Nemesis
Sara Gallardo
No lloré a mi marido en realidad. Treinta años de discordia. Mejor: diez de discordia y veinte de odio. Un yugo, si los hay.
Heredé. Siempre deseé tener mis propios bienes. Invertí, compré tierra, sé asesorarme, puse dinero en préstamo.
Esto me hizo feliz. Empecé a notar los colores del cielo.
Cuando estrené mi casa, dos cuartos con alfombra y jarrones, vista a un parque, bebí champagne a solas, reí.
Todos los viernes invité a mis amigos a una mesa de bridge. Matrimonios de vieja data y algún pederasta para completar.
Un lunes a la tarde se me fue la sirvienta, inservible, reumática. Fue a internarse. Un alivio.
Pedí ayuda al portero. Mandó a su hijo.
No sé que ha sucedido.
He empezado a meditar en historias que nunca creí. En Cupido en sus flechas, en la venda.
Entró a mi casa y me miró. Por un instante quedé, ¿cómo decir?, no respondió mi lengua.
Leí en novelas algo de esto. ¡Pero no de esta forma!
Me encuentro pensando en cosas que no escuché, de brujos, o de dioses. He enfermado de amor.
Hace diez días hubiera reído escuchando esta historia.
Sabe lo que me aqueja; no es compasivo; ronda; apenas disimula su desdén.
Le gusta –como a mi- el dinero. Edifica para su novia una casita en un suburbio.
¿Cómo a mí, dije? Temblando me acerco a sus pies, llevo la mano a sus rodillas. Le doy mi dinero.
Invito al bridge aún. No distingo las caras de mis nietos. Cada tarde me visto de lo que creí ser. Visito. Hablo de cine, de política, modas.
Vuelvo de noche, sin mirarme en el espejo del ascensor, ardiendo.
En la cocina, indiferente, está. Corro a buscarlo.
¿Qué era el mundo?
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