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A modo de introducción
Back home: un posible comienzo
Sylvia Molloy
Se llega a un lugar sin haber
partido de otro, sin llegar.
SILVINA OCAMPO,
Invenciones del recuerdo
No hace mucho me llamó alguien que preparaba una entrada biográfica sobre mí para un diccionario. Me pedía dos datos: uno, que le confirmara mi fecha de nacimiento; el otro, que le explicara una frase que había en encontrado un par de veces en contratapas de mis libros:"Una vez por año viaja a la Argentina". ¿Por qué motivo viajaba? quería saber. ¿Daba yo algún seminario regularmente en Buenos Aires? ¿Tenía una afiliación (fue el término que empleó) fija con alguna institución argentina? Le dije que no, que eran viajes... ¿viajes qué? Sin saber bien qué decirle dije "viajes libres", como quien dice "tema libre" en las composiciones, queriendo decir (ya un poco molesta por la expresión poco feliz y por tener que dar razones a un desconocido) que no respondían a ninguna obligación precisa. Me puse de pésimo humor; sentía que no había respondido “bien". Pero sobre todo me quedé desconcertada, tratando de barajar las ideas y sentimientos que la pregunta había suscitado, nociones como libertad, obligación, y sobre lodo esa afiliación que traía consigo, necesariamente, la idea de filiación.
De hecho, m¡ relación con la Argentina fue durante mucho tiempo trabajo de hija; aún hoy es, en cierta me dida, asunto de familia. Cuando me fui por primera vez, en 1958, lo hice pensando que volvería a casa de mis padres. Iba después de todo a hacer una licenciatura en Francia. Pero cuando regresé dejé esa casa. El período que pasé en la Argentina entonces, en los años sesenta, se me aparece como mágico en el recuerdo. Tuvo la intensidad de un descubrimiento tardío y estimulante de lo que antes de irme no había sabido reconocer del todo: la práctica de la literatura, de la política, de los afectos, con opciones que serían decisivas. Y sin embargo me volví a ir en el 67, no porque me sintiera incómoda (pese a que el golpe de Onganía iniciaba un período nefasto) sino porque de algún modo ya me había marchado y, oscuramente, lo sabía. Cita Sergio Chejfec la frase de Leonardo Sciascia a la que recurre a menudo: "Quien ha cometido el error de irse, no puede cometer el error de volver". No sé si en mi caso cometí un error al volver de aquel primer viaje intuía una nueva partida. Esa segunda vez me fui menos convencida de que iba a volver. Acepté un puesto de tres años en Estados Unidos, y a pesar de haberme asegurado de antemano que podría renunciar al cabo de un año si la experiencia no resultaba, viajé con la mayor parte de mis libros, lo cual era casi viajar con la casa a cuestas. La mayoría eran libros franceses, lo que me valió el minucioso escrutinio de un vista de aduana, convencido de que una edición de Tristes tropiquescon un retrato de un indio tupí en la cubierta era un libro latinoamericano subversivo. Fue la primera vez que sentí que ser otro podía volverse algo peligroso. Pero como bien dice Martín Kohan, los puestos de migración promueven el estado de distracción. Mi vista de aduana en efecto se distrajo, encantado con un pisapapeles con una mariposa tropical disecada que encontró entre mis libros. Sin más entré al país, bajo el signo del realismo mágico. Me quedé un año; luego otro; me fui quedando. El viaje dejó de ser viaje; se transformó en vida, aunque esto lo reconocería mucho después.
Tanto Marcelo Cohen como María Negroni hablan en este libro de la sensación primera de libertad que da el vivir afuera, el no sentirse responsable del "aquí" porque las verdaderas obligaciones supuestamente están "allá". Debo decir que experimenté con creces ese “lujo moral” (la expresión es de Negroni) que, salvo en circunstancias ineludibles ‑la protesta por la guerra de Vietnam, pongamos por caso‑ me permitía hacerme a un lado. Yo, argentina. La expresión cobraba una literalidad y una lógica impecables: como extranjera no me correspondía intervenir, era como estar en casa ajena. Pero insidiosamente aparecen en el "aquí" aséptico del destierro otro tipo de obligaciones, impuestas por el nuevo contexto cultural. Ser otro, en cualquier grupo que se quiere homogéneo, significa también representar ese otro, no sólo encarnar una diferencia sino tener que explicarla, volverla aceptable. Del otro anónimo que uno aspira a ser se pasa a ocupar el lugar del native informante (expresión de la que no da cuenta la traducción habitual: agente cultural, es decir un "informante" llamado a traducir su cultura para que el otro la entienda. Sólo que, como suele pasar con las traducciones (al igual que con las encuestas antropológicas), al informante se le pide que confirme lo que ya se cree saber. Así me encontré más de una vez intentando "explicar" la literatura argentina a quienes sólo veían realismo mágico al sur del Río Grande, o tratando de persuadir a quienes quisieran escucharme (en general muy pocos) de que Juan L. Ortiz es una voz tan rica como la de Pablo Neruda. La mariposa tropical resultaba un salvoconducto insidioso, de doble filo.
