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Presentación de "La moral sexual cultural de S. Freud"
Neurosis: siempre actualizada

Ana María Gómez

 

 

Trabajo extraordinario de Sigmund Freud –poco leído y menos estudiado– tiene varias facetas y proposiciones a comentar.

 

En primer lugar hay algo que parece recorrer al menos parte de la historia de la humanidad: su desvelo por las cuestiones ligadas a la sexualidad.

¿Monogamia, exogamia, endogamia, etc? Son preguntas que aún sin haber sido formuladas expresamente, recibieron respuestas diversas. Y a través de esas respuestas –si coincidimos en llamarlas así porque en realidad fueron “impuestas” y no res-puestas y menos pro-puestas– signaron parte del vivir de los seres humanos.

 

La cuestión fundamental es que la sexualidad ha estado – y estará – siempre en el centro de los sistemas de poder y a través de ella se ha sojuzgado a muchos.

Las consideraciones que Freud retoma de von Ehrenfels tienen una actualidad que merece llamarse más que presente, universal, porque recorren tiempos y espacios y marca las vidas que debieran ser privadas.

¿Qué está describiendo Erb cuando escribe en 1893, lo que sólo ocurría en esos tiempos, lo que ya había ocurrido, lo que ocurre ahora, lo que ocurrirá alguna vez?

 

La sexualidad ocurrió, ocurre y ocurrirá y en algún tiempo de la historia ampliada de la humanidad algún/algunos descifraron que, a través de ella y de cómo se sancionaba, legislaba, y se la hacía ingresar al territorio de las “buenas costumbres”, se podía dominar a gran cantidad, a multitudes, de otros.

 

*

 

Ahora bien, hay, como decíamos múltiples aspectos en este trabajo freudiano. Trabajo que, colabora, al decir de Sergio Rocchietti, a proseguir haciendo estallar la concepción de la sexualidad, cuestión que llevó adelante Freud. ¿Por sí mismo, a pesar de sí mismo? Poco importa; lo que prevalecen son los resultados.

 

Lo primero a destacar es que ya en el siglo XIX  - y aún más en el siglo XX y en el actual – había un estado de cosas imperantes, un sistema económico, social, político vigente, que, también a través de la sexualidad, pero no solo, se permitía someter las vidas privadas a cuestiones públicas.

 

“De lo privado a lo público”, el velo del pudor siguió rasgándose hasta llegar a un borramiento como el que rige ahora. Ese velo del 'aidos', un 'daimon', el del pudor, ha perdido casi totalmente su vigencia.

¿Implica ello una pérdida o una ganancia? Son cuestiones que no son motivo de estas reflexiones. Sí, algo hace a la diferencia en tanto lo oculto, vedado, suprimido, censurado, reprimido, ahora es explícito.

Muchos dicen que se ha ganado terreno sobre la hipocresía. La hipocresía sigue y seguirá imperando y no es porque haya visualizaciones de sexo explícito que se producirá algún cambio de fondo. En realidad, son cuestiones de forma.

Lo que sí ocurre es de otra magnitud mucho más importante.

 

Donde Freud afirma en “Duelo y melancolía” que el suicidio se produce cuando la sombra del objeto cae sobre el yo, ahora diríamos que merced a la explosión del capitalismo, del liberalismo, del consumismo, del imperialismo – que no es el de un estado sino el de una forma de vida – el peso del objeto ya no cae sobre el yo sino que por gravitación ha aplastado al ser.

 

En primer lugar, ¿por qué tendría que haber una “moral sexual cultural”?  ¿Alguna vez se planteó una ética sexual? Pero la 'moral sexual cultural', donde el mayor peso cae sobre lo cultural que es, en definitiva, lo que hace el hombre y al hombre, rige e impera sancionando sobre lo que se debe y no se debe.

Contradictio in adjecto: lo público legisla sobre lo privado y de ese modo lo privado pasa a ser público.

 

La sexualidad, y con ella los cuerpos, porque no hay una sin los otros, hasta en el territorio pulsional en tanto éstas encuentran su fundamento en el soma, son objetos de intercambio y objetos, además, fungibles.

