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La parte maldita (IV)

Georges Bataille

 

 

II. EL DON DE RIVALIDAD (EL POTLATCH)

1. Importancia general de los dones ostentatorios en la sociedad mejicana

Los sacrificios humanos no eran más que un momento agudo en el ciclo de prodigalidades. La pasión que hacía correr la sangre en las pirámides llevaba generalmente al mundo azteca a hacer un uso improductivo de una parte importante de los recursos disponibles.

Una de las funciones del soberano, del "jefe de los hombres", que disponía de inmensas riquezas, era dedicarse al despilfarro ostentatorio. Aparentemente, en tiempos más remotos, debió ser él mismo la culminación del ciclo de sacrificios. Su inmolación consentida, si no por él, sí por el pueblo al cual encarnaba, confería a la inmensa oleada de matanzas el valor de una consumición ilimitada. Al final su poder debió preservarle. Pero era tan claramente el hombre de la prodigalidad, que donaba en lugar de su vida su riqueza. El rey tenía que donar y festejar.

"Los reyes, dice Sahagún (1) , buscaban la ocasión de mostrarse generosos y de tener fama de ello, por lo cual hacían grandes gastos para la guerra o para los areytos (danzas que precedían o seguían a los sacrificios). Ponían en juego cosas muy preciosas y, cuando el pueblo llano, hombre o mujer, se atrevía a saludarlos y a dirigirles algunas palabras que fueran de su agrado, les daban manjares y bebidas, así como telas para vestir y para dormir. Incluso si alguno les componía canciones que les gustaran, les hacían regalos según el mérito y el placer que les habían producido.
El soberano no era más que el más rico, pero, cada uno según sus fuerzas, a imagen de él, los ricos, los nobles, los "mercaderes", venían igualmente obligados. Las fiestas no sólo eran un derramamiento de sangre, sino también, generalmente, de riqueza, al cual cada uno contribuía según sus medios ‑siendo ésta la ocasión de que cada cual demostrara su poder. Bien por medio de la captura (en la guerra), bien por medio de la compra, los guerreros y los "mercaderes" conseguían víctimas para los sacrificios. Los mejicanos edificaban templos de piedra ornados con estatuas divinas. El servicio ritual multiplicaba las ofrendas de valor. Los oficiantes y las víctimas estaban ricamente ornados y los festines rituales comportaban gastos considerables.
Las fiestas públicas eran dadas personalmente por los ricos, en particular por los "mercaderes" (2).

 

2. Las riquezas y la prodigalidad ritual

Sobre los "mercaderes" de Méjico y las costumbres que tenían, los cronistas españoles han dejado informaciones precisas. Sus costumbres les debieron sorprender. Estos "mercaderes" realizaban expediciones a países poco seguros y se veían obligados a la lucha con frecuencia, incluso preparaban muchas veces lo necesario para la guerra, de todo lo cual derivaba el honor alcanzado por su estamento. Pero el riesgo asumido no era suficiente para igualarlos a los nobles. A los ojos de los españoles, el negocio envilecía, incluso aunque comportara peligro. El juicio de los europeos tenía el principio del comercio exclusivamente fundado sobre el interés. Sin embargo, los grandes "mercaderes" de Méjico no seguían exactamente la regla del beneficio, su tráfico se hacía sin regateo y mantenía el carácter glorioso del traficante. El "mercader" azteca no vendía, sino que practicaba el intercambio de dones. El recibía riquezas como don del " jefe de los hombres" (del soberano, que los españoles llamaron el rey), riquezas que presentaba a los señores de los países por los que pasaba. "Al recibir estos dones, los grandes señores de esta provincia se apresuraban a entregar otros regalos ( ... ) para que fueran entregados al rey ( ... )". El soberano regalaba abrigos, enaguas y preciosas blusas de mujer. El "mercader" recibía por ello, como don, plumas de vistosos colores y de variadas formas, piedras talladas de todas clases, conchas, abanicos, paletas de concha para remover el cacao, pieles de animales salvajes preparadas y adornadas con dibujos (3). Los objetos que los "mercaderes" aportaban de esta forma de sus viajes no eran considerados por ello como simples mercancías. Cuando regresaban no los metían de día en su casa. "Esperaban la noche y algún momento favorable; uno de los días, llamado ce calli (una casa), se consideraba como propicio porque consideraban que los objetos de los que eran portadores, al entrar este día en la casa, se introducían como cosas sagradas y como tales debían continuar en ella" (4).

