"El saber del psicoanalista"
Jacques Lacan
Clase 2 - 2 de Diciembre de 1971
Lo que hago con ustedes esta noche no es evidentemente —no lo será más de lo que lo ha sido la última vez— no es evidentemente lo que me he propuesto dar como paso siguiente de mi seminario este año. Será, como la última vez una charla.
Todos saben — muchos lo ignoran— la insistencia que pongo ante quienes me piden consejo, acerca de las entrevistas preliminares en el análisis. Eso tiene una función para el analista, por supuesto, esencial. No hay entrada posible en análisis sin entrevistas preliminares. Pero hay algo que nos acerca a la relación entre esto -entrevistas- y lo que voy a decirles este año, con la salvedad de que no puede absolutamente ser lo mismo, ya que, como soy yo el que habla, soy yo quien está aquí en la posición de analizando.
Entonces lo que iba a decirles —podría haber tomado muchos otros sesgos, pero después de todo siempre es a último momento cuanto sé lo que elijo decir— y para esta charla de hoy, la ocasión me pareció propicia para una pregunta que me fue hecha ayer a la noche por alguien de mi Escuela. Es una de las personas que toman un poco a pecho su posición y me planteó la pregunta siguiente, que por supuesto tiene para mí la ventaja de hacerme entrar en seguida en lo medular de este tema. Cualquiera sabe que esto me ocurre raramente, me acerco con pasos prudentes. La pregunta que me fue planteada es la siguiente: ¿la incomprensión de Lacan, es un síntoma?
La repito entonces textualmente. Es una persona a la que en este caso perdono fácilmente por haber puesto mi nombre, cosa que se explica porque estaba frente a mi, en lugar de lo que hubiese convenido, a saber, a mi discurso. Ustedes ven que no me sustraigo: lo llamo "mi". Veremos después si este "mi" merece ser mantenido.
Qué importa? Lo esencial de esta pregunta era aquello a lo que se dirigía, a saber si la incomprensión en cuestión, la llamen de un modo o de otro es un síntoma.
No lo pienso.
No lo pienso, primero porque en un sentido no se puede decir que algo que tiene a pesar de todo cierta relación con mi discurso, que no se confunde, que es lo que se podría llamar mi palabra, no se puede decir que sea absolutamente incomprendido: se puede decir en un nivel preciso que vuestro número es la prueba de esto. Si mi palabra fuera incomprensible, no veo bien lo que en tanta cantidad harían acá. Tanto más cuanto que después de todo este número este formado en gran parte por gente que vuelve y además que así, al nivel de un muestreo que después de todo me llega, sucede que personas que se expresan de esta manera, que no siempre comprenden bien o al menos que no tienen la sensación de comprender, para retomar finalmente uno de los últimos testimonios que recibí acerca de esto, del modo en que cada uno expresa eso, y bien, a pesar de esa sensación como de no pescar, esto no impide, me decían en el último testimonio, que la ayudara, a la persona en cuestión, a reencontrarse con sus propias ideas, a aclararse a sí misma con respecto a un cierto número de puntos. No se puede decir que al menos en lo que respecta a mi palabra, que evidentemente se debe diferenciar, bien del discurso — nos vamos a esforzar por ver en qué— no hay, propiamente hablando, lo que se llama incomprensión.
Aclaro enseguida que, esta palabra es una palabra de enseñanza. La enseñanza pues en este caso la diferencio del discurso. Como aquí hablo en Ste. Anne y quizás a través de lo que dije la última vez se puede ver lo que significa para mí he elegido tomar las cosas, digamos, al nivel de lo que se puede llamar lo elemental. Es completamente arbitrario. pero es una elección.
Cuando estuve en la Sociedad de Filosofía para ofrecer una comunicación sobre lo que llamaba en esa época mi enseñanza, tomé el mismo partido. Hablé como dirigiéndome a gente muy atrasada: no lo son más que ustedes, pero es más bien la idea que tengo de la filosofía, la que pretende eso. Y no soy el único. Uno de mis mejores amigos que hizo recientemente una presentación en la Sociedad de Filosofía, me pasó un artículo sobre el fundamento de las matemáticas, en el que le hice observar que su artículo era de un nivel diez veces o veinte veces más elevado que el que había presentado en la Sociedad de Filosofía. Me dijo que no debía sorprenderme por eso, dadas las respuestas que había obtenido. Es lo que comprobé también porque tuve respuestas del mismo orden en el mismo lugar y es lo que me reaseguro en cuanto a haber articulado ciertas cosas que pueden encontrar en mis Escritos, al mismo nivel.
Hay pues en algunos contextos una elección menos arbitraria que la que aquí sostengo. Lo sostengo acá en función de elementos memoriales, que están ligados a esto: que en definitiva, si mi discurso todavía es incomprendido a un cierto nivel, es porque, digamos, durante mucho tiempo, en toda una zona estuvo prohibido, no, escucharlo, que habría estado, como lo probó la experiencia, al alcance de muchos, sino prohibido el venir a escucharlo Es lo que nos va a permitir diferenciar esta incomprensión de un cierto número de otras. Había prohibición, y que, a fe mía, esta prohibición haya provenido de una institución analítica, es seguramente significativo.
