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La cabra vuelve al monte
Diana Bellessi
Mi vida en la escritura ha implicado un desplazamiento permanente. El primero, y más importante de ellos, ha sido un desplazamiento de clase social. Pertenezco a una familia de origen campesino humilde, abuelos y bisabuelos inmigrantes no alfabetizados que venían huyendo de la miseria europea y necesitaban al pariente joven para que les leyera las cartas recibidas en Italia, probablemente escritas también por encargo, y que llegaban con frecuencias cada vez más espaciadas, de modo tal que toda comunicación ya se había perdido en los primeros años de mi infancia. Mis padres no completaron la educación primaria y recuerdo, como un gran acontecimiento, el día en que mi madre, siendo ya una mujer adulta, fue a la ciudad de Santa Fe para rendir los exámenes que le otorgaron su certificado de escuela elemental. Entré al mundo del lenguaje con una riqueza oral tamizada por el cocoliche italiano y las hablas mestizas de las provincias más pobres del noroeste y el noreste argentino, de donde provenía una población golondrina que se aunaba a la familia para levantar las cosechas estacionales. Relatos y coplas fueron mi arsenal primero y los fundamentos de mi lengua personal.
Impulsados por los beneficios que el peronismo trajo consigo para los que compartían mi clase social, y por los anhelos personales de mis padres, llegaron los primeros libros a la casa, la larga colección de Robin Hood con aquellas aventuras extraordinarias de Verne o de Salgari. Fui la primera persona de mi familia que cursó la escuela secundaria. Semejante triunfo, y semejante peso. Inicio un periodo de extrañezas, de cruzar el umbral hacia otro mundo. Ya antes, por haberme criado a solas en un universo de adultos y en el seno de la naturaleza, alimentada además con los primeros libros, recuerdo la herida causada por un comentario infantil, una amiguita ocasional que me dijo: "Con vos no se puede jugar porque hablás en difícil. Y también, aunque sin dolor, aquella pregunta de mi madre unos meses antes de que yo terminara la escuela primaria, en torno a qué quería hacer; “actriz y escritora", le dije; mi madre respondió "eso no es para nosotros, hija", pero consultó a la maestra de grado, que luego de averiguar en su ciudad de origen vino con la noticia de que debía hacer la secundaria.
Ya había espiado, a tierna edad, una traducción de la Divina Comedia en la magra biblioteca de la escuelita de campo. Un poco después encontré a Gustavo Adolfo Bécquer y de inmediato a todo el Siglo de Oro. Solitaria, por inadaptación, leía en los pasillos de la escuela pública cuando un señor pelado, profesor reemplazante, me tocó el hombro y me preguntó si conocía a los románticos alemanes. No, no los conocía, y el señor me catapultó en su búsqueda y en la búsqueda de toda la tradición de ruptura romántica en la historia de la poesía. El señor era ese gran poeta Aldo Oliva, maestro informal durante muchos años de mi vida. Había iniciado el largo proceso de apropiación de la cultura y la lengua letrada, y los textos escritos en prosa desde la infancia empezaron a quebrarse rítmicamente, como pez en el agua tormentosa, en una música y manera, la manera de la poesía que nunca pensé en abandonar. Me estaba convirtiendo en una poeta adolescente.
La apropiación a la que acabo de referirme es necesaria e imprescindible. A menudo implica también un gesto de olvido. Olvido de aquella sintaxis primera, de aquel misterio de la lengua aprendido desde la boca de los otros que alimentaron la infancia, y que recortan una patria específica, la del pago, la de una clase social determinada, una familia con sus características, un entorno de circunstancias materiales intransferibles. Y por supuesto se escribe mientras se lleva a cabo ese proceso de apropiación tan largo como la vida misma. Que en mi caso incluyó también un ciclo de viajes por América Latina, donde la lectura de la poesía local, que rara vez cruza las fronteras en su contemporaneidad, fue muy fuerte, y la entrada "por el oído" de las colonias dislocadas de la lengua castellana muy intensa también; completada luego por el habla de los hispanos de distinto origen con los que trabé relación en Estados Unidos. Era el comienzo de los setenta y recibí el impacto de la poesía escrita por mujeres, comencé una experiencia de traducción sólo para leerlas mejor, desde el inglés casi british de Denise Levertov al slang negro de June Jordan; desde el habla redneck de Judy Grahn a la maravillosa tradición del gospel de Lucille Clifton; o la herencia judía de Irena Klepsifz, escapada de los campos de la muerte y refugiada en la miseria neoyorquina; o el tránsito del griego al inglés de Olga Brournas, o el poderoso inglés libertario de Muriel Rukeyser. Las elecciones de lectura y traducción no fueron erráticas, respondían a mis propias necesidades y conflictos.