En estas prácticas, un objeto de intercambio no era una cosa, no estaba condenado a la inercia, a la ausencia de vida del mundo profano. El don que se hacía con él era un signo de gloria, y el objeto mismo era el esplendor de la gloria.  Al donarlo, se manifestaba su riqueza y su suerte (su poder). El "mercader" era hasta tal punto el hombre del don que, tan pronto como regresaba de una expedición, su primera ocupación consistía en ofrecer un banquete, al que invitaba a sus compañeros, a los cuales despedía cargado de regalos.

Se trataba de un simple festín de regreso. Pero si "algún mercader conseguía fortuna y se tenía por rico, daba una fiesta o un banquete a todos los mercaderes de gran categoría y a los señores, pues él habría considerado una bajeza morir sin haber hecho algún gasto espléndido, que pudiera realzar el lustre de su persona, demostrando el favor de los dioses, que todo se lo había dado... (5).  La fiesta empezaba con la absorción de una droga que daba visiones, las cuales los invitados se contaban cuando había pasado la alucinación. Durante dos días, el dueño de la casa repartía alimentos, bebidas, cañas de fumar y flores.

Con menos frecuencia, algún "mercader" daba un banquete durante una fiesta llamada panquetzlitzli, que era una especie de ceremonia sagrada y ruinosa. El "mercader" que la celebraba sacrificaba esclavos con esta ocasión. Debía invitar a personas que vivían muy lejos y reunir regalos que valían una fortuna, abrigos "cuyo número se elevaba a la cifra de ochocientos o mil", cinturones,de los cuales se reunían cuatrocientos de los más valiosos y muchos otros de calidad ordinaria" (6). Los dones más importantes eran para los capitanes y para los dignatarios. Los hombres de menor rango recibían menos. Se danzaban areytos sin fin, en los que tomaban parte esclavos maravillosamente ataviados, llevando collares, guirnaldas de flores y discos floridos. Bailaban fumando y oliendo por turno sus cañas perfumadas. Después, los esclavos eran situados en un estrado "para que los invitados los pudieran ver bien y se les repartían manjares y bebidas haciéndoles objeto de muchas atenciones". Cuando llegaba el momento del sacrificio, el "mercader" que daba la fiesta se vestía como uno de los esclavos para encaminarse con ellos hacia el templo, en el que les esperaban los sacerdotes. Las víctimas, armadas para el combate, debían defenderse contra guerreros que les atacaban al pasar. Si uno de los agresores capturaba un esclavo, el "mercader" debía pagarle su precio. El mismo soberano asistía a la solemnidad del sacrificio, al que seguía el consumo acostumbrado de la carne en la casa del "mercader" (7).

Estas costumbres, en particular el intercambio de dones, están en las antípodas de las prácticas comerciales actuales. No es posible comprender su sentido más que si las comparamos con una institución todavía actual, el potlatch de los indios del noroeste de América.

 

3. El "potlatch" de los indios del noroeste americano

La economía clásica imaginaba los primeros intercambios en forma de trueque. ¿Cómo iba a creer que, en el origen, un modo de adquisición como el intercambio no respondió a la necesidad de adquirir, sino a la necesidad contraria de perder o de derrochar? La concepción clásica es hoy refutable en este sentido.

Los "mercaderes" de Méjico practicaban el sistema de intercambio paradójico que he descrito como una cadena regular de dones.  Estas costumbres "gloriosas", no el trueque, constituyen
justamente el régimen arcaico del intercambio. El potlach, practicado todavía en nuestros días por los indios de la costa noroeste de América, es su forma típica. Los etnógrafos emplean ahora este nombre para designar instituciones de principio semejante.  Encuentran sus rastros en todas las sociedades. Entre los tlingit, los haïda, los tsinishiam y los kwakiutl, el potlatch ocupa el primer lugar en la vida social. Los menos avanzados de estos pueblos hacen potlatch en las ceremonias que marcan el cambio de estado de las personas, con motivo de las iniciaciones, de las bodas, de los funerales. En las tribus más civilizadas se da todavía un potlatch en el curso de una fiesta: se puede elegir una fiesta para darlo, pero puede ser en sí mismo la ocasión de una fiesta.

