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Seminario XXVII: "Disolución"

 

Jacques Lacan

 

 

El Otro barrado - (15 de Enero de 1980)

 

 

Estoy en el trabajo del inconsciente.

 

Lo que me demuestra, es que no hay verdad que responda del malestar que particulariza a cada uno de los que yo llamo "parletres".

 

No hay ahí impedimento común, puesto que nada permite presumir que todos confluyan.

 

El uso del uno que no encontramos sino en el significante no funda de ninguna manera la unidad de lo real. Salvo para ofrecernos la imagen del grano de arena. No se puede tampoco decir que haciendo montón, haga todo. Hace falta un axioma, es decir una posición de decirlo así.

 

Que pueda ser contado, como dice Arquímedes, no es un signo de lo real, no de un universo cualquiera.

 

No tengo más Escuela. Le he retirado el punto de apoyo (siempre Arquímedes) que tomé del grano de arena de mi enunciación.

 

Ahora tengo un montón —un montón de personas que quieren que los tome—. No voy a  hacer de ellas un todo.

 

No hay un todo.

 

No necesito mucha gente, he  dicho, y es verdad – pero, ¿para qué decirlo?, si hay mucha gente que me necesita.

 

Al menos, que lo cree (necesitarme). Que lo cree lo suficiente como para decírmelo por escrito.

 

¿Y porqué no le creería, yo también? Ya que me cuento entre los incautos, como todos saben.

 

No espero nada de las personas, y algo del funcionamiento. Por lo tanto tengo que innovar, puesto que esta escuela, la perdí por haber fracasado en producir Analistas a aquella (AE) que estén a la altura.

 

¿A cual de los elegidos de mi jurado de admisión les hubiera aconsejado yo el votar por sí mismo si por ventura él se hubiera presentado hoy al título de pasante?

 

Tampoco me apuro a rehacer Escuela.

 

Pero, "sin tener en cuenta las posiciones tomadas en el pasado con respecto de mi persona" —cita de 1964— aquél que, habiéndome declarado proseguir conmigo, lo hace en términos  que, para mi gusto, no lo desmientan desde el vamos, le admito asociarse con el que haga lo mismo.

 

Quien es quién, sin perjuicios, pero me remito a la experiencia por hacer, freudiana si es posible.

 

Como la cita célebre de los enamorados durante un baile en la Opera, horror cuando dejaron caer las máscaras; no era él, ella tampoco, por otra parte.

 

Ilustración de mi fracaso en esta herencia —perdonadme por ello la hybris— que me decepcionó lo suficiente para que me libere del enunciado que "No hay relación sexual".

 

Freud, él, parte de su causa fálica, para de ahí deducir la castración. Lo que no va sin mácula, que yo me empeño en limpiar.

 

Contrariamente a lo que se dice, del goce fálico, "la" mujer, si puedo decirlo, puesto que no existe, no está privada de él.

 

No lo tiene menos que el hombre a lo que se engancha su instrumento (organon) con poco de que está provista (reconozcamos que es delgado), ella no obtiene menos el efecto de lo que limita el otro borde de este goce, es decir, el inconsciente irreductible.

 

Es así mismo en eso que "las" mujeres, quienes, ellas, si existen, son las mejores analistas, a veces las peores.

 

Es con la condición de no aturdirse de una naturaleza antifálica, de la que no hay ella en el inconsciente, que ellas pueden oír lo que de este inconsciente no es para ser dicho, pero alcanza a lo que de eso se elabora, como procurándoles el goce propiamente fálico.

 

 

El Otro falta. Me parece extraño a mi también. Aguanto el golpe sin embargo, cosa que los sorprende, pero no lo hago para eso.

 

Un día al que por otra parte, aspiro, el malentendido me asombrará tanto de venir de ustedes que voy a estar pático a más no poder.

 

Si ocurriera que yo me vaya, díganse que es a fin de ser Otro al fin.

 

Uno puede contentarse de ser Otro como todo el mundo, luego de una vida pasada  quereriendo serlo, a pesar de la Ley.

 

*

 

El texto de este seminario apareció en el número de Le Monde fechado el  26 de Enero de 1980, precedido de la carta siguiente:

 

 

Carta al diario "Le Monde":

 

 

Remito a Le Monde el texto de esta carta. Con mi seminario del 15, si quisieran publicarlo entero.

 

Para que se sepa que nadie aprendió nada al lado mío, nada, por lo que sé, de valor.

 

Sí, el psicoanalista tiene "horror" de su acto,. Hasta el punto que lo niega, lo deniega y lo reniega – y maldice al que se lo recuerda. Lacan Jacques, para no nombrarlo, hasta clama indignado contra Jacques-Alain Miller, odioso en demostrarse el por-lo-menos-uno que lo lee. Sin más consideraciones que las necesarias a los "analistas" establecidos.

 

¿Mi pase los toma demasiado tarde, que yo no tenga ahí nada que presumir?, ¿o es por haber confiado el cuidado a quien atestigua no haber percibido nada de la esctructura que la motiva?

 

Que los psicoanalistas no lloren aquello de lo que los alivio.

 

La experiencia, no la abandono. El acto, les doy la oportunidad de enfrentarlo.

 

24 de Enero 1980.

 

 

***

 

Con-versiones febrero 2009

 

 

       

 

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