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Tema Psicoanálisis    Ver todas las notas de esta sección

 

El síntoma y el saber (selección)

 

Maud Mannoni

 

 

Arriesgamos (porque lanzamos hacia) en lo que sigue un texto que se hace con fragmentos y eso tiene sus riesgos, rasgos del corte. Trozamos e incluímos entre. Entre los textos insertamos textos (glosas, comentarios, diálogo, de sordos porque no nos escuchan, por supuesto, los textos. He aquí la propuesta: tejer con tejidos (de otros). Un ensayo, una caída y de vuelta a las letras. Las letras envían y reenvían, menos mensajes, más solicitudes. Un ensayo. Una caída. Una vuelta.

S.R.

 

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Págs. 14/15:

 

Mis dos primeros pacientes se transformaron en una parte decisiva de la orientación que a partir de entonces di a mis trabajos. Entre otras cosas, me enseñaron que no es posible "curar" al niño a no ser que el analista desplace el problema por el cual los padres han ido a consultarlo. El niño conoce el precio que se pagará por su tratamiento. "Dios no quiere que el doctor me cure, le decía un niño a Françoise Dolto, pues mamá sólo me tiene a mí para vivir."

 

 

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Págs. 15/17:

 

En el caso del análisis de niños, el analista se encuentra muy a menudo enfrentado a un presente que debe resolver en el hic et nunc de una situación transferencial que engloba a los padres. Incluso ocurre, en el caso de niños muy pequeños, que la intervención sólo toca a los padres.

Gran parte de la imaginación temática referida al retraso mental y a la psicosis se formó antes de mi contacto con los retrasados y los psicóticos. Antes de cualquier elaboración teórica se encontraba un saber del inconsciente, al cual me permitió llegar mi propio análisis. Pero las palabras con que pude relatar una experiencia las debo a mi encuentro con Lacan y al análisis realizado con él (luego de mi nombramiento como analista en la Asociación Internacional de Psicoanálisis). Françoise Dolto trabajaba como analista con instituciones calificadas por Lacan de geniales. Pero Lacan fue quien dio los elementos para poner en palabras esta clase de intuiciones a veces intransmisibles.

 

En mi infancia yo había participado, como espectadora y como actriz a la vez, en una situación familiar en la que las relaciones de hermanas enemigas servían de apoyo a la armonía de los adultos. A una se le atribuyó la función de débil (su "falta de medios", como se decía, era objeto de las conversaciones de los adultos), mientras que a la otra se le asignó el lugar de superdotada, con la condición de que no hiciese nada constructivo con sus dones. La superdotada revelaba, a través de crisis de carácter, las dificultades que su madre tenía como mujer. Cuando la niña intentó apoderarse de un saber en su propio nombre, encontró en su madre tal oposición, que abandonó los estudios y se refugió en la música.

La hermana de la superdotada encontró, a la edad de seis años, las referencias de una nueva identidad, bajo los signos de la debilidad. En esa época la hicieron dejar la India y a la nodriza indígena que había constituido su universo.. Enseguida perdió el uso de su lengua materna y, al regreso de sus padres, las palabras mediante las que se comunicaba. Esta debilidad se formó esencialmente de represión (esto no quiere decir que sea lo mismo para todas las formas de debilidad). Desde la partida de la India, la débil estuvo como dividida en dos. Dejó su inteligencia en la India con su lengua y la memoria de una infancia perdida. En Europa, se convirtió en espectadora de lo que ocurría a su alrededor, incluso en espectadora de sí misma.

 

Las vocaciones de analistas casi siempre tienen un drama familiar de fondo. Una manera de curarse la neurosis, y hasta la psicosis, consiste con más frecuencia de lo que se cree, en tratar de encontrarse del lado de los que curan y no con los internados.

La experiencia del traumatismo de la separación me enseñó que para el sujeto existe una manera de sobrevivir a la infelicidad tornándose insensible a los hechos que lo perturban. Lo que se repite en las defensas que el sujeto desarrolla es una voluntad de perder la verdad del hecho inicial.

