La
precesión de lo simulacros
Jean
Baudrillard
(Parte tres)
A semejante ideología
de lo vivido, de exhumación de lo real desde su banalidad de base,
es decir, desde su autenticidad radical, se refiere la experiencia
americana de «TV- verdad» llevada a cabo en 1971 con la familia
Loud: 7 meses de filmación ininterrumpida, 300 horas de toma directa,
sin script ni escenografía, la odisea de una familia, sus dramas,
sus alegrías, sus periperipecias, en suma, un documento histórico
«en bruto», y el «más bello logro de la televisión, comparable,
a escala de nuestra cotidianeidad, al film del primer alunizaje».
El asunto se complica con el hecho de que la familia se deshizo
durante el rodaje: estalló la crisis, los Loud se separaron, etc....
Tras esto, una controversia insoluble: ¿es responsable la TV?
¿Qué habría sucedido si la TV no hubiese estado allí?
Resulta más interesante
todavía el espejismo de filmar a los Loud como si la TV no
estuviera. El realizador basaba el acierto de su trabajo en
la afirmación: «Han vivido como si nosotros no estuviéramos
», fórmula absurda y paradójica;
ni verdadera ni falsa, simplemente utópica. Esta utopía
y esta paradoja son las que han fascinado a los veinte millones
de teleespectadores, mucho más incluso que el placer «perverso»
de violar una intimidad. No se trata en semejante experiencia
ni de secreto ni de perversión, sino de una especie de escalofrío
de lo real, o de una estética de lo hiperreal, escalofrío de vertiginosa
y truculenta exactitud, de distanciación y de aumento a la vez,
de distorsión de escalas, de una transparencia excesiva. Placer
por exceso de sentido precisamente cuando el nivel del signo desciende
por debajo de la línea de flotación habitual del sentido: la
filmación exalta lo insignificante, en ella vemos lo que
lo real no ha sido nunca (pero «como si estuviera usted
allí»), sin la distancia de la perspectiva y de nuestra
visión en profundidad (pero «más real que la vida misma»). Gozo
de la simulación microscópica que hace circular lo real hacia
lo hiperreal (es algo parecido a lo que ocurre con el porno,
cuya fascinación es más metafísica que sexual).
Pero, por otra
parte, esta familia era ya hiperreal por el hecho mismo de su
selección: típica familia americana, casa californiana, 3 garajes,
5 niños, estatus profesional y social desahogado, housewife decorativa,
nivel por encima de la media. Semejante perfección estadística
condena de algún modo a esta familia a morir bajo el ojo de la
TV. Heroína ideal del American Way
of l¡fe, es escogida, como en los sacrificios antiguos, para ser
exaltada y morir entre las llamas del medium. Pues el fuego del
cielo ya no cae sobre
las ciudades corrompidas, ahora es el objetivo el que recorta
como un laser la realidad vivida para matarla. «Los Loud: sencillamente
una familia que ha aceptado abandonarse a la TV y morir», dirá
el realizador. Se trata, pues, claramente de un sacrificio ofrecido
como espectáculo a 20 millones de americanos. El drama litúrgico
de una sociedad de masas.
«TV- verdad», término admirable por su carácter anfibio, pues ¿de qué verdad se
trata, de la de esta familia o de la verdad de la TV? De hecho,
la TV es la verdad de los Loud, sólo ella aparenta verdad en todo
este asunto. Verdad que no es ya
ni la reflexiva del espejo ni la perspectiva del sistema panóptico
y de la mirada, sino la verdad manipuladora del test que sondea e
interroga, del laser que recorta, de las matrices que guardan
nuestras secuencias perforadas, del código genético que gobierna
nuestras combinaciones, de las células que informan nuestro universo
sensorial. A este tipo de verdad se sometió la familia Loud por
medio de la TV, y en este sentido puede hablarse sin duda de condena
a muerte.
