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El punto

Alberto Manguel

 

El freno para mantener ocupados a los necios...
HENRY VAUGHAN, «The Night».

 

Diminuto como una mota de polvo, el punto, ese mínimo picotazo de la pluma, esa miga en el teclado, es el olvidado legislador de nuestros sistemas de escritura. Sin él, las penas del joven Werther no tendrían fin y los viajes del Hobbitt jamás se acabarían. Su ausencia le permitió a James Joyce tejer el Finnegans Wake en un círculo perfecto y su presencia hizo que Henri Michaux comparara nuestro ser esencial con esta partícula, «una partícula que la muerte devora». El punto corona la realización del pensamiento, proporciona la ilusión de una conclusión, posee una cierta altanería que surge, como Napoleón, de su minúsculo tamaño. Como estamos, siempre, ansiosos por empezar, no pedimos nada que nos indique el comienzo, pero necesitamos saber cuándo parar; este pequeñísimo memento mori nos recuerda que todo, incluso nosotros, debemos algún día detenernos. Como un anónimo profesor inglés sugería en el Treatise of Stops, Points or Pauses, un punto es «signo de un sentido perfecto y de una oración perfecta».

La necesidad de indicar el final de una frase escrita es probablemente tan antigua como la escritura misma, pero la solución, breve y maravillosa, no se estableció hasta el Renacimiento italiano. Durante muchísimos años la puntuación había sido una cuestión irregular. Ya en el primer siglo de nuestra era, el autor español Quintiliano (quien no había leído a Henry James) sostenía que una oración, además de expresar una idea completa, tenía que poder pronunciarse sin volver a respirar. La forma en que se marcaba el final de esa oración era cuestión de gustos personales y durante mucho tiempo los escribas puntuaron sus textos con toda clase de signos y símbolos, desde un simple espacio en blanco hasta una variedad de puntos y rayas. A principios del siglo V, san Jerónimo, traductor de la Biblia, desarrolló un sistema, conocido como per cola et commata, en el que cada unidad de sentido se marcaba con una letra que sobresalía del margen, como si iniciara un nuevo párrafo. Tres siglos más tarde ya se utilizaba el punctustanto para indicar una pausa dentro de la oración como para señalar su conclusión. Con esas convenciones tan confusas, los autores no podían esperar que el público leyera un texto con el sentido que ellos le habían querido dar.

Hasta que, en 1566, Aldo Manuzio el joven, nieto del gran imprentero veneciano a quien le debemos la invención del libro de bolsillo, definió el punto en su manual de puntuación, el Interpungendi ratio. Con su claro e inequívoco latín, Manuzio describió por primera vez su papel y aspecto definitivo. Pensó que estaba preparando un manual para tipógrafos; no tenía forma de saber que estaba otorgándonos a nosotros, futuros lectores, los dones del sentido y de la música para toda la literatura posterior: Hemingway y sus stacattos, Beckett y sus recitativos, Proust y sus largos sostenidos.

«Ningún hierro», escribió Isaac Babel, «puede hundirse en el corazón con la fuerza de un punto puesto en el lugar preciso». En reconocimiento tanto del poder como de la indefensión de la palabra, nada nos ha sido tan útil como esa manchita fiel y definitiva.

 


Texto extraído de "Nuevo elogio de la locura", Alberto Manguel, págs. 81-83, editorial Emecé, Buenos Aires, Argentina, 2006.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones, Septiembre 2008

 

 

        

 

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