Conexiones económicas o relaciones humanas
Christian Arnsperger (*)
Nota inicial (S.R.): Si en el pleno mundo de la llamada Europa surge la crítica del capitalismo ¿qué queda para los habitantes de los varios submundos que se alojan en los márgenes de la satisfacción siempre sostenida, siempre presente, y nunca alcanzada? Esos somos nosotros. Países en vías de desarrollo, o emergentes, antes de esto se decía directamente: subdesarrollados (épocas de la bipolaridad). Se puede discutir pero es así. La centralidades decisorias siempre nos han sido tangenciales. Y aún más, no desdeñemos sin antes atender a lo que se dice por allí (Lovaina-Bélgica). Oigamos con atención y se podrán escuchar variados 'malestares' y variados intentos de solución. Suaves y ligeros: retorno a la espiritualidad, por ejemplo, o a las interacciones con otros, o (el más ingenuo) a la circulación de amor. Lo queda firmemente dicho es que hay malestar aún en las ahítas sociedades del bienestar. Verdaderamente hay que emprender un eficaz desmantelamiento de la noción (si, noción, no concepto) de felicidad. ¿Y por qué desmantelar la felicidad? Porque siempre nos será ajena y no porque sea de otros. Y porque es una noción obstáculo, desvío, tapón, impedimento. Es una noción tonta pero tan creíble. Nos abrigamos en sueños cálidos con coberturas dulces como la que brinda la palabra felicidad, para alejarnos de las agudezas hirientes de algunas certezas que nos pondrían en algún camino de tareas jamás concluidas, pero un poco más eficaces que los sueños con coberturas dulces. Y si se elige soñar algo innominado siempre se acercará para despertarnos. A veces se lo llama -a eso sin nombre- angustia. Es insuficiente, igual nos alcanza. El nombre y eso. Lo que no tiene nombre se aloja en distintas partes de nuestro cuerpo y nos alcanza. Y corremos. Y corremos en distintas direcciones para alejarnos de eso. Será inútil. Y uno se pregunta, si puede y entonces... Creo que es aquí donde comienza el texto que sigue.
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¿Mi vida tiene un sentido? ¿Cómo vivir, si el sufrimiento y la muerte me acechan a lo largo del camino de mi existencia? ¿Qué decisiones tomar, qué pasiones abrazar, si la vejez y la fragilidad me esperan, inevitables? ¿Cómo encontrar mi sitio en este cosmos tan vasto, tan indiferente y, en apariencia, tan vacío?
Estas cuestiones, como lo sabemos, siempre atormentaron la conciencia de los seres humanos. Enfrentarse con ellas significa, al mismo tiempo, encontrar, si no la angustia, por lo menos la inquietud. Somos seres inquietos y, a menudo, angustiados, porque nos es casi imposible no ser conscientes de nuestra mortalidad. En nuestras sociedades modernas, secularizadas, estas inquietudes todavía nos habitan, pero no parecen tener mucha carta de ciudadanía: cuando nos las planteamos, lo hacemos la mayoría de las veces en el marco privado de una terapia o, más raramente, de una confesión.
La sociedad contemporánea interpreta nuestras inquietudes como problemas médicos, propone seminarios de "gestión del estrés" y, a menudo, establece un lazo entre inquietud existencial y enfermedad mental o, por lo menos, déficit de adaptabilidad.
¿Y si la fuente de nuestras inquietudes no se debe hoy a una falta de capacidad de adaptación, sino que obedece a un mundo económico enfermo?
¿Si es la lógica contemporánea del capitalismo la que crea una alquimia desastrosa entre nuestros miedos humanos y nuestras decisiones económicas?
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En el curso de los tres siglos anteriores, un crecimiento económico sin precedente nos hizo más ricos, masivamente más ricos, pero apenas más felices. Al contrario: el sentimiento de desigualdad y la pérdida del gusto de vivir son patologías que alcanzan incluso a los más ricos. No carecemos de nada, salvo de plenitud. ¿Podría ser que nuestra riqueza acumulada se revele, pues, a pesar nuestro, como nuestra pobreza?
¿Nos hemos transformado, en nuestro Occidente exitoso, en "pobres ricos"? ¿Qué es lo que no funciona? En pocas palabras: jugamos el juego del capitalismo porque el miedo al vacío y a la muerte nos obsesiona.
