba el centro, se inspiraba totalmente en los principios del psicodrama de Moreno, es decir de una terapéutica instaurada en América y que es necesario ubicarla también en las psicoterapias de grupo, de filiación psicoanalítica. Indiquemos solamente que la catarsis es obtenida en los sujetos, incluso y particularmente en los psicóticos, permitiéndoles abreaccionar a través de un rol que se les hace asumir en una escenificación parcialmente librada a su improvisación.

 

Igualmente meetings de discusión, libres o dirigidos, ateliers de ensayos de todo tipo, libertad absoluta en el empleo de su tiempo (mi primer descubrimiento de los lugares me había hecho admirar que algunos se complacieran en pasearse entre las chimeneas y las aristas agudas de un tejado digno de la imaginación de Gustave Boré), visitas a fábricas o charlas sobre los problemas sociales y técnicas del tiempo presente, -serán la vía que permitirá a tantos sujetos volver de evasiones imaginarias hacia el oficio de encargado de un “pub” o hacia alguna profesión errante y retomar el camino del empleo anterior. Los consejos calificados de asistentes sociales y de consejeros jurídicos no les faltarán para reglar las dificultades profesionales y familiares. Para juzgar la importancia de la obra, baste decir que el 80% de los hombres de las categorías anteriormente mencionadas eligieron libremente pasar por esta reclusión, donde su permanencia, abreviada o prolongada según su pedido, es en término medio para seis semanas.

 

Al fin de mi visita, el retorno del director, el coronel Wilson, me dio la satisfacción de oír palabras que me hicieron sentir que en el plano social la guerra no deja a Inglaterra en ese estado, del que habla el Evangelio, de Reino dividido.

 

*

 

Así la psiquiatría ha servido para forjar el instrumento por el cual Inglaterra ha ganado la guerra. Inversamente, la guerra ha transformado la psiquiatría en Inglaterra. En este como en otros dominios, la guerra se mostró gestadora de progreso en la dialéctica esencialmente conflictiva que parece caracterizar a nuestra civilización. Mi exposición se detiene en el punto en el que se descubren los horizontes que nos proyectan en la vida pública, hasta, ¡oh horror!, en la política. Sin duda encontraremos allí objetos de interés que nos resarcirán de esos apasionantes trabajos del tipo “dosificación de productos de desintegración ureica en la parafrenia fabulante”, productos inagotables del snobismo de una ciencia postiza donde se compensaba el sentimiento de inferioridad que dominaba ante los prejuicios de la medicina, con una psiquiatría actual y ya cumplida.

 

Desde el momento en que se entra en la vía de las grandes selecciones sociales y que, adelantándose a los poderes públicos, poderosas organizaciones privadas como la Hawthorne Western Electric en los Estados Unidos los han puesto en marcha para su beneficio, ¿cómo no se ve que el Estado deberá acudir ahí en beneficio de todos y que ya en el plano de una justa repartición de los sujetos superiores, tanto como de los dullards, se puede evaluar en el orden de los 200.000 trabajadores las unidades sobre las cuales deberán apuntar las selecciones?

 

¿Cómo no se ve que nuestra asociación con el funcionario, con el administrador y el psicotécnico, está inscripta ya en organizaciones como las llamadas child guidance en los Estados Unidos y en Inglaterra?

 

Que no se confunda nuestro asentimiento a esto con un pseudorrealismo siempre en busca de una degradación cualitativa.

En ningún momento de las realizaciones que proponemos como ejemplo, hemos podido olvidar la alta tradición moral de la que ellas han permanecido impregnadas. A todas presidió un espíritu de simpatía por las personas, que no está ausente de esta segregación de los dullards, donde no aparece ninguna caída del respeto a todos los hombres.

 

Baste recordar que a través de las más estrictas exigencias de una guerra vital para la colectividad y el desarrollo mismo de un aparato de intervención psicológica que ahora es ya una tentación para el poderío, el principio del respeto a la objeción de conciencia ha sido mantenido en Gran Bretaña.

