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De un fetiche en forma de artículo
Wladimir Granoff
Presentación de Maud Mannoni
Este volumen se inicia con un texto inhallable, publicado en Estados Unidos en 1956 (Bajo el nombre de Jacques Lacan y Wladimir Granoff: "El fetichismo: lo imaginario, lo simbólico y lo real"). Por razones que Granoff nos expone, el texto original nunca se publicó en francés. No sin humor y con cierta ironía, él mismo ubica este trabajo en el contexto de crisis vivido por el psicoanálisis en Francia alrededor de 1954. Esta crisis, que puede ser referida a un vacío en el plano de la elaboración conceptual, no se limitaba a Francia indudablemente, pero se debe a Lacan el haber intentado entonces romper con la ígnorancia dominante planteando los verdaderos problemas.
En esta época, una preocupación de método le hizo necesario tomar distancia respecto de un enfoque conductista y neurologizante. Le pareció importante plantear primero algunos puntos cardinales, así como efectuar la distinción entre Imaginario, Simbólico y Real a fin de dar sostén a la coherencia de un discurso. Lo que le importaba era en efecto, el problema de la constitución del sujeto, refiriéndola acierto discurso ya inscrito. Lo que caracterizaba a Lacan de esos años era que se dejaba "trabajar" por interrogantes, más que preocuparse por "solucionar" los problemas. Una exigencia ética lo impulsaba, antes que nada, a tratar de mantener abiertas las preguntas, y no buscaba en absoluto "exponer" claramente una doctrina. Así pues, ponía generosamente su trabajo (notas de Seminario) a disposición de sus alumnos más cercanos. Granoff fue uno de los beneficiados y "produjo" un trabajo, firmado también por Lacan, elaborado a partir de 1954. Ahora bien, la cuestión del fetichismo fue principalmente abordada por Lacan el 30 de enero y el 6 y 27 de febrero de 1957, en su Seminario sobre la relación de objeto y las estructuras freudianas. De ahí el valor que asignamos a la publicación del trabajo preparatorio que se hallará en esta compilación. Trabajo que deberá leerse, como sugería Lacan, partiendo del último punto de lo que él expresó cuando el conjunto de los oídos del auditorio le permitió concluir en determinada elaboración. En efecto, cada texto psicoanalítico debe ser interrogado relacionándolo siempre con lo que fue para el autor el paso de una etapa a la otra. Ahora bien, Lacan dejaba este cuestionamiento a la responsabilidad de sus alumnos. Granoff aporta aquí el testimonio de lo que existió como "comunidad de trabajo" en una época en que a Lacan le preocupaba más poner una herramienta a disposición de sus allegados que reivindicar una exclusividad "de autor". Granoff, poco a poco, va así de revelamiento en revelamiento.
(...) De la Presentación del texto citado al final.
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En todo pasado hay una parte que es un agua estancada. De cuando en cuando, extraños objetos ascienden desde el fondo, después de deshacerse la red o de soltarse las mallas, tejidas por las estructuras cuya coherencia las mantenía en el fondo. Muerto Lacan, deshecha la escuela que él llamó suya, nada vela más por esa disciplina particular de las corrientes de pensamiento y de los grupos consagrados a su progreso, disciplina que organiza una temporalidad en la que reina una parte de falsa apariencia y de artificio para que el curso del tiempo, con sus acontecimientos, se enrole más fácilmente al servicio de la causa, de su fortuna, de su supervivencia. Un tiempo donde el pasado está en un pasado sobre el que no se vuelve salvo para advertir cuánto ha quedado atrás, donde existen reservas y cercados cuya entrada está prohibida, donde se encuentran también elementos que se han hecho "no sucedidos». Luego, en un tiempo re‑abierto a una circulación no controlada, el paso libera, chocándolos, vestigios.
En poco tiempo, ya son tres veces que se me reclama respecto de este artículo sepultado desde hace tres lustros en la edición psicoanalítica anglosajona. Los jóvenes, dice Maud Mannoni, que llegado el caso dan con él en una bibliografía, piden que vuelva a la luz del día. ¿Puedo acaso no acceder a semejante demanda?
