Mapa del sitio Quienes somos Comuníquese con nosotros Newsletter

Tema Psicoanálisis    Ver todas las notas de esta sección
 

 

Tejiendo puntillas de neblina

 

Alejandra Frías (*)

 

 

Mientras las mujeres
se gastan las pupilas
tejiendo puntillas de neblina,
desde el lomo de los puentes,
los chicos se zambullen
en la basura del canal.

Oliverio Girondo

 

 

Alicia es una mujer de 50 años, obstetra, ejerce su profesión, casada, tiene tres hijos,  dos jóvenes  estudiantes universitarios y un niño de 9 años.

 

Dice en el teléfono, “el analista de mi hija "le" dio tu teléfono para ver si yo podía empezar un tratamiento porque estoy muy mal.”

 

En la primera entrevista plantea su motivo de consulta: “Tengo muchos problemas con mi anterior marido, hubo muchos cambios desde hace dos años atrás y todo se empeoró en diciembre del 2007,  momento en que se desató toda una conflictiva de mi familia, con la visita de mi hermana que llegó de  E.E.U.U”.

 

Se muestra ansiosa, exaltada, pero con una actitud de defensa, se ríe y dice: “¡Mirá que tengo y tuve un solo marido! Me causa gracia como te lo presenté a G. Estamos casados hace 25 años, solo que hace dos cambió mucho nuestra relación. Y a mi se me juntó, mi crisis matrimonial con la crisis de algo que yo no creía que iba a suceder. En diciembre vino  mi hermana después de ocho años a la Argentina, de visita. Ella está casada, tiene dos hijas, unos días antes de volverse a su país de residencia nos encontramos para hacer compras y fuimos a tomar un café.”

 

Hablando de lo poco que yo iba a casa de mis padres y de las actividades de P. (mi hijo menor) me preguntó porque yo no lo dejaba con ellos. Le contesté: "… para que no esté con ellos solo…” Ella me miró y me dijo: "¿A vos también te pasó?” Ambas nos quedamos sorprendidas.  Comenzó a relatarme que desde sus 8 años mi padre abusaba de ella y ahí se me vino el mundo encima.”

 

No sé como sigue esto”, será la frase que Alicia repetirá una y otra vez casi en cada sesión. “Yo siento que se abrió un abismo, compartimos todo lo que nos había pasado a ambas, nos despedimos, ella permaneció en casa de mis padres dos o tres días más y se volvió a ir. Todo fue muy rápido, me quedé sola con la sensación de que ahora tenía que afrontar esto  sin haberlo decidido, al menos sin planificarlo”.

 

*

 

Como  sabiendo sin conocer esos secretos familiares, donde el silencio es testigo mudo de lo que ocurre, se da un momento de un encuentro, y la pregunta de la hermana abre una dimensión adormecida para Alicia. Momento de acontecimiento, diríamos nosotros, en otra escena. La voz la sacó de un ensueño que duró 49 años, abriendo un espacio suturado con síntomas  que la aseguraban de un derrumbe que se avecinaba; un derrumbe que al llegar al consultorio estaba siendo vivido.

 

Cuenta que ella tenía 9 años cuando una noche se despierta y ve a su padre parado al lado de su cama, ella sosteniendo su miembro desnudo. No hubo palabras, no recuerda nada más, y dice: “Si bien tenía  la certeza que eso había ocurrido siempre pensé en un margen de duda y me preguntaba si tal vez habría sido un sueño. Nunca lo comenté con nadie, hasta que me puse de novia con G.; él siempre estuvo al tanto de la situación”.

 

Alicia es la mayor de cuatro hijos de un matrimonio de clase media, madre ama de casa, padre retirado de gendarmería. Posteriormente masajista, en ejercicio hasta hoy.

       

Única hija exigida a terminar estudios e iniciar carrera universitaria, frustrada en su intento por seguir medicina, decidió ser obstetra. Relata situaciones de verdaderos desencuentros con su madre, una precaria relación con sus hermanos, razón que la llevó a aferrarse desde adolescente a G. que siendo, también él, abandonado muy joven por su propia madre, viviendo experiencias de necesidades extremas, al conocer a Alicia, se juntan para no separarse en sus caminos.