El potlatch es, como el comercio, un medio de circulación de riqueza, pero excluye el regateo. Frecuentemente, consiste en la donación solemne de riquezas considerables, ofrecidas por un jefe a su rival a fin de humillar, de desafiar, de obligar. El donatario debe borrar la humillación y recoger el desafío: debe cumplir con la obligación contraída al aceptar la donación; no podrá responder, más tarde, más que por un nuevo potlatch, más generoso que el primero: debe devolver con usura.

El don no es la única forma de potlatch: un rival queda desafiado por medio de una destrucción solemne de riquezas. La destrucción es, en principio, ofrecida a los ancestros míticos del donatario: se diferencia poco de un sacrificio. Todavía en el siglo XIX podía acontecer que un jefe tlingit se presentara frente a un rival para degollar esclavos en su presencia. Cuando vencía el plazo, se respondía a la destrucción matando a un número de esclavos más grande. Los tchoukchi del nordeste siberiano tienen instituciones parecidas. Degüellan colleras de perros de gran valor: necesitan impresionar y sofocar al grupo rival. Los indios de la costa noroeste incendiaban aldeas o destrozaban canoas. Tienen lingotes de cobre blasonados de valor convencional (según su celebridad, su antigüedad): a veces estos lingotes valen una fortuna. Pues los tiran al mar o los destrozan (8).

 

4. Teoría del "potlatch" (1): La paradoja del "don" como " adquisición" de un poder

Después de la publicación de Essai sur le Don de Marcel Mauss, la institución del potlatch ha sido objeto tanto de interés como de curiosidad a veces equívocos. El potlatch permite advertir una relación entre las conductas religiosas y las de la economía. Sin embargo, no se podría encontrar en aquellas conductas leyes comunes con las de la economía ‑si por economía se entiende un conjunto de actividades humanas convenido, no, en su irreductible movimiento, la economía general. Es inútil, en efecto, contemplar los aspectos económicos del potlatch sin haber formulado previamente el punto de vista definido por la economía general (9). Nohabrá potlatch en aquellos casos en los que la cuestión consiste en la adquisición y no en la disipación de riquezas útiles.

Por otra parte, el examen de esta institución tan extraña ‑y sin embargo tan familiar (algunas de nuestras conductas son reducibles a las leyes del potlatch y tienen el mismo sentido que el suyo)‑ tiene en la economía general un valor privilegiado. Puesto que, a través del espacio donde vivimos, disponemos de un movimiento de la energía que utilizamos, pero que no es reducible a la utilidad (que buscamos racionalmente), podemos ignorarlo, pero también podemos adaptar nuestra actividad al fenómeno que tiene lugar fuera de nosotros. La resolución del problema así planteado exige actuar en dos sentidos contrarios. Por una parte, debemos desbordar los límites inmediatos dentro de los que habitualmente estamos y, por otra, hacer entrar nuestro desbordamiento en sus límites por cualquier medio. El problema planteado es el del gasto del excedente. Por un lado debemos dar, perder o destruir. Pero el don sería insensato y por consiguiente no nos decidiríamos nunca a donar si no adoptara el sentido de una adquisición. Es preciso, pues, que donar sea adquirir un poder. El don tiene la virtud de un desbordamiento del sujeto que dona, pero, a cambio del objeto donado, el sujeto se apropia el desbordamiento, considera su virtud, aquello de lo que él tuvo la fuerza, como una riqueza, como un poder que le pertenece en lo sucesivo. Se enriquece por un desprecio de la riqueza y sólo se muestra avaro en lo que se refiere al efecto de su generosidad.

Pero no podría adquirir poder sólo por el hecho de la renuncia al poder. Si él destruye el objeto en soledad, en silencio, de ello no resultaría ninguna clase de poder; sin contrapartida, no habría en el sujeto más que desprendimiento de poder. Pero si destruye el objeto ante otros, o si lo dona, el que dona ha adoptado, efectivamente, a los ojos del otro, el poder de dar o de destruir. Desde ese momento es rico por haber hecho de la riqueza el uso exigible por la esencia de la riqueza. Es rico por haber consumido ostensiblemente lo que no es riqueza más que si es consumido. Pero la riqueza efectuada en el potlatch ‑en la consumición por otro‑ no tiene existencia, de hecho, más que en la medida en que el otro es modificado por el consumo. En cierto sentido, la consumición auténtica debería ser solitaria, pero no tendría la finalidad que la acción sobre el otro le confiere. Y la acción ejercida sobre otro constituye justamente el poder del don, que se adquiere por el hecho de perder. La virtud ejemplar del potlatch viene dada por esta posibilidad que tiene el hombre de asir lo inasible, de conjugar los movimientos sin límite del universo con el límite que le es propio.