La inestabilidad de un yo amenazado, con pertenencias precarias que no habían logrado aún unir las costuras de la creatura de Frankestein. La condición de leona de varios mundos que incluían, en primer lugar, un desplazamiento de clase social en cuanto a educación institucional adquirida, un desplazamiento del campo a la ciudad, un desplazamiento de lugar en cuanto al género, ya que no había demasiadas mujeres moviéndose como vagabundas por las carreteras del continente, y un out of the closetcomo lesbiana. Mi recorte de elección de lecturas en inglés claramente remite a las necesidades de ese yo, no sólo personal, sino claramente lírico, en el seno del lenguaje. Estaba observando diferentes modos y diferentes caminos de resolución.
Hubo primero que martillar y astillar ritmo y sintaxis. Hacer hablar al jadeo y al silencio mientras se sostenía la mayor impecabilidad discursiva posible. Hubo que dejar entrar, no al paisaje, sino a la materialidad más pequeña e inmediata de una naturaleza convocante. Hubo que abrirle paso a la melancolía de un mundo que se creyó poder cambiar a corto plazo y que nos devolvió la mueca de una ácida carcajada vuelta fracaso y matadero. Así, aquello que en goteo reaparecía siempre, la expresión bárbara, la sintaxis errada, la palabra corregida coercitivamente en el silencio interior (por ejemplo: el agua hierve, no el agua hirve), las texturas del mundo material que me habían rodeado, telas y plantas, colores primarios o borrosos por el uso, los ritmos de arte menor o el verso bárbaro al que alude Mistral, todo aquello, un día afortunado arrasó como torrente el portal.
Cuando estaban ya las paredes alzadas por un cierto dominio del oficio ‑a través de lecturas intensivas acumuladas a lo largo de los años, y de una práctica constante de la escritura que me habían permitido terminar‑ y publicar tina serie de libros‑ y afirmada aquella autorización para ser poeta que yo misma me había otorgado a temprana edad, el cemento amplió de pronto su porosidad, abriendo puertas y ventanas de una casa arduamente construida en la toponimia de la cultura letrada.
Años atrás, y en medio de la escritura de un libro que se llama Mate cocido, cierto fenómeno al que me gusta llamar "ablandar la lengua", y que percibía como un hecho de larga data apareciendo en goteo, se hizo presente en alud, tanto en los poemas que escribía en ese momento como en la conversación, y luego en la conciencia de ello. Quiero recordar una anécdota personal de ese entonces. Iba yo caminando al atardecer con una amiga mientras en el cielo se hacía y deshacía una tormenta, y me escuché diciendo frases como estas: ¿Y la tormenta?,/ se fúe, / mirala gatear al este/ ¿ Y el sol? no está más, / abajito se encontraba/ cuando lo vimos pasar. ¿De dónde viene esto?, le pregunté a mi amiga o quizás me lo preguntaba a mí misma, y ella dijo sonriendo: "Estás poniéndote vieja". Y sí, así debía ser nomás, iban abriéndose paso en montonera las frases, su tono y color a través de una biografía concreta extendida en una franja epocal, en un lugar determinado, atravesado el idioma por pertenencia de clase social, del espacio rural específico donde pasé la infancia, como si otros y yo, al mismo tiempo, juntos habláramos ablandando la tradición escrita, esa otra herencia en la cual crecemos como poetas.
Recuerdo el goce en la obediencia sin reparos de dejarlas ir, obediencia en el sentido más antiguo de la palabra, obedire, oboedire, o sea, prestar oídos, escuchar.
Una larga sumatoria, aquella a la que aludí en la primera parte de este texto, se integraba ahora dulcemente con las marcas más arcaicas de m¡ lengua familiar que sonaban otra vez en un espacio más aireado y propicio, y creaban aquella ilusión bendita, la ilusión de oír una sintaxis de mis mayores, de mi infancia, que me resultaba conmovedoramente propia. Había sido surcada por Martí y por Mistral, por Molinari y por Madariaga; por el exceso encantado y sensual del Molina viajero; anclada en la ciudad de maneras tan diversas por Bustos, Thénon, Gelman ... ; y la lista, siempre injusta en su recorte, sería interminable: la lectura del cancionero anónimo de la Argentina y América Latina, la violenta belleza casi perfecta de algunas letras de tango, y las nuevas poéticas de otros más jóvenes que yo. Había vuelto a casa, aunque paradójicamente ya no hubiera casa; pero ciertos lectores parecían refrendar la existencia de esta ilusión, y nunca me he sentido tan liviana, tan libre escribiendo como en estos últimos años. La cabra ha vuelto al monte y retoza en una emocionalidad sin fronteras, no se siente obligada a demostrar casi nada, nada de lo adquirido porque , quizás, de extraña manera ya le pertenece.
