Mapa del sitio

Quienes somos

Comuníquese con nosotros

Tema Lacan Inédito    Ver todas las notas de esta sección

 

"El saber del psicoanalista"

Jacques Lacan

Clase 4 - 3 de Febrero de 1972

 

 

 

Voy entonces a continuar un poco con el tema del "Saber del psicoanalista". No lo hago aquí más que en el paréntesis que ya abrí las dos primeras veces. Les dije que es acá que habla aceptado, a pedido de uno de mis alumnos, volver a hablar por primera vez desde el '63.
Les dije la última vez algo que se articulaba en armonía con lo que nos rodea: ¡"Les hablo a las paredes!". Es cierto que hice un comentario de esta frase: cierto esquemita basado en la botella de Klein que debía tranquilizar a quienes podían sentirse excluidos de esta fórmula; como lo he explicarlo durante mucho tiempo, lo que se dirige a las paredes tiene como propiedad repercutir. Que les hablara así, indirectamente, no era ciertamente para ofender a nadie, ¡ya que después de todo se puede decir que no es un privilegio de mi discurso!
 

Hoy quisiera aclarar, con respecto a esta pared, que no es para nada una metáfora, aclarar lo que puedo decir en otra parte. Ya que son evidentemente se justificará que por hablar de Saber, no lo haga en mi seminario. No se trata en efecto de cualquiera sino del "Saber del psicoanalista".

¡Ahí está! Para introducir un poco estas cosas, sugerirles una dimensión, a algunos espero, diría que... que no se puede hablar "de amor", como se dice, sino de modo imbécil o abyecto, lo que es una agravación abyecto, es cómo se habla de eso en psicoanálisis—, que no se pueda entonces hablar de amor pero que de eso se pueda escribir, debería sorprender. La carta, la carta de (a)muro, para continuar con esta pequeña balada de seis versos que comenté la última vez, está claro que haría falta que se muerda la cola y que si eso empieza entre el hombre, del que nadie sabe lo que es, "entre el hombre y el amor está la mujer" y luego, como ustedes saben, eso sigue, no voy a recomenzar hoy —y debería terminarse al final, al final está el muro: entre el hombre y el muro, justamente está... el amor, la carta de amor. Y lo mejor que hay en este curioso impulso que se llama amor, es la carta, es la letra que puede tomar formas extrañas.

Así, hay un tipo, hace tres mil años, que estaba seguramente en el acmé de sus éxitos, de sus éxitos de amor, que vio aparecer sobre el muro algo que ya comenté —no voy a retomarlo— "Méné, Mené" como se decía, "Téquel, Ufarsim", lo cual en general se articula, no sé por qué: "Mené, Tésel, Fares". Cuando la carta de amor nos llega — porque, como lo expliqué alguna vez, las cartas siempre llegan a destino, felizmente llegan demasiado tarde, además de que son escasas: ocurre también que lleguen a tiempo: son los casos raros en los que las citas no se malogran; no hay muchos casos en la historia en que haya ocurrido, como a ese Nabucodonosor cualquiera.

Como entrada en materia no llevaré la cosa más lejos, cuestión de retomarla. Porque este (a)muro, tal como se los presento, no tiene nada de divertido. Ahora bien, no puedo sostenerme de otra manera más que divirtiendo, divertimento serio o cómico: lo que había explicado la última vez, es que los divertimentos serios ocurrirían en otra parte, en un lugar donde se me resguarda mientras que, para este lugar, reservaba los divertimentos cómicos. No sé si esta noche estaré totalmente a la altura, en razón quizás de esta entrada acerca de la carta de (a)muro. Sin embargo, lo intentaré.

*

Expliqué hace dos años algo que, pasado por la buena vía "publicagada" (poubellication), tomó el nombre de "cuadrípedo". Era yo quien había elegido este nombre y podrán preguntarse por que le puse un nombre tan extraño: ¿por qué no "cuadrípedo" o "tetrápodo"? Hubiese tenido la ventaja de no ser bastardo. Pero en verdad, me lo pregunté yo mismo al escribirlo y lo mantuve no sé por qué; después me pregunté cómo se llamaba en mi infancia a esos términos así, bastardos, semilatinos, semigriegos. Estoy seguro de haber sabido cómo llamaban a eso los puestas y luego lo olvidé. ¿Hay alguien acá que sepa cómo se designan los términos hechos por ejemplo, como la palabra "sociología" o "cuadrípedo", con un elemento latino y un elemento griego? Lo suplico, que el que lo sepa, lo emita!...
¡Y bien! no es alentador! porque desde ayer, ayer, es decir que fue anteayer cuando comencé a buscarlo, como seguía sin encontrarlo, desde ayer telefonée a una decena de personas que me parecían las más apropiadas en darme esta respuesta... Bueno... Y bien, ¡mala suerte!

