Enigma II
El pathos de lo oculto
Giorgio Colli
Un relato antiquísimo,
atestiguado por numerosas fuentes, es el documento fundamental
sobre la conexión entre sabiduría y enigma. Se trata
de una fuente de la literatura biográfica sobre Homero, reproducido
en el siguiente fragmento de Aristóteles: «... Homero interrogó
al oráculo para saber quiénes eran sus padres y cuál su patria;
y el dios respondió así:"La isla de Ios es patria de tu madre,
y te acogerá cuando mueras; pero tú guárdate del enigma de los
hombres jóvenes". No mucho después... llegó a Ios. Allí,
sentado en un escollo, vio a unos pescadores que se acercaban
a la playa y les preguntó si tenían algo. Estos, como no habían
pescado nada, pero, ante la falta de pesca, se dedicaban a despiojarse,
dijeron: "Lo que hemos agarrado lo hemos dejado, lo que
no hemos agarrado lo traemos", aludiendo con un enigma
a que los piojos que habían atrapado los habían matado y los habían
tirado, y los que no habían atrapado los llevaban en la ropa.
Homero, al no ser capaz de resolver el enigma, murió de aflicción».
Lo que maravilla
al instante en este relato es el contraste entre la futilidad
del contenido del enigma y el desenlace trágico por no habérselo
resuelto. Si los pescadores hubieran dirigido su expresión enigmática
a un hombre cualquiera, indudablemente éste no habría muerto «de
aflicción», si no hubiera sabido captar el significado oculto.
Pero para el sabio el enigma es un desafío mortal. Quien sobresale
por el intelecto debe demostrarse invencible en las cosas del
intelecto. En este marco está claro que ha desaparecido cualquier
clase de fondo religioso: el enigma sigue siendo un peligro extremo,
pero su terreno es exclusívamente un agonismo humano. Paralelamente,
la formulación del enigma propuesto a Homero es claramente contradictoria,
es decir, que, por usar una expresión más precisa, dos pares de
determinaciones contradictorias, «hemos agarrado - no hemos
agarrado» y «hemos dejado - traemos», aparecen unidos de
modo inverso a como era de esperar racionalmente, es decir, de
modo inverso a la formulación: «Lo que hemos agarrado lo traemos,
lo que no hemos agarrado lo hemos dejado». Recuérdese la definición
aristotélica: el enigma es la formulación de una imposibilidad
racional que, aun así, expresa un objeto real. El sabio,
que domina la razón, debe desatar ese nudo. Por eso, el enigma,
cuando entra en el agonismo de la sabiduría, debe revestir una
forma contradictoria.
El relato sobre
la muerte de Homero nos ayuda a afrontar la interpretación de
uno de los fragmentos más oscuros de Heráclito. En este
caso es un sabio quien alude al enigma de que ha sido víctima
otro sabio. Dice Heráclito: «Con respecto al conocimiento de
las cosas manifiestas los hombres se ven engañados de modo semejante
a como le ocurrió a Romero, que fue más sabio que nadie en Grecia.
Efectivamente, le engañaron aquellos jóvenes que habían aplastado
piojos, cuando le dijeron: "Lo que hemos visto y agarrado,
lo dejamos; lo que no hemos visto ni agarrado, lo traemos"».
En este caso Heráclito omitió las premisas y el marco del episodio
relativo a Homero, probablemente porque se trataba de una tradición
bastante conocida; asimismo, no menciona el hecho de que la aflicción
de Homero ante el enigma fuera la causa de su muerte. El tono
del fragmento es elogioso para con Homero: el sabio derrotado
en un desafío a la inteligencia deja de ser sabio. Es de destacar
la caracterización del enigma como intento de «engañar»:
lo que Heráclito considera digno de mención no es el triste fin
de Homero, sino el hecho de que un presunto sabio se haya dejado
engañar. Tenemos así, ante todo, un testimonio antiguo que confirma
la perversidad del enigma, y en segundo lugar una definición implícita
del sabio, por parte de Heráclito, como quien no se deja engañar.
