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Los niños del Llullaillaco (1)

por Isabel Permuy

 

Esta es una crónica de un viaje que hice en 2006. No conocía la historia del descubrimiento de las momias de Salta, tal vez por que  en 1999 no me interesaba por asuntos antropológicos y menos si eran de mi país. Si en ese momento lo hubiera sabido tal vez habría reaccionado con el asombro y el entusiasmo de una obediente hija de la Modernidad. Así son las contradicciones que se albergan cuando se es soberbio y al mismo tiempo devoto de los avances científicos.
Pero vaya a saber qué divinidad movió los hilos para que recién me enterara siete años después, cuando la admiración hacia el progreso científico se encuentra un poco menguada en mí. No sé si será por obra del gran maestro, el tiempo, pero ahora soy un poco más humilde y, en consecuencia, me interesa todo. En cambio, me volví algo escéptica en lo que atañe a la cultura oficial.

Sentada como una reina boba que toma su café en la vereda de un bar en Salta, no supe qué contestarle al lustrabotas cuando me preguntó cortésmente mientras hacía su trabajo:
_ “Ya vió a los chicos?” y con la cabeza me señaló hacia el MAAM (2)
La intuición de que algo importante se me iba a escapar si pretendía disimular mi ignorancia me hizo preguntar: “¿Qué chicos?”
_”Las momias, los chicos que están en el Museo”

Suficiente para mí. Comprendí que, fuere lo que fuese que hace 7 años me  ocupara hasta el extremo de pasar de largo una noticia que pone los pelos de punta, esas egoístas cuestiones me habían impedido abrirme a la realidad. Un tipo de realidad presente pero invisible a menos que uno se despoje. Un tipo de realidad que hay que querer mirar.

Entré al MAAM  y a pesar de que no estaban expuestos, los ví.
Los niños del Llullaillaco no me dejaron dormir.

 

Hay muchas maneras de contar

El desvelo de los escritores es encontrar “el” final del relato. Un buen final cierra y da sentido a todo lo anterior.
Yo me desvelo con el principio. De entre las muchas maneras de contarlo se podría intentar con ésta:
“Había una vez, en 1999, un grupo de científicos que descubrieron 3 niños muertos, conservados desde hace 500 años a 6000 m de altura en el volcán Llullaillaco. El video muestra cómo sacaron primero las ricas ofrendas,  objetos hermosísimos, figuras en miniatura con adornos de plumas amarillas, verdes, naranja, fucsia; telas tejidas con una perfección asombrosa, pequeñas sandalitas de cuero, etc.

Y luego sacaron los cuerpos.

Esa imagen…no puedo borrarla de mi memoria.
Fue como si hubiera visto un parto. El parto, o mejor dicho cesárea, de la Pachamama que tenía en su vientre 3 criaturas congeladas, dormidas como ángeles para toda la eternidad.
Con su vestido marrón y sus trenzas negras la Doncella de 15 años, sentada con los brazos sobre la falda y las piernas en posición de yoga.
Con su manto rojo el Niño de 6 años y medio a quien no se le ve la cara, abrazado a sus rodillas.
Y la Niña del Rayo, de 6 años, con su rostro visible manchado de ceniza y sus ropitas quemadas.
Se supone que la Niña fue alcanzada por un rayo, de ahí su nombre.
Se sabe que estuvieron alimentados hasta el momento de morir pues hallaron materia fecal en sus intestinos.
El dedo meñique del Niño llamó la atención de los expertos que analizaron una pequeña patología.
Por lo demás, se demostró que los tres estaban sanos.
Se cree que la Niña y el Niño eran de linaje superior y la Doncella  su acompañante.
Al ser descubiertas las momias, se hallaron ofrendas recientes que inducen a los científicos a pensar que la población conocía el secreto y visitaba el lugar.

Luego del descubrimiento hubo tensiones entre quienes querían exponerlos como curiosidad cultural y quienes defendían el derecho a respetar las costumbres de la cultura que los había enterrado.
Al menos hasta ahora, los chicos sólo se muestran en el video y no al público.

