|
Una calle lateral filosófica
Michel Onfray
¿Las historias en las que creemos son verdaderas? Hace muchos pero muchos años (cerca de dos mil) un tal Luciano se respondió asimismo y a nosotros que las historias verdaderas son el producto de un relato que decanta en las playas de la literatura y conlleva la necesaria creencia de los oyentes o lectores; (pura parodia de lo serio, ya en el siglo II). Entre lo que podemos llamar una intención de relato, el mismo, y la creencia se establecen los lazos que se anudan fuertemente para darnos la consistencia de 'nuestras historias' que por lo tanto nos terminan ofreciendo las razones de lo que ha sido y las filiaciones de lo que es. Hay entonces un calmar y un afiliarse. Mucho más cerca de nosotros un historiador, Paul Veyne, se preguntaba con justa interrogación si: ¿Creyeron los griegos en sus mitos? Y nos cuenta que las ideas tienen una historia que no tiene porqué ser verdadera (o sea, para nosotros: que haya acaecido; triste y simple, por no decir ramplón, criterio de verdad) y nos cuenta también, que "entre los griegos hubo una época en que, para conocer el pasado, bastaba inventarlo y por ello no se era, sin embargo, un falsario". Y agrega más adelante que "la causalidad histórica o sociológica no es más que una ilusión retrospectiva". Curiosamente (o no) es la misma palabra - ilusión- que S. Freud desmenuza cruelmente en el capítulo VII de "El porvenir de una ilusión". Podemos seguir creyendo que nuestros sueños diurnos y nocturnos no forman parte de nuestra vigilia pero es un error, la misma forma en que se ordenan nuestros argumentos y nuestros "conocimientos" no son más que una mezcla de esas posibilidades: la palabra, la historia, el día (luz) y la noche (sus sombras) se mezclan para traernos nuestras creencias.
Ante tal presentar asistimos, inmóviles y ciegos. Entonces, creemos.
Sergio Rocchietti
***
1.
La historiografía dominante. El pensamiento mágico adultera la historiografía clásica de la filosofía. Por alguna extraña razón, los apóstoles de la razón pura y de la deducción trascendental comulgan con la mitología que crean, y luego la reproducen a la fuerza cuando enseñan, redactan artículos, transmitiendo, escribiendo y publicando las fábulas que, de tanto repetirlas, se vuelven verdades y palabras sagradas. El plagio, la cita encubierta, la regurgitación conceptual del caldo ajeno y otras jocosidades de la corporación controlan el mundo de los redactores de enciclopedia, los creadores de vocabulario y demás autores de la historia de la filosofía, y los manuales para el último año del bachillerato.
La comparación de las producciones en este campo revela una uniformidad apabullante: las mismas referencias, los mismos textos de los mismos autores, los mismos contenidos en las reseñas biográficas de los manuales, a veces la misma iconografía... Las enciclopedias se compilan a menudo con el plagio de reseñas de obras que el editor pretende desarrollar y que el autor, mal pagado en el momento del trabajo, despacha rápidamente actualizando una bibliografía en la que no deja de agregar una buena cantidad de llamadas a sus opúsculos y artículos de escasa circulación. De uno a otro libro, se reproducen los mitos sin ponerlos nunca en duda, ni una sola vez.
Entre las fábulas que se han convertido en certezas admirables, se encuentra la siguiente: la filosofía nace en el siglo VII a. de C., en Grecia, con los presocráticos. Esta frase contiene por lo menos tres errores: la fecha, el lugar y el nombre. Porque mucho antes de esa fecha ya se pensaba en Sumeria, Asirla, Babilonia, Egipto, en la India, en China y en otros lugares bárbaros desde el punto de vista de los griegos. En cuanto a los "presocráticos", es un concepto comodín muy útil para evitar mirar más de cerca.
¿Qué dice en realidad la palabra en sí misma? De hecho, parece referirse a un momento anterior a Sócrates. Tomemos la fecha de su nacimiento: hacia 469, o la de su muerte, 399. 0 incluso la de su apogeo: alrededor del año 350. Desde el punto de vista lógico, puede llamarse presocrático un suceso ‑Tales cayendo en su pozo‑, un libro ‑el poema Sobre la naturaleza, de Empédocles‑, un filósofo ‑Heráclito, Parménides, Demócrito‑, un pensamiento ‑el atomismo abderiano‑, un concepto ‑el Uno de Parménides‑, anterior a esas fechas. En último caso, y a fin de cuentas, no se puede llamar presocrático a nada de lo que sigue a la muerte del maestro de Platón...