Pero cuidado, debe creer en su ilusión, tenerle fe, y debe recordar al mismo tiempo que es una ilusión. Discutirla, discutir su repetición y su intento de hegemonía, forzarla a nuevos desafíos, soportar sus paradojas y resistir la tentación de que ella se vuelva todo lo real.
Nada me parece tan cercano al poema como el habla íntima, en buena medida disfuncionalizada, desatada de la dictadura comunicacional del significado; esa que se alza en el chiste rápido, o en el balbuceo sentimental del amor o de la pérdida, o en la furia loca, o aquella abrazada al silencio frente a lo que no se puede representar. Haciendo su aparición con grandes hiatos, en olvido de adverbios y conectivos a veces, o en la supresión del "como" que nos hunde en el misterio siempre vivo de una metáfora.
Nada me parece tan cercano al poema como el habla íntima, repito, y siendo tan local el habla, cómo no habría de serlo el poema. Sin embargo no son la misma cosa. El habla no busca duración, brilla y se deshace en las aguas del instante. Y el poema sí. Comparte con el habla su nacer, van de la mano un largo trecho juntos, pero se desvía luego, porque es la fijación el destino del poema. Ese recorte, que le permite al poeta retocar, decidir, en parte traicionar, puede enfriar algo de aquella maravillosa chifladura liberta del habla, sin duda. Pero contar con el tiempo, el oficio, las apreciaciones del gesto consciente, le otorgan otra posibilidad de brillo, otra cualidad del temblor que repone la magia.
Alzado en sus dos tradiciones, la del idioma escrito con mayor apelación de universalidad, y la de su habla atravesada por múltiples particularidades, aparece el poema. Tradiciones que nunca se separan, aunque la segunda suele hacerse más potente en la infancia del poeta y en su madurez, de maneras distintas, antes de la enorme apropiación de una herencia literaria que debe llevar a cabo y que implica a veces la migración de una clase social a otra, y después, cuando la lengua se ablanda y presta oídos, cuando la cabra vuelve al monte pagado ya el peaje necesario, mostrando la matriz regimentada del idioma con múltiples caras que denotan y connotan al sujeto, incluida su posición subalterna en las colonias del idioma que se mueve en constante transformación.
Si me preguntan por un público al que privilegie, diré sin dudas el de la Argentina. Pero ¿qué quiero decir si intento una sinceridad mayor?; diría mis parientes. ¿Y a quiénes llamo mis parientes: a aquellos que se sienten o se han sentido amenazados en el seno de su propia lengua, y no sólo en la Argentina, sino en cualquier lugar. Porque la lengua es una propiedad material, una más entre tantas, pero a la vez de tal específica envergadura que configura el cuerpo de la historia. Y desde esta propiedad, escrita y regimentada, que poseen las clases dominantes a la que mi público imaginario no pertenece, los míos ‑yo misma en mi origen‑ son vistos como bárbaros simpáticos o temibles según la ocasión, o como sabios segundosombristas sólo si coinciden con las reglas del juego que a menudo contribuyeron a forjar para quedar inmediatamente fuera de ellas y su provecho. Desde allí rasgo día a día mi vestidura, recordando que aquel desplazamiento primero, aun sin desconocer los beneficios inquietantes obtenidos en el plano personal, se abre a un lugar siempre tentado por la traición. Y por ello reclamo mi posición de retaguardia, dispuesta, si la fortuna y la atención me acompañan, a subirme al último vagón del tren que las mayorías silenciosas ponen en marcha.
Diana Bellessi. Señales del mito personal: Del campo al pueblo. De la educación estatal a clases privadas de arte con las niñas ricas del pueblo. Del pueblo ‑donde no había escuela secundaria a la ciudad. Una visita a Bolivia transformó mi mirada. Seis años de viaje ininterrumpido por América Latina, Estados Unidos, Europa. Dos años en pensiones del barrio de Constitución y como okupa en Fuerte Apache. Seis años de exilio en el delta del Paraná. La migración central que marca mi vida fue desplazarme de una clase humilde campesina a la ciudad letrada. Mi amarre anárquico al campo popular está sustentado por el afecto ‑incluso el rencor como uno de sus aspectos insoslayables‑: lo que llamo 'la vuelta a casa" o alianza primaria con mi clase. Atada a ese origen con la responsabilidad que implican los privilegios de haber ampliado sus límites.
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