 

G. fue rechazado por la familia de Alicia durante mucho tiempo, por ser “un joven sin futuro”, situación que se vio modificada en el  momento en que los padres de Alicia se unen a un grupo de evangélicos. Toda la familia inicia su tránsito en la iglesia, y la vida social y afectiva se ve enlazada a las actividades de la comunidad, aceptando y respondiendo a los dogmas de la misma.

 

G. llega a tener “un cargo” administrativo en la iglesia y ante una discusión con las autoridades de quienes había sospecha de  malversar fondos, se aleja para ya no volver a compartir esa actividad. Alicia acompaña “como debe ser” a su marido en la decisión: “Hace diez años fui arrastrada, yo no estaba de acuerdo, comenzamos a ser las ovejas negras, para mi familia y para la comunidad, me quedé sola, sin amigos, sin vida social. G. se ubicó muy bien económicamente. Es visitador médico, es exitoso hace años, algo que mi familia nunca pudo aceptar. Ya que sobre todo mi mamá no apostaba nada por él”.

 

“Tomé una guardia los días domingos para poder ocuparme de la casa en la semana. Teniendo en cuenta que mi hijo menor se quedaba con G. me iba tranquila, pero poco a poco empezó a hacer cargo del cuidado de Pablo a mi hija mayor, eso trajo problemas porque  empezó a ausentarse de la casa y no se ocupaba del más chico,  comenzó a tener una vida social activa, -motonáutica, velero, lancha. Se hizo de un grupo. Hacía tiempo que ya había empezado a viajar por cuestiones laborales a congresos por todo el mundo; ahí se armó otro grupo. El creció, yo seguí con la mentalidad de la mujer ama de casa, criando a los hijos, más que nada al más chico porque a los más grandes los criamos juntos. Para mí el cambio de G. es terrible, no lo puedo asimilar porque  de ser tan simbióticos ahora estoy sola, y veo que él no quiere estar con nosotros.”

 

*

 

Este recorte clínico, elegido ya desde hace varios meses tiene una particularidad en tanto  la sensación  al armarlo para la presentación  en el marco de trabajo de Grupos Clínicos de Buenos Aires, es que no hay unión en sus fragmentos, aparecen recortes paralelos en dos vertientes claras: la familia de origen - la familia actual. Unos y otros acontecimientos se entrelazan con un pulso sin cadencia, a golpes, a bocanadas. En un intento de sostén, Alicia se esfuerza por armar piezas estalladas y darles algún sentido que la aleje del centro de la explosión. Su sensación es de derrumbe: “Se me cae todo dice, siento que no tengo familia, que estoy perdiendo a mi marido y mi pregunta es si podré con esto”.

 

No se muestra angustiada,  tiene un discurso duro, controlado. Algunas situaciones se fueron organizando a lo largo de este tratamiento: empezó a discriminar, cuál era su familia, a cuál de ellas quería salvar, apostar, cuestionar, reinscribir, despejar de qué se trataba cuando ella decía que se le caía todo, cómo reaccionaba ella y qué crédito le daba a la palabra de G. cuando le recriminaba su actitud desolada. Pudo reconocer que siempre fue poco demostrativa. “Evidentemente lo que me pasó con mi padre me marcó,  siento que no fui una madre cariñosa, corporal, algo me impedía acercarme a mis hijos en un abrazo. Nunca fui alegre, siempre estuve pendiente de mi familia, de mediar, de invitar, cuando ellos venían me ponía contenta, después me enojaba porque no tenía retribución”.

 

“Cuando nació mi hermana estuve tres meses con mis tías, porque tuve una enfermedad que ponía en riesgo al bebé, no entiendo cómo mi madre estuvo tanto tiempo sin verme".

 

“A los 10 años, como si no alcanzara con lo que me había pasado, tuve un accidente: me estaba hamacando en una banqueta y me caí, resultado, perdí el himen. ¡Ahí empecé a pensar cómo iba a justificar con mi primera pareja que no era virgen! Recuerdo que vino el médico y que estaba cerca mi padre”

 

Desde muy joven ante cualquier dificultad emocional, presentaba un trismus (contracción involuntaria tónica de los músculos de la mandíbula), que la dejaba en una absoluta imposibilidad de hablar. Durante todos estos años el síntoma se repitió. Cursó lo que ella denomina depresiones, en varios momentos de su historia, y depresión post-parto en el nacimiento de su último hijo. Tuvo varias cirugías, todas ellas en su aparato reproductor. Embarazos interrumpidos, quistes, infecciones.