 

A decir verdad los riesgos que comporta un tal respeto por los intereses colectivos, aparecieron en la experiencia reducidos a proporciones ínfimas y esta guerra ha demostrado suficientemente, pienso, que no es a causa de una exagerada indocilidad de los individuos que vendrán los peligros del futuro humano. Está claro desde entonces, que los oscuros poderes del superyo se unen con los abandonos más cobardes de la conciencia para llevar a los hombres a una muerte aceptada por las causas menos humanas, y que todo lo que parece como sacrificio no por ello es heroico.

 

Por el contrario, el desarrollo de los medios de acción sobre el psiquismo (7), un manejo concertado de las imágenes y las pasiones, de las que ya se hace uso con éxito contra nuestro juicio, nuestra resolución, nuestra unidad moral, crecerá en este siglo y dará lugar a nuevos abusos de poder.

 

Nos parecería digno de la psiquiatría francesa que a través de las tareas mismas que le propone una país desmoralizado, ella sepa formular sus deberes en términos que salvaguarden los principios de la verdad.

 

*

 

DISCUSION:

 

El doctor BONNOME, Presidente, saluda a nuestros invitados: el mayor Turquet del Ejército Británico, destacado junto al Ejército francés y el profesor Bermann Delegado de la Argentina en la Sección de Medicina e Higiene de la O.N.U. Agradece al doctor Lacan por su brillante conferencia y abre la discusión.

 

El mayor TURQUET: Fueron los médicos del Ejército quienes, desde el Consejo Superior de la Guerra (Army Council), donde él tenía su sede en 1935, han rechazado un proyecto de selección del Reclutamiento. Durante las hostilidades hubo que luchar para hacer del psiquiatra un adjunto al Comando, un oficial del Estado Mayor. El rol del psiquiatra como se les acaba de exponer, se ha mostrado particularmente eficaz. En Birmania por ejemplo, se vio al psiquiatra adjunto al Comando, en el escalafón divisionario, dar el consejo de no utilizar tal o cual batallón porque esas unidades de refuerzo manifestaban una integración psicológica insuficiente a los grupos ya enrolados. Conviene acentuar el hecho de que hayan sido igualmente los psiquiatras quienes inspiraron y dieron impulso a la propaganda política en el Ejército. Gracias a ellos, en efecto, un periódico bimensual de informaciones sobre los asuntos políticos mundiales, otorgó al soldado, con una idea de los fines de la guerra, el sentimiento de que él se batía por esos fines de los cuales era moral y políticamente solidario.

 

Debo insistir sobre el rol principal que han jugado los psicoanalistas en las investigaciones y en las medidas relativas a la moral del Ejército.

 

El psiquiatra deviene cada vez más un médico social y debe aplicarse al estudio de fenómenos políticos como el fascismo. Los trabajos de Bion sobre los conflictos del individuo y del grupo, y las aplicaciones concretas de los trabajos de Melanie Klein, deben servir de modelo. Nosotros hemos tratado de hacer un ejército democrático, donde el jefe represente una función dependiente de las necesidades del grupo. Se puede decir que su permanencia ha nacido del grupo. Por eso en nuestro país, cuando las necesidades del grupo cambian, se recurre a jefes distintos. El análisis freudiano de la función del jefe, como representante de la necesidad “de buen padre”, responde a una relación inconsciente que prevalece aun en el sentimiento del militar. Se trata de utilizar esa función en intenciones más elaboradas. Ciertas perspectivas originales aportadas por la Psicología de Grupo han podido ser utilizadas, y particularmente, las orientaciones de Kurt Lewin sobre las relaciones entre la calidad de la inteligencia y aquellas condiciones que se pueden llamar “topográficas” del medio exterior.

 

El profesor BERMANN: Me permito insistir en el contraste entre el borramiento de la psiquiatría inglesa en la guerra precedente y el verdadero resurgimiento, la verdadera renovación que ella ha mostrado en ésta. Esta renovación no partió ni de los neurólogos, ni de los médicos de asilo, ni siquiera, en general, de las esferas oficiales, sino de los psicoterapeutas y de aquellos que se interesaban en la psicogénesis. Mi visita en 1938 al doctor REES, quien era entonces Director de la Tavistock Clinic, me había permitido apreciar el carácter privado de esta clínica (carácter que ella compartía con la mayor parte de los Hospitales ingleses, hasta la Reforma producida por la guerra misma), y el medio tan vivo que ella constituía.