 

5. Teoría del "potlatch" (2): El absurdo aparente de los dones

Pero dice el adagio que "donar y retener no es posible". Como es contradictorio querer ser a la vez ilimitado y limitado, el resultado es una comedia: el don no significa nada desde el punto de vista de la economía general; no hay dilapidación más que para el donador.
Puede comprobarse, por otra parte, que ‑ el donador no ha perdido más que aparentemente. No solamente tiene sobre el donatario un poder que el don le ha conferido sino que este último viene obligado a destruir dicho poder devolviendo el don. La rivalidad comporta incluso la contrapartida de un don más grande. Para conseguir su revancha, el donatario no debe liberarse solamente, sino que, a su vez, debe imponer el "poder del don" a su rival. En este sentido, los regalos son devueltos
con usura. Por tanto, el don es lo contrario de lo que parece: donar es perder, evidentemente, pero la pérdida compensa a quien la hace.

A decir verdad, este aspecto de contradicción superficial del potlatch es engañoso. El primer donador soporta la ganancia aparente que resulta de la diferencia entre sus regalos y los que le son devueltos. Sólo el que devuelve tiene el sentimiento de adquirir ‑un poder‑ y de vencer. Y es que, en verdad, como ya he dicho, lo ideal sería que un potlatch no pudiera ser devuelto. El beneficio no responde en absoluto al deseo de ganar.
Por el contrario, el recibir incita ‑y obliga‑ a donar más adelante, ya que es necesario para el fin de cumplir la obligación que de ello resulta.

 

6. Teoría del "potlatch" (3): La adquisición de "rango"

Sin duda, el "potlatch" no es reducible al deseo de perder, pero lo que aporta al donador no es el inevitable incremento de los dones de la revancha, es el "rango" que confiere a quien tiene la última palabra.

El prestigio, la gloria, el rango, no pueden ser confundidos con el poder. 0 siel prestigio es poder, lo es en la medida en que el poder es ajeno a consideraciones de fuerza o de derecho a las que de costumbre se le reduce. Es preciso decir, además, que la identidad entre poder y poder de perder es fundamental. A ello se oponen numerosos factores que interfieren y, finalmente, lo obstaculizan. Pero, en el fondo, ni la fuerza ni el derecho son humanamente la base del valor diferenciado de los individuos. De una forma decisiva, y en supervivencias claras, el rango varía según la aptitud de un ser individual para el don. El factor animal (la aptitud para vencer en un combate) queda subordinado, en el conjunto, al valor del don. Existe, ciertamente, el poder de apropiarse de un lugar o de unos bienes, pero existe también el hecho del hombre que se pone a sí mismo en un juego de un modo absoluto. Por otra parte, el aspecto de don que existe en recurrir a la fuerza animal se pone de manifiesto en los combates por una causa ordinaria a la cual se entrega el combatiente. La gloria, consecuencia de una superioridad, es más que el poder de ocupar el lugar de otro o de apropiarse de sus bienes. La gloria expresa el movimiento de frenesí insensato, de gasto de energía sin medida, que supone el ardor en el combate. El combate es glorioso en tanto que va más allá del cálculo en cualquier momento. Pero el sentido de la guerra y de la gloria se entiende mal si no se relaciona, por una parte, con la adquisición de rango a través de un gasto inconsiderado de recursos vitales, del cual el potlatch es la forma más evidente.

 

7. Teoría del "potlatch" (4): Primeras leyes fundamentales

Pero, si es verdad que el potlatch es lo contrario de una rapiña, de un intercambio lucrativo o, en términos generales, de una apropiación de bienes, la adquisición no deja de ser el fin último. Como el movimiento que ordena difiere del nuestro, resulta a nuestros ojos más extraño y, por tanto, más susceptible de revelar lo que habitualmente se nos escapa. Lo que el potlatch nos muestra es nuestra ambigüedad fundamental. De ello se pueden obtener las leyes siguientes y, aunque indudablemente no es posible definir al hombre de una vez por todas (en particular, estas leyes actúan de modo diferente, incluso sus efectos se neutralizan en diferentes etapas de la historia), en el fondo, nunca dejan de poner de manifiesto un juego de fuerzas decisivo:

‑ En ciertos puntos, en determinados momentos, el excedente de recursos de que dispone la sociedad constantemente no puede ser objeto de una completa apropiación (no se puede hacer de él un empleo útil, no puede emplearse para el crecimiento de las fuerzas productivas), pero su dilapidación se convierte en sí misma en objeto de apropiación.