Aunque por mi parte este artículo formará parte de ese lote cuya suerte me complacía. Y su funcionamiento subterráneo. Oculto en la lengua extranjera de un trabajo inhallable o en el ejemplar rarísimo de una revista desaparecida.
Los grandes hombres o las grandes causas no son los únicos en beneficiarse con que uno no vaya a escrutar demasiado cerca ciertos rincones de su pasado. Resulté así titular, poseedor, de un bien poco común.
Un artículo sobre el fetichismo, que data de los comienzos de la parte esotérica de la trayectoria lacaniana y, rasgo esencial, escrito con Lacan. Escrito y firmado con él (1).
Que Lacan haya llegado a participar en un escrito colectivo de tenor psiquiátrico es algo que no deja apenas huella ni marca el recuerdo. ¡Pero haber escrito entre dos y además sobre la ilustre tríada, las tres instancias mayores del renuevo, lo simbólico, lo imaginario y lo real, no es un suceso sin precedente ni consecuencia! Un suceso que es legítimo querer re‑visitar, como dicen los anglosajones. Un suceso que también legítimamente requiere ciertos esclarecimientos. ¡Y sobre todo después de la lectura del artículo en cuestión! Es decir, después de haberse percatado de la calidad de este trabajo. Antes incluso que calificarla de mala, en lo que casi no habría exageración, tampoco sería apropiado declarárla extraña. Y muy poco conforme con las exigencias de Lacan en lo referente al escrito, por oscilantes que hayan podido ser a lo largo de su existencia.
La génesis de este trabajo llevaba en germen las virtualidades de un "gag". Debió no haber tenido lugar para mi escasa inclinación por las bromas de dudoso gusto. Pues en verdad, este artículo ya habría debido publicarse a instancias de un grupo sumamente apreciable salido de lo que llaman el feudo lacaniano. Pero es suficiente con que al responsable de la publicación proyectada, le revele yo un hecho que soy el único que puede atestiguar de una forma que haga de él otra cosa que un alegato, para que ese mismo texto pase del rango de "scoop" que habría podido alcanzar, al de desecho. Paso cuya radicalidad y todo lo que pone en juego proporcionan una enseñanza cuya meditación no es
superflua a quienquiera se preste a reflexionar sobre la relación de un texto con su lector...
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1953, primera escisión, visita del primer comité que la I.PA envía con el pretexto de informarse en el terreno sobre las agitaciones francesas; en el otoño, Lacan comienza su enseñanza en Sainte‑Anne e inmediatamente se abren las hostilidades en el frente de la teoría y de la práctica, puesto que asimismo es con el argumento de la práctica como Lacan es objeto de un voto de desconfianza que lo hará unirse a la escuadra restringida de los colegas que quebrantaron el destierro enjunio de 1953. A las acusaciones que se le dirigen la réplica de Lacan será severa. Será acogida con favor e interés por mi generación de analistas recién salidos del Instituto de la calle Saint‑Jacques. Con interés y con placer, el hecho debe ser consignado.
Nuestra juyentud conservaba intacta su aptitud para recrearse ante el espectáculo de Pandorarociado por Guiñol. Bajo mi pluma, hoy, no hay ninguna condescendencia hacia esta imagen, sino nostalgia no disfrazada. A las acusaciones relativas a su práctica, cuyas consecuencias y alcance no estaba en nuestras posibilidades evaluar, práctica de la que además éramos muchos los que nada sabíamos y de la que los que sabían más, por tener su diván en la calle de Lille, no hablaban o hablaban poco (pero todos conocíamos lo detestable del procedimiento del que esas acusaciones eran vehículo y el clima irrespirable instalado por los dirigentes de la calle Saint‑Jacques), Lacan respondía con un voleo de marco. Nuestros maestros técnicos del Instituto, nuestros analistas de control, le habían tendido, hay que decirlo, por nuestro intermedio las varas de las que él iba a servirse implacablemente. Y en el otoño de 1954, las tres piezas principales de la nueva artillería estaban listas para entrar en funciones. Las tres instancias de R.S.I. que, en esa época, era más bien un S.I.R. Su reconsideración a veinticinco años de distancia en la última parte de su recorrido, tras la instalación de un pesado aparato teórico, rígido ahora por el uso que de él se hacía, fue una reconsideración de débil alcance (tal es al menos mi opinión) y que no debería entorpecer la visión de las consecuencias, júbilo incluido, de su impacto primero.