¿Qué quiere decir significativo? No dije para nada, significante. Hay una gran diferencia entre la relación significante-significado y la significación. La significación hace signo. Un signo no tiene nada que ver con un significante. Un signo es — expongo eso por ahí, en alguna parte del último número de este Scilicet— un signo, pensemos lo que pensemos de eso, es siempre el signo de un sujeto qué se dirige a qué —está escrito también en ese Scilicet— no puedo extenderme ahora, pero este signo, este signo de interdicción venía seguramente de verdaderos sujetos, en todos los sentidos del término, de sujetos que obedecen en todo caso. Que sea un signo venido de una institución analítica, está hecho, sin dudas para hacernos dar el paso siguiente.
Si la pregunta pudo serme planteada de esta manera es en función de que la incomprensión en psicoanálisis es considerada como un síntoma. Eso está aprobado, en el psicoanálisis está, si se puede decir, admitido generalmente. La cosa llego al punto de pasar a la conciencia común. Cuando digo que esta generalmente admitido, lo es más allá del psicoanálisis, quiero decir del acto psicoanalítico. En una cierta conciencia, las cosas —hay algo que da el modo de la conciencia común— llegaron al punto en que se dice, en que se oye decir: "Andá a hacerte psicoanalizar" cuando... ¿cuando qué?
Cuando la persona que lo dice considera que la conducta de ustedes o lo que dicen, son -como diría el señor Pero Grullo-, síntoma.
Les haré notar que de todos modos, en este nivel, por este sesgo, síntoma tiene el sentido de valor de verdad. Es en esto que lo que pasó a la conciencia común es más preciso que la idea que llegan a tener, por desgracia, muchos psicoanalistas — digamos que hay demasiado pocos— a saber, la equivalencia del síntoma con valor de verdad. Resulta bastante curioso pero por otra parte, tiene el referente histórico que demuestra que ese sentido del término síntoma fue descubierto, denunciado, antes de que el psicoanálisis entrara en juego. Como lo subrayo frecuentemente, esta equivalencia es propiamente hablando, el paso esencial dado por el pensamiento marxista.
Valor de verdad, para traducir el síntoma en un valor de verdad, debemos ver acá claramente, una vez más, lo que supone de saber en el analista el hecho de que haga falta que sea en su sabido que interprete. Y para hacer un paréntesis, simplemente de paso — no está en el hilo de lo que intento hacerles seguir— debo marcar, marco sin embargo que este saber le es al analista, si puedo decirlo, presupuesto. Lo que acentué "del sujeto supuesto saber" como fundando los fenómenos de la transferencia, siempre subrayé que eso no comporta ninguna certidumbre en el sujeto analizante de que su analista sepa un montón. Muy lejos de eso. Pero es perfectamente compatible con el hecho de que sea considerado como muy dudoso el saber del analista, lo que por otra parte, —hay que agregar— es frecuentemente el caso por razones muy objetivas: los analistas, en suma, no saben siempre tanto como deberían por la simple razón de que frecuentemente no laburan mucho. Eso no cambia absolutamente nada al hecho de que el saber está presupuesto en la función del analista, que es ahí donde reposan los fenómenos de transferencia. El paréntesis está cerrado. Tenemos entonces al síntoma con su traducción como valor de verdad.
El síntoma es valor de verdad y — quiero subrayarlo al pasar la recíproca no es verdadera, el valor de verdad no es síntoma. Es bueno observarlo en este punto en razón de que la verdad no es algo cuya función yo pretenda aislable. Su función, y especialmente ahí donde se ubica: en la palabra, es relativa. No es separable de otras funciones de la palabra. Razón de más para que insista sobre esto de que, aún reduciéndola al valor, no se confunde en ningún caso con el síntoma. Es alrededor de este punto, de lo que es síntoma, que han pivoteado los primeros tiempos de mis enseñanzas. Porque acerca de este punto, los analistas estaban en una nebulosa tal que el síntoma -y después de todo quizás se deba a mi enseñanza que eso ya no se despliegue tan fácilmente-, que el síntoma se articule entiendo: en boca de los analistas como el rechazo de dicho valor de verdad. Eso no tiene ninguna relación.