Final del sistema panóptico. El ojo de la TV ya no es la fuente
de una mirada absoluta y, por otra parte, el ideal de control
ya no es el de la transparencia. Este presupone todavía un espacio
objetivo (el del Renacimiento) y la todopoderosidad de una mirada
despótica. Se trata aún, si no de un sistema de contención, por
lo menos de un sistema cuadriculado. Más sutil, pero siempre en
exteriores, jugando con la oposición del ver y del ser visto,
incluso en el caso de que pueda ser ciego el punto focal del panóptico.
Cuando,
como en el caso de los Loud, «usted no mira ya la TV, es la TV
la que le mira a usted «vivir», o «usted ya no escucha "Pas
de Panique", sino que es «Pas de Panique" quien le escucha
a usted», se ha producido un giro del dispositivo panóptico de
vigilancia (vigilar y castigar) hacia un sistema de disuasión
donde está abolida la distinción entre lo pasivo y lo activo.
Se acabó el imperativo de sumisión al modelo o a la mirada, «USTED
es el modelo». «USTED es la mayoría ... » Tal es la vertiente
de una socialización hiperrealista
donde lo real se confunde con el modelo, como en la operación
estadística donde lo real se confunde con el medium, igual que
en la operación Loud. Éste es el estadio ulterior de la relación
social, el nuestro, que no es ya el correspondiente a la perspectiva
(represiva) ni a la persuasión, sino el correspondiente a la disuasión.
«Usted es la información, usted es lo social, usted es la noticia,
le concierne a usted, ¡usted tiene la palabra!, etc., etcétera».(1)
A causa de este cambio resulta imposible
de localizar cualquier tipo de proceder (del modelo, de la mirada,
del poder, ni siquiera el proceder del medium en el caso de los
Loud). Ya no hay punto focal, no hay centro ni periferia, sólo
queda el medium, pura flexión o inflexión. Se acabaron la violencia
y la vigilancia: la «información», virulencia secreta, reacción
en cadena, implosión lenta y simulacro de espacios y de perspectivas
donde viene a jugar todavía el proyecto de lo real.
Se acabaron la
distorsión de lo real y la manipulación. Esta hipótesis, moral
aún, es solidaria de todos los análisis clásicos sobre la esencia
objetiva del poder. Aquí cabe además
otra cosa: la abolición de lo espectacular y del efecto medium
(en sentido literal), en adelante inalcanzable, incorporado y
difuso en lo real sin que ni siquiera pueda decirse que éste resulte
alterado. El medium ya no ejerce, como una fuerza o una mirada,
violencia objetiva, es una virulencia,
una modalidad microscópica y molecular.
No
obstante, hay que tomar precauciones ante el giro negativo que
el discurso impone: «virulencia», «infección», pues no se trata
ni de enfermedad ni de afección virulenta. Es preciso pensar
los mass- media como si fueran, en la órbita externa,
una especie de código genético que conduce a la mutación de lo
real en hiperreal, igual que el otro código, micromolecular, lleva
a pasar de una esfera, representativa, del sentido, a otra, genética,
de señal programada.
Lo que se cuestiona
es todo el modo tradicional de causalidad, determinista, «activo,
crítico, analítico; distinción de causa y efecto, de lo activo
y lo pasivo, de sujeto y objeto, del fin y de los medios. Acerca
de él puede decirse: la TV nos contempla, la TV nos aliena,
la TV nos manipula, la TV nos informa... En medio de todo esto
se sigue siendo tributario de la concepción analítica de los mass-
media, la de un agente exterior activo y eficaz, la de una información
en «perspectiva» que tiene como punto de fuga el horizonte de
lo real y del sentido.
Es preciso concebir la TV en plan ADN, es decir, como un efecto donde
se desvanecen los polos adversos de la determinación, según una
contracción, una retroacción nuclear del viejo esquema polar que
mantenía siempre una distancia mínima entre causa y efecto, entre
sujeto y objeto: precisamente la distancia del sentido, el desvío,
la diferencia, la menor separación posible, irreductible bajo
pena de resorción en un proceso aleatorio e indeterminado del
que el discurso ni siquiera puede ya dar cuenta, dado que él mismo
es un orden determinado.