Llamé así a mis cuadrípedos en cuestión para darles la idea de que nos podemos sentar encima, ... cuestión, ya que estaba en los medios masivos, de tranquilizar un poco a la gente. Pero en realidad, expliqué esto en el interior, a propósito de lo que aislé de los cuatro discursos, cuatro discursos que resultan de la emergencia del último en llegar; el discurso del analista. El discurso el analista aporta en efecto, en un cierto estado actual del pensamiento, un orden por el cual se aclaran otros discursos que emergieron mucho antes. Los dispuse según lo que se llama una topología, una topología de las más simples pero que no es menos una topología, topología en este sentido de que es matematizable, y lo es de la manera más rudimentaria, a saber que descansa sobre el agrupamiento de no más de cuatro puntos que llamaremos "mónada".

Eso parece poca cosa. Sin embargo, está tan fuertemente inscripto en la estructura de nuestro mundo que no hay otro fundamento para el hecho del espacio en que vivimos. Observen bien esto de que poner cuatro puntos a igual distancia es lo máximo que se puede hacer en nuestro espacio. No pondrán nunca cinco puntos a igual distancia el uno del otro. Esta menuda forma que acabo de recordarles está acá para hacer sentir de qué se trata: si los cuadrípedos son, no tetraedro sino tétrada, que el numero de los vértices sea igual al de las superficies está ligado a este mismo triángulo aritmético que tracé en mi último seminario (19/1/72). Como lo ven, para sentarse, no resulta puro descanso, ni el uno ni el otro. En cuanto a la posición de la izquierda, ustedes están acostumbrados a ella, de modo que ya ni siquiera la sienten, pero la de la derecha no es más confortable: imagenes sentados sobre un tetraedro apoyado sobre la punta. De ahí sin embargo, hay que partir para todo lo que concierne a lo que constituye este tipo de asiento social que descansa sobre lo que llamamos un discurso. Y es esto lo que adelanté propiamente en mi antepenúltimo seminario. El tetraedro, para llamarlo por su aspecto presente, tiene curiosas propiedades, es que si no es como éste, regular —la igual distancia no está ahí más que para recordarles las propiedades del número cuatro, en relación al espacio—, si es cualquiera, les es propiamente imposible definir ahí una simetría. Sin embargo tiene esto de particular y es que, si sus lados, a saber, esos pequeños trazos que ven, que unen lo que se llama en geometría los vértices, si a esos pequeños trazos los vectorizan, es decir, les marcan un sentido, alcanza que planteen como principio que ninguno de los vértices resultará privilegiado por esto, que sería forzosamente un privilegio —puesto que si ocurriera, habría al menos dos que no podrían beneficiarse— si plantean entonces que en ninguna parte puede haber convergencia de tres vectores ni en ninguna parte divergencia de tres vectores del mismo vértice, obtendrán entonces necesariamente, la repartición:

2 que llegan    1 que parte
2 que llegan    1 que parte
1 que llega      2 que parten

1 que llega      2 que parten,

es decir que todos los susodichos tetraedros serán estrictamente equivalentes y que en todos los casos podrán, por supresión de uno de los lados, obtener la fórmula por la cual esquematicé mis cuatro discursos:

Discurso llamado del Amo
Discurso del Universitario

Discurso del Analista
Discurso de la Histérica,
fig 1

según esto:

fig 2

que es la propiedad de uno de los vértices, la divergencia, pero sin ningún vector que llegue para nutrir al discurso, sino inversamente, del lado opuesto, ustedes tienen este trayecto triangular. Esto basta para permitir diferenciar en todos los casos, por un carácter que es absolutamente especial, estos cuatro polos que enuncio como términos de la Verdad, de la Apariencia (semblant), del Goce y del Plus-de-gozar.

Esta es la topología fundamental de donde surge toda función de la palabra y merece ser comentada.
Es en efecto una pregunta que el discurso del analista está hecho para hacer surgir, la de saber cuál es la función de la palabra. "Función y campo de la palabra y del lenguaje", así es como introduje lo que debía llevarnos hasta este punto presente de la definición de un nuevo discurso. No por cierto que este discurso sea el mío: en el momento en que les hablo este discurso está efectivamente instalado desde hace casi tres cuartos de siglo. No es una razón porque el analista mismo es capaz, en ciertas cosas, de rehusarse a lo que digo de él, a no ser soporte de este discurso y, en verdad, "ser soporte", quiere decir solamente, en este caso, "ser supuesto". Pero que este discurso pueda tomar sentido por la voz misma de alguien que está —es mi caso— tan sujeto como otro, es justamente lo que merece que nos detengamos ahí, a fin de saber de dónde se toma este sentido.

