Seminario XXVII: "Disolución"
Jacques Lacan
¡¡Luz!! - 15 de Abril de 1980
"Hágase la luz"
Y, ¿qué creen ustedes que sucedió?. La luz se hizo.
Es probablemente increíble que eso haya entrado primero en la Escritura. Es lo que llamaré un síntoma-tipo de lo real.
Porque es ciertamente a través de la luz en lo real de ella como se allanó el camino de la ciencia. No tan sólo él, sino otros varios.
Sabemos también que la luz, la noción de su velocidad precisamente, es la única que nos da el absoluto mensurable de lo real. Y es al mismo tiempo como de él se demuestra la relatividad.
Qué golpe de efecto para los creyentes resulta ese ¡¡increíble!! Sin embargo, no despierta forzosamente en ellos, lo sabemos, un gusto particular por las luces, en el sentido de la "Aufklarung".
No se dejen impresionar demasiado por ese golpe de efecto. Para reponerse de él constaten sólo aquello con lo cual se aclara más tarde: un total desconocimiento de la diferencia de las "luminarias" Luna y Sol con respecto a dicha luz.
Lo que más me molesta es que el acento puesto en la palabra creativa es según mi parecer.
Atribuir tan sólo lo insoportable de la luz a la palabra es una apuesta dudosa, totalmente contrario a mi parecer.
Lo que demuestra el inconsciente es algo distinto, es decir que la palabra es oscurantista.
Le atribuyo bastantes fechorías a la palabra como para perdonarle este oscurantismo. Es su más evidente buena acción.
Ya señalé en los albores de mi enseñanza, la función que abre el camino a lo simbólico de esas luciérnagas llamada estrellas. Las estrellas no dan mucha luz. Sin embargo los hombres se iluminaron con ellas lo que les permitió descubrir la felicidad que experimentan en la noche transparente.
El oscurantismo propio de la palabra se duplica por la creencia en la Revelación que imputa a Dios el "hágase la luz". Cuando eso se triplica por la filantropía y se cuadruplica por el progresismo, es noche negra.
Cuando se apagan las estrellas resulta esto: "El deseo de los hombres es socorrerse unos a otros para su bienestar".
Lo recibí por correo. Había pedido que me escribieran y para mí estaba bien hecho. Debo decir que a la persona que me escribió eso, no le había pedido nada, por la sencilla razón de que desde hace tiempo no viene más a mi seminario.
Françoise Dolto, de ella se trata, me envió así una misiva, que me entretuvo durante esas vacaciones, que por otra parte no me tomé.
Es una misiva "para disipar el malentendido".
Tanto me quiere, dice en definitiva, que no puede soportar la disolución de la Escuela.
Y, ¿por qué lo digo tan insistentemente? Porque la Escuela soy yo.
Es su axioma. Entonces, forzosamente, disolver la Escuela sería anularme. Eso es lo que ella quiere.
Hay una diferencia, es que yo soy quien disuelvo la Escuela. Eso no la detiene, por otra parte, nada la detiene. Se imagina que me autodestruyo. Por eso, de acuerdo con su principio filantrópico, viene en mi ayuda.
Ven cómo todo se entiende. Es lógico. Lo notamos en que eso nada sacrifica a la verosimilitud.
Si fuera justo, haría de mí un tipo de las características de Sócrates. Sócrates deseó su muerte y la obtuvo de aquellos a quienes había beneficiado.
Después de todo no le fue tan mal; su muerte resultó ejemplar.
Felizmente para mí, nunca dije que la Escuela Freudiana fuera yo. También hubiera podido decir que Madame Dolto soy yo.
Parece que hay quienes lo creen. Bueno, es un error. No me identifico en absoluto con Françoise Dolto ni tampoco con la Escuela Freudiana. Lo que me justifica que me aferre a toda costa a construir la Causa freudiana.
Lo que ya existe basta para desidentificar (désidentifier) de la Escuela. No tuve otro propósito en cuanto a mi enseñanza más que mantenerla en su nivel. Ahora hago lo necesario para preservar lo que es capaz de dar a los que se introducen en su senda.
Pero mi acto demuestra ya que lo real que está en juego en la experiencia, no está limitado en principio a la única subsistencia de la sociedad psicoanalítica.
La delicadeza de mi proceder reside en que no sólo no excluyo a nadie, sino que recibo a todo el que viene.
¿Debo deplorar que mi significante se manifieste apto para vehiculizar cualquier broma? Estoy colmado, por el contrario, porque no digo otra cosa.
En fin, la broma cuanto más corta mejor. Es lo que me impulsó a abreviar lo que al aparecer como malentendido, se estancaba sin salida, es decir se petrifica como fraude.
Además de no gustarme, no necesito anatematizar a los que me gritan que me quieren, injuriándome, por la sencilla razón de que el fraude como tal es fuente de angustia. Si no lo es siempre entre sus agentes o entre sus víctimas, lo es entre sus descendientes.
Por eso tengo un mal presentimiento de lo que harán aquellos a quienes les endilgué el término de falsarios, sin preocuparme más.
La experiencia psicoanalítica le da un lugar eminente a la función del engaño al apoyarse en el sujeto supuesto saber. Eso explica que si el engaño se torna fraude, no hay retorno.
Elaboré, en el transcurso de lo que les dije, mis respuestas a varios de los que me escribieron, y que se reconocerán en ellas.
Todavía alguno me pregunta si yo por casualidad me imaginaría ser infalible.
No soy de los que retroceden ante el tema de su certidumbre. Lo que me permitió romper con lo que estaba congelado de la práctica de Freud en una tradición que, claramente, impedía toda transmisión. Inventé lo que les ha reabierto un acceso a Freud, que no quiero que se cierre.
No me haré el exquisito reconociéndome infalible, sino como todo el mundo, sea a nivel de la verdad que habla, y no del saber.
No me tomo por el sujeto del saber. La prueba está - es conveniente que lo recuerde- que el sujeto supuesto saber soy yo quien lo inventé, y precisamente para que el psicoanalista, para quien es lo natural, termine de creerse idéntico a él.
El sujeto que se supone saber, no es ni todos, ni nadie. No es todo sujeto pero tampoco un sujeto nombrable. Es algún sujeto. Es el visitante de la noche, o mejor aún es de la clase del signo trazado por una mano de angel sobre la puerta, más seguro de existir no siendo ontológico y de llegar de no se sabe de donde.
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