 

 

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Pág. 18/24:

 

Se sabe que Lacan, como Freud, había centrado su investigación en la paranoia. Lo que me interesó de Winnicott (a quien tuve la suerte de conocer) fue su conocimiento de los niños muy pequeños. Tocó un campo dejado de lado por Freud.

Para Winnicott, la psicosis (la esquizofrenia) estaba mucho más cerca de la salud que la neurosis. Al referirse a ciertas crisis de adolescencia, habló de las posibilidades de cura espontánea de la psicosis. Laing retomó esto. En ese momento Winnicott insistió en que yo lo conociera. Laing presentaba la psicosis (la esquizofrenia) como una crisis positiva que desemboca en un progreso y en un "cambio de mente". Denominó a esta crisis metanoia, explicando que los tratamientos clásicos apuntan a superar la crisis que necesita desarrollarse en seguridad en un lugar adecuado para recibirla. Se puede decir que la teoría de la metanoia funciona en Kingsley Hall como mito curativo.

 

Durante mis encuentros con Winnicott en Londres, en la década del 60, una observación que hizo en diversas ocasiones se abrió paso: decía que para los adolescentes en crisis no existe nada. En ese momento creí que podía introducir el análisis en un externado médico‑pedagógico de la región parisina. Enseguida comprendí la inutilidad de la existencia en la institución de un equipo de analistas (expertos en psicosis), si éste debe permanecer retirado de la vida misma de la institución. La instalación de un equipo de analistas, lejos de ayudar a los educadores, al principio sirvió para agravar su sensación de aislamiento. Los maestros se sentían, al igual que los niños, prisioneros de las estructuras altamente jerarquizadas. La verdad de este malestar la encarnan los niños: incendios, tentativas de estrangulación atestiguaban la violencia encubierta que allí existía. Comprendí que solamente era posible sacar del problema a los psicóticos a través de un replanteo radical de la institución (verdad que ya habían percibido antes de la década del 50 psiquiatras franceses como Daumézon y luego Gentis, Oury, Tosquelles). Sin embargo, no tuvieron el poder para cambiar las estructuras de recepción en los hospitales y el problema continuó igual (1). Allí donde se abrieron luego lugares de recepción para anormales, al margen de los hospitales psiquiátricos, los fracasos merecían ser estudiados. Con frecuencia estaban ligados al hecho de que el lugar funcionaba como lugar ideal, reproduciendo y acentuando el tipo de conflictos y tensiones que existen en las familias (2).

 

En los lugares comunitarios que se presentan en oposición a la familia, médicos y pacientes no se dan cuenta de que la reproducen bajo otra forma. Surgen tensiones sin posibilidad alguna de mediación y se encuentran aplastados por mecanismos de idealización del lugar.

Al crear Bonneuil traté de tener en cuenta estas dificultades. Me inspiré en Kingsley Hall, donde tuve la suerte de ser recibida, pero presté atención a la crítica que se le podía hacer.

Los sucesores de Kingsley Hall se olvidaron de que la eficacia de determinados tratamientos (Mary Barnes) residía en la presencia de un analista talentoso en ese lugar. Kingsley Hall no era una comunidad sino un lugar de paso en ruptura institucional. Además prevaleció luego la tendencia comunitaria. Entonces se volvió una práctica psiquiátrica totalmente tradicional. En la fundación de Kingsley Hall el discurso político-religioso ocupó el lugar de la dimensión analítica actual.

 

Mary Barnes, en su trayectoria hasta Kingsley Hall, encontró límites que le brindaron puntos de referencia. Recibió de algunos médicos una palabra que tuvo los efectos de un acto analítico. Como había cambiado de habitación, porque el olor de los excrementos con que cubría las paredes molestaba a los huéspedes de la casa, Laing la encontró en el nuevo lugar que se había preparado, alejada de los pensionistas. Frente a las paredes embadurnadas de excrementos, le dijo: "Es lindo, pero le faltan colores." A partir de estas palabras Mary Barnes descubrió la existencia de los pinceles y comenzó a pintar. En ese momento ella le habló de su hermano, el verdadero esquizofrénico. Esperaba salvarlo haciéndose internar en su lugar. (Como se sabe, tuvo un período de anorexia grave, incontinencia, se tornó encoprética y completamente muda).

