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Taganga (Lugar ancestral)

Grace Gómez Enriquez

 

Barranquilla, un día de Febrero de 2007. Un bus hacia la terminal de transporte de la ciudad, urgencia por llegar, necesidad de tomar el primer micro de larga distancia hacia Santa Marta. Dejando los sones de carnaval, para ir en busca de la tranquilidad de la bella herradura.

Un viaje de dos horas aproximadamente, desde la ciudad de Barranquilla, se arriba a la terminal de ómnibus de la vieja ciudad de Santa Marta. En las afueras de la terminal, se coje un minibús, cuyo espacio interior es muy reducido. El recorrido incluye un paseo por la ciudad, desde la terminal, pasando por las afueras de la Quinta de San Pedro Alejandrino, -lugar donde Simón Bolívar pasó su último tiempo de vida-, seguido la bahía samaria, pasada rápida por el mercado, para continuar camino hacia Taganga.

El busecito, recalienta el motor buscando más potencia, el chofer coquetea con cuanta pelada – (Chica)- se le atraviesa. Un bochorno de aquellos, humedad y calor. La carretera que hasta el momento se ve plana,  se va en picada, zigzagueando, serpenteando para mostrar un lugar de ensoñación. Desde arriba se logra ver la bahía del pueblo, azules y verdes mezclados en las aguas del mar caribe.

taganga

Taganga es un pueblo de pescadores enclavado en el caribe colombiano, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta y a sólo cinco minutos de la ciudad con este mismo nombre. Sus habitantes, descendientes directos de los indígenas Tayronas, han mantenido las tradiciones de sus antepasados, como la pesca y el uso de la atarraya para esta labor. Taganga, Dumbira y el Cerro Java Nekún (que va de Taganga hasta el muelle de Santa Marta), se consideran madre de las espiritualidades, lugares sagrados y de pagamento para los indígenas de la zona.

Ya en el pueblo, se puede conseguir una habitación en un hostal, casa con varias habitaciones, un patio, mesa grande, cocina abierta y hamacas colgando en el patio. Se encuentran hoteles con ciertos lujos, pero el pueblo invita a vivirlo de la forma más sencilla posible.   La habitación, tiene un pequeño balcón desde el cuál se ve el mar. Hermosa sensación de tener el océano cerca, al alcance de la vista. Viento suave, aire tibio. Un árbol asomado al balcón y las voces de los vecinos tagangueros, demostrando alborozo y alegría.

La calle principal, bordea la bahía, mantiene mucho movimiento, está llena de pequeños carritos donde se venden jugos, licuados de frutas y comidas de la región. Hay un pequeño parque donde niños corretean hasta altas horas de la noche.  Los cayucos  dejan ver su colorido, en horas de la tarde cuando llegan de navegar.

-Pasan vecinos con racimos de pescados al hombro, recién sacados del mar, hermosos, grandes, jugosos. Seguramente un caldero con aceite hirviendo espera en algún lugar-.

Cuando el sol se pone, una caminata por la playa, escuchando las olas golpear contra la orilla, la luna iluminando y haciendo resplandecer la belleza de este lugar. Para hacer honor al encanto y la magia del pueblo costero, una cumbia de fondo y el humo de hierbas ancestrales.

Se pueden encontrar pequeños restaurantes, y degustar la más variada comida, langosta, chuzo de diferentes carnes, arepas asadas, pescados fritos, comida árabe y hebrea, entre otras.

Avanza la noche, el pueblo se carga de misterios. Poca gente en las calles, a excepción de la vía principal, donde la música y los turistas revoloteaban afanosos de no perder un segundo de su estadía. El resto de las calles permanecen tranquilas,  las horas no pasan, todo se hace mas lento, calmo, rompe con la revolución que se trae de las grandes ciudades. Los sonidos de la noche se hacen presentes, saludan, insinuando que se les debe respeto, es tierra de Tayronas. Las voces de la noche, bajan de la sierra y susurran la bienvenida.

A las ocho de la mañana, ya el sol se siente a pleno, los pescadores salen de madrugada, quedan pocos cayucos anclados; los niños pasan camino a la escuela, mujeres y hombres corretean  busecitos, que van para Santa Marta. Pájaros en el balcón. El desayuno, se puede preparar en la cocina del hostel, pero es más divertido y rico, un buen jugo de mango con leche o de zapote con leche, el puesto ideal, es el de Kelly y sus hermanas, preparan los jugos con mucha alegría. La elección de las frutas, depende del gusto de cada persona, en general son frutas muy sabrosas, piña, maracuyá, zapote, guanábana, níspero, papaya, entre otras. En frente el mar, claro, tranquilo, cálido, hermoso, invitando a adentrarse en el. El jugo hay que disfrutarlo, como todo en esta tierra de encanto, “tranqui”, sin apuros, de a sorbitos, si te apuras te pierdes la posibilidad de encontrar la esencia taganguera.