¿Cómo entender, por lo tanto, la inclusión de Demócrito en esta constelación donde se codean a través de varios siglos materialistas absolutos e idealistas cabales, atomistas y espiritualistas, partidarios del mito y defensores de la razón, geógrafos y matemáticos, milestos y jonios, entre tantas otras discrepancias? Mejor aún: ¿quién puede explicar por qué el filósofo de Abdera es el presocrático cuyo corpus existente es el más vasto, a sabiendas de que, según los cálculos, fue casi contemporáneo del nacimiento de Sócrates, al que sobrevivió tres decenlos? Por lo tanto, ¿por qué este flagrante error, avalado pero no corregido por Jean‑Paul Dumont en su edición de La Pléyade?
Otra fábula: el nacimiento blanco y europeo de la filosofía. Sin duda alguna, reconocer una filiación bárbara, consentir una genealogía a partir de esa genealogía mágica, supone la consagración de amarillos, negros y mestizos. No encontraremos nada demasiado blanco en la piel de esos racistas que fueron los griegos, a los que gustaba tan poco la democracia... Otro lugar común: ¡los griegos, inventores de la democracia! Ellos, que alababan el linaje puro, única legitimación de cualquier participación en la vida de la ciudad. Las mujeres, los metecos, los extranjeros residentes y los blancos no nacidos de raza pura eran excluidos de esa famosa democracia, existente sólo en la ciudad de Atenas...
El Logos cae del cielo, milagro griego... . ¿Qué pensar de los viajes de Pitágoras a Egipto y de los saberes y sabidurías allí descubiertos? ¿Qué pensar de las expediciones del mismo Demócrito a Persia, entre los indios, etíopes y egipcios? ¿Qué pensar de sus encuentros con los astrónomos caldeos, los magos persas, los gimnosofistas indios, ya sea en su tierra o durante sus viajes por Grecia? La pureza blanca griega desprecia las mezclas de hombres y de ideas. ¿Que la impureza cosmopolita construida con bárbaros desempeña un papel determinante? Ni pensarlo...
En el reino de la filosofía oficial, triunfan las fábulas. No se ponen en tela de juicio las producciones de la historiografía dominante. ¿Cómo podríamos hacerlo, además, si la historiografía no se enseña nunca como parte del corpus de estudios de la filosofía? En ninguna parte se dedica tiempo a esta tarea: no se filosofa acerca de la construcción de las limaduras en la historia de la filosofia. ¿Por qué limar las asperezas y obligar a lo diverso a convertirse en formas que sirvan para reprimir la vitalidad de los pensamientos a fin de adoptar un único discurso autorízado?
La epistemología de la disciplina parece inoportuna, pero sonreímos ante una historia marxista leninista de la filosofía... o ante un proyecto similar firmado por un autor cristiano. ¿Por qué la historiografía que se enseña en las instituciones debería ser neutral? ¿En nombre de qué no obedece también ella a posiciones ideológicas? En especial, las que produce una civilización marcada desde hace dos mil años por una visión cristiana del mundo. Cuando se escribe la historia de cualquier disciplina, la episteme de nuestra cultura no debe ser eludida.
La historiografía se constituye sobre dos mil años, con actores conscientes y decididos, o no, con copistas y archivistas de buena fe, o no, con los avatares de la historia: base documental, incendios, catástrofes naturales, fragilidad de los soportes, precariedad de los medios de conservación, buena o mala voluntad de los actores, iniciativas persona‑les o decisiones ideológicas estatales, intervención de falsificadores, movilización de incompetentes, etc. Todo ello contribuye a la producción de un corpus primitivo en el que se intenta poner orden.
¿Quién escribe la historia de la filosofía? ¿Según qué principios? ¿Con qué objetivos? ¿Para demostrar qué? ¿A quién? ¿Desde qué perspectivas? ¿Cuándo comienza la práctica de la Historia, de la Enciclopedia, del Léxico, del Manual? ¿Quién edita, distribuye, difunde? ¿Dónde? ¿Para qué público, qué lectores? Cuando una obra semejante cae en nuestras manos, una legión de personas bien o mal intencionadas, más o menos dotadas, honestas e inteligentes, se encuentra en las sombras, detrás de nosotros...
2.
El a prior¡ platónico. En dos palabras, digámoslo de frente: la historiografía dominante proviene de un a priori platónico, en virtud de lo cual lo que emana de lo sensible es una ficción. La única realidad es invisible. La alegoría de la caverna funciona en la formación filosófica como un manifiesto: verdad de las Ideas, excelencia del mundo Inteligible, belleza del Concepto, y en contrapartida, fealdad del mundo sensible, rechazo de la materialidad del mundo, descrédito de lo real tangible e inmanente. Para poner de relieve esta visión del mundo, nada mejor que una muestra, en la totalidad de la historia de la filosofía, de lo que parece preparar, ilustrar y seguir esos principios planteados a priori.