De escuchar lo que acabo de enunciar, la cuestión del sentido, por supuesto, puede parecerles que no plantea problemas, quiero decir que parece que el discurso del analista recurre lo suficiente a la interpretación como para que la pregunta no se plantee. Efectivamente, parece que sobre ciertos garabatos analíticos puede leerse —y no es sorprendente, van a ver por qué— todos los sentidos que se quiera, hasta el más arcaico, quiero decir que habría como un eco, la sempiterna repetición de lo que, desde el principio de la historia, nos ha llegado bajo este término, este término de sentido, bajo formas de las que hay que decir que sólo por su superposición logran sentido. Porque, a qué se debe que comprendemos algo del simbolismo usado en la Escritura Sagrada ¿por ejemplo? En cuanto a referirla a una mitología, cualquiera fuera, todos saben que en eso hay una suerte de deslizamiento de los más engañosos. Nadie, desde hace un tiempo se detiene a ver que cuando se estudia seriamente lo que concierne a las mitología, no es a su sentido que nos referimos, sino a la combinatoria de los mitemas. Remítanse en cuanto a eso a trapajos de los que no hace falta que les recuerde una vez más el autor.
La cuestión consiste pues en saber de dónde viene el sentido.

Me serví, porque indudablemente era necesario para introducir lo que concierne al discurso analítico, me serví sin escrúpulos, del avance llamado lingüístico y, para atemperar ardores que, a mi alrededor, habrían podido despertarse demasiado pronto, hacerlos retornar al "fango" usual, recordé que no se sostuvo algo digno de este titulo "lingüístico" como ciencia, que no se sostuvo algo que parece tener la lengua como tal, incluso la palabra, como objeto, que eso no se sostuvo más que a condición de jurarse entre si, entre lingüistas, nunca, nunca más —porque no se haba hecho más que eso durante siglos— nunca más, ni por lejos, hacer alusión al origen del lenguaje. Era, entre otras, una de las consignas que le hacia dado a esta forma de introducción que se articula con mi fórmula: "El inconsciente está estructurado como un lenguaje".
Cuando digo que era para evitar a mi audiencia el retorno a cierto "equivoco fangoso" —no soy yo quien utiliza este término, es Freud mismo, y en especial, justamente, a propósito a los arquetipos llamados junguianos— no es ciertamente para levantar ahora este interdicto. No es cuestión en absoluto de especular acerca de algún origen del lenguaje, dije que es cuestión de formular la función de la palabra.

La función de la palabra, hace mucho tiempo que lo enuncié, consiste en ser la única forma de acción que se plantea como verdad. Qué es no la palabra, sería una pregunta superflua: no solamente hablo, ustedes hablan e incluso "eso habla", como lo dije, eso va de por si, es un hecho, diría incluso que es el origen de todos los hechos porque algo toma rango de hecho sólo cuando es dicho, hay que decir que no dije "cuando es hablado": hay algo diferente entre hablar y decir. Una palabra que funda el hecho, eso es un decir, pero la palabra funciona incluso cuando no funda ningún hecho; cuando ordena, cuando ruega, cuando injuria, cuando expresa un anhelo, no funda ningún hecho.

Podemos hoy —no son cosas que iría a producir allá, en el otro lugar donde felizmente digo cosas más serias! acá, porque está implicado en este seno que desarrollo siempre con más punta y quedándome siempre en dicha punta, como en mi último seminario. Espero que en el próximo, haya menos gente porque no era divertido, pero en fin, acá uno puede divertirse, son divertimentos cómicos.
En el orden del divertimento cómico, no por nada en los dibujos animados, nos cifran la palabra en globos, ¡la palabra es como cuando eso se excita! No es por nada que instaura la dimensión de la verdad, porque la verdad, la verdadera, la verdadera verdad, la verdad tal como sucede que ha empezado en entreverse únicamente con el discurso analítico, es lo que le revela este discurso a cada cual, que simplemente emprende de un modo que hace eje como analizando, es que  -discúlpenme por retomar este término pero ya que empecé, no lo abandono- lo que ahí, Plaza del Pantheon, llamo
F (Fi) de x— es que excitarse no tiene ninguna relación con el sexo, ¡no con el otro, en todo caso!
Excitarse, acá estamos entre paredes, excitarse por una mujer —de todos modos tenemos que llamar a eso por su nombre— quiere decir darle la función
F (Fi) de x, eso quiere decir: tomarla como falo. ¡No es poca cosa, el falo! Ya les expliqué, allá donde es serio, les expliqué lo que eso hace, les dije que la significación del falo es el único caso de genitivo plenamente equilibrado. Quiere decir que el falo, es lo que les explicaba esta mañana — digo eso para quienes están algo al tanto— es lo que les explicaba Jakobson: el falo, es  la significación, es aquello por lo cual el lenguaje significa. No hay más que una sola Bedeutung: es el falo.