‑ Lo que es apropiado en la dilapidación es el prestigio que ésta confiere al dilapidador (individuo o grupo), prestigio que es adquirido por él como un bien y que determina su "rango" .

‑ Recíprocamente, el "rango" dentro de la sociedad (o el "rango" de una sociedad en un colectivo mayor) puede ser apropiado de la misma forma que una herramienta o un terreno. Si, al final, el "potlatch" termina siendo una fuente de lucro, no por ello su principio está menos basado en una dilapidación deliberada de recursos que, en teoría, habrían podido ser ganados.

 

8. Teoría del "potlatch" (5): La ambigüedad y la contradicción

Si los recursos que el hombre tiene son reducibles a una cantidad de energía, no es posible reservarlos sin cesar para los fines de crecimiento que no puede ser infinito y que, sobre todo, no puede ser continuo. El hombre tiene que derrochar el excedente, pero queda ávido de adquirir hasta el punto de que hace lo contrario y hace del derroche mismo un objeto de ganancia. Una vez derrochados los recursos, queda el prestigio adquirido por quien derrocha. El derrochador dilapida ostensiblemente con este fin, en vista de una superioridad que él se atribuye por este medio sobre los otros. Pero emplea en sentido contrario la negación que hace de la utilidad de los recursos que derrocha. Hace así caer en la contradicción, no solamente a él mismo, sino a la entera existencia del hombre, que entra de esta forma en una ambigüedad en la que permanece: coloca el valor, el prestigio y la verdad de la vida en la negación del empleo servil de los bienes, pero al instante hace de esta negación un empleo servil. De una parte, en la cosa útil y tangible encuentra lo que, al serle necesario, puede servirle para crecer (o para subsistir), pero cuando la estricta necesidad deja de estarle unida, esta "cosa útil" no puede por entero responder a sus deseos. Entonces recurre a lo intangible, al empleo inútil de sí mismo, de sus bienes, al juego; pero intenta asir lo que quiso inasible, utilizar aquello de lo que rehusó su utilidad. No basta a nuestra mano izquierda saber loque la derecha dona. Tortuosamente, intenta recuperarlo.

El rango es enteramente el efecto de esta siniestra apetencia. El rango es, en este sentido, lo opuesto a una cosa. Su fundamento es sagrado y la ordenación general de los rangos recibe el nombre de jerarquía. Este es el correlato de tratar como una cosa ‑disponible y utilizable‑ aquello cuya esencia es sagrada, lo que es perfectamente ajeno a la esfera profana, utilitaria, en la que la mano, sin escrúpulos para fines serviles, levanta el martillo y ajusta el madero. Pero el equívoco no sólo no obstaculiza las exigencias de la operación profana, sino que tampoco elimina el sentido ni transforma en una aparente comedia la violencia del deseo.

El compromiso propio de nuestra naturaleza presagia flujos de errores y de pasos en falso, de trampas, de especulaciones y de angustias, que ordenan a través del tiempo la evidente sinrazón de la historia. El hombre se encuentra necesariamente ante un espejismo, su reflexión se burla de él mismo en tanto que se obstina en asir lo inasible, en emplear como instrumento grandes cantidades de odio ilimitado. El rango, con el que la pérdida queda cambiada en adquisición, responde a la inteligencia, que reduce los objetos de pensamiento a cosas. En efecto, la contradicción del potlatch no se revela solamente en la historia, sino, sobre todo, en las operaciones de pensamiento. Y es que, generalmente, en el sacrificio o en el potlatch, en la acción (en la historia) o en la contemplación (el pensamiento), lo que buscamos siempre es esa sombra ‑que, por definición no sabríamos asir‑ que tan vanamente llamamos poesía, la profundidad o la intimidad de la pasión. Nos engañamos, necesariamente, porque queremos asir esta sombra.