Cuando Whitehead le dijo en broma a Gifford, durante una conferencia, que la tradición filosófica en Europa era sólo una sucesión de notas al pie del texto de Platón, en realidad no estaba equivocado... Así pues, todo lo que existe fuera de la relación con el Filósofo griego está olvidado, descuidado, maltratado, maltrecho. Al no traducir, al no trabajar en una edición del texto, al dejar el corpus disperso entre los vestigios de la literatura antigua, evitamos los trabajos universitarios, las tesis, las publicaciones, los artículos; prohibimos, pues, la enseñanza y la difusión de sus ideas, que son, sin embargo, considerables.
Sobre el principio crístico, redactamos una historia de la filosofía destinada a ensalzar la religión de la Idea y del idealismo. Sócrates como mesías inmolado por encarnar la revelación filosófica inteligible, Platón como apóstol, incluso San Pablo como representante de la causa inteligible:la filosofía idealista, he ahí la religión revelada de la Razón occidental. Por lo tanto, establecemos el cómputo a partir de Sócrates: antes de él, después de él; presocrático, postsocrático. La historiografía incluso se reserva el título de socrático menor o pequeño socrático para caracterizar a Antístenes, un cínico, y Aristipo, un cirenaico, los dos creadores de una sensibilidad autónoma; o bien, otros socráticos, según la expresión, en especial Simmias y Cebes, dos... ipitagóricos!
Sobre el tema de la dominación idealista en la historiografía clásica, la historia lleva a cabo una buena cantidad de variaciones. Así pues, el cristianismo, convertido en religión y filosofia oficial, desecha lo que molesta a su estirpe ‑el materialismo abderiano, el atomismo de Leucipo y Demócrito, Epicuro y los epicureísmos griegos y romanos tardíos, el nominalismo cínico, el hedonismo cirenaico, el perspectivismo y el relativismo sofista‑ y privilegia lo que puede pasar por propedéutica en la nueva religión: el dualismo, el alma inmaterial, la reencarnación, la falta de consideración hacia el cuerpo, el odio a la vida, el gusto por el ideal ascético, la salvación o la condena post mortem de los pitagóricos y los platónicos, todo eso le viene de perlas.
Más adelante, el cristianismo ve con auténtica alegría cómo vuelve a florecer el espíritu y el tono de la escolástica medieval que recupera el júbilo de sus grandes momentos en el idealismo alemán iniciado por Kant y magnificado por Hegel; nunca alcanzarán las palabras para explicar el mal que este último cometió, en el terreno historiográfico, con ese monumento de arrogancia, suficiencia, pretensión y nacionalismo filosófico que son sus Lecciones de historia de la filosofía, un modelo para los seguidores contemporáneos de una philosophia perennís, pero blanca, idealista, europea...
Recapitulemos: la historiografía dominante es idealista; puede dividirse en tres tiempos, a saber, el momento platónico, el tiempo cristiano y el idealismo alemán. En el lenguaje administrativo de los programas oficiales del liceo: Platón, Descartes y Kant, la República y su caverna llena de Ideas, el Discurso del método y lasustancia pensante, luego la Crítica de la razón pura, con sus fenómenos, por cierto, pero sobre todo sus noúmenos, la reencarnación germánica de la Idea platónica, de donde surge la ilusión de lo diverso, al tiempo que nos vende con engaños el mismo mundo nombrado de otro modo...
3.
Una contrahistoria de la filosofía. Para construir un Jardín tan bello con senderos bien cuidados y arbustos bien podados, hay que podar muchísimo, talar y cortar. La preferencia por tal o cual autor, por un pensamiento en lugar de otro, el impulso de una corriente o el montaje de todo un equipo adecuado para hacer triunfar una tesis obligan a ocultar los nombres, las tesis, los libros y los conceptos en el sótano... Para echar luz sobre todo esto, es necesario poner orden en la oscuridad: existe, sin embargo, más allá de estos elementos, un material considerable, desperdiciado. El objetivo de mi curso en la Universidad Popular de Caen ‑véase La comunidad filosófica‑ es exhumar la historiografía alternativa.