No tiene ninguna relación con esta equivalencia en un sólo sentido —acabo de subrayarlo— del síntoma a un valor de verdad. Eso hace entrar en juego lo que llamaré — que llamaré así porque estamos entre nosotros y dije que esto era una charla— lo que llamaré sin más, sin preocuparme porque los términos que voy a enunciar estén ya muy usados en la punta más avanzada de la filosofía, eso hace entrar en juego al ser de un ente. Digo el ser porque me parece claro, parece ya aceptado desde que la filosofía viene dando vueltas alrededor de un cierto número de puntos, digo el ser porque se trata del ser parlante. Es por ser parlante — discúlpenme por el primer ser— que llega al ser, en fin, que lo siente. Naturalmente, no llega, falla. Pero esta dimensión, abierta de repente, del ser, podemos decir que durante un buen tiempo, apuntó al sistema... de los filósofos al menos. Y nos equivocaríamos si ironizáramos ya que si se apuntó al sistema de los filósofos, es porque ellos apuntan al sistema de todo el mundo y que lo que se señala en esta denuncia de los analistas de lo que llaman la resistencia, esto alrededor de lo cual durante toda una etapa de esa enseñanza cuya huella llevan mis Escritos durante toda una etapa presenté batalla, es sin duda para interrogarlos acerca de lo que sabían, lo que hacían al hacer entrar en este caso a lo que podríamos entonces llamar esto de que el ser de este bendito ente del que hablan — no del todo a diestra y siniestra: lo llaman "el hombre" de tanto en tanto, en todo caso se lo llama cada vez menos desde que soy de aquellos que mantienen al respecto algunas reservas— este ser no tiene con respecto a la verdad tropismo especial. No digamos más.
*
Hay entonces dos sentidos del síntoma: el síntoma es valor de verdad, es la función que resulta por la introducción en un cierto tiempo histórico, que he fechado suficientemente, de la noción de síntoma. El síntoma no se cura del mismo modo en la dialéctica marxista y en el psicoanálisis. En el psicoanálisis tiene que vérselas con algo que es la traducción en palabras de su valor de verdad. Que esto suscite lo que es sentido por el analista como un ser de rechazo no permite en absoluto zanjar si este sentimiento merece de algún modo ser retenido, ya que también, en otros registros, precisamente ese que evoque hace un rato, es por procedimientos totalmente otros como debe ceder el síntoma. No voy a dar preferencia a ninguno de estos procedimientos y esto, tanto menos cuanto que lo que quiero hacerles entender es que hay otra dialéctica que la que se imputa a la historia.
Entre la pregunta: "es la incomprensión psicoanalítica un síntoma" y "es la incomprensión de Lacan un síntoma", colocaría una tercera: "¿es la incomprensión matemática — es algo que se designa así, hay gente y hasta gente joven, porque eso no tiene interés más que entre gente joven, para la que existe esta dimensión de la incomprensión matemática — un síntoma?".
Seguramente, cuando nos interesamos por esos sujetos que manifiestan incomprensión matemática — bastante difundida todavía en nuestro tiempo— tenemos la sensación — empleé la palabra sensación exactamente como hace un rato, para lo que los analistas llaman resistencia—, tenemos el sentimiento de que proviene, en el sujeto víctima de incomprensión matemática, de algo que es como una insatisfacción, como un desfasaje, algo experimentado en el manipuleo precisamente del valor de verdad.
Los sujetos víctimas de incomprensión matemática esperan más de la verdad que la reducción a esos valores que se llaman, al menos en los primeros pasos de la matemática, valores deductivos. Las articulaciones llamadas demostrativas les parecen carentes de algo que está precisamente en el nivel de una exigencia de verdad. Esta bivalencia: verdadero o falso, seguramente y, digámoslo, no sin razones, los despista y, hasta un cierto punto, se puede decir que hay una cierta distancia entre la verdad y lo que podemos llamar en este caso, la cifra. La cifra no es otra cosa que lo escrito, el escrito de su valor. Ya sea que la bivalencia se exprese según los casos por 0 y 1, o por V y F, el resultado es el mismo, en razón de algo que es exigido o parece exigible para ciertos sujetos, acerca de lo que pudieron ver u oír hace un rato, de ningún modo dije que fuera un contenido —en nombre de que se lo llamaría con este término, puesto que contenido no quiere decir nada, en tanto no se puede decir de qué se trata. Una verdad no tiene contenido, una verdad que se dice una, es verdad o bien es apariencia, diferenciación que no tiene nada que ver con la oposición de verdadero y falso; porque si es apariencia, es apariencia de verdad precisamente, y aquello de donde procede la incomprensión matemática es que justamente se plantea la cuestión de saber si verdad o apariencia no son — permítanme decirlo, lo retomaré más profundamente, en otro contexto— no son toda una.
En todo caso, sobre este punto no es ciertamente la elaboración lógica que se hizo de las matemáticas la que vendrá a oponerse, porque si ustedes leen en cualquier punto de sus textos, el Sr. Bertrand Russell, que por otra parte se preocupó por decirlo en términos propios, la matemática es precisamente lo que se ocupa de enunciados de los cuales es imposible decir si tienen una verdad, ni siquiera si significan lo que fuera. Es una forma un poco forzada de decir que precisamente todo el cuidado que prodigó al rigor de la conformación de la deducción matemática es algo que seguramente se dirige a cualquier otra cosa que a la verdad, pero tiene una vertiente que no carece sin embargo de relación con ella, sino, no habría necesidad de separarla de un modo tan contundente.