Como Mercedes Roffé me he hecho más de una vez la pregunta imposible de contestar: ¿qué y cómo hubiera escrito de haberme quedado en la Argentina? La pregunta que sobrepasa a estas dos, y que acaso sí me atreva a contestar, es más sencilla: ¿hubiera escrito? Tiendo a pensar que no, que para mí la escritura surge precisamente del desplazamiento y de la pérdida: pérdida de un punto de partida, de un lugar de origen, en suma de una casa irrecuperable. Llama la atención cómo, en más de una ocasión, los autores de estos ensayos recurren a variantes de esa noción espacial: el techito o la carpa de Tamara Kamenszain, el pago de Martín Kohan y de Diana Bellessi. Para mí es la casa donde me crié, más o menos reinventada por el olvido y el recuerdo, vuelta matriz de relatos. En mi último viaje a la Argentina fui, como es mi costumbre, a verla. Más de una vez he fantaseado que entraba en ella, que reconocía los cuartos (me parecían más chicos de lo que recordaba), buscaba algo ‑un detalle trivial, una insignificancia‑ que desencadenara algún relato perdido y me permitiera estar de nuevo "como en mi casa". En esta ocasión se dio esa posibilidad; o más bien se dio a medias. Alguien salía de la casa y me dejó entrar. La casa, aclaro, ha sido ampliada, se han agregado cuartos donde antes había jardín. Con perversidad tan exquisita como inconsciente la persona me hizo entrar en esos cuartos agregados, del todo nuevos para mí, para luego ‑invocando una cita y el hecho de que se le hacía tarde‑ privarme de ver el resto de la casa, la que yo creo recordar. Detrás de una puerta cerrada adiviné la vieja Cocina, pero no hubo tiempo de verla. Fue como si no hubiera entrado. Podía decir, como Diana Bellessi, que había vuelto a casa, aunque paradójicamente ya no hubiera casa. De esa visita sólo me he han quedado espacios ajenos, espacios no cómodos, pero no importa. Sé que a la larga los recuerdos viejos ‑es decir aquellos a los que se acude con más frecuencia- se sobrepondrán a las construcciones nuevas.
Pienso que eI haberme criado bilingüe, casi trilingüe, instauró muy pronto en mí, mucho antes de salir de la Argentina, esa mirada dual de que habla Luisa Valenzuela, la sensación de extrañeza, ese "no estar del todo" (la expresión es de Felisberto Hernández) que para mí se daba sobre todo en el nivel de la lengua. Ser bilingüe es hablar sabiendo que lo que se dice esta siendo dicho en otro lado, en muchos lados. Esta conciencia de la inherente rareza de toda comunicación, este saber que lo que se dice es desde siempre ajeno que el hablar siempre implica insuficiencia y sobre todo doblez (siempre hay otra manera de decirlo), es característica de cualquier lenguaje, pero, en la ansiedad de establecer contacto, lo olvidamos. Recuerdo que hace mucho, antes de mi primera salida de la Argentina, encontré en un texto de Valéry Larbaud, escritor olvidable y olvidado pero notable traductor, una frase memorable. En una lista de recomendaciones literarias anotaba Larbaud como mandato para todo escritor: "Donner un air étranger a ce qu'on écrit". El consejo me pareció brillante, porque transformaba lo que yo percibía como falla en ventaja, a veces incómoda, pero ventaja al fin. Me daba permiso, también, de escribir "en traducción", como Edgardo Cozarinsky su primer libro, y como lo hice yo en un primer intento de escritura en español. Narraba algo (no recuerdo bien qué) a partir de un punto de partida en inglés, una cita de Elliot traducida ‑"No había tigres, Julia. De eso precisamente se trataba"‑ que me daba el ímpetu necesario para continuar. Ya entonces sabía que sería una argentina con acento, para usar la expresión tan cerera de Alan Pauls.
A las preguntas de si pienso volver o, esa mas contundente, de por qué no vuelvo, que se me hacen con cierta frecuencia, digo que elaboro ficciones personales de regreso, ficciones que incluso se transforman en novelas. Esas ficciones dependen fuertemente del lugar, tanto geográfico corno psíquico, desde donde se elaboran. Allí prenden de gajo, como diría Luisa Futoransky, pero crecen de maneras diversas. No es lo mismo elaborar una "patria" fantasmática desde París (fue en caso de En breve cárcel) (1) que elaborarla desde Nueva York, corno en El común olvido. (2). Lo cotidiano siempre deja su marca, también cuando se está "afuera": establece sus costumbres, condiciona la memoria, se entreteje con el recuerdo, permite, parafraseando a Alicia Borinsky, inventar lo familiar desconfiando de las raíces. Es así como en distintos momentos, desde distintas latitudes ‑y desde luego desde distintas bibliotecas‑ uno echa mano del país que necesita, y ese país está compuesto de recuerdos varios, de fabulaciones a partir de esos recuerdos, de lecturas que uno convoca del archivo, pero también y sobre todo de deseos y de traumas presentes. Digo trauma porque creo que en esos momentos la necesidad de rearmar un lugar de origen es muy fuerte. Yo recuerdo (y ya lo he escrito) que en los días que siguieron al ataque a las torres gemelas me visitaban como nunca recuerdos de Buenos Aires. Hasta un perro que oía ladrar por las tardes en un departamento cercano me recordaba un perro que ladraba en la casa detrás de la nuestra en Olivos, cuando yo era chica. Desde entonces me ha quedado la memoria irremediablemente contaminada y acepto esa contaminación. Creo que fue a partir de esa experiencia que empecé a escribir, de manera sostenida, los relatos más o menos autobiográficos de Varia imaginación. (3) Esa es, por ahora, mi manera de volver.
(1) La primera edición de esta novela es de 1981. (N. del F.)
(2) Esta novela fue publicada en 2002. (N. del E )
(3) Publicado en 2003 (N.del E)
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