La historiografia ha olvidado, desatendido en el mejor de los casos, pasado por alto, a sabiendas o no, y a veces organizado esa segregación; de vez en cuando, prejuicio mediante, no se lleva a cabo el cuestionam lento. No se suele considerar a los cínicos como filósofos; además, Hegel lo escribió claramente respecto de ellos sólo hay anécdotas. ¿Los sofistas? Hasta las recientes reivindicaciones, se los consideraba según la mirada de Platón: mercenarios de la filosofía para quienes la verdad no existe y lo único que vale es lo que tiene éxito. Todo sirve para evitar descubrir la modernidad de este pensamiento relativista, perspectivista y nominalista, en una palabra, ¡del antiplatonismo!
Los agentes de la historiografía tradicional realizan el increíble sueño de Platón: los hechos se hallan en Diógenes Laercio ‑Vida y doctrinas de los filósofos (IX, 40) (1)‑ y me parece singular que no se trate nunca filosóficamente esta historia. Platón deseaba lanzar todos los libros de Demócrito a la hoguera. Debido a la cantidad considerable de sus obras, su éxito y la presencia de los textos en varios lugares, dos pitagóricos, Amiclas y Climas, se sintieron en la obligación de disuadir a Platón de cometer tal crimen. Un filósofo inventor del auto de fe moderno...
Se entiende, pues, que en la totalidad de las obras de Platón no haya ni una sola mención del nombre de Demócrito. Dicho olvido vale como un auto de fe conceptual, pues la importancia de una obra, y más aún, de una doctrina capaz de incluso poner en dificultades, también en peligro, las fabulaciones de Platón, exigía una explicación precisa y franca, honesta e intelectual. El prejuicio anti materialista del platonismo ya se manifestaba en vida del filósofo; la lógica de la historiografía clásica y dominante repite ese tropismo. Ni hablar de concederle siquiera un poco de dignidad a esa otra Filosofía, razonable, racional, antimitológica y verificable a través del sentido común, del que carecen a menudo los filósofos.
La continuación estaba escrita: Epicuro y los epicúreos, al reavivar el materialismo del hombre de Abdera, desencadenan los ataques de los partidarios del idealismo. Abundan las calumnias contra el filósofo del jardín, incluso durante su vida: grosero, lujurioso, perezoso, goloso, bebedor, comilón, deshonesto, inmoderado, malintencionado, perverso, ladrón de ideas ajenas, arrogante, pedante, pretencioso, inculto, etc. En una palabra: un puerco indigno de figurar, tanto él como sus discípulos, en el panteón de los filósofos.
La calumnia se ensaña también con su obra: la ataraxia que define el placer, a saber, la ausencia de turbación que se obtiene a través del uso prudente y dosificado de los deseos naturales y necesarios, se vuelve voluptuosidad trivial de la bestia que se abandona al goce más brutal. El atomismo, que reduce el mundo a una combinación de átomos en el vacío, aparece como la incapacidad de disponer de una inteligencia digna de ese nombre. Los encuentros entre esclavos, mujeres y extranjeros en el jardín le valen la reputación de atraer victimas para satisfacer su sexualidad desatada, etc. Y veinte siglos de pensamiento se sirven de las mismas calumnias, sin ninguna modificación.
En la Antigüedad, la contrahistoria de la filosofía parece fácil: junta a todos los enemigos de Platón. 0 casi... Leucipo, el fundador del atomismo, Demócrito, luego Antístenes, Diógenes y otros cínicos, Protágoras, Antifón y el grupo de sofistas, Aristipo de Cirene y los cirenalcos, Epicuro y los suyos... la elite intelectual. Más tarde, en contra de la ficción cristiana construida a partir del personaje conceptual llamado Jesús, de los Padres de la Iglesia, encargados de proveer el material ideológico al futuro cristiano del Imperio, y de los escolásticos medievales, se puede sacar de la sombra en la que se pudren a los gnósticos licenciosos ‑Carpócrates, Epifanio, Simeón, Valentín...‑ y a los Hermanos y Hermanas del Espíritu Libre ‑Bentivenga de Gubbio, Heilwige Bloemart, los hermanos De Brünn y otros iluminados‑. Tantos otros oscuros desconocidos mucho más excitantes, sin embargo, con su panteísmo teórico y sus orgías filosóficas practicas, que los monjes del desierto, obispos arrepentidos y otros cenobitas de monasterio...