Es seguro que, no idénticamente a lo que ocurre en matemáticas, la lógica, que se esfuerza precisamente por justificar la articulación matemática con respecto a la verdad, culmina o más exactamente se afirma, se afirma en nuestra época en esta lógica preposicional de la que lo menos que puede decirse es que parece extraño que postulando la verdad como valor que es la denotación de una proposición dada, de esta proposición, está postulado en la misma lógica que no podría engendrar sino otra proposición verdadera. Que la implicación, para decirlo todo, es definida ahí con esta extraña genealogía de donde resultaría que lo verdadero, una vez alcanzado, no podría de ningún modo, por nada de lo que implica, tornarse falso. Está totalmente claro que por mínimas que sean las chances de que una proposición falsa —lo que por el contrario está totalmente admitido— engendre una proposición verdadera desde que se propone en esta vía que nos dicen ser sin retorno, ya no debería desde hace mucho tiempo haber más que ¡proposiciones verdaderas!
*
Verdaderamente, resulta singular, resulta extraño y sólo es soportable a partir de la existencia de las matemáticas, de su existencia independientemente de la lógica, que semejante enunciado pueda inclusive sostenerse un instante. Hay un lío, en algún lado, que seguramente hace que los matemáticos mismos estén tan poco tranquilos con respecto a esto, que todo lo que estimuló efectivamente esta investigación lógica concerniente a las matemáticas, en todos los puntos, esta investigación procedió de la sensación de que la no contradicción no podría resultar suficiente de ninguna manera para fundar la verdad, lo que no quiere decir que no sea deseable, incluso exigible. Pero que alcance, seguramente no.
Pero no nos adelantemos más acerca dé esto, esta noche, ya que sólo se trata de una charla introductoria a un manipuleo que es precisamente aquel cuyo camino me propongo hacerles seguir este año. Este lío alrededor de la incomprensión matemática nos lleva por su naturaleza a esta idea de que acá el síntoma —la incomprensión matemática— es en suma el amor de la verdad, si puedo decirlo, por ella misma, quien lo condiciona.
Es algo distinto de ese rechazo del que hablaba hace un rato, es incluso lo contrario, es un tropismo, si puedo decirlo, positivo por la verdad en un punto en el que se habría logrado escamotearle totalmente lo patético. Pero eso pasa, al nivel de cierta manera de exponer las matemáticas que, para ilustrar que yo la hice con el esfuerzo llamado lógico, no por eso deja de ser presentada de un modo manejable, comente y sin otra introducción lógica, de una manera simple y elemental donde la evidencia, como se dice, permite escamotear muchos pasos.
Es curioso que en el punto en que se manifiesta la incomprensión matemática entre los jóvenes, sea sin duda desde un cierto vacío experimentado, sobre lo que tiene que ver con lo verídico de lo que esta articulado, que se producen los fenómenos de incomprensión y que nos equivocaríamos totalmente pensando que la matemática es algo que efectivamente logró vaciar todo lo que hay de la relación de la verdad con su patético.
Porque no sólo hay matemática elemental, y puesto que sabemos bastante de historia para saber la pena, el dolor que engendraron en el momento de su excogitación los términos y las funciones del cálculo infinitesimal como para mantenernos simplemente ahí, incluso más tarde la regularización, la ratificación, la logificación de los mismos términos y de los mismos métodos, incluso la introducción de un número cada vez más elevado, cada vez más elaborado de lo que debernos en este nivel llamar matema y para saber que seguramente dichos matemas no comportan en absoluto una genealogía retrógrada, no comportan ningún planteo posible para el cual hubiera que emplear el término de histórico —la matemática griega muestra muy bien los puntos en los que aún cuando tuviera la oportunidad, mediante los procedimientos llamados exhaustivos, de acceder a lo que advino en el momento de la aparición del cálculo infinitesimal, no obstante no lo logró, no franqueó el paso— y dado que si es fácil a partir del calculo infinitesimal o, para decirlo mejor, de su reducción perfecta, situar, clasificar, pero retroactivamente, lo que tenía que ver a la vez con procedimientos de demostración de la matemática griega y con los impasses que les estaban dados como perfectamente situables retroactivamente, si es así, vemos que no es verdadero en absoluto hablar del matema como de algo que de ninguna manera estaría aislado de la exigencia verídica.
Es en el curso de innumerables debates, de debates de palabras, que el surgimiento en cada tiempo de la historia — y si hablé de Leibniz y de Newton implícitamente, o aún de aquellos que con una increíble audacia en no sé qué elemento de encuentro o de aventura, a propósito de lo cual se evoca el término de proeza o de golpe de suerte, les precedieron, un Isaac Barrow, por ejemplo y esto se renovó en un tiempo muy cercano a nosotros con la efracción cantoriana, donde nada seguramente esta hecho para disminuir lo que llamé hace un rato la dimensión de lo patético, que pudo llegar en Cantor hasta la amenaza de la locura, de la que no creo que baste ya decirnos que fue a continuación de decepciones en su carrera, de oposiciones, inclusive de injurias, que el llamado Cantor recibía de los universitarios que reinaban en su época, no tenemos la costumbre de considerar a la locura motivada por persecuciones objetivas — seguramente todo está hecho para hacernos interrogar sobre la función del matema.