 

En el mito laingiano de regresión, el enfermo, de hecho, viene a actuar "su" escena. No se trata, como se cree, de una mirada atrás. Se puede decir que el paciente utiliza una escena psicodramática como recurso a través del desfile de demandas (en las que muy frecuentemente agota sus rabias). La función del analista ‑como en el caso de Laing‑ es llegar a poner en juego una articulación significante, permitiendo así al sujeto volver a lo simbólico a partir de elementos imaginarios. En la práctica médico‑pedagógica corriente, las ideas de regresión frecuentemente sirven solamente para asimilar al psicótico al niño de pecho, atrapando al sujeto en una relación dual perversa con el médico, con un médico que queda prisionero de un rol, en una confusión radical de registros (imaginario, simbólico y real). Esta misma confusión de registros es la que ha llevado a algunos lugares de recepción de psicóticos a predicar, en nombre de la libertad, la relajación y el levantamiento de toda prohibición (3).

 

En el Congreso sobre psicosis que reunió en otoño de 1967 en París a Laing, Cooper y Lacan, al dirigirse este último a los antipsiquiatras les preguntó: "¿Esta libertad suscitada, sugerida por cierta práctica destinada a estos sujetos, no lleva en sí misma su límite y su carnada?" Y debemos recordar que en nuestra relación con el paciente nos enfrentamos con leyes de orden dialéctico. Los conflictos que enfrentan al niño con su familia vuelven a representarse invariablemente de un modo u otro en el escenario de la institución. En ciertos momentos, el niño toma conciencia del beneficio secundario de una "enfermedad" que lo empuja a buscar refugio en la segregación (a la que acude con frecuencia).

 

La noción de "institución destruida" introducida en Bonneuil (los niños nos habían indicado el camino a seguir), definió un campo posible para una intervención analítica. Esta noción apunta a proteger al paciente contra el peligro de la institucionalización de su "enfermedad", peligro propio de nuestra época. Bonneuil puede compararse a un "escenario" abierto a otros lugares, en un contexto donde la institución acepta, en un momento dado, que el niño la vomite. Debido a que la institución acepta su propia muerte, se crea para el paciente una posibilidad de retomar en otra parte un deseo por su cuenta. Allí se le da al sujeto la oportunidad de comenzar otro discurso (4). De allí los recorridos por la provincia.

 

Todo lo que se moviliza durante estos trayectos suscita, no obstante, la angustia de algunos padres. Con ellos se lleva a cabo un enfoque analítico bajo la forma de reuniones quincenales. Los padres mayores transmiten a los más jóvenes la experiencia de haber sido afectados por la verdad de un drama y de haber alido de él modificados. Así, por momentos producen un saber (inconsciente) que actúa sobre las resistencias de los padres jóvenes.

 

*

 

En un número de L' Ordinaire du psychanalyste, una analista, Radmilla Zygouris (5), relató hace poco la historia de una mucama que se analizó con éxito. Al volver un día a lo del analista que la había curado, le dijo. "No sé lo que me pasa, pero ahora mis patrones me piden consejo, las personas me cuentan sus vidas. ¿No me habré convertido en psicoanalista, por casualidad?"

 

¿Mi itinerario no tendrá alguna semejanza con lo que le ocurrió a la mucama? Es una pregunta que no se puede esquivar.

 

Como se sabe, Freud puso en el discurso histérico el lugar inicial de su práctica. El histérico muestra un desgarramiento donde se profundiza la separacion entre saber y verdad. Deja oír una verdad que no se contiene en el saber.

 

La mucama a la que aludí más arriba no se encontró en posición de trasmitir un saber a un ignorante deseoso de apropiarse de conocimientos, sino que se convirtió, en un momento de su historia, luego de levantar sus propias resistencias, en el apoyo de interrogaciones que producían en el otro un saber inconsciente. Esta trasmisión se hizo alrededor de una experiencia común: la de estar afectado por la verdad de un drama. El saber que se le despertaba a la mucama le era hasta cierto punto extraño. Lo que se había producido, escapando del autor, era, vuelvo a decir, lo que se denomina un saber inconsciente. En todo caso, se puede saber sin saber que se sabe (6).

