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Enigma I
El desafío del enigma
Giorgio Colli
Los orígenes de la filosofía han desvelado a más de un pensador y
es poco lo que ha podido hacerse. Es mucho más dificil aceptar
que los orígenes siempre están perdidos y que no hacemos otra
cosa -al intentar recuperarlos- que construir hermosos relatos,
hermosas ficciones, o no tan hermosas, que tienen su eficacia,
sin duda. ¿Es muy dificil aceptar que construimos nuestros orígenes
porque necesitamos un punto de apoyo para dar dirección a la construcción
de sentidos?A veces pareciera que sí, que es muy dificil. Es aquí,
en ese preciso instante de dificultad que traemos este texto de
un filósofo italiano, para que nos ayude a dar un paso hacia esa
otra región que hace innecesario al origen y que con extrema sencillez,
no carente de complejidad nos anima a recorrer senderos que llevan
mucho tiempo ocultos. O aún más, que no han sido recorridos ni
considerados. Acercamos en esta dirección la hipótesis de que
la misma filosofía en tanto un saber y un saber establecido a
base de filiaciones, tradiciones y unido de un modo tal a la historia
de Occidente que establece así sus posibilidades, las del saber
en su conjunto (por supuesto esto será así para cada época considerada).
Digámoslo de otra manera: para cada época y con dispositivos
específicos el hombre puede saber determinadas cosas y no otras.
Ya que no se trata de intenciones sino de dispositivos, no se
trata del ' conocer de alguien' sino de las capacidades de la
organización de lo que allí sucede en registros que no podemos
considerar aquí (por ejemplo: para G. Duby los tres órdenes del
imaginario feudal). Sólo una indicación para otorgarnos direcciones.
Sergio Rocchietti
Mediante el oráculo, Apolo impone al hombre la moderación, mientras que él,
por su parte, es inmoderado; lo exhorta a controlarse, mientras
que él se manifiesta mediante un «pathos» incontrolado: con eso
el dios desafía al hombre, le provoca, lo instiga a desobedecerle.
Semejante ambigüedad se expresa en la
palabra del oráculo, la convierte en un enigma. La pavorosa
oscuridad de la respuesta indica la diferencia entre mundo humano
y divino. Por lo demás, ya los Upanishad indios decían: «Porque a los dioses les gusta el enigma, y les repugna lo
que es manifiesto». Ya hemos mencionado el carácter terrible
y cruel que la tradición religiosa griega atribuye a Apolo, a
su acción hostil para con el mundo humano: en este contexto vuelve
a intervenir el aspecto enigmático de la palabra de Apolo. Para
los griegos la formulación de un enigma va acompañada de
una carga tremenda de hostilidad. Un pasaje del Prometeo de
Esquilo lo prueba indirectamente: «Te diré claramente
todo lo que quieres saber, no entrelazando enigmas, sino con palabras
claras, como deben ser las dirigidas a los amigos».
Por otra parte,
el enigma tiene gran importancia en la civilización arcaica
de Grecia, sobre todo en conexión con los orígenes de la sabiduría,
tiene una importancia autónoma que se sale de la esfera estrictamente
apolínea. Desde luego, la conexión entre adivinación y enigma es
primigenia, como parece indicarlo el final del pasaje ya citado
del Timeo, y como lo confirma el Banquete de Platón: «Quienes
pasan toda la vida juntos... no sabrían ni siquiera qué quieren
obtener el uno del otro. Nadie podrá creer que se trate del contacto
de los placeres amorosos... el alma de ambos desea alguna otra
cosa que no es capaz de expresar; de lo que desea... tiene una
adivinación, y habla mediante enigmas». Pero desde época antiquísima
el enigma tiende a separarse de la adivinación. El ejemplo más célebre lo proporciona el
tenebroso mito tebano de la Esfinge. También en este caso
el enigma surge de la crueldad de un dios, de su malevolencia
para con los hombres. La tradición es incierta con respecto a
si fue Hera o Apolo quien envió a Tebas la Esfinge, monstruo híbrido
que simboliza la combinación de una animalidad feroz con la vida
humana. La Esfinge impone a los tebanos el desafío mortal
del dios, formula el enigma sobre las tres edades del hombre.
Sólo quien resuelve el enigma puede salvar a la ciudad
y a sí mismo: el conocimiento es la instancia
última, respecto a la cual se libra la lucha suprema del hombre.
El arma decisiva es la sabiduría.
Y la lucha es mortal: quien no resuelve el enigma es devorado
o degollado por la Esfinge, quien lo resuelve - sólo a
Edipo correspondió la victoria- hace precipitarse a
la Esfinge en el abismo. El testimonio más antiguo sobre
este mito, que al mismo tiempo es el pasaje más antiguo en que
aparece la palabra «enigma», es un fragmento de Píndaro:
«El enigma que resuena desde las feroces mandíbulas de la virgen».