Esta brecha es
la que se desvanece en el proceso del código genético, donde la
indeterminación no es tanto la del azar de las moléculas como
la de la abolición pura y simple de la relación. En el
proceso de ordenamiento molecular, el cual «va» del núcleo ADN
a la «sustancia» que él informa, no hay ya puesta en camino de
un efecto, de una energía, de una determinación o de un mensaje.
«Orden, señal, impulsión, mensaje»:
todo ello intenta volvernos la cosa inteligible, pero por analogía,
volviendo a transcribir en términos de inscripción, de vector,
de descodificación, una dimensión de la que nada sabemos - puede
que ni siquiera estemos ya ante una «dimensión», o quizá se trate
de la cuarta dimensión que, según la relatividad, se define por
la absorción de polos distintos del espacio y del tiempo.
De hecho, todo este proceso no podemos entenderlo más que en forma
negativa: nada separa un polo del otro, el inicial del terminal
se da una especie de aplastamiento recíproco, de penetración de
los dos polos tradicionales el uno en el otro. Así pues, IMPLOSIÓN
- absorción de la manera radiante de la causalidad, del aspecto
diferencial de la determinación, con su electricidad positiva
y negativa- , implosión del sentido. Ahí es donde comienza
la simulación.
En cualquier
dominio, ya sea político, biológico, psicológico, donde la distinción
de los dos polos no pueda mantenerse, se penetra en la simulación,
es decir, en la manipulación absoluta. No se trata de pasividad,
sino de confusión entre lo activo y lo pasivo. El ADN realiza
esta reducción aleatoria del sentido a nivel de la sustancia viviente.
La TV, en el ejemplo de los Loud, alcanza también un límite de
indefinición donde los Loud no son frente a la TV ni más
ni menos activos o pasivos de lo que lo es una sustancia viviente
ante su código molecular. En uno y otro caso, una sola nebulosa
indivisible en sus elementos simples, indescifrable en su verdad.
La apoteosis de la simulación es lo nuclear. Sin embargo, el equilibrio del terror
no es más que la vertiente espectacular de un sistema de disuasión
insinuado desde el interior en todos los intersticios de
la vida. El suspense nuclear no hace más que sellar el sistema
banalizado de disuasión que se encuentra en el corazón
de los mass- media, de la violencia sin más que reina por doquier
en el mundo, del dispositivo aleatorio de todas las opciones que
se nos presentan. El menor de nuestros gestos está regulado por
signos neutralizados, indiferentes, equivalentes, como los signos
que regulan la «estrategia de los juegos». Pero la verdadera ecuación
está más allá y lo desconocido es precisamente la variante de
la simulación que hace del mismo arsenal atómico una forma hiperreal,
un simulacro que nos domina a todos y que reduce cualquier evento
al nivel de escenografía efímera, transformando la vida que se
nos concede en supervivencia, en una apuesta sin apuesta, ni siquiera
en una letra girada contra la muerte, sino en un papel mojado.
Lo que paraliza
nuestras vidas no es la amenaza de destrucción atómica, sino la
disuasión. Y esta disuasión nace del hecho de que incluso la
guerra atómica real queda excluida - excluida por anticipado,
como la eventualidad de lo real en un sistema de signos. Todo
el mundo finge creer en la realidad de la amenaza (lo cual es
comprensible en el caso de los militares y en el discurso de su
«estrategia», pues todo lo serio de su oficio está en juego),
pero precisamente a este nivel no es cuestión de estrategia, y
toda la originalidad de la situación reside en lo improbable que
resulta la destrucción.
La disuasión
excluye la guerra, arcaica violencia de los sistemas en expansión.
La disuasión es la violencia neutralizante de los sistemas. No
existen ya ni un sujeto privilegiado ni un adversario de la disuasión,
se trata de una estructura planetaria de anonadamiento de opciones.