 

El procedimiento de Freud comenzó con los tanteos de la experiencia. Buscó construcciones teóricas poco a poco para explicar una práctica. Luego, no dudó en modificar la teoría si la singularidad de un caso le presentaba una excepción. A propósito del presidente Schreber, Freud habló luego de una clase de similitud entre el discurso del psicótico y la construcción del analista. Con excepción de que el analista diga las cosas de otro modo. El discurso psicótico sutura al parlêtre en una lógica, allí donde,en efecto, el análisis introduce la división. Para hacer escuchar una verdad, el analista histeriza el saber (esta parte corresponde al paciente).

 

Es importante que sepamos continuar haciendo de cada nuevo paciente nuestro maestro. El es quien cuestiona la certeza adquirida. La práctica y la teoría deben interrogarse una a la otra. En psicoanálisis no se trata, como en las ciencias, de aplicar los principios teóricos para verificar su validez. Sin embargo, ocurre que él paciente trae un fragmento de teoría (de metapsicología decía Freud), dándole al analista maravillado una confirmación de su opinión. Pero cuando el paciente ‑y le ocurrió a Freud en su oposición a Jung‑ es utilizado por su analista para refutar (en una demostración) los argumentos de un colega, no hay más análisis posible; o por lo menos, éste se encuentra comprometido, en la medida en que lo que domina, no es tanto la transferencia del analista con su pacien­te sino con el colega. El paciente en esta situación desaparece, se ha convertido en "un caso", o peor aún, en una apuesta.

 

A través de mis libros (de 1964 a 1982), planteo en resumen una sola y única pregunta: ¿cómo ayudar al psicótico a superar las dificultades y callejones sin salida en los que, en un momento dado, se perdió?

Queda por hacer un trabajo importante. La práctica aún puede abrir un campo teórico nuevo.

Hay que encontrar un camino entre la hipermedicalización y la ausencia de "cuidados", o en realidad de holding, como diría Winnicott. La segregación no es un problema puramente administrativo. La segregación se encuentra en el corazón mismo del hombre. Cuando el adolescente o el adulto joven se encuentra en un circuito llamado normal, hace jugar, frente a la menor dificultad relacional, las señales de su enfermedad, buscando provocar en el otro el paso al acto de exclusión. Así es como uno de nuestros adultos jóvenes, al ser nombrado aprendiz, le recordó al médico de la empresa su pasado de epiléptico. Su formación se encontró ‑por razones llamadas médicas‑ inmediatamente interrumpida. Las dificultades relacionales con los compañeros se resolvían para él de esa manera: había apelado a la segregación.

 

Nuestra investigación actual se dedica igualmente al problema de la orientación profesional. Esta debe repensarse y reinventarse totalmente. Nuestro sistema escolar lejos de ayudar a los jóvenes en dificultades, los fija en la imagen que la sociedad les entrega, la de inadaptados.

El analista, llevado a la función de testigo cuando la repetición se instala en el paciente, se encuentra a veces reducido a la impotencia. Quizás es esto lo que llevó a Freud a decir que había tres profesiones imposibles: la "cura", la educación y el gobierno de los pueblos. Una manera, según él, de introducir la duda en la pedagogía y la subversión en el orden médico. Al orden normativo se enfrenta la verdad del deseo. Este asunto es el del análisis, pero también el de la creación; creación e invención, las únicas que pueden dar vida al cuerpo atónito de la pedagogía y de la medicina.

 

 


 

Notas (Sergio Rocchietti):

 

(1) "... no tuvieron el poder para cambiar las estructuras de recepción en los hospitales y el problema continuó igual".          

 

Cuestión por demás importante, la del poder. No podemos (Tema: el poder) dejarla de lado. Y tampoco podemos (de nuevo el poder) quedarnos satisfechos con decir: "se trata del tema del poder", como si con ese mero hecho, 'decir de qué se trata' (una designación), anuláraramos sus consecuencias.

("Es el poder: ya está").