 

La teoría psicogenética se desarrolló considerablemente bajo la presión de los acontecimientos. Se sabe que estudios notables han podido ser hechos sobre las úlceras psicogenéticas. Recuerdo el interés doctrinal que presenta “el síndrome del esfuerzo” descripto por D. COSTA en el curso de la guerra civil americana, los informes publicados en el BRITISH MEDICAL JOURNAL OF MENTAL DISEASE y la discusión en la ROYAL MEDICAL ASSOCIATION sobre ese síndrome: la demostración por el profesor LEWIS, del Maudslay Hospital, sobre el origen psicogenético de ese síndrome en más del 90% de los casos.

 

Estimo que conviene dar un mayor desarrollo a la indicación del sentido sociológico en el que se orienta la nueva psiquiatría, solicitada por el problema actualmente planteado de la salud moral de las Naciones, tal como se encuentra presentado en el Preámbulo de la O.M.S., Sección de la O.N.U.

 

En fin, que me sea permitido subrayar al pasar, el valor de ciertos estudios de psicólogos y psicoanalistas, como el Coronel Th. WILSON, sobre la mentalidad nazi.

 

El doctor BOREL: No puedo experimentar sino simpatía por la nueva orientación que la psiquiatría habrá encontrado en la guerra. No puedo sino aprobar la mayor parte de las tesis que han sido expuestas, pues también desde mi propia experiencia hospitalaria, los acontecimientos han modificado en una notable proporción el número de psicosis y aun de psicosis orgánicas.

 

El doctor H. EY: He estado extremadamente interesado por todo lo que me ha hecho ver el conferenciante. Lo habría estado todavía más si hubiera podido hacernos penetrar de una manera más concreta en la Psicoterapia de Grupo. Otorgo igualmente un gran interés a todos esos estudios de Psicotécnica, conducidos en el Ejército británico, bajo la dirección de hombres como REES y TURQUET. Dicho esto, la imagen que se perfila detrás de una cierta concepción social de la Psiquiatría, no me satisface. Lejos de reconocer allí un progreso para la Ciencia Psiquiátrica, estoy más inclinado a ver en ello los signos de su disolución –peso bien mis palabras- en la banalidad y, en cierto sentido, en la normalidad. Extendiendo indefinidamente el objeto que ella pretende abarcar, la Psiquiatría corre el riesgo de no abarcar aquél que le es naturalmente propio. La Psicosociología y todos los objetos a los que ella apunta, las interacciones individuales, la tensión colectiva de un grupo, su organización y sus variaciones, sólo me parece asimilable a la función del psiquiatra si el objeto mismo de la Psiquiatría está fundado en la naturaleza social de la “enfermedad mental”. Y me inscribo contra tal concepción.

 

Esta condición no me impide admitir que, frente a la carencia de un verdadero espíritu concreto de los Psicosociólogos profesionales, la tarea que ellos deberían asumir de derecho, nos incumbe de hecho. Pero de esto debemos ser conscientes. Acabo de vivir la experiencia del rol que puede jugar el médico, por añadidura psiquiatra, en la vida de una Unidad. Sobre ella me fundaré para hacer algunas reservas sobre la eliminación sistemática de los psicópatas. Me ha sido dada la sorpresa de ver varios hombres, aún oficiales, que por ineptos que me hayan parecido psiquiátricamente, se han conducido útil y admirablemente en la línea de fuego.

 

El doctor BONNAFE: Me agrada reconocer la convergencia de las realizaciones que acaban de sernos expuestas con las perspectivas doctrinales y los planes de reconstrucción, de los que, con numerosos colegas de hospitales psiquiátricos, me hice defensor, por una definición social del hombre enfermo y por una reforma radical de la cura asilar. Los psicólogos, por la maduración actual de su ciencia, han sido llevados al mismo punto de su reflexión por una experiencia análoga, experiencia de grupos que, muy diferentes en valor y estructura, tienen esto en común: realizar formas sociales firmes y fuertes, con “aristas vivas”, lugares de experimentación elegidos por una psicología digna de ese nombre.