Un día le tocará al historiador la tarea de decir por qué la enseñanza de Lacan, en esa etapa introductiva especialmente, fue recibida con tamaño entusiasmo. No cabe duda de que, por una parte, no lo explica por una fortuna en la coyuntura del lado de la calidad de los primeros epígonos. Sostener lo contrario sería aspirar a una modestia peor que el más loco de los orgullos. Lo cual no impide que crea yo sin embargo que lo esencial estaba en otra parte. Del lado de la alegría de la revancha. Es una observación trivial que los resultados escolares, la afición al estudio se recomponen en esos alumnos que poco antes llamaban malos, después de que un personaje fuertemente investido por la transferencia condenara a maestros, manuales y materias enseñadas. De entrada, Lacan nos dice que se nos enseñaban tonterías y que quienes nos las enseñaban eran unos asnos. Todavía creo que no se equivocaba.
En la partida iniciada, estábamos impacientes por subir a la red. Para la inteligencia de lo que sigue, hay que apresurarse a precisar que nuestro efectivo alcanzaba justo a los cincuenta (igual en el otro bando) y que en la época en que los movimientos de tropas ponen en juego "miles", las operaciones equivalentes, pero en los tiempos de que les hablo, tendrían todo el aspecto (hoy en día) de operaciones de comando.
Y he aquí, pues, que en el otoño de 1954, Michael Balint llega a París y recibiéndonos en casa de su hermana, la señora Dormandi, nos señala que un "Panel" sobre las perversiones va a ser editado por su iniciativa y la de Sandor Lorand, el gran húngaro de la otra orilla del Atlántico. Dice también que nuestra participación sería no sólo bienvenida, sino además oportuna para la defensa y el progreso de nuestra causa. Desean nuestro bien. Pues desde Ferenczi, los húngaros quedaron en situación un tanto delicada con el Politburó, es decir con el Ejecutivo Central. Entonces, ¿quién de nosotros va a participar?
Lagache desiste, el tema de la obra colectiva lo deja sin inspiración. Lacan está absorbido por otras tareas. Después de mi tesis de medicina sobre el fetichismo, justamente, y de algunas prestaciones menores, arrastro como un cacharro esa reciente notoriedad de experto, por lo que respecta a nuestra sociedad, en asuntos de perversión. Experto de segundo rango, por supuesto, por razones más que evidentes, pero igualmente por las que eran particulares de nuestro grupo. Esto es, que todo debía ser repasado a la luz de las tres instancias nuevas en nuestra teoría. Y muy especialmente lo que podía tener que ver con la relación de objeto, de la que el fetichismo, donde mi competencia debía ser indiscutible, podía representar un tipo de organización de gran interés.
Acepto con prontitud. Halagado sin duda, pero no paralizado por el asombro. Tomarlas cosas así, en cierto modo sobre la marcha, no era signo de una hinchazón del yo, sino cabalmente la marca de un momento. Tropa sitiada (¡y con qué ferocidad!), sometida a un bloqueo, no podíamos sobrevivir más que permaneciendo sin aflojar embarcados en una ofensiva en todas direcciones y sin dejar por ello de edificar una fortaleza cuyo devenir mucho después reflejó la fatalidad que pesa sobre el destino de esta clase de edificios. Para terminar, presidio...