Nada sucederá a nivel atómico. El riesgo de una pulverización
nuclear no sirve más que de pretexto - a través de una falsa competición
en la sofisticación de las armas- para la instalación de un sistema
de seguridad universal, de un cerrojo para la destrucción y para
la escalada - cuya ficción se alimenta en lo posible para mantener
en vilo a las gentes- de un sistema universal de prevención, de
control, cuyo efecto disuasivo no apunta en modo alguno al enfrentamiento
atómico (éste no ha sido nunca cuestionado, salvo quizás en los
inicios de la guerra fría, pues se ha confundido el aparato nuclear
con la guerra tradicional), sino a la probabilidad de todo evento
real. Los dos (o tres, o múltiples en el futuro) protagonistas
del peligro nuclear no se disuaden el uno al otro (según una estrategia
cuya misma sofisticación es un síntoma de nulidad), sino que,
conjuntamente, disuaden a todo el resto y, al propio tiempo, a
sí mismos. Lo que se trama a la sombra de este dispositivo, bajo
el pretexto de una amenaza «objetiva» máxima y gracias a semejante
espada nuclear de Damocles, es la puesta a punto del mayor
sistema de control que jamás haya existido y la satelitización
progresiva de todo el planeta mediante tal hipermodelo de seguridad.
Lo mismo vale para las centrales nucleares pacíficas.
La pacificación no establece diferencias entre lo civil y
lo militar: en cualquier parte donde se elaboren dispositivos
irreversibles de control, donde la noción de seguridad se convierta
en todopoderosa, donde la norma de seguridad reemplace
al viejo arsenal de leyes y de violencia (la guerra comprendida),
lo que crece es el sistema de disuasión, y en torno a él crece
el desierto histórico, social y político. Una gigantesca involución
obliga a todo conflicto, a toda finalidad, a todo enfrentamiento
a contraerse a la medida del chantaje que los interrumpe, los
neutraliza y los congela. Ni revuelta ni historia alguna pueden
desplegarse según su propia lógica pues se exponen al anonadamiento.
Ninguna estrategia es ya posible y la escalada no es más que un
juego pueril en manos de los militares. La opción política ha
muerto, no quedan más que simulacros de conflictos y apuestas
cuidadosamente circunscritas.
La «aventura
espacial» ha jugado exactamente el mismo papel que la escalada
nuclear. Por este motivo ha podido relevarla tan fácilmente en
los años 60 (Kennedy/Krouchtchev), o desarrollarse paralelamente
bajo un aspecto de «coexistencia pacífica». Pues ¿cuál es la función
última de la carrera espacial, de la conquista de la luna, del
lanzamiento de satélites?, no puede ser otra que la institución
de un modelo de gravitación universal, de satelitización del que
el módulo lunar es el embrión perfecto: microcosmos programado
donde nada puede ser dejado al azar. Trayectoria, energía,
cálculo, fisiología, psicología, entorno - nada puede ser
abandonado a la contingencia, se trata del universo total de la
norma- ahí la ley ya no existe, es la inmanencia operativa de
todos los detalles la que legisla. Universo expurgado de toda
amenaza de sentido, en estado de asepsia y de ingravidez - lo
que es fascinante es semejante perfección. Pues la exaltación
de las masas no provenía del hecho del alunizaje ni del paseo
de un hombre por el espacio (esto sería, sobre todo, el final
de un viejo sueño), no, la estupefacción nace de la perfección
del programa y de la manipulación técnica. Fascinación por la
norma llevada al máximo y por el control de la probabilidad. Vértigo
del modelo, que se une al de la muerte, pero sin espanto ni pulsión.
Pues si la ley, con su aura de transgresión, y el orden, con su
aura de violencia, arrastraban aún cierta imaginación perversa,
la norma fija, fascina, asombra e involuciona todo aspecto imaginario.
Ya no se puede fantasear acerca de la minuciosidad de un programa,
su sola observancia es vertiginosa, pues pertenece a un mundo
que no desfallece.