Partamos de esta hipótesis, nos explicará ampliamente el conjunto de la función de la palabra, porque ésta no siempre se aplica a denotar hechos —es todo lo que puede hacer, no se denotan cosas, se denotan hechos— pero es totalmente al azar, de tanto en tanto... La mayor parte del tiempo suple a esto, que la función fálica es justamente lo que hace que no haya en el hombre más que las relaciones que ustedes conocen... mala entre los sexos. Mientras que en todo otro lugar, al menos para nosotros, eso parece andar... como sobre rieles.
Entonces, es por eso que en mi pequeño... cuadrípodo, en mi pequeño cuadrípodo pueden ver al nivel de la verdad, dos cosas, dos vectores que divergen, lo que expresa que el goce, que está en la punta de la rama de la derecha, es un goce ciertamente fálico, pero que no se puede llamar goce sexual, y que, para que se mantenga cualquiera de estos raros animales, los que son presa de la palabra, tiene que estar este polo que es correlativo del polo del goce en tanto que obstáculo a la relación sexual: es el polo que designo como la apariencia (semblant). Resulta tan claro para un compañero, en fin, si nos atrevemos, como se hace todos los días, a rotularlos por su sexo, es evidente que el hombre, como la mujer, aparentan, cada uno en su rol. Cuando no hay más que esta historia... pero lo importante, al menos cuando se trata de la función de la palabra, es que los polos estén definidos, el de la apariencia (semblant) y el del goce.


fig 3


Si hubiera en el hombre, cosa que imaginamos en forma puramente gratuita, un goce específico de la polaridad sexual, esto se sabría. Quizás se supo, generaciones enteras se vanagloriaron de eso, y después de todo, tenemos numerosos testimonios, lamentablemente, puramente esotéricos, de que hubo épocas en que se sabía verdaderamente cómo sostener esto. Hubo un Van Gennep, cuyo libro me pareció excelente, que picotea por aquí y por allá — en fin, hace como todo el mundo, picotea más cerca en lo que tiene de la tradición escrita china, cuyo tema es el saber sexual, lo que no resulta muy extenso, les aseguro, ni tampoco muy aclarado! Pero en fin, miren eso si les divierte: "La vida sexual en la China antigua". ¡Los desafío a sacar algo de ahí que pueda servirles en lo que llamaba, hace un rato, el estado actual del pensamiento!

*

El interés de lo que puntualizo, no es el de decir que desde siempre las cosas están en el mismo punto al que hemos llegado. Quizás hubo, quizás haya todavía en alguna parte, pero es curioso, siempre es en lugares donde en verdad hay que mostrar seriamente la contraseña para entrar, lugares donde ocurre entre el hombre y la mujer esta conjunción armoniosa que los haría estar en el séptimo cielo, pero es de todos modos muy curioso que nunca se escuche hablar de eso más que desde afuera.
Por el contrario, está muy claro que a través de una de las maneras que tengo, en fin, de definir, que es más bien con una F (Fi) mayúscula que cada uno tiene relación con el otro, eso queda plenamente confirmado apenas se observa lo que llamo, con un término que cae tan bien, así, gracias a la ambigüedad del latín o del griego, que se llama "homos" —"ecce homo", como lo decía...— es totalmente seguro que los homos se excitan mucho mejor y más a menudo y más firme.

Cosa que resulta curiosa, pero en fin, a pesar de todo es un hecho del que no puede dudar alguien que desde hace un buen tiempo, algo escuchó hablar. No se equivoquen, de todos modos, hay "homo" y "homo", ¿eh? No hablo de André Gide, ¡no hay que creer que André Gide fuera un homo!

Esto nos introduce a lo que sigue. No perdamos el hilo, se trata del sentido. Para que algo tenga sentido, en el estado actual del pensamiento, es triste decirlo, pero tiene que ser planteado como normal. Sin duda es por eso que André Gide quería que la homosexualidad fuese normal; y como quizás hayan podido apreciarlo, en este sentido, hay un montón: en un dos por tres, eso va a caer bajo la égida de lo normal, a tal punto que tendremos nuevos clientes en psicoanálisis que vendrán a decirnos: "¡Vengo a verlo porque no mariconeo normalmente!". Se va a volver un embotellamiento!

Y el análisis partió de ahí. Si la noción de normal no hubiese tomado, a consecuencia de los accidentes de la historia, una extensión semejante, nunca hubiera visto la luz. Todos los pacientes, no solamente los que tomó Freud, aunque al leerlo, está muy claro, que es una condición: para entrar en análisis, al principio, lo mínimo era tener una buena formación universitaria. Está dicho en Freud claramente. Debo subrayarlo porque el discurso universitario del que hablé muy mal y por las mejores razones es de todos modos quien riega el discurso analítico.

Ustedes comprenden, ya no pueden imaginar —es para hacerles imaginar algo, si son capaces de hacerlo, pero ¿quién sabe?... por el arrastramiento de mi voz...— ni siquiera pueden imaginar lo que era una zona del tiempo que se llama, a causa de esto, "antigua", en la que la doxa, conocen la doxa, la célebre doxa de la que se habla en el Menón, pero no, ¡¡pero no!! (nota trad.) — había doxa que no era universitaria. ¡Pero actualmente, no hay una por más fútil, por más renguearte, a los tumbos, incluso boluda que sea, que no esté alineada en algún lugar de la enseñanza universitaria! No hay ejemplo de una opinión, por estúpida que sea, que no esté ubicada, incluso justamente por estar ubicada, es enseñada.