Nunca –a pesar de lo que parece- el cuerpo humano en este sentido, ha estado más devaluado que en tiempos en que se lo ha hecho objeto de mercadeo.

 

Alguien podría oponernos que en tiempos de esclavitudes explícitas –en tanto las sigue habiendo encubiertas– a los individuos que se compraban y vendían, se los elegía por el estado de esos cuerpos. Sí, pero esto era de lo obvio y lo manifiesto. La perversidad actual consiste en que se elige a los individuos en función de objetos parciales que hacen a un objeto total –un ser, como decíamos arrasado por el objeto– concitando a un recubrimiento libidinal, erótico, que hace también a un cambio de paradigma en cuanto a la sexualidad.

 

*

 

¿Por qué decimos de la actualidad del pensamiento freudiano? Porque no es por él sino a partir de él, y a pesar de que muchas de sus aseveraciones hoy en día pueden parecer excesivamente decimonónicas, se trata de leer en los meandros del texto aquello que lo eleva a categoría de ensayo princeps acerca de la sexualidad y, es más, de la conceptualización o el criterio acerca de las perversiones.

 

El arquetipo que es en la vida la conducta sexual, y sus devenires, a medida que se va cumpiendo y desarrollando hace, desde Freud, a la mayor o menor posibilidad de constituirse en más o menos neuróticos.

Si el mismo autor ha afirmado en otros trabajos que todos somos neuróticos en tanto capacidad de hacer síntomas, no es lo mismo que estos se produzcan a que no lo hagan.

 

Cuando Juan David Nasio afirma que la “histeria es camaleónica” es porque los hábitos con relación a la sexualidad, la forma en que ésta es vivida, sentida, pensada, tramitada, sí han variado; lo que no ha variado y menos para algunas instituciones atrabilarias que aún preconizan como obsceno –fuera de escena-  lo que Freud destaca como factor mayormente predisponente de ser sojuzgado y reprimido, censurado y prohibido.

 

Parece una aseveración rotunda –como lo confirma la cita que transcribimos al final de este texto,  extraída del artículo. Pero no lo es tal cuando se aclara en términos pulsionales: “... nuestra cultura se edifica sobre la sofocación de pulsiones”.

 

¡Las tan temidas, rechazadas, ignoradas -'terra ignota'- pulsiones! Esas de las cuales Freud quiso hacer nuestra mitología. Pero las pulsiones sofocadas o no, no son un mito salvo que designemos a los mitos como aquello de lo Real.

 

Sin embargo – y para ello ilustra suficientemente “El malestar en la cultura” no hay destino posible para esa cultura sino es por, al menos, el desvío de la meta pulsional hacia fines “socialmente aceptables”. O sea: contra los pulsiones nada definitivo se puede; al menos hagamos que su 'Drang', su fuerza, su potencia, se dirijan hacia otro fin que el de la satisfacción inmediata. Diríamos, destinos de la libido, que no otra es su energía.

 

Y cuando esa fuerza libidinal se aboca a la construcción de esos fines que la sociedad acepta, la pulsión es buena, bella, noble, justa.

Pero para enmarcar a esas pulsiones en lo socialmente aceptable, primero, necesariamente, hay que prefigurar los límites de una moral, una moral de restricciones, de prohibiciones, de imposiciones, en detrimento de ciertas libertades “mal vistas, mal oídas”, y, sobre todo, no entendidas.

 

Se construye, entonces, un terreno sumamente escabroso: el de las perversiones.

 

*

 

Es fundamental aclararnos a qué es llamado por Freud, en el marco de esa moral sexual cultural de principios del siglo XX, perverso.

 

Hoy, para Freud, la población de perversos habría desbordado sus expectativas siempre ateniéndonos al desvío de cualquier meta pulsional que escapara por fuera de los límites de lo exigible: el matrimonio, la procreación, y hasta el coito reglado dentro de límites, también, socialmente aceptados. Todo lo demás, era perverso. Tan perverso como que las pulsiones debían subsumirse al predominio de la genitalidad.