Las consecuencias son de constitución y ejercicio. Estuvimos tentados de escribir "desvío", es más lo hicimos y lo borramos (de constitución y desvío). ¿Por qué? Porque el poder no puede ser pensado sin sus constituciones (el ejercicio de un poder da lugar a ...) y menos aún puede ser pensado en abstracto; en abstracto quiere decir como un tema que no conlleva al menos prácticas, prácticas rigurosamente establecidas, aunque quizás no, a simple vista. En definitiva: no hay desvío cuando se trata del poder. Es más, digámoslo así: el poder siempre da en el blanco. Uno, de hacia dónde, de hacia donde se dirigía. Y dos, en lo que efectiviza (por su efectos), qué es lo que consigue, no importa; lo que importa es que consigue lo que perseguía como voluntad de poder (podríamos agregar, trayendo a Nietzsche).

 

Entonces ése: "... no tuvieron el poder para cambiar las estructuras de recepción en los hospitales y el problema continuó igual". Afirma una situación (pasada) dando por descontado que al poder de establecer se le puede oponer (el combate) de un poder para modificar. Así planteada la cuestión nos quedaríamos en una lucha de macro-poderes, definidos hasta aquí como el poder de establecer (y persistir) y el poder de cambiar (lo establecido con anterioridad). Ese escenario con semejantes contendientes es sin salida. Aquí podríamos proponer un nombre para una agrupación que daría el broche a semejante patraña, en la que hemos caído con frecuencia a lo largo de la historia, esa otra ficción, o esa otra ocasión, casi obvia decir que se trata de: 'la historia y nosotros'. El nombre es (una frase): "La lucha continúa". Y con ese broche daríamos consistencia a otra vuelta del mismo "sin salida" (que es otro) y es el reencuentro con el mismo 'sin salida'. Se trata de otra cosa (continuará -si podemos-).

Otro problema que forma parte del mismo emplazamiento es el tema del goce-poder, que dejamos para otra ocasión.

 

 

(2) "los fracasos merecían ser estudiados. Con frecuencia estaban ligados al hecho de que el lugar funcionaba como lugar ideal, reproduciendo y acentuando el tipo de conflictos y tensiones que existen en las familias.

En los lugares comunitarios que se presentan en oposición a la familia, médicos y pacientes no se dan cuenta de que la reproducen bajo otra forma. Surgen tensiones sin posibilidad alguna de mediación y se encuentran aplastados por mecanismos de idealización del lugar".

  

Slavoj Zizek en entrevista "La creencia y el psicoanálisis", varios, editorial Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Argentina, 2006 :

 

..."si se lee a Freud con detenimiento, según Adorno, se puede ver que no está copiando a Gustav Le Bon, sino que está haciendo casi lo opuesto. Le Bon es una especie de filósofo místico para quien la "masa" es algo dado, una entidad irracional. El problema para Freud fue determinar los mecanismos simbólicos artificiales por los cuales la "masa" se constituye a sí misma. Ésta es la pregunta que Le Bon nunca hizo.

Nuevamente, mi conclusión aquí sería: tenemos ciertos mecanismos para construir una comunidad. En primer lugar, desde el modelo clásico de Freud en Tótem y tabú, la madre, el padre y el tercer elemento que los une: el hijo. Luego está el modelo de "Psicología de las masas" que muestra un mecanismo diferente. La gran pregunta de Lacan a partir de sus últimos escritos es la siguiente: ¿es posible otro "colectivo" que no sea "masa" que no esté basado en la tríada primordial pater, filia, etc.? Esto es lo que me interesa, incluso políticamente, ya que, si no hay otro "colectivo", eso significa que estamos condenados al orden que tenemos. No se puede cambiar nada".

 

Debemos estar muy atentos a lo que plantea Zizek. Es tan pesada la opción que plantea que se transforma en una opción de hierro: si no podemos darnos -con todo lo que esto implica- otro colectivo, digamos, otra forma de agruparnos entre los humanos que las que devienen tales desde los dispositivos familiares, no hay otra posibilidad más que seguir estrellándonos contra los mismo obstáculos y los mismos sueños que ya han demostrado su inutilidad en multiples oportunidades a lo largo de lo que llamamos (por convención) 'historia humana'. 