Esto, ¡esto falsea todo! Porque cuando Platón, en fin, habla de la doxa como de algo de lo que no sabe literalmente qué hacer, él, un filósofo que intenta fundar una ciencia, se da cuenta de que la doxa se encuentra en todos los rincones: las hay verdaderas. Naturalmente, no es capaz de decir por qué, no más que cualquier filósofo, pero nadie duda de que sean verdaderas, porque la verdad se impone. Eso daba un contexto completamente distinto de lo que se llama filosofía, que la doxa no estuviera normada. No hay huella de la palabra "norma" en ningún lugar del discurso antiguo. ¡Nosotros inventamos eso y naturalmente, yendo a buscar un nombre griego rarísimo!
De todos modos hay que partir de ahí para ver que el discurso del analista no apareció por casualidad. Había que estar en el último grado de extrema urgencia para que surgiera. Por supuesto ya que es un discurso del analista, toma como todos mis discursos, los cuatro que nombré, el sentido del genitivo objetivo: el discurso del Amo, es el discurso sobre el Amo, lo vimos bien, en el acmé de la epopeya filosófica, en Hegel. El discurso del analista es lo mismo: se habla del analista, él es el objeto a, como lo subrayé frecuentemente. Esto no le vuelve fácil, naturalmente, captar bien cuál es su posición. Pero por otro lado, es de un descanso total, puesto que es la de la apariencia (semblant).

Entonces nuestro Gide, para continuar la trama —tomo el Gide, luego lo dejaré, luego lo retomaremos juntos y así sucesivamente— nuestro Gide, ahí, porque sin duda es ejemplar, no nos aleja de nuestro asuntito, ¡muy lejos de eso! Su asunto es ser deseado, como lo encontramos corrientemente en la exploración analítica. Hay gente a quien eso: le faltó en la primera infancia, ser deseado. Los lleva a hacer cosas para que eso les suceda más tarde. Es muy frecuente. Pero se debe de todos modos clivar bien las cosas. Eso no carece de relación en absoluto con el discurso. No es como esas palabras, que aparecen un poco por todas partes cuando se está en carnaval. El discurso y el deseo, tienen ahí la relación más estrecha. Incluso por eso llegue a aislar —en fin, al menos lo creo— la función del objeto a. Es un punto clave del que no se ha sacado aún mucho partido, debo decir, llegará muy lentamente.

*

El objeto a es aquello por lo cual el ser parlante cuando está capturado en discursos, se determina. No sabe para nada lo que determina: es el objeto a; en lo que está determinado, esta determinado como sujeto, es decir, que está dividido como sujeto, es la presa del deseo. Parece ocurrir en el mismo lugar que las palabras que subvierten, pero no es en absoluto igual, es totalmente regular, eso produce —es una producción—, eso produce matemáticamente — viene al caso decirlo— este objeto a en tanto causa del susodicho deseo.

Es aún el que llamé, como lo saben, el objeto metonímico — lo que corre a lo largo de lo que se desarrolla como discurso, discurso más o menos coherente, hasta que tropieza y todo el asunto termina en la nada. No es menos cierto que de ahí —y ahí está el interés— es que tomamos la idea de la causa. Creemos que en la naturaleza, hace falta que todo tenga una causa, bajo el pretexto de que somos causados por nuestro propio bla-bla-bla. ¡Si! Están todos los elementos, en André Gide, en cuanto a que las cosas son como les dije. Es primeramente su relación con el Otro supremo: no hay que creer en absoluto, a pesar de todo lo que él haya podido decir, que no tuviera incidencia, el gran Otro. Ahí donde toma forma, el a, había incluso una noción completamente especificada, es a saber, que ¡el placer de ese gran Otro, consistía en molestar al de todos los pequeños!... Mediante lo cual, pescaba muy bien que había ahí un punto de preocupación que lo salvaba evidentemente del abandono de su infancia. Todas sus bromas con Dios eran, en fin, algo totalmente compensatorio para alguien que habla comenzado tan mal. No es privilegio suyo. Había empezado hace tiempo —no di más que una lección en "mis seminarios" como lo llaman— algo sobre el Nombre del Padre. Naturalmente comencé por el padre mismo. En fin, hablé durante una hora, una hora y media, del goce de Dios. Si dije que era una broma... mística, fue para no volver a hablar nunca de eso. Es cierto que, desde que no hay más que un Dios, sólo y único, en fin, el Dios que hizo emerger una cierta era histórica, es justamente éste el que molesta al placer de los otros. Inclusive, sólo cuenta eso. Desde luego están los epicúreos, que hicieron todo para enseñar el método, para no dejarse molestar por nadie, pero eso fracasó. Había otros, que se llamaban los estoicos y que han dicho: "Muy al contrario, hay que revolcarse en el placer divino". Pero eso la pifia también, lo saben, sólo se juega entre los dos. Lo que cuenta la mala sangre. Con eso, todos ustedes están en su salsa. No gozan, por supuesto, sería exagerado decirlo, tanto más cuanto que, de todos modos, es demasiado peligroso. Pero en fin, no se puede decir que no tengan placer, ¡eh! Inclusive sobre eso, está fundado el proceso primario.  