 

Cuenta de su absoluta sensación de soledad en la crianza de sus hijos. “Mi mamá nunca estuvo cerca mío, más aún: desde el momento en que empezamos a vivir en un semi piso que le otorgaron a ellos. Mi madre cuidaba aún a sus padres y decidieron no mudarse, siempre me hizo sentir que esa era su casa, aún cuando ayudábamos con la cuota como si fuera un alquiler. En esa época había nacido mi segundo hijo, yo estaba sola con una cesárea recién hecha, un bebé y mi hija de dos años, mi marido trabajando mucho, me tuve que arreglar sola absolutamente. Tuve una tetania, que me dejo en estado fetal, había tenido un bajón de calcio, me tuvieron que medicar y  tuve que destetar al bebé. Ella nunca se fijó si yo necesitaba algo. Me llamaba y me lloraba en el teléfono por todos los males que tenía, yo me quedaba mal, la llamaba al rato y la encontraba matándose de risa con sus amigas que habían ido a tomar el té, y a organizar la tarea comunitaria que hacían en las cárceles con las mujeres”.

 

“G. está en crisis, no quiere hacer nada en casa, dice que se aburre, tiene toda su agenda ocupada y yo no se qué hacer.” Reconoce que no tiene ganas de ocuparse de Pablo, se va todo el fin de semana, entonces "me encuentro con mis hijos más grandes que se quejan de que el padre no hace nada por la familia, a G. quejándose porque nadie entiende que él quiere disfrutar, que ya trabajó muchos años y sigue haciéndolo para sostener todo y yo en el medio.”

 

Alicia, despliega con temor, su fantasía sobre la existencia de otra mujer, cuenta detalles, estalla en alguna situación con su marido, duda si creerle o no. Empieza a preguntarse como sería la vida de ella si se separara de G., dice que ya no da más, que de esa forma ya no puede sostenerse nada, empieza a tomar otra fuerza. “Me arreglaré, pero así no quiero seguir, esto es un calvario”. De  a poco hace pequeños movimientos, empieza a ahorrar su sueldo, manejar su dinero. Se toma tiempo para volver a su casa, duerme en el hospital a veces y llega más tarde, demanda a G. que hablen sobre la situación familiar: “Yo antes le escribía siempre cartas lacrimógenas, ahora ya no, hago un punteo de lo que quiero que cambie, de lo que no me gusta y él no dice nada”.

 

*

 

“Me siento culpable de que se haya abierto todo este tema, creo que si mi hermana no hubiera venido, yo nunca lo hubiera hablado. Después de enterarnos de lo que hizo mi padre en la iglesia, todo empezó a tomar forma, una mujer fue a hacerse masajes y él la toco, la mujer salió corriendo y denunció esto en la comunidad de la que fue expulsado, se ve que cada uno de los que sufrimos alguna situación pensamos lo mismo, porque nos fuimos enterando de cosas que no sabíamos. Mi tío, el menor de los hermanos de mi madre, relató a G. que también a él lo tocó viviendo en la casa de mis abuelos, ya casado con mi madre. Mi madre eso no lo sabe.”

 

“Mi sobrina, mi hermana, mi cuñada, mi suegra, yo, se empezaron a tejer un montón de historias, se enteró una hermana de mi padre que fue la única que dejó de hablarle, pero a la vez se alejó de mí, yo tenía una muy buena relación con esa tía. Con ella estuve esos tres meses cuando nació mi hermana.”

           

“Todo el tiempo en que estuve en la iglesia este tema se tapaba, era como que yo perdonaba, a través de la fe. Pero en la familia seguían pasando cosas. Mi hermana y su marido son practicantes de la iglesia, solo G. y yo quedamos afuera, como parias. Pero parece que a mi hermana tampoco le alcanzó. Vino con la idea de hablar de este tema, pero mi padre para justificar lo que le hizo le clavó un segundo puñal: le dijo que él hizo eso porque no sabía si ella era su hija, y además le dio a entender que ella lo seducía. Y cuando terminaron de hablar intentó besarla de nuevo. Mi hermana se fue re-mal. Dice que nunca lo va a perdonar, y a mi madre tampoco, porque ni siquiera hizo lo que determina la fe, que es dejarlo solo un tiempo para que reflexione”.