No podríamos acceder al objeto último del conocimiento sin que el conocimiento quede disuelto, sin que quede reducido a las cosas subordinadas y manipuladas. El problema último del saber es el mismo que el del consumo. Nadie puede a la vez conocer y no ser destruido, nadie puede a la vez consumir la riqueza y acrecentarla.

 

9. Teoría del "potlach" (6): El lujo y la miseria

Pero si la exigencia de la vida de los seres (o de los grupos) separados de la inmensidad viviente define un interés con el que cualquier operación se relaciona, no por ello el movimiento de la vida queda menos cumplido más allá de la exigencia de los individuos. El egoísmo, en definitiva, es burlado. Parece conseguirlo y marcar un límite irremediable, pero es desbordado de todas formas. Sin duda, las rivalidades entre los individuos quitan a la muchedumbre el poder de ser inmediatamente desbordada por la exuberancia global de la energía. El débil es desollado, explotado por el fuerte, que lo compra con mentiras flagrantes. Pero esto no supondrá cambiar los resultados globales, en los que el interés individual se hace irrisorio y la mentira de los ricos se cambia en verdad.

Y es que, en definitiva, como la posibilidad de crecer o de adquirir tiene en algún punto su límite, el objeto de la avidez de toda existencia aislada, la energía, es necesariamente liberada, liberada de verdad bajo la máscara de la mentira. En definitiva, los hombres mienten, se esfuerzan en relacionar con el interés la liberación, liberación que les lleva aún más lejos. De aquí que, en cierto sentido, los hombres mientan de todas formas. La acumulación individual de recursos está, en principio, destinada a la destrucción. Los individuos que acumulan no poseen verdaderamente esta riqueza, este rango. En las condiciones primitivas, la riqueza es siempre análoga a los stocks de municiones, los cuales expresan con claridad el aniquilamiento, no la posesión de riqueza. Pero esta imagen no es menos precisa cuando se trata de expresar la verdad no menos risible del rango diciendo que es una carga explosiva. El hombre de alto rango no es, primitivamente, más que un individuo explosivo (explosivos todos los hombres lo son, pero él lo es de una forma privilegiada). Sin duda, trata de evitar, o por lo menos de retardar, la explosión. Se miente, por tanto, a sí mismo tomando irrisoriamente su riqueza y su poder por lo que no son. Si logra disfrutar de ellos tranquilamente es a costa de un desconocimiento de sí mismo, de su verdadera naturaleza. Miente al mismo tiempo a todos los demás, ante los cuales mantiene, por el contrario, la afirmación de una verdad (su naturaleza explosiva), a la cual intenta escapar. Entiéndase bien, el hombre sucumbirá a sus mentiras: el rango quedará reducido a una suerte de explotación, a una fuente vergonzante de beneficios. Pero su miseria no podrá interrumpir de ninguna forma el movimiento de la exuberancia.

Indiferente a las intenciones, a las reticencias y a las mentiras, lento o repentinamente, el movimiento de la riqueza exuda y consume recursos de energía. Esto parece frecuentemente extraño, pero no sólo estos recursos: cuando no pueden ser enteramente consumidos de un modo productivo, queda, por regla general, un excedente que debe ser aniquilado. A primera vista, el potlatch efectúa mal este consumo. La destrucción de riquezas no es la regia. Las riquezas son comúnmente donadas, por lo que la pérdida de la operación queda limitada al donador. El conjunto de la riqueza se conserva. Pero esto no es más que una apariencia. Aunque el potlatch consigue raramente actos absolutamente semejantes a los del sacrificio, es, sin embargo, la forma complementaria de una institución cuyo sentido es evitar el consumo productivo. El sacrificio, en general, retira de la circulación profana productos útiles; los dones del potlach, en principio, movilizan objetos inútiles, de entrada. La industria de lujo arcaica es la base del potlatch. Esta industria dilapida, evidentemente, los recursos representados por las cantidades de trabajo humano disponibles. Entre los aztecas, se trata de "mantas, enaguas, preciosas blusas de mujer". 0 bien, de "plumas de vivos colores.... piedras talladas.... conchas, abanicos, paletas de conchas, pieles de animales salvajes preparadas y adornadas con dibujos". En el noroeste americano se destruyen embarcaciones y casas, y se degüellan perros y esclavos: se trata de riquezas útiles. Pero, esencialmente, los dones son objetos de lujo (por su parte, los dones de alimentos se dedican, en principio, al consumo inútil de las fiestas).