 

(3) "En la práctica médico‑pedagógica corriente, las ideas de regresión frecuentemente sirven solamente para asimilar al psicótico al niño de pecho, atrapando al sujeto en una relación dual perversa con el médico, con un médico que queda prisionero de un rol, en una confusión radical de registros (imaginario, simbólico y real). Esta misma confusión de registros es la que ha llevado a algunos lugares de recepción de psicóticos a predicar, en nombre de la libertad, la relajación y el levantamiento de toda prohibición".

 

No podemos de ninguna manera acordar con la abolición de toda prohibición para oponernos a los efectos instaurados por el ejercicio despótico del poder en las instituciones. A no olvidar: lo que llamamos 'poder' sucede entre los hombres, y cualquier instauración de lo que fuere, es ejercicio de voluntad; o sea, pone en juego potencias (fuerzas-poderes y reacciones) y no pueden neutralizarse sus efectos en la vida de las personas dictaminando el fin de ese 'haber podido' de lo que fue instaurado. Ninguna abolición voluntarista por más que ofrezca el espacio de esa práctica instauradora abolida en algún sitio al efecto, logrará el levantamiento o la ineficacia de lo ya instaurado.

 

(4) "Debido a que la institución acepta su propia muerte, se crea para el paciente una posibilidad de retomar en otra parte un deseo por su cuenta. Allí se le da al sujeto la oportunidad de comenzar otro discurso".

 

Que la institución acepte su propia muerte es la frase final, o inicial, de que el argumento dramático (miramiento por la figurabilidad, poner en la escena como imagen, darle forma de representación, son todas aproximaciones hacia lo que queremos designar) funciona bajo el guión de que la institución está bajo castración, y no bajo la angustia de castración, por las amenazas a su integridad recibidas en ese sitio ficcional (el del argumento) vivido y representado por todos los actores de esa misma institución.

 

Desde aquí se abren varias perspectivas a considerar: los espacios ficcionales de las instituciones, la circulación de palabras, los organizadores del discurso, los actores y sus funciones, los mitos, las fundaciones y sus cumplimientos (o incumplimientos). Se trata de los dispositivos, macro y micro, de sus dinámicas y de sus resultados y, al final (por lo menos de esta consideración) de si somos capaces de darnos cuenta (y cuando) de lo que está sucediendo para poder intervenir en ello.

 

Que la institución acepte su propia muerte es que la institución ya ha recorrido un camino jalonado de viscisitudes que le permite (pensar, sentir y ejercer) su propia destitución. La institución se destituye para dar lugar a (otra cosa- ¿será ello, justamente, la cuestión a 'ser pensada'? ¿Cómo dar lugar a otra cosa?).

 

(5) Radmilla Zygouris.

 

Psicoanalista húngara que formó parte de la Escuela Freudiana de París (EFP) dirigida por J. Lacan. En castellano se pueden leer sus "Pulsiones de vida" y "Después de Lacan"(Encuentros y despedidas), Ediciones Portezuelo, Buenos Aires, Argentina.

 

(6) "La mucama a la que aludí más arriba no se encontró en posición de trasmitir un saber a un ignorante deseoso de apropiarse de conocimientos, sino que se convirtió, en un momento de su historia, luego de levantar sus propias resistencias, en el apoyo de interrogaciones que producían en el otro un saber inconsciente. Esta trasmisión se hizo alrededor de una experiencia común: la de estar afectado por la verdad de un drama. El saber que se le despertaba a la mucama le era hasta cierto punto extraño. Lo que se había producido, escapando del autor, era, vuelvo a decir, lo que se denomina un saber inconsciente. En todo caso, se puede saber sin saber que se sabe".

 

Las destituciones sucesivas (¿se podrá plantear eso así?) hacen llegada a que quede situado el saber en un lugar accesible a la conciencia del portador, desde un lugar diferente al habitual ("yo sé y te lo digo"). El portador logrará 'saber' una vez que el saber se haya manifestado a través de él o ella ("yo no sé qué sé y lo que pasa por mí sucede". Se transformará en el conocimiento efímero de la comprensión para darse a la fuga nuevamente. O sucederá para dejar algún pequeño registro de lo acontecido. Un movimiento al que la palabra puede acoplarse (embragarse) o no. Posibilidades y no, imposibilidades.