Para ser mantenida, la ofensiva exige la totalidad de los brazos y saca partido de todas las ayudas. Gracias a la amistad de Henri Ey, capitán del departamento "Psiquiatría"de la Enciclopedia medico-quirúrgica, la puesta al día de la cuestión "Relaciones de objeto" en el capítulo "Psicoanálisis" se vio confiada a mí por indicación de Lacan. Y yo me disponía a utilizar los mismos elementos en un trabajo clínico destinado a nuestra nueva revista, para crear problemas, al menos lo creía, a los maestros y monitores cuya decadencia proclamábamos y celebrábamos. ¡Y he aquí que los grandes húngaros por origen o filiación, siempre un poco sospechosos claro está, Grünberger único húngaro‑francés en funciones, en esa época, embarcado en el lote, con W. Gillespie, ex presidente de la sociedad británica y alto dignatario de la I.P.A., presente en el sumario cuya respetabilidad internacional está en cierto modo garántizada, nos abren sus páginas con las máximas seguridades para nuestra libertad de expresión! Cumplieron su palabra. Pero observen ustedes la bibliografla para poner este contexto en perspectiva. El trabajo de referencia ‑el artículo de Freud sobre el fetichismo‑ era prácticamente confidencial. De traducción francesa no había ni vestigios, y la que yo había hecho (seguramente espantosa) estaba escondida en forma de copia dactilografiada en la biblioteca de la Facultad de Medicina. (¡Una suerte, probablemente!). La traducción inglesa (y por entonces los analistas no eran aún poliglotos, en absoluto): en unos pocos ejemplares bastante raros de los Collected Papers y en un viejísimo número del International Journal. Los que tenían una colección al día debían de contarse con los dedos de las dos y quizá de una sola mano. Lacan, por supuesto, estaba entre ellos. Puso su ejemplar a mi disposición. En cuanto al volumen m de la Standard (19271931) no apareció hasta 1961. En cuanto a los Gesammelte Werke, nadie a mi alrededor le había visto el color. Sólo Lacan (otra vez) se mostraba con volúmenes alemanes en la mano. La primera edición de 1948 del volumen XIV no había llegado a Francia, la de 1950 menos. El control de cambios entonces en vigor complicaba también los intercambios internacionales. Por último, nadie (o casi) practicaba el alemán. En cuanto al otro artículo donde el trabajo a desarrollar va a tomar sus materiales, es un texto bastante sensacional de Sandor Lorand, quien me dio la referencia. "Fetishisim in Statu Nascendi", International Journal of Psichoanalysis, tomo XI, 1930. Y Lacan, claro está, puso a mi disposición el número de dicha revista.
La ocasión se declaró pues digna de aprovecharse a los ojos de todos, a fin de mezclarnos con aquellos de cuya compañía se pretendía excluirnos, de participar en una publicación a nuestros ojos prestigiosa (lo eran todas o casi, había tan pocas...), de lanzarse sobre la blanda panza del adversario: su teoría.
Pues en tal indigencia de fuentes freudianas y de publicaciones, ¿qué estaba en Francia en el candelero del lado "reconocido", del lado Saint‑Jacques? En lo que respecta a la teoría, se entiende, pues en lo que respecta a la técnica la cosa se hallaba bajo el gobierno personal del director del Intituto, S. Nacht, quien dispensaba enigmáticamente la enseñanza con habilidades manuales incomunicables y sin duda intransmisibles... Los pocos volúmenes publicados en la colección verde, la oficial, la respetable, la colección del Instituto británico que unos escasos lectores ávidos habían encontrado, aportaban novedades al movimiento francés, casi idéntico a lo que era antes de la guerra. Eran unas pocas revelaciones. Con la obra de Abraham, algunos de nuestros mayores nos invitaban a aventurarnos en las zonas llamadas de lo pregenital (prometido a un futuro que aún nadiesospechaba) y la obra de Fenichel aportaba a quien pudiera creerse con responsabilidades pedagógicas, el modelo cómodo y digno de confianza de una enseñanza conveniente para un Instituto moderno.