La gente, es amable, te hace sentir cómodo, parte del lugar; La niña mecha, da las indicaciones para ir hasta playa grande caminando, la gran mayoría hace el trayecto en lancha. Mejor aventurar, no es un camino fácil pero se puede transitar bien, teniendo los cuidados pertinentes. Desde los cerros se logra ver la bahía, el pueblo, las otras playas, son más o menos unos treinta minutos  de caminata, - a mi me llevaba un poco mas de tiempo, la idea descubrir cada rincón, además de pensar en las estrategias para subir y bajar por el sendero sinuoso-, olfateando los olores que aparecen, palo santo y otras hierbas.

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Saliendo del pueblo, a la vueltica, se encuentra la primera playa, chica, de aguas cristalinas, atarrayas colgadas en los árboles, un cayuco,  pescadores y vallenatos que salen de una radio desbaratada, pero lo suficientemente buena para dejar que los sonidos del acordeón hagan emocionar los cerros.

Siguiendo el camino, dejando atrás la primera playa, se bordea el mar, pasan lanchas, la gente que va en ellas saluda, un saludo de “nosotros vamos a llegar primero”. Y sí, llegan primero, pero se han perdido la vista que se tiene desde lo alto de los cerros, las iguanas colgadas de los árboles, las lagartijas de colores que corren apresuradas y muchas veces pasan cerca de los pies. Encontrarse con el moreno, vestido con bermuda raída, un rastafari taganguero, llevando en sus espaldas trocos de palo santo, dejando el aroma por donde va. O simplemente sentarse a descansar sobre una piedra caliente, tomar un sorbo de agua, intentar resguardarse bajo la sombra de un cactus, erguido, que muestra sus espinas, pero con el más bello paisaje delante de los ojos, eso es suficiente, para olvidarse de que falta todavía un largo trayecto para llegar. Las lanchas siguen pasando, de ida y vuelta, la gente sigue saludando, mientras se avanza a lugares más altos, para bajar sobre empinados caminos.

Playa Grande, una playa un poco más grande que la de Taganga, arena blanca, aguas cristalinas, cálidas. Quioscos, casas hechas con palma y palos de madera, pequeños restaurantes improvisados, paradores y guarecedores del sol. Las dueñas, casi todas son mujeres, salen a recibir a los que llegan, en lancha, y las personas que bajan por las escalinatas del cerro. Amabilidad, carisma y la alegría del costeño. Te  ofrecen cerveza helada, gaseosas, para refrescarse y calmar la sed; la infaltable mojarra frita para el almuerzo, acompañada con arroz con coco, patacones (plátano aplastado frito), ensalada de tomate y cebolla.

Para comenzar una buena águila fría (cerveza colombiana), para los que les gusta la cerveza mezclada, un refajo (cerveza y gaseosa cola- de color rojo y sabor a fruta dulce-). Luego, sacarse la ropa, y entrar al agua, rica sensación de frescura después de haber estado bajo el inclemente sol durante casi 45 minutos. El agua en un comienzo, se siente un poco fría, pero a medida que el cuerpo se acostumbra, se hace más cálida, transparente y salada. Parece una piscina, donde se puede nadar y flotar tranquilamente. Este lugar es ideal para la práctica del snorkeling.

El regreso se hace con el sol suave, se disfruta más. Al llegar al pueblo, otro jugo, para después ir a sacarse el agua de mar, para volver nuevamente a la bahía, ver la llegada de los barcos, de las gaviotas que sobrevuelan la espera de alguna presa, disfrutar de la alegría de sus gentes, de los artesanos, que te invitan a sentarte con ellos y comprarles algo; comer alguna cocada,  o un  dulce de papaya (quibillito). Solo hay que estar dispuesto para disfrutar, cada sensación y experiencia que el viento hace circular.  

Taganga, es pueblo Tayrona, sus descendientes, los Kogis, viven en la sierra nevada de santa marta, han buscado preservar la armonía y el equilibrio de su tierra, y han  transmitido a la bella herradura y a su gente, los conocimientos morales y espirituales que poseen, de ahí la magia y encanto de este pueblo de pescadores enclavado en el caribe Colombiano.   

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Con-versiones diciembre 2008

 

 

        

 

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