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Trabajando con chicos sin saber mucho de murga

Viviana Arguinzonis

 

La murga como dispositivo para modificar la forma de protagonismo funcional a modalidades violentas de relación que se instalan en una institución destinada a recibir niños en riesgo social.

 

Lo que sigue a continuación es una elaboración realizada a siete años de haber hecho la experiencia de trabajar con un grupo de chicos utilizando como dispositivo un taller de murga.
En el marco de una pasantía organizada por la Escuela de Psicología Social de Castelar en virtud de la finalización de la carrera, tres compañeras de estudios decidimos  trabajar en un 'Centro de Actividades Complementarias a la escuela y la familia' sita en la Provincia de Buenos Aires.
En ese momento este organismo recibía niños que, si bien asistían a la escuela, se encontraban, en algunos casos, frente a  severas carencias en lo que hace a la estructura familiar, lo sanitario y la alimentación.
La organización institucional estaba regida fundamentalmente por parámetros escolares, de modo que quienes estaban a cargo de los grupos eran docentes a quienes los chicos llamaban “seño”, los grupos eran divididos por edades y se reunían en aulas para completar tareas dadas en el colegio, se formaba fila para ingresar y salir del lugar y se izaba y arriaba la bandera.

En particular el grupo con el que trabajamos se trataba del que comprendía las edades de 10 y 11 años y podría caracterizarse como un grupo socialmente heterogéneo ya que parte del mismo se encontraba en situación de calle, es decir chicos que si bien tienen familia de referencia la misma no se constituye como tal en forma constante; así  es que pueden pasar días sin que se tengan noticias del niño, viviendo él expuesto a los peligros lógicos de permanecer en la calle durante ese lapso. En esta categoría la institución y la docente a cargo habían incluído preferencialmente a cuatro de los chicos del grupo, todos varones.

El trabajo se inicia al ser consultada la dirección del Centro acerca de la posibilidad de realizar una intervención a cargo de un grupo de pasantes a lo que la Directora responde con el siguiente pedido: “trabajar con el grupo de chicos más violento incluyendo técnicas de resolución de conflictos”.
Desde ese primer momento la institución había hablado y lo había hecho con la voz más autorizada. Ese era “el grupo más violento”, el que requería una intervención desde un punto de vista del campo psi, los que debían ser “tratados” dadas sus “dificultades de integración”.

La expectativa de quienes estaban a cargo de los chicos estaba íntimamente relacionada con los ideales de conducta escolares y quienes no los cumplían eran pasibles de ser tildados de violentos; en este caso todo un grupo se llevaba puesto el adjetivo. En realidad cuando nosotras conocimos el un grupo sólo nos pareció que era  un poco más ruidoso y contestatario que el resto porque, a decir verdad, toda la población a la que estaba destinado el Centro poco a poco iba cambiando su perfil ya que, como queda claramente demostrado para cualquier docente que haya trabajado en los últimos veinte años en escuelas a las que asisten en su mayoría chicos de sectores populares, lo que se fue modificando tuvo que ver con la posibilidad de inclusión de este grupo social como beneficiario de las garantías que el Estado moderno propone (¿proponía?); o sea el ejercicio de los derechos al trabajo, al alimento, la salud, la educación.

La naturaleza del pedido mostraba a las claras el lugar de control social que se adjudica en el campo de los sectores populares al área de salud mental. Esto fue lo que nos hizo pensar en presentarnos a los chicos como coordinadoras de grupos y no como psicólogas sociales. La idea era evitar expresamente toda referencia a la psicología ya que, convengamos, en el imaginario popular al psicólogo van los locos.
Por todo esto fue que la estrategia rondó alrededor de lograr cambiarle el nombre al grupo, ofrecer otra nominación posible para sí mismos y para ese Otro social en el que se constituía la institución. Se trataba de intentar mover eso del “grupo más violento” para que los chicos pudieran seguir haciéndose protagonistas (la idea no era restarles fuerza ni disciplinarlos) desde un lugar menos funcional a lo que la organización denunciaba en su pedido.

