Como hablan los ángeles
(el cuerpo en la posmodernidad -I-)
Gerard Pommier
Nota preliminar: ya lo sabemos y lo sabemos porque lo sentimos, lo sentimos cada vez que se hace la pantalla frente a nosotros. Y las pantallas son muchas y no están localizadas. A cada instante aparecen, estamos rodeados por pantallas, por telones donde se proyectan las imágenes, las imágenes que nos harán desear orientadamente, disciplinadamente, interesadamente. No hay nada más ordenador que los deseos en común o hacer común los deseos. ¿Es un proyecto político? Ni siquiera: es un sistema que funciona. Un sistema que funciona con sus macro y microdispositivos sin que nadie lo maneje. Funciona solo. En automático.
La vacuidad de los mensajes y la importancia de las pantallas en nuestras vidas hace que no tengamos nuestro cuerpo, que tengamos ideales de cuerpo, producto mixto entre la imagen publicitaria, los guiones cinematográficos o televisivos y los programas de computación. Reenvío contínuo de imágenes que intentan alcanzar nuestra conciencia para interesarnos, para "motivarnos" (ya se está implementando el 'neuromarketing'). El cuerpo se vacía de sus palabras, de sus posibles singularidades, lo que nos haría ser se diluye en hologramas de fantasía y realidad consumidora. El cuerpo mudo mira y espera. Espera satisfacción. Un sueño humano: dejar el cuerpo -recuerdo a futuro de nuestra disolución- se alía a la perennidad de las superficies pulidas de las pantallas para ser. Una nueva forma del viejo narcisismo. Hoy Narciso se ahogaría en una pantalla de T.V. o de computadora sin querer saber nada del mundo y es lo que está efectivamente sucediendo en ciertos países con ciertos segmentos poblacionales urbanos.
Sergio Rocchietti
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En la Edad Media, la escolástica debatía largamente sobre el lenguaje de los ángeles: dado que eran puro espíritu, ¿por qué se comunicarían, si eran transparentes y claros, sin reservas, cautelas o reticencias entre ellos? Sus pensamientos íntimos se exteriorizan enseguida: "El habla del ángel es solamente interna: por lo tanto es idéntica a su pensamiento", escribía san Buenaventura. Autista, el ángel no habla, le basta con soñar para ser comprendido. A comienzos de su tratado Sobre la elocuencia ordinaria, Dante niega la existencia del lenguaje de los ángeles: "Ya que los ángeles, para manifestar su gloriosa concepción poseen una muy pronta e inefable capacidad del intelecto, gracias a la cual un ángel se hace conocer totalmente por otro, o bien por sí mismo o bien por ese espejo resplandeciente en el que se reflejan todos en toda su belleza y se contemplan con todos sus deseos, parece que no necesitaran de ningún signo del lenguaje". Los ángeles se comunican gracias al espejo del mismo Dios y ese espejo mudo es, por lo tanto, más fuerte que aquellos a los que refleja. Asimismo, si los ángeles de la posmodernidad se hablan gracias al espejo de la computadora, la máquina es más fuerte que cada uno de los que hace comunicarse.
La máquina es, en primer término, el procesamiento de las palabras, su trituración, su martilleo. En otras épocas, los mensajes importantes se estampaban en piedras y de esa manera quedaban grabados para la eternidad. Ahora de nuevo se puede escribir un texto, estamparlo, procesarlo: las letras se trituran en la computadora igual que con un buril. Escribir a mano la linealidad de las palabras enteras era demasiado excitante. Hoy, se esculpe, después se envía, ¡arriba! Se fue. Una gran red nos une. "Internet" entusiasmó y también provocó una especie de escándalo. Como si este medio de comunicación significara entregarle el alma al diablo. ¿Pero por qué esta fuente de información práctica tendría que provocar desconfianza, si la mayoría de sus usuarios sólo la usan de tanto en tanto con fines utilitarios y sin que esto haga que entren en un mundo virtual?
Lo que pasa es que esta red cae en la hora de los ángeles y da cuenta de maravillas del sueño de desembarazarse del cuerpo. Ahora que nos hablamos en tiempo real, que nos comunicamos con claridad, que nos pegamos piel contra piel en la pantalla, ya está. El cuerpo demasiado pesado se fue volando. La hostia electrónica nos conecta con el todo, el todo uno, somos nosotros. Y ahora que uno está allí, ya no necesitamos las amarras del cuerpo: se acabaron los libros, ya no se necesita el arte, que te habla en tu ausencia, que me habla en mi propia ausencia a mí y que me hacía más grande que yo hasta ahora. Los nuevos sistemas de comunicación no tienen ideología. Sin embargo, llevan a cabo una que no hacía otra cosa que esperarlos.
World Wide Web. Un cuerpo grande como el mundo, tan grande que termina con el cuerpo, que se disuelve, desaparece en las incontables conexiones de la red, a resguardo de cualquier espejo. ¿Es moderno? No realmente: esa virtualidad del sueño estaba en potencia desde hace tiempo. Cuando nos conectamos, la irreductible alteridad de la apariencia desaparece y el alma encarcelada en el reflejo se libera. El cuerpo que desaparece se reúne: lo que siempre quiso era ser puro espíritu. Los ángeles pueden palparse de lejos y reconocerse, separados del peso de las miradas. Nosotros también podemos hacer como ellos: el lenguaje electrónico le da a nuestro cuerpo la misma ligereza. En tanto ángel, escapa finalmente del riesgo del habla in praesentia: "Cuando te hablo, mi cuerpo se vacía. Cuando me callo, crece desmesuradamente. Si me miras, se hincha y me molesta. ¡Si solamente pudiera hablarte sin la molestia de la mirada! ¡Te diría que sí a todo! ¡Yo también te voy a encontrar en tu propia ausencia!"