Hay que tener en cuenta que el mismo modelo de infalibilidad programática, de
seguridad y de disuasión máximas, es el que rige hoy el campo
de lo social. He aquí el último rizo de la parábola nuclear: la
operación minuciosa de la técnica sirve de modelo para la operación
minuciosa de lo social. Nada será ya dejado al azar, y, sin embargo, ésta es la socialización que se
inició hace siglos, pero que acaba de entrar en su fase acelerada,
hacia un límite que se creía explosivo (la revolución), y que
de momento se traduce en un proceso inverso, implosivo, irreversible:
disuasión generalizada de todo azar, de todo accidente, de toda
transversal¡dad, de toda finalidad, de toda contradicción, ruptura
o complejidad, en una socialidad irradiada por la norma, volcada
a la transparencia de señales de los mecanismos de información.
De hecho, los modelos espacial o
nuclear no tienen fines propios: ni el descubrimiento de la luna,
ni la superioridad militar y estratégica. Su verdad consiste en
ser los modelos de simulación, los vectores modelo de un sistema
de control planetario (en el que ni siquiera las potencias vedettes
de semejante escenario están libres, todo el mundo está satelitizado).(2)
Resistir ante
la evidencia: en la satelitización, el que resulta satelitizado
no es quien pensamos. Mediante
la inscripción orbital de un objeto espacial, el que se convierte
en satélite es el planeta tierra, es el principio terrestre de
realidad el que deviene excéntrico, hiperreal e insignificante.
Mediante la instalación orbital de un sistema de control como
la coexistencia pacífica, todos los microsistemas terrestres
resultan satelitizados y pierden su autonomía. Todas las
energías, todos los eventos son absorbidos por esta gravitación
excéntrica, todo se condensa e implosiona hacia el único micromodelo
de control (el satélite orbital), como inversamente, en la
otra dimensión biológica, todo converge e implosiona hacia el
micromodelo molecular del código genético. Entre los dos,
en este tenedor de lo nuclear y lo genético,
en la asunción simultaneizada de los dos códigos fundamentales
de la disuasión, todo principio de sentido es absorbido, todo
despliegue de lo real es imposible.
La simultaneidad de dos sucesos en el mes de julio del 75 ilustró lo anterior
de un modo apabullante: la reunión en el espacio de los dos supersatélites
americano y ruso, apoteosis de la coexistencia pacífica.
La supresión por parte de los chinos de la escritura ideogramática
y su puesta en marcha del alfabeto romano. El segundo de estos
sucesos significa la instalación «orbital» de un sistema de signos
abstractos y modelizado en cuya órbita serán absorbidas todas
las formas, antaño singulares, de estilo y de escritura. Satelitización
de la lengua: es la manera china de penetrar en el sistema de
la coexistencia pacífica, el cual queda inscrito en su cielo simultáneamente
gracias al acoplamiento de los dos satélites. Ésta es su manera
de relegar un sistema autónomo para unirse a un sistema homogéneo
de signos del que, además, forman parte «su» bomba H y su ideología.
Vuelo orbital de los dos Grandes, neutralización y homogeneización
de todos los demás en el suelo.
Sin embargo,
pese a tal implosión, involución y disuasión mediante el factor
orbital - código nuclear o código molecular- los sucesos continúan
sobre la tierra, las peripecias incluso son cada vez más numerosas
dado el proceso mundial de contigüidad y de simultaneidad de la
información. Pero no tienen ya sentido, no son más que el efecto
duplicado de la simulación en la cumbre. No existe un ejemplo
mejor que la guerra del Vietnam
puesto que se dio en la intersección de una alternativa
histórica y «revolucionaria» máxima con la instalación de este
elemento orbital de simulación. ¿Qué sentido ha tenido esta guerra? ¿No habrá sido
quizás el de sellar de algún modo el fin de la historia en el
suceso histórico culminante y decisivo de nuestra época? ¿Por
qué esta guerra tan dura, tan larga, tan feroz, se disipó de un
día al otro como por encanto?