Podríamos decir, incluso, que el potlatch es la manifestación específica, la forma significativa del lujo. Más allá de las formas arcaicas, de hecho, el lujo ha preservado el valor funcional del potlatch, creador de rango. El lujo determina, todavía, el rango de quien lo ostenta, y no existe rango elevado que no exija boato. Pero los cálculos mezquinos de quienes disfrutan del lujo son desbordados por todos lados. A través de acciones fraudulentas, lo que brilla en la riqueza prolonga el resplandor del sol y provoca la pasión. Esto no es lo que imaginan los que han reducido la riqueza a su pobreza, sino el retorno de la inmensidad viviente a la verdad de la exuberancia. Esta verdad destruye a los que la han tomado por lo que no es. Lo menos que se puede decir es que las formas presentes de la riqueza descomponen, y que ridiculizan a la humanidad, quienes se creen sus detentadores. En este sentido, la sociedad actual es una inmensa falsificación, donde la verdad de la riqueza se ha convertido, solapadamente, en la miseria. El verdadero lujo y el potlatch profundo de nuestro tiempo se encuentran en el miserable, es decir, en el que se arroja al suelo y se margina. El lujo auténtico exige un completo desprecio de las riquezas, la adusta indiferencia de quien rehusa el trabajo y hace de su vida, de una parte, un esplendor infinitamente ruinoso y, de otra parte, un insulto callado a la mentira laboriosa de los ricos. Más allá de una explotación militar, de una mistificación religiosa y de una malversación capitalista, nadie en el futuro podría volver a encontrar el sentido de la riqueza, lo que presagia de explosivos, de pródigo y de desbordante, si carece del esplendor de los andrajosos y de la sombría provocación de la indiferencia. Finalmente, si queremos, la mentira consagra la exuberancia de la vida a la revolución.

 


 

Notas:

1. Sahagún, 1. VIII, cap. XXIX. (En la edición de Porrúa es el cap. XVII, nº 6.) (N.T.)
2. Sahagún, 1. IX, cap. IV.
3. Sahagún, 1. IX, cap. V. (E. Porrúa, cap. IV, pro. 1 y 9.) (N.T.)
4. Ibd. 1. IX, cap. VI.
5. Ibd. 1. IX, cap. X. (E. Porrúa, cap. X.)
6. Sahagún, 1. IX, cap. VII. (E. Porrúa, cap. X.)
7. Sahagún, 1. IX, cap. XII y XIV.
8. Estos datos proceden del magistral estudio de Marcel Mauss, Essai sur le Don, Forme et Raison de l'Echange dans les Sociétés archaïques, en Année Sociologique, 1923‑1924, p. 30‑186. (Existe versión española en Marcel Mauss, "Sociología y Antropología", E. Tecnos, Madrid, 1971) (N.T.)
9. Puedo afirmar aquí que la lectura del Essai sur le Don es el origen de los estudios cuyos resultados publico ahora. En primer lugar, la consideración del potlach me llevó a formular las leyes de la economía general. Pero tiene interés manifestar que tropecé con una dificultad concreta que me costó solucionar. Los principios generales que yo había formulado permiten interpretar un gran número de hechos, pero en el potlatch, que para mí seguía siendo el origen, dejaban aspectos inexplicados. El potlatch no puede ser unilateralmente interpretado como una destrucción de riqueza. Sólo recientemente he podido vencer la dificultad dando a los principios de la "economía general" una base bastante ambigua, consistente en que una dilapidación de energía es siempre lo contrario de una cosa, pero no tiene lugar más que cuando entra en el orden de las cosas, es decir, cuando se convierte en cosa.

***

Texto extraído de "La parte maldita", Georges Bataille, págs. 99/113, editorial Icaria, Barcelona, España, 1987.
Edición original: de Minuit, París, 1947.
Corrección del texto: Cecilia Falco.
Selección y destacados: S.R.

Relacionar con:
La parte maldita (primera parte)- G. Bataille >>>
La parte maldita (segunda parte) - G. Bataille >>>
La parte maldita (tercera parte)  - G. Bataille >>>
La noción de gasto - G. Bataille >>>

 

Con-versiones, mayo 2007

 

 

        

 

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