La incomprensión matemática debe por lo tanto ser otra cosa que lo que llamé esta exigencia que resurgiría de algún modo de un vacío formal. Muy lejos de eso, no es seguro a juzgar por lo que pasa en la historia de las matemáticas que no sea de alguna relación del matema aunque fuese el más elemental, con una dimensión de verdad, que se engendra la incomprensión. Son quizás los más sensibles quienes comprenden menos. Ya tenemos una especie de indicación, de noción de eso, al nivel de los diálogos —de lo que nos queda de ellos, de lo que podemos presumir por ellos—, de los diálogos socráticos. Después de todo hay gente para quien quizás el encuentro, justamente, con la verdad, juega el papel que dichos griegos otorgaban a una metáfora, eso tiene el mismo efecto que el encuentro con el pez torpedo: los embota. Les haré notar que esta idea que procede — quiero decir en la metáfora misma— del aporte, el aporte contuso sin duda, pero para eso sirve la metáfora, para hacer surgir un sentido que sobrepasa en mucho los medios: el torpedo, y luego quien lo toca y que de eso cae frito, es evidentemente, eso no se sabe todavía en el momento de hacer la metáfora, es evidentemente el encuentro de dos campos no acordes entre si, campo tomado acá en el sentido propio de campo magnético.
Les haré notar igualmente que todo lo que acabamos de abordar y que desemboca en la palabra campo —es la palabra que empleé— cuando dije: "Función y campo de la palabra y del lenguaje", el campo está constituido por lo que llamé el otro día con un lapsus: "lalengua". Este campo así considerado, haciendo ahí de clave de la incomprensión como tal, es precisamente lo que nos permite excluir toda psicología. Los campos de los que se trata están constituidos por Real, tan real como el torpedo y el dedo de un inocente, que acaba de tocarlo. No es porque lo abordemos al matema por las vías de lo Simbólico, que no se trate de lo Real. La verdad en cuestión en psicoanálisis; es lo que por medio del lenguaje, entiendo por la función del psicoanálisis, es lo que por medio del lenguaje, entiendo por la función de la palabra, toca, pero en un abordaje que de ningún modo es de conocimiento sino, diría, de algo como de inducción, en el sentido que tiene este término en la constitución de un campo, de inducción de algo que es totalmente real, aún cuando no podamos hablar de eso como de significante. Quiero decir que no tienen otra existencia que la de significante.
¿De qué hablo? Y bien, de ninguna otra cosa que de lo que llamemos en lenguaje corriente hombres y mujeres. No sabemos nada real acerca de estos hombres y mujeres como tales, porque de esto se trata: no se trata de perros y de perras. Se trata de lo que es realmente, de aquellos que pertenecen a cada uno de los sexos a partir del ser parlante. No hay aquí ni una sombra de psicología. Hombres y mujeres, eso es real. Pero no somos capaces, con respecto a ellos, de articular la menor cosa en "lalengua" que tenga la menor relación con este Real. Si el psicoanálisis no nos enseña esto, ¿qué es lo que dice?, porque no hace más que machacarlo.
Es esto lo que enuncio cuando digo que no hay relación sexual para los seres que hablan. Porque su palabra tal como funciona, depende, esta condicionada como palabra por esto de que esta relación sexual le está muy precisamente, como palabra, interdicto de funcionar ahí de cualquier modo que permita dar cuenta de eso. No estoy dando en esta correlación la primacía a nada: no digo que la palabra existe porque no hay relación sexual, eso sería totalmente absurdo. No digo tampoco que no hay relación sexual porque la palabra está ahí. Pero ciertamente no hay relación sexual porque la palabra funciona en ese nivel que resulta ser descubierto por el discurso psicoanalítico, como especificando al ser parlante, a saber, la importancia, la preeminencia en todo lo que va a hacer, en su nivel, del sexo la apariencia de buenos hombres y buenas mujeres, como se decía después de la última guerra. No se los llamaba de otro modo: las buenas mujeres, no es en absoluto como yo hablaría, porque no soy existencialista.
Sea lo que fuese, la constitución por el hecho de que el ente del que hablábamos hace un rato, de que este ente habla, el hecho de que no es sino de la palabra de donde procede este punto esencial — debe diferenciarse completamente en esta ocasión, de la relación sexual— que se llama el goce, el goce que se llama sexual y que determina por si solo, en el ente del que hablo, lo que se trata de obtener, a saber, el acoplamiento. El psicoanálisis nos confronta a esto, de que todo depende de este punto pivote que se llama goce sexual y que resulta — solamente son las frases que recogemos en la experiencia psicoanalítica, las que nos permiten afirmarlo— que resulta no poder articularse en un acoplamiento un poco seguido o aun fugaz, más que exigiendo encontrar esto que no tiene otra dimensión que la de "lalengua" y que se llama la castración.