Debemos aprender a experimentar la honda ansiedad existencial que impregna todas nuestras acciones espontáneas en el sistema capitalista. Competimos porque tenemos miedo (y ello aumenta nuestro miedo a perder); consumimos porque tenemos miedo (y ello aumenta nuestro miedo a no tener suficiente); invertimos porque tenemos miedo (y ello aumenta nuestro miedo a no obtener lo suficiente); ahorramos porque tenemos miedo (y ello aumenta nuestro miedo a que el tiempo pase demasiado rápido); hacemos negocios porque tenemos miedo (y ello aumenta nuestro miedo al fracaso y a no ser respetados).
Deberíamos edificar nuestras acciones de transformación sobre la base de un profundo entendimiento de esos mecanismos físicos y emocionales, y de una profunda compasión hacia nosotros mismos y hacia los otros, dado que todos compartimos básicamente lo mismo: nuestro miedo al sufrimiento, a la vejez y a la muerte son parte de nuestra condición humana común.
Por un lado, es cierto que el "sistema" es responsable de las actitudes de las personas; pero, por el otro, el capitalismo es también el resultado de nuestras actitudes y de nuestros miedos existenciales más profundos. De hecho, en el curso de la historia creamos el capitalismo porque necesitábamos una defensa contra el miedo y la inseguridad.
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Hoy, muchos economistas consideran que los seres humanos somos "emprendedores de nosotros mismos", en el sentido de que pasamos nuestro tiempo construyendo nuestro "yo", nuestras identidades, a través de la producción y el consumo de bienes materiales o de servicios, de imágenes que nos proporcionan satisfacciones psicológicas. Lo que superficialmente se ve como "racionalidad" en nuestras acciones económicas -y puede ser analizado como tal- está, de hecho, sostenido, motivado, inspirado, por un miedo "irracional" de carácter existencial.
Pero, aún más importante, existe una clara conexión entre nuestras decisiones de consumir, ahorrar, invertir, producir, competir y trabajar, y nuestras ansiedades en relación con la fragilidad y la precariedad de nuestra existencia mortal. Dicho brevemente, la vida económica está secretamente conectada con el miedo a la muerte.
Se trata, ciertamente, de una afirmación controvertida, especialmente en el clima actual de "exuberancia capitalista". El consumo, la inversión y la competencia están rutinariamente asociados al dinamismo y, más ampliamente, a un principio vital: crecer, ir hacia adelante, crear, entrar en nuevos territorios. Generar un crecimiento económico constante en un marco de expansión constante del consumo: he ahí, sintéticamente, el proyecto capitalista en relación con el bienestar y la felicidad.
Esa visión -una visión largamente dominante- del bienestar y la felicidad es existencialmente falsa. Nosotros no somos primero productores y consumidores, sino que antes somos lo que yo llamaría "emprendedores relacionales". Con esa expresión, lo que quiero significar es que la vida humana es primero relacional -por lo tanto, en un cierto sentido, «comunitaria»- y que la mayoría de nuestras acciones en la vida cotidiana contienen un elemento relacional, un intento de entablar relaciones (ya sean fugaces o estables) y de edificar relaciones.
El sentido de nuestras vidas descansa, en el fondo, en lo que damos y recibimos, en el interior de un flujo constante de amor y respeto, de escucha y cuidado -y ese amor, ese respeto, ese escuchar y cuidar no son concebidos meramente como una fuente de felicidad psicológica o distracción, sino como algo que nos eleva a un nivel superior de conciencia.
Algunos economistas, basándose en esta idea, han elaborado las teorías de las llamadas "redes sociales"; asumen, entonces, que lo que hacemos es usar nuestras conexiones de redes para obtener lo que en realidad queremos: bienes, servicios e imágenes para consumir. Eso no es lo que yo quiero decir con "relación". Quiero significar algo más espiritual.
La economía capitalista de mercado comenzó como una máquina de liberación y terminó como una máquina de alienación. Durante siglos tuvimos la esperanza de hacernos libres consumiendo más y teniendo más ocio, pero lo que hemos hecho realmente es crear un sistema en el cual las relaciones -las verdaderas relaciones humanas, no las conexiones funcionales- son destruidas por la ansiedad y el miedo a la muerte. Lo que realmente impulsa la búsqueda de más y más rentabilidad en el sistema capitalista es el miedo a la muerte, y ese miedo no conduce a relaciones. Separa en lugar de unificar. (**)
Ello significa que, en la actualidad, para ser un militante poscapitalista tendré que ser un emprendedor relacional, que actúa con un ojo puesto en transportarse a uno mismo, y a quienes trabajan y viven con uno, hacia ese estado de conciencia en que el bienestar físico y la felicidad psicológica devienen secundarios, comparados con la alegría espiritual.