*

Todo eso vuelve a ubicarnos entre la espada y el muro: ¿qué es el sentido? Y bien, más vale partir del nivel del deseo. El placer que el otro les hace es corriente, hasta se llama en una zona más noble: "arte". Acá es donde hay que considerar atentamente el muro porque hay una zona del sentido bien aclarada, por ejemplo, por el llamado Leonardo da Vinci, como ustedes saben, que dejó algunos manuscritos y pequeñas pavadas —no tanto, no pobló museos pero dijo profundas verdades, dijo profundas verdades que todo el mundo debería recordar siempre—, dijo: "Miren el muro..." como yo, después, con el tiempo se volvió el Leonardo de las familias, se regalan sus manuscritos, hay una obra de lujo, incluso a mí me regalaron un par, se dan cuenta, en fin. Pero no quiere decir que no sea legible. Entonces les explica; "Miren bien el muro...", como acá, está un poco sucio. Si estuviera mejor mantenido, habría manchas de humedad y quizás también, hasta de moho. Y bien, si le creen a Leonardo, si hay manchas de moho, es una buena oportunidad para transformarla en madonna o bien en atleta musculoso —eso, eso se presta más todavía, porque en el moho siempre hay sombras, cavidades— es muy importante darse cuenta de que hay cierta clase de cosas sobre las paredes que se prestan a la figura, a la creación artística, como se dice. Acá es lo figurativo mismo, la mancha en cuestión. Con todo, hay que saber qué relación hay entre eso y otra cosa que puede venir sobre el muro, a saber, los surcos, no solamente de la palabra —aún cuando suceda, sin duda así es como empieza siempre— sino del discurso. Dicho de otro modo, si son del mismo orden, el moho en la pared y la escritura. Esto debería interesar acá a cierto número de personas que, pienso, no hace mucho tiempo —empieza a envejecerse— se ocuparon mucho de escribir cosas, cartas de amor sobre los muros. Era una época infernalmente buena. Hay algunos que nunca se consolaron, del tiempo en que se podía escribir sobre las paredes y cuando de algo en Publicis, se deducía que los muros tenían la palabra. ¡Como si eso pudiese ocurrir! Hubiera simplemente hacer notar que más valdría que nunca hubiese habido nada escrito sobre las paredes. Lo que ya está escrito ahí, más valdría retirarlo. "Libertad-lgualdad-Fraternidad" por ejemplo, es indecente "Prohibido fumar" no es posible, tanto más cuanto que todo el mundo fuma, ahí hay un error de táctica. Ya lo dije hace un rato para la carta de (a)muro: todo lo que se escribe refuerza el muro. No es forzosamente una objeción. Pero lo que hay de cierto, es que no hay que creer que sea absolutamente necesario, pero sirve sin embargo porque si no se hubiese escrito nunca nada, sobre alguna pared, cualquiera sea, ésta u otra, y bien, es un hecho, no habríamos dado un paso en el sentido de lo que quizás debe mirarse más allá del muro.

*

Ustedes lo ven, hay algo a la que me veré llevado a hablarles este año: son las relaciones de la lógica y de las matemáticas. Más allá del muro, para decírselos enseguida, no hay que sepamos, más que este Real, que se señala justamente por lo imposible, lo imposible de alcanzar más allá del muro. No deja de ser lo real. Cómo se pudo hacer para tener idea de él, es seguro que el lenguaje sirvió bastante para eso. Incluso por eso es que intento hacer este pequeño puente, del que pudieron ver un esbozo en mis últimos seminarios, a saber, cómo es que lo UNO hace su entrada. Es lo que ya expresé, desde hace tres años, con símbolos: el S1 y el S2. Al primero, lo designé así, para que entiendan algo un poco, con el significante Amo y al segundo, con el saber.

¿Pero acaso habría S1, si no hubiese S2? Es un problema, porque hace falta que sean primero dos para que haya S1. Abordé la cosa, ahí, en el último seminario, mostrándoles que de todos modos, son al menos dos, incluso para que uno sólo surja: cero y uno, como se dice, hacen dos. Pero eso es en el sentido en que se dice que es infranqueable. Sin embargo, se franquea cuando se es lógico, como ya les indiqué al referirme a Frege. Pero en fin, no les pareció que fuera franqueado con pie ligero y que les aclaré en ese momento —volveré a eso— que había quizás más de un pasito. Lo importante no esta ahí.