 

A las pocas entrevistas, Alicia cuenta que hace muchos años, una noche estaba tejiendo cuando de pronto escucha en la radio el comentario de una película que siempre quiso ver y nunca se animó. El film era “La celebración”: “Tal vez ahora la pueda ver”. A la sesión siguiente comenta: “Compré  la película, es muy fuerte, es lo mismo que pasó en mi casa, es increíble, esa madre… parece que hay más casos de lo que uno se imagina. Se la di a mi hermano mayor para que la viera, veremos que hace y que me dice”.

 

Alicia intenta armar redes que la contengan en este desmoronamiento, busca un sostén con el que mas allá de lo imaginario pueda enfrentar a ese real arrasador; una defensa en esa causa que tanto tiempo la atormentó en su silencio. Con el tiempo corroboramos, en la escucha, que ninguno de sus dos hermanos hace lo esperado por ella,  o sea, enfrentar a su padre en pos de la salud familiar. El mayor se evade, agazapado en el discurso parental, el menor tras conmocionarse con la noticia, se muestra más presente pero no toma partido.

           

Desde diciembre  Alicia no visitó la casa familiar, desde que está en tratamiento lo lleva con más calma pero no sin dudas, mantiene escaso contacto con la madre, mantuvo una charla con cada uno de sus hermanos, uno se abstuvo y se alejó de ella, el otro se conmocionó y mantiene contacto, incluso un poco más fluido que antes, aunque decidió no compartir la situación con su esposa. El día del cumpleaños del padre, le envió una planta a través de un remise, el padre luego de unos días mando una carta por medio de la madre, ella trae la carta a su sesión conmocionada, el padre le escribe: “Pedí perdón y el Sr. ya me perdonó, ahora solo falta que  vos hagas lo mismo y que te perdone a vos”. No sale del asombro, pide que la ayude a interpretar, está confusa, dice: “Ellos esperan que yo vuelva y hacer de cuenta que no pasó nada. Aquí está la mano de mi madre. Ella manipula todo, él nunca habló conmigo, a través de la fe creen que ya está, le pide perdón al Señor, pero no habla conmigo”. “¿No se da cuenta? ¿No le importa nada? ¿Está loco, es un perverso?. Yo no sé qué hacer”.

 

*

 

El día de la madre compró un regalo para la suya, salió con sus hijos y marido, llevó el regalo en la cartera, no sabiendo qué iba a hacer. Cuando terminaron el día, al volver para su casa, se trastabilla y se cae al río, asustada y asombrada dice: “Evidentemente no quería ir, pero me podría haber matado, caí hasta el fondo del río parada, yo no se nadar, creí que me rompía algo”, expone su cuerpo una vez más, se pone en riesgo, aún es la única forma de tramitar esta historia.

 

Salió de vacaciones  con sus hijos y su marido en julio, sorprendió a su familia aprendiendo a esquiar. Viajó con su marido y se integró al grupo participando de actividades que nunca se había atrevido hacer. Para sorpresa de todos, ríe, organiza. Escribe un cuento a G., una historia de un capitán y su tripulación, en la que el capitán cansado y distante, se queda dormido, el barco a la deriva y el ayudante de timonel debe afrontar la tormenta que se avecina. El cuento, a diferencia de todas las cartas escritas en veinte años, es dado a conocer por G. a todo su grupo de amigos que la felicitan, y le advierten a él que en cualquier momento ella lo deja. Retomó su tejido, actividad que le gustaba mucho; lo había  abandonado para que su marido no la considerara una “vieja”.

 

Pasó una crisis con su hijo pequeño hace muy pocas semanas y la sobrellevó sin su síntoma (trismus) para sorpresa de ella y de su esposo. Algo se enlaza lentamente. Al internar a su hijo esa noche, escribe un largo mensaje de texto, dice que está muy asustada y que tiene miedo. La llamo, nos mantenemos por dos semanas en contacto telefónico hasta que le dan el diagnóstico de Pablo. Sus hijos y su marido permanecen todo el tiempo junto a ella y al niño. La familia de origen se entera después de varios días, solo el hermano menor se acerca a la clínica y los acompaña.

