Continuación de la introducción al comentario del Seminario XXVII: "Disolución" (*)
Elizabeth Roudinesco
El 8 de enero de 1980, los miembros de la Escuela Freudiana de París recibieron por correo la famosa misiva llamada "Carta de disolución", fechada el 5, mediante la cual se anunciaba la voluntad de Lacan de poner término a su escuela. Encontró de inmediato un fantástico eco en la prensa y todo el mundo se puso a comentar los pasajes del texto:
"Hablo sin la menor esperanza... Yo padre‑severo persevero ... La estabilidad de la religión proviene de que el sentido es siempre religioso", etc. Sin embargo, desde aquel 8 de enero, empezó a insinuarse una ligera duda en las filas de los partidarios de la disolución: aquel día, Lacan, que desde hacía un año no hablaba ya casi en su seminario, se puso a leer lentamente la carta con voz monocorde, sin omitir una sola frase, pero equivocándose a veces en el desciframiento de ciertas palabras. Luego hizo este comentario que no figuraba en el texto enviado a los miembros de la EFP y difundido después por vía de la prensa: "Esto es lo que he firmado con mi nombre, Jacques Lacan, en Guitrancourt, este 5 de enero de 1980. Ahí está. ¿Hay acaso algo que añadir?" La indicación era preciosa.
Entre el 8 de enero y el 10 de Junio hubo todavía cinco sesiones del seminario durante las cuales se repitió la misma escena: Lacan hablaba, sin duda, lo cual regocijaba a su audiencia acostumbrada a verlo mudo, pero ya no hablaba como antes. Leía textos mecanografiados que en general pasaban inmediatamente al periódico Le Monde, después a la revista Ornicar? Lomismo hizo con las alocuciones pronunciadas el 18 de marzo de 1980 en el hotel PLM‑Saint‑jacques, donde Louls Althusser lo comparó con un "arlequín soberbio y lamentable", después en Caracas, el 12 de julio, donde los "lacano-americanos" fueron llamados a reagruparse en una nueva "causa freudiana". En cuanto a las cartas e intervenciones, firmadas o no de su mano, que acompañaban al proceso de disolución y después a la creación de la Causa Freudiana, el 21 de febrero, de la Escuela de la Causa Freudiana el 23 de octubre, eran de la misma naturaleza: si nada probaba que no hubieran sido redactadas por Lacan, nada probaba tampoco que él las hubiera redactado. Por eso la fragmentación del movimiento lacaniano en múltiples tendencias, que duró de enero de 1980 a marzo de 1981 y se aceleró con la muerte de Lacan, tuvo por prenda recurrente esa interrogación: ¿quién es el el autor de los textos leídos por Lacan en su último seminario? ¿Quién es el autor de los textos enviados a la prensa y a los miembros de la EFP, con su firma o sin ella?
En 1986, intentamos aportar un comienzo de respuesta a ese delicado problema publicando los restirrionlos contradictorlos de los dos principales organizadores de la disolución Solange Faladé
Y Jacques‑Alain Miller:
"Había que actuar rápidamente, a fin de crear con él algo, mientras era tiempo todavía. Lacan ya no podía escribir. Se decidió que Miller redactaría la carta y que Lacan la corregiría. Suprimó los pasajes que no aceptaba. No volví a Guitrancourt, pero el primer fin de sernana del año, Miller me telefoneó para anunciarme que la carta estaba mecanografiada y lista para enviarse".
Jacques Alain Miller afirmaba, por el contrario, que Lacan era ciertamente el autor de la carta: "Fue el 6 de enero, en Guitrancourt, cuando me entregó el texto de la carta de disolución, para difundirlo desde el día siguiente. La mañana del martes, pasé por la calle de Lille; afluían las llamadas: Serge Leclaire telefoneó "le mando un abrazo"; Lacan hizo todavía algunas correcciones a su carta antes de dirigirse al seminario".
Los dos protagonistas estaban de acuerdo en dos puntos que nadie pondría en duda hoy: 1ero. Lacan estaba perfectamente lúcido cuando tomó la decisión, después de discutirlo, de disolver su escuela. 2do. Aportó correcciones a su carta. Por lo que el testimonio de Solange Faladé confirma la declaración hecha por Lacan el 8 de enero: "Esto es lo que he firmado", declaración que por lo demás no se publicó nunca. Puede subrayarse también que el texto original de la carta de disolución no se divulgó nunca, lo
que es de lamentar tratándose de un documento tan controvertido (Pedí en 1985 a J.A. Miller que me confiara el texto original de la disolución. En vano).
Para preparar sus Seminarios y sus Conferencias, Lacan redactaba siempre sino un texto, por lo menos unas notas manuscritas. Lo mismo hacía para los documentos oficiales de su Escuela. En cuanto a las cartas, en general fueron escritas de su puño y letra, con algunas excepciones. A este respecto, no hay ninguna razón para que tratándose de textos tan fundamentales en el plano simbólico como los de ese período, Lacan no haya dejado rastro escrito. No olvidemos la importancia que concedía a la fuente
escrita para la historia. Es probable que Solange Faladé no se equivocara al afirmar que Lacan va no podía escribir en diciembre de 1979. Se conocen en efecto las dificultades tuvo para redactar, en junlo de 19‑8, las seis cuartillas destinadas al catálogo de la exposición de Rotian. Por lo demás, todas las cartas escritas de su puño y letra que hemos podido consultar para el período 1980‑1981 dan fe de ello: sólo contienen en general unas pocas líneas, cada vez más temblorosas al correr de los meses.