Pero también se podría empezar a contar esta historia así:

“Había una vez un pueblo inca que tardó un año en llevar a sus niños elegidos hasta el lugar apropiado para ofrecerlos como sacrificio a sus dioses. Tardó un año en caminar con un frío atroz, por el camino del inca, el camino Real. Un pueblo que subió la montaña hasta el sitio donde decidió dejarlos para siempre, acompañados de sus hermosas ofrendas preparadas especialmente con los elementos más vistosos y brillantes que la naturaleza les proveía. Este pueblo durmió con chicha y coca a sus pequeños y los dejó congelarse en el seno de la tierra solitaria para que sus votos e intenciones fueran tenidos en cuenta.

El pueblo inca siempre supo dónde estaban y jamás olvidó a sus niños.
Y no hace falta que ningún investigador venga a demostrar esto”.

 

Congelados como los niños

A veces tengo la sensación de que mucha gente, mucha más de la que uno cree, vive enterrada y congelada durante largo tiempo, como los niños de Llullaillaco. Con sus tesoros inútiles, con sus cosas queridas, con alimento suficiente para llegar hasta el otro mundo, gente hermosa, adornada de mil bellezas y cualidades, elegida por los dioses. Habría que indagar el porqué, si hay o no un motivo para el sacrificio, si el hecho de que otra mirada descubra el secreto de la cueva será la clave para dar sentido a esa muerte ofrendada.
Esas vidas, vidas que se inmolan silenciosamente…¿valen sólo cuando otro las revela? ¿O tienen sentido en sí mismas?.
Deseo es raíz, pertenencia, horizonte, principio y fin, razón de la sinrazón.
Si a un ser se le tapona el deseo, es fácilmente manipulable.
Total, todo le da lo mismo.

 

“No sólo de pan vive el hombre”
“Somos de la madera que están hechos los sueños”

 

Igual sucede con las sociedades, las comunidades, los grupos humanos.
 Deseo es raíz, tierra, ancestros y herederos, mitos y leyendas, música y altares, identidad y sentido.
Los niños de Llullaillaco…¿habrán ido conformes a entregarse a la muerte?
La ofrenda de sus vidas…¿fue hecha voluntariamente o cumpliendo complejas y oscuras motivaciones colectivas?
Quizás sí estaban conformes, orgullosos de su destino.
¿Qué sabemos nosotros, los que no hemos sido elegidos?

Esos científicos y su bandera representante del racionalismo instrumental: ¿tenían derecho a hurgar en lo profundo de la helada montaña?
Nosotros y nuestra curiosidad pasteurizada: ¿tenemos derecho a mirar esos muertos?
Y supuesto el caso de que tengamos derecho: ¿tenemos por eso capacidad de interpretar y entender el sentido de lo hallado?

Que un descubrimiento casual, técnico y desensibilizado saque a relucir un enigma escondido es una hazaña. Punto de partida.
Que una mirada curiosa, extranjera a nuestro ser, nos explique y justifique es una quimera. Punto ciego.
No nos conformemos con la versión que nos ofrece un inesperado giro del destino. Punto seguido.
No confundamos el verdadero mensaje de un misterio con lo que podemos ver por el mero hecho de que ha sido expuesto a la luz. Punto y aparte.

Punto final.
¿O puntos suspensivos?...

Hay infinitas maneras de contar el final…
Intentar contar el final es asunto de cada uno.
Y eso ya pasa a ser otra historia.

Isabel Permuy 7 de Agosto de 2006

Notas:

(1) Llullaillaco: volcán situado en la montaña más alta de Salta, en la Cordillera de los Andes, que se encuenra a 6739 m sobre el nivel del mar.
(2) MAAM: Museo de Arqueología de Alta Montaña, ciudad de Salta.

Con-versiones, noviembre 2007


 

        

 

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