 

Es, en cierta medida, un elogio de la genitalidad establecida en términos de pene-vagina desoyendo que el cuerpo de los humanos obtiene esa “ganancia de placer” (“... la pulsión sexual del ser humano no está en su origen al servicio de la reproducción sino que tiene por meta determinadas variedades de la ganancia de placer”) independientemente de sus orificios preestablecidos ¿O es otra cosa la satisfacción de la sublimación cuando ese placer se obtiene por el tacto, el oído, la visión, la audición, el olfato, el gusto?

 

Allí no habría un desvío en aras de la sublimación; allí hay una constricción imperiosa: dentro de la genitalidad abtrusa todo; fuera la nada de los perversos.

 

Citemos a Freud: con relación a esa moralidad en función de  lo sexual, él afirma que “... se prohibe todo quehacer sexual fuera del matrimonio legítimo” y se preconiza la “abstinencia sexual”. Obviamente: está citando.

 

Las instituciones mayores por diversos medios restringen la sexualidad al débito conyugal. Las leyes, por una cuestión de ordenamiento socio económico para poder instalar el advenimiento de la progenie dentro de un marco estatuido; “la masa artificial” iglesia –ecclesia en tanto cualquiera sea su fundamento-  como un modo más de afirmar su dominio sobre los feligreses, los acólitos, los seguidores.

 

La sexualidad con mayores grados de libertad, y como territorio de lo privado, tórnase pecado y pecado mayor en tanto, y esto rige aún hoy en la primera década del siglo XXI, cualquier libertad sexual de los humanos que no sea la legislada por definición.

Aún hoy se sigue preconizando la abstinencia como un supuesto modo de ascesis a los dioses. Como una forma, modo, manera de purificación, verbigracia el celibato de los curas. Ello con las consecuencias que conocemos.

 

“Sólo una minoría consigue el dominio por sublimación, por desvío de las fuerzas pulsionales sexuales desde sus metas específicas hasta metas culturales más elevadas”

 

Y, entonces, ¿la mayoría? O ingresa dentro del marco moral o será perverso. Pero el observable es que las patologías neuróticas aumentan en proporción directa con el mayor aumento de las prohibiciones.

Es indudable que todo ha variado, “gatopardísticamente” para no cambiar nada. Un objetor podría decirnos que a partir de la llamada “década de los sesenta” con la liberalización de los hábitos y costumbres sexuales, las cosas se modificaron. ¿Para cuántos?

 

*

 

La sexualidad humana está bajo el régimen de los tabúes más férreos y esos tabúes no se cancelan fácilmente.

 

Cuando todo parecía encausarse en términos de aligerar y morigerar prohibiciones, apareció el anatema del SIDA y allí todo retrocedió porque son esos mismos métodos que Freud designaba como “... los recursos de que hasta hoy  - léase entre otros el uso del preservativo - se dispone para prevenir la concepción mutilan el goce sexual, perjudican la sensibilidad más fina de las dos partes o aun ejercen un directo efecto patógeno” Y hoy, salvo la monogamia más estricta, el uso de dicho preservativo ya no está al servicio de evitar la procreación: ha llegado a ser cuestión alterna entre vida y muerte posible.

 

Lo mismo que intenta legislar sobre la privacidad de la sexualidad humana en términos “morales” y “normales” genera, según Freud, una doble moral hipócrita y falaz; así lo afirma cuando comenta que “la moral sexual «doble», válida para el varón en nuestra sociedad, es la mejor confesión de que la propia sociedad que ha promulgado los preceptos, no los cree viables”. Y en cuanto a las mujeres nuestro autor afirma: “En las actuales condiciones de cultura, el matrimonio hace tiempo que ha dejado de ser la panacea para el sufrimiento neurótico de la mujer; y si nosotros, los médicos, seguimos aconsejándolo en tales casos, sabemos empero que, al contrario, una muchacha tiene que ser muy sana para «sobrellevarlo», y en cuanto a nuestros clientes varones, los disuadimos con energía de tomar por esposa a una muchacha que fue neurótica ya antes del matrimonio”. “Nada protegerá su virtud  - refiriéndose a la mujer y destaquemos a qué se lamaría “virtud” - de manera más segura que la enfermedad”.