Lo que en tales condiciones pudieron ser nuestros controles (pues no olvidemos, fuera de los analistas entonces llamados didactas y de los controles, hasta que se abrió el Instituto no tuvimos ninguna enseñanza), es bastante fácil de imaginar. Pues en el fondo no era tan diferente de lo que puede encontrarse en nuestros días, en el sentido de que esa práctica y la situación global que ella instaura constituyen en el conjunto de lo que es el psicoanálisis una zona cuya problematización es particularmente crítica y donde se oyen, desde los orígenes, las manifestaciones más convencidas y menos convincentes. Pero en nuestros días, las formas revestidas por la cuestión han cambiado tanto ‑debido al fantástico incremento de los efectivos, al número de sociedades, círculos, clubes, cenáculos etc., de congresos, coloquios, simposios sobre el tema‑ que finalmente la situación se tornó irreconocible a causa del cambio de sus elementos en juego. Dejando de lado los islotes de un conservadurismo donde las exigencias curriculares guardan marcadas semejanzas con el estilo Saint‑Jacques de los verdes años, podemos decir que, en nuestros días, de un analista de control se espera lo que él puede dar, lo que se le supone y cada vez más frecuentemente ayuda frente a una dificultad. La fórmula que en nuestros días enuncia parecido proyecto es reveladora. "Yo trabajaría gustoso con Fulano o Fulana." ¡Pero en esa época!
Se trataba nada menos que de aprender a psicoanalizar, aprender el psicoanálisis, el único, el verdadero. Sigo pensando que psicoanálisis no hay en verdad más que uno, pero sigo creyendo igualmente que ciertamente no "se aprende" de esa manera.
Sin embargo, la fuerza de esta ilusión fue tan grande que marcó sutilmente incluso a los mejores espíritus. Traigo como prueba una pasmosa demanda que me fue dirigida, al otro día de la afiliación de la Asociación psicoanalítica de Francia a la I.P.A., en otoño de 1965, por unos estimados colegas que después fueron decanos y faros de este grupo y que me dijeron y en estos términos: "Danos un seminario de generación. Se nos ha enseñado mucho de teoría y nos creemos bastante duchos al respecto. Pero no se nos enseñó a psicoanalizar. Enséñanos". La demanda se basaba en un único motivo. Quienes me la dirigían venían del diván de Lacan y toda su formación, controles incluidos, se había desarrollado en los tiempos que sucedieron a la escisión de 1953. Y, en esta cohorte, yo era el único cuyaformación había sido enteramente "Saint‑Jacques". Paradójicamente, el peso de Lacan en el establecimiento de una certeza relativa a una única teoría, la suya, transfiriéndose a la práctica, aumentaba el peso de una certeza que existía ya en el Instituto (que estos colegas nunca habían frecuentado) lo bastante para contaminar el clima en forma duradera: para psicoanalizar no había más que una sola y buena técnica. Y, en el espíritu de estos colegas, yo era el único que podía atestiguarlo.
¿Y qué se nos enseñaba y quién nos lo enseñaba en esos años de posguerra? Laforgue en exilio voluntario, Hesnard acantonado en el Mediodía y fuera de Nacht y de Lacan, astros en ascenso, pero cuyo brillo ya hacía retroceder a los tímidos, ¡los analistas de control de la generación de posguerra tenían una antigüedad de... cuatro, cinco o seis años! Y nos enseñaban lo que ellos mismos acababan de aprender. La interpretación estaba en la transferencia o no estaba. "Usted, me." Unica enmienda a la brutalidad que lo asestaba, el "como si" de la fórmula consagrada, "todo es como si". Y el "tacto" que prefiguraba la "bondad" de aparición más tardía. Pero la juventud de nuestros entrenadores había preservado en ellos un candor, una frescura y, creo, una real curiosidad por los especímenes de la especie humana, junto con la aptitud para sorprenderse por ellos. No es seguro que podamos valorar fácilmente el deslizamiento que se operó en la mirada del hombre sobre sí mismo en cuarenta años o casi...
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Sea como fuere, con nuestros analistas de control, cuyo real poder de intimidación sobre nosotros no tenía más razón que su grado en la institución, nos veíamos fácilmente inmersos en lucubraciones de trivial psicología respecto de nuestros pacientes, de las que un dandismo de inspiración lacaniana iba a cumplir su fin más fácilmente que las advertencias de Freud.