¿Qué es hablar? A pesar de uno, eso se produce en presencia de otro cuerpo, de su acontecimiento. Uno ni siquiera estaba pensando en eso, no sabíamos qué íbamos a decirle y entonces, las palabras empezaron a encadenarse. La presencia del otro al lado mío provocó una ruptura en el espacio‑tiempo, un aire gracias al cual me llegaron las palabras. A los ángeles no les pasa esto. Cuando se hablan en ciberlengua están tranquilos, protegidos por la distancia y el espesor de sus computadoras. La máquina deja pasar las palabras sin problemas: está hecha para eso, para acelerarlas, para hacer circular tu pensamiento, pasando de la velocidad,del sonido a la de la luz. Sí, los ángeles están tranquilos: sus cuerpos descontaron el pensamiento con esa rapidez de la luz y hasta pierden la sombra. Pero, entonces, ¿hacia quién vuelan, qué roban, esas veloces palabras? Vuelan hacia un cuerpo que ahora se imagina solamente, un cuerpo al que solamente nos contentamos con pensar, que ya no forma un hueco. Roban este cuerpo al volar hacia él. No hay otra cosa que diferencie ese lenguaje traslúcido del de los ángeles.
Los humanos hablan, decía también Dante, porque son opacos, están sujetos a la mentira y son sujetos de la mentira: "El hombre no puede, como el ángel, penetrar al otro a través de una visión espiritual, ya que el espíritu humano está velado por el espesor y la opacidad del cuerpo mortal". El ángel tendría que ser feliz porque sabe todo de sus hermanos, pero ¿también será feliz si sus hermanos saben todo de él? El saber, entonces, se vuelve perseguidor para el ángel, y, también en este caso, se nos parece. En los libros y en las computadoras está consignado el detalle de nuestras moléculas y nuestros genes liberan poco a poco las potencialidades de nuestros actos que, por consiguiente, dejan de serlo. Lo programado escapa de la libertad. Estamos fuera de nosotros en ese saber que erradica el alcance de nuestros actos. Esta ausencia de secretos desfavorece a los que, así, se convierten en ángeles del mal. ¿Cómo los ángeles posmodernos no iban a sentirse perseguidos y violentos si se pretende que se sabe todo sobre ellos? Según san Buenaventura, el habla solamente agrega al pensamiento un acto, que lo exterioriza. ¿Pero si conocemos este pensamiento, para qué comunicarlo?
Para que el habla tenga sentido, ‑es necesario que revele algo que el interlocutor todavía no conoce. Duns Escoto escribía que si los ángeles intercambiaban sus pensamientos aunque no fuese necesario, era porque "sin expresión, no sería conocida por ese conocimiento llamado audición". Para el doctor Subtil, un sujeto manifestaba de esta manera su presencia a otro sujeto: era una manera de significar que estaba ahí, con él, así como podemos hablarle a Dios sin revelarle nada, a él que todo lo sabe.
Si los ángeles se comunican, manifiestan a través de un acto su atenta presencia a uno de sus semejantes, que ya conoce el contenido del mensaje, que es transparente para él. Lo mismo sucede con nosotros cuando hablamos y no nos decimos nada nuevo, pero eso pasa porque somos vos y yo; yo te hablo sólo para que sepas que me estoy dirigiendo a ti. ¿Pero eso sigue pasando ahora? Ahora la vacuidad de los mensajes tiene un sentido totalmente diferente: no es porque, como los ángeles escolásticos, sepamos todo y tengamos que mostrarle a alguien el amor que sentimos por él. Es porque nuestra habla dejó de tener consecuencias: queda invalidada todos los días por la maquinaria del saber virtual que cae sobre nosotros. Aunque tenga un mensaje, el habla pierde su peso y, como los ángeles, nuestra apariencia es como la de los autistas. Lo que decimos no cambia en nada un saber que sabe por nosotros. Cuando no éramos ángeles y hablábamos, esa mediación de palabras paliaba la pesadez de nuestro cuerpo: el espacio, el tiempo, el signo, la discursividad daban cuenta de nuestra imperfección en relación con los ángeles. Estas sustracciones se evaporan de golpe si nuestra habla no es más un acto. El acto de habla se destruye en los medios que lo llevan a cabo. Escuchá a tu alrededor, en el subte, en el café: conversaciones enteras que buscan resolver problemas técnicos de comunicación del mensaje y que se volvieron el mensaje. El relato se reabsorbe en sus posibilidades de producción. La conversación termina y no se dijo nada.
La chispa del ciberespacio muestra cómo se angeliza un cuerpo en la práctica: lo manda derecho a la dimensión en la que ya estaba en la práctica. El universo de los vivos está duplicado con demonios descarnados que se hablan por encima de nuestras cabezas, a través nuestro, sin nosotros: somos nosotros. Los ángeles son reales; son ese cuerpo de carne que era virtual y se esforzaba sin cesar por actualizarse a golpe de síntomas y de pasaje al acto. Ahora se terminó. Que descanse en paz ante las pantallas.
Ciber nos devela un misterio sobre lo que nos une a los demás. Nos muestra que estábamos conectados en el saber por un poder maquinal; que, desde siempre, estábamos conectados a un espacio virtual cuya importancia nos muestra. Delante nuestro siempre hubo algo virtual que teníamos que actualizar. Lo virtual era el combustible que nos animaba. Ahora lo virtual está a nuestra disposición gracias a la máquina: nos dirige como el espejo de Dios a los ángeles.
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Con-versiones julio 2009
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