 

“... cuando la mujer supera su demora en el desarrollo y, en el apogeo de su existencia femenina, ella despierta para la plena capacidad de amar, hace tiempo que la relación con su marido está arruinada; como premio de su anterior docilidad le queda elegir entre un insaciado anhelar, la infidelidad o la neurosis”.

 

La abstinencia forzosa, alejada, además de la sublimación o conducida a ella de modo obligado, tampoco colabora en nada y para nada en la fortaleza de los humanos siendo, además, fuente de síntomas.

 

Se ruega al lector que siga estos razonamientos a la luz de ocurrencias diversas de nuestros tiempos actuales.

 

Freud tenía muy claro de que se trataba en tanto prohibiciones, restricciones, argumentos morales y conducentes a la normalidad: el incremento de estas -las neurosis- en nuestra sociedad se debe a la mayor limitación sexual.”

 

Y en cuanto a las perversidades, es muy claro en tanto qué eran para él: las “... modalidades llamadas perversas del comercio entre ambos sexos, en las cuales otras partes del cuerpo asumen el papel de los genitales.”

 

Está claro en y para el autor: modalidades “llamadas” perversas; un modo de nombrar que no implicaría juicios de valor. Sin embargo aún hoy a pesar de la luz que demasiado lentamente se vierte sobre ello, la perversión, los perversos, las perversidades – a pesar de que afirmamos que ellas constituyen una posibilidad para todo humano hasta en su vida cotidiana – son anatemas y estigmas fundados en los más deleznables prejuicios. Pero siempre interesa ahondar en la raíz de los prejuicios.

 

*

 

Para comenzar nuestra conclusión: pregunta siempre vigente, ¿por qué la persecución que ha sufrido y sufre el ejercicio libre de la sexualidad des- sujetada de una moral imbecilizante en tanto propiciatoria del 'pathos' no sólo en términos de enfermedad sino de profundización del malestar?

 

Porque es un instrumento más de dominio sobre un territorio preciado para los humanos: el territorio del placer. Y si se puede eliminar el / los placeres “terrenales” se puede fundar la promesa de un paraíso más allá.

 

*

 

Hagamos un intento de llevar nuestra fronteras por fuera  del Occidente judeo–cristiano y escuchemos que dice el Corán con respecto a distribución de recompensas y castigos para aquellos que hayan pecado, por ejemplo, en el territorio de lo sexual:

 

Luchad por obtener el rápido

perdón de Dios y el Paraíso.

Cuya anchura es como la de los

cielos y la tierra y que está destinado

a los que temen a Dios.

(Corán, 3,127)

 

... a los servidores de Dios

les llegarán las provisiones merecidas.

Unos exquisitos frutos.

Serán honrados en jardines de recreo.

En mullidas camas descansarán,

delante unos de otros.

Una copa con bebida

de pura y cristalina fuente

deliciosa de beber,

estará siempre a su alcance.

Sin sorpresas (ni espejismos)

y sin que pueda embriagarles.

Habrá junto a ellos vírgenes

de cándida mirada y ojos tan grandes

que semejan huevos escogidos

Corán, 37, 39-47)

 

 

Lo contrario, el infierno:

 

Ciertamente quien se procura provechos desmedidos

y quien se rodea de pecados,

será compañero del Fuego

y en él quedará eternamente.

(Corán, 2, 75.)

 

Y estarán quemados por un fuego ardiente.

Y beberán en un manantial de llamas.

Y no tendrán otro alimento, excepto espinas,

que ni les nutrirá ni apagará su hambre.

(Corán, 88,4-7)

 

 

*

 

En la Torah o en el Antiguo Testamento, el anatema es extraño pues el mayor pecado es haber tomado el fruto del árbol que permite conocer acerca del bien y del mal y tras esa tropelía la amenaza es que el humano también tomase del árbol del fruto de la vida y, tras haberlo comido, viviese para siempre lo cual, obvio, está reservado a los dioses.