Pero en este
fragmento hay algo más que una alusión a un célebre enigma de
la tradición: Heráclito acepta, él también, el terreno
del enigma como agonismo, y lanza con sus palabras un nuevo desafío
a la capacidad de comprender de los hombres. Adoptando como punto
de apoyo el enigma homérico, Heráclito enuncia, a su vez, un enigma
sobre el enigma, es decir, que exige otra solución, otra clave,
que no consista en los piojos, más profunda, más radical, a la
que pueda aludir esa misma formulación de los pescadores. Ese
es el chasco que nos ha dado el antiguo sabio: él espera todavía
que alguien resuelva el enigma, que le quite el título de sabio.
No podemos tener esas pretensiones; lo único que podemos hacer
es avanzar a tientas, en busca de alguna luz sobre los enfoques
de este problema, sobre las intenciones de Heráclito. Podemos
suponer, ante todo, una conexión entre las dos expresiones «con
respecto al conocimiento de las cosas manifiestas» y «lo
que hemos visto y agarrado»: así como Homero fue engañado
con respecto a las cosas vistas y atrapadas, es decir, a los piojos,
ya que no sabía de qué se trataba, así también los hombres son
engañados con respecto al conocimiento de las cosas manifiestas,
ya que no saben de qué se trata, por ejemplo porque creen que
son reales, cuando, en realidad, no lo son. En ese caso, la primera
parte de la formulación del enigma, en la ampliación universal
de la referencia de Heráclito, rezaría así: «Las cosas manifiestas
que hemos agarrado, las dejamos». ¿Qué puede significar semejante
expresión? Hay que tener presentes los pasajes de Heráclito que
niegan cualquier clase de realidad externa a los objetos del mundo
sensible: parecería que de éstos se trata precisamente, cuando
habla de «cosas manifiestas». Recordemos los fragmentos: «El
sol tiene la extensión de un pie humano», donde parece inevitable
pensar en un rechazo de cualquier realidad objetiva, en la reducción
de ese objeto a la simple apariencia sensorial; y además: «Muerte
es todo lo que vemos estando despiertos». En ese caso, "las
cosas manifiestas que hemos agarrado" podría significar
su simple aprehensión sensible, aquello en que consiste la ilusoria
realidad del mundo que nos rodea, nada más que una serie de sensaciones.
Pero, ¿por qué dejamos esas cosas manifiestas que hemos atrapado?
Quizás Heráclito quiera decir que las cosas manifiestas, corpóreas,
nos engañan y provocan la ilusión de existir fuera de nosotros
y de ser reales, vivas, sobre todo porque nosotros las imaginamos
como permanentes. No es que Heráclito critique las sensaciones.
Antes bien, elogia la vista y el oído, pero lo que condena es
el hecho de transformar la aprehensión sensible sensorial en algo
estable, existente fuera de nosotros. Nosotros agarramos instantáneamente
la experiencia de los sentidos y después la dejamos caer, si deseamos
fijarla, inmovilizarla, la falsificamos. Ese es el significado
de los fragmentos que tradicionalmente se interpretan como base
de una presunta doctrina del devenir propia de Heráclito. Este
no cree que el devenir sea más real que el ser;
cree simplemente que cualquier «opinión es una enfermedad sagrada»,
o sea, que cualquier elaboración de las impresiones sensoriales
en un mundo de objetos permanentes es ilusorio. Ya que dice por
ejemplo: «No es posible entrar dos veces en el mismo río».
No existe un río fuera de nosotros, sino sólo una fugaz sensación
en nosotros, a la que nosotros damos el nombre de río, de un mismo
río, cuando se presenta ante nosotros varias veces una sensación
semejante a la primera: pero, en todas las ocasiones, la única
cosa concreta que existe es una sensación instantánea, a la que
no corresponde nada objetivo. Sobre todo, tales sensaciones no
documentan nada permanente, aunque sean semejantes; si queremos
designar cada una de ellas con el nombre de río, podemos hacerlo,
pero en todos los casos se tratará de un río nuevo.