 

A partir de ese momento se genera un movimiento, hablan con G. acerca de lo que podría haberle ocurrido a Pablo, los motivos de esa crisis, ella dice: “No debe entender nada, desde diciembre no ve a mi padre, no nos reunimos, no le dije nada, pero ¿qué decirle? Yo sé que esto no tiene arreglo, que ellos no van a cambiar, pero yo tengo que decidir como se resuelve para mi familia.”

 

“¿Qué se hace en estas situaciones? ¿Se perdona? ¿Cómo se vive con esto? Yo no quiero hacer como mi hermana, ella está lejos, mis padres son mayores, si les pasa algo creo que no se me va a ir la culpa nunca más. Si ellos se enferman, yo no los dejaría tirados, la verdad no sé qué hacer. Creo que si yo no espero nada de ellos, podemos encontrarnos de vez en cuando, por lo menos para que mis hijos no sientan que quedaron aislados del mundo. Al final yo soy la víctima y quedo excluida. Mi padre nunca se acercó, no hizo nada, no llamó, no pidió perdón, es más dice que de lo que pasó conmigo no se acuerda.”

 

Ante la pregunta de cómo sería esa vuelta a verlos, para que no quede en la nada como ella dice, comenta: "Le hablaría, lo voy a tener que enfrentar, me va a tener que decir algo, limpiar la imagen de mi madre o que estalle todo de una vez. Yo sé que estoy escapando de encontrarlo. Parece como si ellos me estuvieran dando tiempo a que se me pase, como si fuera un capricho".

 

*

 

Solo se le anuncia que se la acompañará en la decisión que tome. Que sería conveniente que centre las preguntas en ella. Que ya inició un camino haciendo escuchar su voz, por lo que ella va eligiendo tímidamente. Que el rompecabezas, como ella lo llama, se va a ir reconstruyendo hasta donde ella decida.

 

Actualmente se encuentra en esta instancia, no sabe como va seguir, pero va transitando con más calma esta construcción desordenada que va desandado para volver a inscribir.

 

Sigue indagándose acerca de qué y cómo hacer. Se cuestiona y se enoja por primera vez con su madre, se aleja, se abstiene de sus opiniones, duda acerca de si ella participó como cómplice y a la vez la justifica: “Ella estaba todo el tiempo ocupada con mis abuelos”. Se culpabiliza por no haber visto lo que su padre hizo con su hermana durante tantos años, y a la vez homologa su mirada de niña a la no mirada de su madre, justificándola.

 

Su madre considera que fue algo del pasado y que ya está, no asocia con el episodio de la mujer de la iglesia y los masajes del padre. No sabe lo de su propio hermano. Acompañó al marido a unas entrevistas con un psiquiatra de la comunidad, que los orientó, obviamente desde la fe, brindándole consejos y acercándolos a otra iglesia.

 

Hace dos semanas la madre la visita y comparten una charla de la que participan los dos hijos mayores, ambos recordaron anécdotas y se mantuvieron juntos durante dos o tres horas.

   

“Mi madre se pregunta y recrimina  porque no hablamos antes", yo le digo: “Mi cuerpo habló"; y mi madre como en un primer gesto de entendimiento dijo: “Claro era por eso que vos te quedabas sin poder hablar” (...) “Se siente estafada, sola, siente que perdió a sus hijas y nietos. La vi por primera vez mal, le creí.”

       

*

 

La búsqueda del amparo en unos brazos protectores no fue encontrada. Muy por el contrario: un espejo vacuo la arroja allí, en un siniestro que nunca es esperable para la vida de un niño. La imagen fragmentada en otros tiempos constituida en sus primeros lazos, se reedita en un marco donde aristas y fragmentos sustituirán la unicidad que un ser necesita para simbolizar lo posible.

 

Es en los movimientos lógicos de la 'alienación - separación' que el ser se constituye y para que ello advenga es condición la creencia en el otro que sostenga. “Creencia, entonces, para no sucumbir al desamparo”. Ser separado de lo que aliena, ser arrojado al mundo en esa operación de corte, tornándose esa pérdida, ese pedazo de carne, desprendida de su ser perdida y como pérdida causa. 

 

Alicia quedó arrasada, no hubo un buen pasaje, no hubo separación procuradora, se sintió abandonada, expulsada.  La experiencia de ser alejada de su seno familiar al nacer su hermana, la marcan para siempre jamás, entre la competencia y el abandono. Escena tras escena sumaron motivos para que ese espejo siga con un brillo que enceguecerá su vida.