 

Para responder a lo que acaba de decir el señor EY subrayo que no se trata de dar a los psiquiatras el gobierno del mundo, sino solamente hacer oír su consejo a los que los gobiernan. Así con DAUMENZON, hemos podido dar recientemente, nuestra opinión sobre el proyecto de reforma de la función pública, del que diversos capítulos podían parecer, sin embargo, escapar a nuestra competencia. A propósito de la palabra banalidad, empleada recién, no hay descubrimiento científico que no haya partido de una nueva forma de considerar la banalidad. La realidad asilar, cuando reflexiono sobre ella, no me parece en todo el relieve de su estructura social, tan banal.

 

Me interesa en el más alto grado, la prolongación que tendrán en la paz las funciones sacadas de la guerra, los equivalentes civiles que han sido realizados y, en fin, las incidencias de la Psicoterapia colectiva en la práctica hospitalaria civil.

 

El doctor MINKOWSKI: Por importantes que sean los factores sociales de los problemas mentales, ellos son, sin embargo, una estructura mórbida propia. Y a riesgo de parecer reaccionario, estimo que la Psiquiatría debe guardar de comprometerse demasiado en una pura Sociología.

 

El doctor SHILLER: Me parece evidente que el término Psiquiatría implica la noción de enfermedad.

 

El mayor TURQUET: Una orientación preventiva de la medicina no podría descuidar, ni el problema de lo normal, ni el problema de lo social, y tampoco desconocer el origen psicogenético de los problemas mentales. En Inglaterra, hemos realizado nuestra tarea con los sociólogos y los psicólogos, de los cuales muchos no tenían sino poca experiencia en las enfermedades.

 

El doctor BINOIS (invitado): Bajo el doble título de Psicólogo Universitario y de Psicólogo habiendo cumplido las funciones propias del psiquiatra, me siento inclinado a hacer la crítica de la primera formación en beneficio de la segunda. Habría que establecer dos categorías de psiquiatras, aplicadas a funciones diferentes. Sin duda, se trata en el sector aquí encarado, de un campo de experiencia que plantea el problema de lo normal. Son los psiquiatras los que han descifrado ese problema, ellos han aportado la doctrina, a ellos corresponde aplicarla.

 

El doctor SENGES: Creo, como se ha dicho recién, que lo esencial de nuestra misión es estudiar la psicopatología de los enfermos, por lo cual ella se distingue de los comportamientos humanos normales.

 

El doctor MINKOWSKI: Si puedo aportar una nota de humor a este debate, y para hacer eco a lo que ha dicho Binois, recordaré la historia de la respuesta que se han ganado ciertos consejeros psicológicos cuando, frescamente nombrados, fueron a tomar contacto con un profesor de Psicología de la Universidad: “Yo no he enseñado jamás a mis alumnos –les dijo- nada que haya podido tener una aplicación práctica.”

 

El profesor BERMANN: Insisto aún sobre el carácter positivo del nuevo desarrollo de la psiquiatría. Podemos comparar la posición de la Psiquiatría tradicional a aquella de la tisiología antes de Laennec.

 

El doctor SCHIFF: Me parece útil evocar en esta discusión, los trabajos de la Sociedad de Psicología Colectiva creada en 1936 por ALLENDY, BATAILLE, A. BOREL, LEIRIS y yo mismo, así como la existencia desde 1935 en los Estados Unidos, de una revista de Psicología Social. No podría admitir con el profesor BERMANN, que se utilicen datos del Psicoanálisis para caracterizar ciertos movimientos políticos. Tales perspectivas sostienen abusos de los que todas las partes se han mostrado generosas hacia sus adversarios. Sin demorarme en el carácter temerario de la mayoría de las “Patografías”, sean las de FLAUBERT o las de J.J. ROUSSEAU y en la inadaptación manifiesta de nuestra Ciencia Psiquiátrica y Caractetológica al hombre de genio, no puedo dejar de evocar algunos hechos, como el artículo del profesor Adalbert GREGOR, -aparecido en la Revista Alemana de Higiene Mental de 1936-, donde se lee que un comunista había debido ser transferido al anexo psiquiátrico de la prisión “por manifestar este signo evidente de locura de no comprender, a pesar de todas las exhortaciones, hasta qué punto sus opiniones eran incompatibles con el orden del III er. Reich…”