A principios de mes de febrero de 1980, Lacan se alojó en la calle de Assas, en el nuevo domicilio que su yerno y su hija acababan de alquilar. Era titular, por otra parte, con Jacques‑Alain Miller, del compromiso de alquiler por un arriendo de una duracion de seis años. Pasaba allí sus tardes y sus noches, después regresaba a la calle de Lille, siempre acompañado, para recibir a sus pacientes, que, poco a poco, se alejaban discretamente. Atroz sufrimiento de un lado y otro: Lacan vivía como un abandono insoportabje esos alejamientos progresivos, hacía todo lo posible por conservar a su alrededor a sus analizantes, los cuales sentían una intensa culpabilidad ante la idea de abandonarlo.
Por la fuerza de las cosas, y por la que da la legalidad, el poder encarnado por los Miller, apoyados por Gloria González, Abdoulaye Yérodia y, durante algún tiempo, Laurence Bataille, se convirtió en el único refugio de Lacan. En esa época, Miller empezaba a recibir analizantes y por consiguiente, a
Imponerse no solo com o jefe de escuela, sino como practicante ante la nueva generación analítica, impaciente de distanciarse de los antiguos compañeros de ruta del maestro. Coautor de las obras por publicarse, coinquilino del domicilio donde vivía Lacan, esposo legítimo de su hija preferida y padre de los
hijos de ésta, era así el que estaba mejor situado para controlar la redacción de los estatutos de la nueva Causa Freudiana, cuya creación se había anunciado en febrero. Fue en ese momento cuando estalló la última crisis que iba a llevar a la ruptura entre la familia legal y, la familia psicoanalítica.
En la recepción de la Casa de América Latina donde se festejó la disolución jurídica de la EFP, decidida por voto mayoritario el 27 de septiembre de 1980, se hizo evidente que Lacan no estaba en capacidad de gobernar a su grupo. Desde el 20 de septiembre, el círculo íntimo sabía que estaba aquejado de un cáncer incipiente del colon. Se lo había diagnosticado él mismo mientras que un médico consultado para una exploración no había visto nada en el examen rectal: "Es un idiota", dijo Lacan, "yo sé lo que tengo." A su edad y, en el estadio en que se encontraba la enfermedad, no había riesgo mortal. El tumor estaba localizado y no era invasivo, y si la ablación se hubiera efectuado en ese momento, hubiera llevado a una curación. Pero la cosa era ésta: Lacan se negaba obstinadamente a operarse. Había manifestado siempre una fobia respecto de la cirugía y las enfermedades físicas en general, y, no soportaba ningún atentado a su integridad corporal.
La revelación de ese cáncer tuvo el efecto de acelerar la caída de la Causa Freudiana. Una "verdadera" enfermedad, identificada, permitía en efecto a cada uno abrir los ojos a la "otra" enfermedad, nunca nombrada, nunca diagnosticada, cuya existencia sólo se percibía por síntomas espasmódicos inscriptos en el rostro y, transformados de inmediato en chisme. En la velada de la Casa de América Latina, hubo pues por primera vez una especie de toma de conciencia colectiva de lo que se había reprimido hasta aquel día: "Ante el anuncio de la victoria", escribe Claude Dorgeuille, "Lacan, vagamente sonriente, no dio ninguna señal de satisfacción (...). Parecía lejano, apretando maquinalmente las manos que venían a ofrecérsele, dando la impresión de no reconocer siempre a los que se le acercaban". Un breve consejo de administración, el útimo se elebró en el primer piso, donde se redactó el comunicado que anunciaba que la Escuela Freudiana de París ya no existía. Lacan se fue sin haber dicho una sola palabra.
(...)
(*) nota S.R.: Nunca un relato y menos aún la lectura de un relato (así sea el realizado por una historiadora) podrá hacernos vislumbrar la compleja figura que se nos sustrae por no haber estado allí. Pero no creamos que ese 'haber estado allí' nos hubiera dado otra cosa que un fragmento o una parcialidad, la nuestra, la que aferraríamos intensamente para darnos alguna acción o alguna explicación. No estuvimos allí (no lo lamentamos, lo afirmamos) pero sabíamos de lo que sucedía allende en Atlántico y aún más, en poco tiempo (1985) sufrimos los embates (junto con otros) del avatar de cualquier política imperial de la cual salimos indemnes (dícese, sin daños, pero no sin marcas, siempre las hay) y aún así (signados) proseguimos en nuestra tarea del propagar. Del propagar lo que consideramos que debe ser propagado: los textos de J.L. . Para los que no sientan que éstas son historias antiguas les recomendamos el trabajo citado más abajo en los puntos: 'La búsqueda de lo absoluto' y 'Herencias' (especialmente para referirse a los sucesos destacados). Hemos intentado esbozar con los tres fragmentos elegidos, un pequeño dispositivo (de lectura) para dar cuenta o dar a cuenta, a otros (para que se den cuenta), de lo que rodeaba la lectura de los textos (cartas-letras de la disolución) de J.L. (su lectura, o su escritura o "sus" letras de la (su) "disolución"). Si no hay solución por lo menos que haya otra cosa: de la disolución.
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Texto extraído de "Lacan". (Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento). E. Roudinesco, págs. 581-584, CFE, Buenos Aires, Argentina, 1994.
Selección: S.R.
Con-versiones febrero 2009
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