En este caso el texto sugiere inmediatamente la conexión entre
crueldad y enigma y no es necesario deducirla como en el pasaje
recordado del Prometeo.
Todavía en plena
época arcaica el enigma se presenta
algo más separado de la esfera divina de que procede, tiende a
convertirse en objeto de una lucha humana por la sabiduría. La
fuente más antigua en ese sentido se remonta al siglo VIII o VII
a.C.; volvemos a encontrarla en la obra del geógrafo Estrabón,
que, después de haber hablado de Efeso, y de Colofón, cuenta,
a propósito del santuario de Claro, un certamen legendario entre
sabios. «Cuentan que Calcante, el adivino hijo de Anfiarao (junto
con Anfíloco), llegó aquí a pie a su regreso de Troya, y, por
haber encontrado cerca de Claro a un adivino superior a él, Mopso
hijo de Manto (hija de Tiresias), murió de dolor. Hesíodo elabora el mito del modo siguiente, al hacer que Calcante haga
a Mopso esta pregunta: "Estoy asombrado del gran número de
frutos que tiene esa higuera salvaje, a pesar de ser tan pequeña,
¿quieres decirme el número de los higos?". Y Mopso respondió:
"Son diez mil en número, su medida es un medinmo, pero uno
de esos higos sobra y no cabe en la medida". Así dijo y se
confirmó que era cierto el número de la medida, y entonces un
sueño de muerte cubrió a Calcante». Estrabón cuenta después
otras versiones del episodio, entre ellas la de Ferecide, un sabio
del siglo VI, con una formulación diferente del enigma, y refiere
el testimonio de Sófocles, en una tragedia perdida, según
el cual un oráculo había predicho a Calcante que estaba destinado
a morir, cuando encontrara un adivino superior a él.
El hecho de que
sean dos adivinos los que se midan por la sabiduría recuerda la matriz religiosa del enigma, incluso
en su fase humana. Otro elemento sugiere semejante perspectiva,
a saber, el contraste entre la trivialidad, en la forma y en el
contenido, de esos enigmas y el carácter trágico de su resolución.
Análogamente, se advierte un contraste con el enigma de la Esfinge,
por la transparencia de su resolución. Semejantes elementos discordantes
de la tradición revelan la intervención de un arbitrio divino,
la intrusión en la esfera humana de algo perturbador, inexplicable,
irracional, trágicamente absurdo.
Podríamos documentar
ampliamente la seriedad y la importancia del enigma en aquella
era arcaica; en época apenas más reciente, en los siglos VII y
VI a. C., se extiende la formulación contraria del enigma,
y ese fenómeno coincide con la completa humanización en esa esfera.
Así, encontramos formulaciones de enigmas desde los poemas homéricos
y desde Hesíodo, y después en la época de los Siete Sabios - en
la que la fama de Cleóbulo y, sobre todo, de su hija Cleobuline
deriva precisamente de colecciones de enigmas- y en la poesía
lírica, de Teógnides a Simónides.
Posteriormente,
en los siglos V y IV, todo eso va atenuándose gradualmente. Después
de Heráclito, en cuyo pensamiento el enigma es algo central, los sabios pasan
a centrar su atención en las consecuencias del enigma y no en
el enigma mismo. En cambio, a eso, entendido como fondo
religioso, hacen referencia con frecuencia la tragedia y la comedia.
Todavía en Platón encontramos vestigios precisos, casi resonancias
arcaicas, que nos permiten una reconstrucción más amplia de ese
fenómeno. Según un pasaje del Carmides, el enigma aparece
cuando «el objeto del pensamiento no va expresado por el sonido
de las palabras». Por tanto, presupone una condición mística,
en que cierta experiencia resulta inexpresable: en tal caso el enigma es la manifestación
en la palabra de lo divino, lo oculto, una interioridad inefable. La palabra es algo diferente de lo que entiende quien habla,
por lo tanto, es necesariamente oscura. Otro pasaje del Fedón pone en conexión el enigma con la esfera mística y mistérica: "Es posible que quienes
instituyeron para nosotros los misterios no fueran hombres ignorantes,
sino que realmente se hubieran expresado durante mucho tiempo
mediante enigmas, con lo que indicaban que quien carezca de iniciación
y no haya participado en los misterios, cuando llegue al Hades,
yacerá en el fango, mientras que quien se haya purificado y se
haya iniciado en los misterios, al llegar allí abajo, vivirá con
los dioses". Efectivamente, como dicen quienes establecieron
los misterios, "muchos son los que llevan el tirso, pero
pocos los poseídos por Dionisos...". Esta última cita,
de resonancia órfica, parece, a su vez, la formulación de un enigma.