La opacidad de este núcleo que se llama goce sexual y del que les haré notar que su articulación en ese registro a explorar que se llama la castración, no data más que de la emergencia históricamente reciente del discurso psicoanalítico, me parece que esto es algo que bien merece que nos dediquemos a formular su matema, es decir, por ese algo se demuestra de otro modo que padecido, padecido en una especie de secreto vergonzoso que, por haber sido publicado por el psicoanálisis, no permanece menos vergonzoso, menos desprovisto de salida, es a saber, que la dimensión entera del goce, a saber la relación de este ser parlante con su cuerpo — ya que no hay otra definición posible del goce— nadie parece haberse dado cuenta de que es en ese nivel donde está la cuestión.
Qué es lo que en la especie animal goza de su cuerpo y cómo, seguramente tenemos huellas de eso en nuestros primos los chimpancés, que se despiojan el uno al otro con signos del más vivo interés. Y después, a qué se debe que en el ser parlante, eso sea mucho más elaborado, esa relación del goce que llamamos, en nombre de esto que es el descubrimiento del psicoanálisis, que el goce sexual emerge antes que la maduración del mismo nombre. Parece alcanzar para volver infantil todo lo que hace a este abanico, corto sin duda, pero no sin variedad, de goces que calificamos de perversos. Que esté en estrecha relación con ese curioso enigma que hace que no sepamos arreglárnoslas con lo que parece directamente ligado a la operación a la que se supone apunta el goce sexual, que no supiéramos de ningún modo tomar rumbo en esta vía cuyos caminos tiene la palabra, sin que ella se articule en castración, es curioso que nunca antes de un..., no quiero decir un intento, porque, como decía Picasso; "No busco, encuentro" "no intento, resuelvo", antes de que yo haya resuelto que el punto clave, el punto nudo era "lalengua", y en el campo de "lalengua", la operación de la palabra. No existe interpretación analítica que no consista en dar a cualquier proposición que encontramos su relación a un goce, a qué... ¿qué quiere decir el psicoanálisis? Que esta relación al goce, es la palabra la que asegura su dimensión de verdad. Y además, no queda menos asegurada, porque no pueda de ningún modo decirla completamente. Ella no puede, como me expreso, más que mediodecir esta relación y de ella forjar apariencia, muy precisamente lo que se llama —sin poder decir gran cosa, justamente: se hace algo con eso pero no se puede decir mucho, según parece, sobre el tipo— la apariencia de lo que llamamos un hombre o una mujer.
*
Si hace unos dos años llegué en la vía que intento trazar, articular lo que concierne a los cuatro discursos, no a discursos históricos, no a la mitología — la nostalgia de Rousseau, incluso del neolítico, son cosas que no interesan más que al discurso universitario; este discurso nunca está tan bien como en el nivel de los saberes que— ya no quieren decir nada para nadie, ya que el discurso universitario se constituye haciendo del saber una apariencia— se trata de discursos que constituyen ahí, de manera tangible, algo de real. Esa relación de frontera entre lo Simbólico y lo Real; ahí vivimos, viene al caso decirlo; el discurso del Amo, eso se mantiene siempre, ¡y aún mas! Pueden verlo de cerca, pienso, suficientemente, como para que yo no tenga necesidad de indicarles lo que habría podido hacer si me hubiese divertido, es decir, si buscara la popularidad: mostrarles la pequeñísima vuelta que en alguna parte hace de eso el discurso del capitalista. Es exactamente el mismo asunto, simplemente que está mejor armado, funciona mejor, ¡los engrupen mejor! De todos modos, ustedes ni se dan cuenta. Del mismo modo que con el discurso universitario, entran ahí como por un tubo, creyendo provocar la conmoción, los meses de Mayo!. No hablemos del discurso histérico, es el propio discurso científico. Es muy importante conocerlo para hacer pequeños pronósticos. Eso no disminuye en nada los méritos del discurso científico.
Si hay algo seguro es que no pude articular estos tres discursos en una especie de matema más que porque surgió el discurso analítico. Y cuando hablo del discurso analítico no estoy hablándoles de algo del orden del conocimiento, hace mucho que se podría haber visto que el discurso del conocimiento es una metáfora sexual y darle su consecuencia, a saber que no hay relación sexual, no hay tampoco conocimiento. Hemos vivido durante siglos con una mitología sexual y, por supuesto, una gran parte de los analistas no pide sino deleitarse con esos caros recuerdos de una época inconsistente. Pero no se trata de esto. Lo que está dicho, está dicho, escribí en la primera línea de algo que estoy ahora excogitando para dejárselos en algún momento, lo que está dicho es de hecho: del hecho de decirlo.