De todo ello hallamos la denuncia, directa e implícita, plausiblemente aportada en el artículo que comento o sin otra justificación que la de tener una ocasión para hacerlo. Lo más saliente en este documento con pretensión de asolador, es sin embargo, y sin discusión, el surgimiento creo totalmente inexplicable por el texto, su contexto manifiesto o los trabajos de referencia mayor (Freud y Lorand), ¡de esa historia de felación y de feladores! Pero en esa época, para el público al que en verdad se dirigía entonces (en un escrito destinado a otros que no iban a entender ni jota de él) el asunto era claro como agua de roca. Se trataba de Maurice Bouvet. Precozmente desaparecido, este colega, cuya memoria honra la Sociedad de París con el premio Maurice Bouvet, psiquiatra formado como en esa época se hacía, más curioso que otros y favorecido por un conocimiento del inglés suficiente para tener acceso a los trabajos publicados en esa lengua, ya mencionados más arriba (y en particular Abraham y Fenichel), ascendió en pocos años a los grados que condujeron a su habilitación como analista didacta. Su afición por la actividad teórica y el rigor más grande que parece reconocérsele en este ejercicio llaman rápidamente la atención. Especialmente la de Lacan, quien tiene muy en cuenta a un hombre cuyo hermanamiento con nuestra causa nos anuncia como inminente.
La esperanza quedó defraudada, y cruelmente, pues si de algún otro el eventual hermanamiento no habría hecho más que probar una solidaridad con otros alumnos de Laforgue, el de Bouvet habría revestido el sentido fuerte de un paso desde ese momento completado de la totalidad de la fuerza teórica del lado de la nueva sociedad. Su negativa cobraba el sentido caracterizado de una desaprobación. Y como no se observaba en él señal alguna de hostilidad respecto de nadie, la desaprobación se basaba, podía uno decirlo, en la teoría.
Desde ese momento, para nosotros, a echarse sobre Bouvet y sus enunciados, habiéndonos mostrado Lacan (siempre) la senda a seguir. Descubriendo a Abraham, cogitando sobre aspectos de la oralidad novedosos en Francia, sobre la incorporación y el conjunto de lo pregenital, Bouvet produce con cierta torpeza uno de esos hallazgos que matizan las vidas de los analistas: el deseo, que él observa con frecuencia creciente, en el paciente de sexo masculino de practicar una felación sobre la persona del analista, sin ser en su vida y costumbres de ningún modo homosexual.
El prolongamiento que Bouvet creyó poder dar en el plano de la teoría a este hallazgo clínico, suministró a Lacan una fácil ocasión para ridiculizarlo. Al menos a nuestros ojos. Todo este asunto felador no tuvo evidentemente ninguna otra importancia que la que le atribuyó Bouvet, a quien enfervorizó pasajeramente. No tuvo repercusión y tampoco dejó, creo, ningún recuerdo. Pero a nuestros ojos, y porlo tanto a los míos, la ocasión pareció lo bastante buena y urgente como para que yo consignara su eco en condiciones de ininteligibilidad total para el lector. Este gesto puede dar una idea del extravío en la evaluación de las circunstancias que las condiciones particulares de nuestro trabajo hacían inevitable.