 

 

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Notas Dra. Ana María Gómez:

 

"Como se sabe, Freud puso en el discurso histérico el lugar inicial de su práctica. El histérico muestra un desgarramiento donde se profundiza la separacion entre saber y verdad. Deja oír una verdad que no se contiene en el saber".

 

Pienso –escribo– digo, en “letra” similicadencia de en voz alta. Y pienso en el discurso de la histeria – al cual prefiero llamar el discurso del síntoma. ¿Cuál es allí la divergencia entre saber y verdad?

 

                                       $  ------ > S1

 

                                       a              S2

 

Es totalmente cierto que hay allí una verdad hecha cuerpo que se escatima al saber que se pierde en tanto plus de goce. Mientras tanto en el lugar de la apariencia está ese pseudo-sujeto que se dirige a hacer gozar a un significante amo  aplastado por lo Imaginario de los significados – J.D. Nasio lo llama “teoría imaginaria del síntoma”. La histeria padece, entre otras cosas, por ser una gran mentirosa. Necesita de la mentira para ocultar su falta en ser y la recubre de toda suerte de escaramuzas, engaños y falsedades que se trasladan a la transferencia. Se hace pseudo sujeto de una historia de mentirillas para hacer gozar al Amo del significante o al Significante – amo en tanto escabulle su verdad hecha cuerpo oculta tras un conocimiento que nunca será saber.

 

...

 

"Lo que se había producido, escapando del autor, era, vuelvo a decir, lo que se denomina un saber inconsciente. En todo caso, se puede saber sin saber que se sabe".

 

¿Hay otro saber que no comience por serlo en lo inconsciente? “...se puede saber sin saber que se sabe”, no es una frase feliz recordando el magistral artículo del 1925 de Freud sobre “La negación”. Sí, se sabe; lo que ocurre es que de ese saber no se quiere saber nada. Pero si no se supiera no habría producción de S2, en tanto de dónde provendría, ¿de los espacios celestes? Es el constante error de los autores: confunden saber con conocimiento.

 

...

 

"Es importante que sepamos continuar haciendo de cada nuevo paciente nuestro maestro. El es quien cuestiona la certeza adquirida. La práctica y la teoría deben interrogarse una a la otra. En psicoanálisis no se trata, como en las ciencias, de aplicar los principios teóricos para verificar su validez. Sin embargo, ocurre que él paciente trae un fragmento de teoría (de metapsicología decía Freud), dándole al analista maravillado una confirmación de su opinión".

 

Es el tiempo de corroboración o de producción misma de una interpretación en tanto tomamos a esta como pura formación del inconsciente de la transferencia.

 

...

 

"La segregación se encuentra en el corazón mismo del hombre. Cuando el adolescente o el adulto joven se encuentra en un circuito llamado normal, hace jugar, frente a la menor dificultad relacional, las señales de su enfermedad, buscando provocar en el otro el paso al acto de exclusión".

 

Es una corroboración clínica –en múltiples casos– de los que escuchamos a adolescentes en análisis.

 

...

 

"Así es como uno de nuestros adultos jóvenes, al ser nombrado aprendiz, le recordó al médico de la empresa su pasado de epiléptico. Su formación se encontró -por razones llamadas médicas- inmediatamente interrumpida. Las dificultades relacionales con los compañeros se resolvían para él de esa manera: había apelado a la segregación".

 

La autora no recuerda el archiconocido artículo freudiano “Los que fracasan al triunfar” que también puede leerse desde la corroboración clínica: “Los que triunfan al fracasar”.

 

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Texto extraído de "El síntoma y el saber", Maud Mannoni, págs. 13-24 (selección), editorial Gedisa, Barcelona, España, 1984.

Edición original: du Seuil, París, 1983.

Selección, destacados y notas: Ana María Gómez, Sergio Rocchietti.

Con-versiones, mayo 2009

 

 

 

 

       

 

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