 

Los síntomas que acompañaron a Alicia dan cuenta de un real que toca el cuerpo, no simbolizado, actos forclusivos que desordenaron el funcionamiento de una máquina que podría ser perfecta, pero que conteniendo en su interior historias de abuso y violencia, violentan su cuerpo dañando en un perfecto círculo, el adentro y el afuera; un adentro de órganos y un afuera de vínculos.

 

La ensoñacion la mantiene en un incesante suspenso, impasse que no deja de no insistir, casi renegatoriamente.

 

La neurosis, siempre infantil, se muestra en la crudeza del momento traumático, seducción mediante, diría Freud, en tanto posición pasiva,  no sintió culpa pero luego se vuelve en su contra desde un desarrollo moral que la condena. Paga con esos pedazos de cuerpo, donde se instalan mas tarde sus síntomas, la deuda que nunca ha sido saldada. Violada en su intimidad, arrebatada en la inocencia de su niñez, se opaca, se pierde en juicios, preguntas y justificaciones que le llevan vida. Su vida anclada en las redes del deseo del Otro (el padre, la madre), configuran sus fantasmas impidiendo que la plenitud de Eros toque su historia.

 

La religión sirve de escudo imaginario donde un dios inexistente ocupa el lugar, vía sumisión, de protección y cuidado. Lugar que ese padre  imperturbable, allí donde debería haber estado, es sustituido por  ese dios que adviene, para mitigar su angustia y desamparo. La creencia religiosa pone un velo a lo real.

 

Ser deudor y culpable, es el precio que paga  para sortear el desamparo original”. Un deber ser imperativo, sesga su historia de culpa y reproches. Confesando goces y sombras a un Dios escuchador de pecados, creencia que masifica a veces hasta el misticismo delirante. Alicia se sostuvo en la fe, al salir de ese encuadre que la sostenía perdió pié, volvió a estar fundida a la nada de su soledad.

 

*

 

Son muchas las preguntas que surgen en este enlace de: sexualidad, culpa, religión y muerte. Cómo acompañar  a Alicia de la manera más prudente y rigurosa en tanto su estructura  es endeble aún, se pierde, no quiere tener que saber, se le mezclan los ideales de una familia con lo que tiene en su cotidianeidad. Su yo dice: “Esto no tiene remedio”, pero aún así la vida debe continuar, pero cómo, sin que su cuerpo enferme, sin que su hijo menor corra riesgo, sin que su marido la abandone.

 

¿Cómo hacer posible que advenga sujeto que se implique en un cuerpo por la palabra, sellando un contrato que forja su destino con el Otro? Estamos aún en los inicios, nos tomará tiempo llegar a horadar, a que sienta el poder de su existencia, a que el saber acerca de la finitud no sea clausura sino inicio. “ ... Cada vez que uno se abstiene verdaderamente a morir, resulta de eso un verdadero nacimiento, tanto más precario y doloroso en cuanto se emerge de las tinieblas sin otra madre que uno mismo, sin otra contracción que una voluntad que no siempre se alcanza a comprender muy bien”. (Dice Cortazar)  A  que siga transitando por la vía de la culpa a la responsabilidad, y que las preguntas acerca de su ser gozoso abra a más preguntas, que la lleven a simbolizar su historia.

 

Esa proa, contada en su cuento, está marcada desde la  entrada en la transferencia  con la constitución de sujeto supuesto saber, atravesando la entrada y dando lugar a la apertura del inconsciente, simbolizando lo posible, haciendo letra, danzando palabras. “Esta creencia, será un modo posible que apuntará a  deconstruir las envolturas engañosas ancladas en la esclavitud del Otro que hacen penar de más”.

 

 

***

 

Bibliografía:

 

Seminario: “Deuda, culpabilidad y duelo”,  Dra. Ana María Gómez.

Julio Cortazar: "Los autonautas de la cosmopista".

Oliverio Girando: "Chioggia".

Silvia Bermúdez. Psicoanalista: "Creencia en el otro".

 

(*) Presentación realizada en el marco de un  grupo clínico integrado por colegas psicoanalistas que participan de las actividades de Grupos Clínicos de Buenos Aires.

 

                                               

*

 

Con-versiones febrero 2009

 

       

 

copyright 2005 Conversiones.com Todos los derechos reservados.