Pero está el obstáculo; el obstáculo, todo está ahí, todo sale de ahí. Es lo que llamo L'Hacosa (L'Hachose) — puse una H delante para que vean que hay un apóstrofe, pero justamente, no debería poner una, debería llamarse la Hacosa (la Hachose), en fin el objeto a. El objeto a, es un objeto ciertamente, pero en ese sentido, que se sustituye definitivamente a toda noción del objeto como soportado por un sujeto. No es la relación llamada de conocimiento. Resulta bastante curioso, cuando se lo estudia en detalle, ver que en esa relación del conocimiento, se había terminado por hacer que uno de los términos, el sujeto en cuestión, ya no fuese más que la sombra de una sombra, un reflejo perfectamente evanescente. El objeto a no es un objeto, más que en el sentido de que está ahí para afirmar que nada hay del orden del saber que no lo produzca. Es algo totalmente distinta conocerlo. El discurso analítico no puede articularse sino mostrando que este objeto a, para que haya oportunidad de analista, hace falta que cierta operación, que llamamos la experiencia psicoanalítica, lo haya traído al lugar de la apariencia. Por supuesto, no podría en absoluto ocupar este lugar si los otros elementos reductibles en una cadena significante no ocupasen los otros, si el sujeto y lo que llamo significante—amo, y lo que designo como cuerpo del saber no estuviesen repartidos en las cuatro puntas de un tetraedro, que para vuestra tranquilidad les dibujé en el pizarrón bajo la forma de cositas que se entrecruzan así, en el interior de un cuadrado al que falta un lado, es evidentemente que no habría en absoluto discurso.
Y lo que define un discurso, lo que lo opone a la palabra, digo, porque es eso el matema, digo que es lo que determina para el ámbito (approche) parlante, lo que determina lo Real. Y el Real del que hablo es absolutamente inabordable (inapprochable), salvo por una vía matemática, a saber, analizando —para esto no hay otra vía que este discurso, último en llegar de los cuatro, el que defino como el discurso analítico y que permite de una manera de la que sería excesivo decir que es consistente, muy por el contrario, es como una hiancia y propiamente la que se expresa en la temática de la castración, que podamos ver de dónde se asegura el Real en el que se sostiene todo este discurso.
El Real del que hablo, y esto conforme a todo lo que es recibido — pero esto, sólo si no fuese por sordos! — , recibido en el análisis, a saber, nada está asegurado por lo que parece el fin, la finalidad del goce sexual, a saber la copulación, sin estos pasos muy confusamente percibidos, pero jamas despejados en una estructura comparable a la de una lógica y que se llama la castración.
Es muy precisamente en esto que el esfuerzo lógico debe ser un modelo para nosotros, incluso una guía. Y no me hagan hablar de isomorfismo. Y que haya en alguna parte un buen pícaro de la universidad que encuentra que mis enunciados sobre la verdad, la apariencia, el goce y el plus de gozar, serían formalistas, hasta hermenéuticos, ¿por qué no? Se trata más bien de lo que se llama en matemáticas — cosa curiosa, es un hallazgo— una operación de generador. Intentaremos este año y en otro lugar, aproximamos de este modo, prudentemente, desde lejos y paso a paso —porque no hace falta esperar demasiado, en esta ocasión de lo que podría producirse como destellos, pero eso vendrá.
El objeto a del que les hablé hace un rato; no es un objeto: es lo que permite tetraedrar estos cuatro discursos, cada uno de estos discursos a su modo, y es por supuesto lo que no pueden ver, no pueden ver, quiénes? Cosa curiosa, los analistas. Es que el objeto a no es un punto que se localice en algún lugar de los otros cuatro o los cuatro que forman juntos, es la construcción, es el matema tetraédrico de esos discursos.
La pregunta pues, es ésta: ¿dónde los seres "acósicos", los encarnados que somos todos a diverso titulo, están más a la merced de la incomprensión de mi discurso? Es cierto que esta pregunta puede plantearse. Que sea o no un síntoma, la cuestión es secundaria. Pero lo que es muy cierto es que teóricamente es al nivel del psicoanalista donde debe dominar la incomprensión de mi discurso. Y justamente porque es el discurso analítico. Quizás no sea privilegio del discurso analítico. Después de todo aún aquellos que hicieron, aquel que hizo, que llevó más lejos, que evidentemente pifió porque no conocía el objeto a, pero que llevó más lejos al discurso del Amo, antes que yo trajera el objeto u al mundo, es Hegel para nombrarlo. Siempre nos dijo que si había alguien que no comprendía nada del discurso del Amo, era el Amo. En lo cual, seguramente, se mantiene en la psicología porque no hay Amo, está el significante Amo al que el Amo sigue como puede. Eso no favorece en absoluto la comprensión del discurso del Amo en el Amo. Es en este sentido que la psicología de Hegel es exacta.
Seguramente sería, del mismo modo, muy difícil de sostener que la histérica, en el punto en que está ubicada, es decir en el nivel de la apariencia, esté en el mejor lugar para comprender su discurso. No habría necesidad del viraje del análisis, si no. No hablemos, desde luego, de los universitarios. Nadie creyó jamas que tuvieran el descaro de sostener una coartada tan prodigiosamente manifiesta como lo es todo el discurso universitario.