Lo mismo vale para la constelación de epicúreos cristianos, inaugurada por Lorenzo Valla en el Quattrocento ‑un De voluptate que no fue traducido al francés en cuatro siglos hasta la reparación que llevaron a cabo algunos amigos, gracias a mi interés‑, ilustrada por Pierre Gassendi, pasando por Erasmo, Montaigne y otros: libertinos barrocos franceses ‑Pierre Charon, La Mothe Le Vayer, Saint‑Evremond, Cyrano de Bergerac...- materialistas franceses ‑el abate Meslier, La Mettrie, Helvetius, el barón de Holbach...‑, utilitaristas anglosajones ‑Bentham, Stuart Mill‑, ideólogos que escribieron sobre fisiología ‑Cabanis‑, trascendentalistas epicúreos ‑Emerson, Thoreau‑, genealogistas deconstructores ‑Paul Rée, Lou Salomé, Jean‑Marie Guyan‑, socialistas libertarios, nietzscheanos de izquierda ‑Deleuze, Foucault‑, y tantos otros discípulos de la voluptuosidad, la materia, la carne, el cuerpo, la vida, la felicidad, la alegría, y otras tantas instancias culpables.
¿Qué se le reprocha a ese mundo? Querer la felicidad en la tierra, aquí y ahora, y no más tarde, hipotéticamente, en otro mundo inalcanzable, concebido como una fábula para niños... La inmanencia es el enemigo, la mala palabra. Los epicúreos deben su sobrenombre de puerco al hecho de que su constitución fisiológica los determina; su existencia genera su esencia. Al no poder actuar de otro modo que como amigos de la tierra, según la feliz expresión del Timeo de Platón, esos materialistas se condenan a excavar con el hocico sin saber siquiera que por encima de su cabeza existe un Cielo lleno de Ideas. El cerdo ignora para siempre la verdad, puesto que sólo la trascendencia conduce a ella, y los epicúreos se estancan, ontológicamente, en la más absoluta inmanencia. Ahora bien, sólo eso existe: lo real, la materia, la vida, lo vivo. Y el platonismo les declara la guerra y acosa con su venganza a todo lo que celebra a la pulsión de vida.
El punto en común de esa constelación de pensadores y pensamientos irreductibles es un formidable cuidado en deconstruir los mitos y las fábulas para hacer este mundo habitable y deseable. Disminuir los dioses y los temores, los miedos y las angustias existenciales a encadenamientos de causalidades materiales; mitigar la idea de la muerte con una terapia activa aquí y ahora, sin inducir a morir en vida a fin de partir mejor cuando llegue el momento; buscar soluciones efectivas con el mundo y los hombres; preferir las modestas proposiciones filosóficas viables a las construcciones conceptuales sublimes pero inservibles; rechazar el dolor y el sufrimiento como vías de acceso al conocimiento y a la redención personal; procurarse el placer, la felicidad, la utilidad compartida, la unión alegre; acceder a lo que pide el cuerpo y no proponerse detestarlo; dominar las pasiones y las pulsiones, los deseos y las emociones y no extirparlos brutalmente de sí. ¿La aspiración del proyecto de Epicuro? El puro placer de existir... Proyecto siempre de actualidad.
Nota:
(1) "Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres", Diogenes Laercio, L. IX, Ediciones Teorema, Barcelona, España, 1985.
5. "Habiendo una ley de que quien disipase su patrimonio fuese indigno de tener sepulcro en su patria, como lo supiese Demócrito (dice Antístenes), por no verse el blanco de algunos envidiosos y sicofantas, les leyó su Gran Diacosmos, que es el mejor de sus escritos, y fue premiado en 500 talentos. No sólo esto, sino que también lo honraron con estatuas de bronce; y habiendo muerto de rnás de cien años, fue enterrado a costa del público. Pero Demetrio dice que sus parientes fueron los que leyeron el Gran Diacosmos (Del orden y disposición del mundo), y que el premio fue sólo 100 talentos. Esto mismo confirma Hipóboro. Aristójeno en sus Comentarios históricos dice que Platón quiso quemar los escritos de Demócrito que había podido recoger; pero que se lo estorbaron Amiclas y Clinias, pitagóricos, diciendo que era cosa inútil , puesto que aquellos libros andaban ya en manos de muchos. Esto consta también de que haciendo Platón memoria de casi todos los antigüos en ningun lugar la hace de Demócrito, ni aun en donde convenía contr irle en alguna cosa, lo cual parece lo hizo sabiendo que así contradecía al más excelente de los filósofos, a quien Timón alaba díciendo:
Cual Demócrito sabio,
Autor del bello estilo y docta frase,
Y sobre todo, del hablar festivo".
***
Texto extraído de "La potencia de existir", Michel Onfray, págs. 49-59, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, Argentina, 2007.
Edición original: Grasset & Fasquelle, París, 2006.
Selección, nota introductoria y final: S.R.
Con-versiones, diciembre 2007
|
|