¿Por qué
la derrota (el mayor revés de la historia de los USA) no ha tenido
ninguna repercusión interna en América? Si realmente había significado
el fracaso de la estrategia planetaria de los Estados Unidos,
tenía que haber sacudido también el equilibrio interno y el sistema
político americano. Nada de esto sucedió.
Otra cosa,
pues, ha tenido lugar. Esta guerra, en el fondo, no habrá sido
más que un episodio crucial de la coexistencia
pacífica. Habrá señalado la incorporación de China
a esta coexistencia. La no intervención china, obtenida y
concretizada a través de largos años, el aprendizaje por parte
de China de un modus vivendi mundial, el paso de una estrategia
de revolución mundial a una estrategia de reparto mundial de las
fuerzas y de los imperios, la transición de una alternativa irreductible,
radical, a otra de simple poder político integrado a un sistema
mundial en adelante regulado por lo esencial (normalización de
las relaciones Pekín- Washington): esto era lo que estaba en juego
en la guerra del Vietnam,
y en este sentido, los USA evacuaron Vietnam, pero ganaron la
guerra. Y la guerra terminó «espontáneamente» una vez que se hubo
logrado el objetivo. De ahí que todo acabara con tanta facilidad.
El mismo
proceso estratégico se puede detectar sobre el terreno. La guerra
duró mientras duraron los elementos irreductibles a una sana política
y a una disciplina de poder, aunque se tratara de un poder comunista.
Una vez que la guerra quedó en manos de las tropas regulares del
Norte y escapó a las de los maquis, pudo terminar, su objetivo
se había cubierto. La cuestión estaba, pues, en el traspaso de poder, en el
relevo político. Cuando los vietnamitas hubieron probado que no
eran portadores de una subversión indomable y que eran susceptibles
de encajar bien en el orden social, se les pudo ya dejar a sus
anchas. Al fin y al cabo, el que se trate de un orden comunista
no es muy grave en el fondo: ha dado suficientes pruebas de que
se puede confiar en él. Es incluso más eficaz que el capitalismo en lo concerniente a la liquidación
de las estructuras pre- capitalistas «salvajes» y arcaicas.
Encontramos exactamente
el mismo telón de fondo en la guerra de Argelia. El otro aspecto de esta
guerra (sin duda el fundamental en toda guerra moderna), es el
siguiente: tras la violencia armada, el antagonismo mortal de
los adversarios, que parece una cuestión de vida o muerte,
que se interpreta como tal (si no la gente no se dejaría
matar por estas historias), tras este simulacro de lucha
a muerte y de despiadado juego mundial, los dos adversarios son
fundamentalmente solidarios contra otra cosa, innombrada,
nunca dicha, pero de la que el resultado objetivo de la guerra,
con igual complicidad por parte de los dos adversarios, supone
la liquidación total: las estructuras
tribales, comunitarias, precapitalistas, todas las formas de intercambio,
de lengua, de organización simbólica, todas las formas anteriores
a la socialización racional y terrorista - esto es lo que se quiere
abolir, lo que la guerra quiere exterminar- situada en su inmenso
objetivo espectacular de muerte no es otra cosa que el encubrimiento
de este proceso de racionalización terrorista de lo social, el
homicidio por excelencia sobre el que podrá instaurarse el orden
social, la socialización, ya sea comunista o capitalista.
Complicidad total, o reparto del trabajo entre dos adversarios
(capaces de soportar por todo esto sacrificios inmensos) con la
misma finalidad de racionalización y de domesticación de las relaciones
sociales. De neutralización y de unión de energías. De colonización
en el pleno sentido de la palabra.
«A los Norvietnamitas
se les recomendó prestarse a representar la liquidación de la
presencia americana, representación en la que, claro está, había
que salvar la cara.»