En principio la situación no se presentó sencilla: para trabajar propusimos hacer una murga en vez de un taller de juegos como fue la propuesta de la Dirección, y como replanteo de la demanda ofrecimos trabajar sumando grupos, por lo menos uno más. La respuesta fue una negativa rotunda con lo que comprobamos el lugar cristalizado en el que había quedado el grupo de 10 y 11años. Para la institución, en la voz de su directora, sólo ellos eran los violentos y no era cuestión de andar mezclando las manzanas podridas con las otras. 

De ahí la propuesta de la murga: una escenificación posible de códigos y lenguaje artístico cercanos a la experiencia callejera de los chicos. Se trataba de hacer entrar por la puerta principal el capital con el que los chicos contaban, hacer algo que se ubicara por fuera de la expectativa escolarizante de la institución. Expectativas éstas a las que los chicos resistían fuertemente, tal vez en el movimiento más subjetivo del que eran capaces.

A decir verdad ninguna de nosotras había participado nunca de una murga. Creo que el único acercamiento que podíamos registrar era un trabajo de campo que yo había realizado en otra instancia de estudios dos años antes además de la consabida participación en los carnavales de nuestra infancia. Pero para esto estábamos dispuestas a confiar en el saber de los chicos, en este sentido estábamos seguras de que ellos iban a ser una buena guía.

Por supuesto el trabajo como casi todo lo que se hace en el nivel de lo social en sectores populares se realizó sin dinero: los instrumentos eran latas de dulce de batata que se golpeaban con trozos de mangueras, los disfraces se hicieron con telas que estaban en la institución y el estandarte con elementos donados.
A los tres meses la murga se presentó, primero frente a los integrantes de la institución y luego, aún con todo el susto que los chicos tenían, en una feria municipal. Ahí tomaron por asalto el escenario principal de la exposición que el municipio había organizado para mostrar los trabajos más significativos de las organizaciones intermedias. Digo que tomaron por asalto porque por alguna extraña razón este grupo no había sido incluído en las actividades que ese día se presentaban en el lugar destacado que propone un escenario, más bien lo que se les ofreció fue que se presentaran debajo del mismo. Quisimos creer que fue efecto de nuestro trabajo en común con los chicos lo que hizo que se negaran a aceptar el lugar que les habían asignado.

 

Respecto de las técnicas de resolución de conflictos apelamos a su utilización en dos oportunidades pero, lejos de lo que habíamos pensado inicialmente, las situaciones conflictivas que requirieron el uso de aquellas no aparecieron entre los chicos sino entre el equipo de pasantes y los chicos: aparentemente éramos los adultos los que teníamos el conflicto con los chicos que, en breve, serían “de la calle”.

Fue tal vez en ese momento en el que nos dimos cuenta con más claridad que las dificultades de relación anidaban en la negativa de los adultos a aceptar esta nueva forma de niñez que se acercaba a las instituciones. Así es que las diferencias estaban más emparentadas con los ideales de clase que con algo intrínseco al grupo o a la institución. Ninguno de los adultos que trabajaban en este centro, y tampoco nosotras, habíamos pasado una niñez como la de algunos de estos pibes que en ciertos casos rayaba con un desamparo que no podía menos que mover a la angustia de quien tomaba contacto con la situación. En nuestra experiencia de niñez la relación con los adultos era muy distinta de la que estábamos viviendo, más allá de las idealizaciones que trae el paso del tiempo y que potencia el cambio de rol.

Después de la muestra municipal dimos por concluído nuestro trabajo, producto de éste fue que la maestra del grupo se propusiera como directora de la agrupación, cosa que los chicos votaron y aceptaron. Al año siguiente la murga ya se nutría de nuevos integrantes de distintas edades. Ese fue el germen de una modificación en los dispositivos de la institución: se inició el trabajo por grupos de interés reunidos  en talleres temáticos en vez de hacerlo por grupos de edades.

Todavía no era el reinado del paco, todavía los chicos aspiraban pegamento para escaparse por un rato y de hecho algunos se habían escapado más de una vez de la institución, cosa que preocupaba a todos. 

 

 

Con-versiones, mayo 2007

 

 

 

        

 

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