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Pero agregado a la extrañeza de la economía general del texto, donde la inexperiencia es manifiesta y bien perceptible la incompetencia para esta clase de trabajo, ese extravío da idea también de algo muy distinto. Pues para quien ha querido leerme hasta aquí, ya debe de estar claro que el artículo rescatado de las profundidades del pasado fue escrito por mí. Solo. Y en inglés. Por eso no hay mención de traductor, y yo expreso mi gratitud a un matrimonio amigo que cuidó de la corrección del texto en inglés. Y en ese estado lo sometí, terminado, a Lacan en la terraza del café de Flore. Lo leyó pausadamente y, tranquilamente, dio el imprimatur a un texto que llevaría su firma. Pues en las tratativas con Balint y Lorand, se decidió darme luz verde sobreentendiéndose que o bien Lagache o bien Lacan firmarían conmigo, puesto que por entonces mi nombre pesaba demasiado poco para figurar en un simposio internacional. Es indudable que Lagache nunca habría firmado ese texto y yo ni imaginaba presentárselo. Además yo estada animado, como otros, por lo que posteriormente se llamó una "transferencia de trabajo" sobre Lacan y su enseñanza. Pero también él estaba movido por fuerzas cuyo futuro iba a confundir la idea que podía tener por entonces del imperio que ejercían sobre él. Estas fuerzas se ejercieron en las circunstancias que culminaron en la publicación del artículo cuya traducción al francés se leerá. Le tocará al futuro organizar una representación de sus fuerzas en torno de sus ejes principales, que aprenderemos a discernir. Para estos ejes habrá que encontrar nombres apropiados... El acuerdo no será sencillo. En cuanto a lo que nos ocupa, una palabra clave, que Lacan no utiliza demasiado, un nombre posible para un tema a desplegar, sería el de soledad. Pero su acceso está impedido además por un adjetivo. "Solo", que figura como pivote del acta fundadora de la Escuela de Lacan. Precisamente así es como se esforzó en no estar, no sin cierto éxito y a veces contra vientos y mareas. Lacan padeció la llaga de ser dejado, abandonado por sus colegas, que hasta 1953 fueron los más caros a su corazón, el ultraje de ser excluido a sus espaldas (como los otros fundadores de la Sociedad francesa de Psicoanálisis) de esa Internacional cuya capital fue Londres hasta la muerte de Jones. El centro del Imperio ruso fue seguramente Moscú, pero el trono estaba en San Petersburgo. Para la I. P. A., el centro de los negocios estaba entonces en Nueva York, pero el trono estaba en Londres. Allí es visible aún por lo demás en una sala de reuniones del British Institute. Se trata del colosalmente gigantesco sillón tapizado en damasco dorado, auténtico trono ofrecido a Ernest Jones por el Comité del British Institute. Londres, ciudad adorada por Lacan, quien saboreaba con deleite el placer de encontrarse en ella, de tener en ella sus costumbres y de ver en ella a sus colegas ingleses. Hasta una época que las secuelas de 1953 llevaron a la declinación, Lacan fue anglómano con aplicación, en los accesorios y las consumiciones diversas de lo cotidiano, en la vestimenta y en la erudición.
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Todo esto fue lastimado en él en 1953, él aceptó mucho menos que sus colegas, más lisamente hexagonales, esa exclusión. Y no escatimó ningún esfuerzo (salvo uno... ) para reintegrar a la colectividad, cuyos responsables lo expulsaban, sin perjuicio de intentar forzar la puerta. Y antes de que su mira se constituyese una suerte de objeto nuevo, un nuevo psicoanálisis, una nueva colectividad internacional, fue expresa y exclusivamente en el interior de la antigua alianza, salida de Freud, donde procuró cortar su parte. Sólo tras un viraje decisivo diez años después, renunció, y con qué dificultad, a tomarla con, testigos, los que seguían siendo para él sus colegas legítimos. Llegará el día en que los historiadores deberán restablecer una verdad: lo que una vez él llamó excomunión, jamás habría tenido lugar si no hubiese tenido lugar el proceso que encontró este desenlace. Y este proceso sólo tuvo lugar porque Lacan, quien frunciendo meramente el entrecejo habría podido desbaratar toda la empresa (Laforgue intentó hacerlo), no sólo no hizo nada para prevenir su iniciación, sino que además hizo lo que creyó apropiado para favorecer su curso.
Solo, precisamente así se esforzó en no estar. Y tal vez no lo estuvo nunca, aun si la problemática del abandono acabó por recargar sobre él su dominio. Soledad, abandono, que hasta el final y entonces sobre todo, se encontrará en él, como una suerte de conjuración, desde el hombre "cubierto de cartas" que evoca a Drieu cubierto de mujeres, hasta el "millar"y sobre todo auténtico o apócrifo ‑además qué importa, pues ni siquiera la impostura dispone de una libertad que ella imagina haberse conferido‑ hasta la seguridad de toque de los miles"que lo aman todavía". Muchos son lo que se acuerdan del "¡miren con quién me dejan!" que lanzó a los alumnos que en 1964 no se separaban de él. Y esta queja fue tanto más amarga cuanto que, respecto de la joven cohorte de los comienzos, Lacan no dejó vacante ocasión de manifestar su generosidad. Por ser, desde los primeros instantes, la generosidad de un guía, no fue menos la generosidad jubilosa de un mayor, ciertamente poco inclinado a los relajamientos de una familiaridad dudosa, pero mayor fraterno y confiado.
