La primera sesión de psicoanálisis
Por Sylviane Stein
Nuestra historia comenzó por un consejo. No le gustó. La segunda sesión llegué tarde. No debí haberlo hecho. Me hizo la pregunta de "¿Quiere que comencemos por un pequeño ejercicio?" Y arrancamos: "¿Por qué llegó tarde? ¿Qué hizo anoche? En el teléfono, cuando convinimos la sesión, ¿por qué dudaba?"
Preguntas y sólo preguntas. Habría podido decirle, al ritmo que las asestaba, si había aprendido, psicoanálisis en el Quai des Orfevres... ¡Pero vaya uno a espetarle eso a Serge Lebovici, estrella del psicoanálisis francés! En pocas palabras, no funcionó. Después de un cara a cara de tres cuartos de hora, me declaro: "De todos modos, no puedo tomarla, estoy muy ocupado, aunque me haya jubilado de la universidad". Me acompañó hasta la puerta de su inmenso departamento del XVI arrondissement" de París, prometiendo reflexionar en dos nombres "que podrían convenirle". A la mañana siguiente, me recomendaba... a su yerno, "un psicoanalista muy bueno". Freudiano.
De mis tentativas de desplomarme sobre seis divanes ‑con el agregado de una tela protectora amovible, en la cabeza y en los pies‑ extraje un gran principio y algunos consejos prácticos, los cuales revelo aquí. Con la clara conciencia de que, a partir de esta línea, siempre podría suplicar para franquear el umbral de las divas del diván. Ustedes ya conocen al primero. Pero también me desarmaron en lo de Elisabeth Roudinesco (jogging violeta), Jean‑Bertrand Pontalis ("rive gauche" y chic inglés), Piera Aulagnier (psicoanalista y psiquiatra), Miller mayor (Jaeques‑Alain, yerno y ejecutor testamentario de Lacan, traje de lino) y Miller menor (Gérard, corbata y computadora de hombre de negocios).
Principio llamado "del pañuelo descartable": se recomienda proveerse de ellos. Forzosamente se solloza. "¿Por qué quiso usted entablar un análisis? ¿Tiene la impresión de que su vida se le escapa?", pregunta Elisabeth Roudinesco, lanzada sobre una pista plausible. "Usted tiene razón en plantearse la pregunta, porque, a su edad, uno se dice que hay que hacer algo", consiente Piera Aulagníer, que comienza por un "Hábleme de su adolescencia". Todos lanzarán negligentemente, "¿Y el trabajo? ¿Va bien? ¿Qué hace usted?", antes de volver a nuestras preocupaciones íntimas.
Primer caso: el analista ya la habrá prevenido por teléfono de que está excesivamente ocupado, pero aceptando recibirla, "para indicarle eventualmente alguien" (Pontalis, Aulagnier). Le consagrará un cuarto de hora (Pontalis: "Como le dije... ¿Quiere anotar dos nombres?"). 0 una media hora ("No vale la pena entablar una relación, ya que... le anoto dos nombres") (Aulagnier). Para los demás, prevea una hora, y luego otra la semana siguiente (Roudinesco, Miller menor), o incluso dos días más tarde (Miller mayor).
Consejos prácticos
Antes de la sesión:
1. Convencer al psicoanalista de que la reciba haciéndole comprender que únicamente él le interesa a que él es el primero a quien llama por teléfono y que usted lo espera como al Maestro. Todos preguntarán: "Pero, ¿Cómo consiguió usted mi nombre" (excepto Lebovici).
2. Lanzar: "He comprado su Vocabulario del psicoanálisis, esperando encontrar soluciones en él" (a Pontalís, sonrisa amplia). 0: "La vi en «Apostrophes»" (a Roudinesco, indescifrable). 0 bien: "Me gusta mucho lo que escribe en el diario Libération" (a Miller menor, halagado).
3. Nunca adelantarse al psicoanalista dándole sus datos antes de que se los pida. André Green, pope de la Sociétée Psychanalytíque de París (a quien no vi) hizo un diagnóstico telefónico sin apelación: "Parece que usted tiene necesidad de adelantarse..."
Durante la sesión, no:
1. Mendigar un cigarrillo (aunque ellos fumen tanto como usted). Miller menor: "Puede tratar de abstenerse de él".
2. Lanzar: "¿Y cuánto cuesta esto?" Gérard Miller: "Nos volvemos a ver el martes, pero le, propongo que me empiece a pagar desde hoy. ‑¿Cuánto? ‑Lo que usted quiera." Le tendí mi único billete de 200 francos. ‑¡La única sesión paga de la serie!
Al fin de la sesión, jamás esbozar un gesto de "hasta la vista". Si el analista le da la mano, deducir:
1. Que su caso le interesa.
2. Que manifiesta más felicidad a su partida que a su llegada.
Nunca intentar saber si usted tendrá pronto el privilegio de volver a reclinarse sobre el diván, para hablar de su madre, su amante o su adolescencia trágica. No arriesgarse, por ejemplo, a decir: "Bueno, nos volveremos a ver, y después usted me dirá luego si puede tomarme si tiene lugar..." Le contestarán (Miller mayor): "¡Ah! Reconozco su sonsonete:«¿Hay un lugar para mi en alguna parte».
Sepa que el psicoanalista no duda ni un instante de que usted sirve para el diván. "Habrá que empezar rápido ‑dice Serge Lebovici‑ Las vacaciones están próximas, y es malo interrumpir un análisis después de solamente algunas sesiones." Sólo uno (una) me puso en guardia de entrada: Elisabeth Roudinesco. "Un análisis, es largo, es difícíl, es doloroso: ¿está segura de que quiere hacerlo?"
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