Pero, a su vez, Yaveh ordena a Eva y Adán: “Sean fructíferos y háganse muchos y llenen la tierra y sojúzguenla, y tengan en sujeción los peces del mar y las criaturas voladoras de los cielos y toda criatura viviente que se mueve sobre la tierra”. Y para ello hacer debían procrear.

 

Aparece entonces un elemento importante, que lo es para Freud también: la vergüenza porque tras haberse vuelto conscientes se dice que de su desnudez pero esta desnudez, que bien podría ser metafórica es tomada en sentido literal y es así que los humanos se ocultan y velan o revelan partes,  solo partes de su cuerpo.

 

“Hay varias palabras hebreas, las cuales se usan en la Biblia, y significan “desnudez”; una de ellas es, “érwah”. Lo interesante es que esta palabra también es traducida como “indecencia”. Esta palabra hebrea también hace referencia a los “órganos sexuales”, implicando exhibición vergonzosa (Gn. 9:22-23, de un hombre (Gn. 9:22, 23) y de una mujer (Lm. 1:8).”

 

Pero, cuando se cubren los cuerpos, ¿qué ocultan? Fundamentalmente sus genitales aquellos que, precisamente pueden conducirlos a la lujuria, al desenfreno, a lo orgiástico, a lo dionisiaco, al desenfreno.

 

No olvidemos que la lujuria -el uso ilícito o el apetito desordenado de los deleites carnales, siendo también el exceso o demasía en algunas cosas- es generalmente considerada, de manera exagerada, como el pecado que incluye pensamientos o deseos obsesivos o excesivos de naturaleza sexual.  Y al ser un pecado capital, que son aquellos que dan origen a otros pecados, puede llevar a la adicción al sexo, adulterio y violación. O sea, desde el territorio de la psicopatología va hasta el hecho de las sexopatías, las erotomanías, etc. Obvia versión escatológica del placer que si lo fuese debe estar limitado y parametrado.

 

El problema esencial con la lujuria, además de sus connotaciones sexuales, es que es contraria al amor a Dios. Así, de algún modo lo expresará Dante Alighieri en tanto si Dios es fuente de amor, si no existe ese amor por Dios, no hay amor verdadero para el prójimo.

 

¿Cuáles son los modos que se indican para combatir la lujuria? El amor a Dios, el amor al prójimo en tanto solo creatura de Dios, y , precisamente, punto sumamente interesante para nosotros:  la renuncia a la persona amada que es la consecuencia de la renuncia pulsional – porque Freud no se refiere específicamente a los deseos sexuales pero ellos entran en la línea de la misma renuncia.

 

Fue el Papa Gregorio I quien estableció los siete pecados capitales hace 1500 años; luego fueron revitalizados por Dante en su “Divina Comedia” y en el año 2008 se actualizaron, conservando los anteriores y agregando otros. Vale, como comentario que, según Dante el “infierno” que esperaba a los lujuriosos era quemarse eternamente entre fuego y azufre. No poco castigo para la “ganancia de placer”

 

*

 

Concluyendo estas reflexiones sobre el trabajo freudiano querríamos citarlo en una aseveración máxima:

 

“Al limitarse el quehacer sexual en un pueblo sobreviene, en términos generales, un aumento de la medrosidad ante la vida y de la angustia ante la muerte, que perturba la capacidad de goce de los individuos y cancela su disposición a aceptar la muerte en aras de ciertas metas.”

 

Freud precursor; Freud adelantado y adelantando; Freud revolucionario pero no revulsivo; Freud subvirtiendo pero no subversivo. Depende de cada lector y de cada tensión de la lectura, en tanto algo muy diferente es transitar un texto, hacer camino con él,  que hacer decir a aquél lo que no dice.

 

Aproximarnos a la lectura de los textos freudianos es velar para develar y, ¿por qué no?, desvelar –y sí, desnudar-  cada letra, cada palabra y cada gesto que deslumbra por, como dijo Lacan, “su sed de verdad”

 

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Con-versiones, abril 2009

 

 

       

 

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