De esto también la historia de este artículo da testimonio. El equipo estaba soldado, tendido hacia un cumplimiento colectivamente anhelado. Lacan jugaba su partida y contábamos con su confianza. Apenas si podía ilusionarse con el valor de mi artículo, pero aceptaba no sólo firmarlo sino que además al colocar su nombre a la cabeza del mío en desmedro del orden alfabético y de las costumbres anglosajonas en materia de edición, reivindicaba digna y abiertamente la paternidad de ese trabajo. Que, en efecto, le debía todo, inclusive una parte de sus defectos. Esto es también lo que recientemente me hizo sonreír cuando vi a unos simpáticos jóvenes retroceder con espanto ante un texto cuya exclusividad deseaban antes que desear conocer su historia. Pero evidentemente nadie habría podido prever antaño que nuestras tres instancias nuevas, las tres nuevas categorías de Lacan, nuestra nueva máquina de hacer la guerra y para todo uso, con el tiempo iba a envararse en una pompa poco conforme con el estilo alegre de sus comienzos y Lacan sin duda tampoco podía prever que llegaría un tiempo en que convertido lo Imaginario en lugar de perdición, se oiría en debates la operación llamada de descenso en llamas del adversario efectuarse efectivamente acusándolo de no tener ningún acceso a lo simbólico...
Esta es quizá la lección de la aventura de este texto; de la manera en que se preparó, fue escrito, desapareció y resurgió casi treinta años después. Lección un tanto triste en verdad. La de la victoria ineluctable, para terminar, de los factores ocultos y presentes al comienzo de una trayectoria. Victoria de los más "fuertes batallones" ciertamente asegurada por lo que está ahí en los orígenes, oculto por hallarse expuesto a plena luz. Expuesto pues nadie presta atención a ello, tan insignificante es la amenaza. Además su ascenso potencial es desdeñado. Además se niega el peligro porque ya no hay otra salida. Y además ya es demasiado tarde.
Semana Santa de 1985
Nota:
(1) Véase en el Anexo, carta de Michael Balint
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Anexo:
7, PARK SQUARE WEST,
REGENT'S PARK,LONDON, N.W.1.
Dr Jacques Lacan, 5,dRue de Lille, Paris Vlle.
Cher Ami,
29th September 1954.
This is to let you know that the negotiations about the book on Perversions have been completed and we are getting on with the preparation. As I have not got Dr W Granoff's address, I would be grateful if you would let him know that his paper has been accepted in principle and I would like to have it as soon as he can get it ready.
The paper should be about 3,000 to 4,000 words long, 14 to 20 typewritten quarto sized pages in double spacing, if possible in English, but if you fínd any difficulty in getting a good translator I think I could get one in London. In this case, of course, the translator's fees would be deducted from your honorarium. The last time I got a translator hiss fees were 3 guineas for 1000 word i.e. about 4 quarto sized typewritten pages. The paper should reach me in two copies by the middle of December.
lf you s ould want to write a considerably longer paper, will you kindly get in touch with me first to see whether we can find room for it in the book.
Will you kindly let me know whether you can accept invitation under the conditions outlined, and whether you will be able to get your paper ready by the time stated.
I hope very much that fron now on everything will go smoothly and I am looking forward to reading your contribution.
Yours sincerely, Michael Balint
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Texto extraído de "El objeto en psicoanálisis", varios autores, editorial Gedisa, págs. 33-46, Buenos Aires, Argentina, 1987.
Edición original: Denöel, París, 1986.
Selección y destacados: S.R.
VER: El fetichismo: lo simbólico, lo imaginario y lo real - J.L. / W.G. >>>
Con-versiones, diciembre 2007
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