 

El doctor LACAN: Agradezco a los que han querido dar su asentimiento como a los que han sido mis contradictores, por sus observaciones y objeciones. Deseo afirmar nuevamente la concepción unitaria, que es la mía, en Antropología. A las objeciones de principio que se han levantado contra el rol del psiquiatra durante la guerra, respondo con un “E pur si muove”, declinando que se dé a mi exposición otro sentido u otro mérito.

 

 


 

Notas:

 

(1) Remarquemos al pasar que en Inglaterra así como el agente de policía precede, en tanto que representante de la autoridad civil, todo desfile de tropas en la vía pública, el Ministerio de Trabajo es quien tiene el rol de nuestro consejo de revisión y decide acerca de aquellos ciudadanos que serán reclutados por el ejército.

(2) Así somos llevados hacia un terreno donde mil investigaciones detalladas hacen aparecer rigurosamente –gracias a un uso de la estadística que no tiene, hay que decirlo, nada que ver con lo que el médico designa bajo ese nombre en sus “comunicaciones científicas”-, toda suerte de correlaciones psicogenéticas que ya son interesantes en el nivel de las más simples, como la curva de correlación creciente y continua de la sarna y de las pulgas, con el decrecimiento del nivel mental, pero que toman un alcance doctrinal cuando permiten referir precisamente a una inadecuación del sujeto a su función, o una mala ubicación social, una afección gastrointestinal, que el lenguaje ahí designa aproximadamente como “dispepsia del reenrolado”.

(3) Nota S.R.: ref.Teorías Contemporaneas del Aprendizaje, Winfred F. Hill, Editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1974. “El grupo es para Lewin un campo de fuerzas que interactúan entre sí, cada una de estas fuerzas tiene su magnitud y su dirección. Se puede evaluar por medio de esta técnica, en forma matemática el resultado de la interacción de estas fuerzas. Es un proceso complicado que para implementarlo hay que leer los libros de Kurt Lewin, donde él explica la técnica. Las valencias son el valor de las fuerzas negativas, lo que el individuo rechaza y las positivas que son las metas que desea alcanzar. El interjuego de esas fuerzas hace a la cohesión o desintegración de un grupo. Esa dinámica (que significa movimiento de fuerzas) le dará al grupo sus características. Se podría decir que el equilibrio de fuerzas es lo que produce la cohesión del grupo, y los desequilibrios tienden a desintegrarlos. Cuando uno de los integrantes del grupo lo desequilibra, el resto trata de hacer equilibrio, aportando la valencia que haga falta”.

(4)Cf. “La familia. El complejo, factor concreto de la patología familiar”. (N. del R.T.)

(5) Esos “social workers”, como se los designa aunque tienen un status social bien definido en Inglaterra, siendo sin embargo menos numerosos que en los Estados Unidos. Su multiplicación en las condiciones de formación abreviada, impuesta por la guerra, debe plantear ahora el problema de su reabsorción.

(6) Señalemos al pasar las estadísticas donde dos practicantes ingleses no psiquiatras han manifestado la correlación entre úlceras pépticas y duodenales y las áreas de bombardeo aéreo.

(7) Hay un “dossier” del Psychological Warfore que, pensamos, no será publicado tan pronto.

 

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Texto extraído de “La Psiquiatría inglesa y la guerra”, Jacques Lacan, Cuadernillo Nro 10, Mayéutica Institución Psicoanalítica, Buenos Aires, Argentina.

Edición original: Evolution psychiatrique, París, 1947, Nro 1, págs. 293-318.

Traducción: Silvia R. Yabrowski, Enrique A. Alter, Claudio Godoy.

Revisión técnica: Luis Lisjak.

Corrección del texto: Cecilia Falco.

Selección y destacados: S.R.

 

 

Con-versiones agosto 2009

  

 

 

 

        

 

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