Ser un militante poscapitalista es buscar siempre una autotrascendencia vertical, en uno mismo y en los demás, y no reducir nunca a las personas a sus cuerpos y sus mentes dentro de un mundo horizontal.
Nosotros no somos solamente cuerpo y mente; somos también espíritu, conectado constantemente al vasto espíritu que habita e ilumina el cosmos. En el horizonte de la crítica existencial al capitalismo, uno de los mayores desafíos del siglo XXI es abrir una vía de salida espiritual.
(*) El autor es profesor de ética y economía en la Universidad de Lovaina la Nueva, Bélgica; escribió Crítica de la existencia capitalista (Edhasa, 2008).
(**) Nota S.R.: No queremos adentrarnos en honduras metapsicológicas y no lo haremos. Sólo queremos señalar que existe una consideración para establecerla como un punto al que hay que volver una y mil veces hasta que uno lo atraviese a veces. Lo más probable es que no lo hagamos nunca, que atisbemos algún otro lugar de arribo sin llegar jamás a permanecer allí. Para ser claros, el 'miedo a la muerte' no es primario. O sea, que es una derivación de otra problemática mucho más compleja que se llama técnicamente, en el psicoanálisis, "castración", y que no refiere a ningún genital masculino o femenino sino a la presencia de lo negativo, de lo que se ausenta, de lo que se pierde y muchas otras cosas, en clave de sustracción y (agregamos) mesura, límite y establecimiento. Digámoslo así: el tema tiene muchas presentaciones. La cuestión es en que terreno lo hacemos, y allí, en esos diferentes planos y disciplinas, adquiere distintas temáticas que tienden a confundirnos o a hacernos soñar con soluciones. No las hay. Hay tratamiento del tema. Hay distintos tratamientos y hay distintos modos de significar y explicar la cuestión. O confundir la cuestión:
"la vida económica está secretamente conectada con el miedo a la muerte".
"Lo que realmente impulsa la búsqueda de más y más rentabilidad en el sistema capitalista es el miedo a la muerte, y ese miedo no conduce a relaciones. Separa en lugar de unificar."
No desarrollaremos la frase de S. Freud: "el inconciente no conoce la muerte". Lo que si diremos es que el discurso conciente, el discurso común, el habla que habla arroja de sí la experiencia de la muerte porque no puede haber experiencia de 'mi muerte' sino como 'muerte de los otros'. Y la mera idea de 'mi muerte' es una idea a repeler, a rechazar por la conciencia. Y lo logra. Y lo logramos. Evidencia pura. Pero no anda tan errado nuestro autor cuando encuentra una secreta relación entre la muerte y la economía. El miedo es el epifenómeno y el miedo surge no en todo momento sino en ocasiones (de abertura, de ruptura, de fisura). Lo que falta en el texto es el operador del encuentro entre la economía y la rentabilidad. Es el deseo. La aporía la marca el sociólogo polaco Z. Bauman:
"Si cumplimos nuestros deseos, se cae la sociedad de consumo"
La anterior es una afirmación que contiene un anhelo. Digámoslo fuerte, ¿qué? que nuestra sociedad está basada en la insatisfacción de los deseos. Esta sustracción, tanto como la plusvalía operan como el motor que ofrece el movimiento de adquisición de objetos. Ahora bien, esos objetos son 'deseables', no lo olvidemos. ¿Y cómo llegan a ser deseables? Abreviemos, por su puesta ante los ojos como campo de lo deseable (las pantallas y su puesta en forma deseable -la publicidad-). Si decimos el deseo debemos corregirnos. En rigor, digamos: deseos. Son los deseos los que intermedian entre nosotros y las 'cosas a obtener' (Para ser. Sentir que soy. Sentir que estoy. Que permanezco. Propuestas efímeras). El deseo de rentabilidad, de agregación, de acumulación, de obtención, y de mínimas pérdidas o ninguna, es lo que se llama una economía libidinal. No tiene relación con el miedo de la conciencia a la muerte. Los cuerpos tienen sus lógicas que se despliegan en los campos y aparatos del Eros. Dejemos tamaña complicación para otro momento.
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Referencia : lanacion.com.ar
Selección, nota introductoria, nota final y destacados: Sergio Rocchietti.
Relacionar con:
Sobre el capitalismo y el deseo - G.Deleuze/F.Guattari >>>
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Con-versiones abril 2009
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