En esos pasajes de Platón es de destacar la aproximación
del enigma a la esfera de Dionisos, más que a la de Apolo:
en cambio, recuérdese, a propósito de esto, la sugerencia que
hemos hecho más arriba de considerar a Apolo y a Dionisos como
dos dioses fundamentalmente afines, en lugar de ver en ellos una
contraposición de dos instintos estéticos y metafísicos, según
la interpretación de Nietzsche.
En otro pasaje
Platón toca el aspecto perverso y trágico del enigma,
cuando, en la Apología de Sócrates, compara la acusación
lanzada por Meleto contra Sócrates con un enigma: «"¿Se dará
cuenta Sócrates, el sabio, de que me burlo de él y de que me contradigo?
¿0 conseguiré engañarlo a él y a los otros que escuchan?"
En efecto, me parece que se contradice en la acusación, como si
dijera: "Sócrates es culpable de no creer a los dioses, sino
creer en los dioses". Y eso significa jugar». En esta última
formulación enigmática, en que Sócrates traduce la acusación de
Meleto, es interesante observar la forma contradictoria, característica,
como hemos dicho, de la fase madura, humana, del
enigma. La contradicción sugiere engañosamente un contenido,
la solución del enigma, es decir, la culpa de Sócrates. A Meleto
le sale bien el engaño, porque los jueces van a interpretar así
el enigma y a condenar a Sócrates, en lugar de descubrir que la
contradicción era simplemente una contradicción, vacía de contenido,
que lo único que ocurría era que Meleto se contradecía. Quien
cae en la trampa del enigma está destinado a la perdición. Por último, quizás deban interpretarse como un enigma las últimas
palabras que Sócrates pronuncia antes de morir, en el Fedón platónico.- «Debemos un gallo a Asclepio, pagad la deuda,
no la olvidéis». Se ha escrito mucho para interpretar estas palabras,
pero quizás más importante que el descubrimiento de su significado
recóndito sea la comprobación de que entre los griegos un
contexto religioso y solemne va acompañado con frecuencia de la
aparición de palabras oscuras.
Durante el siglo
IV a. C., esas resonancias que todavía el joven Platón advertía
se apagan totalmente. El enigma se usa como juego de sociedad, durante los banquetes, o bien se
lo emplea con los niños, para los fines de un adiestramiento elemental
del intelecto. Pero Aristóteles todavía habla de él en
contextos serios, en la Retórica y en la Política,
al rastrear su importancia en la tradición. Su definición es interesante,
a pesar de estar alejada de cualquier fondo religioso y sapiencial: «El concepto del enigma es éste: decir cosas reales juntando
cosas imposibles». Dado que para Aristóteles juntar
cosas imposibles significa formular una contradicción, su definición
quiere decir que el enigma es una contradicción
que designa algo real, en lugar de no indicar nada, como
ocurre por regla general. Para que así sea, añade Aristóteles,
no se pueden juntar los nombres en su significado ordinario, sino
que hay que utilizar la metáfora. Así, pues, el uso
de la metáfora estaría relacionado con el origen de la sabiduría.
Como se ve, con Aristóteles el enigma ha quedado ya completamente
vacío del «pathos» originario.
No obstante,
es útil la indicación de que la formulación contradictoria es
característica del enigma.
Volvamos a la
era arcaica. Se ha dicho que con la entrada del enigma en la esfera
humana, con la atenuación de su procedencia del dios, va afirmándose
cada vez más una formulación de él contradictoria. ¿Existe alguna
conexión entre los dos fenómenos? Antes de examinar este problema
hay que ver cómo va configurándose esa humanización del enigma,
lo que coincide con el nacimiento de los sabios. Primero
el dios inspira una respuesta en forma de oráculo, y el «profeta»,
por decirlo con Platón, es un simple intérprete de la palabra
divina, pertenece todavía totalmente a la esfera religiosa. Después
el dios impone un enigma mortal a través de la Esfinge,
y el hombre particular debe resolverlo o, de lo contrario, perderá
la vida. Por último, dos adivinos, Calcante y Mopso, luchan entre
sí por un enigma: ya no interviene el dios, queda el fondo religioso,
pero interviene un elemento nuevo, el agonismo, que en
este caso es una lucha por la vida y por la muerte. Un paso más,
y cae el fondo religioso, y ocupa el primer plano el agonismo,
la lucha de dos hombres por el conocimiento: ya no son adivinos,
son sabios, o mejor combaten por conquistar el título de sabio.
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