La escenografía:
los terribles bombardeos sobre Hanoi. Su carácter insoportable
no debe ocultar que no eran más que un simulacro para permitir
a los vietnamitas la apariencia de prestarse a un compromiso y
a Nixon hacer tragar a los americanos la retirada de sus tropas.
Todo estaba previsto, objetivamente no estaba en juego más que
la cara ideológica. La guerra no es menos atroz por ser sólo un simulacro. Que
los moralistas de la guerra, los poseedores de valores de referencia
de la guerra no se desolen demasiado: se sigue sufriendo en la
propia carne, y los muertos y los excombatientes que de estas
guerras simuladas cuestan lo mismo de siempre. En cierto sentido,
este objetivo se sigue alcanzando - lo mismo que el de domesticación
de un territorio, de imposición de una socialización disciplinaria.
Lo que ya no existe es la adversidad de los adversarios, la
realidad de las causas antagónicas, la seriedad ideológica de
la guerra. Tampoco existe la realidad de la victoria o de la derrota,
aunque la guerra es un proceso que triunfa siempre muy por encima
de estas apariencias.
Así pues, es preciso leer todos los sucesos por el reverso, más allá de su montaje
oficial. Todo el mundo es cómplice, en especial los mass
media, de mantener la ilusión de la posibilidad de ciertos hechos,
de la realidad de las opciones, de una finalidad histórica, de
la objetividad de los hechos. Todo el mundo es cómplice de
salvar el principio de realidad.
De
este modo, es posible arañar la verdad de una guerra, a saber:
que terminó mucho antes de acabar, que se puso fin a la guerra
en su mismo corazón, que probablemente esta guerra no llegó a
comenzar nunca. Muchos otros sucesos (la crisis petrolíferas,
etc.) tampoco han empezado nunca ni han llegado a existir más
que como peripecias artificiales (3),
trucajes históricos, catástrofes y crisis destinados a mantener
bajo hipnosis un cerco histórico.
Que todos
estos pseudoacontecimientos (los comunistas al poder en Italia,
el redescubrimiento póstumo, o, por lo menos «retro», del Gulag
y de los disidentes soviéticos, así como el descubrimiento, casi
contemporáneo, por una etnología moribunda de la «diferencia»
perdida de los salvajes), todas estas cosas que llegan demasiado
tarde, en medio de una espiral de retraso, que han agotado su
sentido desde hace largo tiempo y no viven más que de una efervescencia artificial de signos, que todos
estos sucesos se desarrollan sin lógica, en medio de una equivalencia
total de las más contradictorias y de una indiferencia profunda
por sus consecuencias (aunque la realidad es que no tienen consecuencia
alguna: se agotan en su promoción espectacular y se olvidan),
esto lo sabe todo el mundo aunque nadie lo acepte –no
es extraño que la película de la «actualidad» produzca una impresión
siniestra de kitsch, de «retro» y de porno a la vez. La realidad
de la simulación es insoportable, más cruel que el teatro de la
crueldad de Artaud, que fue la última tentativa de una dramaturgia
de la vida, el último sobresalto de una idealidad del cuerpo,
de la sangre, de la violencia en un sistema que lo arrastraba
ya hacia la absorción incruenta de todas las opciones. Nuestra
suerte está echada. Toda dramaturgia e incluso toda escritura
real de la crueldad ha desaparecido. La simulación es quien
manda y nosotros no tenemos derecho más que al «retro», a la rehabilitación
espectral, paródica, de todos los referentes perdidos, que todavía
se despliegan en torno nuestro, bajo la luz fría de la disuasión
(incluido Artaud que, como el resto, tiene derecho a su «revival»,
a una segunda existencia como referente de la crueldad).