Entonces por qué tendrían los analistas el privilegio de ser accesibles a lo que de su discurso es el matema? Existen todas las razones, al contrario, para que se instalen en una especie de status cuyo interés es justamente — pero no son cosas que puedan hacerse en un día— cuyo interés en efecto, podría ser el de demostrar lo que resulta de esto, en esas lucubraciones teóricas inconcebibles que son las que llenan las revistas del mundo psicoanalítico.
Lo importante no es eso. Lo importante es interesarse y trataré sin duda de decirles en qué puede consistir este interés. Hace falta agotarlo absolutamente en todos sus aspectos. Acabo de dar la indicación de lo que concierne al status del analista al nivel de la apariencia, y por supuesto, no es menos importante articularlo en su relación a la verdad. Y lo más interesante — viene al caso decirlo; es uno de los únicos sentidos que pueda darse a la palabra interés es la relación que tiene este discurso al goce, el goce que al fin de cuentas, lo sostiene, que lo condiciona, que lo justifica, lo justifica muy precisamente en esto de que el goce sexual... no quisiera terminar dándoles la idea de que sé lo que es el hombre: seguramente hay gente que necesita que les tire este pescadito, se los puedo tirar después de todo, porque eso no connota ninguna especie de promesa de progreso... "...o peor".
Puedo decirles que es muy probablemente eso, en efecto, lo que especifica a esta especie animal: es una relación totalmente anómala y rara con su goce. Eso puede tener algunas pequeñas prolongaciones por el lado de la biología, ¿por qué no? Lo que constato simplemente, es que los analistas no le hicieron hacer el menor progreso a la referencia biologizante del análisis, lo subrayo muy a menudo. No hicieron hacer ahí el menor progreso, por la simple razón de que es muy precisamente el punto anómalo donde un goce para el que, cosa increíble, hubo biólogos que, en nombre de esto, de este goce rengo y tan amputado, la castración misma que parece en el hombre tener una cierta relación a la copulación, a la conjunción entonces, de lo que biológicamente, pero por supuesto sin que eso condicione absolutamente nada en la apariencia, lo que en el hombre entonces culmina en la conjunción de los sexos, hubo entonces biólogos que extendieron esta relación perfectamente problemática a las especies animales y plantearon —se hizo todo un libraco sobre eso, que recibió enseguida el feliz patrocinio de mi querido colega Henri Ey, del que les hablé por última vez con la simpatía que pudieron apreciar— la perversión en las especies animales; en nombre de ¿qué? Pero, que las especies animales copulen, qué nos prueba que sea en nombre de un goce cualquiera, perverso o no? ¡Sin duda hay que ser hombre para creer que copular hace gozar! Entonces, hay volúmenes ahí, para explicar que hay algunos que lo hacen con ganchos, con sus pa-patas y luego quienes se mandan los cosos; los chirimbolos, los espermatozoides al interior de la cavidad central, como en la chinche, creo, y entonces nos maravillamos, ¡cómo deben gozar con cosos así! Si nosotros nos hiciésemos eso con una jeringa en el peritoneo... ¡sería voluptuoso! Con eso se cree que se construyen cosas correctas. Mientras que la primera cosa palpable es muy precisamente la disociación y es evidente que la pregunta, la única pregunta, la pregunta muy interesante, es la de saber cómo algo que podemos momentáneamente decir correlativo de esta disyunción del goce sexual, algo que llamo "lalengua", es evidente que eso tiene relación con algo de lo real, pero de ahí a que pueda conducirnos a matemas que permitan edificar la ciencia, eso entonces es verdaderamente la cuestión.
Si observamos un poco más de cerca cómo está armada la ciencia —intenten hacerlo, aunque sea una vez, una pequeñisima aproximación—, la "Ciencia y la Verdad"...Había un pobre tipo, una vez, del que yo era huésped en ese momento, que se enfermó de oírme acerca de esto, y después de todo, justamente ahí se ve que mi discurso es comprendido, ¡es el único que se enfermó por esto! Es un hombre que se mostró de mil maneras, como alguien no muy brillante. En fin, yo no tengo ningún tipo de pasión por los débiles mentales, en eso me diferencio de mi querida amiga Maud Mannoni, pero como a los débiles mentales se los encuentra también en el instituto, no veo por qué me emocionaría. En fin, la "Ciencia y la Verdad", intentaba acercar alguna cosita así. Después de todo, quizás esté hecha con casi nada, esta famosa ciencia. En cuyo caso nos explicaríamos mejor cómo las cosas, lo aparente tan condicionado por un déficit como es "lalengua" puede llevar derecho a eso.
Bueno, son cuestiones que quizás abordaré este año. En fin, trataré de hacer lo mejor "...o peor".
Texto extraído de "El saber del psicoanalista" (Charlas de Jacques Lacan en Ste. Anne, 1971-1972), publicación de ENAPSI, sin mención de traductor ni de fecha, Buenos Aires, Argentina.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones junio 2007
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