Volvamos ahora
al fragmento homérico. Si lo que hemos dicho puede interpretar
la primera parte de la formulación del enigma, la segunda parte
significará entonces, en la transposición de Heráclito, aplicando
una antítesis paralela a la del episodio de Homero: «Las cosas
ocultas que no hemos visto ni agarrado, las traemos». ¿Cuál
puede ser la solución de esta segunda parte? Se puede intentar
aclarar esa expresión recordando dos temas esenciales del pensamiento
de Heráclito. El primero se podría llamar el «pathos» de
lo oculto, es decir, la tendencia a considerar el fundamento último
del mundo como algo escondido. Tal es el concepto de la divinidad
en Heráclito: «La unidad, la única sabiduría, quiere y no quiere
ser llamada con el nombre de Zeus». El nombre de Zeus es aceptable
como símbolo, como designación humana del dios supremo, pero no
es aceptable como designación adecuada, precisamente porque el
dios supremo es algo oculto, inaccesible. Otros dos fragmentos
declaran más explícitamente todavía la superioridad de lo oculto:
«A la naturaleza primordial le gusta ocultarse», y: «La
armonía oculta es más fuerte que la manifiesta». El segundo
tema es la reivindicación mística de una preminencia de la interioridad
sobre la ilusoria corporeidad del mundo exterior. En varios fragmentos
Heráclito parece incluso postular el alma como principio supremo
del mundo, y Aristóteles confirma esta interpretación. Tal parece
ser la alusión del célebre fragmento «Me he indagado a mí mismo»;
más explícitamente dice Heráclito: «Los confines del alma no
podremos encontrarlos caminando, aunque recorramos todos los caminos:
así es de profunda su expresión», y además: «Al alma pertenece
una expresión que se acrecienta a sí misma». Los dos temas
antedichos parecen un¡ficarse, converger en una única visión fundamental,
por la perspectiva abismal, en la dirección de lo oculto, en que
se postula el alma. Si ahora aplicamos esta temática a la segunda
parte de la formulación del enigma homérico, parece abrirse la
posibilidad de una solución. El alma, lo oculto, la unidad, la
sabiduría, son lo que no vemos ni agarramos, pero llevamos dentro
de nosotros. Sólo la interioridad oculta es permanente, más aún:
al manifestarse, «se acrecienta a sí misma».
Lo que acabamos
de decir no sólo confirma la importancia genérica del enigma
en aquella era arcaica de Grecia, y su íntima conexión con
la esfera de la sabiduría, sino que, además, nos ha permitido
en particular formular algunas hipótesis e intentar algunas aclaraciones
en relación con el pensamiento de uno de los más difíciles e inaccesibles
de aquellos sabios. Hemos visto, mediante el examen detallado
de un solo pasaje, que es posible proponer la unificación de declaraciones
de Heráclito aparentemente disociadas, u opuestas. No sólo eso,
sino que, además, podemos trasladar otro de esos temas fundamentales
de Heráclito a la perspectiva del enigma, de modo que, al final,
se presenta la hipótesis de que toda la sabiduría de Heráclito
sea un tejido de enigmas que aluden a una naturaleza divina insondable.
Se trata del tema de la unidad de los contrarios. Hemos dicho
que la unidad, el dios, lo oculto, la sabiduría, son designaciones
del fundamento último del mundo. Tal fundamento es trascendente.
Dice Heráclito: «Ningún hombre, de entre aquellos cuyos discursos
he escuchado, llega hasta el extremo de reconocer que la sabiduría
está separada de todas las cosas». Pero entonces el enigma,
ampliado a concepto cósmico, es la expresión de lo oculto, del
dios. Toda la multiplicidad del mundo, su ilusoria corporeidad,
es una trama de enigmas, una apariencia del dios, del mismo modo
que las palabras del sabio, manifestaciones sensibles, que son
el vestigio de lo oculto, son una trama de enigmas. Pero, como
hemos dicho, el enigma se formula contradictoriamente. Ahora bien,
Heráclito no sólo utiliza la formulación antitética en la mayoría
de sus fragmentos, sino que sostiene que el propio mundo que nos
rodea no es sino un tejido - ilusorio- de contrarios.
Todo par de contrarios es un enigma, cuya solución es la unidad,
el dios que está tras ellos. Efectivamente, dice Heráclito: «El
dios es día noche, invierno verano, guerra paz, saciedad hambre».
Texto extraído de "El nacimiento
de la filosofía", Giorgio Colli, Págs. 53/59, editorial Tusquets,
Barcelona, España, 1977.
Selección y destacados: S. R.
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