Está claro que alguien del que sin duda escucharon hablar por primera vez esta mañana, René Thom, que es matemático, no cree que la lógica, es decir, el discurso que se sostiene sobre el muro, sea algo que alcance siquiera a dar cuenta del número, primer paso de la matemática. Por el contrario, le parece poder dar cuenta no solamente de lo que se traza sobre el muro —no es ninguna otra cosa que la vida misma, empieza con el moho, como ya saben dar cuenta mediante el número, el álgebra, las funciones, la topología, dar cuenta de todo lo que pasa en el campo de la vida. Volveré sobre eso. Les explicaré que el hecho de que encuentre en una función matemática tal, el trazado mismo de estas curvas que hace el primer moho, antes de elevarse hasta el hombre, que este hecho lo lleve hasta la extrapolación de pensar que la topología puede proveer una tipología de las lenguas naturales. No sé si la cuestión es actualmente zanjable, intentaré darles una idea de cuál es su incidencia actual; nada más.

Lo que puedo decir, es que en todo caso, el clivaje del muro, el hecho de que haya algo instalado delante que llamé palabra y lenguaje, y que es desde otro lado como eso trabaja, quizás matemáticamente, resulta muy cierto que no podemos hacernos otra idea. Que la ciencia reposa, no como se dice sobre la cantidad sino sobre el número, la función y la topología, es lo que no deja ninguna duda. Un discurso que se llama Ciencia ha encontrado el medio para construirse detrás del muro. Pero lo que creo tener que formular claramente y aquello en lo cual creo estar de acuerdo con todo cuanto hay de serio en la construcción científica es que sería estrictamente imposible darle a cualquier cosa que se articule en términos algebraicos o topológicos, la sombra de un sentido. Hay sentido para quienes, fuente al muro se complacen con manchas de moho que resultan tan propicias en ser transformadas en madonna o en espaldas de atleta. Pero es evidente que no podemos contentarnos, en fin, con estos sentidos confusionales. Esto no sirve, al fin de cuentas; más que para resonar sobre la lira del deseo, sobre el erotismo, para llamarlo por su nombre.
Pero frente al muro pasan otras cosas y es lo que llamo discursos. Hubo otros que estos cuatro míos que ya enumere y que no se especifican por otra parte más que por deber hacerles ver en seguida que se especifican como tales como siendo sólo cuatro. Es seguro que hubo otros de los que no conocemos ya nada más que lo que converge en estos que son los cuatro que nos quedan, estos que se articulan en la ronda del a, del S1 del S2 y aún del sujeto —quien paga los platos rotos— y que en esta ronda, por desplazarse según estos cuatro vértices, nos han permitido recortar algo para ubicarnos. Es algo que nos da el estado actual de lo que, como lazo social, se funda del discurso, es decir algo donde cualquiera sea el lugar que se ocupe, del amo, del esclavo, del producto, o de lo que soporta todo el asunto, cualquiera sea el lugar que ahí se ocupe, nunca se entiende un corno.

El sentido, ¿de dónde surge? En esto consiste la importancia de haber hecho ese clivaje, torpe sin duda, que hizo Saussure —como lo recordaba esta mañana Jakobson— del significante y el significado, cosa que por otra parte heredaba —no por nada— de lo estoicos, cuya posición les di a ustedes, en particular en estas especies de manipulaciones. Lo importante por supuesto no es que el significante y el significado se unan y que sea el significado quien nos permite distinguir cuanto hay de específico en el significante, muy al contrario, es que el significado de un significante, lo que articulo con estas letritas que lee dije hace un rato, el significado de un significante ahí donde enganchamos algo que puede parecerse a un sentido, viene siempre del lugar que el mismo significante ocupa en otro discurso. Es sin duda esto lo que se les subió a todos a la cabeza cuando el discurso analítico se introdujo: les pareció que comprendían todo...¡pobrecitos! Felizmente gracias a mis cuidados no es el caso de ustedes. Si comprendiesen lo que cuento en otra parte, ahí donde soy serio, no creerían lo que oyen. Incluso es por eso que no creen lo que oyen. Porque en realidad lo comprenden, pero en fin, se mantienen a distancia; y es muy comprensible puesto que en su gran mayoría el discurso analítico no los atrapó todavía. Eso llegará lamentablemente, porque tiene cada vez más importancia.