Por eso la diseminación
nuclear no debe ser tomada como un riesgo más a añadir a los ya
existentes de estallido o accidente atómico - salvo durante el
intervalo crítico, durante el que las «jóvenes» potencias pueden
sentir la tentación del uso no disuasivo, es decir, «real», como
hicieron los americanos en Hiroshima- aunque sólo ellos han tenido
hasta el momento derecho al «valor de uso» de la bomba y cuantos
logren tenerla serán disuadidos de su uso por el hecho mismo de
poseerla. El ingreso en el club atómico, tan lindamente bautizado,
borra rapidísimamente (como la sindicación en el mundo obrero)
toda veleidad de intervención violenta. La responsabilidad, el
control, la censura y la autodisuasión siempre crecen más aprisa
que las fuerzas o las armas de que se dispone: éste es el secreto
del orden social. De ahí que la posibilidad misma de paralizar
un país con un simple interruptor haga que los técnicos
en electricidad no lleguen a usar jamás esta arma: todo el mito
de la huelga general y revolucionaria se derrumba en el mismo
momento en que se dan las condiciones necesarias para ella - pero,
ésta es otra cuestión, precisamente porque se dan tales
condiciones. En esto consiste el proceso de la disuasión.
Es, pues,
muy probable que un día veamos a las potencias nucleares exportar
centrales, armas y bombas atómicas a todas las latitudes, exportando
al mismo tiempo el virus de la disuasión. Al control mediante
la amenaza atómica, hoy en día monopolio de unos pocos, sucederá
la estrategia mucho más eficaz de pacificación mediante tenencia
de bombas. Las «pequeñas» potencias, creyendo comprar su autonomía,
comprarán su propia neutralización oculta en la bomba disuasoria.
Es el caso de las «centrales» nucleares que se están repartiendo
ya, pues, igual que bombas de neutrones, neutralizan toda virulencia
histórica y todo riesgo de explosión. En
este sentido, lo nuclear inaugura por doquier un proceso acelerado
de implosión, congelándolo todo a su entorno y absorbiendo toda energía viva.
Lo nuclear es a la vez el punto culminante de la energía posible, la
máxima energía disponible y, paralelamente y de un modo más rápido,
la culminación de los sistemas de control de toda energía. La
encerrona y el control crecen en la misma medida (y sin duda aún
más aprisa) que las posibilidades liberadoras. Ésta fue ya la
aporia de las revoluciones modernas, de la Revolución. Con una
envergadura mucho mayor, sigue siendo la paradoja absoluta de
lo nuclear. Las energías se congelan con su propio fuego, se disuaden
a sí mismas. No acaba de verse claro qué proyecto, qué poder o qué estrategia se ocultan
tras este cerco, esta saturación gigantesca de un sistema con
sus propias fuerzas ya neutralizadas, inutilizables, ininteligibles
e inexplosivas, de no ser la posibilidad de una explosión hacia
el interior, de una implosión en la que todas estas
energías se abolirían en un proceso catastrófico en sentido literal,
es decir, en el sentido de una reversión de todo el ciclo hacia
el punto mínimo, de una reversión de las energías hacia el más
estrecho umbral.
NOTAS:
1.
Igual que en Orwell: «La guerra es la paz», etc.
2.
Paradoja: todas las bombas son limpísimas: su única polución
es la energía de control y de seguridad que irradian al no llegar
a estallar.
3.
La crisis de la energía, la puesta en escena ecológica son por
sí mismas un «film de catástrofe», del mismo estilo (y del mismo
valor) que los que llenan actualmente las arcas de Hollywood.
Es inútil cualquier interpretación laboriosa de estos fllms y
su relación con una crisis social «objetiva» o, incluso, con un
espejismo «objetivo» de la catástrofe. Lo que ocurre es que lo
social mismo, en el discurso actual, se está organizando según
una escenografía de film de catástrofe.
Texto extraído de "Cultura y simulacro", Jean Baudrillard,
págs. 58/80, editorial Kairós, Barcelona, España, 1978.
Edición original: E. Galilée, 1978.
Corrección: Cecilia Falco.
Selección y destacados: S.R.
Relacionar con:
La precesión de lo simulacros
(parte uno) - J. B. >>>
La precesión de lo simulacros
(parte dos) - J. B. >>>
Con-versiones, octubre 2006