Quisiera de todos modos decir algo sobre el saber del analista a condición de que no se atengan a esto. Si mi amigo René Thom llega tan cómodamente a encontrar mediante cortes de superficies matemáticas complicadas algo como un dibujo, un rayado, en fin, algo que sé llama también una punta, una escama, un frunce, un pliegue, y hacer de él un uso verdaderamente cautivante, en otros términos si hay entre tal rodaja de una cosa que no existe más que por poderse escribir: "existe  x", "existe x que satisface a la función F de x", si hace eso con tanta comodidad, no es menos cierto que hasta tanto no haya dado cuenta de un modo exhaustivo de aquello con lo cual a pesar de todo está bien obligado a explicárselos, a saber él lenguaje común y la gramática  alrededor, quedará ahí una zona que llamo "zona del discurso" y que es aquella sobre la cual lo analítico de los discursos arroja viva luz.

¿Qué es lo que ahí dentro puede transmitirse de un saber? En fin, ¡hay que elegir! Son los números quienes saben, porque hicieron, hicieron emocionarse a esta materia organizada en un punto, seguramente inmemorial, y siguen sabiendo lo que hacen. Hay una cosa muy cierta y consiste en que sólo en forma abusiva, ponemos ahí dentro un sentido y toda idea de evolución, de perfeccionamiento, cuando en la cadena animal supuesta, no vemos absolutamente nada que atestigüe esta adaptación que se dice continua, a tal punto que hizo falta a pesar de todo que se renunciara Y que se dijera que después de todo, los que pasan, son entonces o que pudieron pasar. A eso se le llama selección natural. No quiere decir estrictamente nada. Tiene así, un pequeño sentido, tomado de un discurso de pirata, y además, ¿por qué no este u otro? Lo que se nos aparece más claramente es que un ser viviente no siempre sabe muy bien qué hacer con uno de sus órganos. Y después de todo quizás sea un caso particular de la puesta en evidencia por el discurso analítico del lado embarazoso que tiene el falo.

Que haya un correlato entre eso, como lo subrayé, al principio de este discurso, un correlato entre eso y lo que se promueve de la palabra, es todo lo que podemos decir; que en el punto en que estamos, del estado actual del pensamiento —es la sexta vez que empleo esta fórmula y está claro que no parece preocupar a nadie, sin embargo es algo que valdría la pena revisar porque del estado actual de los pensamientos, hago un mueble, sin embargo es verdad ¿eh? No es un idealismo decir que el pensamiento está tan estrictamente determinado como el último aparato. En todo caso en el estado actual del pensamiento, tenemos al discurso analítico que, cuando se acepta entenderlo como lo que es, se muestra ligado a una curiosa adaptación porque, en fin, si es cierta esta historia de castración, quiere decir que en el hombre la castración es el medio de adaptación a la supervivencia. Resulta impensable, pero es cierto. Todo esto quizá no sea más que un artificio, un artefacto de discurso. Que este discurso, tan sabio para completar a los otros que este discurso se sostenga, quizá sea solamente una fase histórica. La vida sexual de la China antigua tal vez vuelva a florecer, tendrá un cierto número de bonitas ruinas sucias que tragar antes de que ocurra...

Pero en el momento, ¿qué quiere decir, ese sentido que aportamos?

Ese sentido, a fin de cuentas, es enigma, y justamente porque consiste en sentido. En algún lugar de la segunda edición de un volumen, de ese volumen que dejé salir en una época, que se llama "Escritos", hay un pequeño agregado llamado "La metáfora del sujeto". Jugué mucho tiempo con la fórmula con la que se deleita mi querido amigo Perelman, "un océano de falsa ciencia". Nunca se está muy seguro, y les aconsejo partir de ahí, ¡de lo que me traigo entre manos cuando me divierto justamente! "Un océano de falsa ciencia", es quizá el saber del analista, ¿por qué no? Porqué no justamente, si justamente sólo a partir de su perspectiva se decanta esto de que la ciencia no tiene, no sentido, sino que ningún sentido de discurso, por no sostenerse más que desde otro, es más que sentido parcial.

Si la verdad no puede nunca más que medio decirse, ése es el núcleo, ahí esta lo esencial del saber del analista, es que en este lugar que llamé tetrápodo o cuadrípedo, en el lugar de la verdad está S2, el saber. Es él mismo un saber que debe por lo tanto siempre ponerse en cuestión. Del análisis por el contrario, hay algo que debe hacerse prevalecer: es que hay un saber que se extrae del sujeto mismo; en el lugar polo del goce el discurso analítico pone: $. Es en el tropiezo, en  la acción falida, en el sueño, en el trabajo del analizando, que resulta este saber, este saber que no esta supuesto, es saber, saber caduco, restos de saber, de saber: eso es el inconsciente. Este saber, es lo que asumo, lo que defino por no poder plantearse, rasgo nuevo en la emergencia, más que por el goce del sujeto.


 

Texto extraído de "El saber del psicoanalista" (Charlas de Jacques Lacan en Ste. Anne, 1971-1972), publicación de ENAPSI, sin mención de traductor ni de fecha, Buenos Aires, Argentina.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones junio 2007

 
 

        

 

copyright 2005 Conversiones.com Todos los derechos reservados.